HOLA!!! Qué tal el fin de semana pasado? Espero lo hayan pasado de lo lindo!! jeje... Y ahora se nos viene un súper feriado largooo!!!

Yo leyendo!! jeje... si puedo les dejo el linck de un reto de lectura en el que estoy metida, que está buenísimo...

Bueno... no tengo nada más pa decir así que... Capítulo!!

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Capítulo 8

Sakura se fue temprano a descansar. Había cenado tranquilamente con Amaya y Tomoyo. No había visto al conde de Ashford desde que por la tarde este saliera a visitar las parcelas de alguno de los arrendatarios.

La verdad es que la conversación de esa tarde con Tomoyo la había hecho pensar y no quería hacerlo, porque ese hombre ya la ponía suficientemente nerviosa tal y como estaban las cosas. Había podido aminorar eso gracias a lo furiosa que la ponía cada vez que estaba cerca, pero si empezaba a creer que después de todo el conde de Ashford tenía corazón, entonces tendría un serio problema.

Llevaba una hora leyendo La Odisea sin que el sueño la venciera. Demasiadas cosas en qué pensar y pocas ganas de ahondar en ello. Estaba por cerrar el libro y ponerse a dar vueltas en la cama, cuando un quejido parecido a un llanto llegó hasta ella. Aguzó el oído para comprobar que lo que había oído no era fruto de su imaginación, cuando de nuevo un sonido lastimero la empujó a levantarse, tomar su bata y salir de la habitación. Menos mal que no se había quitado todavía el maquillaje.

Ahora que estaba en el pasillo, el quejido se oía más claramente. Provenía de una de las habitaciones de los niños. Anduvo varios pasos hasta que se encontró frente a la puerta de la habitación de Shiori y Rika, y la abrió sin más demora. Dejó la lámpara que llevaba en su mano encima de la mesa que separaba las camas de las niñas y miró a ambos lados. Rika estaba durmiendo como un angelito mientras que Shiori empezaba a gritar en sueños.

—Por favor, mamá, por favor, no me dejes. —Sakura se sentó en el borde de la cama y con mucho cuidado movió a la niña llamándola en un susurro.

—Shiori, despierta..., es una pesadilla. —Shiori abrió los ojos mirándola fijamente. —Tranquila, ha sido una pesadilla, ¿estás bien? — Sakura intentó que la niña reaccionara. Parecía tan asustada e indefensa con sus enormes ojos mirándola sin comprender, que antes de pensarlo la abrazó fuerte acunándola en sus brazos. Shiori empezó a decir: "Lo siento, lo siento", mientras unos sollozos desgarradores salían de su garganta.

—Shh..., tranquila, ya ha pasado.

—Ella estaba allí tumbada y tan pálida, y yo la llamaba, pero no me contestaba. Quería que me perdonara.

Sakura sabía que estaba hablando de la muerte de su madre.

—¿Por qué querías que te perdonara?

Shiori se abrazó más fuerte a ella.

—Por mi culpa se puso enferma.

—Eso no es cierto.

La niña se apartó de Sakura sin poder mirarla a los ojos.

—Shiori, mírame, ¿por qué crees eso?

La niña negó con la cabeza enérgicamente.

—Nosotros le rogamos que nos llevara a casa de la señora Milton.

Sakura se sobresaltó al oír la voz de Yukito a sus espaldas.

—Ella no quería ir, pero al final accedió porque le pedimos una y otra vez que nos llevara. Nosotros solo queríamos jugar con sus hijos.

En ese momento, Yukito le pareció un hombre y no el niño de siete años que era. La expresión siempre risueña que hacía brillar constantemente esos hermosos ojos detrás de esas pequeñas gafas había desaparecido para dar lugar a una tristeza que hacía que se le encogiese el corazón. Sabía que Yukito todavía no había terminado. No quería interrumpirlo cuando, por fin, parecía que iba a sacar todo aquello que le venía corroyendo el alma desde hacía tiempo, y que sumía su infancia en un profundo pesar.

Yukito se acercó a su hermana, la tomó de la mano y miró a Sakura.

—La doncella de la señora Milton estaba enferma de unas fiebres. A los pocos días, mamá enfermó.

