Disclaimer | ©"Shingeki no Kyojin/進撃の巨人" y sus personajes pertenecen a Hajime Isayama, esta obra es realizada sin fines de lucro, únicamente recreativos. Por MagiAllie a la plataforma de FanFiction. Cualquier modificación o re-subida a un sitio diferente sin autorización será reportada en Support de Google. Todos los derechos reservados.

Notas | Tema musical del capítulo: Nagada Sangh dhool, de Goliyoon ki rasleela ram leela. Imágenes de vestuario y paisajes, en mi Facebook MagiAllie. Gracias a mi queridísima Charly por betear, ella aún no lo sabe, pero me ayudará mucho con varias cosas de este cap.


ARABIAN NIGHTS

CAPÍTULO 11

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"Alejados uno de otro, mis costados están secos de pasión por ti,

y en cambio no cesan mis lágrimas"

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[Ibn Zaydun]

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HISTORIA DE LA PRUEBA DE ERWIN

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En un encerrado cuarto, Eren sentado en un banco de terciopelo con cojín acolchado y de curvaturas de muselina dorada, se veía en el espejo muy fijamente y se daba cuenta de como cambiaba su aspecto cuando se vestía como un esclavo pordiosero, en vez de estar como la más fina concubina. Se veía tan destruido después de permanecer más de cuatro horas en un sucio y oscuro calabozo, con sus muñecas y tobillos encadenados, de rodillas con los brazos alzados y el rostro manchado de sangre. Ahora estaba aquí, sentado en ese banco lujoso, mirándose en el enorme espejo que estaba frente a él, rodeado de velas en todo su esplendor y columnas con mosaicos verdes, mientras que las demás columnas del cuarto eran de madera oscura, y el piso de alfombra roja.

Pululando a su alrededor había cuatro mujeres que tenían las manos abarrotadas de cosas, las sonrisas perversas pintadas en sus caras, y los pies danzantes creando sonidos toscos a los oídos del castaños. Aquello casi parecía un aquelarre, un vil ritual, donde ellas bailaban a su alrededor lanzándole flores blancas como si él fuese un dios pagano, pero que en verdad era un muñeco sin juicio que lo movían a su antojo a través de las cadenas que aún lo mantenían atado a dos grandes bloques de hierro que impedía su escape. Eren quería vomitar sólo de escuchar sus palabras entre las risas que soltaban mientras lo vestían y lo maltrataban. Estaba tan desprotegido que era imposible defenderse de ellas mientras lo arreglaban, su cuerpo estaba cansado y eso que todavía no terminaban, su cabeza es la que más sufría pues Hannah le halaba el cabello con el peine de púas y lo acomodaba hacia atrás, la mujer deslizaba el peine con tanta lentitud poniéndole empeño en enterrarle las puntas en el cuero cabelludo lo más profundo posible.

Mina estaba un poco alejada, cargando lo que era de oro y cantaba con voz profunda y fuerte.

— ¡Alabado seas Alah! Dios que nos quitas de enfrente los obstáculos, ¡Alabado sea Alah! Le ofrecemos un trono repleto de joyas, hijo de la más hermosa diosa, nos inclinaremos ante su cuerpo con sándalo y pondremos un bermellón en su altar…— movía sus manos al compás de la canción haciendo las joyas tintinear y producir el ruido adecuado para la hermosa melodía. Llevaba sus hermosos cabellos negros finamente adornados en un moño superior y sus ropas que eran un conjunto de top color café y dorado, con pantalones de tonalidades verdes y esmeraldas forrado de pequeñas flores de color verde la hacía ver toda una belleza.

— ¡Una corona de diamantes de su tamaño! — cantó Nifa tomando la tikka y colocándola en la cabeza de Eren, haciendo que su peinado descomunalmente adornado resaltara tres veces más—. Las tobilleras tintinean en sus pies…

Y así la chica adornó también los grilletes de sus pies con tobilleras doradas, haciendo que se vieran hermosos, a pesar de estar encadenados. Eren suspiró y bajó la cabeza como si de una pequeña avecilla en una jaula de oro se tratase, a merced de intenciones extrañas y sin nadie que lo acompañase. Realmente se había quedado solo. Levi le había abandonado. Pero en su interior aún no bajaba la guardia.

En un instante la más vivaracha de las concubinas se le fue encima para seguir con aquella tortura.

— ¿Qué pasa? ¿Acaso estás triste? Pobrecillo, sólo mírate, abandonado por el sultán, sin nadie con quien contar y con las oportunidades truncas de pronto, no te suena familiar ¿verdad? Pues es exactamente lo que llegaste a hacernos.

— ¡Destruye el ego de los hijos mal nacidos, mi Dios Alah! —volvió a cantar Mina sin dejar de moverse, pero luego se detuvo y clavó su iracunda mirada en el castaño, casi queriendo aplastarlo —. ¿No te gustan nuestras canciones para Alah? Estamos agradecidas, después de tantos rezos por fin nos ha escuchado y nos ha permitido ver como caes por tu propia cuenta…

—No ha hecho nada por ustedes — las corrigió Eren cuando Nifa le ponía los aretes con ponzoñosa fuerza, sacándole un jadeo.

—Cuando tú llegaste, nosotras teníamos tres meses de haber llegado, la mayoría aspirábamos a convertirnos en la prometida del sultán… él jamás llegó hasta eso, pero después llegaste tú y lo arruinaste todo — Hitch se acomodaba el velo verde olivo —. Nos arrebataste nuestra oportunidad, pero no dejaremos que vuelvas a intervenir.

—Siguen molestas por eso, pero si han perdido su oportunidad con el sultán fue por cuenta propia y no por lo que yo he hecho — atinó a decir Eren con voz tranquila.

Hanna lo levantó del banco con rudeza y le arrancó la ropa que cubría su cuerpo, esos andrajos que le habían sido colocados anteriormente, y le puso rápidamente una hermosa tela de color rojo encima, que entraba por su cuello y dejaba los costados abiertos y un cinturón de oro que cerraba ambas partes, era demasiado sencillo pero hermoso. Hacía que su piel y su peinado resaltaran más.

—Jamás te atrevas a decir eso… ¿Sabes lo que es estar esclavizada a los caprichos de los hombres? ¿Tienes idea acaso de lo que para una mujer significa ser despreciada aun cuando goza de belleza?

— ¡No la tiene!— fue Hitch quien explotó y le dio una bofetada —. Él no ha vivido ninguna de nuestras penurias, tú alguna vez fuiste libre de andar por la vida como se te dio la gana. Nosotras nunca tuvimos la oportunidad de siquiera levantar la cabeza y enfrentarnos al mundo.

—Nacimos para servir, para ser un adorno, el más bello y el más fino —Nifa tenía la mirada pérdida en una de las joyas que estaba entre sus manos —. Al menos deseamos ser correspondidas para lo que nos han creado. El que tú hayas venido a quitarnos lo que nos pertenece es una deshonra, pero eso ya pasó, ahora tendremos una oportunidad y tu inmunda existencia ya no será más un estorbo. El sultán será nuestro.

—Su marido también puede ser el mío.

