Capítulo nueve.

A veces, rompes tu palabra.

El cambio había llegado con una grata sorpresa y el regreso a su antigua tierra. Las notificaciones eran la pauta excesiva de felicidad que tendría para entregar nada más poner un pie en España. Pero la congoja de su pecho no había forma de sacarla. Por ese mismo motivo se había tomado el "placer" de unas largas vacaciones.

Durante ese largo tiempo había estado ausente. Demasiado quizás. Su mundo se dirigía de las notas al sueño. Apenas comía y había dejado el piso sin darse cuenta para terminar conviviendo en casa de Ann. Ryoma no había hecho intento de acercarse y Momoshiro lo culpaba de orgulloso. Decía que si realmente no había hecho nada y le importara, tendría los suficientes testículos para bajarse los pantalones y aclarar las cosas. Pero era demasiado orgulloso para tal rebajada de moralidad.

Y ella le tenía tanto pánico que no se había atrevido a acercarse a él. Ni siquiera iba al restaurante y había dejado de lado su palabra de leer, excepto que no estuviera presente. Momoshiro por tal de los negocios había echado a su socio los días que ella iba a leer y Ryoma no había hecho intento por desobedecer.

Encontró un trabajo a medio tiempo gracias a Ann en una tiendecita en la que únicamente debía de encargarse de los accesorios, sin tener que estar cara al público y en un rinconcito oculta. Con ese dinero y el ganado en el restaurante, lograba pagarse los costes en casa de Ann y el viaje a España.

Había avisado a Rinko y ésta le prometió que Nanjiro iría a buscarla y así fue. Su gran protector se notaba desde la lejanía quien era. Sonreía ampliamente y movía la mano frenéticamente mientras de paso observaba con descaro a una joven de pechos sobresalientes. Casi sintió deseos de huir, pero era la única persona que conocía ahí y tenía que quedarse con ella sin más remedio. Aunque fuera vergonzoso.

—Bienvenida, Sakuno-chan— canturreo cogiéndole la maleta y manteniendo las distancias— ¿Cómo ha ido el viaje?

—Muy bien— contestó con una sonrisa de agradecimiento — no viene demasiada gente y me sentí a gusto.

—Rinko procuró que fuera un viaje agradable. No es fácil conseguirlo. Siempre me pregunto qué contactos puede llegar a tener mi mujer. Da miedo muchas veces— y rió fuertemente— supongo que es de buena sangre.

—Es estupenda— corroboró, sentándose en la parte trasera del coche y apartada del asiento del conductor— ¿está en casa?

—Tuvo que ir a una reunión con su editor. Al parecer tienen un problema con su último escrito. Creo que ya lo has leído— se encogió de hombros, restándole importancia— igual ya está en casa porque se fue por la mañana temprano.

—Tengo muchas ganas de verla. Además, he traído lo que me pidió y estoy muy emocionada de poder enseñárselo.

Nanjiro cabeceó afirmativamente y condujo finalmente en silencio, rompiéndolo de vez en cuando para pelearse con los semáforos. El aroma era tan diferente, refrescante. Casi podía sentir como el aroma de mar se pegaba a su piel. Hubieran sido agradables recuerdos de melancolía si hubiera tenido realmente buenos recuerdos que guardar y disfrutar ahora.

Pero eran tantos los agresivos recuerdos que superaban a los buenos vividos con la familia Echizen que apenas sentía deseos de acoger el aroma en su piel. Sin embargo, sintió deseos de llorar cuando vio la casa frente a sus ojos y Nanjiro esperaba a que entrase. El perfume a los inciensos y el aroma del mar la inundó completamente. Abrió la puerta trasera, encontrándose con la arena cerca de la misma entrada y a lo lejos, la azulada agua.

Caminó por la arena tras desnudarse los pies, sintiendo como alguien la miraba desde lejos. Volviéndose, se encontró con la mirada de Osakada. Desde el balcón, con los ojos abiertos como platos y medio cuerpo fuera. Estaba segura de que si hubiera tenido la oportunidad se habría tirado contra el suelo de golpe por tal de ir con ella. Pero no le permitiría el hecho. Giró sobre sus talones y se refugió dentro de la casa.

Oler una vez más el aroma de su habitación le produjo la misma sensación intranquila y asfixiante que cuando había mirado la puerta cerrada del dormitorio de Ryoma. En esa habitación había compartido muchas cosas con él. Todavía seguía a los pies de esta la manta que utilizaban para dormir la siesta. El perfume de la colonia que solía utilizar inundaba cada parte de aquel trocito de tela. Sintió deseos de tirarla en el armario y no volver a cogerla jamás. Pero era irónico porque tenía que meter la ropa dentro de él.

Rinko parecía haberse encargado de la limpieza de su habitación y por el olor y color indicaba que no había sido especialmente porque ella fuera a visitarla. La persiana abierta la hizo sonreír, imaginándose cuando recién vivía ahí y como Eiji daba saltitos para poder llegar y avisarla.

Entonces, volvió a acordarse irremediablemente de Tomoka.

Desde el día que salió corriendo Tomoka no se acercó a ella. Incluso se marchó antes que Eiji abandonara Japón. Eiji y Kintaro se encontraron en ese transcurso. Fue verdaderamente cómico verlos juntos. Pero encajaron a la perfección, solo que comenzó a tener dos guardaespaldas encima repentinamente, al menos, hasta que Eiji regresó a España. Y ahora mismo, no tenía ganas de encontrarse con ella. No quería escuchar explicaciones y esperaba que no hiciera el intento.

