CAPITULO 11

EL MAPA DE LOS MERODEARES

Entra aquí... Le señaló con la cabeza un aula vacía que estaba a la izquierda de la estatua de la bruja. Harry entró detrás de Fred y George. George cerró la puerta sigilosamente y se volvió, mirando a Harry con una amplia sonrisa. —Un regalo navideño por adelantado, Harry —dijo. Fred sacó algo de debajo de la capa y lo puso en una mesa, haciendo con el brazo un ademán rimbombante. Era un pergamino grande, cuadrado, muy desgastado. No tenía nada escrito. Harry, sospechando que fuera una de las bromas de Fred y George, lo miró con detenimiento. — ¿Qué es? —Esto, Harry, es el secreto de nuestro éxito —dijo George, acariciando el pergamino. —Nos cuesta desprendernos de él —dijo Fred—. Pero anoche llegamos a la conclusión de que tú lo necesitas más que nosotros. —De todas formas, nos lo sabemos de memoria. Tuyo es. A nosotros ya no nos hace falta. — ¿Y para qué necesito un pergamino viejo? —preguntó Harry. — ¡Un pergamino viejo! —exclamó Fred, cerrando los ojos y haciendo una mueca de dolor; como si Harry lo hubiera ofendido gravemente—. Explícaselo, George. —Bueno, Harry... cuando estábamos en primero... y éramos jóvenes, despreocupados e inocentes... —Harry se rió. Dudaba que Fred y George hubieran sido inocentes alguna vez—. Bueno, más inocentes de lo que somos ahora... tuvimos un pequeño problema con Filch. —Tiramos una bomba fétida en el pasillo y se molestó. —Así que nos llevó a su despacho y empezó a amenazarnos con el habitual... —... castigo... —... de descuartizamiento... —... y fue inevitable que viéramos en uno de sus archivadores un cajón en que ponía «Confiscado y altamente peligroso». —No me digáis... —dijo Harry sonriendo. —Bueno, ¿qué habrías hecho tú? — Preguntó Fred— George se encargó de distraerlo lanzando otra bomba fétida, yo abrí a toda prisa el cajón y cogí... esto. —No fue tan malo como parece —dijo George—. Creemos que Filch no sabía utilizarlo. Probablemente sospechaba lo que era, porque si no, no lo habría confiscado. — ¿Y sabéis utilizarlo? —Si —dijo Fred, sonriendo con complicidad—. Esta pequeña maravilla nos ha enseñado más que todos los profesores del colegio. —Me estáis tomando el pelo —dijo Harry, mirando el pergamino. —Ah, ¿sí? ¿Te estamos tomando el pelo? —dijo George. Sacó la varita, tocó con ella el pergamino y pronunció: —Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas. E inmediatamente, a partir del punto en que había tocado la varita de George, empezaron a aparecer unas finas líneas de tinta, como filamentos de telaraña. Se unieron unas con otras, se cruzaron y se abrieron en abanico en cada una de las esquinas del pergamino. Luego empezaron a aparecer palabras en la parte superior. Palabras en caracteres grandes, verdes y floreados que proclamaban: Los señores Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta proveedores de artículos para magos traviesos están orgullosos de presentar EL MAPA DEL MERODEADOR Era un mapa que mostraba cada detalle del castillo de Hogwarts y de sus terrenos. Pero lo más extraordinario eran las pequeñas motas de tinta que se movían por él, cada una etiquetada con un nombre escrito con letra diminuta. Estupefacto, Harry se inclinó sobre el mapa. Una mota de la esquina superior izquierda, etiquetada con el nombre del profesor Dumbledore, lo mostraba caminando por su estudio. La gata del portero, la Señora Norris, patrullaba por la segunda planta, y Peeves se hallaba en aquel momento en la sala de los trofeos, dando tumbos. Y mientras los ojos de Harry recorrían los pasillos que conocía, se percató de otra cosa: aquel mapa mostraba una serie de pasadizos en los que él no había entrado nunca. Muchos parecían conducir... —Exactamente a Hogsmeade —dijo Fred, recorriéndolos con el dedo—. Hay siete en total. Ahora bien, Filch conoce estos cuatro. —Los señaló—. Pero nosotros estamos seguros de que nadie más conoce estos otros. Olvídate de éste de detrás del espejo de la cuarta planta. Lo hemos utilizado hasta el invierno pasado, pero ahora está completamente bloqueado. Y en cuanto a éste, no creemos que nadie lo haya utilizado nunca, porque el sauce boxeador está plantado justo en la entrada. Pero éste de aquí lleva directamente al sótano de Honeydukes. Lo hemos atravesado montones de veces. Y la entrada está al lado mismo de esta aula, como quizás hayas notado, en la joroba de la bruja tuerta. —Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta —suspiró George, señalando la cabecera del mapa—. Les debemos tanto... —Hombres nobles que trabajaron sin descanso para ayudar a una nueva generación de quebrantadores de la ley —dijo Fred solemnemente. —Bien —añadió George—. No olvides borrarlo después de haberlo utilizado. —De lo contrario, cualquiera podría leerlo —dijo Fred en tono de advertencia. No tienes más que tocarlo con la varita y decir: « ¡Travesura realizada!», y se quedará en blanco. —Así que, joven Harry —dijo Fred, imitando a Percy admirablemente—, pórtate bien. —Nos veremos en Honeydukes —le dijo George, guiñándole un ojo. Salieron del aula sonriendo con satisfacción. Harry se quedó allí, mirando el mapa milagroso. Vio que la mota de tinta que correspondía a la Señora Norris se volvía a la izquierda y se paraba a olfatear algo en el suelo. Si realmente Filch no lo conocía, él no tendría que pasar por el lado de los Dementores. Pero incluso mientras permanecía allí, emocionado, recordó algo que en una ocasión había oído al señor Weasley: «No confíes en nada que piense si no ves dónde tiene el cerebro.» Aquel mapa parecía uno de aquellos peligrosos objetos mágicos contra los que el señor Weasley les advertía. «Artículos para magos traviesos...» Ahora bien, meditó Harry, él sólo quería utilizarlo para ir a Hogsmeade y recordó las palabras de Luna... No era lo mismo que robar o atacar a alguien... Y Fred y George lo habían utilizado durante años sin que ocurriera nada horrible. Harry recorrió con el dedo el pasadizo secreto que llevaba a Honeydukes. Recordó que Luna le había dicho que los gemelos lo ayudarían en la próxima salida. Entonces, muy rápidamente, como si obedeciera una orden, enrolló el mapa, se lo escondió en la túnica y se fue a toda prisa hacia la puerta del aula. La abrió cinco centímetros. No había nadie allí fuera. Con mucho cuidado, salió del aula y se colocó detrás de la estatua de la bruja tuerta. ¿Qué tenía que hacer? Sacó de nuevo el mapa y vio con asombro que en él había aparecido una mota de tinta con el rótulo «Harry Potter». Esta mota se encontraba exactamente donde estaba el verdadero Harry, hacia la mitad del corredor de la tercera planta. Harry lo miró con atención. Su otro yo de tinta parecía golpear a la bruja con la varita. Rápidamente, Harry extrajo su varita y le dio a la estatua unos golpecitos. Nada ocurrió. Volvió a mirar el mapa. Al lado de la mota había un diminuto letrero, como un bocadillo de tebeo. Decía: «Dissendio.» — ¡Dissendio! —susurró Harry, volviendo a golpear con la varita la estatua de la bruja. Inmediatamente, la joroba de la estatua se abrió lo suficiente para que pudiera pasar por ella una persona delgada. Harry miró a ambos lados del corredor, guardó el mapa, metió la cabeza por el agujero y se impulsó hacia delante. Se deslizó por un largo trecho de lo que parecía un tobogán de piedra y aterrizó en una tierra fría y húmeda. Se puso en pie, mirando a su alrededor. Estaba totalmente oscuro. Levantó la varita, murmuró ¡Lumos!, y vio que se encontraba en un pasadizo muy estrecho, bajo y cubierto de barro. Levantó el mapa, lo golpeó con la punta de la varita y dijo: « ¡Travesura realizada!» El mapa se quedó inmediatamente en blanco. Lo dobló con cuidado, se lo guardó en la túnica, y con el corazón latiéndole con fuerza, sintiéndose al mismo tiempo emocionado y temeroso, se puso en camino. El pasadizo se doblaba y retorcía, más parecido a la madriguera de un conejo gigante que a ninguna otra cosa. Harry corrió por él, con la varita por delante, tropezando de vez en cuando en el suelo irregular. Tardó mucho, pero a Harry le animaba la idea de llegar a Honeydukes. Después de una hora más o menos, el camino comenzó a ascender. Jadeando, aceleró el paso. Tenía la cara caliente y los pies muy fríos. Diez minutos después, llegó al pie de una escalera de piedra que se perdía en las alturas. Procurando no hacer ruido, comenzó a subir. Cien escalones, doscientos... perdió la cuenta mientras subía mirándose los pies... Luego, de improviso, su cabeza dio en algo duro.

