Disclaimer: Bleach y sus personajes son propiedad de Tite Kubo
Hola, gracias por entrar n.n
He aquí una nueva instancia en esta dificultosa relación, espero que lo disfruten.
Saludos a los anónimos MargoM, también me gusta mucho este Ichigo, ojalá existiera en el mundo real XD Sos siempre muy generosa y te agradezco de todo corazón la constancia y el apoyo no sólo en este fic sino en mis historias en general, pero más todavía con respecto al ichiruki. Seguimos golpeados, pero creo que más nos dolería desistir de esta pareja... de la ilusión de esta pareja, que bien bonita ha sido siempre más allá de los deseos de su creador. Beso grande, querida Margo :) Y saludos también para Fer, tal cual, además el amor es más genuino cuando surge de esa manera tan espontánea. Al menos así me lo parece. Byakuya es un personaje fundamental en la vida de Rukia, lo encontrarás en este capi también y seguirá dándole orientación. Te agradezco mucho el apoyo y la compañía, espero que sigas disfrutando de la historia :)
Felices fiestas para todos! Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D
XI
Los últimos trazos
Se preguntó si sería por el frío, por los nervios o por la ansiedad, pero a quién quería engañar. Intentó plegar la pesada cobija una vez más, y una vez más falló en hacer coincidir los extremos. La manta parecía una criatura con voluntad propia y sus manos se negaban a corresponder con sus directivas cerebrales.
Rukia bufó y desistió. Sola dentro de su tienda, pues Rangiku había ido a preparar el desayuno, ni siquiera supo qué hacer con ella misma, tal era el grado de sus tribulaciones. Había olvidado el poder que un simple beso podía ejercer, sobre todo cuando entre los protagonistas existía mucho más que una serie de intereses en común.
Y pensar que se lo había propuesto, se había jurado continuar con su vida prescindiendo del factor masculino... Es decir, excluyendo a los hombres que, por alguna u otra razón, terminaban alejándose de ella o desapareciendo irremediablemente. Al fin y al cabo, ¿para qué los quería? Al parecer ellos tampoco precisaban de ella, ¿entonces para qué hacerse inútiles expectativas?
Incluido Renji. El doloroso sentimiento que en ocasiones le aquejaba al evocarlo se manifestó agudizado esa mañana, cuando no sabía qué hacer con un beso y unas cuantas palabras emotivas. Si él no se hubiera muerto, no tendría que estar atravesando por eso ni tendría que vérselas con una caprichosa cobija. El muy condenado.
Inmediatamente después, sobrevino la consabida culpa por pensar de ese modo, por maldecirlo, aunque no pudiese evitarlo. Con amarga ironía, pensó que ni siquiera en sus escritos sometía a los personajes a ese nivel de confusión y angustia, y ahora sabía que se debía a que ella misma, hasta ese momento, nunca lo había experimentado.
-El café está listo –anunció cantarinamente Rangiku, asomándose en la entrada. Y algo vio en su amiga, porque de inmediato cambió de expresión, dejó la vianda en cualquier parte y se sentó a su lado, visiblemente preocupada-. ¿Y esa cara? ¿Sucede algo?
-No puedo plegar la maldita cobija –respondió ella con ademán infantil.
-Desgraciada cobija –dijo Rangiku, mirándola con desprecio. Luego se volvió hacia Rukia, pues el problema era otro y lo sabía-. Ya está, la cobija se ha arrepentido. ¿Ahora me dirás qué te ocurre?
Rukia suspiró. No era fácil esquivar la perspicacia de su amiga.
-Odio los campamentos.
-Y el cigarrillo.
-Y la pizza con anchoas.
-Y las historias de terror.
-También odio los imponderables.
La otra meneó la cabeza con resignación. De modo que por allí venía la cosa.
-¿Y se puede saber qué diablos ha sucedido por fuera de tus meticulosos planes? –preguntó con afectación, aunque lo vio claro como el agua-. ¿Kurosaki Ichigo, acaso?
