Y ahora…
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TELA DE ARAÑA
Capítulo 11- Trozos de mí, pedazos de ti
-¡Mama, mi zapatilla!-
-¡Rose, no te pares!-Hermione chilló, y cerró con más fuerza los dedos en torno a la manita helada de su hija, sin importarle si la zapatilla se perdía para siempre, o si Rose tenía que seguir corriendo descalza.
Siguió empujando contra el gentío. Tirando de su pequeña, protegiéndola con su cuerpo, y sabiendo que Hugo, su hija mayor, las seguía de cerca. Aun así, cada pocos pasos volvía la vista, buscando su desordenada melena roja con la mirada.
Su pulso era un torrente frenético, un grito histérico. Nunca antes las barreras de Hogwarts se habían visto dañadas de forma tan severa. Y ahora comprendía el error de haberse dejando acunar por un falso sentimiento de seguridad.
La mesa posibilidad de perder a cualquiera de sus dos hijos...
Apretó los dientes.
Ahora la opción más segura, era llegar a la sala de los menesteres.
Pero Hermione y su familia, no eran los únicos que intentaban ponerse a salvo.
Entorno a ellos, como un un enjambre de hormigas, hombres, mujeres y niños, se atropellaban como animales para ser los primeros en buscar refugio.
El pánico les había despojado de su humanidad, dejando solo a las bestias que en el fondo todos somos, y que poco o nada valoran más que su supervivencia, y la de aquellos que les son queridos.
La muchedumbre sonaba como una jauría de perros hambrientos; llantos y gritos… e insultos apenas comprensibles.
Al ritmo en que estaban llegando los temblores, no todos tendrían el tiempo para huir.
Y la marabunta lo sabía.
Otra nueva vibración empezó a subir por el suelo, a ascender por los tabiques de las paredes, a murmurar en la piedra, un siseo como mil insectos…
Un aviso en sus propios huesos…
-¡OTRO TEMBLOR!- alguien gritó.
La gente se lanzó aún más violentamente hacia adelante, como una enorme ola. A nadie parecía importarle aplastar a los demás.
Rose chilló.
Un gemido agudo y largo, de terror infantil.
-¡MAMA!- Ella también intuía lo que se acercaba, aunque fuera demasiado pequeña para entenderlo.
Un hombre dos cabezas más grande que Hermione, la golpeó violentamente con el codo en las costillas, lanzándola contra una columna. El dolor explotó en su costado, caliente y húmedo, y estuvo a punto de derrumbarse.
Los pequeños pies de Rose, ahora uno de ellos descalzo, tropezaron al enredarse en el borde de su camisón… la mano inerte de su madre se le escapó de entre lo pequeños dedos, demasiado niña para poder agarrarse con la fuerza necesaria.
El terror la hizo llorar… La gente no paraba de empujarla.
Se tropezó.
-¡MAMA!
Cerró los ojos…. el calor de la presencia de Hugo, hizo que volviera a mirar.
-¡Hugo!
Su hermano mayor la levantó en brazos, arropándola con su cuerpo desgarbado de niño a medio camino de ser un hombre, todavía en pijama de rayas. Y se lanzó cargado con ella, empujando y luchando, para llegar junto a su madre, con un rictus en los labios que iba más allá del miedo o la ira, para hacerse pura determinación.
-¡Mama!- llamó Hugo.
Hermione, aún mareada, apretó los dientes, abriéndose paso a duras penas para reunirse con sus hijos.
Los tres se encontraron en medio de la pesadilla, cuando las paredes, los suelos, el techo… se estremecieron, vibraron, y gimieron, como un enorme dragón moribundo. Todo tembló violentamente. El suelo se agrieto, abriendo brechas a su paso. Y solo el esfuerzo conjunto de madre e hijo, consiguió que los tres se refugiaran bajo la arcada de una puerta, evitando por unos pasos, despeñarse por alguna de las grietas.
Otros no fueron tan afortunados.
