Avara
Lady Burson desapareció tan rápido como entró a la sala de trono de María; simplemente se encontraba con una chiquilla que no era más que el títere de su familia o de Francia, cuando una vez reinó el rey Enrique; la buena noticia para ella; es que María de Escocia, ya no contaba con más aliados, por lo que derrotarla sería tarea fácil si empleaba sus cartas con maestría, si jugaba su juego sabiamente, solo necesitaba una sola oportunidad para acercarse al rey Francisco, tuvo que ser difícil para la bella dama después de semejante reunión volver a sus aposentos sin sentir su corazón galoparle dentro del pecho, por unos momentos, la muchacha se detenía de cuando en cuando para tomar el aire, hasta que logró llegar a sus aposentos; allí cerró la puerta, y caminó derecho a la cama donde sin lugar a dudas se tumbó hundiendo su rostro en la almohada, sentía un nudo en la garganta, pero no era por querer llorar sino por la emoción que le daba el descubrir que María ni si quiera era rival de temer.
Después de que entrara ella; entró su primo Thomas, mucho más ansioso que ella por saber el resultado de tal reunión entre la reina María y su prima.
— ¿Y bien? Es María de Escocia, un peligro para tus planes, o un estorbo.
—Un estorbo prácticamente. —Respondió ella sin gana, y sin despegar los ojos de la almohada, aún no se sacaba de la mente, el rostro espantado de María antes de irse. La situación de la reina de Escocia actualmente; era la de un conejillo blanco corriendo velozmente por la pradera, mientras intentaba escapar de las garras de sus depredadores, dentro de campo abierto. —Es más; creo que ni si quiera llega a eso, su condición de reina le exige dignidad; apuesto a que si fuese otro tipo de mujer, no sé que sería de ella. Es apenas una niña pretendiendo jugar el juego de la política, juego que a sabiendas, le sale terriblemente mal cuando no está respaldada por Francia. Si tú hubieses visto lo que yo vi; inclusive hubieses sentido lástima por esa criatura, a pesar de que su madre hacia mí no la tuvo. EN ese momento no pude hacer nada más que aumentar sus miedos y sus dudas echando veneno a mis palabras.
Thomas evaluaba todas y cada una de esas palabras, en resumen para él: María Estuardo no era más que esa moneda de cambio que usaba su madre, para obtener aliados y así un ejército poderoso para proteger la familia real escocesa, a costillas de otras naciones, en ese caso tocaba el turno de Francia. Por la corte circulaban ya los rumores de que el rey Francisco a escondidas de los familiares de la reina; estaba empezando una demanda de divorcio, en la cual solo tenía como prueba las cartas que María escribió a su amante, e inclusive se rumoreaba que la bula papal que dictaba acto de formal divorcio; llegaba ya a Francia en manos del cardenal Giovanni de Medici. Una vez divorciada y repudiada María Estuardo ya no sería de ninguna utilidad para los de Guisa en Francia y sería mandada; por lo tanto de vuelta a Escocia, para lidiar con su prima la maligna Elizabeth Tudor. Y su prima tendría el camino libre para seducir al rey.
—Entonces, ¿A que esperarse Elizabeth? Actúa; válete de ese miedo y úsale a tu favor. Conquista al rey.
—No, no puedo; alguien más se me ha adelantado en el camino, es algo con lo que yo no contaba, sin embargo. Me hizo una proposición bastante jugosa; digamos que por el momento no es nada, pero por algo se tiene que empezar,.
Thomas bufó; no había viajado desde Inglaterra a Francia solo por ver a su prima en papeles menores, dentro de la corte francesa. Para Elizabeth, Thomas quería grandes cosas, y quería justo que la corona ceñida sobre sus rulos negros, fuese una de esas grandes cosas.
— ¿Qué te han ofrecido?
—El rey tiene otra amante, no quiere que en la corte se sepa quién es, así que la amante en persona del rey ha acudido a mí para pedirme que; sirve digamos que…de tapadera, pretenden ocultar el romance debido a que ella está prometida a un gran señor, que en este momento se encuentra recluido en La Bastilla.
— ¿Te refieres a…?
—Mhm, Lady Lola Sinclair, por supuesto; esa mujer ha sabido jugar sus cartas, primero viene a Francia como dama de compañía de María, luego tras una noche de pasión le da al rey su único hijo varón hasta el momento y ahora, que ha conseguido casarse con Lord de Condé se convierte en la amante del monarca, ¿Qué te parece?