—¿Y creéis que vosotros tenéis la culpa de ello?

—Si no la hubiésemos hecho ir allí, ella no se hubiese puesto enferma —dijo Shiori mientras intentaba reprimir un sollozo.

—Por el amor de Dios, solo sois unos niños. No podíais saber que la doncella estaba enferma, ni que pasaría lo que después ocurrió. Además, ¿quién os dice que vuestra madre se contagió de esa mujer? Pudo haberse contagiado en cualquier otro lugar. Incluso vosotros podíais haber caído enfermos y entonces, ¿también vuestra madre tendría que haberse sentido culpable por haberos llevado allí? Estoy segura de que os quería más a que nada en el mundo, y sufriría enormemente si supiera como os culpáis por su muerte. ¿Qué crees, Yukito? ¿Qué crees que le gustaría a tu madre, ver cómo te castigas o ver cómo amas la vida que tienes por delante aprovechándola para convertirte en el hombre que siempre esperó que fueras? ¿Cómo la honrarías más? Y tú, Shiori, ¿qué opinas? ¿Qué querría ella?

—Mamá siempre estaba alegre. Decía que había que saborear cada día corno si fuera una gran taza de chocolate —dijo Yukito esbozando una sonrisa.

—¿Lo ves?

—Sakura —dijo Shiori casi en un susurro—, ¿entonces tú crees que ella nos ha perdonado?

—Creo que no tiene nada que perdonar. Vosotros erais su vida y por nada del mundo os hubiese culpado de nada de lo que ocurrió. Fue una desgracia que nada tuvo que ver con vosotros. En la vida esas cosas suceden. Son dolorosas y frustrantes, y siempre tendemos a buscar un culpable porque nos cuesta entender que algo así pueda acontecer, pero no es culpa vuestra, no lo es. Y ahora, venid aquí y dadme un abrazo.

—¡Puaj! —dijo Yukito levantando una ceja, haciendo que su hermana sonriera.

—Yo sí quiero un abrazo —dijo la pequeña Rika estrujándose los ojos con los nudillos.

—¿Qué haces despierta?

—No dejáis de hablar.

—Sí, es verdad. Ven aquí, cariño.

Sakura la tomó en brazos mientras se le ocurría una idea.

—Ya que estamos todos despiertos y por lo que veo con pocas ganas de dormir, ¿por qué no hacemos una travesura?

—¿Como qué? —preguntó Yukito que siempre se apuntaba a todo lo que no fuera hacer lo debido.

—Cuando no podía dormir, mi tía siempre me llevaba a la cocina y preparaba un chocolate bien caliente.

—Pero es medianoche, y no habrá nadie levantado —dijo Shiori.

—Por eso es divertido —le contestó Yukito.

—Entonces, ¿nos adentramos en el peligroso mundo de lo desconocido?

Yukito hizo una reverencia con una elegancia inusual para su corta edad.

—Desde luego, mi capitana.

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—Este chocolate está delicioso —dijo Shiori mientas tomaba una segunda taza.

Les había costado más de un cuarto de hora encontrar el chocolate y un recipiente para prepararlo, pero había merecido la pena. Todos habían cooperado como si el hecho de estar haciendo algo indebido realzara el sabor de ese chocolate hasta convertirlo en un delicioso manjar.

—¿Todas las institutrices son como tú? —le preguntó Rika. Yukito miró a su hermana pequeña mientras le sostenía el tazón que la niña apenas podía levantar.

—No lo creo.

—¿Por qué? ¿No te gusta como soy? —le pregunto Sakura divertida.

—Claro que me gusta, señorita Greyson, solo es que si todas las institutrices son como usted, entonces no entiendo por qué Yuki y Shio no querían que se quedara.

A Yukito se le escapó el tazón de Rika, con lo que manchó el camisón de su hermana desde al cuello hasta los pies.

—Rika, nunca aprenderás a mantener la boca cerrada.

—¿Qué he hecho ahora?

Shiori tocó la mano de Sakura para que le prestara atención.

—Señorita Greyson, eso era antes, cuando no la conocíamos, pero ahora nos alegramos de que esté aquí.

Yukito asintió con la cabeza, mientras intentaba limpiar a Rika.