Cerca, el hombre que la había golpeado, resbaló cuando otro hombre que intentaba salvarse, se agarró desesperadamente a su pierna, y cayó, arrastrandolo consigo.
Mione estiró la mano intentando ayudar...pero sus dedos solo rozaron el borde raído de un abrigo, antes de que desaparecieran piso abajo.
-¡MAMA VAMOS!- gritó Hugo.
Hermione apartó la mirada de la grieta a duras penas.
A su alrededor, Hogwarts parecía estar viniéndose abajo. Intentar avanzar sería una locura, pero si se quedaban estaban muertos.
Entonces la vió.
Una ventana.
No era mucho, una arpillera apenas lo bastante ancha para caber por ella. Pero incluso si conseguían salir, fuera aún estarían los mortífagos, esperando.
Hermione miró a su alrededor una última vez.
-¡Por aquí!
A duras penas, echaron a correr entre la gente. Gracias a Merlin la ventana no estaba lejos.
Cuando llegaron a ella, cascotes de piedra habían empezado a desgajarse del techo, una lluvia de proyectiles que apenas los rozaron, apretados contra la pared junto a la ventana.
Hermione paladeó el polvo de roca en la lengua, el sabor salado del sudor, el regusto amargo del miedo de docenas de personas.
El sonido del llanto y los gritos de tanta gente junta, eran insoportables, un aullido que parecía no acabar.
-¡Bombarda!- gritó Hermione, la varita en su mano entumecida. Y el cristal de la ventana explotó hacia fuera.
El suelo a su alrededor empezó a derrumbarse.
-Tú primero Hugo.- llamó.
Sus mirada se encontraron un segundo, y Hermione vio que su hijo hubiera querido protestar. Ofrecerse, quizás, a quedarse atrás, mientras su hermana y su madre escapaban. Pero algo debió ver en los ojos de su madre, que hizo aceptara sus palabras.
Su cuerpo adolescente, alto, desgarbado, y sin embargo fuerte, en maneras en que alguien tan joven no debería serlo aún, se coló fácilmente por la abertura.
Estaban en un segundo piso, y la caída podría haber sido peligrosa, sin embargo había un alféizar en el que apoyarse. Y que Hugo usó para sentarse, y mirar hacia adentro.
-Coge a Rose.- Hermione levantó a su hija mejor en brazos, para pasarla por la ventana, hacia los brazos extendidos de su hermano mayor.
-No mamá, no.- suplicó la pequeña aferrándose a su camisón.
Rose la miraba con ojos enormes y asustados, sus desordenados rizos zanahoria, esparcidos en torno a su carita, como un montón de ovillos de lana descosidos, y el cuerpecito, apenas envuelto por un camisón viejo y descolorido, temblando.
Parecía tan frágil como una cometa en la tormenta.
Hermione apartó tiernamente los rizos de su carita. Esforzándose por ofrecerle una sonrisa tranquilizadora, a pesar de que todo a su alrededor se estuviera viniendo abajo, y del miedo terrible que ella también sentía.
-No temas miedo cielo. Hugo cuidará de ti.- Las manitas de Rose se aflojaron apenas, y Hermione la levantó con cuidado, pasandosela a Hugo.
-Ahora tú, mamá.-llamó su hijo mayor. Pero ella negó suavemente.
-No, alguien tiene que bajaros.
-¡MAMA! ¡¿QUÉ HACES?! ¡NO!- El muchacho hubiera querido agarrarla, pero ya tenía a Rose en brazos, y no podía arriesgarse a soltar un brazo.
-Hugo…- la voz de Hermione se endulzó terriblemente, hasta casi romperse. Y la mano se le apoyó en el brazo de su hijo, casi sin darse cuenta, a través de la ventana – Por favor, Hugo… -bajó la mirada a su hija menor, acunada entre ambos- …mira a tu hermana.-
Hugo bajó un momento las pupilas, a los enormes irises avellana.
-…Hugo… tengo miedo. –la vocecilla tan pequeña y aguda, como la de un pájaro. Rose estaba llorando.
-Cuida de ella. –musitó Mione.
