11.- PERSONALIDADES
-Hacía tiempo que no nos entreteníamos en la cafetería de la universidad los dos solos- comentó Talia con una sonrisa, mientras contemplaba su alrededor.
La joven profesora avanzaba con Bruce por el pasillo que había entre las dos filas de mesas, hasta llegar a una que se encontraba en un rincón, donde se sentaron en sus sillas. A esa hora de la mañana prácticamente no había ningún cliente, solamente un par de alumnos en la barra tomando su desayuno.
-Sí, diría que desde que empezó este curso que ya no hemos vuelto a quedar aquí- dijo Bruce con cierto tono nostálgico-. Antes solíamos venir a menudo. Me pregunto por qué lo dejamos.
-Salvar las apariencias, claro- respondió Talia-. Ya sabes que empezaron a florecer los rumores sobre nosotros, y no era una cosa que nos pudiéramos permitir. De momento nuestra relación es oficialmente de profesora y alumno. Pero el año que viene, cuando acabes la carrera de medicina, podremos por fin ser pareja oficial.
A Bruce le gustaba ver cómo a Talia se le iluminaban los ojos y mostraba aquella agradable sonrisa de entusiasmo, por lo que no se decidió por la posibilidad de debatir eso último que había dicho. Era un tema del que habían hablado superficialmente a principios de curso, y del que se habían dicho que en otra ocasión lo hablarían con más calma, pero hasta ese momento no había vuelto a salir en la conversación.
Mientras el camarero servía el pedido (para los dos zumo de naranja, unas tostadas con mermelada y un pequeño bocadillo de jamón), Talia se dio cuenta del semblante pensativo de su acompañante.
-Se te ve más serio de lo normal, Bruce- dijo con cierta preocupación-. ¿Hay algo que no vaya bien?
-No, me preguntaba si no debería haber sido yo el voluntario para hacerte de auxiliar en la clínica de tu padre- respondió el joven curvando un poco las comisuras de sus labios en un bosquejo de sonrisa.
-La verdad es que no hubiera sido mala idea- dijo Talia entornando los ojos-. Me lo tendrás que compensar bien eso de que tenga que aguantar al pesado de tu amigo Todd.
-No te preocupes, es un buen tipo- dijo Bruce confiado-. Tal vez en el campo es un poco rebelde, pero en general cae simpático a todo el mundo.
-¿Y no temes que quiera ligar conmigo?- preguntó Talia.
-Estoy seguro que tú sabrás cómo detenerle- contestó Bruce mientras se concentraba en el desayuno.
Talia hizo lo mismo, pero al cabo de poco le miró con cierta intranquilidad.
-¿Y yo? ¿Tengo que temer que Selina Kyle quiera ligar contigo?
Bruce la miró. Después de tragar respondió:
-Selina y yo apenas nos conocemos- dijo encogiéndose de hombros-. No creo que nos hayamos visto más de tres o cuatro veces, y hemos hablado a duras penas. Eso de llevarla a su casa solo es un favor que le hago a Barbara, porque es amiga suya. Y teniendo en cuenta lo cerrada en sí misma que es, no creo que intente ligar conmigo.
Talia no respondió, y continuó desayunando. ¿Tres o cuatro veces? La profesora sabía, por las cámaras que había ocultas en la residencia, que en la azotea de Mansión Arkham Bruce y Selina habían llegado hasta los ocho encuentros nocturnos, y cada vez habían permanecido hablando juntos durante varias horas. Entonces, ¿por qué Bruce le ocultaba la verdad? ¿Por qué no confiaba en ella lo suficiente como para contárselo? Talia había creído que, al impedir que él y Selina se volvieran a encontrar, Bruce dejaría de cuestionarse su relación y su futuro con su antigua tutora (si no le conociera bien, no se habría dado cuenta de que esa era su verdadera preocupación y no lo que pudiera hacer Jason Todd), pero seguramente, ahora que tenía que compartir un tiempo con Selina, sus inquietudes habían vuelto a hacer aparición. Talia hubiese querido impedir de algún modo que Bruce acompañara a la joven morena a su casa, y no solo eso, sino también que pasara Acción de Gracias con ella y la familia de esta, como al final decidieron. Pero esta vez sus intenciones fallaron, más que nada porque la universidad no podía intervenir de ninguna manera, ya que no se podía obligar a Bruce a cambiar su turno de vigilante nocturno por el día de Acción de Gracias, ni nada parecido. Mientras terminaban de comer, Talia sintió que la intimidad y la estrecha complicidad que había entre ella y Bruce estaban desapareciendo, lo que le hizo notar una extraña opresión en el pecho.
-Oye, ¿qué te parece si, antes de que te vayas, pasamos un rato divertido en la facultad? A modo de despedida- dijo la profesora, tratando de ser lo más seductora posible, mientras posaba una mano sobre la que tenía Bruce sobre la mesa.
El joven la miró un poco sorprendido, pero sonrió.
-Tampoco es que no vaya a volver.
-Para que me recuerdes y no tontees con la señorita Kyle- respondió Talia tocándole la punta de la nariz con la punta de su índice derecho, sin dejar su tono seductor.
-Muy graciosa- dijo Bruce sin dejar de sonreír. Se fijó en su atractivo rostro-. ¿Sabes? Estás mejor así, que se te vean los dos ojos, sin que los cabellos te cubran uno.
Talia se preguntó por qué una mujer adulta y seria como ella se sentía en esos momentos como una colegiala enamorada.
Selina miró al hombre alto y de aspecto mayor que se detuvo ante ellos, frente a la puerta de entrada de la residencia. El escaso cabello que tenía era gris y contaba con un fino bigote, mientras una mirada tan tranquila como inquisidora que irradiaba de sus ojos fríos se posaron sobre la joven, lo que llegó a incomodarla. Vestía con un tradicional uniforme de chófer, lo que no impedía que mantuviera una admirable elegancia.
-Buenos días- saludó el recién llegado, delante del Rolls-Royce del que había bajado-. Señorita Barbara, señorito Richard, señor Todd… Me alegra volver a verles a todos- dijo inclinando la cabeza.
-Buenos días, Alfred- correspondió Barbara contenta-. Esta es Selina Kyle. Selina, este es Alfred Pennyworth, el mayordomo de la Mansión Wayne.
-Es un placer conocerla, señorita- dijo Alfred solemnemente, dirigiendo otra vez esa mirada inquisidora sobre Selina.
-Igualmente- respondió ella, tratando de no dejarse intimidar.
Mientras, todos vieron que llegaba junto a ellos la doctora Thompkins.
-Buenos días- saludó la recién aparecida, devolviéndole el saludo casi todos los demás.
-Buenos días, doctora- dijo Barbara-. ¿También ha venido a despedir a Bruce?
-Sí, tengo un poco de tiempo antes de ir a la clínica, y he querido aprovecharlo- explicó la médico en tono amable. Se fijó en Selina, acercándose a ella-. Es un placer encontrarte de nuevo- dijo- Selina Kyle, ¿verdad?
-Sí.
-Así que tú eres la estudiante con quien Bruce se ve por las noches en la azotea- la doctora miraba a Selina con una expresión maternal, lo que confundió un poco a la joven-. Espero que sepas dominar a un joven millonario excéntrico como él y que no dejes que te haga quedar mucho en evidencia.
-Lo intentaré.
Selina vio que la doctora esbozó una pequeña sonrisa mientras asentía con la cabeza. Entonces fue cuando Barbara se acercó al lado de la joven y le susurró:
-¿Qué ha querido decir con que te ves por las noches con Bruce?
-No sé. Supongo que se refiere a cuando en Halloween él y yo estábamos hablando en la azotea de la sala de fiestas- improvisó Selina-. Tú misma nos encontraste allí.
-Ah, cierto- dijo Barbara. Pero no se sintió convencida del todo.
-¿Cómo está todo en la mansión, Alfred?- preguntó la doctora Thompkins al mayordomo- Debes sentirte solo en un lugar tan grande.
-No, no mucho- respondió-. Además, el señorito Timothy y la señorita Stephanie vienen de vez en cuando a echarme una mano en las tareas de mantenimiento de la mansión.
-¿Tim, ayudar?- dijo Jason en tono sarcástico- Yo diría que solo va a la mansión de Bruce para estar en la biblioteca y, como él dice, ejercer su intelecto.
-Bueno, Jason, no todo el mundo tiene esa capacidad para el deporte como tú o Dick- objetó Barbara mirándole con una pequeña sonrisa-. ¿Qué tienes en contra de los que somos más intelectuales?