—Gracias —dijo Sakura emocionada—. Yukito, déjame a mí. —le dijo alzando a la niña—. Esto no tiene arreglo, así que será mejor que subamos a cambiarte, hace horas que deberíais estar durmiendo.

Todos salieron de la cocina atravesando el pasillo que llevaba hasta el vestíbulo. Yukito se escurrió mientras corría detrás de ellas y el descubrimiento lo fascinó.

—Eh, señorita Greyson, por aquí se puede patinar.

En un santiamén, todos estaban deslizándose sobre el finísimo piso lustrado camino a las escaleras.

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Shaoran parpadeó varias veces para cerciorarse de que no estaba viendo visiones. Había previsto llegar para la cena, pero el molino del viejo Dickins, al que se le había roto un eje, lo había retrasado lo indecible. Al llegar era ya medianoche y todos parecían estar dormidos. Se había detenido en el estudio unos minutos para: beber una copa de coñac y poder tomarse un momento antes de subir a su habitación cuando unos sonidos de risas entrecortadas le llegaron desde el vestíbulo. Creyendo que algún criado coqueteaba abiertamente con una de las sirvientas, se levantó y vio algo parecido a su sobrino, en camisón, deslizándose por el suelo mientras hacía aspavientos con los brazos en un intento desesperado por no chocar contra la baranda de la escalera principal. Con una rápida reacción, lo tomó al vuelo y evitó que el niño se estampara contra la madera.

Antes de poder decir nada, Shiori y Rika chocaron con su espalda, sobresaltadas al darse cuenta de que las habían descubierto en plena acción.

—¿Pero qué...?

No pudo terminar la frase porque la institutriz, la que debía ser modelo de disciplina y autoridad para sus sobrinos, estaba en bata patinando detrás de los niños como una colegiala.

—Allá voy, niños...

A Sakura se le cortó la respiración. Allí delante, a tan solo unos metros, estaba el conde de Ashford mirándola primero con estupefacción y después con una frialdad extrema. Hizo todo lo posible por frenar, pero fue inútil. Se estampó contra él, lo que hizo que perdiera el equilibrio y quedara despatarrada en el suelo junto a sus pies. Hubiese querido que la tierra se la tragara y de buena gana se hubiese encerrado en un calabozo oscuro y frío y hubiese tirado la llave.

Shaoran estaba controlándose para no ponerse a gritar allí mismo. Dejó a Yukito en el suelo, respirando lentamente para calmar las ganas que tenía de estrangular a aquella mujer. Se pasó la mano por la cara sintiendo que algo pringoso se le pegaba a la mejilla.

—¿Pero qué demonios...?

—Chocolate —dijo Yukito en un susurro. La voz se le había ido apagando al ver la expresión de su tío, hasta quedar finalmente en nada.

Sakura vio como el párpado del Conde empezaba a temblar. Nunca había visto un volcán en erupción, pero podía imaginar que sería algo parecido a eso.

—Niños, subid a acostaros. La señorita Greyson se quedará un rato. Ella y yo tenemos que hablar.

Las palabras de Shaoran habían sido pronunciadas con una calma que erizaba los pelos de la nuca. Cada sílaba cortaba el aire como una espada bien afilada. Los tres niños se quedaron mirándola como si esperaran que ella les dijese lo que debían hacer, lo que provocó que el otro párpado del Conde empezara a temblar sin ningún reparo.

—Haced lo que os ha dicho vuestro tío. Después subiré a veros.

—No contéis con ello. La conversación que mantendré con vuestra institutriz será bastante larga —dijo Shaoran entre dientes.

