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Amy expuesta
El segundo semestre había comenzado y Amy había escogido volver a Hogwarts, pese a que deseaba quedarse con sus amigas y ayudarlas a combatir a las Brujas 5. Sin embargo, Serena y las demás no querían que Amy renunciara a sus sueños por ellas y, después de muchos abrazos y lágrimas, nuestra protagonista regresó a Escocia, con su mente en la segunda prueba del Torneo.
Hermione se había ofrecido a ayudarla en lo que pudiera, pero Amy le había dicho que ya tenía todo el asunto solucionado y que solamente necesitaba practicar unos pocos encantamientos, y uno de ellos requería mucha precisión.
—No te hagas un lío con esto, Hermione —le dijo Ron un frío día de enero mientras él, ella y Harry disfrutaban de una cerveza de manteca en Las Tres Escobas gracias a una visita programada a Hogsmeade—. Estoy seguro que ella vendrá a ti si necesita ayuda.
—¡No es eso lo que me molesta! —gritó Hermione, lo que hizo que algunos clientes giraran la cabeza en su dirección. Dándose cuenta de que había llamado la atención de una mala forma, añadió en una voz más moderada—. Discúlpame, Ron, pero últimamente Amy ha estado un poco distante conmigo.
—¿Por qué?
—Ese es un asunto entre ella y yo —respondió Hermione con un poco más de prepotencia de la necesaria—. Discúlpame otra vez… tú no tienes la culpa de lo que me pasa. Es que… es que la necesito. ¡Todas las noches recuerdo ese momento en las termas, cuando ella y yo estábamos a solas! Ella trató de quitarme el traje de baño y… no pude continuar.
—¿Y qué te detuvo?
—¡No lo sé! —exclamó Hermione con desesperación—. Hay veces en las que hubiera querido continuar… hacerle el amor a Amy y a la mierda las consecuencias… pero… pero me vivo diciendo a mí misma que está mal. ¡Todas las noches es lo mismo! ¡Ya no lo soporto!
—¿Y por qué no tratas de solucionar el problema? —sugirió Harry. Hermione suspiró. Ella sabía lo que debía hacer, pero no estaba segura si era suficiente para recuperar el corazón de Amy.
—No es fácil —dijo Hermione, volviendo a suspirar.
—Nosotros podríamos ayudarte —dijo Harry, mirando a Ron, quien asintió con la cabeza.
Hermione iba a decirles que aquel era un asunto de chicas, cuando recordó qué era lo que hacía Harry cada vez que alguien cercano a él se encontraba en peligro o era víctima de alguna emoción, como cuando él había creído, erróneamente, que Sirius Black había asesinado a sus padres. Era cierto que había sido impulsivo, pero era precisamente eso lo que necesitaba Hermione.
—De hecho, tú podrías ayudarme, Harry.
Ron, por alguna razón, se sintió dejado de lado.
—¿Y qué puedo hacer yo?
—Con que estés a mi lado basta. De hecho, los necesito a ustedes dos, tal como ustedes me han necesitado antes.
La boca de Ron se curvó en una amplia sonrisa.
—¡Entonces recuperemos a Amy!
La primera oportunidad que tuvo Hermione para volver a tener a Amy en sus brazos se presentó dos días antes de la segunda prueba, después de que un incidente aparentemente inocuo estuvo a punto de tener consecuencias muy desagradables.
Todo había comenzado cuando Susan Bones no apareció en su clase de Botánica. Tampoco lo hizo en las clases siguientes. La profesora Sprout comunicó el problema a la profesora McGonagall, pues Dumbledore estaba en Londres por unos asuntos legales en el Ministerio de la Magia y ella reunió a todos los profesores para que registraran todo el castillo. También reclutaron a los fantasmas y a los prefectos de cada casa, pero parecía ser que Susan Bones había sido tragada por la tierra.
