(Se sienta frente al ordenador) (Entrelaza los dedos) (Se queda mirando)
...
Odio este capítulo y me odio a mí misma.
Gracias a Dios que solo es uno de transición, pero no es de mis favoritos, desde luego. Sin embargo, como ya he dicho antes, las cosas bonitas se avecinan. Y tal. Aquí tenéis la canción: /watch?v=D76RWzFVgUs.
Siento que alguna se lió con el capítulo anterior, espero que aquí le queden las cosas más claras. Gracias a todas por seguir ahí :3
Disclaimers: Evidentemente, Sherlock y todos sus personajes pertenecen a Sir Arthur Conan Doyle. La imagen del avatar es un dibujo de la artista Reapersun. Los títulos de los capítulos, así como la frase introductoria de cada uno, hacen alusión a canciones del grupo The Beatles.
11
I've just seen a face
Jamás he conocido nada parecido. He estado solo, me he perdido cosas y he estado oculto, pues los demás no eran como él.
Realizó el cálculo mental. Una semana, dos días. Nueve días. Considerando la posición de la rendija de luz que entraba por el resquicio de la ventana, debían ser las cinco y media de la tarde. Fuera se escuchaba bullicio, pero daba por sentado que sería una discusión acalorada entre los dos inquilinos. Le picaba la piernas y tenía ganas de ir al servicio pero, de nuevo, se hallaba encadenado con las manos en la espalda y sentado en el frío suelo. Ningún mueble en la habitación, solo la puerta cerrada con tres candados y la ventana con barrotes. Había intentado escaparse antes, pero le había sido imposible. Tanto en aquella habitación como cuando Moriarty le dejaba libre por la casa para cumplir su parte del trato, pero siempre había sido descubierto. La vez que más cerca estuvo de la libertad fue cuando salió hasta el portal y pudo ver en la calle en la que se encontraban después de orientarse. Sin embargo, Sebastian Moran, el perro sarnoso de Moriarty que había conocido durante su estancia en esa casa, le había capturado antes de que pudiera hacer nada más. Le dolía la cabeza de todos los golpes recibidos, sus brazos y torso eran cúmulos de moratones y las piernas casi no le podían sostener.
Aquella noche, en el pabellón, había vendido su alma al diablo. También conocido como Jim Moriarty. A cambio de la libertad y la vida de John Watson, Sherlock debía mostrarle servidumbre para ayudarle a perfeccionar sus intrincados planes y respeto para no atreverse a contradecirle e intentar avisar a alguien de su ubicación. Había usado esas dos palabras; servidumbre y respeto. Dos términos que se le clavaron en la piel como puñales ardiendo. Todo fuera para cuidar a John Watson desde la distancia, se dijo. Le obligaba a enseñarle una foto diaria de John para comprobar que seguía sano y salvo, y como Moriarty era hombre de palabra, Moran se encargaba de ello todos los días.
Recordaba el rostro medio iluminado de John esa noche, en su despedida. Cuando Moriarty le entregó sus condiciones, Sherlock solo le pidió que dejase decirle unas últimas palabras a John. El rubio estaba demasiado cerca de la puerta en ese momento y sabía que si intentaban salir sigilosamente les escucharía, y eso le haría ponerse alerta. Hubiera implicado demasiado a John si hubiese visto a Moriarty, y Sherlock era demasiado egoísta como para pensar en irse sin hablar con él antes.
Esperaba que sus palabras hubiesen sido suficientes para que John entendiera lo que le había querido decir entonces.
El primer día Moriarty quiso que le ayudara a colocar una bomba. Trabajaron codo a codo como si fuesen viejos amigos, compartiendo puntos de vista distintos y sopesando varias opciones. Los siguientes días, el psicópata se percató de que Sherlock estaba frustrando sutilmente sus ideas, ya fuera aguando una bomba dentro de su circuito o dándole unas coordenadas incorrectas. Moriarty premió a Moran dejando que él mismo se encargase de su castigo, y a Moran le encantaba boxear.