El pelirrojo pareció decrecer, y derruirse en las palabras de su madre.
- No… -musitó con las mejilla húmedas de lágrimas que no sabía estaba vertiendo.
Hugo, en su pijama de rayas azules y blancas, arrugado y sucio, los pies calzados en peludas zapatillas de casa. Con el desordenado cabello rojizo, y las pecas que salpicaban su rostro, y que no habían cambiado desde que fuera solo un bebé, parecía de nuevo un niño. Pero ya no lo era.
Sino un hombre muy joven, que había visto demasiado.
Y Hermione sintió un profundo orgullo por este joven, en que se había convertido su pequeño.
-Os quiero mucho. ¡Movilicorpus!-
A solo dos metros del suelo, el techo terminó de derrumbarse con un estruendo gigantesco.
oOo
-¡AGUANTA!- el grito de Remus apenas tuvo sonido en medio del huracán de aullidos, llantos, gemidos, chillidos, explosiones, órdenes…
El muro vibró, se estremeció, combó peligrosamente. A punto de derrumbarse.
Ron llamó aún más de su magia, extrayéndola de todo rincón dentro de sí donde aún pudiera quedar algo que dar; de la médula de sus huesos, del calor de su sangre, de las puntas de sus dedos y de sus pies… para sustentar la pared un minuto más, unos segundos más. Solo lo suficiente para que Remus, y el grupo de magos que lideraba, pudieran apuntalarlo. Si caía, el segundo piso no se sostendría mucho tiempo. Y tras él caerían todos los demás.
-¡DAOS PRISA!- Gritó, porque no podía hacer otra cosa, toda su atención y poder concentrados en la varita y el rayo de energía que abrazaba el muro, como tabiques de apuntalamiento. Podía sentir como se le entumecía el cuerpo, y se le iba el calor. Se tambaleó, logró sostenerse, y gruñó por el esfuerzo. La piedra gruño con él, como un enorme animal moribundo.
Remus y su grupo lanzaban un hechizo tras otro, creando una red perfecta de energía mágica, que iba fundiéndose con la piedra y anclándose a ella, en una segunda piel destinada a endurecerlo. Pero Ron ya no podía dar más. Aun así, a pesar del cansancio, del helor que se estaba colando por sus poros, de la sensación cada vez más irreal del mundo disolviéndose en delirio a su alrededor, se forzó a continuar sosteniendo el conjuro. Y solo cuando sus propios latidos empezaron también a apagarse, finalmente, se rindió, y cayó de rodillas, esperando desesperanzadamente, que la pared no cayera.
-¡Bien hecho Ron!-
-¿Qué…?- Levantó la mirada, nublada del sudor helado que le corría por la frente, y se le adhería a la sien, en gotas gruesas de agotamiento.
El muro estaba en pie. Apuntalado.
Se dio cuenta de que tenía la mano de Remus en el hombro. Levantó la mirada al cansado lupino, y sonrió a penas, al borde del colapso.
-Lo he hecho.
Remus sonrió también, definitivamente fatigado, pero todavía de pies. Su naturaleza le permitía una resistencia, que un mago normal no podía esperar tener.
-Descansa Ronal, lo has hecho muy bien.
-Has visto ha…-pero Remus ya se había ido, de nuevo introducido en la refriega de refugiados, miembros de la orden, y heridos, que intentaban por todos los medios impedir el derrumbamiento del último refugio de la luz. -… ¿Hermione y los niños?
oOo
Sirius gritó, advirtiendo a la gente que huía mediante el floo. Fuera de la sala, el techo se venía abajo. Se giró mirando al interior, a la gente que todavía no había tenido tiempo de escapar. Un brujo adulto empujó a la pareja de niños que estaba en la fila esperando su turno, e intentó llegar al floo antes de que el derrumbamiento los alcanzara.
Alrededor estalló el caos. El suelo vibró violentamente y los pequeños chillaron.
Sirius penetró en el gentío violento y terrible. Incluso en el terror del momento, aquellos que sabían quién era el aguerrido hechicero se apartaron de su paso. Agarró al hombre por el cuello de la túnica, y lo echó a un lado golpeándolo violentamente contra la pared.
