Nota de autora: Por favor, indultad mi testarudez por querer publicar esta pequeña pieza que había empezado a escribir más bien como un interludio entre capítulos pero que ha acabado por convertirse en un capítulo individual. Tengo la ligera sospecha, sin embargo, de que muchos/as de vosotros/as no tendréis muchos reparos en ello, ¿me equivoco? Jajaja... Como siempre, espero que sea de vuestro agrado.
Anuncio de responsabilidad: Todos los personajes pertenecen a Andrew W. Marlowe, a pesar de que han encontrado su propio camino a mi corazón.
4 horas más tarde…
Cuando Alexis se despertó a las 2:30 de la madrugada —el hecho inmediatamente suscitó a que una maldición interiorizada dirigida hacia el horario europeo resonara en las profundidades de su mente—, observó que Oliver se había adueñado de dos tercios del colchón, piernas y brazos extendidos a lo largo y a lo ancho. La pelirroja estuvo dando vueltas y más vueltas en su tercio de la cama durante cuarenta minutos —esto del cambio horario era realmente un fastidio— hasta que consiguió volver a dormirse. Sus ojos se abrieron de nuevo una hora más tarde y encontraron medio cuerpo de Oliver tumbado sobre ella. Un molesto cosquilleo le recorría el brazo que tenía atrapado bajo el torso del pequeño. Alexis lo extrajo con el mayor cuidado posible para no despertar a Ollie y luego se acurrucó con él en medio de la cama para intentar dormir un poco más.
No sabía si estaba soñando o si estaba despierta, pero algo parecido a la caricia de una pluma le estaba rozando la mejilla y una voz suave parecía susurrarle cerca del oído la misma palabra una y otra vez.
—Lesis…
Y ahí estaba otra vez. Quizá no fuera un sueño después de todo. Alexis entreabrió un párpado y se encontró con los ojos azules de Gigi a escasos centímetros de su cara. El amplio haz de luz que se colaba desde el pasillo por la puerta abierta del dormitorio iluminaba sutilmente un lado de su angelical rostro.
—Lesis… —murmuró Gigi una vez más, con un chupete blanco en la boca y sus pequeños y regordetes dedos tocándole la mejilla. Se aguantaba de puntitas para mirar por encima del borde de la cama y cuando vio que su hermana mayor había abierto los ojos, expuso una dulce sonrisa tras el chupete.
—Gigi… —Alexis miró la hora en el reloj. Oh, no. Las 5:14—. ¿Has vuelto a salir de tu cuna? —la pequeña extendió los brazos hacia arriba y pegó un pequeño bote sobre la punta de sus pies, comunicando silenciosamente que quería que la cogiera en brazos. Con mucho esfuerzo, Alexis la agarró por los hombros y la subió a la cama encima suyo—. Hola princesa—dijo en un susurro, colocándole un mechón ondulado de fino cabello castaño detrás de la oreja—. Todavía es temprano… Por qué no probamos a dormir un poco más, ¿vale?
Ayudó a Gigi a meterse debajo del edredón entre ella y Oliver, y le empezó a acariciar la espalda con la yema de los dedos. Gigi alargó un brazo y enroscó su pequeña mano alrededor de la oreja de su hermana mayor. La niña regresó enseguida al mundo de los sueños y Alexis la siguió unos minutos más tarde.
Desafortunadamente, el siguiente sueño no duró mucho. A las 6:22, no solamente Gigi sino también Oliver estaba despierto. La niña se subió encima de Alexis y se sentó sobre su estómago mientras Ollie se arrodillaba junto a su cabeza.
—Alexis, ¿podemos ir a abrir los regalos? —preguntó el niño con una gran sonrisa de expectación pintada en el rostro.
—Egalos —balbuceó Gigi, dando botes sobre la barriga de la pelirroja, haciendo que todo el aire fuera expulsado de su pecho en bruscos y súbitos soplidos.
—Oh-ho... —soltó Alexis en cortas e intermitentes ráfagas de aliento, deteniendo enseguida los movimientos entusiastas de la pequeña—. Habrá que esperar... —un bostezo se coló en medio de la frase—, ...a que se despierten mamá y papá, ¿no?
—Jo… —Oliver hizo un mohín.
—Aunque… —una idea, o más bien un recuerdo de su infancia, cruzó por la cabeza de Alexis. Era algo que solía hacer de niña en la mañana de Navidad y quizás sería divertido enseñárselo a los pequeños de la casa.
Los cientos de luces centelleantes brillando en el árbol de Navidad les iluminaron el camino al descender las escaleras. Cuando Gigi y Oliver vieron la inmensa cantidad de regalos bajo el árbol, sus inocentes ojos parecieron que iban a salirse de sus órbitas y Alexis tuvo que taparles la boca rápidamente a ambos para silenciarlos antes de que sus chillidos de pura y exaltada emoción le fastidiaran el plan. Se reunieron cerca de la puerta de entrada, justo a la vuelta de la esquina de la antesala del dormitorio principal, y la pelirroja se agachó frente a los pequeños para estar a su altura.
—Está bien, vamos a ver… —Alexis comenzó en un susurro muy bajo—, Vais a entrar sin hacer ruido, os vais a subir a la cama y vais a empezar a saltar sobre el colchón y a gritar muy fuerte «¡Es Navidad! ¡Es Navidad!» para despertar a papá y mamá, ¿entendido? —ambos niños asintieron. La excitación que Oliver irradiaba era casi palpable—. Muy bien. Ahora, shhh… Vamos.