— ¡No! No puede, tú, un hombre no se puede comparar con nosotras que somos damas, princesas… ¡Tú no le puedes dar hijos! Él jamás te querrá a ti por encima de nosotras y menos por encima de las concubinas que están…

—El sultán no ha permitido que esa información se revele —interrumpió alguien apareciendo por la puerta de madera.

Era Petra.

—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó con asco Hitch, que ya se estaba reacomodando cada cabello que se había movido con ese pequeño arranque de ira. Bufó.

—Sigo siendo la persona responsable de Eren.

—Está a nuestro cuidado — le contestó Mina moviéndose enfrente de ella bloqueándola —. La reina nos lo ha encomendado para prepararlo para su presentación.

—Me parece que ya está listo.

—¡Todavía tenemos muchas cosas que hacer con él! Pintarle las manos de rojo, los dedos también y maquillarle la cara como… como bufón o algo así. Porque podemos hacer lo que queramos con él. La reina nos ha dado carta libre para todo — orgullosa Nifa se cruzó de brazos.

Petra contempló a Eren, no parecía abatido, se veía bastante decidido… sus ojos no dejaban ver ni rastro de duda, a pesar de encontrarse en una comprometedora posición. Cuando Petra lo vio, supo que tenia de alguna manera hablar con él, pues el castaño era listo y lograría salir de esta… pero tenía que oír que tenía pensado para ayudarlo pero primero había que quitarse a esas cuatro arpías de encima. Cuanto deseaba arrojarles algo y matarlas, pero sólo era una sirvienta y aún estaba indecisa. Suspiró y miró a las concubinas nuevamente.

—Permítanme hablar con él y guiarlo hasta donde tiene la presentación — pidió la pelinaranja inclinándose completamente en reverencia —. Bajo amenaza, mis serenísimas y muy respetables damiselas, advierto que si no me lo dejan veré que tomen un té que las haga infértiles. Y deben de recordar que yo soy la aya del Sultán, yo muevo los hilos en la servidumbre, ni siquiera lo verán venir.

Hitch frunció el ceño molesta y se mordió el labio, Nifa y Hanna se miraron entre ellas, era arriesgarse a demasiado y quizás eran las más hermosas del harem, pero no podían quitarles la única capacidad que las salvaría en un momento desesperado, la razón por la que la reina las había traído hasta aquí, sólo porque pensaba que eran adecuadas para el sultán Levi, pero al parecer él no pensaba lo mismo de ninguna manera. Mina renunció y dejó todas las joyas de inmediato, salió haciéndose la muy digna y pegándole a Petra con su hombro.

—Solterona.

Petra bajó la cabeza y observó como el sequito de concubinas del sultán se alejaban con furia y desconfianza, no se quedó mirándolas mucho más, pues estaba segura de que irían por un guardia para que vigilase al castaño y a ella de que no escaparan, aunque para el mozuelo probablemente era imposible, al tener que cargar todo el peso de los yunques de hierro.

Todo el momento que ellas tardaron en salir Eren se mostró digno, pero cuando estuvieron solos y Petra cerró la puerta se acercó a ella con rapidez y la estrechó en brazos, como un hijo a su madre.

— ¡Pensé que me habías abandonado! Tú eres la única persona en la que puedo confiar en todo este palacio, ahora todos se han volteado… Levi me ha abandonado y me siento desesperado, intento ser fuerte por mis padres, pero necesito tu ayuda mi amiga — Eren la abrazó con firmeza y Petra acarició las prendas de ropa brindándole consuelo.

—Me lo plantee — admitió la aya, Eren se apartó para verla con súplica—. Cuando escuché a tu padre decir tu nombre, sentí que me habías traicionado, que habías estado mintiéndonos a todos y principalmente al sultán a quien yo aprecio muchísimo, mi primera reacción fue alejarme, tener tiempo para pensar. Estoy segura de que el sultán pensó igual que yo.

— ¿Y porque estás aquí? — le susurró Eren sentándose en el banco mientras Petra se ponía manos a la obra con las joyas restantes y la pintura para su rostro y manos.

—Porque quería escuchar tu versión, Eren… ese es tu nombre ¿verdad? Sabes, no puedo abandonarte sin estar segura de que tomo la decisión correcta. Ahora estoy arriesgando nuestras vidas, pero quiero que me digas la verdad… Eren estoy feliz de conocerte así que dime la verdad. Y yo lucharé de tu lado.

El ojiverde se quedó tieso, estaba frente a la única persona a la que podía confiarle verdaderamente su vida y era el momento de revelar la verdad, aquí ante ella y era su única oportunidad, jadeó y se miró en el espejo. Su ropa de entretenimiento, pero sin gracia. Él no estaba hecho para vestir así, realmente él no era ese al que todos querían ponerle el traje de pobre y muerto de hambre, él podía salir adelante y rascarse con sus uñas. Miró a la aya.

—Petra, estoy enamorado del sultán— confesó abiertamente —. Tan enamorado que creo que voy a morir si paso lejos de él más tiempo, no puedo soportar que crea que lo he engañado. Así que cree en mí cuando te digo que no lo hice, sólo intentaba sobrevivir y más que brujería, estaba jugando un poco con su mente… pero si eso queda claro entre los dos, sé que tendré más oportunidades que antes. De quedarme con él, porque… lo deseo.

La aya se quedó en silencio, tomándole de las manos y colocando las muñequeras, pintando sus dedos de bermellón y sus palmas también. Lo miró de nuevo, era un joven precioso, un mozuelo mandado del mismo cielo con apariencia del más bello de los Djinnes, permaneció escudriñándolo con la mirada, pero algo había en él que jamás había visto en nadie, era como si pudiera ver el halo de su destino en esos ojos decididos y sabía que si no lo apoyaba incondicionalmente se iba a arrepentir. Se afirmó a si misma para darse valor de que el jovencito saldría de esta y todas, así como había evadido la muerte la primera vez, esta vez… lo haría de nuevo.

—Estoy de tu lado.

Eren la abrazó con todas sus fuerzas nuevamente.

—No te decepcionaré… salgo de esta o me dejó de llamar Eren Meu Habib del sultán.

— ¿Qué es lo que quieres que hagamos? — le preguntó en voz baja sin dejar de adornarlo.

Eren se debatió internamente por algunos segundos que parecieron eternos, se miró de nuevo en el espejo y se odio a si mismo por estar usando esas ropas que de verdad en nada le favorecían. ¡Prácticamente estaba desnudo! Y si salía con eso quedaría como una vil ramera ante todos. Entonces encontró la respuesta en su mente, cerró los ojos con más fuerza, las ideas se hilvanaron con precesión, directas a sus objetivos y sólo había tres cosas que deseaba: Salvar a su familia, mostrarse imponente ante la reina y recuperar la confianza del sultán.

—Necesito que me consigas una muda de ropa — se levantó—. Esta no es la que necesito, la reina quiere imponerme que haga lo que ella quiere, pero no puedo dejar que me mangonee y luego me ningunee, haré lo que me pide, pero lo haré como me plazca, ya verá, le demostraré que soy alguien a quien debe tenerle respeto. Eso es lo primero, luego… necesito que me ayudes a hablar con mi madre antes de que sea la hora, sólo serán unos minutos. En verdad Petra, necesito de toda tu ayuda.