—Demonio de mujer.
—Prefiero empezar así; últimamente el mismo Francisco me esquiva, me evade por alguna razón que yo no entiendo. Y sabes, no vayas a reírte, pero eso me fastidia.
Thomas miró incrédulamente a su prima; por lo general la mayoría de las mujeres se molestaban cuando el hombre que ansiaban no se ponía a sus pies, en el instante en que ellas lo deseaban; sin embargo, fue incapaz de creer que su propia prima; educada para nunca sentir ese tipo de desilusiones tontas, fuese una de ellas. Teniendo en cuenta el tipo de mujer que en vida fue Roberta de la Quadra, era difícil ver a su única hija en ese papel de muchacha con la vanidad herida.
— ¡Te dije que no me mirases así! ¿Cuántos hombres han caído a mis pies, Thomas? ¡¿Cuántos?! El medio hermano de María en Escocia, el duque de Norfolk le pidió a Elizabeth mi mano, antes de partir y ahora me topo con que para el rey de los franceses soy demasiado poca cosa.
—Es porque seguramente es un joven prevenido; decían que estaba perdidamente enamorado de María cuando se casó, y desde antes de casarse; dejó que ella hiciese lo que quisiera con su persona. Inclusive, llegó a desafiar a su propia madre; ahora supongo, debe ser un joven cauteloso; siempre alerta, cuando se topa con mujercitas como tú.
Elizabeth hizo una mueca de desprecio; pudiese ser que así fuese su situación al principio, pero mejoraría ya estaba convencida de eso.
—He de ganármelo, más difíciles han caído a mis pies, mira Norfolk, mira Antonio de Borbón, aunque es un coqueto de primera categoría sé muy bien cuando sus miradas traspasan los límites de la coquetería para ceder paso a los de la lujuria.
—Además; se dice que su majestad ya tiene en sus manos la bula papal donde la conceden el divorcio. En pocas horas, la reina de Escocia tendrá que abandonar Francia.
Elizabeth estaba sorprendida, aquella noticia le tomaba por asalto.
— ¿Qué?
—Así, es al parecer Francisco ha obrado cautelosamente; sabe que los de Guisa son una familia muy unida, y entre más unida más peligrosa. Así que prefirió hacerlo todo en silencio; dejar a su joven esposa en manos de los leones
—Como solíamos ser nosotros. —Recordó Elizabeth melancólica. — ¿Recuerdas?
—Sí, debes pensar en que Francia no es Escocia; Escocia está gobernada por highlands, Francia no; es un contexto diferente.
—Ya lo veo; en Escocia estaba acostumbrada a pertenecer a una de las familias más poderosas, ahora me topo conque en Francia, hay cientos como yo.
—Pero tú no solo eres poderosa en Escocia. —Thomas le hablaba al oído; a Elizabeth ese gesto le pareció el siseo de una serpiente. —Tienes poder en Inglaterra, y en España por parte de la familia de tu madre.
Elizabeth cuando le convenía hacía oídos sordos a las palabras necias de su primo, pero cuando las consideraba de cuidado, siempre fingía poner atención de hecho se las metía cuidadosamente una tras otra, tratando de no olvidarlas. Thomas era un hombre ambicioso y avaro; trataría de hacerse de poder a través de ella. Justo lo que su lista prima quería evitar, María dependía de mucha gente, ella no pensaba caer en el mismo historial de manipulación por el poder, su juego era suyo y solamente ella lo jugaría. No permitiría que nunca, nadie moviese piezas por ella, pues al hacerlo se convertiría en el juguete de esa persona.
Su victoria tendría que pertenecer a ella en su totalidad; no le daría a nadie la dicha de disfrutarla si quiera un poco. Lady Lola por el momento era quien se encontraba en la cúspide y consideraba primordial rebajarse un poquito ante ella. Era una mujer inteligente, mucho más que su propia reina, una muchacha cabal que era ante todo sincera. Digna de admirar, llevaba dentro de sí una fuerza tremenda; capaz de arrasar inclusive con el propio rey de Francia, empero como todas en la corte, trataban de cuidarse de la reina madre con quien no estaba en buenas relaciones.