Cuando hubo anochecido, los profesores se habían reunido en el vestíbulo para discutir el siguiente curso de acción, cuando las puertas dobles se abrieron. A pocos metros de la entrada al castillo, una mujer de cabello celeste y un atuendo que solamente podía calificarse como estrafalario sostenía por el cuello a Susan Bones, mientras que otra mujer de indumentaria curiosa, de cabello castaño y expresión iracunda estaba de pie, entre los profesores y su colega del cabello celeste.
—¿Quiénes son ustedes? —inquirió el profesor Snape con su típica voz lenta y deliberada.
—No creo que eso sea lo más importante en este momento —dijo la mujer del cabello castaño—. Les diré algo: si uno de ustedes me trae a la señorita Mizuno, les diré quién soy.
—Si crees que puedes chantajearnos, estás muy equivocada —dijo la profesora McGonagall, aunque hubo un ligero temblor en la voz, cosa que la mujer frente a ella percibió.
—¡No estás en posición de amenazarnos! —rugió la mujer del cabello castaño—. Tráiganme a la señorita Mizuno o esta pobre chica pagará tu falta de cooperación con su vida. Y, creo que hace dos años atrás, ustedes estuvieron a punto de cerrar el colegio solamente porque unos cuantos alumnos fueron atacados. No me imagino que sucederá si uno de sus preciados lolos pierde la vida.
No había solución pacífica para el problema. La profesora McGonagall se dio cuenta de ello e indicó al profesor Flitwick que acudiera a su sala común a buscar a Amy.
—¿Para qué quieres a la señorita Mizuno? —preguntó Snape, quien lucía más pálido de lo habitual.
—Ya lo verás.
Se hizo un silencio tenso e incómodo en el vestíbulo mientras los profesores esperaban a que Amy apareciera. Tuvieron que pasar varios minutos para que ella hiciera acto de presencia y se detuviera frente a las dos invasoras.
—¿Qué quieren? —preguntó Amy con una voz pareja, notando un detalle en la indumentaria de ambas mujeres que le dijo algo muy importante sobre ellas.
—Es una pequeñez, la verdad —dijo la mujer del cabello castaño—. Escondes un secreto, Amy Mizuno. Quiero que lo reveles frente a todo el colegio, o esta mocosa va a morir.
La profesora McGonagall hizo que los demás profesores llamaran a todos los alumnos y que los dispusieran en los terrenos de Hogwarts. No iba a permitir que se repitiera lo que había ocurrido hace cincuenta años atrás, cuando la Cámara de los Secretos fue abierta y una pobre alumna hubo fallecido por culpa de eso.
Nadie se había dado cuenta que Amy lucía muy calmada para estar en semejante situación.
—Si revelo mi secreto, revelaré el de ustedes.
La cara de la mujer del cabello castaño mostró sorpresa por un segundo antes de echarse a reír.
—¿Y qué sabes tú de nosotras?
—Lo suficiente para ponerlas en evidencia —dijo Amy calmadamente—. Y aunque lograran matar a Susan, no podrán escapar de aquí incólumes, eso ténganlo por seguro.
La mujer del cabello castaño se quedó en silencio y Amy supo que ella estaba ponderando sus opciones. Sin embargo, por mucho que tratara de encontrar alguna palanca de la cual echar mano, se dio cuenta que había subestimado groseramente a Amy Mizuno.
Los profesores contuvieron el aliento mientras los segundos pasaban a velocidad de caracol. Finalmente, para alivio de todos, la mujer del cabello celeste soltó a Susan Bones y ella corrió a todo lo que daban sus piernas hacia las escaleras, desapareciendo de la vista de todos.
—Ni creas que esto se ha terminado, Amy Mizuno —gruñó la mujer del cabello castaño—. Ya lo verás.
Ambas mujeres hicieron un gesto con sus brazos y desaparecieron, sorprendiendo a los profesores. Amy, por otro lado, lucía preocupada. No sabía qué pensar sobre lo que había descubierto en relación con aquel par de intrusas. ¿Cómo es posible?
—¿Se encuentra bien, señorita Mizuno? —inquirió la profesora McGonagall con una expresión de preocupación en su cara.