-¿Yo? Nada- respondió el joven- Aunque tendría que pasar algo muy gordo para que me dedicara a la lectura como tú. Que me quedase en una silla de ruedas, por ejemplo.
-Ey, no digas eso- exclamó Dick, estrechando contra sí desde atrás a la joven, en un signo de protección-. Aún le darás mala suerte a Barbara.
-Perdón, perdón- dijo Jason alzando sus manos a ambos lados de su cabeza-. Por cierto, no sabía que tú y Barbara teníais una relación tan íntima.
Dick se dio cuenta de la situación e inmediatamente soltó a la joven, poniendo cara de circunstancias.
-Tu novio se ha puesto colorado, Barbara- pinchó Jason a la chica castaña-. ¿Te gustan vergonzosos?
-Dick no es mi novio- exclamó Barbara sonrojándose también-. Solo somos buenos amigos.
-Sí, claro. Bueno, como tú digas- concluyó Jason, mientras todos los presentes, con mayor o menor discreción según el caso, dejaron escapar una sonrisa.
Mientras tanto, a Selina le entró curiosidad por saber quiénes serían esos Stephanie y Tim, pero no se decidió a preguntarlo. En todo caso, parecía que Bruce tenía mucha más gente a su alrededor de lo que aparentaba su aire solitario.
-¿La señorita quiere que guarde su bolsa?- se le dirigió de repente Alfred.
Ante la amedrentadora (al menos para ella) presencia del mayordomo, la mente de Selina no discernió si era mejor llevar ella misma la bolsa de mano en que se encontraban sus útiles de higiene personal o entregársela a Alfred para que hiciera con ella lo que considerara oportuno, así que simplemente se la tendió sin mediar palabra.
-¿El señor Bruce aún no está listo?- preguntó el mayordomo una vez tuvo la bolsa en las manos- Si queremos seguir el horario previsto deberíamos pensar ya en marcharnos.
-Según mi padre, él y la profesora Al Ghul se han levantado antes que nosotras y se han ido a desayunar a la cafetería de la universidad- explicó Barbara-. Aunque de eso ya hace un buen rato. Supongo que ya debe estar de camino hacia aquí.
-Buenos días- oyeron saludar.
-Bruce- le reconoció la doctora Thompkins-. Sí que has tardado en desayunar. No deberías hacer esperar a la señorita Kyle. ¿Qué has estado haciendo tanto tiempo?
-He acompañado a Talia a la facultad de medicina y nos hemos entretenido un poco hablando- respondió el joven inmutable. Pero al ver entre los presentes a Selina, quien le miraba, notó una inesperada sensación de culpa-. Hola- se saludó-. ¿Preparada?
-Sí.
-Antes de que os vayáis, ¿qué os parece si nos hacemos una foto de grupo?- propuso Barbara sacando su teléfono móvil- Desde el verano que no coincidíamos todos, y hay que aprovechar estos momentos.
Los presentes estuvieron de acuerdo, y Barbara le entregó el móvil a Selina:
-¿Nos puedes hacer tú la foto?
-Ehm, bueno, sí, pero… ¿Me enseñarías cómo funciona?
Tras recibir las instrucciones, Selina dirigió el móvil hacia los demás, quienes se posicionaron delante de la entrada de Mansión Arkham, con Bruce en el centro, Barbara y Dick a su derecha, y Jason, la doctora Thompkins y Alfred a su izquierda. En la pantalla del aparato Selina les vio como un grupo compenetrado, como una familia, de hecho. "La familia del murciélago", pensó. Se preguntó si dejarían a una gatita formar parte de dicha familia.
Luego, la joven le entregó el móvil a Barbara, y todos miraron en la pantalla cómo había salido la fotografía.
-¿Quieres hacerte una foto con nosotros, Selina?- preguntó Bruce.
La joven morena le miró sorprendida.
-Eso iba a proponer yo- dijo entonces Barbara-. ¿Nos la haces, Alfred?
Y de repente, Selina se vio posando entre Jason y Bruce para una nueva fotografía de grupo, mirando hacia el móvil que sostenía el mayordomo. Se sentía nerviosa, pero se dio cuenta que era un nerviosismo agradable. Cuando Alfred fue a apretar la tecla, la joven sonrió.
Alice y el profesor Crane se encontraban delante de la puerta cerrada que daba al laboratorio de psicología, mientras él buscaba nerviosamente algo en sus bolsillos, primero en los de su pantalón, luego en el de su jersey, finalmente en los de su abrigo.
-Ah, aquí está.
-Bien, ¿qué le ha parecido, profesor?- preguntó Alice ansiosa, mientras Jonathan le entregaba el lápiz de memoria.
-Me ha parecido una historia muy interesante- respondió el señor Crane convencido-. La atmósfera de terror casa muy bien con los elementos fantacientíficos y el romance. Los personajes son carismáticos, especialmente la pareja principal, y aunque no soy muy partidario de los finales tristes, he de reconocer que me ha conmovido- el profesor vio el rostro iluminado de su alumna-. Pero bueno, es solo mi opinión. Yo tampoco soy muy experto en literatura. Quizá no soy la persona más indicada para decirte cómo es tu novela.
-Bueno, como a usted le van los temas fantásticos, he pensado que podría interesarle…- dijo Alice tornándose un poco alicaída.
-Más que fantástico, el tema es de ciencia-ficción. Un científico con la intención de dominar a los habitantes de una ciudad mediante unos dispositivos de control mental. Creo que deberías pedir la segunda opinión de una persona que entendiera sobre la cuestión. ¿Por qué no le enseñas tu relato al profesor Tetch?
-¿Al profesor Tetch?- preguntó Alice un tanto extrañada.
-Claro, él es el experto en neurociencia- exclamó Jonathan-. Él te podría guiar sobre la verosimilitud de la historia.
-Yo… No quisiera que el profesor Tetch se creyera que…- empezó a hablar Alice, con un tono de duda y mirando hacia otro lado.
-¿Cuáles son sus miedos, señorita Pleasance?- preguntó Jonathan sonriendo.
-Yo no tengo miedo- exclamó Alice dirigiéndole la mirada-. Lo que ocurre es que no me gustaría que se pensara que necesito su ayuda para algo importante. Igual luego se creería que siento algo por él.
-¿Temes comprometerte, Alicia?- le preguntó el profesor Crane mirándola fijamente a los ojos- Veo en tu actitud una fobia a los hombres, seguramente contraída por la mala experiencia que fue para ti que el chico que amabas se suicidara. Por eso vistes ese disfraz y te escondes en tu país de las maravillas, al lado del único hombre que consideras inofensivo, al menos para ti, ya que sabes que él nunca haría nada por iniciativa propia que te afectara. Ni bueno ni malo. Y te sientes a salvo del mundo real haciéndole de cómplice en sus crímenes. Al fin y al cabo es su manera de controlarte; él no necesita un dispositivo de control mental para tenerte a su lado.
Alice miró confusa al profesor Crane, pero luego sonrió como él.
-Eso es lo que le dice el psicólogo Jon Scarecrow a Alicia, la coprotagonista de mi historia, sobre la relación enfermiza que esta mantiene con el científico que pretende controlar mentalmente la ciudad- le dijo-. Me ha sorprendido que se haya aprendido de memoria ese párrafo. Veo que ciertamente le ha gustado la novela.
-No me dirás que ese doctor Scarecrow no está basado en mí, ¿verdad?
-Bueno, a grandes rasgos me he inspirado en su físico y en su manera de hacer- respondió Alice un poco vergonzosa-. Y me acordé del disfraz de espantapájaros que usted vistió en Halloween y por eso le puse ese apellido al personaje. Pero no me malinterprete, no creo que usted sea tan cruel y despiadado.
-No, al menos con mis pacientes no- respondió Jonathan-. ¿Y bien? ¿Qué me dices? ¿Le dejas el relato al profesor Tetch para que lo lea? Si quieres te acompaño a entregárselo.
-No sé…- dudó Alice- ¿Quiere decir que vayamos ahora? Seguramente ya se ha marchado. Me dijo que pasaría Acción de Gracias con su hermana y la familia de esta.
-No te preocupes. Lo más probable es que todavía esté con sus dos ayudantes ordenando su laboratorio.
Alice suspiró.
-Bueno, está bien- dijo empezando a caminar por aquel pasillo, con cierta altivez-. Pero no se crea que eso significa que a cambio voy a recompensar al profesor Tetch de algún modo.