Parecía una trampilla. Aguzó el oído mientras se frotaba la cabeza. No oía nada. Muy despacio, levantó ligeramente la trampilla y miró por la rendija. Se encontraba en un sótano lleno de cajas y cajones de madera. Salió y volvió a bajar la trampilla. Se disimulaba tan bien en el suelo cubierto de polvo que era imposible que nadie se diera cuenta de que estaba allí. Harry anduvo sigilosamente hacia la escalera de madera. Ahora oía voces, además del tañido de una campana y el chirriar de una puerta al abrirse y cerrarse. Mientras se preguntaba qué haría, oyó abrirse otra puerta mucho más cerca de él. Alguien se dirigía hacia allí. —Y coge otra caja de babosas de gelatina, querido. Casi se han acabado —dijo una voz femenina. Un par de pies bajaba por la escalera. Harry se ocultó tras un cajón grande y aguardó a que pasaran. Oyó que el hombre movía unas cajas y las ponía contra la pared de enfrente. Tal vez no se presentara otra oportunidad... Rápida y sigilosamente, salió del escondite y subió por la escalera. Al mirar hacia atrás vio un trasero gigantesco y una cabeza calva y brillante metida en una caja. Harry llegó a la puerta que estaba al final de la escalera, la atravesó y se encontró tras el mostrador de Honeydukes. Agachó la cabeza, salió a gatas y se volvió a incorporar. Honeydukes estaba tan abarrotada de alumnos de Hogwarts que nadie se fijó en Harry. Pasó por detrás de ellos, mirando a su alrededor; y tuvo que contener la risa al imaginarse la cara que pondría Dudley si pudiera ver dónde se encontraba. La tienda estaba llena de estantes repletos de los dulces más apetitosos que se puedan imaginar. Cremosos trozos de turrón, cubitos de helado de coco de color rosa trémulo, gruesos caramelos de café con leche, cientos de chocolates diferentes puestos en filas. Había un barril enorme lleno de alubias de sabores y otro de Meigas Fritas, las bolas de helado levitador de las que le había hablado Ron. En otra pared había dulces de efectos especiales: el chicle droobles, que hacía los mejores globos (podía llenar una habitación de globos de color Jacinto que tardaban días en explotar), la rara seda dental con sabor a menta, diablillos negros de pimienta («¡quema a tus amigos con el aliento!»); ratones de helado («¡oye a tus dientes rechinar y castañetear!»); crema de menta en forma de sapo («¡realmente saltan en el estómago!»); frágiles plumas de azúcar hilado y caramelos que estallaban.

Harry se apretujó entre una multitud de chicos de sexto, y vio un letrero colgado en el rincón más apartado de la tienda («Sabores insólitos»). Ron y Hermione estaban debajo, observando una bandeja de pirulís con sabor a sangre. Harry se les acercó a hurtadillas por detrás. —Uf, no, Harry no querrá de éstos. Creo que son para vampiros —decía Hermione. — ¿Y qué te parece esto? —dijo Ron acercando un tarro de cucarachas a la nariz de Hermione. —Aún peor —dijo Harry. A Ron casi se le cayó el bote. — ¡Harry! — Gritó Hermione—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo... como lo has hecho...? — ¡Ahí va! —dijo Ron muy impresionado—. ¡Has aprendido a materializarte! —Por supuesto que no —dijo Harry. Bajó la voz para que ninguno de los de sexto pudiera oírle y les contó lo del mapa del merodeador. — ¿Por qué Fred y George no me lo han dejado nunca? ¡Son mis hermanos! — ¡Pero Harry no se quedará con él! —dijo Hermione, como si la idea fuera absurda—. Se lo entregará a la profesora McGonagall. ¿A que sí, Harry? — ¡No! — Contestó Harry — ¿Estás loca? —dijo Ron, mirando a Hermione con ojos muy abiertos—. ¿Entregar algo tan estupendo? — ¡Si lo entrego tendré que explicar dónde lo conseguí! Filch se enteraría de que Fred y George se lo cogieron. —Pero ¿y Peter y Regulus? — Susurró Hermione—. ¡Podría estar utilizando alguno de los pasadizos del mapa para entrar en el castillo! ¡Los profesores tienen que saberlo! —No puede entrar por un pasadizo —dijo enseguida Harry—. Hay siete pasadizos secretos en el mapa, ¿verdad? Fred y George saben que Filch conoce cuatro. Y en cuanto a los otros tres... uno está bloqueado y nadie lo puede atravesar; otro tiene plantado en la entrada el sauce boxeador; de forma que no se puede salir; y el que acabo de atravesar yo..., bien..., es realmente difícil distinguir la entrada, ahí abajo, en el sótano... Así que a menos que supiera que se encontraba allí... Harry dudó. ¿Y si Peter o Regulus sabía que la entrada del pasadizo estaba allí? Ron, sin embargo, se aclaró la garganta y señaló un rótulo que estaba pegado en la parte interior de la puerta de la tienda: POR ORDEN DEL MINISTERIO DE MAGIA Se recuerda a los clientes que hasta nuevo aviso los Dementores patrullarán las calles cada noche después de la puesta de sol. Se ha tomado esta medida pensando en la seguridad de los habitantes de Hogsmeade y se levantará tras la captura de Peter y Regulus. Es aconsejable, por lo tanto, que los ciudadanos finalicen las compras mucho antes de que se haga de noche. ¡Felices Pascuas! — ¿Lo veis? — Dijo Ron en voz baja—. Me gustaría ver a Peter o Regulus tratando de entrar en Honeydukes con los Dementores por todo el pueblo. De cualquier forma, los propietarios de Honeydukes lo oirían entrar, ¿no? Viven encima de la tienda. —Sí, pero... —Parecía que Hermione se esforzaba por hallar nuevas objeciones—. Mira, a pesar de lo que digas, Harry no debería venir a Hogsmeade porque no tiene autorización. ¡Si alguien lo descubre se verá en un grave aprieto! Y todavía no ha anochecido: ¿qué ocurriría si Peter o Regulus apareciera hoy? ¿Si apareciera ahora? —Pues que las pasaría moradas para localizar aquí a Harry —dijo Ron, señalando con la cabeza la nieve densa que formaba remolinos al otro lado de las ventanas con parteluz. Vamos, Hermione, es Navidad. Harry se merece un descanso. Hermione se mordió el labio. Parecía muy preocupada. — ¿Me vas a delatar? —le preguntó Harry con una sonrisa. —Claro que no, pero, la verdad... — ¿Has visto las Meigas Fritas, Harry? —preguntó Ron, cogiéndolo del brazo y llevándoselo hasta el tonel en que estaban—. ¿Y las babosas de gelatina? ¿Y las píldoras ácidas? Fred me dio una cuando tenía siete años. Me hizo un agujero en la lengua. Recuerdo que mi madre le dio una buena tunda con la escoba. —Ron se quedó pensativo, mirando la caja de píldoras—. ¿Creéis que Fred picaría y cogería una cucaracha si le dijera que son cacahuetes? Después de pagar los dulces que habían cogido, salieron los tres a la ventisca de la calle.

