Capítulo 11. Impulso.
Jueves, 12 de mayo 1949.
Colgó el teléfono y se encaminó de nuevo hacia el ático. Era raro que Sakura no llegase para cenar. Ella siempre era puntual y nunca la habían retenido en el trabajo. Se sentó en su silla en cuanto entró en la estancia y volvió a su tarea, dejando de lado a Sakura.
"Me quedé observándolo con una ceja levantada. ¿Que nos íbamos? ¿De qué estaba hablando? No habíamos acordado nada de irnos a ninguna parte. Para salir de dudas decidí preguntarle, con algo de desconfianza.
–A volar –me contestó él.
–¿Cómo que a volar? –le pregunté alterado.
–¿No decías que no querías que me escapara y todas esas tonterías? –me preguntó mirándome con sorna. Yo asentí despacio.– Pues entonces vendrás conmigo. Vamos, desayuna de una vez que no hay tiempo que perder.
–¿Y por qué vamos a ir a volar? De primeras, ¿con qué volaremos? –insistí.
–Ya te lo dije el otro día –asintió como si fuese la mayor obviedad del mundo.
–¿En tu avión? –le pregunté dudoso y levantando una ceja. No me terminaba de creer del todo lo que oía. Además de que no era muy posible que hubiese encontrado el avión, porque no sabíamos ni de dónde veníamos, él no tenía permiso para volar en Estados Unidos. Si nos pillaban acabaríamos mal.
–Claro.
–¿Y si nos pillan? –volví a alterarme.
–No lo harán. –Sonrisa prepotente por su parte.
–¿Pero tú estás loco? –exclamé de pronto, acercándome a él peligrosamente–. ¡No podemos ir a volar a ninguna parte! ¿Tú crees que por aquí se ven aviones de guerra japoneses todos los días o qué?
–Oh, vamos, no seas gallina –sonrío socarronamente.
Lo cogí del cuello de la camiseta y pegué mi cara a la suya, frunciendo el entrecejo lo más que pude. Él sólo siguió con esa burlona sonrisa. Me estaba retando... de nuevo. No permitiría que lo hiciese. Lo miré un instante más a los ojos, con furia, antes de que de me soplase en toda la cara para que lo soltase, sin dejar de reír. Lo dejé y me senté en una silla de la mesa. En ese momento el teléfono comenzó a sonar.
–Ya voy yo –dijo el bastardo. Se levantó de su silla y salió de la cocina, no sin antes decirme:– Desayuna rápido.
Musité un insulto, molesto, y comencé a comer. La verdad es que echaba de menos comer algo en condiciones, así que no dudé en zamparme todo lo que había en la mesa, que no era poco. ¿Tanto comían los japoneses?
Cuando por fin terminé me fui al dormitorio, cogí algo de ropa y entré en el lavabo. Sasuke aún seguía hablando por teléfono. A saber quién sería. Me di un baño rápido y me vestí. Cuando salí, el bastardo ya estaba en la cocina, y los platos de mi desayuno en el fregadero.
–Vaya, pues sí que eres buen criado –me burlé.
–¿Estás ya? –preguntó serio. Me encogí de hombros.
–¿Quién era?
–No importa. Vámonos.
Se levantó y fue al salón, cogió dos abrigos y se encaminó hacia la salida. Lo seguí con una mirada recelosa y cogí uno de los abrigos antes de salir de la casa definitivamente.
–¿Tienes llaves? –le pregunté.
–Sí.
–Dímelo –insistí
–¿El qué?
–¿Quién ha llamado?
–No importa. Olvídalo –dijo con una mueca.
Después de salir fuimos a la estación de autobuses, cogimos uno y nos fuimos hacia el centro. Ahí cogimos un taxi y Sasuke le indicó el lugar al que debía ir. Fue más o menos una hora de camino en taxi, y cuando al fin llegamos me quedé sorprendido. Ya no estábamos donde habíamos aterrizado cuando llegamos a Estas Unidos, sino frente a lo que parecía un enorme garaje sin puerta; y dentro se podía ver el avión. En ese lugar también había nieve, pero menos que en Riverview.
–Vamos –dijo el bastardo comenzando a caminar hacia su avión.
–Oye –lo llamé–, ¿cómo ha llegado esto aquí?
–No importa –contestó con una sonrisita divertida. Levanté una ceja algo molesto y pregunté, más que nada para mí mismo:
–¿Alguna vez va a importar algo?
Cuando llegamos frente al avión, Sasuke se cruzó de brazos y se quedó un instante mirándolo. Yo lo miré a él sin comprender.