En parte, Rukia se sorprendió ante tal clarividencia, pero por otra lo aceptó sin más rodeos. Lo dicho: su amiga siempre había hecho gala de una intuición única y una capacidad para detectar los entreveros amorosos que casi parecía sobrenatural. De nada le valdría negar, mentir o intentar escaparse por la tangente.
-Y qué si así fuese –profirió en tono infantil una vez más.
Rangiku fingió que lo pensaba.
-Reconocería que lo estoy oliendo desde hace tiempo.
-Por casualidad, tú… No habrás planeado esto desde el principio, ¿verdad?
La interpelada, ante la recelosa mirada que le dirigieron, lo negó de plano deshaciéndose en atolondrados gestos.
-¡Claro que no, mujer! –le aseguró-. Nunca se me ocurriría emparejar a nadie con nadie, sabes que tengo mis límites. –Rukia la miró con ironía-. Además, lo hubiera pensado de otra manera –añadió con aire juguetón, ganándose una tácita amenaza-. Por empezar, jamás lo hubiera instalado en tu casa. En todo caso, hubiera organizado una gran fiesta en la mía, con mucha bebida, muchos chicos lindos y la música bien sofisticada y estridente, y allí los hubiera…
La joven levantó la mano para sofrenarle la fantasía.
-Está bien, te creo.
Rangiku desestimó el asunto y fue a lo práctico.
-Algo ha ocurrido entre ustedes, ¿verdad? ¿Qué tan lejos han llegado?
-Lo suficiente para angustiarme.
-Eso es lejos –consideró la otra, sopesándolo detenidamente-. Pasó anoche, ¿cierto?, cuando se apartaron del grupo. –Rukia asintió-. Entonces no fue tan mala idea ponerse a contar historias de terror –concluyó pensativa.
Rukia comenzó a propinarle manotazos.
-¡Lo hiciste a propósito! –la acusó.
Rangiku apenas pudo defenderse de la andanada, aunque los golpes vinieran sin fuerza.
-¡Lo hice porque era divertido! ¿Cómo podría saber que Ichigo se atrevería a aprovechar la oportunidad para acercarse a ti? Nunca ha sido particularmente lanzado. Debes gustarle mucho.
La otra, fastidiada, desistió de los manotazos y lloriqueó como una niña.
-¡No sé qué hacer! –gimoteó.
Rangiku entrevió la magnitud de su desasosiego. Su amiga no tenía remedio.
-¿Por qué en lugar de pensarlo tanto, lo disfrutas?
-¡Porque no quiero pasar por esto otra vez!
-Eso es ridículo.
-Mi segundo nombre es Ridícula.
-Ichigo es un buen hombre y también ha pasado por mucho –dijo Rangiku sin hacerle caso, más seria de lo habitual-. No tienes idea de lo afortunada que eres por contar con su interés. ¿Acaso piensas pasar el resto de tu vida encerrada en esa casa rodeada de fantasmas? ¡Y eres tú la que detesta las películas de terror!
A Rukia le desconcertó semejante abordaje. No era muy común ver a Rangiku en esa postura y comprendió que había estado muy preocupada por ella. Tal vez en silencio, desde lejos, pero en verdad preocupada. Se sintió responsable.
Ella era el único pilar con el que contaba en el presente. Byakuya había reaparecido, pero jamás se atrevería a hablar con él sobre sus tribulaciones amorosas. Por primera vez cayó en la cuenta del peso que había depositado sobre su amiga y de cómo ella, en lugar de protestar, lo había llevado sobre sus hombros con infinita generosidad. Entonces también se sintió en falta.
-Lo siento, he sido desconsiderada –murmuró.
Rangiku continuó mirándola con dulzura y preocupación.
-No lo eres. Sólo estás sorprendida, aturdida.
-Y no tengo la menor idea del rumbo que debería seguir.
-Creo que sí lo sabes, Rukia –afirmó la otra-. Lo sabes. Sucede que te has acostumbrado a lo que tienes, te has instalado en una zona de confort y te has desinteresado de las vivencias nuevas.
-Me gusta el confort.
-Pero te aísla.
-Es porque soy, precisamente, una isla. ¡Soy Ibiza!... ¿De qué película era esa frase?