Petra asintió, las dos cosas podría conseguirlas con relativa facilidad mientras fuera rápida y concisa, se quedó esperando la tercera cosa que Eren iba a decirle.

— Y lo último…necesito que vayas tras el sultán.

— ¿Te volviste loco, verdad?

—Es la única manera de hacer que vuelva y me escuche, tienes que convencerlo.

—Todo el mundo se dará cuenta de que me fui — refutó la mujer completamente convencida de que era mala idea —. ¿Qué tal si no me escucha?

—Petra o vuelves con Levi o no vuelves, porque si vuelves sin él…yo mismo me lapido.

Y ahí estaba la declaración más imponente y con más autoridad que el mozuelo le había hecho, ese 'o regresas con él o me mato', no era una simple amenaza en realidad estaba lejos de serlo, era una muestra de sabiduría, de que si eso no funcionaba no tenía ningún caso seguir luchando por aquella batalla pérdida y el castaño de nuevo se mostraba más listo e imponente que el mismísimo antiguo sultán de esas tierras. Petra sabía en su interior, que tenía que apoyarlo pasara lo que pasara.

—O vuelvo con él… o no vuelvo — repitió para si misma.

Eren asintió y la soltó de los hombros. Petra jadeó en busca de aire y se dio cuenta repentinamente de todo lo que tenía que hacer, se dio la vuelta rápidamente mirando por todo el cuarto, en ese cuartucho no iba a encontrar el atuendo que Eren necesitaba. Lo miró de nuevo, la decisión no había desaparecido de su rostro. Sonrió con ternura.

— ¿Qué clase de ropa necesitas?

—Algo que haga que los tambores suenen sin siquiera tocarlos— contestó con la mirada decisiva.

Parecía justo, Eren pondría en su lugar a la reina y ella iría por el sultán.

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"Al perderte, mis días han cambiado y se han tornado negros,

Cuando contigo hasta mis noches eran blancas"

[Ibn Zaydun]

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Cuando Petra trajo la ropa que Eren le había encargado, se la enfundó con esmero y mucho énfasis en los detalles. Durante algunos minutos se quedaron en el cuarto rogando al mismo Alah al que las concubinas de Levi habían rogado, pues a él no le había cumplido sus deseos todavía. Sin embargo, no pudieron quedarse ahí por mucho tiempo, ya que Petra había salido apresurada para hablar con uno de los guardias encargados de llevar a los prisioneros a la sala en donde sería el show. Porque todos incluyendo los prisioneros serian invitados. Los grandes ministros, el consejo real, el parlamento, la corte, sirvientes y nobleza estarían en el salón de Jaipur, un lugar por el que Eren había recorrido varias veces, pero nunca pensó que ahí también se hicieran eventos dignos.

Si es que al suyo podría llamársele 'digno'.

Petra y él salieron, escoltados por dos hombres armados de lanzas, uno de los cuales era el implicado, un joven alto de pelo negro y mirada temblorosa que fácilmente fue manipulado por el lado más dulce y menos estricto de la aya que ayudaba como podía al castaño a cargar con sus grilletes y cadenas, para facilitarle el andar. Los yunques que sujetaban sus cadenas habían sido retirados temporalmente y eran transportados en un carrito que jalaba el otro sujeto, un hombre con mirada ruda, de pelo rubio y ojos dorados, bastante musculoso.

Eren sabía que eran ayudantes principales de la reina y que si quería ver a su madre debía ser muy cuidadoso en cualquier cosa. Petra no dejaba de lanzarle miradas de advertencia a cada segundo.

—Sólo cinco minutos, aprovéchalos bien. En cuanto la veas yo tendré que irme, no puedo permitirme ni un segundo de retraso.

—Estoy de acuerdo —murmuró el joven, tanto que el sonido de cadenas que hacia mientras caminaba opacaba un poco aquella contestación.

Bajaron por los enredados pasillos del palacio, y se perdieron entre un sinfín de puertas con arcos y forma de bóveda, preciosos mosaicos de pavo real y pinturas en azul y blanco. El día estaba por irse para darle paso a la pálida luna. Eren comenzó a notar que no se encontraban con nadie en el camino y que mientras más se acercaban al destino más velas había encendidas.

Era cuestión de cruzar un amplio quiosco cerrado con biombos a todo alrededor, al parecer también era parte de los camerinos de las personas que solían dar presentaciones dentro del salón de Jaipur. Petra volvió a mirarlo de reojo y cuando ya estaban a menos de cinco metros de la salida coreada por dos columnas de piedra, lo aventó con fuerza a la parte de atrás de un biombo.

Los guardias se pusieron en la puerta. Eren asintió cuando Petra lo miró por última vez, le hizo una reverencia y una bendición con la mano, para luego hacer que sus pies se movieran por los mosaicos tan rápido que parecía imposible. Eren respiró asegurándose de que los hombres no lo veían, sólo le daban la espalda, pero vigilaban que no se escapara, miró a su alrededor, era muy parecido al cambiador en el que él había sido encerrado por las desagradables mujeres envidiosas. Pero este tenía una puerta cubierta por tela de muselina, Eren se acercó para deslizarla y lo que vio le dejo el corazón helado.

Aunque sabía que no tenía tiempo de sentimentalismos no pudo detener el torrente de emociones que afloró en él.

— ¡Mamá! — gritó Eren arrodillándose al lado de la mujer.

Ella estaba vestida con un Saree normal de color azul fuerte y oro, peinada hermosamente, y estaba sentada en un cómodo banco, no había cadenas ni grilletes en sus manos o pies. Parecía tranquila pero su antes tibia mirada ahora estaba pérdida en la muselina. Eren la vio con extrañeza, ella parecía estar esperándolo. En cuanto la mujer captó su presencia se giró hacia él y le sonrió con timidez.

—Mi Eren… mira todo lo que te hemos causado, ya lo arruinamos todo. Tienes que perdonarnos.

—No hay nada que perdonar mamá, comprendo tu desesperación — suspiró Eren besando sus manos —. Soy tu hijo y te debo respeto y la vida, perdona mi desesperación ahora, pues como verás, nuestras condiciones no son las más favorables pero no pienso dejarme vencer y que nos sigan humillando.

—Lo que tu padre hizo, fue imperdonable, pero debes comprender su ignorancia… a ti es a la única persona a la que yo he revelado mis secretos, Eren, y a como vi me di cuenta, no es lo único que te he heredado — le acarició las mejillas —. Y dime, ¿Qué pretender hacer para darle frente a la reina? — vio como Eren se acercaba despacio y cuando escuchó lo que le susurró, sonrió con orgullo —. ¿Quién te ha enseñado esa canción?

—Fuiste tu madre, una vez la bailabas, y la recuerdo bien… después cuando tuve clases con las concubinas una de ellas bailó esto a medias, así que se cómo es todo. No te preocupes verás que lo logro.

—Eres tan valiente y listo — se sorprendió Carla levantándose del banco —. Sé que saldrás adelante, no dejes que ellos te humillen, eres fuerte Eren. Nosotros, tus padres, te apoyaremos hasta el final sin importar lo que pase.