-Tranquila- respondió Jonathan situándose a su lado, sin disminuir su sonrisa.
-Vamos, señores, no se entretengan- exclamó Jervis mientras cogía de la mesa un habitáculo donde había un par de ratones y lo situaba en la estantería-. Sin prisa pero ni pausa. Que mi tren no espera.
Dos veinteañeros de aspecto obeso, muy parecidos físicamente y vistiendo, como el profesor, una bata blanca, se encargaban de guardar algunos objetos cortantes e incisivos en un pequeño armario del fondo. En ese momento llamaron a la puerta y entraron Alice y el profesor Crane.
-Hola, Jervis- saludó el segundo-. ¿Cómo lo llevas? Veo que lo de ordenar el laboratorio antes de irte lo dejáis para el último momento.
-Sí, ayer estuvimos muy ocupados y no tuvimos tiempo- explicó el profesor Tetch, quien miró a Alice-. Buenos días, señorita Pleasance- la saludó amablemente-. No es habitual que me venga a ver al laboratorio.
-Sí, bueno…- contestó Alice algo incómoda- Yo no quería, pero el profesor Crane insistió y…
-Alice venía a pedirte un favor- explicó Jonathan-, ¿no es así?- esto último lo dijo mirando a la joven.
-Oh, ¿y qué favor podría hacerle yo a una de mis mejores alumnas?
-Sí, verá, es que he escrito una novela y me gustaría que me diera su opinión- se decidió a explicar Alice. A medida que hablaba se fue sintiendo más cómoda y más decidida-. Trata sobre temas de bioquímica y de patología nerviosa, y quisiera que me corrigiera si he escrito algún error o algo inverosímil, y me aconsejara sobre la manera correcta de tratarlo.
La joven sacó el lápiz de memoria y se lo tendió a Jervis. Este, un poco sorprendido, lo cogió.
-Bueno, profesor, ya hemos acabado, así que nos vamos ya- dijo uno de los dos ayudantes.
-Sí, hasta la vuelta- concluyó el otro-. Feliz Acción de Gracias.
-Vale, igualmente.
Mientras cerraban la puerta detrás de ellos, Alice se había quedado pensativa mirando las figuras de aquellos dos chicos.
-¿Qué? ¿Te han resultado unos estudiantes curiosos?- le preguntó Jonathan.
-Pues… Me inspiran- dijo Alice volviéndose hacia los profesores- Quizá podría incluir en la novela a un par de secuaces del científico inspirados en ellos. ¿Cómo se llaman? ¿Son gemelos?
-Son mis auxiliares Deever y Dumfree Tweed- respondió el profesor Tetch-. Pero no son hermanos, son primos. Y volviendo a lo que hablábamos, me encantará echarle un vistazo a su novela, señorita Pleasance. Estoy seguro que será más que notable.
-No me adule tanto, profesor- respondió Alice con una expresión seria-. Y, ahora, con su permiso, me voy ya, que tengo reunión familiar.
Una vez hubo marchado Alice, Jervis se miró el lápiz de memoria, con un poco de desconcierto.
-¿Has pensado en proponerle que sea uno de tus asistentes?- le preguntó Jonathan.
-Ya lo hice, y no aceptó- respondió Jervis-. Dice que eso le quitaría tiempo para estar con su novio. Alice siempre está marcando distancia entre nosotros, por lo que me sorprende que me haya pedido que lea algo que ha escrito ella, permitiéndome así que me introduzca un poco en su mundo personal.
-No quisiera darte falsas esperanzas, pero creo que, si sabes leer entre líneas, te puede resultar interesante el contenido de ese pendrive- concluyó Jonathan.
Jervis, sin acabar de entenderlo, volvió a mirarse el lápiz de memoria.
-Bien, yo marcho también, que me esperan- comentó Jonathan abriendo la puerta.
-Espera, me voy contigo- exclamó Jervis mientras se guardaba en un bolsillo del pantalón el lápiz de memoria.
Poco después, ambos habían salido del laboratorio y avanzaban por el pasillo.
-¿Al final has convencido a Talia para que pase contigo Acción de Gracias?- preguntó Jervis.
-No, resulta que le ha salido un imprevisto. Tiene que trabajar en la clínica de su padre. Aunque de todos modos antes ya me había dicho que no- explicó su colega con tristeza. Pero entonces se animó-. En fin, por lo menos me entretendré con Becky Albright, que me ha invitado a cenar. Aunque me he comprometido a hacer yo la comida.
-¿Quieres decir tu ayudante?- le miró Jervis algo sorprendido.
-Sí, me dijo que ya que ninguno de los dos tenía ningún plan, podríamos compartir Acción de Gracias.
-Ya. ¿No será que quiere ligar contigo?
-No sé- respondió Jonathan mirando a Jervis, alzando una ceja-. ¿Tú crees?
-Quién sabe- respondió su colega encogiéndose de hombros-. Lo que sí es cierto es que es la primera mujer que veo que no encuentra crueles y desagradables tus experimentos. Y que incluso los lleva a la práctica ella misma y sin pestañear.
-Sí, en eso tienes razón- dijo Jonathan pensativo-. Debe ser por su gran desafección hacia todo lo que esté fuera de la lógica científica, en lo cual no entran determinados sentimientos.
-¿El profe espantapájaros habrá encontrado por fin a una chica que no le tiene miedo y que además comparte sus mismas inquietudes?- bromeó Jervis.
-Sonaría muy fácil- opinó Jonathan con cierta conformidad.
Talia estaba malhumorada. Hubiese querido que los momentos íntimos que había mantenido con Bruce hacía poco se hubiesen extendido más rato y con más calma y romanticismo, y no los poco menos de diez minutos de un polvo que apenas había disfrutado. Pero Bruce había dicho que tenía que ser rápido, ya que ella no podía llegar tarde a la clínica, además de que a él le estaban esperando. La joven profesora no se arrepentía de haber inculcado en Bruce ese sólido sentido de la responsabilidad, pero la posibilidad de que el heredero de Empresas Wayne lo hubiese hecho para estar lo antes posible con Selina Kyle le incomodaba seriamente. Talia negó con la cabeza. No era cuestión de dejar solo la imposibilidad de que Selina sedujera a Bruce a sus impedimentos para que se encontrasen. Debía confiar en él. Al fin y al cabo, él confiaba en ella, y estaba seguro que no se liaría con Jason Todd.
-Buenos días, doctora- le despertó de sus pensamientos una voz entusiasta.
Por la puerta de su consulta había aparecido Jason Todd, vestido con un uniforme de enfermero, quien le mostraba una sonrisa atrayente.
-Llega usted tarde, señor Todd- dijo Talia fríamente, sentada en la mesa mientras miraba la pantalla del ordenador.
-Quería despedirme de Bruce- explicó Jason sin darle importancia-. No estaría bien hacerle un feo a un amigo, ¿verdad?
-No me conteste, señor Todd- exclamó Talia dirigiéndole la mirada-. Yo no soy su entrenador de fútbol.
-No, sin duda usted es más guapa que él. Y cuando se enfada lo es mucho más- dijo Jason con tono seductor.
-¿Sí? Pues dentro de poco le voy a parecer Miss Universo- exclamó Talia tratando de mantener la calma-. ¿Ha llegado algún paciente?
-No, todavía no- respondió Jason.
-Bien, pues entonces vaya a la habitación de los medicamentos y me apunta las existencias que tenemos- ordenó la profesora-. Dentro de quince minutos le quiero de nuevo aquí. ¿De acuerdo?
-¿Eso de apuntar las existencias solo lo hace para quitárseme de encima?- preguntó el joven algo molesto- ¿Es que soy una molestia para usted?
Talia no respondió, mirándole desconcertada ante esa inesperada rebelión. Sin duda que no estaba acostumbrada a que alguien le replicase.
-¿Sabe? El otro día me pasé por aquí para hacerle una visita y me comunicaron que no tenía consulta a esa hora- dijo Jason volviendo a una sonrisa-. Me sentí contrariado y ahí mismo decidí indagar en un ordenador de la clínica, sin que nadie se diera cuenta, cuál era su horario. Pero descubrí que este no se ajustaba a mi tiempo libre: siempre tenía consulta cuando yo estaba en clase o en el entrenamiento de fútbol. Y entonces vi que en Acción de Gracias tenía fiesta. Pues reescribí los horarios y apunté que el médico que hoy tenía turno estaba de baja y que usted haría la sustitución.