Pero la joven repelió la evasiva.
-Has estado sola más tiempo del conveniente, ya es hora de que regreses a tus sentidos y te reinsertes en la vida.
-¿Y crees que relacionarme con un hombre será la solución? –cuestionó ella.
Rangiku tomó una de sus manos entre las suyas.
-No cualquier hombre, desde luego –respondió-. Y no, la solución no está en él sino en ti, sólo en ti, amiga mía. Ichigo, en todo caso, te ha dado una excusa.
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Apenas había podido verla durante el desayuno, aunque ella ni siquiera una mirada se dignó a dirigirle. Al diablo con su tozudez. Él ya había averiguado lo que quería saber y tenía un objetivo claro, por lo que no se dejaría desalentar.
Si la conocía, Ichigo estimó que estaría sintiéndose bastante confusa. Imaginaba la naturaleza de sus recelos, sus dudas, su temor, la clase de sensaciones que más la bloquearían. Para combatirlas él no contaba con otras armas más que su voluntad y su constancia, por lo que jamás retrocedería. Ya había invertido demasiado tiempo en reprocharse por tropezar con la misma piedra, por lo que de ahí en más se dedicaría a conquistarla.
Sus estudiantes se empeñaron en improvisar un juego de béisbol, por lo que tampoco pudo estar con ella durante el resto de la mañana. El destino parecía confabular en su contra. Aunque, percibiendo incluso desde lejos el rostro contraído de Rukia, consideró que ese día también podría cederle algo de espacio.
Él y Chad se sumaron al encuentro. Las damas fueron a dar un paseo, por lo que ni público ni aliento consiguieron recibir. Aun así se divirtieron, y cuando Byakuya se acercó para comunicarles que ya era hora de levantar el campamento, se sucedieron los lamentos típicos de los que estaban dispuestos a continuar. Pese a esos persistentes gimoteos, se dio por finalizado el partido.
Antes de que nadie le pidiera nada, se aproximó hasta la tienda de las mujeres y empezó a desarmarla. Rukia ya había vuelto del paseo y se disponía a hacerlo, pero al verlo se quedó parada a un lado, irresoluta, observándolo con cierto estupor. Rangiku, junto a ella, lo miró comprensiva. Byakuya, algo más apartado, también lo divisó e Ichigo fue incapaz de interpretar lo que estaría pensando cada uno de esos personajes devenidos en stalkeadores.
Maldita sea, ¡ni que estuviera dando una clase de desarmado de tiendas! Qué estarían pensando las mujeres apenas podría conjeturarlo, pero sí podía apostar con seguridad que al empresario no le resultaría para nada intrascendente su accionar. Al diablo también con él.
-¿Ya juntaron sus cosas? –indagó dirigiéndose a ellas, sin dejar de trabajar.
-Sí, ya lo hicimos –respondió Rangiku para salvar a su amiga, aún vacilante.
-Espero que no se olviden de nada.
-Descuida.
Y el silencio que siguió adquirió una densidad que los tres tuvieron que soportar. Cuando Ichigo finalizó, casi al mismo tiempo que los demás, tampoco pudieron emitir vocablo. Una vez armados los bolsos, se limitaron a guardarlos en la camioneta.
Vaya forma de empezar una nueva relación, pensó él. La cosa sería más difícil de lo que había imaginado. Sin embargo, ya estaba hasta el cuello como para desentenderse y la mujer le gustaba demasiado. Incluso así de distante. Mientras más se encerrase en sí misma, más motivado se sentía para arremeter contra esas barreras.
Sus alumnos se dirigieron al mini-bus alquilado cantando a los gritos y riendo de las ocurrencias. Para ellos había sido una estupenda excursión. Bienaventurada sea la ingenuidad de la juventud, pensó el entrenador. En la madurez sobrevienen las aprensiones y ya no resulta tan sencillo terminar la jornada solfeando canciones populares con los versos humorísticamente cambiados.