Un enorme fragmento de piedra se derrumbó del techo. La gente aulló.
-¡CORRED!- Gritó a los niños.
El área floo se venía abajo.
Él tambien echó a correr, pero hacia el despacho de Dumbledore.
oOo
(Harry)
Oscuridad.
Agotamiento…
La sensación desagradable, pesada y húmeda, de algo pulposo apilado contra él, bajo él, sobre él, que no le dejaba moverse.
El sonido de gotas chocando contra roca: pic, pic, pic. Y el olor… el aire que penetraba en sus pulmones, en bocanadas frías y pastosas, que apestaban a corrupción, a cosas pútridas, al hedor profundamente desagradable de carne en descomposición, y al aroma tóxico, oxidado, de la sangre coagulada.
Como respirar dentro de un matadero.
Gimió vagamente.
Esforzándose por apartar la oscuridad en su cerebro. Y el ardor en sus músculos, el malestar en sus entrañas, se escurrieron de la oscuridad a la luz de su mente consciente. Calando hasta el tuétano de sus huesos, nadando en la cavidad de su cerebro.
Emitió un gruñido de queja, todavía no del todo alerta.
Cada vez más despierto, otros matices empezaron a hacerse discernibles bajo el hedor de la masacre; el perfume excitante del miedo y el pánico, el olor mohoso del sudor rancio, la fetidez ácida de los orines… el aroma fresco de Draco en medio de la putridez.
Lluvia limpia sobre el pegajoso hedor.
"Malfoy… "- Parpadeó, abrió los ojos, en un gesto, básicamente, reflejo.
No había nada que iluminara, pero a Harry la oscuridad no podía impedirle ver, sus pupilas arácnidas lo captaron todo… y lo que vio, activó completamente su cerebro adormecido.
Todo en torno era un útero sanguinolento.
Líquido vital oscuro y pegajoso, similar a melaza, una sustancia casi coagulada, resbalando lentamente por las paredes hechas de cascotes, madera astillada, piedra quebrada.
Bañando toda la superficie de la caverna formada en torno a él.
Escombros aglutinados por una masa rojizo tostada, como aceite de motor oxidado, que no era otra cosa que restos humanos.
Entrañas reventadas, huesos hechos astilla, tela desgarrada, y los fluidos íntimos del organismo, unidos en un cemento macabro.
Cadáveres que apenas parecían nada humano.
Ver todo esto cortocircuitó su cerebro, y golpeó el puzle roto de su memoria, como un martillo, hasta encajarlo de nuevo de forma demoledora. Y recordó… El ataque, la avalancha, el desesperado impulso por proteger a…"Malfoy." Imágenes nítidas como fotografías mentales.
Su parte arácnida, conjuró el instinto protector para morderle con colmillos afilados la nuca, y recordarle lo que contenían sus patas cerradas con la fuerza de una jaula.
"Mi compañero." Susurró el viuda.
"Un mortífago, un espía, un asesino, un manipulador…" Recordó la parte humana. "Dos cosas ciertas." Susurró el guardián. Pero en este momento la necesidad de saber si Malfoy estaba bien, relegó las tres hebras a un segundo plano.
Cuidadosamente, desenredó sus patas, para revelar a un inconsciente Draco Malfoy, oculto bajo el refugio de su cuerpo.
La sangre pegajosa que lo empapaba todo, había resbalado por las ranuras entre sus patas, y caído sobre él; bañando su piel en rojo y negro, filtrándose en las hebras de su pelo, acunándose en los huecos de su carne.
Deslizándose por el borde de los labios entreabiertos, como para aliviar una sed aun dormida. Y colgado en delicadas gotas como rocío carmín, de sus pestañas. Había tanta sangre, que era imposible decir si parte de ella era suya.
Harry tragó saliva, observando…
El pecho ascendía y descendía. La respiración era profunda y rítmica, sin ningún siseo, ni gesto en su cara( máscara roja, serena) que indicara dolor.