Hogsmeade era como una postal de Navidad. Las tiendas y casitas con techumbre de paja estaban cubiertas por una capa de nieve crujiente. En las puertas había adornos navideños y filas de velas embrujadas que colgaban de los árboles. A Harry le dio un escalofrío. A diferencia de Ron y Hermione, no había cogido su capa. Subieron por la calle, inclinando la cabeza contra el viento. Ron y Hermione gritaban con la boca tapada por la bufanda. —Ahí está correos. —Zonko está allí. —Podríamos ir a la cabaña de los gritos. —Os propongo otra cosa —dijo Ron, castañeteando los dientes—. ¿Qué tal si tomamos una cerveza de mantequilla en Las Tres Escobas? A Harry le apetecía muchísimo, porque el viento era horrible y tenía las manos congeladas. Así que cruzaron la calle y a los pocos minutos entraron en el bar. Estaba calentito y lleno de gente, de bullicio y de humo. Una mujer guapa y de buena figura servía a un grupo de pendencieros en la barra. —Ésa es la señora Rosmerta —dijo Ron—. Voy por las bebidas, ¿eh? — añadió sonrojándose un poco. Harry y Hermione se dirigieron a la parte trasera del bar; donde quedaba libre una mesa pequeña, entre la ventana y un bonito árbol navideño, al lado de la chimenea. Ron regresó cinco minutos más tarde con tres jarras de caliente y espumosa cerveza de mantequilla. — ¡Felices Pascuas! —dijo levantando la jarra, muy contento. Harry bebió hasta el fondo. Era lo más delicioso que había probado en la vida, y reconfortaba cada célula del cuerpo. Una repentina corriente de aire lo despeinó. Se había vuelto a abrir la puerta de Las Tres Escobas. Harry echó un vistazo por encima de la jarra y casi se atragantó. El profesor Flitwick y la profesora McGonagall acababan de entrar en el bar con una ráfaga de copos de nieve. Los seguía Hagrid muy de cerca, inmerso en una conversación con un hombre corpulento que llevaba un sombrero hongo de color verde lima y una capa de rayas finas: era Cornelius Fudge, el ministro de Magia.

En menos de un segundo, Ron y Hermione obligaron a Harry a agacharse y esconderse debajo de la mesa, empujándolo con las manos. Chorreando cerveza de mantequilla y en cuclillas, empuñando con fuerza la jarra vacía, Harry observó los pies de los tres adultos, que se acercaban a la barra, se detenían, se daban la vuelta y avanzaban hacia donde él estaba. Harry susurró: — ¡Mobiliarbo! El árbol de Navidad que había al lado de la mesa se elevó unos centímetros, se corrió hacia un lado y, suavemente, se volvió a posar delante de ellos, ocultándolos. Mirando a través de las ramas más bajas y densas, Harry vio las patas de cuatro sillas que se separaban de la mesa de al lado, y oyó a los profesores y al ministro resoplar y suspirar mientras se sentaban. Luego vio otro par de pies con zapatos de tacón alto y de color turquesa brillante, y oyó una voz femenina: —Una tacita de alhelí... —Para mí —indicó la voz de la profesora McGonagall. —Dos litros de hidromiel caliente con especias... —Gracias, Rosmerta —dijo Hagrid. —Un jarabe de cereza y gaseosa con hielo y sombrilla. — ¡Mmm! —dijo el profesor Flitwick, relamiéndose. —El ron de grosella tiene que ser para usted, señor ministro. —Gracias, Rosmerta, querida —dijo la voz de Fudge—. Estoy encantado de volver a verte. Tómate tú otro, ¿quieres? Ven y únete a nosotros... —Muchas gracias, señor ministro. Harry vio alejarse y regresar los llamativos tacones. Sentía los latidos del corazón en la garganta. ¿Cómo no se le había ocurrido que también para los profesores era el último fin de semana del trimestre? ¿Cuánto tiempo se quedarían allí sentados? Necesitaba tiempo para volver a entrar en Honeydukes a hurtadillas si quería volver al colegio aquella noche... A la pierna de Hermione le dio un tic. — ¿Qué le trae por estos lados, señor ministro? —dijo la voz de la señora Rosmerta. Harry vio girarse la parte inferior del grueso cuerpo de Fudge, como si estuviera comprobando que no había nadie cerca. Luego dijo en voz baja: ¿Qué va a ser; querida? Peter o Regulus. Me imagino que sabes lo que ocurrió en el colegio en Halloween. —Sí, oí un rumor —admitió la señora Rosmerta. — ¿Se lo contaste a todo el bar; Hagrid? —dijo la profesora McGonagall enfadada. — ¿Cree que Peter o Regulus sigue por la zona, señor ministro? —susurró la señora Rosmerta. —Estoy seguro —dijo Fudge escuetamente. — ¿Sabe que los Dementores han registrado ya dos veces este local? — Dijo la señora Rosmerta—. Me espantaron a toda la clientela. Es fatal para el negocio, señor ministro. —Rosmerta querida, a mí no me gustan más que a ti —dijo Fudge con incomodidad—. Pero son precauciones necesarias... Son un mal necesario. Acabo de tropezarme con algunos: están furiosos con Dumbledore porque no los deja entrar en los terrenos del castillo. —Menos mal —dijo la profesora McGonagall tajantemente. — ¿Cómo íbamos a dar clase con esos monstruos rondando por allí? —Bien dicho, bien dicho —dijo el pequeño profesor Flitwick, cuyos pies colgaban a treinta centímetros del suelo. —De todas formas —objetó Fudge—, están aquí para defendernos de algo mucho peor. Todos sabemos de lo que Peter es capaz... — ¿Sabéis? Todavía me cuesta creerlo —dijo pensativa la señora Rosmerta—. De toda la gente que se pasó al lado Tenebroso, Peter era el último del que hubiera pensado... Quiero decir, lo recuerdo cuando era un primer año en Hogwarts. Si me hubierais dicho entonces en qué se iba a convertir; habría creído que habíais tomado demasiado hidromiel. —No sabes la mitad de la historia, Rosmerta —dijo Fudge con aspereza—. La gente desconoce lo peor. — ¿Lo peor? — Dijo la señora Rosmerta con la voz impregnada de curiosidad—. ¿Peor que matar a toda esa gente? —Desde luego, eso quiero decir —dijo Fudge. —No puedo creerlo. ¿Qué podría ser peor? —Dices que te acuerdas de cuando estaba en Hogwarts, Rosmerta — susurró la profesora McGonagall—. ¿Sabes quién era de sus mejores amigos? —Pues claro —dijo la señora Rosmerta riendo ligeramente—. Nunca se veía a los cuatro solos. ¡La de veces que estuvieron aquí! Siempre me hacían reír. ¡Un par de cómicos, Sirius Black y James Potter! A Harry se le cayó la jarra de la mano, produciendo un fuerte ruido de metal. Ron le dio con el pie. —Exactamente —dijo la profesora McGonagall—. Black y Potter. Cabecillas de su pandilla. Los dos eran muy inteligentes. Excepcionalmente inteligentes. Creo que nunca hemos tenido dos alborotadores como ellos. —No sé —dijo Hagrid, riendo entre dientes—. Fred y George Weasley podrían dejarlos atrás. — ¡Cualquiera habría dicho que Black y Potter eran hermanos! — Terció el profesor Flitwick—. ¡Inseparables! — ¡Por supuesto que lo eran! —Dijo Fudge—. Potter confiaba en Black más que en ningún otro amigo. Nada cambió cuando dejaron el colegio. Black fue el padrino de boda cuando James se casó con Lily. Luego fue el padrino de Harry. Los Potter no ignoraban que Quien Tú Sabes iba tras ellos. Dumbledore, que luchaba incansablemente contra Quien Tú Sabes, tenía cierto número de espías. Uno le dio el soplo y Dumbledore alertó inmediatamente a James y a Lily. Les aconsejó ocultarse. Bien, por supuesto que Quien Tú Sabes no era alguien de quien uno se pudiera ocultar fácilmente. Dumbledore les dijo que su mejor defensa era el encantamiento Fidelio. — ¿Cómo funciona eso? —preguntó la señora Rosmerta, muerta de curiosidad. El profesor Flitwick carraspeó. —Es un encantamiento tremendamente complicado —dijo con voz de pito— que supone el ocultamiento mágico de algo dentro de una sola mente. La información se