Dejó pues que Thomas siguiese hablando largo y tendido sobre lo muy conveniente que sería echarse a Lady Lola al saco; después encontrarían una manera de apartarla del camino y seguir ellos con el suyo.
Elizabeth por su parte; no respondió absolutamente nada, se dedicó a observar la neblina que crecía afuera, y se levantaba poco a poco así como se levantaba el polvo de su cama; cuando llegaba a sacudirla levemente con sus manos pálidas.
Se puso a pensar en el vestido que usaría esa noche, su majestad y Lady Lola se verían en la cabaña; y ella por su parte, debía lucir espectacularmente bella claro, si quería ir seduciendo al soberano a su manera. Pensaba en un vestido que recién acaban de mandarle de París; era una preciosura en colores gris y azul mar, harían ver sus ojos de un azul brillante, quizás esa fuese la elección correcta si le agregaba un collar de zafiros y pendientes de perlas a juego, estaría bellísima. Al menos, mantenía sus esperanzas firmemente puestas en que Francisco voltease a verla si quiera.
[…]
El rey estaba en su galería privada, con vistas a la capilla, oyendo maitines, mientras se enfocaba en una pequeña charla con su primo Médici, Giovanni, próximo candidato de la familia a aspirar el trono de San Pedro en el Vaticano; miraba el joven rey satisfactoriamente un documento, este contenía el sello papal. En pocas palabras era la bula que le liberaba de María Estuardo, y así de sus deberes para con la empobrecida Escocia.
Esa acta de divorcio; significaba que su libertad le era enteramente devuelta; podía ser libre completamente, sin creces, el quitarse de encima a María significaba deshacerse de un peso muerto que a ser verdad; luego de descubrir su infidelidad; no tenía porque seguir llevando sobre sus espaldas, mientras ella trataba de seguir sus romances con Condé, a pesar de estar este comprometido con Lola. Esas noticias las llevaba el carcelero en persona; quien tenía órdenes estrictas de llevar a oídos del rey todo lo extraño que sus ojos viesen sobre las visitas del príncipe. Claro, a pesar de las visitas semanales de Lola; estaban las de otra dama, nunca mostraba el rostro, pero andaba con un porte digno, siempre recta, con la cabeza erguida, los pies pareciera que no estaban hechos para caminar por el piso lodoso de La Bastilla; ya que estos se movían sobre el piso con una ligereza extraordinaria según describió el carcelero de Luis de Condé.
La misa terminó y Francisco seguido de su madre y Lola salieron de la capilla real acompañados del cardenal de Medici. Francisco solo los acompañó hasta el comedor; allí se separó de ellos y solo él y Lola siguieron hasta sus aposentos privados; allí Francisco extendió una mano para darle el pase libre; Lola entró decididamente a la estancia, observándolo todo como si fuese la primera vez que le era permitido entrar a las habitaciones de Francisco, luego se quedó sentada en medio de la cama; mientras dejaba que el rey recorriera con sus orbes azules; lo bien que le sentaba ese vestido nuevo en colores crema y rosado; completamente hecho con la más fina seda italiana. En pocas palabras, era un vestido digno de una reina, las joyas que usaba para acompañarlo, un collar y pendientes de perlas; combinaban a la perfección con los tonos pastel del vestido haciendo que su cara fuese más sonrosada y su piel tan suave más blanca.
—Debo reconocer que a pesar de no haber confiado mucho en los colores del diseñador; sin embargo debo reconocer que te sienta como anillo al dedo. —Dijo Francisco con los ojos obscurecidos completamente bajo las alas del demonio de la lujuria; la apariencia de Lola era francamente deleitable.
Lola lo miraba apacible, se sentía atraída; Francisco le gustaba pero no lo amaba, le sucedía lo mismo con Sthepen e inclusive con Luis de Condé, todos eran guapos; todos eran un tanto fascinantes unos más que los otros, sin embargo; la joven Lola pronto aprendió a verlos como un medio para escalar, en ese momento quien más le servía era el joven rey, después el maduro Luis; y por último estaba Sthepen, con su voz aterciopelada y seductora, con esas manos grandes y firmes capaces de sostenerla. Sin embargo; a la única que hasta el momento tenía permitido sostener era a Catalina de Médici, su amante luego de que Francisco lo hubiese desposeído de todos sus bienes, bueno de la mayoría al menos.