Ryoma y ella habían tenido algo. Perfecto. ¿Pero por qué demonios estaban aterrada y dolorida hasta el punto de tener que huir? Por un motivo creía que era porque la había utilizado. Porque se había comportado vergonzosamente al dejarle besarla y tocarla. Por dormir con él como si fueran simples niños cuando ya no lo eran. No existía ninguna marca que demostrara que él era suyo.

Y si lo pensaba mejor, había utilizado demasiado tiempo a Ryoma. Siempre apoyándose en él, siempre sorprendiéndose de que estuviera ahí cuando lo necesitaba. De que se interpusiera entre la realidad y sus pesadillas. Era su punto de apoyo y maldición, lo echaba de menos. Desde que lo había conocido lo había tenido a su lado, siempre silenciosamente apoyándola, acogiéndola y protegiéndola como nadie jamás hizo.

El sonido de la puerta al cerrarse y abrirse y la cantarina voz de Rinko la hizo sonreír. Amaba a esa mujer. Dejó las cosas sobre la cama y salió corriendo. Rinko la apresó entre sus brazos y ella correspondió, escondiendo su rostro en la arruga del cuello contrario, gimoteando.

—Bienvenida a casa, Sakuno.

Afirmó agradecida, tocándole las mejillas y sonriendo mientras las lágrimas recorrían su rostro.

— ¿Has sacado las cosas de la maleta ya? — Ella negó— deja entonces que te ayude.

Asintió y caminaron ambas en silencio hasta su dormitorio. Con una pauta simple deshicieron su maleta. Finalmente, Rinko se sentó sobre la cama y la miró preocupada.

—Sakuno… ¿Cómo está Ryoma?

Se estremeció, inquieta.

—No… no lo veo desde hace tiempo. No sé cómo estará.

Rinko agrandó los ojos en desmesura.

—Niña loca, ¿cómo que no sabes cómo está? ¿Qué ha pasado? Porque eso me lleva a pensar que Ryoma no mintió cuando le llamé y me dijo que no sabía que habías comprado un billete y venías de regreso a España— acentuó.

—Cierto. Ryoma-kun no lo sabe. Como dije, hace tiempo que no lo veo— repitió, sintiéndose estúpidamente frustrada y furiosa consigo misma— estoy viviendo con una amiga japonesa que dentro de poco se casará— aclaró, sonriendo ligeramente ansiosa— entonces, me quedaré con su piso hasta que pueda tomar mis propias decisiones financieras. Por cierto, te traje el guión como me pediste.

La mujer frunció el ceño, observándola con firmeza pero sin agresividad. Sakuno sabía perfectamente qué era aquello. Lo había visto ejercer con Ryoma y con ella alguna que otra vez cuando todavía eran niños. Quizás, para Rinko, en Japón si eran críos y por eso utilizaba esa idea en España pese a que ya era un año mayor de la mayoría de edad.

—"No cambies de tema, jovencita" — citó—. ¿Verdad?

Rinko asintió y ella se sentó a su lado en la cama.

—Vale… entonces, tendré que contártelo todo.

Casi con un nudo en la garganta contó lo más claro que pudo lo sucedido. Rinko escuchó pacientemente sin inmutarse ni una sola vez ni culparla o culpar a Ryoma o Tomoka. Pero cuando terminó su relato la abrazó tiernamente y besó la sien.

—Pobre niña— susurró— has perdido tantas cosas de la vida que ahora no sabes qué es lo que sientes o debes de hacer. Eres como una mariposa perdida en un gran campo de flores que no sabe cuál de ellas escoger. ¿Cuál será la idónea para ti?

Parpadeó, completamente perdida. Si bien era cierto que no había vivido como las típicas adolescentes enamoradizas porque tenía miedo y no el tiempo suficiente para perder pensando en éste o en tal cual, tampoco se creía tan perdida. Ryoma era libre de acostarse con quien quisiera. Pero de ahí a escuchar lo que tenía que decirle había un gran roel.

—Solo no quiero que me explique lo que pasó o que me mire como si fuéramos culpables ambos. Yo por no escucharle y él por haber estado con Tomo-chan.

Rinko le acaricio los cabellos, haciendo que la mirase.

—Sakuno, ¿tú eres consciente de que mi hijo es un hombre? Tiene deseos y ansia tener contacto femenino. Es normal que de vez en cuando quiera estar con una mujer. Si realmente hubo algo entre ellos, quizás deberías de pensar que fue necesario. Ryoma… mira, te seré sincera: Ryoma se ha estado controlado durante muchos años. Desde que descubrió su sexualidad ansiaba lanzarse sobre ti. Deberías de respetarle tanto como él lo ha hecho contigo.

Se estremeció avergonzada, deseando meterse entre las sábanas y no salir jamás de ahí. Rinko hablaba con soltura de las relaciones entre un hombre y una mujer. No le veía nada impúdico al sexo fuera del matrimonio o al sexo simplemente por sexo. Sus escritos difuminaban correctamente sus pensamientos.

Pero para ella no era tan sencillo. Todavía tenía en la mente la noche de navidad y lo que pudo haber pasado todas y cada una de las noches que dormía con él. También, intentó esquivar el recuerdo de Ryoma levantándose a mitad de la noche, maldiciendo y rompiendo su contacto para darse una ducha.

No, esas cosas no eran para recordar y esas cosas no tenían que suceder con ella. Con Tomoka estaban bien. Con otra todavía mejor. Era solo que… incomodaban. Le hacían sentir un terrible malestar en su vientre y unas ganas locas de gemir. La estremecían por alguna razón y provocaban que su mente dibujara cosas extrañas, de contacto humano, que jamás podría tener.