Las pupilas verdes recorrieron la figura de pies a cabeza, buscando cualquier pequeña anomalía que indicara la presencia de una herida… La tela, húmeda, se adherida a su cuerpo como una segunda piel sangrienta. Delineando cada curva y saliente, cada forma, hueco, pequeño detalle, de la carcasa física, de aquella mente helada.
Apartó la mirada, súbitamente consciente del deseo enroscándose, como lenguas ígneas, en sus entrañas. Cogió el hambre afilada, y la apartó a un lado bruscamente.
Ahora no era el momento, ni el lugar para el reflejo instintivo de su araña.
Los siguientes minutos transcurrieron en poco, a poco, comprobar si los cascotes podían sostenerse solos, sin el soporte de la mole de su cuerpo viuda.
Una vez seguro, dejó que su cuerpo mudara a la forma híbrida que era su carcasa natural. El cambio, siempre tan suave, se deslizó sobre su cuerpo con la facilidad que esperaba… pero algo no estaba bien. Algo… cuando su nueva forma se hubo asentado, las piernas le fallaron y cayó de rodillas junto al cuerpo inconsciente de Malfoy.
"Algo no está bien." Se sentía débil, demasiado.
Encogió los hombros, suavemente, buscando adaptarse mejor a las curvas y junturas de esta figura, y el dolor, brevemente dormido hasta entonces, quizás por el shock, despertó y flameó por su columna, vértebra a vértebra, hasta abrasar toda su espalda, de dentro a afuera, en un chispazo eléctrico.
Con un gemido ahogado, Harry se derrumbó sobre palmas y rodillas, temblando y estremeciéndose. El acto reflejo de sostenerse tensó los músculos de su cuerpo desde las piernas a los brazos, y el sufrimiento se multiplicó hasta arrancarle un grito inarticulado. Forzándole apoyar la frente contra la piedra ensangrentada.
Los brazos le temblaban violentamente, apenas soportando su peso.
Para cuando el dolor se hubo mitigado lo suficiente para permitirle pensar, el sudor perlaba la superficie ya cubierta de sangre, de su quitina, y su organismo tiritaba con violencia.
Conseguir sentarse fue agotador. El trabajo de varios minutos agónicos, de concentración y sufrimiento, que lo dejaron sintiéndose frágil como cáscara de huevo. Apenas consiguió mirar por encima de su hombro, hacia la zona que más dolor parecía emitir…
El oxígeno se paró en su tráquea de golpe.
Rota.
La quitina que cubría su espinazo… era una masa aplastada, quebrada hacia dentro, de trozos como cuchillas de vidrio negro, clavados en la carne triturada. Sangre y otros fluidos verdosos y amarillos, supuraban entre ellos sobre lo que quedaba de su espalda. Resbalando por hilachas de tejido, y esquirlas de hueso, de forma repugnante.
Su coraza era dura, pero al parecer, no tanto como para salvaguardarlo del impacto de varias toneladas de piedra.
Apartó la mirada, el estómago le dio un vuelco viscoso. Y pensó, vagamente, en histeria escalando su epidermis, si no habría tragado alguna babosa… Sacudió la cabeza, disipando la extraña, casi delirante, idea. Reconociéndola por lo que era.
Un síntoma.
"Tengo fiebre." El cansancio blando, los mareos, la debilidad, y ahora el inicio del delirio… Cerró los ojos. "He pasado demasiado tiempo inconsciente." Lo bastante para que las heridas se infectaran en aquel entorno séptico.
Necesitaba curarse.
Abrió de nuevo los ojos, intentando conjurar su magia. Pero estaba demasiado débil, y ebrio de dolor para concentrarse.
Empezaba a marearse.
Se derrumbó de costado, sin fuerzas.
Necesitaba ayuda.
oOo
Draco despertó con la sensación de tener los pulmones secos como gravilla, el cuerpo dolorido, y la carne magullada, húmeda y pegajosa.