— ¿Cómo está papá? — la interrumpió Eren preocupado.

—No lo he visto desde que nos separaron en la sala de trono — la mirada de Carla de nuevo se oscureció—. Ruego a Alah que esté bien.

—Yo también mamá y perdonen por arriesgarlos así, por querer rebelarme, ante todo. Pero si muero, prefiero morir de pie que vivir de rodillas…

—Yo prefiero morir diez veces antes de ver cómo te arrebatan del lugar en el que te habías colocado — las lágrimas empezaron a descender por sus mejillas.

Eren le limpió aquellas gotitas saladas con mimo.

—Lo recuperaré mamá y con creces, y prefiero que me ahorquen ya mismo si no es así.

—Piensa un poco en tu madre cuando dices eso mi Eren — Carla lo abrazó fuertemente —. Ya debes irte, por favor mi hijo sigue con vida hasta el final, yo sé que lo harás maravillosamente y si la reina no ha sufrido de corajes hasta ahora, esto le reventará las vísceras, mi pequeño, listo y guapo hijo. Convencerás al sultán y lograrás todo lo que te propongas.

—Mamá pon tus esperanzas en mi — le pidió Eren besando sus manos una última vez —. Que yo conseguiré abrirme el paso a la cima.

—Conmigo o sin mí.

—Contigo.

Su madre lo miró con ternura una vez más y le dio un beso en la mejilla. Su hijo era afortunado por tener semejante belleza y cualidades. Ella sabía que él estaba destinado a la grandeza, porque así vestido como estaba sólo daba la impresión de que era una hermosa criatura creada para las más finas y hermosas ropas. Eren le sonrió y se alejó haciendo reverencia, para brindar honor a su madre y su mejilla se llenó con una salada lagrima.

Arrastrando sus cadenas y con toda la dignidad que podía su presencia demostrar salió del lugar, los hombres en la puerta lo tomaron y le colocaron pedazos de hierro pero no tan pesados como los otros, más bien estos tenían el objetivo de que le permitieran movilidad pero quitándole presteza.

Eren le dio una última mirada a su madre, sabía que pronto también llegaría un soldado a buscarla.

Eren comenzó el camino de nuevo, que era en verdad un trecho muy pequeño. Arrastrando sus pesas como podía y con toda la dignidad y decisión pintada en su rostro atravesó el arco que daba hasta el salón Jaipur. Se maravilló de la hermosura del lugar, sus ojos se abrieron como platos al ver su inmensidad. Era muy amplio, había escaleras alrededor que adornaban la amplia plataforma de piedra, al final más escalones que daban a una tarima donde estaba un hermoso altar, y todo adornado con velas.

Estaba repleto de gente, desde arriba de las escaleras, en los balcones, alrededor de la pista. Todo estaba lleno. La reina Kuchel estaba sentada en un sillón de terciopelo rojo encima de la tarina, con su jihab negro y su centellante corona. Su rostro era una oda al triunfo. Se veía tan soberbia. Y a su lado las concubinas con aires alzados veían todo con desdén.

Los danzantes y músicos estaban esperándolo en la puerta. Y se admiraron cuando lo vieron.

Eren sonrió.

Tomó la primera vela que se encontró, caminó adentrándose un poco y mirando a los músicos les susurró su plan, ellos confundidos pero obedientes asintieron. La reina lo miró de nuevo con ojos calculadores y Eren la miró con determinación.

—Hey… DhinTaadak, DhinTaadak.

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"Diríase que no hemos pasado juntos la noche, sin más tercero que nuestra propia unión.

Mientras nuestra buena estrella hacía bajar los ojos de nuestros censores"

[Ibn Zaydun]

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Petra lo sabía, que en ese preciso instante mientras ella corría, Eren estaba entrando al salón para luchar por su vida, por un segundo dudó en continuar porque cabía la posibilidad de que también el mozuelo no sobreviviera y que ningún caso tenía ir a buscar al sultán. Pero había una promesa y ella era una mujer de honor. Promesa hecha, nunca desecha. Esa era la principal razón por la que había desafiado todas las reglas. Enfundándose en un Saree con una capa de color café que cubría todo su cuerpo, había tomado sin ensillar a uno de los caballos más veloces que había encontrado en el establo del palacio.

Los cuidadores la habían mirado raro, pero no la habían cuestionado.

Salió del palacio como un atronador relámpago.

Atravesó todo el reino con el caballo levantando toneladas de arena en su camino, en su desesperación no se puso a pensar que hubiese sido mejor traer un camello, pero de todos modos esa no era una buena idea. Ella no sabía montar uno de esos animales.

El rumbo para ella estaba claro puesto que sabía a donde se había dirigido el sultán junto con su pequeño sequito. El nuevo reino conquistado era su destino. Pero el tiempo no perdona y ya era bastante tarde, había pasado bastante rato de la salida del sultán.

¿Cuánto podían haber avanzado?

¿Deberían ahora estar descansando?

Esperaba que así fuese, que ellos se hubiesen detenido. Si ella cabalgaba sin ningún tipo de descanso alcanzaría hasta donde ellos estaban sin perder demasiado tiempo.

¿Cuánto tiempo tardaría en alcanzarlo?

¿Dos horas o más?

Tal vez… tal vez fuera demasiado tarde.

Meneó la cabeza alejando esos pensamientos y se dio cuenta que ya había abandonado el reino, que habían pasado escasos minutos y que sólo había cruzado dos dunas y que lo que se encontraba enfrente era digno de extrañarse.

Pero entonces lo vio, cuando llevaba de camino algunos minutos más, o tal vez demasiados más… allá a lo lejos alcanzaba a verse un pequeño campamento.

Cabalgó más rápido que nunca, forzando al caballo a su máxima potencia, no se sintió mal pues esperaba que al alcanzar ese campamento que de alguna manera le parecía familiar el caballo descansara como era debido. Petra jadeó pues sus piernas difícilmente se agarraban al caballo, pero tenía que llegar. Su mente se seguía llenando de más y más preguntas.

¿Por qué el sultán había acampado a sólo treinta minutos del reino?

¿Cuánto tiempo se tomaron en armar el campamento? ¿Una hora? ¿Treinta minutos? ¿Habían estado holgazaneando después de eso?

—Tal vez…quería despejarse— susurró sin encontrar alguna respuesta.

Conforme se acercaba se percató de que realmente era el campamento del sultán, y no sólo lo identificaba por la carpa rodeada de guardias en alerta si no que también lo hacía por esas mantas bordadas de oro que ella bien conocía además que ahí estaba el caballo del sultán, Shabdiz, atado y descansando de la fría noche.

Los guardias que rodeaban la tienda eran sin duda sus conocidos.

—¡Alto ahí! — le llamaron la atención de inmediato los primeros guardias, algunos desconocidos.

—Déjenme pasar inmediatamente— dijo Petra bajándose del cabello conteniendo la respiración agitada —. Tengo órdenes de ver al sultán.

—¡Dije que te alejes! — un hombre la tomó del hombro y la empujó hacia atrás.

—Deténganse— dijo Auro de inmediato —. ¿Acaso no saben quién es ella?

