Todos los personajes pertenecen a Hidekaz Himaruya, sin ánimos de lucro.


Capítulo XI

Sabía que eso iba a suceder en cuanto Francis lo mencionara. ¿Acaso lo había hecho a propósito? No le encontraba otra explicación más que ésa. Era por ello que estaba tardando en contarle el viaje, para ir preparando al turco y explicarle lo que esa noche había pasado. No quería que el otro pensara que le estaba mintiendo o algo por el estilo.

—¡Demonios! —murmuró ya que se dio cuenta de que se había olvidado todas sus pertenencias que había recogido del lugar del francés. Era un día terrible y no sabía cómo podía empeorar.

Como no tenía la menor idea en dónde Sadiq pudo haberse metido, sólo se le ocurrió ir hacia al piso. Pero en lugar de ir corriendo, decidió caminar. Quizás de ésa manera le podría dar un poco de espacio y tiempo para que se calmara. Esperaba que, pese a lo mencionado por el francés, le diera la oportunidad de explicarse.

Sin embargo, le daba la impresión de que todo el esfuerzo que había hecho, había sido en vano. Tal vez había sido una mala idea ir en busca de él. Realmente no supo qué pensar, pues ninguna de estas situaciones las había previsto. ¡Le daba tanta rabia tener que pasar por tanto!

Decidió que antes de ir a hablar con Sadiq, era mejor pensar qué iba a hacer. Es decir, cualquier oportunidad de que volvieran a empezar había sido arruinada en el momento que Francis comenzó a narrar sobre esa noche en particular. Levantó la mirada y se fijó en la fuente de agua, en donde los pájaros se bañan sin ninguna otra preocupación.

Quizás había sido demasiado ingenuo en creer que podía regresar con Sadiq después de ese largo tiempo de separación. Sin embargo, se rehusaba a rendirse de ése modo. Haría lo que fuera necesario para que el hombre se diera cuenta de que realmente seguía amándolo y que tal vez la distancia había sido una especie de bendición. Después de todo, gracias a ello se había dado cuenta de lo mucho que necesitaba de él. ¿Acaso no contaba para algo?

Tal vez tendría que dejar las cosas así como estaban. ¿Para qué moverse de ésa manera por alguien que parecía no querer reconocer todos sus esfuerzos? Y sin embargo, se regañaba a sí mismo por tener una actitud tan derrotista.

En tanto Heracles se dividía entre ir por él o no, Sadiq iba caminando a grandes zancadas hacia su piso. Tenía una mezcla de emociones. Estaba furioso por el hecho de que el griego le hubiese mentido, ya que le había asegurado de que no había tenido sexo con él y triste porque comenzaba a creer que podría haber alguna forma de salvar su relación con Heracles.

Le daba la impresión de que le había tomado como si fuera un estúpido, lo cual no era. Su cabeza estaba un desastre. No sabía qué exactamente quería que sucediera en ese momento. Se dio la vuelta, como si quisiera ver en dónde se hallaba el griego. ¿Acaso se había quedado en el apartamento del francés? Si bien estuvo algo decepcionado, rápidamente eso cambio a una furia incontrolable.

—¡Mejor! ¡¿Quién lo necesita de todas maneras?! —exclamó, sin importarle que la gente de la calle pudiera escucharlo. Estaba demasiado ensimismado como para preocuparse por tonterías como ésas.

Ahora se arrepentía de no haber escuchado a Heracles. Sus ansías de saber más le habían jugado en contra. Su corazón estaba hecho trizas, a pesar de que todavía estaba cicatrizando las heridas que le había causado aquel. Sin embargo, hasta ése momento, le había dado el beneficio de la duda a su ex. ¿Qué debía hacer ahora? ¿Ignorarlo? ¿Echarle de su casa para que desaparezca de la misma manera en que había aparecido?

¡Rayos! Estaba tan confundido. Lo detestaba todo. Detestaba que se hubiera aparecido de ése modo, que le pusiera en jaque sus sentimientos, que se acostara con él de ésa manera tan cariñosa que le recordaba los viejos tiempos… Era absurdo. Pero sobre todo, lo detestaba porque le había sacado a flote aquel profundo amor que le profesaba sin detenerse desde los años de la secundaria.