Talia había escuchado todo aquello estática, con una expresión indefinida. Pero entonces reaccionó.
-¿Qué? ¿Qué ha hecho qué?- exclamó.
-Yo me hice voluntario como su auxiliar porque quiero darle las gracias de algún modo por haberme atendido cuando sufrí el accidente- se explicó Jason-. He sacrificado mi fiesta de Acción de Gracias para hacerle de asistente. Yo creo que debería tenérmelo en cuenta. Además, ¿por qué tiene esa actitud contra mí? Los momentos que estuvimos juntos durante el festival cultural tampoco estuvieron tan mal, ¿no?
"Ni que hubiéramos hecho el amor", pensó Talia. Entonces respiró profundamente, con tal de contener la furia que en ese momento sentía. Aquel chico había conseguido alterarla, algo que nadie había logrado hasta ese momento.
-Está bien, de acuerdo, ahora no es momento de discutir- dijo-. En cualquier caso veo que sabes manejar un ordenador, y bastante bien. ¿Entiendes de ofimática?
-Algo sé- respondió Jason.
-Entonces siéntate ante el ordenador y créame una lista de citas con pacientes para el mes que viene. Quiero la hora, su dolencia y el tratamiento. ¿Lo has entendido?
-A sus órdenes, mi generala- Jason se acercó a ella, situándose a su lado-. Guau, ¿y voy a poder estar sentado en sus rodillas mientras trabajo?
-No- respondió Talia frunciendo el ceño y poniéndose de pie-. Yo me levantaré y tú te sentarás en la silla.
-Lástima.
Mientras Jason se acomodaba en el asiento y empezaba a concentrarse en su trabajo, Talia se dio cuenta que aquel chico estaba resultando difícil de manipular. Quedaba claro que la farsa sobre que ella salía con Jonathan Crane no había hecho efecto en el joven. Desde luego que no tenía nada que ver con la pandilla de pánfilas que solían pulular alrededor de Bruce. Y pensando en eso, por culpa de Jason no podía estar con él, sin olvidar que para más inri eso había hecho que su tutelado se hubiese largado a pasar Acción de Gracias con la pánfila mayor del reino. Y encima había sido llevando a cabo los mismos métodos que usaba la profesora. Por unos instantes Talia sintió una sensación de vulnerabilidad que le resultó extrañamente excitante.
El paisaje pasaba a cierta velocidad a través de la ventanilla derecha de los asientos de atrás del Rolls-Royce, ante la mirada ensimismada de Selina. Consultó su reloj de pulsera: solo faltaba una media hora para llegar a su casa en Seattle, y en la hora y media que ya habían hecho de viaje no había cruzado ni una palabra con Bruce, quien se hallaba al otro lado del asiento, mirando a través de la ventanilla derecha. El único que había iniciado algo de conversación era Alfred, el chófer mayordomo, preguntando sobre temas de la universidad como sus carreras o sus actividades en sus respectivos clubes, pero los intercambios de frases no duraban más de cinco minutos y se habían espaciado en el tiempo.
-Disculpe, señorita Kyle- intervino una vez más el mayordomo.
-Llámeme Selina, por favor- dijo la joven mirando hacia él. Eso de "Señorita Kyle" era una expresión que había empezado a odiar desde hacía un tiempo.
-Como guste, señorita Selina- contestó Alfred en su tono solemne-. Me preguntaba, y disculpe mi atrevimiento, si usted y el señor Bruce tienen alguna relación.
-¿Relación?- peguntó Selina sin entender- ¿A qué se refiere?
-Me da la sensación de que no hay confianza entre ustedes dos, ni siquiera como conocidos- explicó Alfred-. El señor Bruce siempre ha poseído un carácter reservado por no haberse involucrado mucho en el mundo que había más allá de la Mansión Wayne, por lo que sus años universitarios han significado todo un cambio para él al conocer a nuevas personas. Aunque al principio seguía siendo retraído, se ha ido abriendo poco a poco a los demás, aunque nunca lo ha llegado a hacer del todo. Y entonces apareció usted, señorita, y por alguna razón el señor Bruce se sintió con confianza para hablarle con toda naturalidad. Es por lo que me sorprende que ambos se encuentren tan callados, cada uno en su rincón. Me esperaba que entre ustedes habría una mejor relación.
-Bueno, no sé…- balbuceó Selina algo nerviosa, sin saber qué responder.
-Hablas demasiado, Alfred- intervino Bruce-. ¿De dónde sacas que Selina y yo tengamos una relación estrecha?
-La doctora Thompkins me lo contó por teléfono- respondió el mayordomo-. Usted le había explicado que había encontrado una chica que tenía su misma afición de pasar su tiempo de reflexión en la azotea de la residencia de estudiantes, y que la compartía con ella. Una chica que, por ello, la doctora pensó que debía ser importante para usted, si bien no quiso darle su nombre a la doctora. Entonces ella hizo preguntas sutiles a la señorita Barbara y al señorito Richard, y llegó a la conclusión de que esa chica debía ser la señorita Selina, lo cual se puede confirmar si usted se ha ofrecido a llevarla a su hogar familiar. Es por lo que me extraña que a primera vista parezcan tan distanciados.
La joven mencionada dirigió la mirada otra vez a su ventanilla. Entonces notó que se había puesto colorada.
-Como tú dices, Selina y yo nos hemos distanciado- dijo Bruce mirando también por su ventanilla-. Ya hace tiempo que dejamos de encontrarnos en la azotea de la residencia. Y desde entonces apenas nos hemos vuelto a ver. Si le he ofrecido acompañarle es por pura cortesía con Barbara, que son amigas.
Aquellas palabras golpearon con fuerza en Selina, a quien por su cabeza le había pasado la idea de que Bruce la acompañaba para estar con ella, tras tanto tiempo sin verse.
-Es una lástima, señor- habló Alfred-. La doctora Thompkins y yo teníamos esperanzas de que hubiese encontrado una chica que abriera definitivamente su concha y con la que iniciar una relación.
-No sé qué quieres decir con eso, Alfred- objetó Bruce-. Tú ya conoces muy bien mi relación con Talia.
-Si me lo permite, me reservaré mi opinión sobre la señorita Al Ghul, señor Bruce- respondió el mayordomo-. Señorita Selina, ya estamos en Seattle.
Siguiendo las indicaciones de la joven, el Rolls-Royce entró en una calle muy larga, de la cual no se veía el final en ninguna de sus dos direcciones, y que hacía bajada. Estaba plagada de casas unifamiliares, a ambos lados de la avenida, puestas en hilera y todas con jardín. El auto aparcó delante de una de las viviendas, la que tenía el número 57. Momentos después, Bruce y Selina estaban delante de la puerta de entrada y, tras dudar unos segundos, ella se decidió a llamar al timbre. A los pocos instantes la puerta se abrió y apareció ante los dos jóvenes una figura encapuchada y vestida con una túnica negra. Tenía la cabeza baja, lo que hacía que la capucha no permitiera ver su rostro. Una aparición que en principio sorprendió a ambos, en especial a Bruce.
-¿Quién osa perturbar la paz y el reposo en este santuario?- salió una voz femenina de la figura.
-Selina Kyle, tu hermana- respondió la joven con paciencia.
-¿Quién?
-Aquella que está poseída por un demonio gato- aclaró Selina con un tono aún más paciente.
-Contraseña correcta.
La figura femenina alzó la cabeza y echó para atrás su capucha, y Bruce vio aparecer a una quinceañera con una pequeña sonrisa y un aire familiar que le recordaba a Selina, también con el cabello negro y corto, aunque con la piel más morena.
-Bienvenida a casa, hermana mayor.
Bruce y Selina entraron en el recibidor seguidos de Alfred, quien cargaba con un par de pequeñas maletas y la bolsa de mano de la joven.
-Hola, yo soy Maggie, la hermana pequeña de Selina- se dirigió la chica de la túnica a Bruce-. Y tú eres… No me lo digas…- la joven puso cara de concentrarse- Tú eres aquel que está poseído por el espíritu de un murciélago. El hombre murciélago.
-Bueno, ya hay quienes me apodan "Bats"- comentó Bruce un poco descolocado-, pero mi verdadero nombre es Bruce.
-Bruce, ¿eh?- dijo Maggie mirándole atentamente- Bien, por esta vez pase- hizo una pausa-. Una gata y un murciélago. Dos criaturas de la noche rebeldes y solitarias, que cuando se unen nunca sabes cuál podrá ser el resultado.