—Auro— suspiró Petra aliviada, los soldados menores la soltaron y la dejaron pasar. El hombre de cabello castaño claro la miró con aburrimiento.

—¿Qué haces aquí? El sultán no ha solicitado tu presencia.

Auro era confiable, pero absurdamente apegado a las reglas que le convenían y que le hicieran ver con más autoridad, es por eso que él mismo había decidido encargarse del hecho de que la aya pasara a su mano y pudiera decretar si se quedaba o no.

Petra lo escudriñó con la mirada, se percató de que dudaba enormemente sobre sus intenciones ahí, debía ser muy concreta y firme si no quería que la echaran.

—Necesito urgentemente hablar con el sultán.

—Eso ya lo has dicho — le recriminó el otro.

—Se trata de algo muy delicado…

—Se más directa o jamás aceptaré que pases.

—De todas formas, no pienso irme.

—¿Auro? ¿Qué está pasando? — preguntó desde la puerta de la tienda Gunter —. Oh, Petra… ¿Qué haces aquí?

—Necesito ver al sultán.

— ¿De qué se trata? — le preguntó Erd mostrando su rostro también.

—Es sobre el palacio, están haciéndose con algunos asuntos que a él le conciernen sin su permiso.

—Cuando el sultán no está la encargada es la… oh, comprendo.

— ¿La dejaras pasar? — preguntó de nuevo Auro con una mueca extrañada

—Probablemente seas corto de materia, pero hay algo con el sultán que no cuadra y sabes que está afectado, sería un error nuestro no dejar que considerara sus propias opciones, así que la dejaré pasar, es de confianza suprema y tiene cosas que hablar con el sultán— asintió Erd.

—Así es Auro, acaso no te das cuenta de que el sultán… está…

—No hace falta que den explicaciones, sólo nos harán perder el tiempo, ahora déjenme pasar. Si no he salido en media hora entrad por mí, estoy muerta seguramente.

Sacó con fuerza el aire de sus pulmones y miró con intensidad la tienda de acampar, era grande quizás para veinte personas, sin embargo, sólo había una en el interior, y estaba probablemente pasando por una crisis de desesperación en la que Petra estaba por entrar, las luces iluminaban toda la tela y por fin se animó a dar el paso adelante para entrar por la puerta de la tienda, encontrándose con un muy desordenado cuarto, lleno de alfombras y cojines. Y en el centro de todo, el sultán Levi recostado entre cojines y con una botella de alcohol que estaba probablemente intacta, pero… sugerentemente abierta.

El sultán la miró de reojo rápidamente. La botella se tambaleó en sus manos.

—Petra, Petrae, Petrum, Petras… — dijo rápidamente enfatizando cada terminación—. Admiro tu valentía para llegar hasta acá sin tener el conocimiento de cómo encontrarme, aunque no me aleje mucho ¿verdad?

—Usted no está ebrio, sultán— le acusó la aya para que el pelinegro dejara de hablar como si hubiera perdido la razón.

—Mi cerebro está seco, pero mi corazón burbujea como el vino caliente — se lamentó llevando la botella a los labios, pero se detuvo en el acto —. No vale la pena ni siquiera ponerme a beber.

— ¿Está deprimido? ¿Taciturno? No quieres hacer algo para remediarlo…

El sultán la miró de nuevo, con condescendencia pero también con asombro, miró la botella intacta y la arrojó con fuerza contra el piso rompiéndola en mil pedazos, notando como el líquido comenzaba a derramarse por los cojines. Se sentía hastiado, terriblemente cansado física y emocionalmente.

Luego levantó la voz para llamar a uno de sus soldados.

—Erd, pídele a Petra que se retire inmediatamente y se cortés… no quiero más malentendidos.

El soldado aludido de inmediato entró a la casa de campaña, se quedó estático al ver como el sultán con sus ojos de felino miraba ofendido por sus palabras a la sirvienta, sin embargo, Petra no se había movido ni un ápice por la amenaza del sultán, en cambio frunció el ceño determinada.

—El cuentacuentos está en peligro. La reina se ha hecho cargo de su caso y está a punto de asesinarlo, necesitamos que usted vuelva.

El sultán se quedó quieto, sin dejar de mirarla. Estaba extrañado, realmente su madre había tomado el caso… lo sabía, pero en realidad cuando dio el aviso de que quería retirarse un tiempo y escuchó al soldado decir que ya se estaban encargando, él no pensó que ella… de todas formas no podía mostrarse débil ahora, tenía que seguir firme.

—Él no me necesita. Yo no puedo hacer nada por él, así que Petra vete…

La aya no se dejó intimidar, cuando Erd y Gunter la tomaron de los brazos al ver la debilidad de su líder y la decisión con la que le ordenaba que se marchara, ella con un movimiento rápido se liberó para dar una zancada al frente, acercándose al sultán.

— ¿Estás desafiándome tú también? —gruñó Levi.

—No lo hago, ni él tampoco lo hace, pero su madre sí que lo ha hecho… desobedeciendo las órdenes de usted, que para los ojos nuestros y de muchos es casi un Dios. Déjeme rogarle como tal y pedirle que vuelva. Le he prometido a Eren que volvería con usted o que simplemente no volvería, si su última palabra es no, apúnteme con su daga y máteme aquí ya mismo.

El moreno se quedó callado por largo rato, admirando la decisión de Petra, el cómo tenía el ceño fruncido y apostaba a todo por todo, ella era quien le había cuidado desde que era pequeño, a pesar de que sólo se llevaban unos pocos años, ella era la única en la que podía confiar plenamente y estaba aquí diciéndole que volviera sólo porque ese jovencito estaba en apuros. Su mente estaba enturbiada, se sentía tan desequilibrado. No entendía el torrente de emociones que atravesaba su cuerpo y en sus pensamientos sólo asimilaba la posible traición de esa persona…

Aunque no era seguro.

—Usted y yo sabemos que lo quiere, que quiere a ese mozuelo y que él lo quiere a usted. No hay razón para que esos sentimientos sean cuestionados por los demás.

Levi guardó silencio sepulcral.

—Por favor mi sultán, si está aquí es por una razón… porque conquisto esas tierras, son las reglas que usted mismo se ha impuesto así que no las desafié. Usted sabe a qué me refiero…

Levi abrió los ojos como plato, sorprendido de que su aya recordara aquel viejo trato que hizo antes de comenzar a conquistar todos los territorios que ahora ya poseía, lo había dicho con una sonrisa en los labios y con una pluma rota, sin concubinas ni nada, sólo esperanzado. Y dijo que esa sería su regla de oro, pero la había olvidado.

—Si hay espadas, hay guerra. Si hay miradas, hay amor — dijeron los dos al mismo tiempo.

Claro que la frase fue construida en el sentido más bélico posible, que si alguien atinaba a ponerle una espada enfrente a él lo tomaría como desafío y ganaría esa pelea, declararía guerra a cualquiera que intentara desafiarlo… pero también estaba la otra parte, ese opuesto que hablaba sobre el amor, algo que él nunca había considerado pero que ahora tenía en frente y su mente voló a los ojos verdes que aguardaban en el palacio, probablemente llorosos e irritados, él estaba confundido, pero quería saber la verdad.