Azotó la puerta con tal fuerza que por un momento tuvo que darse la vuelta para asegurarse de que no la había roto. Estaba como un toro, preparado para atacar a cualquier cosa o persona que se le atravesara por la puerta. ¡Agh! Se lamentaba todo lo que había ocurrido hasta ese momento.

¿Por qué no lo había echado con sus maletas incluidas a la calle cuando tuvo la ocasión? ¿Por qué había tenido que ir a ese bar justamente esa noche en particular? Si no lo hubiera hecho, quizás no se hubieran encontrado y en este momento, estaría haciendo cualquier cosa, concentrado en sus negocios, sin recordar a esa persona que le había roto el corazón.

No obstante… No podía dejar las cosas así. A pesar de lo molesto y enfadado que se hallaba en ese instante, lo menos que podía hacer era escucharlo. A pesar de todo, aún necesitaba conversar con él antes de tomar una decisión.

Se tiró sobre el sofá y se quedó dormido por un largo rato. Fueron los golpes que el griego comenzó a darle a su puerta, los que consiguieron sacarle de su sueño. Se levantó de muy mala gana y estaba listo para proferirle unas cuantas groserías a aquel que había osado despertarle. Abrió la puerta y rápidamente se dio la vuelta para regresar a su sitio en el sofá.

No obstante, Heracles le agarró de la mano antes de que pudiera moverse o distanciarse de él. El turco rápidamente se giró para quedar frente a frente al otro, con el entrecejo fruncido, listo para quejarse de su absurdo gesto. ¡Cómo si eso fuera suficiente para hacer que todos sus sentimientos se borraran en ese preciso instante!

Sin embargo, antes de que pudiera protestar, los labios del griego se unieron a los suyos. Éste le agarró por la barbilla muy suavemente para que no le diese pero al mismo tiempo, sin dejarle otra salida más que corresponderle el beso. Si bien al principio el turco quiso resistirse, la voluntad le falló en aquel momento. Era simplemente imposible no disfrutar de ese gesto de cariño del otro.

—No creas que te he perdonado por esto, estúpido gato —dijo después de separarse de Heracles. Claro que lo había disfrutado y quizás su enojo se había pasado ligeramente, pero eso no borraba lo que había salido de la boca del francés, momentos atrás.

—¿Por qué tienes que joder el momento? —se quejó éste y dio unos cuantos pasos para separarse de aquel. No era tan idiota para pensar que con un beso cargado de cariño y súplica sería suficiente para que Sadiq le "perdonara". Simplemente había sentido la absurda necesidad de hacerlo y ya. Sólo quiso satisfacer ese impulso.

El dueño de casa se limitó a gruñir para luego sentarse, sin apartar sus ojos del otro. Cruzó sus brazos, ya que esperaba impaciente la explicación del otro. Sabía muy bien que se estaba portando como un niño caprichoso que deseaba su dulce o caramelo o de lo contrario, montaría un berrinche de proporciones épicas. Algo así le pasaba por la cabeza. Quería saber qué había pasado después, aun cuando no le gustara lo que le dijera.

Heracles lo conocía lo suficiente como para saber muy bien aquellos signos corporales del otro. Se sentó sobre el mismo sofá, aunque para evitar consecuencias físicas, mantuvo la distancia del otro. Respiró profundamente, menos mal había conseguido refrescarse ahí en el parque de la ciudad. Aunque estaba un tanto cansado y hambriento, decidió hacer un esfuerzo más por el bien de su relación.

—Está bien… —dijo y comenzó con la narración.

En cuanto sintió la cinta rodear sus ojos y tapar su visión, se puso bastante nervioso. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Cuáles eran las intenciones del francés? Quería creer que estaba siendo parte de una broma de mal gusto por parte de su compañero de viajes y nada más. Rogaba que fuera así, a pesar de saber muy bien de que no era así.

¿Qué… Qué estás haciendo? —preguntó con mucho cuidado. Su voz le temblaba pese a que intentaba disimular el nerviosismo que sentía en ese preciso momento.

Cierto, había salido a ese viaje, para estar con otras personas, independientemente que hubiera compromiso o no. Se suponía que ya debían tener unos cuantos nombres en su lista de conquistas y debía continuar haciéndolo. Sin embargo, desde que habían partido, no se había juntado con nadie. ¡Ni siquiera para formar nuevas amistades!