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Byakuya se quedó por unos días. Rukia le preparó un cuarto y por fin alcanzó cierto grado de bienestar mientras lo hacía, pues en su compañía ya no se perdería en vanas divagaciones sino que se dedicaría a escribir y a compartir su tiempo con él. Más adelante resolvería lo demás.
Kuchiki Byakuya, el hijastro del primer matrimonio de su padre, al cual reconoció filialmente, era un hombre de pocas palabras e inapelable actitud. Desde niño se perfiló hacia los negocios y podía decirse que en la actualidad ocupaba un importante lugar entre los empresarios más jóvenes del país. Sin embargo, muchas veces su carácter le había granjeado ciertas dificultades.
Rukia recordaba aún los intentos de sus padres –su madre lo adoraba como si fuera propio- para suavizar ese temperamento, pero lo máximo que consiguieron fue volverlo taciturno. Byakuya alcanzó un grado de autocontrol francamente envidiable, incluso inquietante, pero sin duda lo suficientemente eficaz para poder desenvolverse en el complejo e ingrato mundo en el que se movía. Era parco, huraño e impenetrable, pero sin duda hábil, exigente y exitoso allí donde pisara.
Su hermana lo admiraba. De niña le había temido, pero por alguna razón él siempre se había mostrado dedicado con ella cuando con los demás era impositivo y dominante. De algún secreto modo ella lo doblegaba, y no fue sino hasta que se hizo mayor cuando Rukia comprendió esa clase de sentimientos. Terminó adorándolo sin condiciones. Al conocerlo mejor que nadie, lejos de amilanarla o decepcionarle su actitud, le generó todavía más afecto y devoción.
La muerte de Renji, no obstante, había instalado un quiebre. Rukia no tuvo cabeza para procurar su ayuda y él carecía de desenvoltura para ofrecérsela, por lo que después del funeral se habían distanciado. De ahí en más el tiempo y el orgullo hicieron de las suyas, además de las propias circunstancias y de los intereses que empezaron a guiarlos. Byakuya simplemente se abocó a sus negocios y Rukia simplemente se dedicó a escribir, añorándose el uno al otro sin expresarlo jamás.
Una vez más, Rangiku tomó para sí la carga y decidió que ya era hora de cortar con la estupidez. Veía a Rukia cada vez más sola y recluida, como si no tuviera familia, cuando todavía había alguien que podía hacerla feliz. Entonces ideó el fin de semana de excursión y, después de insistir bastante y alegar recriminaciones futuras, logró convencer al arisco Byakuya de que se sumara al grupo. Y su iniciativa había dado resultado.
Rukia lo supo y se lo agradeció con un cariñoso abrazo al regreso de la excursión. Su hermano se quedaría con ella algunos días más y eso, dentro de las actuales tribulaciones que la acometían, le representó una alegría muy difícil de soslayar. Con él sería fácil relajarse, con él sería bueno dejarse querer sin ambages.
Aunque hablaba poco y ella pasaba gran parte de la tarde escribiendo el último capítulo de la novela, el resto del día leían, comían o bebían una taza de café en mutua compañía y pacífico silencio. Incluso una mañana la ayudó a componer el descuidado jardín, quizás evocando él algún pasaje de la infancia. Esa vez en particular Rukia deseó que Ichigo los viera con el fin de que supiera mantenerse a raya, y la iniciativa había funcionado.
De pronto parecía que sólo ellos vivían en la propiedad, pues su inquilino no volvió a aparecer. Al principio ella sintió un gran alivio, para qué negarlo, era precisamente lo que necesitaba, pero con el correr de los días y su prolongado e inexplicable ausentismo empezó a preguntarse por él. Y eso tampoco podía negarse.
¿Realmente se había dado cuenta de lo importante que era para ella pasar tiempo a solas con su hermano? ¿Hasta ese punto podía descifrarla? ¿Tanto la conocía ya? ¿O Rangiku se lo había pedido así como antes le había encomendado que la alimentase?
Al diablo con él y al diablo consigo misma por volverse tan incoherente.
-¿Te aburre el libro?
Rukia se sobresaltó con la súbita interpelación de Byakuya.
-Oh… No, para nada. Sólo me distraje.
-¿La novela?