Los niños subieron las escaleras hasta el piso superior mientras la miraban con cara de pena, como si fuera un condenado a muerte, en sus últimos minutos de vida. Sakura sentía a lo lejos el redoble del tambor a la espera de la señal. ¿O es que escuchaba los latidos de su corazón en los oídos? Más bien sería eso último, porque lo sentía como un caballo desbocado dentro de su pecho. De todas maneras, no se iba dejar intimidar, porque si bien había cometido una imprudencia que la había llevado a sufrir la peor humillación de su vida, tampoco era para que la mirara como si ella sólita hubiese provocado una crisis política. Sakura miró a Shaoran de reojo. Estaba apoyado en la puerta del estudio esperando a que ella entrase. Quedaba claro que no la iba a dejar escapar. La verdad era que la idea de huir se le había pasado por la imaginación, porque la escalera estaba tentadoramente cerca, pero, era demasiada distancia hasta su cuarto como para cubrirla sin que le diera alcance. Y si así fuera, no creía que el Conde fuera muy gentil en maneras. Seguramente la arrastraría de nuevo hasta abajo, donde le daría el sermón del siglo.

Ella era una mujer adulta y no una niña de dos años, se recordó para infundirse seguridad. La misma seguridad que empezó a flaquear cuando el conde de Ashford soltó una blasfemia al mirarse en el espejo que había frente al estudio.

La verdad es que tenía el rostro manchado de chocolate, lo que hacía que su imagen pareciera un poco menos fiera. Sakura no pudo evitar sonreír ante la cara de fastidio que puso mientras intentaba quitarse los manchones marrones con un pañuelo. En ese momento la miró e hizo que la sonrisa se le atragantara. Extendiendo su brazo izquierdo hacia el interior de la habitación, dijo como una tetera a punto de explotar:

—Pase o no respondo de mí.

Sakura hubiese jurado que incluso había tartamudeado la parte final. Eso era muy mala señal. Pasó al interior del estudio intentando mantenerse a distancia del hombre de las cavernas.

Shaoran sabía que no era para tanto, pero esa mujer tenía algo que hacía que perdiera los estribos de una manera alarmante. Había que reconocer que era muy buena en eso. La miró largo rato antes de pedirle que se sentara en uno de los sillones que había cerca del hogar. Ella tuvo la osadía de negar con la cabeza. Era el colmo. Parecía que disfrutaba llevándole la contraria. Hubiese sido el arma perfecta para Napoleón. Seguramente sus enemigos se hubiesen rendido con tal de tener que soportarla.

—Siéntese ya.

—Estoy mejor de pie, milord.

Shaoran dio un paso al frente, y antes de que pudiera saber que había ocurrido, se encontraba sentada, con el Conde a escasos centímetros de su cara, quien apoyaba las manos en los brazos del sillón y cubría el frente con el cuerpo.

—Escúcheme bien, señorita Greyson. Hoy ya ha cubierto el cupo de impertinencias. Una más y la estrangulo.

—Deduzco que está enfadado.

—¡Qué perspicaz! Tanta observación me deja abrumado. ¿Cómo habrá podido darse cuenta?

Estaba claro que eso no era una pregunta, simplemente estaba siendo sarcástico y se le notaba francamente bien.

—De acuerdo, está enfadado. ¿Y qué quiere que haga? ¿Que me ponga de rodillas y le pida perdón?

Una siniestra sonrisa se dibujó en los labios del Conde.

—Ni lo piense.

Sakura contuvo el aliento solo unos segundos antes de continuar. Sabía que el conde de Ashford tenía toda la razón del mundo para estar enfadado. No era normal ver a sus sobrinos a esas horas de la noche correteando por el vestíbulo, y menos, animados por la institutriz.

—Sé que he cometido un error y lo lamento. Solo puedo prometerle que no volverá a ocurrir.

—¡Un error! ¿Qué ha sido exactamente un error? ¿Que los niños estuviesen de juerga a la madrugada o que su institutriz pareciera una chiflada?

—¿Las dos cosas?

—Sakura, no estoy para bromas.

El sonido de su nombre en sus labios tuvo un efecto en ella difícil de ignorar. Era la primera vez que la llamaba así. Hasta ese momento siempre se había dirigido a ella como señorita Greyson, un apellido que no era el suyo, sino el de la mujer cuyo papel estaba representando Sin embargo, al escucharlo decir su nombre...

—¿Qué le ocurre? ¿Se ha quedado muda de repente?

Sakura tuvo que reconocer que parte del encanto se había disipado porque ¿no era verdad que la primera vez que la llamaba Sakura era porque estaba enfadado, a punto de que se le saltaran las venas del cuello?