Era ridículo que lograra despertar la necesidad masculina de un hombre y si así fuera, no creía que Ryoma encontrara la necesidad de tener sexo con una mujer plana como una tabla, de curvas 0 y belleza amortiguada por un montón de cicatrices. No era de extrañar que necesitara a una mujer como Tomoka. Lo comprendía. Perfectamente.

Pero de ahí a aceptarlo como si nada…. No. Por alguna razón, no.

—Bueno, ahora déjame leer esa historia que mencionaste.

Afirmó, entregándole la carpeta que siempre llevaba dentro de su bolso con folios limpios para poder tomar apuntes y con las hojas escritas de su historia. Rinko cogió los papeles con sumo cuidado, mirando el título con asombro.

—"La niña que nadie amaba". Es curioso que hayas comprendido una de las partes más importante como escritora.

—Tú me lo enseñaste— correspondió sintiéndose aturdida— ¿Está mal?

—En absoluto. Déjamelo hasta mañana. Lo tendré leído y te daré mi más sincera opinión. ¿Realmente deseas publicar esto?

Se estrujó las manos silenciosamente y cabeceó afirmativamente. La decisión había sido tomada desde la primera palabra hasta la última palabra. Rinko estaba seria mientras ojeaba por encima las hojas, pero sonrió cuando volvió a guardarla y a colocarse la carpeta contra el pecho.

—Bueno, ¿qué te parece si vamos a cenar a tu restaurante favorito? Así podemos celebrar que estés en casa y… — la observó en espera, sonriendo maliciosa— ¿Quizás las notas?

Se golpeó la frente al recordar, buscando entre sus cosas de nuevo y entregándole el papel correspondiente. Rinko las miró minuciosamente y con gran gusto al ver que notificaciones más excelentes. No era extraño cuando te pasabas todo el día con los morros dentro de un libro al no tener nada mejor que hacer.

—Bueno, chicas, ¿lo celebramos o no? — Bromeó Nanjiro desde la puerta. Rinko asintió.

—Haz la reserva.

Nanjiro se fue canturreando hasta el teléfono. Se le escuchó como hablaba con el dependiente y reía alegremente. Rinko suspiró, levantándose.

—Hay otra cosa que tengo que contarte, Sakuno. Creo que muy importante. No quise decírtela en Japón porque creía que era mejor que te concentraras en tu nueva vida, especialmente cuando vi que habías vuelto a encontrarte con Tooyama.

Parpadeó, presa de la incógnita. ¿Qué había pasado para que fuera mejor escondérselo? La mujer se humedeció los labios antes de continuar.

—Un familiar tuyo murió hace poco y tu madre heredó suficiente dinero como para salir de ese lugar de mala muerte. Se han mudado a un piso mejor y tu hermano ha ido a vivir con ellos. Ha tenido problemas con su pareja. Sé de buena tinta que uno de tus tíos intentó buscarte al ver que habías desaparecido de España. Sabe que estás en Japón y nada más— explicó—. Tu hermano y su novia van a casarse. Tu madre le entregó un poco de dinero de la herencia y tiene a tu padre como si fuera un Rey. Además, se ha quedado embarazada.

Oh, dios bendito, santo del cielo si es que realmente existía que no fuera realidad, que su madre no volviera a estar embarazada. Pero Rinko la miraba con la misma seriedad con que trabajaba. No mentía y era real.

—Dios mío… ese niño— se cayó sobre la cama, floja y tan exhausta que Rinko se asustó.

—Tu padre le dio una paliza cuando se enteró. Como no abortó, han decidido seguir adelante.

Espantada, clavó su mirada sobre su madre adoptiva.

—Es imposible… no, no…— se llevó las manos al rostro. ¿Por qué no podía ser más fuerte e ignorar eso? Ella ya no tenía nada que ver con esa familia, ¿Verdad?

—Escúchame, Sakuno— continuó Rinko— Tú padre no puede ver a tu madre desde que te fuiste. Le echa la culpa de que te hayas ido. Probablemente— añadió agriamente— porque le quitó su saco de boxeo. Ahora que tienen dinero, quiero creer que a tu hermano le irá mejor. Que no cometerán el mismo error que contigo. Ah, cielo, por favor, no llores. No, corazón.

La estrujó entre sus brazos, besándola repetidas veces y acunándola. Siempre había pensado que ser la única hija que recibía ayudaba a su hermano y deseaba todas las noches no tener un hermano. De esa manera, no sufriría lo mismo que ella todos los días. Y ahora, sus súplicas no habían sido escuchadas- de nuevo- y un hermano estaba en camino.

—Rinko… ¿Yo… debería de verles?

La mujer se estremeció por completo.

—No sé qué decirte, Sakuno. Son tus padres y eres adulta. Pero no quiero que vuelvan a hacerte daño jamás. Eso es lo que me da más miedo.

—Pero si consiguiera convencer a mi madre para que abortara… sería fantástico. Mi hermano no nacería y no tendría que vivir en una casa así…

—Sé a lo que te refieres— reconoció la mujer, sonriéndole— y me gustaría decirte que funcionaría, pero mi raciocinio me avisa de que sigue siendo peligroso.

—Alguien podría acompañarme— opinó— Eiji ya no es un niño… O el tito…

—Nanjiro no puede estar delante de tus padres— negó la mujer aterrorizada— Tú no le has visto la última vez que se encontró con él. Estuvo a punto de matarlo a él. No. Pregúntale a Eiji… y si no… ves con Ryoma.