-En realidad no, ya casi está lista –comentó ella-. Sólo… me distraje.
Estaban cómodamente instalados en la sala, él en uno de los sillones y ella tendida en el sofá. Como de costumbre leían, pero desde hacía un rato Byakuya había notado el ensimismamiento de su hermana. El libro había quedado olvidado en su regazo y ella parecía abstraída en la contemplación del jardín, que también podía apreciarse desde allí.
Cuando se dio cuenta del descuido, Rukia se lo reprochó interiormente. Maldita sea, sólo se trataba de un inquilino, un sujeto común y corriente sin mayor relevancia en su vida. Diablos, ¡ni siquiera era su pareja! Y por todos los cielos, ¡había sido sólo un beso! ¡Debería poder vivir con ese simple recuerdo! Así que apelando a la sensatez, se obligó a retomar la lectura.
A los pocos minutos, no obstante, sobrevino una interrupción. Unos discretos golpes sonaron en la puerta trasera y la joven se paralizó. Maldito sea el universo y cada uno de sus endemoniados planetas... Byakuya levantó la vista en esa dirección, impasible.
-¿Tu vecino?
-Seguramente –murmuró Rukia, nerviosa. No tendría que haber pensado en él, ¡no tendría que haber pensado en él!
Se hizo un lapso de silenciosa incertidumbre. Luego volvieron a golpear.
-¿Atenderás? –indagó Byakuya, levantando la vista hacia ella.
Entonces la joven tragó saliva con dificultad, entendiendo la ridiculez de su inmovilidad. Dejó el libro, se puso de pie sintiendo el peso de la ansiedad en cada una de sus articulaciones y enfiló hacia la cocina con la actitud de un autómata oxidado. A medio camino, sin embargo, se topó de lleno con Ichigo, que ya se había aventurado al interior.
-Estaba abierto –se excusó, aunque para nada en tono de disculpa.
Rukia se hallaba demasiado turbada como para asombrarse o regañar. Se limitó a asentir. Nunca cerraba con llave porque nunca lo creía preciso.
Permanecieron irresolutos durante algunos instantes, hasta que Ichigo decidió romper el hielo.
-¿Estás sola?
-Mi hermano está en la sala.
-Iré a saludarlo.
-Desde luego –repuso ella. Al menos él fue capaz de conducirse con normalidad.
Fueron hasta allí y Byakuya se levantó para corresponder a su mano tendida. Ya se conocían desde la excursión, por lo que tan sólo ese formulario apretón y un indescifrable cruce de miradas trazaron la conexión. Rukia alzó una ceja, extrañada con tanta formalidad, pero luego meneó la cabeza con resignación. Se trataba de los sujetos más adustos de la tierra.
Superado el primer estupor, dueña ya de sí misma, volvió al sofá y lo invitó a sentarse en el otro sillón, frente a ella, de modo que su campo visual abarcase ambas presencias masculinas. Tomó el libro con gesto distraído, utilizándolo como salvavidas emocional.
-¿Necesitas algo? –indagó.
-Hace días que no te veo y te echo de menos –declaró él abiertamente, mirándola a los ojos.
Rukia casi colapsó. De nuevo alarmada, balbuceó una frase que no supo cómo terminar, la respuesta automática que inconcientemente se escapa cuando en realidad no se sabe qué decir. El muy idiota le venía con un planteo justo delante de su hermano, ¡delante de su propio hermano! ¿En qué rayos estaba pensando? ¿Y quién se creía que era para mirarla de esa manera?
-¿Qué tal tu estadía? –inquirió él luego dirigiéndose a Byakuya, ignorándola olímpicamente. Sonó todo lo amable que cabía esperarse, pero Rukia no pudo dejar de advertir cierto dejo de reproche. ¿Qué demonios le sucedía?
Byakuya conservó su templanza habitual, pero ella sabía que había tomado debida nota de sus palabras. No era ningún tonto.
-Agradable –respondió-, lo suficientemente tranquilo para reposar.
-¿Cuántos días más piensas quedarte?
-Me iré mañana.
