nota: ¡Feliz año nuevo! Gracias por seguir aquí.
Capítulo 11. Tiempo perdido
Tony esperó aprensivamente a que el avión aterrizara. Sentía el corazón pesado y el estómago hecho un nudo. Desde aquella casi desastrosa primera misión con los Comandos Aulladores, Tony había sido aceptado de muy buena gana para formar parte del equipo, y a partir de entonces había operado algunas misiones con ellos.
Sin embargo, había decidido no acompañarlos en esa última. Sabía muy bien que si hubiese ido con ellos, habría terminado haciendo algo increíblemente estúpido… como decirle a Steve que Bucky caería del tren y se perdería en las montañas. Así que había permanecido en silencio y se había excusado con que tenía trabajo en su laboratorio para no tener que acompañarlos. No obstante, durante todo ese tiempo, la consciencia se lo estuvo comiendo vivo.
Sus ojos tristes observaron al avión tocar tierra. Los Comandos bajaron de la nave; se veían solemnes y demacrados. Tony no necesitó preguntar; sus rostros lo decían todo. Pasaron junto a Tony y le dedicaron sonrisas vagas y tristes antes de desaparecer en búsqueda de soledad. El último en bajar, fue Steve.
Su silueta alta lucía encorvada, pero Tony se dio cuenta de que no estaba llorando. Sus ojos estaban secos cuando descubrió a Tony al otro lado de la plataforma de aterrizaje. Le dedicó una mirada dura y helada antes de girar la cabeza hacia otro lado.
Aquello lastimó a Tony mucho más de lo que éste hubiera creído posible; pero, en el fondo, sabía muy bien que eso era lo que se merecía. Abrumado por el dolor, Tony cerró los ojos y, decaído, se encaminó de regreso hacia su laboratorio, demasiado acobardado como para enfrentar a Steve.
Tony veía sin ver el aparato que tenía entre las manos.
Era una máquina del tiempo finalizada. Una versión mucho más pequeña y portátil que la original, pero hecha de acuerdo a las especificaciones que había dejado su inventor. Ahora, lo único que Tony necesitaba era una fuente de poder y podría irse a casa.
Entonces, ¿por qué no lo hacía?
Su trabajo ahí había concluido: Steve se encontraba a salvo y la historia estaba desarrollándose como debía. Tony ya no era necesario. Podía haberse ido, podía haberse ahorrado la aflicción de ver al hombre que amaba perder a su mejor amigo. Y aun así, Tony no se decidía… No se decidía porque no podía soportar la idea de abandonar a Steve.
—No puedo embriagarme —dijo una voz conocida desde la entrada del laboratorio. Sonaba áspera y profunda—. Y vaya que he tratado.
Tony se giró lentamente para encarar al hombre. Steve estaba apoyado pesadamente contra el marco de la puerta y tenía una botella casi vacía de whisky en una mano. Estaba vistiendo su uniforme de gala pero lo traía más arrugado y desarreglado de lo que Tony se lo había visto nunca. Steve se empujó desde la puerta y lentamente caminó hacia el inventor.
Tony se mantuvo en silencio.
—Acabo de perder a mi mejor amigo… Pero eso creo que tú ya lo sabías.
Habían sido muy pocas las ocasiones en las que Tony había visto a Steve genuinamente enojado… Cuando recién se había despertado del hielo y había descubierto que Fury estaba tratando de engañarlo; cuando habían discutido por culpa de la muerte de Coulson; cuando Tony había llevado el misil hasta la nave alienígena. Pero justo en ese instante, Steve estaba más enojado de lo que Tony lo había visto jamás.
Mientras el rubio se acercaba cada vez más, Tony fue capaz de percibir el olor a alcohol proveniente de él. Steve se detuvo a unos cuantos centímetros de Tony; tenía el gesto deformado por la rabia y el dolor.
—¿Por qué no me dijiste, advertiste… algo? ¿Lo que sea? —le preguntó con voz áspera—. Podía haberlo salvado.
Tony mantuvo el rostro inexpresivo a pesar de que el corazón se le estaba haciendo añicos dentro del pecho. Miró a Steve a los ojos y se quedó así. Steve le correspondió la mirada y apretó fuerte la mandíbula. Abruptamente, se le echó encima y le soltó un puñetazo en la cara.