Instintivamente intentó incorporarse, pero sus miembros, blandos, resbalaron en la sustancia viscosa que cubría el suelo, obligándole a permanecer tumbado. Se sentía como si hubiera tomado demasiado café, y luego, para contrarrestar, hubiera tragado un par de pociones de sueño.
No era una sensación agradable.
Durante un instante, no pudo hacer más que respirar. La conciencia de otras sensaciones, desplegándose poco a poco en su cerebro; algo que goteaba, humedad pegajosa en su piel, la conciencia de algo sobre su pecho, y el olor…
La nariz se le frunció involuntariamente, su estómago dio un giro extraño…
-Ung…- El hedor era terrible. Asfixiante, pútrido, y sin embargo…no enteramente desagradable.
Parpadeó, las pestañas ateridas por algo pegajoso.
-¿Qué…?- Levantó las pupilas lentamente… y lo que vio… sangre… por todas partes… entrañas, y piedra, y rojo, rojo impregnándolo todo….el suelo eran cuerpos apilados unos encima de otros, y de la roca derruida… pedazos de carne… reconoció un rostro, no sabía su nombre. Pero era la mirada, ahora bacía, de un hombre que había visto en los pasillos no hacía ni una semana… y sintió… HAMBRE…
La realización y el horror lo golpearon como un tren en marcha.
Su estómago se encogió violentamente, todos sus músculos gritaron, y tuvo que obligarse a rodar sobre sí mismo para vomitar sobre la roca, y no ahogarse en su propio esputo. Bilis y otros residuos, expulsados forzosamente por el asco y el horror, que podía sentir desgarrando su cerebelo.
Quemándole el estómago al salir.
Los últimos restos resbalaron por su barbilla, y pringaron el suelo entre sus brazos, uniéndose al charco de vómito. El repentino vacío de su estómago aumentó el malestar, e hizo afilarse el apetito hasta ser como una navaja. Jadeó, y el olor inundó sus fosas nasales.
Cerró los ojos con todas sus fuerzas, para apartar la tentación.
-No, no, no. – Draco musitó para sí mismo. Repitiendo la palabra como una exhortación. Gimió ahogadamente. Solo un monstruo podía sentir algo así.
No podía pensar, no podía reaccionar…
Una mano se apoyó temblorosa en la suya, y la sensación, de repente tan real, fue como un shock anafiláctico.
Para Harry fue un reflejo, un desesperado esfuerzo, casi inconsciente, de sobrevivir, lo que hizo que intentará llamar la atención de Malfoy.
Draco cogió aire de golpe, repentinamente consciente del otro. Agradecido por tener algo a lo que agarrarse, fuera de su cráneo. Súbitamente capaz de respirar otra vez.
Sus pupilas giraron cautelosamente hacia la el dueño de los dedos temblorosos.
-¿Raksa?... -
El cuerpo de Raksa, normalmente negro y reluciente como la cáscara de un escarabajo, o las centelleantes facetas pulida de una obsidiana, estaba a solo un paso de él, derrumbado de costado… su brillo quebrado… su espalda…
Abierta en pedazos, como si algo hubiera aplastado la quitina y la carne debajo con el sadismo de un loco. Una herida supurante de sangre coagulada, líquidos amarillos y verdes, que goteaban sobre la piedra del suelo. Formando un charco cada vez más grande.
Draco no necesitó que le dijera, que eran esas sustancias verdes y amarillas. Porque la parte arácnida, cada vez más despierta de sí, ya lo sabía.
Eran los fluidos del interior del viuda negra. Los líquidos y cocciones, que estaban mucho más profundo de la carne bajo su piel, que la habitual sangre roja. Los bebedizos que corrían por sus órganos más delicados, los que estaban bajo su coraza más gruesa, y los que eran su auténtica salvia vital.
La realización lo dejó paralizado.
Fue como si hielo en forma de alambre de espino, se clavara en sus tobillos para subir a través de sus piernas, hasta alcanzar el interior de su pecho. Un deseo protector, que apenas logró reconocer como propio, levantándose en el hueco arañado detrás de sus costillas, como un extraño demonio.