Marchando la primera, Alexis entró de puntitas en la antesala con los otros dos siguiéndola en fila india y abrió la puerta silenciosamente para que los niños pudieran colarse por la pequeña abertura. Apenas unos segundos más tarde empezó el jaleo y uno de los dos adultos encendió una lámpara de noche. Apoyada contra el marco de la puerta fuera del dormitorio, la pelirroja no pudo evitar que una gran sonrisa de diversión —y sí, también de satisfacción— se extendiera sobre sus labios al oír las risitas y exclamaciones agudas de los niños, y los gruñidos de queja y el par de 'Oh, dios' y 'No' que salieron de las bocas de Kate y su padre. Al final no pudo resistirse a asomar la cabeza por la puerta justo para presenciar el momento en que Oliver daba un gran salto en el aire y se lanzaba de lleno sobre el estómago de Castle, dejándolo sin una sola gota de oxígeno en los pulmones y apuntando su rodilla derecha para que aterrizara de lleno en la entrepierna de su padre.
—Gracias… Alexis… —murmuró el escritor, con un tono de voz absolutamente estrangulado—, …por enseñarles esto.
—Ha sido todo un placer, papá —sonrió orgullosa y luego añadió—. ¿Café?
—Por favor —comentó Kate, con cara de sueño y pasándose una mano por el pelo, la otra ocupada en agarrar a Gigi del brazo para que no se cayera de la cama; la enana todavía estaba muy animada dando saltitos entre las rodillas de su madre.
Media hora más tarde, la luz del alba empezaba a despuntar por entre los edificios, tiñendo las nubes de tonos pastel naranjas, rosados y violetas. Dentro, daba la impresión de que un tornado hubiese vaciado una tienda de juguetes y hubiese depositado todo el contenido en la sala de estar del loft. Cada metro cuadrado estaba cubierto de muñecas, coches teledirigidos, peluches, sets de trenes eléctricos, puzles, cuentos y juegos de mesa. Castle estaba transfiriendo la gran montaña de papel de regalo rasgado y cajas de cartón abiertas a una bolsa de basura. Mientras, con cafeína corriendo ya por sus venas, Kate y Alexis estaban sentadas la una junto a la otra en el sofá, sosteniendo en una mano su segunda taza de café y, en la otra, una taza de té de juguete que Gigi les había entregado. Estaban entretenidas observando a los niños jugar con los juguetes nuevos. Había sido mágico verles la cara de felicidad al abrir los regalos de Papá Noel, sus deslumbrantes sonrisas tan inmensas que amenazaban con partirles la cara en dos.
Oliver estaba dando vueltas alrededor de la zona de estar con su bici nueva de niño grande —el grito que había liberado después de arrancar el papel envolviendo la enorme caja hizo retumbar las paredes. Gigi estaba jugando con su cocina de madera de tamaño infantil, totalmente equipada con sartenes y cacerolas, vajilla, comida de plástico, y un set en miniatura de tazas de café y té.
—Hey, aquí queda otro regalo —comentó Castle de repente, poniéndose de rodillas para alcanzar a coger un pequeño paquete, no mucho más grande que una caja de cerillas, escondido debajo de las ramas inferiores del abeto, junto a la base del árbol.
—¿Para quién es? —Oliver se bajó de la bici y corrió al lado de su padre, estirándose hacia arriba para intentar quitarle el regalo de las manos—. ¿Para quién es, papa?
—Aquí pone 'Alexis' —dijo el escritor, leyendo el nombre escrito en la tarjeta.
Castle se acercó al sofá y le entregó el regalo a su hija mayor con una sonrisa en la cara, una sonrisa que, en opinión de Alexis, era sospechosa. Oliver se subió al sofá y se puso de pie junto a la pelirroja mientras ésta retiraba el lazo y rompía el brillante papel rojo. Cuando alzó un segundo la vista hacia su padre, le pareció captar que éste intercambiaba una fugaz mirada con Kate.
—¿Una llave? —dijo Oliver, extrañado, cuando Alexis levantó la tapa de la cajita.
El niño tenía razón; era una llave, encajada en un cojín acolchado forrado de terciopelo blanco.
—Pero, ¿qué…? —exhaló la pelirroja. El mango de la llave tenía una empuñadura de goma negra con el logotipo de una… Oh, dios mío. OH. DIOS. MÍO—. Esto, es... Papá. Esto, pero, ¿qué? —no le salían más que incoherencias de la boca, las mismas que hacían eco en su cerebro total y absolutamente estupefacto—. No, no puede ser… ¿De verdad? ¿Un coche? ¡¿UN COCHE?!
Castle asintió, mostrando una sonrisa de oreja a oreja. Alexis saltó del sofá y se abalanzó directamente a los brazos de su padre. Chilló y emitió exclamaciones en voz extremadamente aguda mientras su padre la levantaba del suelo y la abrazaba con fuerza.
Oliver no acababa de comprender, así que se acercó a su madre y le preguntó:
—¿Santa le ha traído un coche a Alexis?
—Sí, cariño.
—Ajá… —Ollie volvió a mirar hacia su padre y Alexis, sus cejas fruncidas como si estuviera reflexionando y su cabeza ligeramente ladeada hacia un lado—. Pues creo que yo también pediré un coche el año que viene.
Espero que os haya divertido :)