La cabeza de Tony giró hacia un lado al tiempo que se caía del banco en el que había estado sentado. Se sacudió un poco para aclararse e hizo muecas, la mandíbula ya estaba reventándole del dolor. Se levantó lentamente y continuó sin decir nada. Enderezándose y con las manos a cada lado del cuerpo, volvió a encarar a Steve. Se merecía eso. Cada parte de eso. Si eso le ayudaba, Steve podía golpearlo cuanto quisiera.
—¿Por qué, Tony? —gritó Steve al mismo tiempo que lo cogía de los hombros y lo apretaba con fuerza suficiente como para hacerle moretones—. ¿Por qué?
Tony miró a Steve con impotencia, sus ojos cafés llenos de pesadumbre. ¿Qué podía responderle? ¿Que la muerte de Bucky era importante? ¿Que eso fortalecería la resolución de Steve para vencer a Hydra, y que por último lo conduciría a su destino de dormir durante años bajo el hielo?
Tony creyó que Steve iba a golpearlo otra vez.
Pero entonces unos labios bruscos descendieron sobre los suyos, exigentes y firmes, y, sorprendido, Tony se rindió por voluntad propia. Las manos callosas de Steve le rompieron los pantalones al mismo tiempo que el soldado lo levantaba del suelo con suma facilidad y lo apoyaba de espalda contra la pared. Con una mano firme, Steve tomó a Tony del oscuro cabello y tiró de él hacia un lado, echándole la cabeza hacia atrás, dejando el cuello expuesto.
Entonces Steve estaba bajándose también sus propios pantalones hasta los muslos, mientras Tony le correspondía el beso fervientemente, tratando de expresar los sentimientos que no podía verbalizar. Intentó relajarse cuando los dedos demandantes de Steve entraron en él, apenas preparándolo un poco antes de que la erección del otro se presionara dentro de su cuerpo, ardiente y dolorosa.
Tony se mordió la lengua para no gritar. A pesar del dolor, él también la tenía dura y se sentía en extremo excitado, distantemente sorprendido de que la dominación le pusiera tanto.
Steve no podía pensar con claridad; perder a Bucky lo había dejado devastado. Todo el camino de regreso a casa, había estado oscilando entre la pena por la pérdida y la culpa ante el secreto alivio que había experimentado porque no se había tratado de Tony. Lo estaba destrozando desde adentro, y cuando llegaron y vio al hombre que amaba mirándolo con tristeza y con el aspecto de saber lo que había ocurrido, algo se rompió en su interior.
Y en ese momento, ahí en el laboratorio, Steve empujó sus caderas hacia delante y mordió bruscamente el hombro de Tony, arrancando un grito de dolor de la garganta de su compañero. Mientras se empujaba de nuevo, Steve aferró más duro el cabello de Tony, tirando de él y echando su cabeza hacia atrás. Chupó con brutalidad la suave y tibia piel del cuello de Tony, marcándolo como suyo.
La cabeza de Tony estaba dándole vueltas conforme Steve lo tomaba violentamente contra la pared. Se aferró del rubio cabello de su compañero como si se tratara de un salvavidas.
—Steve —jadeó mientras se arqueaba para encontrarse con las estocadas que le propinaba el otro, la contundente punta de la erección del soldado golpeándolo en el punto preciso. El hombre del futuro no pudo resistirlo mucho más: con un grito se corrió fuerte, el nombre de Steve murmurado entre sus labios.
Gruñendo, el rubio arremetió una vez más antes de dejarse ir, susurrando el nombre de Tony. Jadeando, Steve se desplomó encima de su amante. Con los ojos repentinamente ardientes, enterró la cara contra la tibia piel del hombro de Tony y finalmente permitió que las lágrimas brotaran.
Tony se vio repentinamente arrancado de su éxtasis post orgasmo cuando sintió las lágrimas calientes sobre su piel. Steve estaba todavía enterrado profundamente dentro de él cuando Tony enredó sus piernas y brazos alrededor del otro hombre, abrazándolo firmemente. Besando su cabello suave, Tony murmuraba disculpas sin sentido; sabía que nada de lo que pudiera decir aminoraría el dolor de Steve.