-Espero que hayas encontrado todo en orden por aquí.
-He encontrado lo que necesitaba encontrar.
-Eso es bueno, ¿verdad?
-Lo es.
La joven presenció el intercambio mordiéndose el labio inferior. Quiso intervenir pero ellos no se lo permitieron, veloces y directos en sus líneas. Le pareció increíble el descaro de Ichigo, pues a todas luces intentaba hacerle notar a su hermano, a su endiosado e intocable hermano, que estaba estorbando… ¡En su propia cara, además! ¡El muy insensato!
Se puso nerviosa. Ya ni el libro le ofrecía algún amparo. Nunca había hablado de Ichigo con él, sus intenciones distaban mucho de eso, por lo que se preguntó qué estaría pensando Byakuya en ese momento. Él se mantenía tan imperturbable como de costumbre, pero ella sabía que ya había extraído sus propias conclusiones.
Sintió calor en el rostro y se decidió a participar.
-¿Cómo están tus hermanas? –ensayó, tratando de atraer la atención de Ichigo sobre sí.
Pero el joven tampoco era tonto, había ido hasta allí después de varios días conteniéndose y con un propósito muy concreto. El tiempo corría en su contra y de ningún modo permitiría que sus afanes fuesen boicoteados, ya les había cedido espacio suficiente y todavía tenía que lidiar con la testarudez de Rukia.
-Están muy bien, gracias –dijo, dirigiéndole apenas un vistazo, y de inmediato volvió a enfocarse en Byakuya-. ¿Qué tal los negocios? Seguramente no puedas permanecer muy alejado de ellos.
El interpelado concordó con un gesto.
-Ni el contexto económico lo permite –señaló, sin acusar recibo de la indirecta. Rukia, en cambio, se puso de todos los colores y deseó salir eyectada en dirección a Saturno.
-El contexto económico nunca lo permite –convino Ichigo-. Aun así, espero que siempre puedas hacerte un rato para volver aquí. Tu hermana te ha echado de menos.
Esta vez Byakuya le dirigió una mirada a la joven en cuestión. Ella, anonadada con el comentario –aunque secretamente conmovida con su sensibilidad-, boqueó como pez fuera del agua, incapaz de ratificar el enunciado.
-Rukia sabe que la distancia jamás será un obstáculo para la familia –dijo él con parsimonia-. Sabe que puede recurrir a mí cada vez que lo requiera y que la protegeré cada vez que lo necesite. –Luego le clavó los ojos, sutilmente escrutadores-. ¿Crees que haya algo o alguien merodeando en torno a ella que requiera de mi intervención?
Rukia, leyendo entre líneas, volvió a boquear completamente abochornada. No sólo su inquilino, su propio hermano se sumaba ahora a la vergonzosa intencionalidad de marcar territorio. Era de no creer. ¿En dónde creían que estaban? ¿En un maldito espagueti-western?
Pero Ichigo no se dejó amilanar. Al contrario, sonrió de lado, desafiante, casi feliz de haberse topado con un rival de esa talla.
-Absolutamente nadie –respondió. A continuación se inclinó hacia adelante, sosteniéndole la mirada-. Pero si lo hubiera, yo mismo me encargaría del asunto.
Ella puso los ojos en blanco. Del bochorno pasó directamente a la irritación. ¿Es que pensaban seguir hablando con esas ínfulas de superhéroes como si ella no estuviera?
-Hola –saludó con énfasis, por si se les había olvidado su presencia. El intercambio empezó a hastiarle y ellos habían dejado muy en claro su posición como para pretender que nada ocurría.
Ichigo se puso de pie con el propósito de marcharse.
-Voy al súper. ¿Precisas algo de allí? –le preguntó como si nada.
Ella lo miró con el ceño fruncido mientras lo imitaba para acompañarlo hasta la puerta. Sin embargo, el tardío y poco considerado registro de su presencia, además de la desfachatez de su conducta, la detuvieron en la mitad de la intención.
-Nada que puedas traerme –le lanzó, confiando en que sabría interpretar debidamente la carga semántica de sus palabras. Y la carga emocional también.