Desechó la idea nada más que su mente la absorbió. No podía pedirle a Ryoma más ayuda. Era suficiente. El hombre en el que se había convertido cargaba con más peso del que debiera. Eiji probablemente se ofrecería si se lo explicaba correctamente. Y por ese mismo motivo, fue lo primero que hizo nada más despertarse al día siguiente. Tras recorrerse la larga calle de la casa del muchacho hasta llegar a la tienda en la que trabajaba en verano, lo encontró desayunando en el bar de enfrente. Nada más verla estuvo a punto de estrujarla.

—Ah— protestó— ¿Por qué no me dijiste que venías? Habríamos quedado en un punto fijo.

Se disculpó repetidas veces e intentó explicar la situación sin echar una sola lágrima, cosa que no consiguió. Eiji la comprendió y abrazándola, le recordó su promesa. Sakuno se sintió totalmente cohibida. Porque continuaba sin poder corresponder a esos sentimientos.

Tras quedar a una hora de la tarde considerablemente oportuna para visitar a una familia, Rinko les extendió la nueva dirección y recalcó a Eiji que si algo le pasaba le cortaría sus partes nobles. Eiji tragó asustado y afirmó tantas veces con la cabeza que terminó mareado. Sin embargo, realmente se convirtió- de nuevo- en su protector guardaespaldas.

El nuevo piso ocupado por sus padres no era tan impresionante ni lujoso como esperaba. No se encontraba tan lejos de donde anteriormente habían vivido y se encontraba en una zona tranquila de una de las plazas más visitadas. Si bien tenía un supermercado, los centros comerciales quedaban lejos, pero tenía tienditas suplementarias y varias peluquerías entre otras cosas.

Nada más presionar el timbre llegó el ladrido del viejo perro de su hermano, que arañó la puerta y cambio el ladrido cuando el olor pareció llegarle. La puerta de madera oscura se abrió paso para dejar ver el rostro cuadrado y serio de su hermano. La miró de arriba abajo para después observar a Eiji, soltar al perro y girarse sobre sus talones para gritar que la desaparecida había regresado.

Su madre irrumpió en la entrada como un terremoto. Con la mano alzada y furiosa. Sakuno se encogió rápidamente sobre sí misma, pero el golpe jamás llegó. Sin embargo, la voz no había cambiado nada.

—Ahora has regresado: ¿también a por mi dinero? Pues entérate que no te debo nada de nada. Estuve trabajando para pagarte los estudios y tú te largaste a la primera de cambio. ¿Qué demonios quieres ahora? ¿Te has quedado preñada de este? Pues búscate otro lugar.

Sintiéndose atemorizada, retrocedió un paso. Su madre era experta en soltar el sermón y después golpear. Alzó la mirada de reojo, viendo el terrible moretón que cruzaba su quijada. Un puñetazo.

Entonces, la palabra escapó de su garganta como si no lograra controlarla para formarse en sus labios.

—Aborta.

La mujer empalideció.

—Aborta— repitió— vosotros… no estáis capacitados para poder criar un niño… no… él también se marchará. O lo mataréis antes de eso.

La voz le temblaba tanto que temió que no surgiera. La mujer que era su madre retrocedió, sujetándose de la pared como si fuera el pilar de su cuerpo y realmente importante.

—Vete— exigió— tú estás muerta. Eres la oveja negra de mi familia. Vete.

Se mordió el labio inferior.

—He escrito todo lo que hicisteis conmigo. Voy a publicarlo pronto— mintió— y lo protegeré para que no puedas denunciarme por contar la verdad…

Su madre rió, irónica.

—Acaso… ¿me estás chantajeando?

Asintió.

—No lo publicaré si decides abortar….

Pero lo único que consiguió fue que le cerraran la puerta ante las narices. Jadeó, utilizando la pared como punto de apoyo. Eiji la sujetó con firmeza de los hombros, estirando de ella para que lo usara como pilar.

—Siguen con sus oídos sordos— Espetó el pelirrojo— regresemos.

Se giraron a medias para poder bajar las escaleras una a una. En la entrada, Eiji se detuvo, colocándose delante de ella, protegiéndola con su cuerpo. Parpadeó en busca de su agresor, encontrándose con la mirada asombrada de su progenitor.

—Sakuno… ¿Realmente eres tú?

Asintió sin atreverse a salir. Ese hombre que la miraba con tanta incredulidad le pareció débil repentinamente, pero su cuerpo recordaba a la perfección cada uno de los golpes y el dolor que obtenía.

El hombre endureció las facciones, observándola como si Eiji no estuviera delante de ellos. Como si no le superara por dos cabezas y fuera capaz perfectamente de tumbarlo.

—Eres una desagradecida, mocosa. Tantos años trabajando para darte de comer y unos estudios y te marchas con otra familia. ¿Por qué has regresado? ¿Es que quieres hacer que tu madre aborte?

Los ojos le brillaron ante las lágrimas que escaparon a su autocontrol. SU padre maldijo entre dientes y caminó furioso hasta el ascensor. Pese a que solo había un piso siempre hacía lo mismo, irritándola: Subir en el ascensor. Era vago hasta ese punto.

Eiji volvió a tirar de ella hasta sacarla, dejando a su murmurante progenitor a solas. Cuando se dio cuenta estaba abrazada a la cintura masculina con sus dos brazos, caminando forzosamente mientras su cadera retrocedía contra la del chico. Eiji la sujetaba parcialmente.

—No he servido de nada. Tengo tanto miedo todavía que no puedo hacer nada por ese bebé.

—Lo has intentado, Sakuno.

—No demasiado al parecer— bufó, sintiendo como comenzaba a arrastrar los pies— Odio sentirme así… Mi cuerpo se recae tanto cada vez que estoy con ellos… no quiero que mi hermano viva eso.