¿Cómo era posible que hasta ése momento no se hubiera dado cuenta de ello? Había dejado ir más de la mitad del viaje, por culpa de eso. Solamente se había percatado de eso cuando el otro se sentó sobre su regazo. ¡Era un idiota! Era obvio que no podría reemplazar a alguien como él y por ello, no podía continuar así. Debía dejar de pensar en que debía encontrar en un sustituto porque era a él a quien necesitaba por el resto de su vida.

Empujó al francés fuera de su regazo. Aun cuando hubieran pasado un poco menos de un año desde que había tenido relaciones por última vez y el deseo estaba allí, estaba más que seguro de que terminaría el viaje sin tocar a nadie, para luego ir detrás del turco. ¿Para qué buscar afuera lo que tenía en casa?

—¿Pensaste que te esperaría para siempre o qué? —interrumpió de muy mala gana el turco. Eso era lo que había interpretado de las palabras del griego y esperaba estar equivocado. ¿Acaso creía que podía hacer o deshacer su corazón cuando se le diera la gana? Porque, en ese sentido, estaba muy equivocado.

Heracles respiró profundamente antes de contestar. Ya había previsto eso. Sin embargo, se distrajo por un momento, cuando vio el gato del turco. Si había algo que siempre le ponía de buen ánimo, era acariciar a un felino. Éste, como era bastante manso, permitió que el hombre le diera caricias por la espalda, al punto de comenzar a ronronear muy contento.

—¡Deja de distraerte, imbécil! —exclamó enojado.

—Se te va a reventar la vena de la frente si continúas de ésa manera —murmuró éste, pues como era muy relajado, le gustaba tomarse el tiempo con todo.

Sadiq estaba a punto de mandarle al demonio si continuaba así. Parecía que no tomaba en serio la situación o algo similar. Lo conocía hacía más de diez años y aún no comprendía cómo no se tensaba cuando estaban discutiendo cuestiones similares. ¿Tomaba por seguro que le perdonaría simplemente por su linda cara? ¡Claro qué no! Estaba completamente equivocado si es que eso era lo que pretendía en realidad.

—Pensé… —Sus ojos verdes se enfocaron en el techo mientras que trataba de calmarse un poco por el momento que estaban compartiendo en ese momento. Estaba sonrojado y Sadiq podría notarlo si no estuviera tan decidido a matarlo. Sin embargo, debía decírselo —Pensé que estarías pasando por lo mismo —respondió después de unos cuantos minutos de silencio.

El turco quiso refutarlo pero se quedó callado. ¿Cómo iba a negar lo que realmente había experimentado? Había querido mentirle en ese preciso instante, decirle que había estado con mil personas desde que se había ido, que durante todo ese tiempo no había pensado en él y que había conseguido rehacer su vida sin depender de él.

Pero eso sería mentir, engañarse a sí mismo. Porque él no había podido hacer nada durante esos dos años. Había estado completamente atorado en esa fracción de su vida y quizás, si no hubiera aparecido aquella noche, todavía estaría luchando con ese asunto.

—Mierda… —Fue todo lo que el turco dijo. Lo había leído como uno de sus libros de filosofía, con demasiada facilidad. Sin embargo, rápidamente reaccionó ante una duda que le asaltó en la cabeza —¿Y si sentías eso por qué no viniste de inmediato en lugar de pasar meses afuera?

—Porque creí que la distancia nos haría bien. ¿O tú eras feliz antes de que me fuera? —le preguntó.

—¿Y si me hubieras encontrado con otro? —Sadiq intentaba encontrar algún fallo en la lógica del otro. No quería admitir que había adivinado lo que él había estado haciendo durante esos dos años, esperarlo aunque fuera inconscientemente.

Los ojos de Sadiq rehuyeron a los de Heracles. Había abierto la boca para replicarle pero luego volvió a cerrarla. Todo era un verdadero desastre y un gran dolor de cabeza. ¿No había manera de solucionar todo esto antes? No iba a mentir, estaba jodidamente cansado. Habían sido unas semanas en las que su vida había dado una vuelta de ciento ochenta grados.

Respiró profundamente porque sabía que tenían que tomar una decisión. ¿Qué se suponía que era lo correcto en ese instante?

—Entonces, idiota… —Rompió el silencio, ya que le causaba demasiada incertidumbre —¿Te arriesgarías una vez más conmigo? —preguntó, esperando que el otro respondiera lo que quería escuchar. Aunque con lo imprevisible que era, podía salir cualquier cosa de la boca del turco.


Siguiente capítulo es el final.

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