-No hagas mucho caso a mi hermana- intervino entonces Selina-. Es aficionada a los temas místicos y religiosos, y ve personas poseídas por todas partes.
-Y soy aprendiz de exorcista- exclamó Maggie-. Algún día me contratarán en el Vaticano como la mejor experta en el tema, ya verás.
-Estoy seguro de ello- comentó Bruce, sonriendo a la joven.
A todo esto, el chico notó un cuerpo escurridizo que se deslizaba entre sus piernas. Miró hacia abajo y vio un gato negro que ahora se restregaba en sus pies con un ronroneo. Luego, el recién aparecido felino se dirigió hacia Selina.
-Isis- exclamó ella visiblemente contenta. Se agachó y recogió al animal entre sus manos-. ¿Cómo está mi gatita?
La gata se subió al hombro izquierdo de la joven y se paseó entre ambos, para luego tumbarse sobre el derecho. Selina le rascó el cuello con afecto, mientras el animal volvía a ronronear.
-Caramba, Bruce, parece que le has gustado a Isis- dijo Maggie-. Pocas veces se muestra cariñoso con un desconocido con solo verlo.
-Selina, ya estás aquí- dijo un hombre de mediana edad apareciendo por una puerta que parecía dar a la sala de estar-. Bienvenida.
-Hola, papá- respondió la morena con cierto tono frío. No vio más remedio que intercambiar un par de besos con él.
-Y tú debes ser el joven que nos ha traído a nuestra universitaria- se dirigió a Bruce-. Mi nombre es Brian Kyle. Soy el padre de Selina.
-Encantado- dijo Bruce mientras ambos se estrechaban la mano-. Yo soy Bruce Wayne. Y él es mi mayordomo Alfred.
-¿Ha ido bien el viaje?- preguntó el señor Kyle.
-Sí, bastante bien- respondió Selina sin ánimos-. Monótono.
-Bueno- aprobó su padre, un tanto resignado por el carácter de su hija-. Sois los primeros en llegar. Maggie, ¿por qué no acompañas a Selina y Bruce y le indicas a este la habitación que él y su mayordomo compartirán?
-Sin problemas- dijo su hija pequeña-. Ya me he encargado de eliminar el espíritu maligno que había en ella. Aunque espero que no os moleste mucho el olor a azufre.
Nadie dijo nada ante la salida de la joven, aunque todos pusieron cara de circunstancias.
Becky contempló la sala de estar, la cual estaba brillante como una patena, mientras agarraba el mocho hundido en el cubo de agua ya sucia. Respiró profundamente mientras se sentía satisfecha. Y no podía estarlo menos, ya que había permanecido ahí unas dos horas limpiando y poniendo en orden su pequeño piso de estudiante. Miró el reloj de pared: tenía el tiempo justo de cambiarse y arreglarse antes de que llegara el profesor Crane. Eligió una ropa tan elegante como juvenil que le daba un aspecto más alegre del que solía mostrar en su día a día. Se preguntó si era necesario tanto esfuerzo solo para dar buena impresión al que era su jefe en la universidad. ¿Y por qué no? Le sabía mal que al profesor le fuera tan mal en cuestión de amores. Él había querido aclarar aquel malentendido que había ocurrido durante el campeonato de videojuegos del festival cultural, cuando la profesora Al Ghul le había tratado como su pareja. Le explicó que solo lo hacían ver por un lío que tenía la profesora con uno de sus ex pacientes o algo así. En todo caso, a Becky le hacía sentirse alagada que el señor Crane confiara en ella no solo dentro del laboratorio, y le importase que la joven no se creyera lo que no era. Por tanto quería animarle a conseguir su objetivo de conquistar a aquella mujer aparentemente tan fría e inaccesible, empezando por no permitir que se deprimiera en el día de Acción de Gracias. Cuando regresó a la sala de estar, oyó el timbre. Se hizo un último repaso frente al espejo del recibidor y abrió la puerta de entrada.
-Bienvenido, profesor- recibió la joven con amabilidad al recién llegado, quien cargaba con unas cuantas bolsas-. Adelante.
-Gracias- correspondió Jonathan ante el buen recibimiento-. ¿Dónde puedo dejar todo esto?
-¿Es lo necesario para la cena de Acción de Gracias?- preguntó Becky un poco sorprendida al ver tantas bolsas.
-Sí, ya verás, te vas a chupar los dedos- proclamó Jonathan convencido-. ¿Dónde puedo dejarlo?
-Aquí, en la cocina- respondió Becky sonriente ante el entusiasmo de su jefe-. Sígame.
Una vez Selina abrió la puerta de su habitación, Isis saltó de su hombro y se dirigió a la cama, donde se acomodó. Por su parte, la joven, al ver el interior de aquel cuarto no pudo evitar sentir una sensación de nostalgia. Avanzó unos pasos, se situó en el centro y miró a su alrededor. Vio las estanterías con los libros y los dvd's, los cajones y el armario, la mesa y la silla, el ordenador, los posters, su cama… Dejó su bolsa encima del escritorio y se tumbó en el lecho al lado de Isis, mirando al techo, permaneciendo así durante un pequeño rato, hasta que oyó unos golpes de nudillo en la puerta abierta. Allí estaba Bruce, que la contemplaba con curiosidad.
-¿Es la habitación donde dormirás de tu agrado?- le preguntó la joven sentándose en el borde de la cama.
-Sí, no está mal, aunque es verdad que huele un poco a azufre- explicó Bruce sin apartarse de delante de la puerta-. Ahora Alfred le está pasando un ambientador.
-Supongo que debe ser mucho más pequeña de la que tienes en tu mansión.
-Pues, ahora que lo dices, tienes razón- dijo Bruce, mientras avanzaba dando un vistazo a su alrededor-. Creo que ya me he acostumbrado a mi cuarto de Mansión Arkham.
Selina le vio situarse a su lado de cara a ella, al parecer interesado en leer los títulos de los libros, las películas y los CD's de música que había en la estantería que ella tenía detrás por encima de su cabeza y que él tenía a la altura de sus ojos, en la pared que tocaba con la cama. Se sintió un poco nerviosa que estuviera mirando sus cosas, pero no se atrevió a decirle nada. Por su parte, Bruce pocos títulos de los que leyó le sonaban, y muchos le parecieron de significado bastante siniestro, cuando no apocalíptico. El joven sintió un poco de pena por el padre de Selina: la hija mayor que le había salido gótica y la pequeña aprendiz de bruja.
-¿Tu madre?
-Sí.
Bruce había puesto los ojos en una fotografía con marco, en donde se encontraba una mujer joven, atractiva y sonriente, junto a una niña de unos doce años. A esta última la reconoció como Selina, aunque le pareció curioso verla con el cabello largo, también sonriendo y con un vestido de color claro. Sin saber por qué, se le formó una pequeña sonrisa. Luego dirigió la vista hacia un rincón, donde vio apoyada en la pared una guitarra eléctrica de color negro.
-Ey, no me digas que tocas la guitarra eléctrica- exclamó Bruce, y se dirigió hacia el mencionado instrumento.
-Bueno, tomé unas cuantas lecciones durante la secundaria- explicó Selina siguiéndole con la mirada-. Pero no me pidas que toque nada, que estoy muy desentrenada.
-Pero algún día tengo que escucharte- comentó Bruce. Entonces miró el póster que había en la pared, encima del escritorio, en el cual, en blanco y negro, había en plano americano tres chicos y una chica de estética indie rock, en una postura en cierto modo arrogante, con el nombre del grupo al pie-. ¿Eres fan de los Birds of Prey?
-¿Les conoces?- preguntó Selina un poco sorprendida.
-No del todo. He oído hablar de ellos- dijo Bruce-. ¿Ya sabes quién es el chico del medio, el de la barba de unos días?
-Sí, es Barry, voz y uno de los guitarristas del grupo.
-Barry Quinzel- completó Bruce-. El hermano de Harley.
-Oh, no me digas- exclamó Selina- ¿En serio?- se miró el póster- Nunca se lo he oído decir a ella.
-Debe ser porque Harley tiene una familia algo desestructurada, y no le gusta hablar del tema.