Eiji ablandó la mirada al posarla sobre ella, inclinándose para besarle la frente y aspirar su aroma. Se tensó y él rió felinamente.

—No te preocupes más. Vamos a casa y descansemos. Contémosle lo sucedido a Rinko y seguro que ella nos da una solución.

La idea era buena, pero dudaba que Rinko encontrara una solución. Pero la ilusión no podía apartarla de su corazón, el cual dio un vuelco ante la idea de poder salvar a quien fuera que naciera. No quería ver pasar a nadie por lo mismo que ella, pero decirlo no era tan fácil como hacerlo.

Cuando llegaron a la casa de los Echizen, Rinko casi abrió la puerta con el rostro desfigurado por la ansiedad, respirando aliviada al verlos y tantearla. Al no encontrar ninguna señal, la abrazó con fuerza y agradeció repetidas veces a Eiji. Después, los cuatro se sentaron ante una mesa donde descansaba cuatro tazas de té y una fuente de galletas con guindas. Rinko asentía y fruncía el ceño durante la explicación.

—Veo que no han cambiado nada. Al contrario, parece que su egoísmo ha subido hasta el tono de volverse orgullosos y creer que son ellos los heridos— Dedujo fríamente—. Comprendo tu deseo de evitar que ese niño crezca en manos de esa casa inestable.

—Y, ¿no se puede hacer nada? — Curioseó Eiji— como informar a los superiores de ello. Lo sucedido con Sakuno está anotado por la policía de la última vez… cuando estuve con ella. Eso es un mérito a nuestro favor. Si la policía fuera capaz de hacer que abortara.

—Eso es imposible, muchacho— interrumpió Nanjiro quitándose lentamente el cigarro de los labios— La iglesia domina toda generalidad de moral que pudieran tener y no aceptaría la maldita facilidad de un aborto. Son así de jodidos. Dudo que Dios aceptara ese embarazo en una casa tan desorientada.

—Nanjiro— bramó Rinko furiosa— Dios, tú Dios, ya hizo su elección al dejarle quedarse de nuevo embarazada. Y si tu dios no fuera un maldito sádico impediría que esta muchacha hubiera sufrido todo lo que ha pasado.

—Eso… sería posible si yo realmente… les hubiera denunciado— murmuró— pero no lo hice.

—Exactamente— puntuó Rinko sonriendo— sin embargo, tal y como dice Eiji, existen esos papeles, ¿Verdad, pequeño?

El pelirrojo enrojeció, girándose hacia el borde de sofá para que sus miradas no se encontrasen. Sakuno sintió una ligera traición que esperaba que no fuera real.

—Eiji… ¿Los denunciaste?

—Nya, lo hice— confesó el chico felino avergonzado— Sakuno, te hizo tanto daño… Estuviste a punto de morir. Ya sé que los adultos te hacían caso, pero yo nunca he comprendido que te negaras. Lo siento.

Negó con la cabeza, llevándose las manos al rostro.

—Me extraña que Ryoma haya mantenido la boca cerrada sobre esto. Él lo sabía.

De nuevo, tuvo que recordarse que Ryoma podía llegar a ser una tumba y que era más de actos que de palabras. No era capaz de ponerse a hablar como el héroe de una telenovela rosa- como muchas chicas deseaban verle desde el instituto- o haciendo a pares sus sentimientos. Parecían ansiosas por destruir su personalidad por tal de que las amara. No sabía si el reservado Echizen se había dado cuenta.

—Ryoma no cuenta nada que no deba— defendió— es normal que eso lo mantuviera en silencio. Es muy fiel a esos sentimientos.

—Me recuerda a un cura— Bromeó Kikumaru entre risas.

No pudo evitar unirse a las risas, seguida por Nanjiro y por Rinko, quien suspiró repentinamente.

—No. Es un hombre. Hecho y derecho. Con deseos como cualquier otro— aclaró por encima de la broma— Y también, con sentimientos.

La aguda mirada de la madre del nombrado se posó sobre ella, estremeciéndola en su acusación. Carraspeó ligeramente en busca de otro tema que abarcar que fuera mucho más emocionante que recordar que Ryoma podía llegar a tener ciertos sentimientos mal encaminados hacia ella y borró el recuerdo de la navidad, porque ese fue el mayor momento de intimidad que tuvieron juntos.

—Es muy buena persona.

Se escuchó un siseo desde la entrada y todos giraron la cabeza. Echizen los miraba como si fueran simples marujas hablando de él a voz en grito en medio de la calle. Sus dorados ojos eran simplemente un par de rendijas mientras mantenía sujeta en su brazo izquierdo una maleta de viaje y su mejilla se encontraba morada. Rinko dio un grito y corrió hasta él, tocándosela incluso cuando gimió de dolor y se apartó.

—Anda, ¿ha venido? — Preguntó divertido Nanjiro.

Ryoma lo fulminó automáticamente con la mirada, quejándose por el dolor del moratón que su madre no cesaba de tocar y tocar. Eiji se levantó como si le hubieran puesto un cohete en el culo, marchándose y ella deseo poder llegar a tiempo a su dormitorio y no salir en la vida de él. No quería verle. Es más, ¿por qué demonios había tenido que ir también?

—Eso es un puñetazo, ¿verdad? — Reflexionó Nanjiro una vez que Eiji se marchó— ¿quién ha sido? ¿Momoshiro? — Picó— estoy seguro de que estará hasta el cuerno de tu maldito orgullo. A veces, tío, dejas de ser un Echizen.