oculta dentro de la persona elegida, que es el guardián secreto. Y en lo sucesivo es imposible encontrar lo que guarda, a menos que el guardián secreto opte por divulgarlo. Mientras el guardián secreto se negara a hablar, Quien Tú Sabes podía registrar el pueblo en que estaban James y Lily sin encontrarlos nunca, aunque tuviera la nariz pegada a la ventana de la salita de estar de la pareja. — ¿Así que Black seria el guardián secreto de los Potter? —susurró la señora Rosmerta. —Naturalmente —dijo la profesora McGonagall—. James Potter le dijo a Dumbledore que Black daría su vida antes de revelar dónde se ocultaban, y que Black estaba pensando en ocultarse él también... Y aun así, Dumbledore seguía preocupado cuando le informaron del cambio de plan y que sería Peter. Él mismo se ofreció como guardián secreto de los Potter. — ¿Sospechaba de Peter? —exclamó la señora Rosmerta. —Dumbledore estaba convencido de que alguien cercano a los Potter había informado a Quien Tú Sabes de sus movimientos —dijo la profesora McGonagall con voz misteriosa—. De hecho, llevaba algún tiempo sospechando que en nuestro bando teníamos un traidor que pasaba información a Quien Tú Sabes. — ¿Y a pesar de todo James Potter insistió en que el guardián secreto fuera Peter? —Así es —confirmó Fudge—. Y apenas una semana después de que se hubiera llevado a cabo el encantamiento Fidelio... — ¿Peter los traicionó? —musitó la señora Rosmerta. —Desde luego. Peter estaba cansado de su papel de espía. Estaba dispuesto a declarar abiertamente su apoyo a Quien Tú Sabes. Y parece que tenía la intención de hacerlo en el momento en que murieran los Potter. Pero como sabemos todos, Quien Tú Sabes sucumbió ante el pequeño Harry Potter. Con sus poderes destruidos, completamente debilitado, huyó. Y esto dejó a Peter en una situación incómoda. Su amo había caído en el mismo momento en que Peter había descubierto su juego. No tenía otra elección que escapar... —Sucio y asqueroso traidor —dijo Hagrid, tan alto que la mitad del bar se quedó en silencio. —Chist —dijo la profesora McGonagall. ¡Fui yo quien rescató a Harry de la casa de Lily y James, después de su asesinato! Me lo entrego una Voz misteriosa que ahora sabemos es el padrino de los Potter Lo saqué de entre las ruinas, pobrecito. Tenía una herida grande en la frente y sus padres habían muerto... Y Sirius Black apareció en aquella moto voladora que solía llevar. No se me ocurrió preguntarme lo que había ido a hacer allí. No sabía que él no había sido el guardián secreto de Lily y James. Pensé que se había enterado del ataque de Quien Vosotros Sabéis y había acudido para ver en qué podía ayudar. Estaba pálido y tembloroso. —ex clamó Hagrid. —Hagrid, por favor —dijo la profesora McGonagall—, baja la voz. — ¿Cómo iba a saber yo que su turbación se debía era la Traición de PETER Quien mato a todos los muggles y se transformo a sí mismo en rata y se escabullo por la alcantarillo culpando a Siruis Blakc? Y entonces me dijo: «Dame a Harry, Hagrid. Soy su padrino. Yo cuidaré de él...» ¡Ja! ¡Pero yo tenía órdenes de Dumbledore y le dije a Black que no! Le explique que una voz misteriosa me había dicho que se lo entregase a Dumbledore me había dicho que Harry tenía que ir al Castillo. Black discutió, pero al final tuvo que ceder. Me dijo que cogiera su moto para llevar a Harry hasta el castillo. «No la necesito ya», me dijo.

Tendría que haberme dado cuenta de que había algo raro en todo aquello. Adoraba su moto. ¿Por qué me la daba? ¿Por qué decía que ya no la necesitaba? La verdad es que una moto deja demasiadas huellas, es muy fácil de seguir. Dumbledore sabía que él era el guardián de los Potter. Black tenía que encontrar a Peter aquella noche. Sabía que el Ministerio no tardaría en perseguirlo. Tras la perorata de Hagrid hubo un largo silencio. Luego, la señora Rosmerta dijo con cierta satisfacción: —Pero no consiguió huir; ¿verdad? El Ministerio de Magia lo atrapó al día siguiente. — Dijo Fudge con amargura—. Fueron los Aurores, y sabiendo que Black era el guardián secreto de los Potter, ellos mismos lo persiguieron. Y después del Juicio se supo lo del cambio en el guardián Secreto y no fue sino hasta hace dos años que lo detuvimos a Peter, y si escapo como no lo sabemos. —No era tan inteligente como ellos y lo más extraño es que salió con otro prisionero que se había entregado solo según dijo para salvar su vida—. Pettigrew escapo de la cárcel pero lo recuperaremos pronto. — Dijo Fudge con brusquedad—. Nadie salvo los muy preparados Magos de Choque del Grupo de Operaciones Mágicas Especiales Blakc no habría tenido una oportunidad contra Peter, después de haberlo acorralado. En aquel entonces yo era el subsecretario del Departamento de Catástrofes en el Mundo de la Magia, y fui uno de los primeros en personarse en el lugar de los hechos cuando vi a Black, lo aprendimos pero Dumbledore probo su inocencia y demostró que fue Peter el verdadero guardián del secreto de los Potter y la muerte de todos los mogoles y la inocencia del propio Cirus. Nunca, nunca lo olvidaré. Todavía a veces sueño con ello. Un cráter en el centro de la calle, tan profundo que había reventado las alcantarillas. Había cadáveres por todas partes. Muggles gritando. Y Black allí, riéndose, con los. Una túnica manchada de sangre y unos... unos trozos de su cuerpo. La voz de Fudge se detuvo de repente. Cinco narices se sonaron. —Bueno, ahí lo tienes, Rosmerta —dijo Fudge con la voz tomada—. A Black se lo llevaron veinte miembros del Grupo de Operaciones Mágicas Especiales, y Pettigrew fue perdido en acción hasta que el propio Harry lo entrego en casa de los Weasley en su 11 cumpleaños, ha estado desde entonces en Azkaban. La señora Rosmerta dio un largo suspiro. — ¿Es cierto que está loco, señor ministro? —Me gustaría poder asegurar que lo estaba —dijo Fudge—. Ciertamente creo que la derrota de su amo lo trastornó durante algún tiempo. El asesino de Pettigrew fue la acción de un hombre acorralado y desesperado: cruel, inútil, sin sentido. Sin embargo, en mi última inspección de Azkaban pude ver a Peter. La mayoría de los presos que hay allí hablan en la oscuridad consigo mismos. Han perdido el juicio... Pero me quedé sorprendido de lo normal que parecía Peter. Estuvo hablando conmigo con total sensatez. Fue desconcertante. Me dio la impresión de que se aburría. Me preguntó si había acabado de leer el periódico. Tan sereno como os podáis imaginar; me dijo que echaba de menos los crucigramas. Sí, me quedé estupefacto al comprobar el escaso efecto que los Dementores parecían tener sobre él. Y él era uno de los que estaban más vigilados en Azkaban, ¿sabéis? Tenía Dementores ante la puerta día y noche. —Pero ¿qué pretende al fugarse? — Preguntó la señora Rosmerta—. ¡Dios mío, señor ministro! No intentará reunirse con Quien Usted Sabe, ¿verdad? —Me atrevería a afirmar que es su... su... objetivo final —respondió Fudge evasivamente—. Pero esperamos atraparlo antes. Tengo que decir que Quien Tú Sabes, solo y sin amigos, es una cosa... pero con uno de sus más devotos seguidores, me estremezco al pensar lo poco que tardará en volver a alzarse... Hubo un sonido hueco, como cuando el vidrio golpea la madera. Alguien había dejado su vaso. —Si tiene que cenar con el director, Cornelius, lo mejor será que nos vayamos acercando al castillo. Volvió a abrirse la puerta de Las Tres Escobas, entró otra ráfaga de nieve y los profesores desaparecieron. — ¿Harry? Las caras de Ron y Hermione se asomaron bajo la mesa.