Steve permitió que su pena lo dominara durante un largo rato antes de incorporarse y mirar a Tony a la cara. Las huellas de las lágrimas todavía eran visibles sobre sus mejillas. Sus ojos azules se abrieron lentamente mientras se quedaba congelado; Tony estaba desaliñado y tenía un enorme moretón notándose ya en su mandíbula. Steve pudo ver los chupetones arruinando la piel que él había succionado, así como un verdugón horrible y enorme en su hombro.
Jadeando de la impresión, Steve se echó hacia atrás. Notó que Tony hacía muecas de dolor cuando el miembro del rubio salió de su cuerpo y eso sólo lo hizo sentir peor.
—Tony, yo… Lo siento muchísimo…
¿Qué era lo que había hecho? Impactado, Steve comenzó a respirar erráticamente conforme se movía hacia atrás, sus ojos abiertos con horror.
—No, Steve… Está bien, en serio. —Subiéndose los pantalones, Tony dio un par de pasos titubeantes hacia el soldado, ignorando las protestas de su adolorido cuerpo.
—Tony, yo… —Steve enmudeció; ni siquiera soportaba pensar en la palabra. Igual que un animal, él había… Su mente se rebelaba ante el mero pensamiento.
—¡Steve! —Tony lo tomó de los brazos—. Mírame a los ojos, Steve —ordenó, y el otro hombre elevó la vista lentamente, avergonzado—. No hiciste eso que estás pensando y, además, yo lo disfruté.
Asombrado, Steve parpadeó durante un momento mientras procesaba las palabras.
—¿Te gustó?
Tony soltó una risita y señaló su camisa manchada de semen.
—Sí, supongo que tengo debilidad por la dominación. Realmente no tenía idea de eso. —Sonrió con melancolía; la diversión que se había estado perdiendo…
Steve dio un paso hacia él, dubitativo.
—Lo siento muchísimo, Tony… Yo… Estaba muy molesto.
Asintiendo, Tony tomó las manos de Steve y tiró de él para acercarlo. Lo miró a los ojos y le dijo:
—Tienes todo el derecho del mundo de estar molesto. No hay nada que yo pueda decir que lo haga más fácil, pero créeme cuando te digo que sé exactamente cómo te sientes.
Acercó más a Steve y se lo llevó hacia su camastro. Eventualmente, el soldado se relajó lo suficiente como para acostarse y reposar la cabeza contra el pecho de Tony, escuchando su corazón latir acompañado del suave murmullo mecánico de su pecho. Tony lo besó suavemente en el rubio cabello, cerró los ojos con inmensa pena y pensó en lo que se les venía a continuación. Los eventos ya estaban en marcha, presentándose con vertiginosa rapidez.
Tony Stark deseó con todo su corazón haber podido detener lo que estaba a punto de pasar.
Las cosas avanzaban rápidamente.
En los días que siguieron a la muerte de Bucky, Steve pareció encontrar una absoluta determinación y decisión de terminar con Hydra, por ninguna otra razón más que por venganza.
Para Tony fue una época de emociones en conflicto; él ya había permanecido en el pasado más de un año y medio. Un año y medio que le había cambiado la vida. Ese salto en el tiempo había sido una bendición al igual que una maldición, pero Tony jamás se arrepentiría de ello.
—Esta noche estás terriblemente pensativo —dijo la profunda voz de su amante muy cerca de su oreja. Esa voz que nunca fallaba a la hora de producirle escalofríos por toda la espina dorsal.
—Lo siento, es sólo que tengo muchas cosas en la cabeza —respondió Tony por encima del escándalo que reinaba en el pub.
Esa noche habían salido a beber junto con los otros hombres. Tony estaba con el humor perfecto para tomarse las suficientes bebidas alcohólicas que le ayudaran a silenciar la confusión de su mente y corazón. Estaba parado ante una encrucijada, y era hora de tomar una decisión. De mal humor, se quedó mirando a su cerveza tibia a medio tomar, preguntándose si tendría el valor de cambiar el pasado.
A su lado ante la barra del bar, Steve observaba a su alrededor. Sus ojos miraban con cierta envidia a las parejas que reían alegremente y bailaban en la pista cerca de ellos. ¿Por qué Tony y él no podían tener eso? No parecía justo.