Selina se dio cuenta que Bruce solía saber algunas cosas de la vida privada de sus otros compañeros de residencia, como la historia entre Harvey y Pamela o la enfermedad de Croc, y ahora sobre la familia de Harley. Aunque, claro, ahora también sabría cosas de la vida de Selina. Parecía un representante de la ley manejando los datos de los criminales que tenía que detener. Ahora le vio sentarse en la silla del escritorio, mirando hacia ella. Así permanecieron, durante unos segundos de silencio. Mientras tanto, Isis se puso de pie y saltó al escritorio, donde allí se restregó contra el hombro de Bruce. Él empezó a acariciarle el cuello y el lomo, ante el consentimiento y placer de la gata, quien cerró los ojos y se encogió sobre la mesa, volviendo a ronronear. Selina no se atrevió a reconocer a sí misma que lo que sentía en ese momento era envidia.
-Siento haberte liado en esto- dijo-. Seguramente tenías tus planes y te los he echado por tierra.
-No te preocupes- respondió Bruce-. Habitualmente por Acción de Gracias tengo una cena con grandes empresarios y demás gente rica, en fastuosas fiestas de lo más aburridas, con tipos que aprovechan la situación para hablarme de negocios y chicas que tratan de seducirme. Nunca viene mal un poco de cambio.
-Pero tengo entendido que este año tú y la profesora Al Ghul ibais a pasar la fiesta juntos- objetó Selina-. ¿No te sabe mal no poder estar con ella?
-De todos modos, ella tiene que atender su trabajo. Antes es la obligación.
-No has respondido a mi pregunta- dijo Selina mirándole fijamente.
Bruce dejó de acariciar a Isis, y esta, en vista que la desatendían, saltó a la cama y se acomodó en el regazo de Selina, quien empezó a rascarle debajo de la barbilla.
-¿Te acuerdas de aquella conversación que tuvimos en nuestro primer encuentro en la azotea de la residencia?- preguntó el joven.
-Sí, me acuerdo. Decías que había una chica con la que te gustaba estar, pero que no sabías si lo que sentías por ella era amor- dijo Selina. Una conversación que ella tenía muy presente.
-Me imagino que ya has debido deducir que me refería a Talia al Ghul, ¿verdad?
-Sí, no hace falta estudiar criminología para darse cuenta.
-Tú me aconsejaste que si me sentía bien con ella, que continuáramos juntos. Y si alguna vez encontraba a una persona con la que me sintiera mejor, que reconociera como verdadero amor, sería un motivo para plantearme mi relación con Talia.
-¿Quieres decir que ya has encontrado a esa persona?- se decidió a preguntar Selina. Notó que un cierto nerviosismo comenzaba a apoderarse de ella.
-Tal vez sí- respondió Bruce formándosele una pequeña sonrisa-. He conocido a una chica que viste de negro y que hace gala de una gran agilidad física cuando lo ve necesario. Posee un carácter tan fuerte como seductor, lucha por lo que quiere y por lo que cree que es justo, y de la que no puedo vislumbrar cuáles son sus intereses y sus objetivos. No sé, una chica que, aunque no estoy muy de acuerdo con su manera de proceder, aun así me fascina y hace que me preocupe por ella, que quiera hacer algo por ella.
Bruce había dicho todo aquello sin apartar la mirada de Selina. Ella, más que nerviosismo, lo que ahora sentía era emoción. No dijo nada, no se atrevía a decir nada, porque tenía la sensación que cualquier cosa que respondiera a aquella explicación daría un resultado negativo a su relación con Bruce.
-Yo… ¿Conozco a esa chica?- preguntó finalmente, decidiendo que aquello era lo mejor que podía decir.
-Dímelo tú- respondió Bruce-. Se trata de la ladrona de la universidad.
Ninguno de los dos dijo nada por unos segundos.
-La… La ladrona de la universidad solo es una leyenda- dijo Selina.
-Es posible- aceptó Bruce. Seguía sin apartar la vista de la joven-. Quizás cuando la conocí y hablé con ella solo fue un sueño. Y no existe realmente. ¿Tú qué opinas? ¿Existe realmente esa chica fuerte y decidida, que rozó mis labios con los suyos?
Sin dejar de acariciar a Isis, Selina le sostenía la mirada a Bruce, pero pese a ello se sentía indefensa.
-Eh, Selina- oyeron decir. En el dintel de la puerta se encontraba Maggie, quien ahora vestía un jersey y unos pantalones tejanos, lo que chocó un poco a Bruce. Era una adolescente normal y corriente, después de todo-. Acaban de llegar los tíos, y papá dice que bajes a saludarlos. Y que hagas el favor de quitarte tu ropa habitual y te pongas una más adecuada- luego miró a Bruce-. Ey, Bruce, ven, que te presentaré a nuestra familia.
-De acuerdo- respondió él. Se puso de pie-. Hasta ahora- dijo pasando por delante de Selina.
-¿Quieres ayudarme a tomarles el pelo a mis primos?- le preguntó Maggie con entusiasmo- Les haremos creer que estás poseído y que yo te practico un exorcismo. Pero tendrás que retorcerte y decir palabrotas, como en la película aquella.
-Bueno, si no hay más remedio…- dijo Bruce resignado.
Una vez la puerta de la habitación se hubo cerrado, Selina se sintió aliviada. Dio una última caricia a Isis y se puso de pie, dejando que la gata se posara en el suelo. Se sentía confusa, sin saber cómo reaccionar, pero al final consiguió tranquilizarse. Ahora sí que iba siendo hora de tomarse las cosas en serio.
Becky se maravillaba ante la facilidad del profesor Crane por la gastronomía, especialmente para hacer una cena de Acción de Gracias, aunque solo fuese para dos personas, aprovechando muy bien su minúscula cocina. El pavo asado relleno, la salsa de arándanos, el puré de patatas, las ensaladas… La joven le veía ir de un lado a otro, controlando el horno, la vitrocerámica, los cuchillos, sin que ella se atreviera a preguntarle si necesitaba ayuda al verle tan concentrado, limitándose a contemplar sus progresos desde la puerta.
-Voy a envidiar a la mujer que se case con usted, profesor- no pudo evitar decir.
-Me parece que voy a necesitar más cualidades que mi experiencia en la cocina para que alguien quiera casarse conmigo- respondió Jonathan sin levantar la vista del horno.
-Cualquiera diría que no tiene mucha autoestima que digamos- oyó decir a Becky-. ¿Cree que no habrá ninguna chica que quiera salir con usted por su falta de cualidades?
Jonathan se giró hacia ella. Se fijó en ese rostro tan atractivo como serio, que en ese momento le pareció más lo segundo que lo primero.
-Seguramente nunca ha tenido mucha suerte con las mujeres- dijo la joven-. Desde la secundaria que siempre le deben haber visto como un cerebrito que hace juegos macabros con pájaros y ratones. Fue lo que se dice un bicho raro al que menospreciar y evitar. Y ahora considera que la profesora Al Ghul es su última oportunidad para conseguir la felicidad junto a una mujer, insistiéndole continuamente, porque cree que de alguna manera conecta con ella, pese a las repetidas negaciones que le da de iniciar una relación con usted.
Ninguno de los dos dijo nada durante unos instantes. Jonathan se acercó hacia ella unos pasos con una mirada que denotaba cierta amenaza, pero ella no desvió sus ojos de los suyos.
-Creía que no tenías interés en la psiquiatría- dijo el profesor.
-En derecho también entendemos de analizar a la gente- respondió Becky inalterable.
-¿No será que, consciente o inconscientemente, en cierto modo estabas hablando de ti misma?
Volvieron a quedarse en silencio sin dejar de aguantarse la mirada, hasta que de repente sonó el timbre del horno, lo que ambos recibieron como un susto.
-El pavo ya está- exclamó Jonathan, como quien volvía a la realidad.
-Ya me encargo yo- se ofreció Becky-. Usted vaya llevando los platos y los cubiertos a la mesa.
En vista de la fuerza de decisión de la joven, Jonathan hizo lo que le había mandado. Una vez en la sala de estar, dejó en la mesa que allí había los dos juegos de cubiertos y platos que había traído y los situó bien puestos enfrente el uno del otro. Una vez acabado quiso volver a la cocina, pero vio en una de las estanterías unos marcos con fotografías. Con curiosidad, se dirigió a ellas. Pudo ver una foto de una niña de unos diez años a la que reconoció como Becky por sus cabellos castaños, largos y rizados, quien sonreía a la cámara junto a un hombre y una mujer jóvenes, los cuales se encontraban detrás de ella, destilando el conjunto una agradable sensación de felicidad. Al lado había otra fotografía con la Becky actual, vestida de una forma que a Jonathan le pareció tan sorprendente como fascinante: la joven llevaba una especie de corsé marrón oscuro cruzado por rayas rojas y verticales, y una falda blanca cuyo contraste con el corsé le restaba pureza. Unos guantes largos y también marrones le cubrían las manos y los brazos hasta el codo, y unas medias negras y de aspecto gastado hacían lo propio con las piernas, mientras en una mano agarraba una guadaña en posición vertical y en la otra sostenía una extraña careta negra que recordaba una máscara antigás. Becky miraba a la cámara con la boca entreabierta y una mirada inocente que sin embargo tenía un punto inquietante. Jonathan reconoció la sala de fiestas de la universidad, con algunos alumnos al fondo también disfrazados.