—Sí, solamente un poco cansada. ¿Puedo regresar a mi sala común?
—Por supuesto.
Amy ni se imaginaba que su mundo se iba a derrumbar en cosa de minutos el día de mañana.
Amy iba al Gran Salón a desayunar cuando se encontró con Draco Malfoy y sus guardaespaldas.
—Hola, Mizuno, ¿o debo decir, Sailor Mercury?
El corazón de Amy pareció fallarle por un par de segundos, insegura de si había escuchado correctamente.
—Te vi en la torre de Astronomía en el Baile de Navidad —dijo Draco, arrastrando las palabras, como siempre—. Vi cómo te transformabas en esa puta de la falda corta. ¿Todas ustedes se visten así?
Normalmente, Amy habría tenido una respuesta ingeniosa y no agresiva con la que poner a Malfoy en su sitio. Pero entender que su secreto había sido descubierto le había dejado vulnerable, tal como un animal herido frente a un depredador sediento de sangre. Trataba de hablar, pero todo lo que salía de su boca era algún sonido inconexo e ininteligible.
—Ya no me extraña que hayas tenido semejante presentación en la primera prueba —continuó Draco, luciendo como si su cumpleaños hubiera llegado más temprano de lo que había esperado—. Ya tenías experiencia peleando contra las fuerzas del mal, lo que te hace una tramposa. Ninguno de los demás campeones tenía tu preparación, porque eres una maldita guerrera de mierda. Me imagino que no debe ser justo para los demás campeones que tengas una ventaja que convenientemente ocultaste.
La pobre Amy luchaba contra su propia impotencia, pero su pelea era en vano. Se había tomado muchas molestias en ocultar que era una Sailor Senshi, solamente para que un simple descuido le hubiese abierto las puertas a alguien como Draco Malfoy, alguien que no estaba por encima de aprovecharse de las desgracias de los demás para su beneficio.
—Si yo fuese tú, me retiraría del Torneo y me iría de Hogwarts —finalizó Draco, quien no podía estar más contento con lo que estaba pasando—. Y lo haría sin despedirme de nadie, en especial de esa tonta de Granger…
Draco no pudo completar la frase, pues algo le había golpeado con la fuerza de un ariete y lo siguiente que pudo recordar era que estaba de espaldas en el suelo, su uniforme manchado con mermelada y salsas varias. Sentía un dolor horrible en la parte de atrás de su cabeza.
—¿Qué decías de Amy, cerdo imbécil? —gruñó una voz encima de Draco y vio a Hermione, respirando agitadamente y apuntando su varita directamente a su pecho—. ¡Repítelo, porque no lo oí!
Draco no podía ponerse de pie. La fuerza de la caída le había dejado las piernas tan adoloridas que era incapaz de moverlas.
—Te… arrepentirás por esto… Granger…
—¡No me importa! —rugió Hermione, perforando los ojos de Malfoy con los suyos—. Lo único que te digo es que te mantengas alejado de Amy, por tu propio bien, o haré que el último puñetazo que te di luzca como un masaje.
Hermione respiró hondo y dejó a Draco solo, cuidando de no pisar la comida que ella misma había desparramado cuando hechizó a Malfoy. Amy se quedó helada al ver la reacción de Hermione y lo único que pudo decir fue:
—Vas a perder muchos puntos por lo que hiciste. —Amy no quiso decir esas palabras, pero fue lo que escapó de su boca. En realidad, iba a decirle "gracias", pero su cabeza estaba en otra parte en ese momento. Sin embargo, Hermione tenía la respuesta a esa pregunta y, lo más extraño es que no tuvo que pensarla.
—Perdería mucho más por ti, Amy.
Y Hermione dejó el Gran Salón, sin apetito en absoluto.
No obstante, el daño estaba hecho.