Cerró el medio metro que los separaba, sin recordar siquiera como.
-Raksa- el siseo en el que surgió el nombre entrecortado, tenía poco de humano. Pero Draco no se dio cuenta. Y en realidad, aunque lo hubiera hecho, en su estado no habría significado nada.- ¿Qué ha sucedido?-
Ninguno de los dos fue consciente del modo en que se expandieron los irises grises, en sus cuencas, hasta casi tragarse el blanco del globo ocular.
Harry jadeó, un gorgeous ahogado en sangre fue todo cuanto surgió de sus labios. El dolor era todo su mundo ahora... no podía parar de tiritar. ¿Por qué no podía parar de tiritar?
Draco entrecerró los ojos, recordando lo sucedido. El espía, los temblores, el ataque…
"Me ha protegido." No era una pregunta. Dentro de la caja apolillada de su cerebro, el momento en que Raksa se cerró en torno a él como una enorme jaula negra, protegiéndole de todo, se había iluminado igual que un fluorescente en la oscuridad.
Extendió los dedos, cada vez más blancos, hasta apoyarlos con inmensa delicadeza en el borde destrozado del hombro de Raksa.
Harry gimió. Por un momento su visión se ennegreció hasta desaparecer. El contacto demasiado para su cuerpo ya maltrecho. Draco retiró las yemas al instante.
-Raksa….- siseó quedamente. El viuda negra se moría. Lo veía en el gris de su piel oscura, y en las sombras bajo sus párpados. Ya no podría volver a mirarle a la cara. A esos ojos verdes inmensos, que parecían vapor de veneno.
Si era expulsado del refugio de los brazos de Raksa, y perdía la hechicería terrible de sus labios. Si era echado por la muerte, de la magia extraña de su encuentro… y perdía aquello aún informe entre ellos…
Si todo eso ocurría, jamás podría volver a sentirse completo.
Suspiró húmedamente, saboreando las lágrimas sin verter. No sabía de dónde salían aquellas ideas. Porque sonaban tan ciertas y terribles. Todo lo horrible que le había hecho el viuda negra, parecía muy lejano ahora. Como recuerdos de otra persona. En su estela perduraba la impresión solida de su abrazo, la calidez lánguida de su veneno en las venas, la fuerza de su posesividad… todas las veces en que había salvado su vida… todo lo que había dado por él.
-Raksa…Raksa…- llamó. Harry levantó la mirada al sonido de su voz, demasiado afiebrado, para comprender qué le hablaban en una lengua, que ya no era humana- ¿Cómo puedo sanarte? Los hechizos que conozco no funcionaran contigo.-
Las palabras de Draco tardaron unos instantes en cobrar sentido. Y cuando lo hicieron, Harry se sintió como una rata atrapada contra la pared. Porque en esta forma, Malfoy tenía razón, ningún hechizo le haría efecto. Para que la magia pudiera tocarle, tendría que renunciar por completo a la protección de su parte arácnida, adoptar su forma humana… revivir a Harry Potter.
La idea le hizo tiritar aún más fuerte.
Permitir que alguien supiera que seguía vivo, abrir otra vez la puerta de ese pasado, sería tener que enfrentarse a cosas que había creído enterradas, tener que verse de nuevo enredado en la telaraña de una guerra que no le importaba. En la que un bando lo quería dócil y obediente como un maniquí, y el otro lo quería muerto.
La sola idea le dio arcadas.
-¡RAKSA!- Sintió una palma cálida en su mejilla. Las convulsiones le robaron las pocas fuerzas que le quedaban. Se sentía fino como mantequilla untada en demasiado pan. Se le escapaba la realidad-¡Aguanta, vamos aguanta!-
Harry jadeó.
Parpadeo.
Era difícil pensar.
Sobre él, Malfoy se inclinaba ocupando toda su vista; una enorme mancha pálida, como una luna inmensa. La cabeza le daba vueltas, su cerebro parecía soda dentro de una lata, efervescente y furioso por encontrar una salida. El corazón era un vinilo dentro de un tocadiscos loco, tarareando una y otra vez la misma melodía; tu-tum, tu-tum.