Pero seguía estando siempre Luis, Luis con sus ojos negros, Luis con su hermosa piel morena , haciéndole resaltar aunque sea un poco entre los demás, Luis con esa mirada profunda. Ella debía hacer algo para mitigar sus sentimientos; cada vez que pensaba en Luis; lo hacía de una manera similar a cuando pensaba en Colin, y no le gustaba, significaba ser tonta, enamorarse de un imposible; querer engañarse a sí misma con algo que nunca podría ser. Luis estaba loco por María y María por él esa era la realidad, era momento de poner los pies en la tierra y seguir luchando por labrarse un futuro dentro de la corte francesa, estaba comenzando; tenía un buen inicio; así que debía seguir trabajando en ello.
—He tomado la decisión de desayunar contigo en el jardín.
— ¿Y tu madre, tú tío?
—Que esperen, un rey no tiene porque obedecer a un simple súbdito; además para eso está mi madre; ven. Es por aquí.
Todo estaba perfectamente acomodado para una romántica ocasión, una mesa puesta en un campo lleno de cerezos, que inundaban el aire con su particular aroma delicioso; solamente dos mayordomos, ah y un par de violines para acompañar el desayuno con una buena música, ligera, pero sensual; así lo había pedido el rey Francisco desde que amaneció aquella mañana, con ganas de desposar a la difícil Lola. A fin de cuentas, era un hombre divorciado; un rey que debía buscar una esposa adecuada para sí y la tenía en frente de sus narices; con su ternura, con su carácter, con su genio, así era ella. Eso es lo que le hacía parecer perfecta candidata a sus ojos. Además era dama de María; suponía que debió haber aprendido de los errores de su señora, para no cometerlos ella.
—Muy bonito Francisco, pero, ¿A que debo el honor, de tan sutil sorpresa?
Mientras Lola esperaba pacientemente cualquier respuesta; que saliese de labios de Francisco, este simplemente enroscó su mano en la empuñadura de su espada; esa mujer siempre terminaba dándole una sorpresa tras otra.
— ¿Todavía estás segura de querer casarte con Luis de Condé?
La cuestionante de Francisco provocó cierto revoltijo en las tripas de Lola; francamente ya no sabía ella misma ni qué quería; estaba obteniendo demasiado últimamente pero de todos modos; no podía confiarse de su buena suerte, esta según decían era vulnerable, voluble, no sabía a que hora le volvería la espalda. Ni el lugar.
— ¿Tienes a alguien mejor para mi, en todo caso? —Cuestionó ella llevándose una uva verde a la boca.
—Yo.
Lola abrió los ojos, de no haber sido por que tragó rápidamente la uva se habría atragantado con esta; Francisco tenía unas cuantas horas divorciado y pensaba en ella para reina, no, a duras penas tenía que soportar el ser la madre del hijo del rey, lo que significaba un tercer lugar junto a Catalina y María; ahora que el estaba divorciada secretamente, ocupaba el segundo, y después ocuparía el primero si no se daba prisa para pensar en algún plan que pudiese salvarla de ser reina, que en definitiva no era lo que ella quería para sí. No era propio de ella pasarse el día recibiendo embajadores, mostrándose toda sonrisas, haciendo caravanas, no quería pasarse todos los días en compañía de Catalina de Medici, todo ello con solo pensarlo la llenaba de estrés.
— ¿Qué me dices, te has quedado de piedra?
—La verdad, me ha caído tu petición como balde de agua helada
Francisco se encogió de hombros; para él, sería lo más normal, podrían ser una familia real a fin de cuentas; y John podría llegar a rey.
— ¿Tienes idea de lo que estás rechazando mon amour?
—Si, y en definitiva; no lo quiero, John siempre será tu hijo; no quiero que sea delfín.
—Pues sería una tragedia para el país.
Lola sonrió moviendo la cabeza de un lado a otro.
—Es en serio Francisco; búscate una reina más capaz que la que tenías antes; pero no pienses más en mí; yo no sirvo para reinar, ¿Quién te ha dicho eso?
—Tus propias ambiciones, ¿No quieres ver a nuestro hijo como rey de Francia algún día? Mira a Elizabeth, la prima de María.
—Ella era hija legítima. —Repuso Lola molesta, no se podría quitar a Francisco de encima durante un largo, largo tiempo. —Hija de Enrique VIII y Ana Bolena. Una Tudor por excelencia.