—Tony, en el futuro… ¿es más permisible? —preguntó Steve mientras se sentaba en el banco junto a Tony, extrañamente contemplativo, su cerveza casi intacta.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Tony a su vez con curiosidad.
El soldado se sonrojó y apartó la vista.
—Tú me dijiste una vez que esto no era una enfermedad. Me estaba preguntando si pensabas así porque en el futuro… —fue bajando la voz hasta quedarse callado, luciendo perdido.
Tony echó un vistazo hacia la concurrida pista, observó a las parejas bailando mejilla con mejilla y comprendió al instante lo que Steve quería decir. En ese momento, deseó más que nada en el mundo poder estrechar al otro hombre entre sus brazos.
—Sí, sí lo es —respondió en voz baja, mirando intensamente a los hermosos y tristes ojos de Steve—. Los hombres gay incluso pueden casarse entre ellos. No necesitas ocultar lo que eres.
Steve lucía abrumado.
—¿Ca-casarse? Eso tiene que ser algo digno de verse —dijo apartando la vista, perdiéndose en sus pensamientos una vez más.
Tony tuvo que morderse la lengua. Deseaba decirle a Steve que eso era algo que él podría ver con sus propios ojos.
Se quedaron ahí sentados en silencio durante un largo rato mientras el ruido aumentaba a su alrededor. Los sonidos de un pub inglés abarrotado se convirtieron en un rugido distante al tiempo que ellos simplemente estaban sentados uno al lado del otro, perdidos en un mundo que era sólo de los dos. Entonces, algunos de sus hombres dirigieron a unas chicas hacia la pista, riéndose y coqueteando con ellas mientras comenzaban a bailar. Los ojos oscuros de Tony no perdieron detalle de la mirada anhelante que Steve les dirigió.
—Estoy seguro de que alguna de esas damas estaría encantada de bailar con el Capitán América —sugirió.
—No sé bailar —confesó Steve en un susurro.
—¿Cómo es eso posible? —preguntó Tony con una ceja arqueada.
Steve se encogió de hombros.
—Es difícil aprender cuando te ves como yo me veía. Y luego, comenzó la guerra y eso ya no pareció tan importante. —La mirada de Steve estaba clavada en algún punto del otro lado del pub mientras continuaba hablando—: Alguien me dijo una vez que quizá se debía a que yo no había encontrado todavía a la pareja adecuada. —Miró hacia Tony entonces, una enormidad de emoción en aquellos ojos azules—. Creo que ya la he encontrado, es sólo que no me es permitido.
Tony sintió como si su pecho se desmoronara desde el interior. El hombre del futuro apenas sí fue capaz de resistir el impulso de tomar la enorme mano de Steve, apretarla con fuerza y acercarlo a él. Quería prometerle la Luna, hacerle cualquier promesa eterna, cualquier cosa que Steve deseara más. Pero en vez de eso, por el momento, lo que Tony hizo fue conformarse con un baile.
—Steve, te prometo que un día nosotros tendremos ese baile.
Obtuvo una sonrisita leve y triste por toda respuesta; era como si Steve no le creyera pero en verdad deseara hacerlo.
Dándoles la espalda a las parejas que bailaban en la pista, el Capitán América le dio un sorbo a su cerveza, su estado de ánimo era serio y reflexivo. Para Tony, Steve lucía como si de pronto hubiese tomado algún tipo de decisión.
—Esa pequeña máquina en la que has estado trabajando los últimos días... —comenzó a decir lentamente Steve, mirando fijo hacia su bebida.
Tony se congeló, el vaso de cerveza se quedó a medio camino hacia sus labios. Había estado temiendo esa pregunta. Cerró los ojos y pasó saliva para armarse de valor.
—Es una máquina del tiempo —dijo muy bajito, con vacilación—. Una manera de regresar a casa.
Steve finalmente lo miró a la cara. Su rostro estaba neutral, no revelaba ni una sola emoción.
—Te necesitan allá, ¿cierto? En tu tiempo —preguntó Steve, aunque sonaba más como una afirmación.
Tony parpadeó, abrió y cerró la boca.
—Sí… Bueno, al menos eso espero —intentó bromear pero Steve no sonrió.