–¿Me esperas aquí un rato? –preguntó.
–¿Qué? ¿Adónde vas?
–A comprobar una cosa –dijo cogiendo una escalerilla de una esquina para subir al avión.
–Ni hablar –negué–. No me fío de ti.
–Sólo quiero comprobar los motores –dijo comenzando a subir.
–No. Voy yo también –contesté dudando un poco–-. ¿Y qué les pasa a los motores?
–Nada.
–Pues entonces no hay problema en que vaya.
Se paró en seco sobre la escalera y se dio la vuelta para mirarme, con el entrecejo fruncido. Entonces, volvió a bajar y suspiró.
–Sube –gruñó.
Lo miré un instante con desconfianza, pero obedecí, subí y me senté en la parte de atrás, como las otras veces. El avión sólo se podía pilotar desde delante, y atrás había otros controles diferentes cuya utilidad nunca llegué a averiguar.
Tras subir también el bastardo, arrancó los motores y el avión comenzó a salir lentamente de aquel lugar. Fue por el suelo unos metros más antes de comenzar a alzarse. Cada vez cogía más velocidad, pero me gustaba. Miré hacia atrás y pude ver que ya nos habíamos alejado mucho en los pocos minutos que llevábamos volando. Sasuke dio la vuelta haciendo que me deslizase hacia un lado, y comenzamos a perder altitud. En ese momento algo comenzó a hacer un ruidito como de alarma. Miré los controles de la parte delantera y pude ver una lucecita roja parpadeante.
–¿Qué pasa? –le pregunté a Sasuke extrañado.
–Nada. Quédate ahí y agárrate bien.
Aquello me asustó. Había un problema y no me lo quería decir. En pocos segundos ya estábamos a ras del suelo. Miré el motor y la hélice que había a mi derecha. Parecían estar bien. Miré el izquierdo y... ¡estaba humeado!. Aquello me asustó aún más. Ya estábamos en el suelo, pero el avión seguía en marcha, dirigiéndose hacia aquel garaje a bastante velocidad. Tenía miedo de que chocásemos, así que mi primer impulso fue gritarle al temee que parara los motores, que frenara o que hiciese cualquier cosa.
Segundos más tarde –segundos tensos que se me hicieron eternos– el avión paró. De milagro paramos justo antes de entrar. Tenía el corazón en un puño y latía a mil por hora. Miré a Sasuke con ojos desorbitados al tiempo que éste se volvía hacia mí, respirando con pesadez.
–Soy bueno, ¿eh? –preguntó con prepotencia.
–¡¿Qué dices?! ¡Sólo hemos tenido suerte! ¡Maldito bastardo! ¿Qué coño pretendías, matarnos?
–Tranquilízate. Además, te dije que no subieses conmigo –dijo. Abrió la cápsula que nos protegía y se bajó del avión, deslizándose por la cubierta. Yo me quedé dentro, asimilando aún lo que había ocurrido, hasta que trajo la escalerita y me dijo que bajara. Lo hice y no sabes cuánto me alegré de pisar tierra firme.– Vendrán a recogerte por la noche –me dijo.
–¿Qué? –pregunté sin entender–. ¿Cómo que vendrán a recogerme? ¿Y qué vas a hacer tú?
–Tengo que arreglar el motor.
Comenzó a caminar hacia el edificio contra el que habíamos estado a puno de chocar, entró y desapareció por una portezuela, para volver a aparecer dos minutos después con una caja de metal en la mano.
–¿Qué le pasa al motor? –pregunté.
–Está averiado.
–Oye.
–¿Qué? –Puso la escalerilla debajo del motor izquierdo y abrió la caja, que estaba llena de herramientas.
–Tú también vienes conmigo –le dije. Era, más que nada, una orden.
–No puedo –contestó sin mirarme mientras buscaba algo.
–¿Cómo que no? –Me acerqué a él y me crucé de brazos, un poco molesto.
–Me tengo que quedar arreglando esto. Mañana vuelvo. –Sacó lo que parecía un destornillador grande y miró su punta a contraluz, para después subirse a la escalera y observar la hélice del ala izquierda del avión.
–Bah... entonces me quedaré yo también.
–No. Ya he llamado al taxi.
–¿Qué? ¿Y por qué has hecho eso? –le pregunté alzando la voz. No teníamos los bolsillos como para tirar el dinero.
No contestó y desencajó la hélice, se bajó y la dejó en el suelo para volver a subir. Yo me estaba congelando de frío. Aunque me molestó su silencio, no dije nada más al respecto.
–Oye –lo volví a llamar pasado un tiempo.