—Su madre planea matarlo mientras nosotros perdemos el tiempo aquí, usted sabe perfectamente que lo hará si no intercede, pero sobre todo sabe que no quiere ver a Eren finamente adornado con pulseras, cadenas y su hermosura de astro bailando para entretener a los demás, porque es la segunda vez que su madre lo usa para humillarlo…

—Él no se dejará— continuó Levi extrañado.

—No dejara que lo humillen — coincidió Petra ya consciente del plan de Eren —. Pero… ¿No es peor humillación el quitarle lo único que desea? Todos esos del palacio son sus enemigos, todos ellos lo han manipulado para que lo abandone.

—Pero, él me confesó la verdad.

— ¿Qué otra opción tenia si su familia estaba siendo amenazada ahí mismo? Revelarse habría sido la muerte.

—De cualquier manera, lo es — consideró el pelinegro jalándose el cabello.

—Tal vez él esperaba que usted le creyera, yo le di la oportunidad de escucharlo ahora por favor désela usted.

Levi vio los cristales de la botella de alcohol en donde se derramaba el líquido y deseo haber dado un buen trago antes, porque ahora ya no había marcha atrás. Petra había vuelto para desperezarlo y mostrarle verdad, para darle otra perspectiva y él estaba perdiendo el tiempo aquí, lamentándose. Pero, se lamentaría más si no escuchaba aquella verdad y la razón del castaño. Aunque a este punto, si, llegados a este punto realmente Levi ya no quería escuchar ni una explicación.

Estaba seguro de que sólo verlo sería suficiente para calmar su alma y aclarar sus dudas.

—Eres maravillosa Petra, eso es verdad — admitió el sultán—. Pero no necesito ni una explicación, ya no la necesito. Lo único que necesito es verlo bien y sano. Levanten todo, es una orden. Ahora mismo partiremos de vuelta al palacio.

Los guardias se dieron la media vuelta y salieron de la casa, Petra sonrió agradecida y se inclinó ante el sultán.

—Sea misericordioso con esta sierva y con ese a quien ama.

—Petra, a estas alturas yo a esos ojos les perdono lo que sea.

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"Éramos dos secretos en el corazón de las tinieblas,

hasta que la lengua de la aurora estaba a punto de denunciarnos"

[Ibn Zaydun]

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Eren miraba con la misma intensidad con la que la reina lo veía, el brillo de decisión en los ojos de cada quien chocaban como dos rayos, el desafiante y la desafiadora, si las miradas expresaran los verdaderos sentimientos, ambos estarían muertos en ese momento, pues el odio que los recorría con sólo mirarse era demasiado avasallador. Aunque uno de ellos llevaba las de perder.

Eren sabía que ahí entre la gente que lo miraba con desprecio estaba derrotado. Se sentía abatido por todo lo que había pasado, por el regaño de Levi, la condena de su familia y la desgracia que cayó incluso en sus amadas mascotas. Sus ojos se entristecieron al ver a la pantera que inconforme movía sus encadenadas patas, que igual que su ave enjaulada se estaban preparando para morir en caso de que él fallara.

—Perdónenme—soltó en un suspiro agachándose en reverencia hipócrita y la música comenzó a sonar.

La canción que había solicitado que los músicos tocaran era el primer desafío y la reina ya lo había notado por el sonido de los clarines y flautas que comenzaba a inundar la sala con su suave melodía, y Eren estaba mirando al frente, con sus ojos clavados en la injusta regidora del lugar. Y rápidamente cuando los tambores comenzaron a sonar, no sólo comenzó a bailar dando vueltas haciendo que los planes de su falda se levantaran como una gran y majestuosa flor roja, mostrando sus piernas y lo hermoso de su simple pero precioso atuendo.

—"Ven rápido, abre los grilletes de mis pies…— cantó deslizándose al frente girando en torno a los tambores que ya sonaban con fuerza —…los tambores están sonando, los tambores y los timbales están sonando"

Sus manos se movían de un lado a otro, como si jalara el aire que lo rodeaba mientras las cadenas que sujetaban tanto sus pies como sus manos tintineaban con los pequeños brincos y vueltas que Eren daba, acompañando el sonido de los tambores.

Caminando rápidamente se acercó hasta el centro de la pista, sujetando la tela de su falda y dando vueltas para que se notara el esplendor, cada que sus ojos se quedaban hacia enfrente miraba con una fría determinación a la mujer de la corona.

—"Hey… ven rápido abre los grilletes de mis pies... — levantaba los pies y los chocaba contra sus manos en ángulo de L y cuando los tambores hacían el fuerte ruido de choque Eren palmeaba sus manos ayudando al sonido —…los tambores están sonando… están sonando. Los tambores y timbales están sonando"

A su alrededor como coro había un circulo de bailarinas que conocían perfectamente tanto la canción como la coreografía que Eren había aprendido con su rápida mente de joven, detrás de ellos los tambores coreaban junto con los bailarines y personas que ayudaban al entretenimiento. Sentada desde su trono la reina meneaba la cabeza inconforme con el desafío que el castaño estaba imponiéndole y cuando las flautas sonaban y todos comenzaban a girar en su mismo sitio, ella miró de reojo de nuevo al castaño, muy consciente de que la letra de la canción no era para ella.

—Él no vendrá — gruñó muy, pero muy bajo.

Eren bailaba con la gracia de una gacela joven, ninguna de las bailarinas a su lado podía comparársele, pues él tenía la delicadeza y sutileza de una flor, el bello cabello corto adornando su cabeza y las perforaciones destellando con cada giro en círculo, levantando las manos y bajándolas para tocar las puntas de sus pies, mientras que todo en él resonaba, desde los grilletes hasta los collares y pulseras.

La reina sonrió maligna y levantó la mano bendiciendo que su mente fuera tan cruel como para haber planeado una barbaridad sólo en dos segundos. Eren giraba mientras la reina miraba muy sigilosamente a su sirviente, Reiner, con ojos cautelosos. El cual observaba el espectáculo entre aburrido y complacido.

—"Hay golpes en la puerta…—cantaba Eren golpeando sus manos en palmadas y girando al mismo tiempo —…pero, aún no has llegado… desde entonces la miro, y te estoy esperando…"

El sirviente se acercó con mucho cuidado ante la reina, observando como toda la gente disfrutaba del giro inesperado que había dado el entretenimiento, pues el baile, la voz y la música era exquisita en todo sentido, incluso las concubinas que se encontraban ofendidas pero ignorantes ante esa rivalidad que había surgido entre la reina y el castaño observaban muy atentamente. Le reina levantaba las manos y las danzaba al compás de la música fingiendo que definitivamente ella no se estaba quedando atrás.

—"Ahora abre los brazos y ven…—sonrió Eren con melancolía sin dejar de bailar y concentrándose muy cuidadosamente en la gracia de sus movimientos —…mi corazón deambula por aquí y por allá con alegría… está llamando a mi amado en voz alta"

Los dueños de los tambores se unieron al círculo para mejorar la canción y la interpretación que el ojiverde estaba dando, que ya no sólo bailaba por entre las bailarinas, también rodeaba a los músicos y provocaba un hermoso sonido con sus manos y las cadenas que lo jalaban. Sus pequeños y suaves saltos, la extrema precaución con la que movía cada uno de sus dedos, era admirable en el más puro de los sentidos.