Para la tarde, todo el colegio sabía que Amy era Sailor Mercury y, aunque la noción podía interpretarse como algo positivo, la verdad era que los alumnos tenían varias razones para odiar a Amy. La mayoría de ellos creía que ella debió haber dicho desde el principio que era una Sailor Senshi, otros le tenían envidia a causa de todos los atributos que poseía, y algunos de los estudiantes la odiaba por las mismas razones que Draco Malfoy. Y, como él, muchos demandaban a los profesores y a los organizadores del Torneo que descalificaran a Amy por poseer ventajas que los demás campeones no gozaban.
Por supuesto, todo ese odio había tenido un efecto muy drástico en Amy. Había un grupo muy reducido de alumnos que la apoyaban, casi todos ellos de Gryffindor, pero eso tenía muy poca importancia cuando prácticamente todos la rechazaban. Incluso estuvo a punto de ir al despacho del director un día antes de la segunda prueba para solicitar formalmente su expulsión del colegio cuando Harry la detuvo por un brazo.
—¿Por qué le das importancia a esas cosas? —le dijo con severidad, aunque no lo suficiente para terminar de hundir a Amy—. Lo único que debe importarte es que hay gente que cree en ti y que piensa que es fantástico que seas una Sailor Senshi. Es decir, ¿a qué chica no le gustaría serlo?
Pero Amy no dijo nada. Su expresión era elocuente. Harry trató por otro ángulo.
—En segundo año, yo pasé por una situación parecida a la tuya —dijo, recordando el asunto de la Cámara de los Secretos—. Casi todo el mundo creía que yo era el Heredero de Slytherin, que yo había abierto la Cámara de los Secretos y que había atacado a alumnos de este colegio. Fue un momento bastante oscuro y no habría podido superarlo si no hubiera contado con mis amigos.
Amy alzó la mirada, encontrándose con los ojos verdes de Harry.
—No estás sola, Amy —dijo Harry, rodeando sus hombros con un brazo—. Nos tienes a nosotros y puedes jurar que estaremos apoyándote, porque eso es lo que hacen los amigos. Además, creo que hay alguien más que quiere hablar contigo.
Amy giró su cabeza y vio que Hermione aparecía por un esquina, una expresión de propósito en sus ojos, como si supiera exactamente a qué había venido.
—Amy —comenzó Hermione, mirándola fijamente a los ojos—, no espero que con esto pueda recuperarte, pero lo que sé es que no debes bajar los brazos. ¿No es ese el lema de un guerrero? ¿Retroceder nunca, rendirse jamás?
Amy tragó saliva, pero mantuvo su mirada firme.
—Eres una guerrera, Amy —dijo Hermione con más firmeza—. Demuéstrale a este colegio de lo que eres capaz. Tapa bocas, patea traseros y supera lo que sea que te espera en la segunda prueba. Y, pase lo que pase, yo estaré gritando tu nombre, animándote a que hagas lo que debes hacer. Y, cuando salgas del lago, estaré esperándote con una toalla y lo que sea que necesites de mí.
Fueron aquellas últimas palabras las que hicieron que Amy crispara los puños y compusiera la primera sonrisa desde que Draco Malfoy hiciera público su secreto.
—Gracias, Hermione —dijo, refrenándose de abrazarla y besarla en ese momento. Iba a esperar el momento adecuado—. Aprendiste bien tu lección.
—Agradece a Harry por eso.
—¿Y esos cincuenta puntos que perdiste?
Hermione se encogió de hombros.
—Puedo recuperarlos, no te preocupes.
Amy entendió a la perfección. También entendió que se había comportado como una tonta al dar más importancia a las cosas malas que los alumnos decían de ella y, por encima de todo, a olvidar que había gente que estaba de su lado. Recordó cuando todo el mundo creía que ella había hecho trampa en un examen y un enemigo le había hecho creer que incluso sus amigas pensaban eso.
No he aprendido nada desde esa ocasión.
Pero Amy sí había aprendido una valiosa lección a partir de aquella experiencia.
La vida daba segundas oportunidades para que alguien aprendiera de sus errores. Y terceras. Y cuartas. Mientras hubiera tiempo, nunca era demasiado tarde para hacerlo. Y algo le decía a Amy que no iba a necesitar una tercera oportunidad.