Ryoma movió ligeramente el labio superior mientras gruñía. Se recargó la mochila y encaminó hasta el dormitorio, dejando sus cosas a regañadientes. Ella no se movió del sofá. Presentía por algún motivo que si iba hacia su dormitorio él la interceptaría y la atraparía en el suyo en busca de una buena- y grandísima- explicación que no quería ni dar ni escuchar. Así que decidió que quedarse en ese lugar era una maldita salvación.

Rinko regresó a su lado, con las manos en las caderas y mirándola con severidad.

—Sakuno, ¿qué haces ahí sentada?

Rápido, rápido… una contestación lógica y precisa que no delate tus pensamientos…

—Esconderme— Tuché. Rinko agrandó los ojos.

Maldición, no sabía mentir. Y Rinko lo sabía. Se sentó a su lado y le palmeó la rodilla.

—Hija, a veces, tienes que pensar por ti. Tu deseo de ser feliz. No pienses que no mereces según qué cosas. Habla con Ryoma. Aclara las cosas. Comprende su sexualidad y acéptala. Tú también la tienes, ¿Sabes? Solo que no te das cuenta por miedo.

Parpadeó confusa. ¿Ella también tenía de eso? No estaba segura. Si fuera así, ¿no debería de haberse excitado cada vez que dormía con Ryoma como le sucedía a él? ¿No debería de sentirse realmente una mujer y ansiar sentirlo cerca de sus piernas?

Pero es que nada de eso sucedía. No, no tenía sexualidad. Era imposible.

Aunque tampoco podía desobedecer a Rinko. Se levantó, sintiéndose tan pesada como el mismísimo plomo. Sus piernas temblaron ligeramente y su corazón comenzó a latir frenéticamente a medida que avanzaba por el pasillo. El dulce aroma a la colonia que tantas noches había olido y la ayudaba a dormir, creo un bombeo más frenético a su corazón, pero no tanto como el que sintió cuando entró.

De espaldas a ella, levantándose la camiseta y sin pantalones. Ah, genial. Aquello era mucho más de lo que podía querer ver. La espalda amplia, con un moratón en el costado, cosa que la hizo acercarse, aterrada por ello. Ryoma se dio cuenta de su presencia, terminando de quitarse la camiseta y mirándola como si no fuera nada. Alzó la cabeza para poder verle en busca de una explicación. Él desvió la mirada y se encogió de hombros.

—Tachibana es una mujer furiosa— respondió simplemente.

Se inclinó sobre la maleta, sacando una camiseta limpia y colocándola sobre la cama, junto a calzoncillos y unas calzonas limpias.

—Ellos… ¿Te han pegado?

Él detuvo sus movimientos, dudando por un momento hasta que negó con la cabeza.

—Me despertaron— respondió encogiéndose de hombros.

Entonces, repentinamente, se volvió hacia ella, mirándola de arriba abajo, como si quisiera asegurarse de que estaba bien o comérsela en una terrible bronca. Sin embargo, apretó los dientes tanto que su mandíbula formó una línea blanquecina en la forma de su quijada.

Inclinó la cabeza, arrepentida.

—Lo siento… siento todo esto.

Él gruñó, volviendo a encogerse de hombros para girarse y coger sus ropas. La miró por última vez y salió, dirigiéndose al cuarto de baño. Ella lo siguió sin darse cuenta, deteniendo la puerta del servicio queriendo que dijera algo, que la perdonara, que explicara si realmente había aceptado su disculpa. Cualquier cosa.

Pero él no parecía captarlo y hasta parpadeó al ver su terrible osadía de seguirle. Tragó, tartamudeando al darse cuenta y retrocediendo. La masculina y grande manaza de Echizen se posó sobre su hombro, girándola. Sus pechos se encontraron ligeramente. La tomó de las axilas y la levantó en vilo hasta que sus frentes quedaron cuadradas, una contra otra. Jadeó contra ella y la besó.

Un sabor único e innegablemente puro. Un tacto rudo pero firme. Sensual y altamente pronunciado. Ryuzaki sintió como su cuerpo temblaba de los pies a la cabeza. Ah, maldición, ¿eso era su llamada sexualidad? Porque repentinamente estaba sintiendo como su rostro ardía y cómo había añorado aquella sensación de contacto.

Después, la rompió, dejándola fielmente sobre el suelo y palmeándole la cabeza mientras sonreía malicioso.

—Así no escapas.

Enrojeció, comprendiendo por qué la levantó en brazos. No era para que las alturas hicieran coincidir sus labios, no. Para que no huyera de él. Apretó los labios, sujetando la puerta dispuesta a cerrársela en las mismas narices una vez soltara su parrafada de insultos, pero su boca fue tan traicionera como siempre sucedía con los Echizen.

— ¿Y si yo no quería huir? — Espetó, cerrando finalmente la puerta.

Logró atisbar una sorprendida mirada antes de cerrar la puerta. Su corazón bombeaba con tanta fuerza que temió tener un ataque. Rinko se dejó ver a través del pasillo, riendo curiosa. Le hizo señas con la mano para que acercara y casi estuvo a punto de caerse.

—Bueno, ¿qué tal? ¿Has visto como los besos de reconciliación son más dulces que amargos?

Enrojeció de nuevo, sorprendida. ¿Un beso de reconciliación? ¿Era eso? ¿Habían hecho las paces sin más? ¿Solo con un simple morreo? Era irónico. Aunque no podía negar que el sabor había sido entrañable y la sensación profunda.

— ¿Lo… lo que se siente es… sexualidad?

Rinko guiñó los ojos, mirándola incrédula y pensativa a la vez. Después, asintió.

—Sí. Muy probable. Ryoma te desea y lo demuestra en sus besos. Tú lo sientes y correspondes. Es muy normal que tu sexualidad despierte con deseos de él. Un hombre siempre es capaz de excitar a una mujer si sabe cómo hacerlo y tiene los dones para ellos. Recuérdalo.