—"Los tambores están sonando, los tambores y timbales están sonando…— cantaba de nuevo Eren, girando con extrema concentración —…Hey ven rápido y abre los grilletes de mis pies, los tambores están sonando, los tambores y los timbales están sonando"

La gente disfrutaba con extrema alegría del hermoso espectáculo que el chico de cabello castaño estaba dando, pues la canción a pesar de ser quisquillosa era muy alegre y daba la sensación de que todos en la corte querían bailar e ignoraban el verdadero significado de la letra. Pero la reina, por más alegre y complacida que intentara mostrarse no lo pasaba por alto, y Reiner a su lado inclinó la cabeza en una muda aceptación. Los dos se levantaron del trono.

Eren tan concentrado en bailar estaba que no notó cuando los dos comenzaron a rodear el lugar y caminaron hasta donde estaba la puerta del salón. De donde había salido Eren.

En ese momento Eren bailaban haciendo sentadillas y deslizando sus manos de enfrente a atrás, y cantando a coro junto con más de la mitad de las personas que estaban en la sala.

— "El limón es verde, verde es también el árbol, ¡Oh señor, no lo niegues! Por favor que tenga un poco de estancia en mi casa, no voy a quedarme…— en ese instante cuando volvió a fijarse en el trono, Eren se percató que la reina ya no estaba en su sitio, sus ojos la buscaron y la encontraron deslizándose por entre las gente seguida de su guardia. Los dos muy tranquilamente caminaban hacia la salida.

Kuchel se percató de que él la miraba, sonrió sardónica y le hizo un saludo de reverencia juntando las manos, luego siguió caminando…

El corazón de Eren tembló pero no detuvo sus movimientos.

— "Alah nos está esperando, Alah no puede quedarse solo… porque está esperando a Mahona y a Jadiya — cantaba toda la gente como fuerte oración mientras Eren ya no bailaba al centro, ahora hacia todo lo posible para que el baile se deslizara a la parte posterior del salón, mientras que todas las bailarinas lo seguían intentando mantener su ritmo y la reina estaba por llegar a la puerta donde se encontraba el otro sirviente, Berthold, que se había desplazado hacia la puerta y había salido. La reina lo miraba bailar y Eren ya estaba enfrente de ella cuando la música seguía tocando y a él le tocaba cantar de nuevo. Se quedó estático mirando a la puerta.

La reina se detuvo y su sirviente la imitó, pero los tambores siguieron tocando.

—"El momento de agonía ya pasó, ahora ven a bailar conmigo ¿Por qué tiemblas tanto? Ahora no tengas miedo en tu corazón…— la melodiosa voz de Eren detuvo la caminata de todos, pero él sólo podía ver muy detenidamente a la monarca, y cuando sus miradas volvieron a chocar, él se inclinó ligeramente como señal de humildad, que claro, era fingida. Tan pronto como la reina hizo un gesto de prestarle atención Eren continúo bailando con energía —…Los pavos reales, cantan ahora en los jardines y la geografía de mi corazón ha cambiado. Los tambores están sonando…"

La reina sonrió con profunda hipocresía mientras terminaba de mirar como su más grande enemigo seguía danzando mientras todos adoraban lo perfecto y cálido de su presentación. Reiner y Berthold habían desaparecido tras las puertas mientras ella se quedó parada ahí a dos zancadas, mirando de espaldas como el baile continuaba.

En su interior, todo su ser se podría por la rabia contenida. No estaba contenta. Pero ya le haría tragarse a ese muchachito su desafío.

—"Los tambores están sonando, los tambores y timbales están sonando… los tambores están sonando…— Eren bailaba y no dejaba de bailar, se movía con la suavidad de los pavos reales, pero con todo el coraje de su corazón, con toda la valentía de su alma y la esperanza de su amor —…Hey, ven rápido y abre los grilletes de mis pies. Los tambores están sonando, los tambores y timbales están sonando"

La reina había vuelto a deslizarse hacia atrás, mientras el castaño seguía danzando y cantando el mismo repetido coro junto con las voces de los miembros que lo habían condenado, bailando codo a codo con las bailarinas que lo detestaban y sintiendo la mirada ponzoñosa de la reina y antigua esposa del difunto sultán, que al mismo tiempo que Eren daba sus últimas vueltas para por fin terminar con la danza — y mostrarle a la fastidiosa mujer que no iba a dejar que lo humillara más—, esta levantaba las manos.

Una melodía macabra bailaba en la mente de la reina, casi parecía un cantico demoniaco y la sensación de saberse ganadora empezaban a mandarle ondas de placer. Paciencia, paciencia se repetía. Y es que estaba esperando que el momento llegara, ese momento que se estaba marcando con las últimas notas de la canción, en el último giro del castaño.

Porque en cuanto el mozuelo quedó frente a ella y su mirada pudo beberse el terror en los ojos que se abrían como platos, ese delicioso sabor de venganza que tanto había esperado se deslizó por su garganta como suave vino.

Eren dejó de respirar, su mirada se nubló durante unos segundo, su cuerpo estaba temblando y cuando entre medio del estupor se dio cuenta que todo era real, lo primero que su mente pudo captar fue el cuerpo de su padre sin cabeza, las manos de Reiner ensangrentadas con una espada, a Berthold dándole dos grandes piedras a la reina en cada mano y a su madre sentada en el piso.

Aquella mujer que miraba a su hijo con una sonrisa comprensiva.

Unas grotescas manos sujetaron a Eren, lo sujetaron de las cadenas. El silencio ya era absoluto, los tambores habían dejado de sonar y la reina sólo estaba esperando el segundo preciso para hacer lo que había prometido.

Sí, era el momento de su gloria.

El crimen se paga con la lapidación.

Haría que el mozuelo viera en primer plano como lapidaban a su madre, ya después él mismo probaría su condena, a aquel impertinente le cortaría la lengua, las orejas, la nariz, las manos y le sacaría la piel para dejarlo en un inmundo calabozo hasta que ella se dignara a decapitarlo igual que a su padre. Ese pobre hombre que lo había delatado sin querer.

Kuchel Ackerman no conocía el término piedad. En el poder absoluto eso no necesario ni práctico. Ella era una mujer de poder.

— ¡No! ¡No! ¡Deténgase! ¡No lo haga! — los gritos agónicos de Eren inundaban el salón.

Pera era ya demasiado tarde, su madre estaba en el piso, esperando el momento y la reina seria aquella que lanzaría la primera piedra, con un gran y fuerte impulso para golpear a su madre directo en la cabeza. Eren quiso cerrar los ojos, pero tenía que verlo, porque tan pronto como la reina lanzó la piedra e impactó contra la nuca de su madre sangre salió a borbotones, en su mente estallaron las suplicas pidiéndole a sus piernas que corriera hasta donde estaba su progenitora, pero estaba aprisionado de tal manera que sólo podía retorcerse como una mariposa a la que le han arrancado las alas mientras las calientes lágrimas de desprecio, de dolor, de ira se deslizaban por las mejillas.