-Son mis padres- oyó decir a su auxiliar de laboratorio, quien había llegado a su lado y miraba la primera fotografía-. Fallecieron en un accidente de tráfico poco después de que nos hiciéramos esa foto.
-Cuánto lo siento- dijo Jonathan sinceramente.
-Gracias- respondió la joven con una pequeña sonrisa de resignación.
-Me gusta ese disfraz – dijo entonces el profesor con la vista puesta en la otra fotografía-. ¿Es el que llevaste en la pasada fiesta de Halloween?
-Exacto- respondió Becky mirándole de reojo, con una sonrisa satisfecha-. ¿De qué diría que voy disfrazada?
-De algún personaje extraño y misterioso, sin duda- reflexionó Jonathan-. Me rindo, ¿de qué vas disfrazada?
-Ni yo misma lo sé- contestó Becky dirigiendo otra vez la vista a la fotografía-. Solo tenía intención de crear una imagen que causara cierto desasosiego en quien me contemplara, sin abandonar la apariencia de chica joven. Pero no pensé en ponerle nombre al disfraz.
-¿Qué tal "la maestra del miedo"?- dijo Jonathan mirándola con una media sonrisa.
-Eso lo es usted, profesor- respondió Becky mirándole también-. Yo solo trabajo aquí.
-Buena idea lo de la guadaña- comentó Jonathan-. Tendría que haberlo pensado para mi disfraz de espantapájaros.
-Así que de espantapájaros- dijo Becky-. Estoy segura que le debía quedar que ni pintado.
-Para el año que viene deberíamos disfrazarnos de lo mismo y hacernos una foto juntos, a ver qué tal quedamos.
-No haríamos buena pareja- respondió Becky desviando la mirada, mientras marchaba hacia la cocina-. ¿Vamos trayendo la comida?
Jonathan se quedó un poco desconcertado, pero decidió ayudarla.
Momentos después, Becky se encontraba sentada a la mesa donde se encontraba una pequeña cena de Acción de Gracias, suficiente para dos personas, mientras veía a Jonathan quien, de pie, se encargaba de trinchar el pavo.
-Lo hace muy bien, profesor- comentó la joven hasta cierto punto fascinada-. ¿De dónde ha sacado esta habilidad para la cocina?
-No quería ser de esos solteros cuya dieta se basa en comida precocinada- dijo Jonathan con orgullo, mientras que con las pinzas colocaba parte del pavo en el plato de Becky.
-¿Qué le parece si luego vamos a encontrar a la profesora Al Ghul en su clínica, cuando acabe su horario?- propuso la joven de repente- ¿Está muy lejos la clínica donde trabaja?
-No, no mucho- respondió Jonathan mientras se sentaba, ya con la comida servida, sin entender el motivo de esa iniciativa.
-Seguramente habrá sido un día duro para ella, más si tenemos en cuenta que hoy era fiesta- explicó la joven mientras se servía el puré de patatas-. Estoy segura que ella se sentirá aliviada y lo agradecerá si se ofrece para hacerle compañía mientras recoge y hace el camino a su casa.
-Sí, es una buena idea- respondió el profesor sin mucho entusiasmo- ¿Y has dicho "vamos"? ¿Tú también vas a venir?
-Bueno, yo solo estaré de supervisora- contestó Becky un tanto improvisando-. He de cerciorarme de que todo vaya bien.
La verdad es que compartir aquel día con su asistente le había hecho olvidarse de sus preocupaciones, incluida la profesora Al Ghul, y así le hubiese gustado que hubiera sido hasta la mañana siguiente. Mientras ambos empezaban a comer, dirigió una mirada tímida a aquella estudiante que había despertado, cuando menos, su curiosidad.
-Ese era el último paciente, doctora- comunicó Jason a Talia.
-Muy bien- la profesora se levantó de la silla-. Nos queda todavía media hora. Aprovéchala para acabar la lista de pacientes.
Jason quiso lanzar una contestación ingeniosa, pero decidió guardársela. Y es que aquella mujer le imponía de alguna manera, algo que no habían logrado ni sus padres, ni su entrenador de fútbol, ni los demás profesores, ni el propio Bruce. No es que le intimidara, más bien había algo en ella que le fascinaba, más allá de sentirse en deuda con ella. Tal vez le influyera su profesionalidad como médico, su sólida manera de dominar las situaciones o la divertida expresión de desconcierto que ponía cuando él se las desbarataba.
El joven continuó con su trabajo, no tardando mucho en terminarlo. Luego, mientras cerraba las ventanas minimizadas, le llamó la atención en la barra de herramientas un icono con la forma de una esfera azul. Con curiosidad, situó la flecha del ratón sobre dicho icono, pero le sorprendió que no apareciese ninguna leyenda sobre su utilidad. Así que, sin más contemplaciones, clicó en la figura azul y vio aparecer una pequeña ventana que le pedía una contraseña. Extrañado, escribió lo primero que se le ocurrió: "al ghul". Pero le apareció el mensaje de "Incorrecto".
-Doctora, ¿para qué sirve esto del círculo azul, que no me permiten utilizarlo?- preguntó sin levantar la vista de la pantalla, tras cerrar el mensaje- No me había encontrado nunca con una aplicación secreta. ¿Quiere decir que esta clínica tiene una forma exclusiva para crear documentos?
-A ver, ¿qué tonterías estás diciendo?- dijo Talia dejando el ordenador portátil que estaba usando y acercándose al joven, mirando la pantalla por encima de la coronilla de él- Eso no es ninguna aplicación secreta, es donde tenemos nuestra lista de proveedores.
-¿Y por qué su acceso tiene una contraseña?- preguntó Jason clicando otra vez en el icono azul, apareciendo otra vez la pequeña ventana de antes.
-Qué extraño- dijo Talia-. Antes tenía acceso directo. ¿Desde cuándo no se puede entrar en la lista de proveedores?
-Usted sabrá, doctora- respondió Jason- ¿Es qué antes sí que se podía?
-Antes sí- Talia se colocó al lado de Jason-. Al menos hasta que mi padre, el dueño de la clínica, me comunicó que él se encargaría de todo lo relacionado con los proveedores, de contactar con ellos o buscar nuevos, y por tanto que yo me mantuviera al margen del tema. Y es lo que he hecho.
-Vaya, qué hija más obediente- dijo Jason mirándola de reojo-. ¿Ni siquiera ha vuelto a clicar en el icono por distracción?
-Eso significaría cuestionar a mi superior, y aún peor, cuestionar a mi padre- exclamó Talia-. Yo nunca haría eso. Si él me dice que me mantenga al margen de todo lo relacionado con los proveedores, será porque es lo que tengo que hacer y no voy a discutirlo.
-Ya veo. ¿Y no le parece raro que le dijera eso y ahora resulta que no se puede entrar en los proveedores?- preguntó Jason- ¿No será que su padre la ha apartado para que no curiosee?
-No sé- dijo Talia algo confusa.
-Conociéndole, ¿cuál cree que podría ser la contraseña?- preguntó su ayudante.
-A ver, sal.
Jason se levantó, dejando que la profesora se sentara ante el ordenador. Luego esta apretó unas cuantas teclas, formándose los puntos negros en el espacio correspondiente, y apretó "Entrar". Nuevamente, salió "Incorrecto".
-Pues esta vez no es el nombre de mi madre- dijo pensando en voz alta.
-¿El nombre de su madre?
-Sí, en el sótano del edificio central de la universidad descubrí una sala donde había una infinidad de pantallas que controlan la mayoría de lugares del recinto, y para entrar es necesario teclear el nombre de…
Talia se tapó inmediatamente la boca con la mano. ¿Pero qué estaba diciendo? ¿Cómo se le podía haber escapado su secreto con tanta naturalidad?
-¿De qué habla?- preguntó Jason extrañado- ¿Una sala para controlar la universidad? ¿Quiere decir una sala clandestina?