Pero Ichigo ya sabía cómo manejarse. Entendió su enfado, y le parecía legítimo, pero no se arrepentía de nada. Ella le dejaba muy pocos recursos con los que accionar y por el cielo que los aprovecharía, aunque junto con la confianza se ganase también la consecuente recriminación.
Saludó a Byakuya con una leve inclinación de cabeza y enfiló hasta donde estaba Rukia, de pie en el centro de la sala, todavía mirándolo con reproche. Sin hacerle caso y sin darle tiempo a reaccionar, tomó su cara y la besó en la boca con absoluta naturalidad.
Desde luego, la pobre quedó nula con ese súbito y sostenido contacto. Cuando Ichigo se apartó, aún con su rostro entre las manos, la miró con inesperada seriedad.
-Te veré luego –prometió, y se marchó sin más.
Salió por donde había venido, así que Rukia no tuvo que acompañarlo. Durante algunos instantes permaneció allí parada, perpleja, preguntándose hasta cuándo se sucederían sus infortunios. Y en cuanto cayó en la cuenta de que todo había acontecido delante de su hermano, cuyo escrutinio percibía claramente en la nuca, supo con certeza que no se acabarían allí.
Se giró hacia él como una muñeca a cuerda, pálida hasta lo indecible. Tenía más de treinta años de edad, pero con Byakuya escaneándola de esa manera sintió que volvía a los doce.
-¿Algo que quieras contarme? –preguntó él, al parecer muy poco afectado por la escena que acababa de presenciar, aunque sí interesado.
Ella se dio por vencida. Suspiró con desaliento y dejó que las tribulaciones contenidas por fin se manifestasen en toda su magnitud.
-¿Puedes creer que me esté pasando algo así? ¿Puedes creerlo?
-Aún eres joven.
-¡Pero soy viuda!
Él apenas se removió en su asiento.
-Creo que eres mucho más inteligente que eso, Rukia.
La susodicha reconoció con un gesto vago que había dicho una tontería. Después, algo asombrada, reparó en que finalmente estaba hablando del asunto con la persona a quien más se lo había ocultado, y con quien más necesitaba hacerlo en realidad. Con ese reencuentro había recuperado el faro de su vida, el único mojón en el inacabable territorio de su soledad donde podría hallar todavía un poco de luz y orientación.
-No sé qué hacer –admitió.
-Ya veo.
-¿Qué harías tú en mi lugar?
-Terminar la historia –respondió Byakuya.
-¿Te refieres a la novela? –preguntó Rukia, confusa con la observación-. ¿O te refieres a Renji?
El hombre tomó su libro y se levantó.
-Sabes bien a qué me refiero.
La escritora creyó comprender y asintió con la cabeza. Ése era todo el apoyo que podría obtener de su hermano. Podía estar pendiente, incluso preocupado, pero jamás decidiría en su lugar ni le diría abiertamente lo que tenía que hacer. Y a pesar de la confusión que la embargaba, se lo agradeció de todo corazón.
Le sonrió con dulzura.
-¿Te… te gusta? –se atrevió a preguntar.
Byakuya se detuvo a medio camino de su cuarto.
-Ni un poco –contestó con aspereza-, pero no seré yo quien salga con él. Iré a empacar.
-Jamás creí que volvería a ocurrirme una cosa así otra vez.
Entonces él retomó su camino.
-Tú y yo estamos demasiado acostumbrados a no esperar jamás algo bueno –declaró. Rukia se sintió sobrecogida, entendía bien a qué se refería-. Sin embargo, de vez en cuando, nos ocurren cosas de esa naturaleza. Termina la historia, Rukia, antes de que la confundas con la nueva. Ni siquiera te has dado cuenta de que ésta ya ha comenzado y vas con retraso.
Byakuya desapareció detrás de la puerta. La joven, estremecida, permaneció allí parada, en el exacto lugar en el que Ichigo la había besado y en el que su hermano le había señalado lo obvio. Siempre se había jactado de su intuición como escritora, pero lo cierto era que apenas se había percatado del tramo por donde avanzaban sus pies a esas alturas.