—Sabía que algún día tendrías que regresar. Lo supe en el momento en que me dijiste que venías del futuro. Es sólo que… supongo que tenía la esperanza de que… —se silenció y negó con la cabeza. Se veía desolado.
Steve sabía que estaba siendo un tonto; Tony tenía que regresar a su propia época. No existía un futuro para él ahí. No existía un futuro para ellos. Steve había creído que estaba listo para ese momento, para permitir que el hombre que amaba se marchase. Aparentemente, había estado sumamente equivocado.
Tony no tenía la más mínima idea de qué decir. Había pasado toda su vida hablando tanto, y ahora, cuando realmente importaba, no podía encontrar las palabras adecuadas. Frustrado, apartó la vista de los ojos suplicantes de Steve; esos ojos que le estaban rogando por algo, por todo, por una promesa. Cristo, él quería prometerle todo a Steve. Pero no podía decirle lo que necesitaba escuchar con tanta desesperación. Tony nunca se había sentido tan impotente en toda su vida.
—¿Hay alguien…? ¿Hay alguien esperándote? —preguntó Steve con expresión demacrada, con los ojos clavados al otro lado del bar, negándose a mirar directamente hacia Tony.
Tony se asustó ante el cuestionamiento. ¿De verdad Steve acababa de preguntarle eso? El rubio no le estaba dando cuartel en la manera en que demandaba honestidad. Tony asintió lentamente.
—Tengo la esperanza de que haya alguien esperándome —confesó en voz baja.
Quiso golpearse la cabeza contra el bar cuando vio la expresión de dolor en el amado rostro de Steve. Era evidente que se sentía traicionado. No obstante, esa emoción desnuda sólo fue visible durante un segundo antes de desaparecer de la cara del rubio. Y entonces Steve era el Capitán América otra vez, un hombre con un trabajo qué hacer.
—Mañana me voy —confesó Steve. Antes de que Tony pudiera responder, el soldado se puso de pie, mirando hacia todos lados menos a él—. Yo, este… Yo… —Steve le echó un rápido vistazo a los ojos oscuros de Tony, y el dolor que éste vio ahí amenazó con abrumarlo—. Adiós, Tony —dijo Steve.
Se giró sobre sus talones y salió casi corriendo del pub.
Anthony Stark lo miró irse sintiéndose devastado. La multitud en el pub no notó la agitada retirada del Capitán, ni tampoco al hombre sumamente desalentado que se había quedado solo en el bar. Sujetando las manos temblorosas contra la madera maltratada de la barra, Tony confesó en voz baja:
—Eres tú, Steve. Tengo la esperanza de que seas tú quien está esperando por mí.
Steve sentía el corazón hecho pedazos. Se limpió las lágrimas de los ojos mientras observaba distraídamente el horizonte de la ciudad de Nueva York y el perfil de sus edificios, una vista inolvidablemente familiar y, al mismo tiempo, tan diferente en esa época y lugar.
Todavía podía percibir el aroma viciado de cerveza y humo de cigarrillo del pub; podía ver a las parejas riendo y bailando; y, sobre todo, podía escuchar la desgarradora confesión. Aquella noche, él había formulado una pregunta y había obtenido su respuesta. Tony tenía la esperanza de que hubiese alguien esperando por él en la época actual. Esa había sido la respuesta que Steve estaba temiendo, y justo eso era lo que había obtenido al preguntar.
No obstante, Steve no podía enfadarse con el brillante hombre que era Tony, por supuesto que no… Porque Tony había estado con él. Sin importar cuán corto había sido su tiempo juntos, Tony había sido completamente suyo; y Steve siempre sería de Tony, en el pasado y en el futuro.
Su corazón se rompió un poco más mientras cerraba los ojos. Apoyó la frente ardorosa contra la frescura de la enorme ventana que tenía ante él.
—Cap, ¿estás bien? —La suave voz de Natasha interrumpió su sesión de autocompasión—. ¿Qué es? ¿Qué sucede? —Ella se acercó hasta él, preocupada en extremo cuando vio las lágrimas que caían de los ojos azules.
Steve aspiró una temblorosa bocana de aire y miró hacia la lúgubre noche.
—Tony ya va a regresar a casa.