"Estoy delirando" Pensó casi divertido. Pero el miedo en sus vísceras era muy real. "¿Por qué tengo tanto miedo?" Era difícil concentrarse lo bastante, para agarrar pensamientos, que hacía un segundo, eran tan claros.
"Miedo… Harry… Potter" Cogió la idea y la giro, así, y asá, intentando comprenderla, hasta que se le hizo clara. "Así que era eso, por eso tenía miedo. No quiero volver a ser Harry." No. No quería. ¿Y si no lo hacía? Malfoy estaba gritando algo, no lograba entender qué.
-¡RAKSA, VAMOS, DIME CÓMO PUEDO AYUDAR!-
A, recordó. Si no cambiaba a su forma humana, iba a morir. Pero no quería cambiar. Cerró los ojos, porque ver a Malfoy tan borroso, empezaba a marearle. Algo, otra parte de sí, también estaba gritándole. Frunció el ceño.
"¿Qué? ¿Qué es?" El otro Harry empujó y gritó, y otras imágenes florecieron en su cabeza: Un bosque, arañas, un árbol gigante, lobos, vampiros, centauros, unicornios, duendes, elfos… "El bosque." Si no sobrevivía, ¿quién protegería el bosque?
Tragó saliva. No quería volver a ser Harry, pero deseaba aún menos dejar morir a tantos seres que habían confiado en él, y le habían aceptado, cuando nadie más lo había hecho.
Por un instante, Raksa se quedó tan quieto, que en un segundo nebuloso de horror creciente, Draco creyó que había muerto.
-… ¿Rak…sa?…- musitó. Las palabras se deslizaron entre sus labios violentamente rojos. Dedos blancos de nieve, se posaron en la mejilla negra. - ¿RAKSA?
Repentinamente, una convulsión sacudió el cuerpo de Raksa, retorciéndolo igual que un gusano a punto de morir.
-¡RAKSA!- Draco siseó, asustado, sujetándolo por los hombros. Un gorjeo ahogado de agonía, salió tortuosamente, de entre los labios cubiertos de veneno y sangre, y el cambio empezó lento y horripilante.
El proceso siempre tan fluido, esta vez fue como ver una costra abrirse, para dejar salir la pus. El cuerpo se convulsionaba y retorcía, y Draco temió más de una vez que los estertores agónicos iban a ser los últimos.
Los huesos emitieron un crunch horriblemente desagradable, los músculos y cartílagos se recolocaron a cachos, poco a poco. El cuerpo decreció unos centímetros, y la quitina se abrió como miles de conchas de insecto, que se recogieron dentro de la piel, despacio y tortuosamente, hasta desaparecer por completo. El tinte negro de la epidermis de deslavó, hasta hacerse un tono pálido pero humano. Los colmillos de araña, se retorcieron y crujieron, empequeñecieron y crecieron una costra blanca de marfil, para convertirse en dientes humanos. Las garras se transformaron en uñas. Las extremidades se encogieron un poco, hasta tener las proporciones perfectas. Las cuencas de los ojos crujieron y se recolocaron, y la nariz surgió como un hongo en la cara, hasta formarse por completo.
El pelo fue lo único que no cambió. Largo hasta los hombros, negro y desquiciado en puntas y flequillos, más mordido que cortado.
Al final, lo que quedó en el suelo, era un hombre alto, atlético y moreno. Empapado en sangre y fluidos, cuyo espalda parecía el trabajo de un carnicero desquiciado. Huesos rotos, y partes de la columna, asomando a través de la carne hecha pulpa.
Draco nunca había buscando una varita tan deprisa, ni con tanto terror.
-Vamos, vamos, vamos…
A pesar de haber perdido su varita días atrás, cuando huyó de Malfoy manor, no tardó en encontrar otra entre los cadáveres entorno a ellos.
Empezó a recitar cuantos hechizos de curación conocía.
Continuará