—Bueno, mi hijo es un Valois, necesito casarme contigo para poder asegurar mi propia dinastía.
Francisco cogió el brazo de lola; al principio, solo lo cogió pero después comenzó a apretarlo con fuerza, para él era casi vital el casarse con ella; si pudo darle un hijo a la primera, entonces podrían venir más herederos.
— ¡Ay, suéltame!
—Perdona. —Francisco le soltó el brazo; un tanto consternado, nunca solía actuar así con ella; solo que en esos momentos se sentía sumamente alterado. —Nunca fue mi intención hacerte ningún daño.
Lola se quedó quieta, pero sin dejar de mirar a Francisco; quien tuvo que esconder un poco la cara; al instante de sentir, como se ponía de colores bajo la mirada de aquellos inteligentes ojos azules.
—Sigo firme en mi decisión de casarme con Condé.
—Me he divorciado de María, ¿Aún podría haber peligro?
Lola sintió que era su oportunidad; quizá, para dar paso rápido a la situación, María ya estaba de nuevo soltera; tal vez en un descuido de ambos, pudiese sacar a Luis de La Bastilla, correr con él a la primer iglesia que se encontraran abierta, jurar los votos del sagrado matrimonio, y una vez convertidos en marido y mujer, podrían reclamar Francia para sí mismos.
—Nadie mejor que yo, Kenna y Greer para conocer a María; ella es muy terca, quizás pueda dolerle el hecho de que está divorciada, repudiada, sentirá entonces coraje, es una persona engañosa y peligrosa; cómo pudiste darte cuenta, un día hace una cosa, pero al siguiente, como pinten las aguas dice otra. Es mejor dar prisa al matrimonio con Luis; aleja a María de Francia, mándala a Escocia nuevamente. Si la dejas aquí; o la envías con los De Guisa; estarías cometiendo un grave error.
Francisco jamás pensó en el peligro que se le vendría encima; una vez divorciado; una mujer despechada era capaz de todo; con María ya había tenido más que suficiente y Lola tenía razón, cuanto antes se enterara de lo del divorcio; mucho mejor para él principalmente que tendría motivos de sobra para regresarla a Escocia.
En cuanto a los De Guisa; bueno, no serían tema de conversación por mucho tiempo; Francisco, principalmente Francisco de Guisa y Carlos de Lorena le estaban dando algunos problemas, poco a poco se fueron convirtiendo en un par de piedras atoradas en el zapato, piedras grandes y filosas que molestaban demasiado al andar. Ellos eran demasiado peligrosos para las reformas religiosas que planeaba para Francia, así que de una vez, habría que menguarles la fuerza. Había que enseñarles que en Francia, únicamente mandaba un Valois, y ese Valois era él.
— ¿Qué piensas hacer? —Cuestionó Lola interesada.
—Decirle. —Francisco la miraba preocupado. —Pienso decirle de una vez.
—Ten cuidado con los De Guisa, no sabes cómo podrán tomárselo.
—No te preocupes; esta segunda oportunidad de vida que tengo, no pienso desperdiciarla, quiero actuar como un rey en mi sitio lo haría, magno y malévolo al mismo tiempo; no se puede ser siempre bueno, María me traicionó una vez al momento en que quiso cambiar la dinastía; volvió a hacerlo, casi le puso en charola de plata el trono a mi mayor enemigo, eso no se lo puedo perdonar.
— ¿Estás seguro?
— ¿Qué crees que soy, un rey o un títere de los De Guisa?
—Francisco, tampoco te precipites, si haces lo que creo, que quieres hacer; tienes que estar completamente seguro. Esa familia es demasiado querida en parís y…
—He estado hablando con Antonio de Borbón, y con algunas familias protestantes, de hecho; me he rodeado por completo de protestantes. Creo que me ha funcionado, como yo esperaba; hoy justo antes de misa, tuve que recibir una visita desesperada de Carlos de Lorena; según él quieren lo mejor para Francia, pero quieren lo mejor para ellos.
—Estás siendo demasiado engañoso, Francisco cuídate; jugar con un bando y después con otro, firmar un veredicto que condena las prácticas de la religión reformada en Francia; después querer destruirlo, tu hermana está casada con el rey de España por dios. A Felipe no le va a gustar-
—Felipe no es lo que me importa en este momento, además; supe que Isabel ni si quiera ha podido darle un heredero varón.