Los dos lo miraron fijamente, sin saber qué decir. Harry no sabía muy bien cómo se las había apañado para regresar al sótano de Honeydukes, atravesar el pasadizo y entrar en el castillo. Lo único que sabía era que el viaje de vuelta parecía no haberle costado apenas tiempo y que no se daba muy clara cuenta de lo que hacía, porque en su cabeza aún resonaban las frases de la conversación que acababa de oír. ¿Porque les había traicionado su amigo? Ron y Hermione observaron intranquilos a Harry durante toda la cena, sin atreverse a decir nada sobre lo que habían oído, porque Luna estaba sentada cerca. Cuando subieron a la sala común atestada de gente, descubrieron que Fred y George, en un arrebato de alegría motivado por las inminentes vacaciones de Navidad, habían lanzado media docena de bombas fétidas. Harry, que no quería que Fred y George le preguntaran si había ido o no a Hogsmeade, se fue a hurtadillas hasta el dormitorio vacío y abrió el armario. Echó todos los libros a un lado y rápidamente encontró lo que buscaba: el álbum de fotos encuadernado en piel que Hagrid le había regalado hacía dos años, que estaba lleno de fotos mágicas de sus padres. Se sentó en su cama, corrió las cortinas y comenzó a pasar las páginas hasta que... Se detuvo en una foto de la boda de sus padres. Su padre saludaba con la mano, con una amplia sonrisa. El pelo negro y alborotado que Harry había heredado se levantaba en todas direcciones. Su madre, radiante de felicidad, estaba cogida del brazo de su padre. Y allí... aquél debía de ser. El amigo de su padre y su padrino, junto a este se veían dos jóvenes mas reconociendo al alto de inmediato como su profesor Lupin y el bajo lo recordó el día que lo detuvo en casa de los Weasley. Harry nunca le había prestado atención. Si no hubiera sabido que era la misma persona no habría reconocido a Peter en aquella vieja fotografía. Su rostro no estaba hundido y amarillento como la cera, sino que era sano y estaba lleno de alegría. ¿Trabajaría ya para Voldemort cuando sacaron aquella foto? ¿Planeaba ya la muerte de las dos personas que había a su lado? ¿Se daba cuenta de que tendría que pasar años en Azkaban, dos años que lo dejarían irreconocible? «Pero los Dementores no le afectan —pensó Harry, fijándose en aquel rostro agradable y risueño de cabello castaño claro bajo de estatura—. No tiene que oír los gritos de mi madre cuando se aproximan demasiado...» Harry cerró de golpe el álbum y volvió a guardarlo en el baul. Se quitó la túnica y las gafas y se metió en la cama, asegurándose de que las cortinas lo ocultaban de la vista. Se abrió la puerta del dormitorio. — ¿Harry? —preguntó la dubitativa voz de Ron. Pero Harry se quedó quieto, simulando que dormía. Oyó a Ron que salía de nuevo y se dio la vuelta para ponerse boca arriba, con los ojos muy abiertos. Sintió correr a través de sus venas, como veneno, un odio que nunca había conocido. Podía ver a Peter riéndose de él en la oscuridad, como si tuviera pegada a los ojos la foto del álbum. Veía, como en una película, a Peter Pettigrew un murmullo bajo y vehemente: «Ya está, Señor, los Potter me han hecho su guardián secreto...» Y entonces aparecía otra voz que se reía con un timbre muy agudo, la misma risa que Harry oía dentro de su cabeza cada vez que los Dementores se le acercaban. —Harry..., tienes un aspecto horrible. Harry no había podido pegar el ojo hasta el amanecer. Al despertarse, había hallado el dormitorio desierto, se había vestido y bajado la escalera de caracol hasta la sala común, donde no había nadie más que Ron, que se comía un sapo de menta y se frotaba el estómago, y Hermione, que había extendido sus deberes por tres mesas. — ¿Dónde está todo el mundo? — Preguntó Harry — ¡Se han ido! Hoy empiezan las vacaciones, ¿no te acuerdas? —preguntó Ron, mirando a Harry detenidamente—. Es ya casi la hora de comer. Pensaba ir a despertarte dentro de un minuto. Harry se sentó en una silla al lado del fuego. Al otro lado de las ventanas, la nieve seguía cayendo. Crookshanks estaba extendido delante del fuego, como un felpudo de pelo canela. —Es verdad que no tienes buen aspecto, ¿sabes? —dijo Hermione, mirándole la cara con preocupación. —Estoy bien —dijo Harry. —Escucha, Harry —dijo Hermione, cambiando con Ron una mirada—. Debes de estar realmente disgustado por lo que oímos ayer. —dijo Hermione. —Harry los miró. No entendían nada. — ¿Sabéis qué veo y oigo cada vez que se me acerca un Dementor? —Ron y Hermione negaron con la cabeza, con temor—. Oigo a mi madre que grita e implora a Voldemort. Y si vosotros escucharais a vuestra madre gritando de ese modo, a punto de ser asesinada, no lo olvidaríais fácilmente. Y si descubrierais que alguien que en principio era amigo suyo la había traicionado y le había enviado a Voldemort... —No puedes hacer nada —dijo Hermione con aspecto afligido—. Los Dementores atraparán a Peter, lo mandarán otra vez a Azkaban... ¡y se llevará su merecido! —Ya oísteis lo que dijo Fudge. A Peter no le afecta Azkaban como a la gente normal. No es un castigo para él como lo es para los demás. —Entonces, ¿qué pretendes? —dijo Ron muy tenso—. ¿Acaso quieres... matar a Peter? —No seas tonto —dijo Hermione, con miedo—. Harry no quiere matar a nadie, ¿verdad que no, Harry? Harry volvió a quedarse callado. No sabía qué pretendía. Lo único que sabía es que la idea de no hacer nada mientras Peter estaba libre era insoportable. —Malfoy sabe algo —dijo de pronto—. ¿Os acordáis de lo que me dijo en la clase de Pociones? «Pero en tu caso, yo buscaría venganza. Lo cazaría yo mismo.» — ¿Vas a seguir el consejo de Malfoy y no el nuestro? —dijo Ron furioso—. Escucha... Pettigrew él está loco, Harry, y es muy peligroso. —El padre de Malfoy debe de haberle contado algo —dijo Harry, sin hacer caso de las explicaciones de Ron—. Pertenecía al círculo de allegados de Voldemort. —Llámalo Quien Tú Sabes, ¿quieres hacer el favor? —repuso Ron enfadado. —Entonces está claro que los Malfoy sabían que Peter trabajaba para Voldemort... — ¡Y a Malfoy le encantaría verte volar en mil pedazos! Lo único que quiere Malfoy es que te maten antes de que tengáis que enfrentaros en el partido de Quidditch. —Harry, por favor —dijo Hermione, con los ojos brillantes de lágrimas—, sé sensato. Peter hizo algo terrible, terrible. Pero no... No te pongas en peligro. Eso es lo que Malfoy quiere... Estarías metiéndote en la boca del lobo si fueras a buscarlo. Tus padres no querrían que te hiciera daño, ¿verdad? ¡No querrían que fueras a buscar a Peter! —No sabré nunca lo que querrían, porque por culpa de Peter no los he tenido nunca —dijo Harry con brusquedad. Hubo un silencio en el que Crookshanks se estiró voluptuosamente, sacando las garras. —Mira —dijo Ron, tratando de cambiar de tema—, ¡estamos en