Los últimos tres días, Sherlock los había pasado incomunicado en aquella habitación, recibiendo alguna visita del francotirador para deshogarse y quemarse los nudillos o, en el mejor de los casos, para que le diese alguna escasa pero bien recibida comida. Moran parecía tener un gran resentimiento hacia él. Sherlock no dejaba de contemplarle con una sonrisa mientras le vapuleaba.
Sherlock sabía que el desenlace de aquello era inminente. Moriarty se aburría, Sherlock ya no le era de utilidad y no podía quedarse sin su antagonista. Le dejaría libre, el problema era cómo y en qué condiciones.
Alzó la mirada, extrañado. Por encima del zumbido instalado en sus oídos a causa del cansancio, pudo escuchar que el escándalo que procedía fuera de las paredes se intensificaba. Quizá sería el hambre o el entumecimiento de los músculos, pero no se había fijado antes de que no eran solo dos voces las que se escuchaban. Se sobresaltó cuando alguien golpeó la puerta. Escuchó y determinó. Patada properida por un hombre poco robusto, seguramente de estatura baja. Quería alzar la voz para decirle que abriría la puerta a la primera si daba una patada con la fuerza debida justo debajo del pomo, pero su garganta estaba muy seca y sus labios demasiado agrietados como para pensar en abrir la boca. Alguien disparó las cerraduras y la puerta se abrió golpeando la pared contigua. Parpadeó y entornó la vista borrosa. Intuyó que podía tratarse de él, pero su presencia allí le seguía sorprendiendo y provocándole un estímulo en el pecho que sabía perfectamente que ninguna otra cosa podría causar esa reacción, ni siquiera el mejor elaborado de todos los delitos cruentos.
John se acercó y se agachó frente a él con una pistola en la mano. Sherlock torció los labios débilmente con una sonrisa. Había ido a rescatarlo. A pesar de los nueve días, a pesar de su abandono y aunque se tratase de Moriarty le cogía de la barbilla y le examinaba el rostro con ojeras de no haber dormido en unos días y gesto de preocupación, más palido que de costumbre. Sherlock quería reírse entre dientes y decirle que estaba bien y que tenía mala cara, que debía alimentarse como era debido porque dejar de comer no lo iba a traer de vuelta, que dejase de poner esa cara. No sabía si era el delirio por lo exhausto que se encontraba, o por el hambre, o por la tensión de los últimos días o el aburrimiento. Se encontraba embargado de una sensación agradable de candidez y euforia. John estaba allí, con él. No era una visión. No era el único que podía salvar a la gente. Quería abrazarle, besarle, decirle que lo sentía, que no iba a volver a cometer una estupidez así. Que no se enfadase con él. Que lo hizo por él. Que no se esperaba encontrarlo allí. Que era demasiado fiel y su lealtad era insuperable.
John le miró directamente a los ojos y Sherlock guardó la imagen de aquel azul, su cara, cada una de las arrugas y manchas de la piel. Quería que, cuando cerrase los ojos, aún conservase un espectro del rostro de la persona que amaba en sus retinas. Como cuando miraba directamente al sol cuando era pequeño y se quemaba.
—¿Estás bien?
Sherlock asintió con la cabeza a duras penas. Pudo ver cómo John miraba hacia la puerta y llamaba a Lestrade. Había más policías fuera. Moriarty y Moran habían escapado, intuyó Sherlock. El psicópata no había completado su venganza, pero seguramente estaría que no cabría en sí de alegría porque volvía a tener suelto a su querido quebradero de cabeza para jugar con él.
Lestrade se colocó al lado de Sherlock, el cual escuchaba todo muy lejano, como en eco. Solo John y su voz estaban presentes allí. Y su mirada, aliviada, decepcionada, demasiado intensa para aguantarla. Lestrade dejó libre sus manos y Sherlock bufó, notando la carne quemada alrededor de sus muñecas. Lestrade y John hablaron. Sherlock parpadeó lentamente, perdiendo visión.
—John...
El rubio giró el rostro hacia el moreno y pasó una mano por sus sucios rizos con voz tajante.
—Ahora no.
«Está bien», contestó mentalmente Sherlock, y cerró los ojos.