—Pero es una alianza, dos países católicos, tres cuando tenías a Escocia, tu madre, ella está demasiado bien ligada con el Vaticano.
—Sabe que debe quedarse quieta; si no quiere ver lejos de la corte a su adorado Enriquito.
—¿Enrique?
—Es su hijo favorito; pretende elevarlo al torno al coste que sea, pero eso si yo lo permito; es más; no creo que un príncipe de la iglesia pueda acceder a un trono terrenal, estando más cerca el de San Pedro.
Lola miró a Francisco con el entrecejo fruncido; de verdad que estaba demostrando tener una fuerza de la que nadie sospechó jamás; ni si quiera ella. Ahora era un líder de cuidado, alguien a quien temer, pero también a quien odiar debido al mismo temor. Francisco estaba convirtiéndose o mejor dicho se había convertido ya en la versión masculina de su propia progenitora.
Lo cual no sabía si era mejor o peor; dado en algunos casos, podría resultar ventajoso. El temor obligaba a pensar lo que se iría a hacer más de dos veces.
—¿En serio crees que funcione? —Inquirió ella acercándose un poco más, casi insinuándose.
Francisco asintió; le tomó por la cintura al tiempo que besaba sus labios.
—Tiene qué; Enrique es la forma más segura de mantener a mi madre con las manos atadas, y desatadas solo a mi merced, para controlar a Catalina de Médicis es necesario encontrar un blanco débil; y el flanco débil de mi madre es su amor desmesurado por Enrique.
— ¿Por qué no encerrarlo en una mazmorra de La Bastilla; como hizo Ricardo III con los hijos varones de su hermano?
—Eso sería muy cruel; además quiero a mi madre como aliada; no como enemiga conspirando a mis espaldas. Por el momento; deshacerme de Carlos es mi principal tarea, después seguirá Hércules, y por ultimo Enrique. Esa será la pieza fuerte en mi tablero. Ya estoy cansado de hablar sobre conspiraciones, quiero caminar un rato, ¿Qué tal si me acompañas?
[…]
La situación de su hija en Francia era delicada; según las cartas de su hermano Francisco duque de Guisa; ¿Qué pudo haber salido tan mal; cuando en un principio; todo marchaba a la perfección? Mientras hiba en el carruaje pesado y pasado de moda; María de Guisa no dejaba de repetir en su mente esa misma pregunta, su hija siempre dio señales de ser una joven sensata, consciente de su condición real y sobre todo orgullosa de ella. Entonces ¿Qué le sucedió? Estaba bien. María fue víctima de un acto que podría mermar a cualquier mujer; una violación no era cualquier cosa; era algo que ni si quiera ella misma podría imaginarse. No podía decir que comprendía el dolor de su hija, porque no estaba en sus zapatos. A María de Guisa solo le importaba una sola cuestión: Que su hija, diese herederos Valois, y por supuesto Estuardo también. Pero sobre todo Escocia necesitaba creer que su reina era inocente de las acusaciones que se le amputaban.
Desde la huída de Elizabeth Burson, los escoceses protestantes empezaban a calmar por ella como reina de Escocia; y no solo ellos, los más importantes lores católicos estaban a la espera del derrumbe de la reina Estuardo; para poner a esa chiquilla del demonio en el trono de su hija, pero aún podían mediarlos, todavía era tiempo para una reconciliación entre el rey Francisco quien según decían las cartas de Kenna, (la única amiga que María tenía en la corte por el momento) que el rey ya había pedido el divorcio a causa de la supuesta infidelidad de María con el príncipe de Condé.
Otra situación que alarmaba a la regente de Escocia era el que Lola fuese la querida no oficial; pero si en secreto de Francisco, le preocupaba que la susodicha pudiese engendrar más bastardos que fuesen reconocidos. Mientras que su propia hija, la legítima reina ante dios; no era ni si quiera capaz de compartir la misma cama con su marido. Últimamente el rey de Francia caía bajo las tentaciones de la lujuria, se decía inclusive que su otra amante, Madeimoselle Golferi ya estaba encinta de un bastardo y que también Francisco planeaba reconocerlo.