vacaciones! ¡Casi es Navidad! Vamos a ver a Hagrid. No le hemos visitado desde hace un montón de tiempo. — ¡No! —dijo Hermione rápidamente—. Harry no debe abandonar el castillo, Ron. —Sí, vamos —dijo Harry incorporándose—. ¡Y le preguntaré por qué no mencionó nunca a Peter al hablarme de mis padres! Seguir discutiendo sobre Peter no era lo que Ron había pretendido. —Podríamos echar una partida de ajedrez —dijo apresuradamente—. O de gobstones. Percy dejó un juego. —No. Vamos a ver a Hagrid —dijo Harry con firmeza. Así que recogieron las capas de los dormitorios y se pusieron en camino, cruzando el retablo. Recorrieron el castillo vacío y salieron por las puertas principales de roble. Caminaron lentamente por el césped, dejando sus huellas en la nieve blanda y brillante, mojando y congelando los calcetines y el borde inferior de las capas. El bosque prohibido parecía ahora encantado. Cada árbol brillaba como plata y la cabaña de Hagrid parecía una tarta helada. Ron llamó a la puerta, pero no obtuvo respuesta. —No habrá salido, ¿verdad? —preguntó Hermione, temblando bajo la capa. Ron pegó la oreja a la puerta. —Hay un ruido extraño —dijo—. Escuchad. ¿Es Fang? Harry y Hermione también pegaron el oído a la puerta. Dentro de la cabaña se oían unos suspiros de dolor. — ¿Pensáis que deberíamos ir a buscar a alguien? —dijo Ron, nervioso. — ¡Hagrid! — Gritó Harry, golpeando la puerta—. Hagrid, ¿estás ahí? Hubo un rumor de pasos y la puerta se abrió con un chirrido. Hagrid estaba allí, con los ojos rojos e hinchados, con lágrimas que le salpicaban la parte delantera del chaleco de cuero. — ¡Lo habéis oído! —gritó, y se arrojó al cuello de Harry Como Hagrid tenía un tamaño que era por lo menos el doble de lo normal, aquello no era cuestión de risa. Harry estuvo a punto de caer bajo el peso del otro, pero Ron y Hermione lo rescataron, cogieron a Hagrid cada uno de un brazo y lo metieron en la cabaña, con la ayuda de Harry Hagrid se dejó llevar hasta una silla y se derrumbó sobre la mesa, sollozando de forma incontrolada. Tenía el rostro lleno de lágrimas que le goteaban sobre la barba revuelta. — ¿Qué pasa, Hagrid? —le preguntó Hermione aterrada. Harry vio sobre la mesa una carta que parecía oficial. — ¿Qué es, Hagrid? Hagrid redobló los sollozos, entregándole la carta a Harry, que la leyó en voz alta: Estimado Señor Hagrid: En relación con nuestra indagación sobre el ataque de un hipogrifo a un alumno que tuvo lugar en una de sus clases, hemos aceptado la garantía del profesor Dumbledore de que usted no tiene responsabilidad en tan lamentable incidente. —Estupendo, Hagrid —dijo Ron, dándole una palmadita en el hombro. Pero Hagrid continuó sollozando y movió una de sus manos gigantescas, invitando a Harry a que siguiera leyendo. Sin embargo, debemos hacer constar nuestra preocupación en lo que concierne al mencionado hipogrifo. Hemos decidido dar curso a la queja oficial presentada por el señor Lucius Malfoy, y este asunto será, por lo tanto, llevado ante la Comisión para las Criaturas Peligrosas. La vista tendrá lugar el día 20 de abril. Le rogamos que se presente con el hipogrifo en las oficinas londinenses de la Comisión, en el día indicado. Mientras tanto, el hipogrifo deberá permanecer atado y aislado. Atentamente... Seguía la relación de los miembros del Consejo Escolar. — ¡Vaya! — Dijo Ron—. Pero, según nos has dicho, Hagrid, Buckbeak no es malo. Seguro que lo consideran inocente. —No conoces a los monstruos que hay en la Comisión para las Criaturas Peligrosas... —dijo Hagrid con voz ahogada, secándose los ojos con la manga—. La han tomado con los animales interesantes. Un ruido repentino, procedente de un rincón de la cabaña de Hagrid, hizo que Harry, Ron y Hermione se volvieran. Buckbeak, el hipogrifo, estaba acostado en el rincón, masticando algo que llenaba de sangre el suelo. — ¡No podía dejarlo atado fuera, en la nieve! — Dijo con la voz anegada en lágrimas—. ¡Completamente solo! ¡En Navidad! Harry, Ron y Hermione se miraron. Nunca habían coincidido con Hagrid en lo que él llamaba «animales interesantes» y otras personas llamaban «monstruos terroríficos». Pero Buckbeak no parecía malo en absoluto. De hecho, a juzgar por los habituales parámetros de Hagrid, era una verdadera ricura. —Tendrás que presentar una buena defensa, Hagrid —dijo Hermione sentándose y posando una mano en el enorme antebrazo de Hagrid—. Estoy segura de que puedes demostrar que Buckbeak no es peligroso. — ¡Dará igual! — Sollozó Hagrid—. Lucius Malfoy tiene metidos en el bolsillo a todos esos diablos de la Comisión. ¡Le tienen miedo! Y si pierdo el caso, Buckbeak... Se pasó el dedo por el cuello, en sentido horizontal. Luego gimió y se echó hacia delante, hundiendo el rostro en los brazos. — ¿Y Dumbledore? —preguntó Harry. —Ya ha hecho por mí más que suficiente —gimió Hagrid—. Con mantener a los Dementores fuera del castillo y con Peter acechando, ya tiene bastante. Ron y Hermione miraron rápidamente a Harry, temiendo que comenzara a reprender a Hagrid por no contarle toda la verdad sobre Black. Pero Harry no se atrevía a hacerlo. Por lo menos en aquel momento en que veía a Hagrid tan triste y asustado. —

Escucha, Hagrid —dijo—, no puedes abandonar. Hermione tiene razón. Lo único que necesitas es una buena defensa. Nos puedes llamar como testigos... —Estoy segura de que he leído algo sobre un caso de agresión con hipogrifo —dijo Hermione pensativa— donde el hipogrifo quedaba libre. Lo consultaré y te informaré de qué sucedió exactamente. Hagrid lanzó un gemido aún más fuerte. Harry y Hermione miraron a Ron implorándole ayuda. —Eh... ¿preparo un té? —preguntó Ron. Harry lo miró sorprendido—. Es lo que hace mi madre cuando alguien está preocupado —musitó Ron encogiéndose de hombros. Por fin, después de que le prometieran ayuda más veces y con una humeante taza de té delante, Hagrid se sonó la nariz con un pañuelo del tamaño de un mantel, y dijo: —Tenéis razón. No puedo dejarme abatir. Tengo que recobrarme... Fang, el jabalinero, salió tímidamente de debajo de la mesa y apoyó la cabeza en una rodilla de Hagrid. —Estos días he estado muy raro —dijo Hagrid, acariciando a Fang con una mano y limpiándose las lágrimas con la otra—. He estado muy preocupado por Buckbeak y porque les gustan mis clases. —De verdad que nos gustan —se apresuró a decir Hermione. — ¡Sí, son estupendas! — dijo Ron, ¿Cómo están los bebe unicornios que hacen en este invierno? —Se resguardan en lo más espeso del bosque con los adultos y los llevo heno y paja para ellos —dijo Hagrid aun con tristeza—. El labio le temblaba. —Y los Dementores me hacen sentir muy mal —añadió Hagrid, con un estremecimiento repentino—. Cada vez que quiero tomar algo en Las Tres Escobas, tengo que pasar junto a ellos. Es como estar otra vez