—Pero…— balbuceó, agachando la cabeza— yo no sé qué es excitarse. Nunca lo he sentido… ¿Duele? — preguntó entre avergonzada y miedosa.

La mujer parpadeó confusa. Pensativa, se llevó la mano izquierda a la mejilla y ladeó la cabeza.

—Eso depende de la mujer también. Quizás te duela la necesidad. Te sientas vacía y hasta frustrada. Tu sexo puede palpitar repetidas veces y lubricarse sin que te des cuenta. Hasta puedes tener ganas de utilizar el baño… Es complicado porque cada mujer es un mundo.

Asintió no menos avergonzada. Nadie nunca se había detenido a hablar de sexo y comentarle qué debía o no hacer. Solo en el colegio y la charla había sido tan interrumpida y siempre apartada y escondida que no se había centrado demasiado, aunque sí comprendió que sin condón nada de nada.

—Oh, también a muchas mujeres le palpitan tanto los senos que sí le duelen. Igual que cuando tienen la regla— Rinko se encogió de hombros— En mi caso…— se detuvo— no creo que quieras saberlo, ¿Verdad?

Negó rápidamente con la cabeza. Había ciertas cosas que era mejor no saber jamás de algunas personas, especialmente cuando eran pareja. Aunque a veces no lograras evitar pensar qué demonios habían hecho para tal cosa o tal momento. Si Rinko tenía razón, la sexualidad se encontraba en cada persona y cuando tenían una pareja eran capaces de mostrarla sin ningún pudor.

—El sexo no es malo, Sakuno— garantizó Rinko— Siempre y cuando, sean dos los que quieren. O más, no importa. Pero se ha de querer. Si no quieres estar con un varón debes de decírselo sin dudar. Mucho menos si no deseas hacerlo con condón. Eso de que no te das cuenta de cuando lo haces sin o con, es mentira. Estas chicas de hoy en día no tienen nada en la cabeza con la excusa de que en su mundo prohíben el aborto… Ah, disculpa— parpadeó, sonriendo avergonzada— de nuevo empecé a divagar. Pero cualquier cosa, me dices.

Asintió porque sabía que no llegaría muy lejos en esa conversación. SI bien había conseguido buenas ideas y consejos, no era exactamente lo mismo. Además, nadie le había enseñado que el sexo no daba vergüenza cuando más de una vez salían monjitas alegando que eran vírgenes por ser amantes de Dios. Entonces, ¿cómo demonios había nacido Jesús?

La puerta del baño se abrió y junto al vapor, Ryoma apareció. Rinko lo observó detalladamente, frunciendo el labio al volver a encontrarse con el moretón.

—Sakuno, en el cajón de tu mesilla todavía queda un poco de pomada, ¿puedes ponérsela? Tengo que volver a reunirme con mi editor— suspiró fastidiada, mirando el reloj— Esta noche cenaremos y hablamos, ¿Vale?

Ambos asintieron y ella se marchó. Sus pies se arrastraron hasta su dormitorio al saberse seguida por él. Caminó como un robot hasta la mesilla de noche mientras él observaba con cierta melancolía la habitación, sentándose en la cama y alzándose la camiseta. De nuevo, un nudo se creó en su garganta.

Cogió casi a tientas la pomada y se sentó junto a él, extendiéndose un poco en los dedos. Con gentileza, la frotó por todo el moratón, intentando hacer cuanto menos daño mejor. Era experta en eso y sabía cuánto dolía.

Cuando terminó con el del costado, volvió a echarse un poco de pomada, subiendo hasta el rostro. Los dorados ojos estaban firmemente sobre ella, observando cada movimiento. Parpadeó, alejándose repentinamente al sentir la mano del chico surcando su cadera. Pero no se apartó, se levantó con ella, siguiéndola rápidamente.

Su cuerpo quedó pegado al contrario. Sentía fácilmente sus pectorales aplastar sus senos, su vientre contraerse en cada respiración y como malditamente sus caderas quedaban completamente encajadas pese a su estatura. Su barbilla se inclinaba fácilmente sobre su frente y con los ojos cerrados, aspiraba su aroma. Después, la estrujó entre sus brazos gentilmente, llevando sus labios hasta su cuello.

El roce en su piel la estremeció de los pies a la cabeza. Era totalmente consciente de que la boca masculina estaba ahí. Demonios, era agradable sentir un roce tan dulce en lugar de un golpe. Millones de veces mejor. ¿Por qué sus padres no le enseñaron que existían esas caricias?

Movió las manos torpemente, buscando qué hacer con ellas pero sin encontrar respuesta. Él suspiró suavemente y se las tomó con delicadeza, guiándoselas hasta su cabello. Las verdosas hebras se enredaron entre sus dedos, lacias y suaves. Con un aroma típicamente masculino y jabón. El mismo olor que siempre encontraba en la almohada de Ryoma cuando despertaba abrazada a ella o cuando utilizaba una toalla para secarse el cabello.

Los palpó a gusto, con cuidado de que no se enredaran y sonrió cuando vio que ronroneó felinamente. Pero la sonrisa se borró de sus labios cuando se encontró con la mirada dorada. Sus ojos relampaguearon en un brillo seductor. Una mirada poderosamente atrayente que no la hizo huir cuando sus labios volvieron a encontrarse. Al contrario, correspondió torpemente, enredando sus dedos hasta apretar los cabellos entre estos.