—No, es que no quisiera decir algo que haga que su vena de ahí estalle en mil pedazos. Shaoran cerró los ojos un momento pidiendo al cielo que le diera la paciencia necesaria.

—Por favor, arriésguese.

—De acuerdo, pero ¿podría dejarme un poco de espacio?

Shaoran se alejó unos pasos y se sentó en el sillón de enfrente, apoyando en las rodillas e inclinándose levemente hacia delante.

—Shiori tuvo una pesadilla. Yo ya estaba en mi cama intentando dormir cuando la oí quejarse. Fui al cuarto, la desperté y estuvimos hablando.

—¿Y…?

Sakura puso cara de póquer, y Shaoran empezó a desesperarse.

—¿Cómo demonios acabó aquí abajo con los tres niños?

—Yukito y Rika se despertaron al oír a su hermana. Después, como no podían dormir, se me ocurrió que un chocolate bien caliente les haría conciliar el sueño.

—Dígame —le dijo Shaoran levantando una ceja—, ¿bebieron el chocolate o se lo tiraron por encima?

—Eso fue un accidente. A la pobre Rika se le escapó la taza y...

—¡Está bien, déjelo!

—Usted quiso que se lo explicara. —Sakura vio que Shaoran apretaba los dientes mientras se llevaba una mano a la cabeza para luego bajarla hasta el cuello. Cuando la miró, cerró los ojos como si la luz le molestara. Durante la conversación lo había hecho varias veces, pero pensaba que era producto del enfado… ahora no estaba muy segura. —¿Está bien?

—Si, perfectamente. Es muy tarde, así que váyase a dormir. Sakura se levantó y, deseándole buenas noches, se dispuso y abandono la habitación. Desde la puerta lo miró y sus sospechas incrementándose. El conde de Ashford se sujetaba la cabeza con ambas manos frotándose las sienes. Era una jaqueca y de las fuertes. Sabía reconocerlas porque durante toda su vida había convivido con las de su tía.

Sin saber por qué, le angustiaba verlo así. Su tía utilizaba un remedio casero a base de hierbas. A Sonomi, con lo despistada que era, siempre se le olvidaban y para Sakura se hizo una costumbre llevar varias encima. Subió a su habitación lo más rápido que pudo esperaba que esta vez no las hubiese dejado atrás. Miró en su bolso y suspiró al ver que allí estaban. Hizo una infusión con ellas y volvió al estudio, Shaoran había echado la cabeza hacia atrás apoyándola en el sillón, en un intento de calmar el insistente dolor. Esa jaqueca lo había tomado por sorpresa. Generalmente empezaba con un leve malestar, que a veces se pasaba sin más y otras le producía la jaqueca que tanto odiaba. No iba a echarle la culpa a la institutriz, pero estaba claro que su enfrentamiento no había hecho nada por calmar el dolor, era una mujer desesperante que tenía las agallas de hacerle frente. Muchos hombres curtidos se habían sentido intimidados por su mirada, mientras que la señorita Greyson se había atrevido a bromear sobre su evidente irritación. A su pesar, tuvo que sonreír porque esa mujer exasperante, impertinente y sabelotodo, en el fondo, lo intrigaba, porque como estaba empezando a descubrir, había cosas en ella que no eran lo que parecían. Se había quedado de piedra al verla patinar en bata por el vestíbulo. ¡Dios mío, y solo llevaba allí una semana!

—Tómese esto.

Se sobresaltó al oír la voz de la señorita Greyson. Al abrir los ojos la vio a su lado ofreciéndole un vaso con un líquido de color verde de no muy buen aspecto.

—¿Intenta envenenarme?

—Es una buena idea, pero no. No creo que quedara muy bien en mi carta de recomendación.

—Muy graciosa. ¿Qué es?

—Es para su jaqueca.

—¿Cómo ha sabido que...?

—Es fácil. Entorna los ojos, se mesa los cabellos, se masajea el cuello y las sienes.

—Entiendo.

—Mi tía sufría fuertes jaquecas y nada le servía hasta que un boticario le dio unas hierbas. Desde entonces nunca le faltan. No se le quitará del todo, pero le aliviará el dolor.

Shaoran tomó el vaso con dos dedos y acercándoselo a la boca lo bebió de un tirón.