en Azkaban. Se quedó callado, bebiéndose el té. Harry, Ron y Hermione lo miraban sin aliento. No le habían oído nunca mencionar su estancia en Azkaban. Después de una breve pausa, Hermione le preguntó con timidez: — ¿Tan horrible es Azkaban, Hagrid? —No te puedes hacer ni idea —respondió Hagrid, en voz baja—. Nunca me había encontrado en un lugar parecido. Pensé que me iba a volver loco. No paraba de recordar cosas horribles: el día que me echaron de Hogwarts, el día que murió mi padre, el día que tuve que desprenderme de Norberto... —Se le llenaron los ojos de lágrimas—. Al cabo de un tiempo uno no recuerda quién es. Y pierde el deseo de seguir viviendo. Yo hubiera querido morir mientras dormía. Cuando me soltaron, fue como volver a nacer; todas las cosas volvían a aparecer ante mí. Fue maravilloso. Sin embargo, los Dementores no querían dejarme marchar. — ¡Pero si eras inocente! —exclamó Hermione. Hagrid resopló. — ¿Y crees que eso les importa? Les da igual. Mientras tengan doscientas personas a quienes extraer la alegría, les importa un comino que sean culpables o inocentes. —Hagrid se quedó callado durante un rato, con la vista fija en su taza de té. Luego añadió en voz baja—: Había pensado liberar a Buckbeak, para que se alejara volando... Pero ¿cómo se le explica a un hipogrifo que tiene que esconderse? Y... me da miedo transgredir la ley... —Los miró, con lágrimas cayendo de nuevo por su rostro—. No quisiera volver a Azkaban. La visita a la cabaña de Hagrid, aunque no había resultado divertida, había tenido el efecto que Ron y Hermione deseaban. Harry no se había olvidado de Peter, pero tampoco podía estar rumiando continuamente su venganza y al mismo tiempo ayudar a Hagrid a ganar su caso. Él, Ron y Hermione fueron al día siguiente a la biblioteca y volvieron a la sala común cargados con libros que podían ser de ayuda para preparar la defensa de Buckbeak. Los tres se sentaron delante del abundante fuego, pasando lentamente las páginas de los volúmenes polvorientos que trataban de casos famosos de animales merodeadores. Cuando alguno encontraba algo relevante, lo comentaba a los otros. —Aquí hay algo. Hubo un caso, en 1722... Pero el hipogrifo fue declarado culpable. ¡Uf! Mirad lo que le hicieron. Es repugnante. —Esto podría sernos útil. Mirad. Una mantícora atacó a alguien salvajemente en 1296 y fue absuelta... ¡Oh, no! Lo fue porque a todo el mundo le daba demasiado miedo acercarse... Entretanto, en el resto del castillo habían colgado los acostumbrados adornos navideños, que eran magníficos, a pesar de que apenas quedaban estudiantes para apreciarlos. En los corredores colgaban guirnaldas de acebo y muérdago; dentro de cada armadura brillaban luces misteriosas; y en el vestíbulo los doce habituales árboles de Navidad brillaban con estrellas doradas. En los pasillos había un fuerte y delicioso olor a comida que, antes de Nochebuena, se había hecho tan potente. La mañana de Navidad, Ron despertó a Harry tirándole la almohada. — ¡Despierta, los regalos! Harry cogió las gafas y se las puso. Entornando los ojos para ver en la semioscuridad, miró a los pies de la cama, donde se alzaba una pequeña montaña de paquetes. Ron rasgaba ya el papel de sus regalos. —Otro jersey de mamá. Marrón otra vez. Mira a ver si tú tienes otro. Harry tenía otro. La señora Weasley le había enviado un jersey rojo con el Fenix y un león de en la parte de delante, una docena de pastas caseras, un trozo de pastel y una caja de turrón. Al retirar las cosas, vio un paquete largo y estrecho que había debajo. — ¿Qué es eso? —preguntó Ron mirando el paquete y sosteniendo en la mano los calcetines marrones que acababa de desenvolver. —No sé... Harry abrió el paquete y ahogó un grito al ver rodar sobre la colcha una escoba magnífica y brillante. Ron dejó caer los calcetines y saltó de la cama para verla de cerca. —No puedo creerlo —dijo con la voz quebrada por la emoción. Era una Saeta de Fuego, idéntica a la escoba de ensueño que Harry había ido a ver diariamente a la tienda del callejón Diagon. El palo brilló en cuanto Harry le puso la mano encima. La sentía vibrar. La soltó y quedó suspendida en el aire, a la altura justa para que él montara. Sus ojos pasaban del número dorado de la matrícula a las aerodinámicas ramitas de abedul y perfectamente lisas que formaban la cola. — ¿Quién te la ha enviado? —preguntó Ron en voz baja. —Mira a ver si hay tarjeta —dijo Harry. Ron rasgó el papel en que iba envuelta la escoba. — ¡Una tarjeta feliz navidad tu padrino Cirus Black! Caramba, ¿se gastaría tanto dinero en hacerte un regalo? —Bueno —dijo Harry, mi padrino tiene mucho dinero—.dando vueltas alrededor de la Saeta de Fuego, admirando cada centímetro—. Te envió anónimamente la capa invisible... —Había sido de mi padre —dijo Harry—. Dumbledore se limitó a remitírmela. —Ése es el motivo por el que no podría admitir que fue él —dijo Ron—. Por si algún imbécil como Malfoy lo acusaba de favoritismo. ¡Malfoy! —Ron se rió estruendosamente—. ¡Ya verás cuando te vea montado en ella! ¡Se pondrá enfermo! ¡Ésta es una escoba de profesional! —No me lo puedo creer —musitó Harry pasando la mano por la Saeta de Fuego mientras Ron se retorcía de la risa en la cama de Harry pensando en Malfoy. — —dijo Harry riéndose también no entiendes mi Padrino Cirus es quien me la envió deja de decir bobadas—. ¿De qué os reís los dos? Hermione acababa de entrar con el camisón puesto bajo la bata y llevando a Crookshanks, que no parecía contento con el cordón de oropel que llevaba al cuello. — ¡No lo metas aquí! —dijo Ron, Pero Hermione no le hizo caso. Dejó a Crookshanks en la cama vacía de Seamus y contempló la Saeta de Fuego con la boca abierta. — ¡Vaya, Harry! ¿Quién te la ha enviado? —Traía tarjeta de mi Padrino. Ante su sorpresa, Hermione no estaba emocionada ni intrigada. Antes bien, se ensombreció su rostro y se mordió el labio. — ¿Qué te ocurre? —le preguntó Ron. —No sé —dijo Hermione—. Pero es raro, ¿no os parece? Lo que quiero decir es que es una escoba magnífica, ¿verdad? Ron suspiró exasperado: —Es la mejor escoba que existe, Hermione —aseguró. —Así que debe de ser carísima... —Probablemente costó más que todas las escobas de Slytherin juntas — dijo Ron con cara radiante. —Bueno, ¿quién enviaría a Harry algo tan caro y aunque la tarjeta diga que es tu padrino es sospechoso? — ¿Y qué más da? — Preguntó Ron con impaciencia—. Escucha, Harry, ¿puedo dar una vuelta en ella? ¿Puedo? Harry y Ron la miraron. — ¿Qué crees que va a hacer Harry con ella? ¿Barrer el suelo? —preguntó Ron. Pero antes de que Hermione pudiera responder; —Sería mejor que sacaras de aquí a ese gato —dijo Ron furioso. Mientras Hermione salía a zancadas del dormitorio, los ojos amarillos de Crookshanks todavía maliciosamente fijos en Ron.