–¿Qué?
– ¿No quieres que te ayude?
–Qué amable –susurró con burla–. No hace falta.
–¿Seguro? –pregunté al ver como bajaba con un trozo de chapa que cubría el motor en la mano. Lo dejó junto a la hélice y buscó otra cosa en la caja de herramientas.
–Seguro –musitó–. Si quieres, entra ahí –señaló la construcción– para no tener frío.
–No... Me quedaré.
Volvió a subir por la escalera, en silencio. Yo me estaba aburriendo, y mucho. Verlo arreglar un motor no era algo muy entretenido, que digamos. Entonces pasó algo que me sorprendió, y es que el bastardo me dirigió la palabra sin que yo tuviese que decir nada.
–¿Alguna vez...? –empezó, pero al instante cayó y me miró.
–¿Qué? –pregunté.
–Tú y... esa Ino. ¿Vosotros...? –Qué maldita manía la de empezar una pregunta y no terminarla.
–¿Qué? –repetí impacientándome.
–¿Tuvisteis algo... serio?
–No... -–contesté extrañado–. ¿Por qué?
–Por nada. –Dejó de mirarme y volvió a su trabajo, pero a los tres minutos se interrumpió y volvió a mirarme–. ¿Y con alguna otra? –preguntó.
–¿A qué viene esto?
–Contesta.
–Pues... no lo sé. Supongo que no. O sí… Yo qué sé.
Vale, no había tenido una novia en mi vida. Por lo menos ninguna que durase más de dos días, sin contar a Ino pero porque ella no fue nada serio. Éramos unos críos inconscientes. Y todas las que tuve las tuve de adolescente... y a lo máximo a lo que llegamos fue a los besos y caricias tímidas.
–Vale.
–¿A qué viene esto? –salté de repente. Sasuke se encogió de hombros.– Joder, eres tú quien ha preguntado. Tú sabrás, digo yo.
–Por decir algo –contestó secamente.
–Ya... Sobre todo siendo tú –sonreí con ironía.
–Déjalo. –Volvió a concentrarse en lo que estaba haciendo, con el ceño fruncido.
Me encogí de hombros y me fui de allí a examinar un poco el lugar. Tenía todo un día por delante y me estaba aburriendo demasiado. Estábamos en medio del campo. No había civilización en una radio de dos o tres kilómetros, por lo menos. Debían de ser menos de las cuatro de la tarde todavía cuando volví donde estaba Sasuke. Me lo encontré dentro del avión, probando el motor, que al parecer no funcionaba como debía, por las muecas que le vi poner. Bajó y me miró con enfado, como si yo tuviese la culpa de que el motor no funcionase bien.
–¿Qué? ¿Ya no eres tan perfecto? –me burlé.
–Cállate o te comes mi puño.
–Hala... Ya estamos otra vez haciendo de niño malo.
–Estoy hablando en serio –dijo con voz autoritaria.
–¿En serio es en serio? –pregunté haciéndome el tonto–. A ver si acabas de una vez, que me aburro. –Puso los ojos en blanco y me dio la espalda. Se agachó frente a su caja de herramientas y rebuscó entre ellas.– Verás como se enteren de que estamos aquí. ¿Y cómo se te ha ocurrido traer el avión a este lugar? ¿Y si ellos se enteran? A lo mejor ya lo han hecho –reflexioné–. En fin, que no haces más que cosas que no deberías. Y encima no me dices nada de lo que haces nunca. Vas y te emborrachas y yo no sé por qué. Será que te gusta que te den palizas. Luego te intentas matar con el tabaco. ¿Qué eres, un suicida? –le pregunté sin pensar.
–Exacto –contestó.
–¿Pero estás loco? ¿Qué sentido tiene matarse? Y más con el tabaco. Luego te vas a volar o yo que sé qué haces... ¿No ves? Si es que así no se puede vivir. Encima me toca a mí cuidarte, como si no tuviese bastante preocupándome. Que ya –añadí rápidamente, al ver que había vuelto la cara molesto, hacia mí–, me dijiste que no me preocupara por ti. ¿Y a quién pertenece este lugar? El caso es –se levantó– que yo contigo no puedo... –Y no logré decir más. Abrí los ojos al máximo cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo.
Se había levantado y había comenzado a besarme. Y no era un beso cualquiera, sino uno demasiado... húmedo. Traté de zafarme, de que se alejara de mí, pero en cuanto se dio cuenta de mis intenciones, me agarró la nuca con las dos manos y profundizó más el beso. Me estaba dejando sin aire, y no se apartó hasta que le mordí el labio inferior. No lo hice con fuerza, sólo con la necesaria para hacerle daño y se apartara. Cuando al fin lo hizo respire a bocanadas y le miré entre sorprendido y enfadado. Él estaba impasible, y me miraba con el entrecejo fruncido.