Su cuerpo la sorprendió, arqueándose contra él. El roce de sus pechos contra él le agradó de sobremanera. La fricción, el áspero movimiento de sus ropas y la presión. Pero se asustó cuando sintió cierta presión contra su vientre. Retrocedió, mirándolo como si hubiera cometido un crimen. Sabía perfectamente qué era eso, no necesitaba un máster pese a que fuera la tonta del pueblo. Estaba claramente excitado.

Ahí estaba la sexualidad de Ryoma en pleno apogeo. La causa de su miedo. Él se encogió de hombros y se inclinó ligeramente, señalándola.

— ¿Lo entiendes ahora?

Ella parpadeó, jadeando repentinamente en una hiperventilación superior a su control. Sí, claro que lo comprendía. Era capaz de excitarse. ¿Qué más tenía que comprender aparte de que Echizen tenía una dolorosa erección dentro de sus pantalones?

—Osakada…— murmuró entre dientes mientras pasaba una de sus manos por su cabello y volvió a mirar después a su sexo. La erección se había suavizado y ya no mostraba tanto ímpetu.

Movió la cabeza de lado, intentando terminar de comprenderle. Entonces, Echizen se volvió hacia ella. Sus ojos dos meras rendijas doradas brillantes. Su garganta moviéndose mientras tragaba costosamente y la miraba de arriba abajo.

—Sakuno.

La tomó de la mano, llevándosela hasta sus partes. Lo primero que pensó era que debía de apartar la mano de ahí. Quitarla porque no era normal tocar las partes íntimas de otra persona, ni siquiera cuando te daba opción para ello. Lo único que lograba asimilar a eso era el tortazo que recibió cuando tropezó contra su madre y se agarró a su sexo sin querer. Aquella fue la única vez que se bañaron juntas.

Ryoma la obligó a mover los dedos por encima del pantalón, tanteando su sexo. Entrecerró los ojos, acercándola más, queriendo sentirla. El aroma a sudor y sexo inundó su nariz, sorprendiéndola. ¿Qué demonios era eso? Era… totalmente agradable. Parpadeó, confusa mientras lo veía ahí, enseñándola como mover sus dedos, como acariciarle y jadeando, sintiendo como cada uno de sus músculos se estremecían.

Entonces, repentinamente, se sacudió. Su rostro enrojeció como si acabara de correr una maratón. Sus músculos tensados y después, tras gruñir roncamente, se relajó completamente. Entre sus dedos, sintiendo como la tela del pantalón se estremecía duramente y después, le apartó la mano, sentándose sobre la cama, jadeante y echando la cabeza hacia atrás. Entrecerró los ojos, intentando descubrir qué podía hacer ahora y él le contestó extendiéndole la mano y ofreciéndole la boca.

Por algún motivo que no comprendía sabía que su beso aliviaría esa contradictoria sensación que había vivido. El muchacho la sujeto de las caderas, separándola y levantándose. Tras volver a besarle le frente, se encaminó al dormitorio. Recogió una nueva muda de ropa y volvió a adentrarse en el servicio. Sakuno parpadeó, intentando encontrar una respuesta a las miles de preguntas que acontecían en su mente.

Pero esa había sido su primera experiencia con la sexualidad y quizás no la última. Había comprendido que con ella Echizen podía ponerse duro como una roca y necesitar alivio, mientras que con Tomoka no. Entonces, ¿eso explicaba el por qué ella se marchó urgentemente?

No, por supuesto que no.

Pero sí que sabía que era un gran alivio saber que eso sucedía con ella. ¿eso también tendrían que habérselo enseñado o solo Ryoma podía explicárselo? Claro que preguntarle era un dilema bastante difícil de comprender. ¿Sería capaz de preguntárselo como si nada y él responderle? No, probablemente sería una locura.

Se movió la camiseta que llevaba, ansiando una ducha también. Desde que había llegado de la calle no había tenido tiempo para ocuparse de sí misma y el verano era bastante fuerte en pleno agosto. Esperaba que durante sus días llegara alguna tormenta veraniega que refrescara el ambiente.

Preparó sus cosas con sumo cuidado, esperando pacientemente que Ryoma terminara de utilizar la ducha para poder meterse en ella. La loca idea de adentrarse con él dentro hizo que su respiración se cortara. Negó repetidas veces y se detuvo, sorprendiéndose de algo tan sencillo. Ryoma ahora abarcaba por completo sus pensamientos y se había olvidado de lo sucedido con sus padres y su futuro hermana.

Quería tener una vaga esperanza de que su madre abortara y ese bebé jamás viera la luz.

Recogió su ropa, preocupada por el asunto, dirigiéndose hasta el baño. Ryoma ya había salido, extrañándola que no hubiera regresado para ver qué pasaba con ella, si se había desplomado por lo sucedido o se había tirado de cabeza en el impío deseo de violarlo- cosa que ella jamás haría, desde luego-.

Cerró la puerta tras ella y se desnudó, comenzando con su tarea de lavado. La cabeza le daba vueltas entre uno y otro y por ningún lado encontraba solución. Ni con Ryoma ni con sus padres. Parpadeó, cuando sostuvo la parte inferior de su ropa interior. Un pequeño roel que no tenía nada que ver con la menstruación. Avergonzada, la hundió en el lavabo con agua caliente. ¿Qué demonios era eso que había aparecido mientras y tras las caricias? ¿Por qué estaba humedecida?

Dando un grito de maldición se metió dentro de la bañera, frotándose con la esponja con fuerza, queriendo borrar aquella sensación vergonzosa de su cuerpo y mente. Pero era inútil. La visión de aquel momento tan sensual, la recorrería de por vida.

¿Dónde estaba ahora su promesa de no volver a dejarse besar por Echizen Ryoma cuando ansiaba tenerlo desnudo en su cama?