Aquella mañana, en la sala común de Fenix; el espíritu navideño estuvo ausente. Hermione había encerrado a Crookshanks en su dormitorio, pero estaba enfadada con Ron porque había querido darle una patada. Ron seguía enfadado por el nuevo intento de Crookshanks de comérselo a Él. Harry desistió de reconciliarlos y se dedicó a examinar la Saeta de Fuego que había bajado con él a la sala común. No se sabía por qué, esto también parecía poner a Hermione de malhumor. No decía nada, pero no dejaba de mirar con malos ojos la escoba, como si ella también hubiera criticado a su gato. A la hora del almuerzo bajaron al Gran Comedor y descubrieron que habían vuelto a arrimar las mesas a los muros, y que ahora sólo había, en mitad del salón, una mesa con doce cubiertos. Se encontraban allí los profesores Dumbledore, McGonagall, Snape, Sprout y Flitwick, junto con Filch, el conserje, que se había quitado la habitual chaqueta marrón y llevaba puesto un frac viejo y mohoso. Sólo había otros tres alumnos: dos del primer curso, muy nerviosos, y uno de quinto de Slytherin, de rostro huraño. — ¡Felices Pascuas! — Dijo Dumbledore cuando Harry, Ron y Hermione se acercaron a la mesa—. Como somos tan pocos, me pareció absurdo utilizar las mesas de las casas. ¡Sentaos, sentaos! Harry, Ron y Hermione se sentaron juntos al final de la mesa. — ¡Cohetes sorpresa! —dijo Dumbledore entusiasmado, alargando a Snape el extremo de uno grande de color de plata. Snape lo cogió a regañadientes y tiró. Sonó un estampido, el cohete salió disparado y dejó tras de sí un sombrero de bruja grande y puntiagudo, con un buitre disecado en la punta. Harry, acordándose del boggart, miró a Ron y los dos se rieron. Snape apretó los labios y empujó el sombrero hacia Dumbledore, que enseguida cambió el suyo por aquél. — ¡A comer! —aconsejó a todo el mundo, sonriendo. Mientras Harry se servía patatas asadas, las puertas del Gran Comedor volvieron a abrirse. Era la profesora Trelawney, que se deslizaba hacia ellos como si fuera sobre ruedas. Dada la ocasión, se había puesto un vestido verde de lentejuelas que acentuaba su aspecto de libélula gigante. — ¡Sybill, qué sorpresa tan agradable! —dijo Dumbledore, poniéndose en pie. —He estado consultando la bola de cristal, señor director —dijo la profesora Trelawney con su voz más lejana—. Y ante mi sorpresa, me he visto abandonando mi almuerzo solitario y reuniéndome con vosotros. ¿Quién soy yo para negar los designios del destino? Dejé la torre y vine a toda prisa, pero os ruego que me perdonéis por la tardanza —Por supuesto —dijo Dumbledore, parpadeando—. Permíteme que te acerque una silla... E hizo, con la varita, que por el aire se acercara una silla que dio unas vueltas antes de caer ruidosamente entre los profesores Snape y McGonagall. La profesora Trelawney, sin embargo, no se sentó. Sus enormes ojos habían vagado por toda la mesa y de pronto dio un leve grito. — ¡No me atrevo, señor director! ¡Si me siento, seremos trece! ¡Nada da peor suerte! ¡No olvidéis nunca que cuando trece comen juntos, el primero en levantarse es el primero en morir! —Nos arriesgaremos, Sybill —dijo impaciente la profesora McGonagall—. Por favor, siéntate. El pavo se enfría. La profesora Trelawney dudó. Luego se sentó en la silla vacía con los ojos cerrados y la boca muy apretada, como esperando que un rayo cayera en la mesa. La profesora McGonagall introdujo un cucharón en la fuente más próxima. — ¿Quieres callos, Sybill? La profesora Trelawney no le hizo caso. Volvió a abrir los ojos, echó un vistazo a su alrededor y dijo: —Pero ¿dónde está Mí querido profesor Lupin? —Me temo que ha sufrido una recaída —dijo Dumbledore, animando a todos a que se sirvieran—. Es una pena que haya ocurrido el día de Navidad. —Pero seguro que ya lo sabías, Sybill. La profesora Trelawney dirigió una mirada gélida a la profesora McGonagall. —Por supuesto que lo sabía, Minerva —dijo en voz baja—. Pero no quiero alardear de saberlo todo. A menudo obro como si no estuviera en posesión del ojo interior, para no poner nerviosos a los demás. —Eso explica muchas cosas —respondió la profesora McGonagall. La profesora Trelawney elevó la voz: —Si te interesa saberlo, he visto que el profesor Lupin nos dejará pronto. Él mismo parece comprender que le queda poco tiempo. Cuando me ofrecí a ver su destino en la bola de cristal, huyó. —Me lo imagino. —Dudo —observó Dumbledore, con una voz alegre pero fuerte que puso fin a la conversación entre las profesoras McGonagall y Trelawney— que el profesor Lupin esté en peligro inminente. Severus, ¿has vuelto a hacerle la poción? —Sí, señor director —dijo Snape. —Bien —dijo Dumbledore—. Entonces se levantará y dará una vuelta por ahí en cualquier momento. Derek, ¿has probado las salchichas? Son estupendas.

El muchacho de primer curso enrojeció intensamente porque Dumbledore se había dirigido directamente a él, y cogió la fuente de salchichas con manos temblorosas. La profesora Trelawney se comportó casi con normalidad hasta que, dos horas después, terminó la comida. Atiborrados con el banquete y tocados con los gorros que habían salido de los cohetes sorpresa, Harry y Ron fueron los primeros en levantarse de la mesa, y la profesora dio un grito. — ¡Queridos míos! ¿Quién de los dos se ha levantado primero? ¿Quién? —No sé —dijo Ron, mirando a Harry con inquietud. —Dudo que haya mucha diferencia —dijo la profesora McGonagall fríamente—. A menos que un loco con un hacha esté esperando en la puerta para matar al primero que salga al vestíbulo. Incluso Ron se rió. La profesora Trelawney se molestó. — ¿Vienes? —dijo Harry a Hermione. —No —contestó Hermione—. Tengo que hablar con la profesora McGonagall. —Probablemente para saber si puede darnos más clases —bostezó Ron yendo al vestíbulo, tú con tus niñerías Ron cuando maduraras para ser un joven de 13 años te sigues comportando como si tuvieses tres le respondió Hermione, lo cual provoco la risa de los comensales de la mesa, Ron salió furioso donde no había ningún loco con un hacha. Cuando llegaron al retablo los Fenix felices Pascuas!, al mismo tiempo que la pared se abría para dejarles paso. Harry fue directamente al dormitorio, cogió la Saeta de Fuego y el equipo de mantenimiento de escobas mágicas que Hermione le había regalado para su cumpleaños, bajó con todo y se puso a mirar si podía hacerle algo a la escoba; pero no había ramitas torcidas que cortar y el palo estaba ya tan brillante que resultaba inútil querer sacarle más brillo. Él y Ron se limitaron a sentarse y a admirarla desde cada ángulo hasta que el agujero del retrato se abrió y Hermione apareció acompañada por la profesora McGonagall. Aunque la profesora McGonagall era la jefa de la casa de Fenix; Harry sólo la había visto en la sala común en una ocasión y para anunciar algo muy grave. Él y Ron la miraron mientras sostenían la Saeta de Fuego. Hermione pasó por su lado, se sentó, cogió el primer libro que encontró y ocultó la cara tras él. —Conque es eso —dijo la profesora McGonagall con los ojos muy abiertos, acercándose a la chimenea y examinando la Saeta de Fuego—. La señorita Granger me acaba de decir que te han enviado una escoba en nombre de Cirus, Potter. Harry y Ron se volvieron hacia Hermione. Podían verle la frente colorada por encima del libro, que estaba del revés. — ¿Puedo? —pidió la profesora McGonagall. Pero no aguardó a la respuesta y les quitó de las manos la Saeta de Fuego. La examinó detenidamente, de un extremo a otro—. Mmm... ¿Y la nota no decía más que feliz navidad, Potter? ¿Ninguna explicación? ¿Ningún mensaje de ningún tipo? —Nada —respondió Harry, como si no comprendiera. —Ya veo... —dijo la profesora McGonagall—. Me temo que me la tendré que llevar; Potter. — ¿Qué?, ¿qué? —dijo Harry, poniéndose de pie de pronto—. ¿Por qué? —Tendremos que examinarla para comprobar que no tiene ningún hechizo —explicó la profesora McGonagall—. Por supuesto, no soy una experta, pero seguro que la señora Hooch y el profesor Flitwick la desmontarán. — ¿Desmontarla? —repitió Ron, como si la profesora McGonagall estuviera loca. —Tardaremos sólo unas semanas —aclaró la profesora McGonagall—. Te la devolveremos cuando estemos seguros de que no está embrujada. —No tiene nada malo consulten con mi padrino Cirus —dijo Harry. La voz le temblaba—. Francamente, profesora... —Eso no lo sabes —observó la profesora McGonagall con total amabilidad—, no lo podrás saber hasta que hayas volado en ella, por lo menos. Y me temo que eso será imposible hasta que estemos seguros de que no se ha manipulado.

Cuando La profesora McGonagall dio media vuelta se oyó la voz misteriosa del fondo de la sala común diciendo estimada Profesora esa escoba fue enviada a través mío por el padrino físico de Harry y le ruego le entregue su escoba ya que yo garantizo que no ha sido manipulada por nadie, tanto la Profesora como Hermione se quedaron sin saber que responder, la profesora solo le entrego la escoba a Harry y se retiro. — ¿Por qué has ido corriendo a la profesora McGonagall? Hermione dejó el libro a un lado. Seguía con la cara colorada. Pero se levantó y se enfrentó a Ron con actitud desafiante: —Porque pensé (y la profesora McGonagall estaba de acuerdo conmigo) que la escoba podía habérsela enviado en nombre de Cirus, Peter o Regulus. No teníamos idea de que esto iba a suceder así como ustedes tampoco, y tu niño Ron hazme el favor de que hasta que madures y superes el complejo por ser el último de los varones de tu casa y seas lo suficientemente mago para que compitas con ellos, que tu hermana menor es muchísimo mas bruja que tu no me dirijas la palabra, ni solicites mi ayuda para las tareas, apáñatelas tu solo como puedas y se retiro a sus aposentos.