—Espero que esto funcione, señorita Greyson, porque es lo más horrible que he probado en mi vida.

—Sí —dijo Sakura riendo—, eso mismo decía mi tía.

El Conde la miró fijamente durante unos segundos antes de apoyar nuevamente la cabeza en el respaldo del sillón.

—¿Desde cuándo sufre estas jaquecas? Shaoran hizo una mueca al recordar la travesura infantil.

—Cuando era solo un niño siempre estaba andando detrás de Christopher. Un día quise hacer lo mismo que él y me subí a un árbol. Me caí de una altura considerable y desde entonces tengo estos dolores.

—Tiene suerte. Podría haberse matado.

—Sí, eso mismo dijo mi padre. Primero me abrazó, después dejó que me recuperara y cuando el médico le dijo que estaba bien me castigo casi de por vida. Nunca olvidaré su cara al levantarme del suelo. Nunca lo había visto tan asustado.

—Debía de quererlo mucho.

Shaoran percibió una nota de pesar en sus palabras. La miró fijamente. Con la bata fuertemente anudada, su silueta era casi exquisita. Nunca hubiese podido imaginarlo después de haberla visto con esos vestidos anchos y sobrios. Sus ojos, que ocultaba tras gruesas gafas, parecían querer esquivar los suyos en un intento de no dejarle ver algo que la hacía vulnerable. «En eso nos parecemos», se dijo mientras empezaba a sentir una extraña necesidad de saber más cosas de ella.

—Imagino que su padre la mimaría.

Sakura apartó la mirada. Ese hombre parecía leer en sus ojos.

—No llegué a conocer a mi padre.

—Lo lamento.

—No importa. No se puede echar en falta algo que no se tiene.

—Yo creo que sí —le dijo suavemente.

Parecía que la comprendía más de lo que ella pudiese esperar y eso la asustaba. Aun interpretando un papel, Shaoran parecía poder ver a la verdadera Sakura.

—Lamento sinceramente lo de esta noche —le dijo intentando cambiar de tema—. No tenía la intención de montar el número del patinaje, pero intentaba que los niños se sintieran mejor. ¿Sabía que se culpan de la muerte de su madre?

Shaoran se inclinó hacia ella prestándole toda su atención.

—No, no lo sabía. ¿Por qué se culpan?

—Quiero que me prometa que esto no saldrá de aquí. Esos niños han confiado en mí y no quiero que crean que los traiciono.

—Entonces, ¿por qué me lo cuenta?

—Yukito lo admira y Shiori siempre está pendiente de sus palabras. No pueden contarle a su padre que se culpan. Quizá Shiori podría decírselo a Amaya o a Tomoyo, pero Yukito no. Quiere hacerse el fuerte tanto por él como por sus hermanas. Necesita hablar con alguien y creo que usted sería la persona adecuada.

—Hablaré con él.

—Gracias. ¿Sabe que hemos estado más de un minuto sin discutir?

—Sí, y eso me lleva a preguntarle, ¿qué diablos llevaba esa infusión?

Sakura no pudo evitar soltar una carcajada.

—Debería reír más —dijo Shaoran en un susurro—, no parecería tan estirada.

—Veo que las hierbas están empezando a surtir efecto.

—Así es —le contestó con una sonrisa en los labios.

—Debo irme a la cama. Espero que descanse bien.

Al pasar por su lado, Shaoran le tomó la muñeca, con lo que Sakura sintió como todo Su cuerpo se estremecía al contacto de su mano.

—Gracias.

—¿Qué? —dijo Sakura.

—Por las hierbas.

—De nada. Buenas noches.

Antes de un segundo, ya estaba subiendo las escaleras hacia la primera planta. Había salido de allí como si en ello le fuese la vida. Ya no podía mentirse más. Tenía un serio problema.

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Ahh... Esa no se la esperaban verdad? Los 4 patinando?... Jeje... Fue una escena muy divertida.

Ahora... Ok. Houston tenemos un problema!!! O.o!!!?!?!?!? Qué pasó acá?... jeje.. Creen que tiene un problema? O un problemon?... Cuando nuestro lobito quiere, puede ser un dulce de leche!! jeje