En aquel momento me dio bastante miedo. Parecía enfadado de verdad.
–¿Por qué has hecho eso? –pregunté apartándome un poco.
–Cierra la boca –dijo seriamente. Volvió a su caja de herramientas, sin decir nada más.
–Eres un... jodido maricón. –Me dí la vuelta y salí corriendo en cualquier dirección. No me importaba donde iba a acabar, ni si había herido sus sentimientos, ni absolutamente nada. Lo que dije no estuvo bien, pero, ¿qué iba a hacer? Estaba desconcertado, incluso asustado.
Tras un buen rato de carrera paré en seco. Si no lo hubiese hecho estoy seguro de que los pulmones se me hubieran salido por la boca. Entre el frío que hacía y que mi corazón no podía latir más rápido, creí que me iba a desmayar. Me senté en la nieve con las piernas dobladas y apoyé la frente en las rodillas, mordiéndome el labio inferior, tratando de que mi respiración volviese a la normalidad. ¿Qué había pasado? ¿En serio aquel bastardo me había besado? Esas preguntas no dejaron de rondar por mi mente un buen rato.
Creo que pasó una hora antes de que oyese unos pasos sobre la nieve, detrás de mí. Me di la vuelta lentamente, y allí estaba él, mirándome con gesto frío. Le devolví una mirada sorprendida e hice ademán de levantarme. No quería estar con él y además tenía el culo helado, ya era hora de irme, pero su voz me interrumpió.
–Tienes razón –dijo–. Soy un jodido maricón –suspiró.
Me di la vuelta para mirarle a la cara. Sus facciones estaban más relajadas que de costumbre. Tal vez parecía más cansado, o a mi el frío y las nuevas emociones me nublaban la vista y veía lo que mi cabeza quería ver. A un Sasuke un tanto abatido.
–¿Por qué has hecho eso? No está bien –susurré.
–¿Es que eres de ideas conservadoras? –me preguntó. ¿Y eso a qué venía ahora?
–No ha estado bien. Sabes que no. Sea lo que sea que sientas o... En fin. Somos soldados. Y antes que eso, somos hombres. No podemos hacer esas cosas, y yo tampoco quiero –dije seriamente.
–Mira, ¿crees que yo quería que pasara esto? Ha sido un impulso estúpido. Olvídalo. –Se dio la vuelta y comenzó a caminar lentamente.– Vamos, no te haré nada.
Le seguí con algo de desconfianza. ¿Un impulso estúpido? Me paré, y él lo notó porque dejó de oír mis pisadas. Se dio la vuelta y quedamos uno enfrente del otro.
–¿Por qué las personas tienen impulsos? –le pregunté seriamente. Aunque yo ya tenía mi respuesta, quería la suya. En parte porque quería que me confirmara que su teoría sobre el por qué las personas tienen impulsos era otra.
–Porque sí. ¿Qué importa? –preguntó encogiéndose de hombros.
–Dímelo.
–No lo sé.
–Pues yo sí. Cuando alguien tiene el impulso de hacer algo, es porque quiere o necesita hacer eso. –Me miró levantando una ceja y después sonrió con sorna.
–¿Y eso de dónde lo has sacado?
Yo seguía serio, y su sonrisa poco a poco disminuyó. Tragó saliva y se dio la vuelta para seguir su camino. Yo me quedé unos instantes más parado, y después fui tras él. No quería creer realmente lo que mi cerebro quería que viera, pero... Muchas de las cosas que había hecho hasta entonces tenían cierta lógica. El resto del día no hablamos, y cuando el taxi vino le dijimos que se fuese y volviese al día siguiente, a la tarde. Lo más lógico en mi caso habría sido el irme de allí cuanto antes, pero... Algo me decía que debía quedarme. Tal vez tenía miedo de que hiciese otra tontería. Tal vez..."
Naruto dejó de escribir de golpe. Qué tonto había sido. Sasuke era una persona extraña, pero más que eso: sufría por sus sentimientos. Sufría por muchas cosas, y no quería compartirlo con nadie... Y él había sido tan tonto que no se había dado cuenta hasta el momento de contarlo.
Bajó la mirada y recogió todo lo que había escrito para guardarlo y después bajar al salón. No paró de pensar –como muchas otras veces– en lo que habría pasado si hubiese tratado de comprender mejor a Sasuke hasta que Sakura volvió.