Ello sería humillante no solo para María sino para ella; María de Guisa soñó siempre con un futuro glorioso para su hija; siempre ambicionó para su única heredera las coronas no solo de Francia y Escocia, sino la de Inglaterra también de ese modo; su hija, María sería la reina de casi media Europa. Pero al parecer esos sueños se desaparecerían apenas cumpliese Francisco su amenaza de repudiar a María.
El carruaje entró en Fontainebleau; y María de Guisa se apeó de él con rapidez y ligereza se hizo hacia atrás la larga cola del abrigo que le impedía avanzar rápido y ligeramente. Entrando oficialmente en las estancias del palacio fue anunciada con la formalidad debida.
Entró a la sala de torno donde encontró a Catalina de Médicis sentada en el lugar que correspondía a su hija por dignidad y matrimonio. Se hizo el silencio entre los consejeros reunidos en el instante, la reina madre y la regente de Escocia. EN otro tiempo; quienes estuviesen en la habitación donde ella entraba se habrían humillado a sus pies. Empero; ahora solo mantuvieron las cabezas rectas y una mirada de asco en todos esos 24 ojos fue dirigida a ella; a María de Guisa madre de la reina de Escocia.
Obviamente no hiba a perder el auto control; esas miradas indicaban ya que las cosas para Escocia en Francia ya no serían iguales.
—Veo que la corte francesa; ya no tiene buenos modales. —Sentenció María de Guisa tratando de romper el hielo.
Catalina con un movimiento de su mano blanca y suave hizo retirar a los lores de los que se hacía acompañar. Deseaba quedarse a solas con esa mujer; con la madre culpable de haber parido a la arpía que aún vivía dentro de su mismo techo.
—Los franceses, somos educados con quienes nos son fieles; a quienes nos traicionan, solemos mirar con rencor. Solemos morder la mano, a quien nos la ha mordido, ¿Entiendes?
Catalina mantenía en sus ojos una mirada fría, de odio hacia la madre de su todavía nuera, pero se sentía satisfecha al ver a la orgullosa María retroceder ante su mirada inquisidora.
—No creo que me hija sea culpable de todo lo que se le acusa; más bien creo…
—Lee todas estas cartas, tu hija es una mujer apasionada y muy fervorosa amante cuando se trata de estar enamorada; no cabe la menor duda de que olvidó muy pronto que fue mancillada por un hombre que bien pudo dejarla encinta, procreando en su vientre al heredero de Escocia.
La risa de Catalina de Médicis hizo hervir la furia dentro de la madre de María Estuardo; ¿Cómo podía esa malévola mujer tener tan poca piedad, y reírse de algo así? Sin embargo presa del miedo a descubrir que todas aquellas acusaciones fueran ciertas; la mujer tomó le fajo de cartas, rodeadas de una cinta negra, que le ofrecía Catalina.
—¿A caso no piensa su majestad; disponer una habitación para mí?
—Por última vez; te concederé las mejores habitaciones de este palacio, goza de nuestro favor María de Guisa, porque será la última vez que tú pises Fontainebleau, y que la zorra que has parido sea llamada Reina de Francia, como dio a demostrar es un titulo que no merece. Francia necesita una reina más digna; no una reina imbécil e indiscreta. Tampoco debes olvidar, que mi hijo fue casado a deseo de Diana con tu hija; yo no tuve nada que ver en ello si vienes a solicitar mi apoyo desde este momento te digo que mi decisión última es no. No deseo seguir viendo a María Estuardo en mi reino; ahora como has solicitado; ve a descansar, lee las cartas descubre de una vez la clase de hija que has parido.
María de Guisa a fuerza de valor tragó la rabia del momento. No era la primera vez que esa maldita italiana la humillaba pero era preciso callar; callar era de sabios en momentos como ese, en los que la cuerda parecía estar inclinándose más a favor de ella que al de su propia hija.
Tal como ordenó la reina madre, María se dispuso a seguir al mayordomo que la escoltaría a sus habitaciones; la mano en la que llevaba las cartas, que supuestamente María escribió a Condé mientras duró su supuesto romance le temblaba de arriba abajo, el sentido común le decía que leyera; pero la intuición le ordenaba dejar todo como estaba. No quería llevarse una mala sorpresa, pero al ver la situación. Tendría que ser fuerte para tolerar la impresión que fuese a llevarse.