La gente que hace un momento ansiaba verlo bailando habían rodeado todo y sostenían piedras en las manos que probablemente habían guardado desde el principio y empezaron… arrojaron sin piedad, piedra tras piedra al cuerpo de su madre, lapidando a la ya inconsciente mujer mientras él gritaba de impotencia.

Esas ratas vestidas con ropas de reyes arrojaban piedras a su madre, a su padre y pronto lo harían con él.

Y llegó…la primera piedra le dio en la sien.

No vio de qué mano le llegó el impacto, sus ojos estaban demasiado llorosos para darse cuenta, para prestarle atención a algo que no fuera a los cuerpos apedreados de sus padres, pero la sangre cayendo de su frente que le llenaba el rostro era una clara señal de que su fin estaba cerca. Un segundo golpe le impactó, esta vez tan fuerte que lo envió de espaldas al suelo.

Su alma se quebró entre el llanto y los gemidos de dolor.

Unos brazos le acunaron.

Era el sultán.

Estaba ahí.

Por fin había llegado.

Pero tal vez para el espíritu de Eren eso ya era un poco tarde.

El sultán Levi estaba abrazando a aquel cuerpo tembloroso que parecía ido en el dolor, lo sujetaba contra él con una fuerza brutal mientras la ira bailaba en la punta de sus dedos. Pero no lo soltaba pues intentaba protegerle de mirar y de sufrir por ver a sus padres reducidos a una masa sanguinolenta de huesos y piel destrozada. Se sentía tan miserable por todo el tiempo que lo había dejado y por eso intentaba cubrirlo de eso. Sus dientes rechinaban.

Sus ojos se clavaron en la figura que casi parecía a punto de desvanecerse. Su cuenta cuentos, su precioso cuentacuentos estaba herido, humillado, con los pies sangrando, cadenas en sus manos. Con los ojos llorosos.

—Mi amor — susurró Levi sin dejar de abrazarlo.

El castaño no respondía.

— ¡Esto jamás… jamás te lo voy a perdonar!— gritó Levi sin dejar de abrazarlo. La gente se alejó por metros deteniendo su barbarie.

La reina se veía furiosa y confundida contemplando la escena. Estuvo tan cerca de matar a esa basura que era el mozuelo, pero su hijo había llegado con su maldita aya, la estúpida sirvienta, y junto con sus soldados que habían conseguido detenerlos a todos. La respiración se le volvió pesada cuando sus oídos captaron el reclamo potente de su hijo. Un grito cargado de odio.

— ¡Esto no te lo voy a perdonar! —volvió a gritar Levi —. Te juro que me las vas a pagar todas, me las pagaras y con creces, te arrepentirás de haber nacido por este maldito día. Cruel, perra sin corazón. Soy tu hijo, maldita sea, porque no puedes aceptar lo que me hace feliz. Te esforzaste en joderme hasta que te fue imposible… ¿¡Qué más quieres de mí!?

A este punto Levi ya estaba de pie, con la espada en dirección a su propia madre, la cual tenía los ojos alucinados. Las manos del sultán temblaban por la ira. A su lado, Petra arrullaba al jovencito mientras con su propia ropa limpiaba la sangre que se escurría de la frente morena.

—Quiero que dejes de ser un maldito sodomita…

Las palabras cayeron en Levi como un balde de agua fría, pero no dejó que le afectaran tanto como de verdad lo hacían. La espada cayó provocando un sonido sordo mientras el azabache daba dos grandes zancadas y su mano se estampaba en el rostro de la que ya no consideraba su progenitora obligándola a callar. Levi la miró con desprecio y luego le dio la espalda.

—Tú ya no eres mi madre —escupió caminando hasta el cuentacuentos y cargándolo como a una princesa —. Retírate de mí vista, no quiero saber nada de ti. Tendrás tu merecido.

Pero Kuchel Ackerman no era mujer de dejase vencer, ni humillar, ni siquiera del mismísimo sultán.

— ¿A dónde lo llevas? — le preguntó la reina interponiéndose—. Es mi prisionero, es mi responsabilidad.

—Cierra la boca antes de que…

—Tengo un contrario—advirtió la mujer.

—No uses eso conmigo.

—Es legal — gruñó la reina de nuevo, con la mejilla roja —. Estas desafiando las reglas Levi, más de lo que crees…

—Rómpelo— advirtió Levi con fuerza mientras sentía como el ojiverde se ceñía contra su cuerpo —. Ahora.

—Necesitas mi firma para liberar a ese prisionero.

— ¡Pues firma! — la amenazó Levi

—Primero muerta. No me harás retractarme, vil sodomita — lo ultimó fue un susurro venenoso, un murmullo sólo para el azabache.

Sodomita volvió a girar en la mente de Levi una y otra vez, se sentía más inestable que en un principio, pero es que esto no era un capricho ni nada por el estilo, esto era algo más, esto era… era por ese alguien que lo hacía feliz, y ese alguien era Eren, hombre por el que sería capaz de ofrendar su vida. Sabía muy bien que estaba rompiendo todas las reglas por él y estaba por romperlas enfrente de todos, bailar encima de las leyes. Si esto llegaba a más, si esto no se controlaba habría una… una revolución, y él ahora estando tan… trastabillando. Pero algo si tenía seguro.

Tenía que conseguir que el contrato se rompiera, no podía dejar morir a ese chico.

Le amaba.

—Firmarás, de eso me encargo yo — le dijo Levi de nuevo.

—Lo veremos…pero hasta entonces esa porquería regresará a los calabozos — la mirada fría y la voz dictatorial de la mujer recayó en Levi de nuevo.

El sultán también le devolvió el gesto de desprecio y antes de dejar que alguien más tocara a su pequeño cuentacuentos, lo afianzó en sus brazos y él mismo se lo llevó con todo el dolor de su corazón a aquel lugar al que su tesoro no pertenecía mientras se juraba que haría todo lo posible por sacarlo, que lo conseguiría y que no tendría que pasar ni un segundo más en el suelo frio de un calabozo.


N/A: Una pequeña y linda lectora ya me había mostrado esta canción preguntándome por ella, yo le dije que sería parte del Fic en su momento, porque a pesar de que la canción va de una cosa sumamente distinta, quedaba muy bien dentro de la trama. No pasen de ella.

Tengo tres peticiones de cuentos, no crean que las he olvidado, en el siguiente capítulo volverán los cuentos del lindísimo mozuelo y estoy considerando todos, gracias por sus sugerencias.

Espero que el capítulo haya sido de su total agrado, y que disfruten oyendo la canción y viendo las imágenes que como siempre, subo a mi Facebook.

¡Gracias por sus, hermosos y muy amables reviews!

Notas de la Beta: ¡Bibidi babidi bumm! Bien, mil disculpas por el retraso, no culpéis a Magi por esto, la culpable soy yo o más bien un mal llamase 'universidad' pero en fin. Disculpadme. Señoritas una recomendación: Preparad el estómago, ustedes van a odiar a Kuchel. ¡Si señor! ¿Quién quiere verle el pechito a Eren? Levanten la mano, que aunque tenga que acosar a Magi lo hemos de lograr. \._./

PD: perdón el retraso, tengo problemas con mi compu.