-Olvídalo- exclamó Talia enérgica. Con el ratón le dio a "Apagar" y se levantó de la silla-. Va siendo hora de irnos.
Jason miró a la profesora un tanto sorprendido y luego al ordenador, el cual se cerraba en ese momento.
Entonces llamaron a la puerta de aquella consulta. Por acto reflejo Talia pronunció "Adelante" y la puerta se abrió.
-Buenas noches- saludó el profesor Crane, mientras permanecía en la puerta.
-Jonathan- exclamó Talia-. No te esperaba. ¿De dónde sales?
-Bueno, pasaba por aquí y he pensado que podría acompañarte a Mansión Arkham- explicó el recién llegado, tratando de parecer seguro-. A estas horas no me parecía correcto que fueras sola.
-Pero, Jonathan, que estás hablando de mí- respondió Talia formándosele una pequeña sonrisa-. Ya sabes que soy una profesional de varias técnicas de lucha. Puedes estar seguro que no corro ningún peligro.
Jonathan notó unos codazos en su espalda y luego un empujón, el cual le hizo entrar en la habitación. Por detrás suyo apareció una chica de cabellos castaños y rizados, que Talia reconoció como la estudiante que hacía de ayudante a su colega.
-De todos modos, nunca viene mal con quien hablar mientras se hace el camino a casa tras un largo día de trabajo- comentó Becky-. Para desahogarse un poco explicándole a alguien sus problemas de la jornada.
-Como queráis- consintió Talia, sin ganas de debatir sobre la cuestión-. Acepto vuestra amabilidad. ¿Podéis ir a recepción mientras nos cambiamos?
-Ahora mismo- exclamó Becky.
La joven empujó a Jonathan fuera de la sala y cerró la puerta detrás de ella. Talia suspiró resignada.
-Caramba, doctora, para ser su novio veo que lo trata muy fríamente- comentó Jason con una sonrisa divertida.
Talia se acordó inmediatamente de su supuesta historia sentimental con Jonathan. Por el tono irónico en que hablaba el joven, tuvo definitivamente claro que este no se creía que ella fuera pareja con el profesor de la facultad de psiquiatría. Pero su orgullo le impidió reconocerlo.
-Ahora estoy muy cansada para manifestaciones sentimentales con él- sentenció, y se dirigió hacia la otra puerta de la consulta. Por su parte, Jason volvió a sonreír.
-Bien, antes de que nos despidamos, tengo que decirle que me ha gustado pasar Acción de Gracias con usted, profesor- dijo una Becky sonriente, mientras ella y Jonathan esperaban en la recepción, donde no había nadie, ante las puertas de cristal que daban a la calle.
-Sí, a mí también me ha gustado pasar el día contigo- correspondió Jonathan-. Verte sonreír ya ha sido un aliciente suficiente.
-¿Quiere decir que en el laboratorio siempre estoy seria?- apuntó Becky perdiendo la sonrisa y mirándole con los ojos entornados- ¿Y cómo debería estar? El trabajo no es algo para tomarse a broma.
Jonathan se percató que, estuviera seria o sonriente, la señorita Albright no dejaba de tener su encanto.
-Gracias por esperarnos- comunicó Talia, mientras ella y Jason llegaban junto a ellos-. Ya podemos irnos.
Una vez en la calle, Jonathan se dispuso a marcharse con Talia.
-¿Tú no vienes, Becky?- le preguntó a su ayudante.
-Hombre, no, mi casa está en dirección contraria a la universidad- explicó la joven-. Venga, profesor, ánimo.
Tras despedirse todos, Becky y Jason se quedaron el uno al lado del otro, viendo como los dos profesores se marchaban calle arriba. A medida que se alejaban, el rostro jovial de Jason se fue apagando, mientras el entusiasmo del de Becky se fue transformando en una expresión de arrepentimiento.
-Dime una cosa- se dirigió la joven al otro estudiante-. Cuando tienes que elegir entre lo que es correcto y lo que te dicen tus impulsos, ¿qué es lo que escoges?
-¿Yo? Normalmente suelo elegir mis impulsos- respondió Jason sonriéndole.
-¿Y funciona?
-Hasta hace poco me funcionaba- dijo el joven.
Volvió a dirigir la vista hacia la dirección en que habían marchado Jonathan y Talia, a lo que también se sumó Becky.
La cena de Acción de Gracias en casa de los Kyle había sido amena y divertida. Los parientes de Selina habían resultado unas personas amables y simpáticas, y, aunque no había participado mucho en las conversaciones, Bruce cuando menos se sentía agradecido de haber hecho algo diferente a lo de todos los años.
-Si el señor me lo permite, voy a retirarme a la habitación- le dijo Alfred una vez hubo ayudado a recoger la mesa y a lavar los platos, junto con Bruce.
-Como quieras, Alfred- le concedió Bruce.
-La señorita Selina se ve una buena chica- dijo el mayordomo-. Tal vez un poco reservada y tímida, pero estoy seguro que usted le ha visto algunos encantos que a la mayoría de gente le pasan desapercibidos. No la deje escapar. Buenas noches.
Y antes de que Bruce pudiera decir nada, Alfred ya subía escaleras arriba.
-Eh, Bruce- exclamó Maggie llegando de la sala de estar. Ambos se encontraban en el recibidor-. Muy buena interpretación de la niña de "El exorcista". Te has metido a mis primos en el bolsillo.
-Gracias- dijo el joven-. Por cierto, ¿sabes dónde está Selina? Cuando he vuelto de la cocina ya no se encontraba en la sala de estar.
-Cuando los adultos han empezado a hablar entre ellos se ha marchado sin decir nada- explicó la chica-. Seguramente estará con Isis en su habitación o hablándole a la Luna en el tejado- hizo una pausa-. No te lo tomes como algo raro, es una afición que tiene, como cualquier otra.
-Sí, no te preocupes, ya la conozco- dijo Bruce sonriendo.
Selina se encontraba sentada en el tejado inclinado, con sus brazos rodeando sus rodillas flexionadas, junto a la ventana abierta de la buhardillla y con Isis sentada a su lado, contemplando la ciudad nocturna. Ahora vestía un conjunto de colores claros, consistente en un vestido de manga larga que le cubría hasta la rodilla, y unas mallas. No le hacía gracia vestir de aquella manera –cuando se vio en el espejo del lavabo no pudo evitar acordarse de Barbara-, pero no tenía ganas de discutir con su padre. Aunque cuando se presentó ante todos de aquella guisa y se fijó en el disimulado rostro de admiración de Bruce, sintió que había valido la pena.
-Hola, ¿molesto?
Selina dirigió la vista hacia la ventana de la buhardilla: allí estaba asomado Bruce, quien la miraba expectante.
-No- dio por respuesta la joven, y volvió a dirigir la vista a la ciudad.
Oyó a Bruce moverse y le sintió sentarse a su lado. Así permanecieron durante un pequeño rato.
-Sobre lo que dijiste antes…- empezó a hablar Selina.
-¿El qué?- preguntó Bruce girando la cabeza hacia ella y mirándola.
-La ladrona de la universidad y todo eso…
Selina presionó más fuerte sus piernas entre sus brazos, y tocó con su frente en las rodillas. No lo lograba. No lograba que le salieran las palabras. Entonces alzó la cabeza y miró a Bruce.
-Deberías estar atento- dijo-. Es posible que dentro de poco vuelva a actuar.
-Ah ¿sí?- exclamó Bruce- ¿Cuándo y dónde?
-Eso tendrás que descubrirlo tú- respondió Selina mientras se le formaba una sonrisa en la que Bruce vio algo de malicia-. Pero estoy segura que como buen detective que eres sabrás arreglártelas.
-¿Eso es lo que quieres?- preguntó el joven- ¿Que me las arregle para detener a la ladrona?
-Quizá si lo haces consigas que ella acabe en tus brazos- concluyó Selina.
De repente se levantó, y Bruce, algo inquieto, la vio sostener el equilibrio al borde del tejado, con los brazos extendidos a los lados. Luego, ante el asombro del muchacho, la joven dio una voltereta en el aire por encima de la cabeza de él, y se posó sin problemas al otro lado de Bruce. Isis, por su parte, se subió a la cabeza del joven y desde ahí dio un salto y se posó sobre el hombro de Selina.
-Buenas noches- dijo ella.
Y la joven se deslizó por la ventana de la buhardilla, desapareciendo de la vista de Bruce. El muchacho se quedó unos segundos mirando la ventana.
"Fascinante", pensó.
