Hola hola chicas!
Quiero pedirles una enorme diculpa, se que he tardado siglos en actualizar, pero mi lap colapso y con ella se fueron todos mis archivos, asi que he tardado bastante en volver a recuperar algunos, desafortunadamente no pude recuperar la historia, pero ya tengo listos todos los caps asi que prometo subirlos todos hoy, digo antes de que algo vuelva a ocurrir
Quiero agradecer a todas las que aun siguen esta historia y nuevamente disculpen, como recompensa, ya tengo planeado un fic, este si sera mio, la idea no es del todo mia jejeje pero este sera un ABC, asi q solo habra 27 caps :) (aun trabajo en ello)
Como ya saben ni la historia ni los personajes me pertecenen, ahora si la historia.
Capítulo 11
LA pintura no consiguió tranquilizar a Candy. La imagen de Albert aparecía en su mente incesantemente mientras daba pinceladas. Sus dedos parecían haber cobrado vida propia y ser incapaces de excluirle.
Por supuesto, tenía que agradecerle el bolso. De una forma u otra, debía encontrar las palabras adecuadas para aceptar el regalo siguiendo la intención de él al dárselo.
Fuera la intención que fuese, se recordó irónicamente. Había leído la nota una docena de veces, pero seguía sin comprenderla.
Sintió casi alivio cuando Anthony regresó entusiasmado con el más caro modelo de coche con control remoto. Paty acababa de despertase de la siesta y, al ver el rostro hosco de la niña cuando su hermano le enseñó el juguete, Candy sugirió a Anthony diplomáticamente que guardara el coche y que se pusiera a pintar con su hermana.
Los dos se lanzaron a la tarea con entusiasmo y Candy se mantuvo ocupada evitando que los niños se llenaran de pintura hasta que llegó la hora de cambiarse para ir a cenar a la casa.
Mientras caminaban hacia la villa, lo único en lo que Candy podía pensar era en que iba a volver a ver a Albert. Ensayó mentalmente las palabras de agradecimiento que iba a ofrecerle. Sin embargo, la primera persona con quien se encontró en el vestíbulo fue Terry, su semblante era tempestuoso.
—Me gustaría saber qué demonios está pasando —dijo él con furia—. La tía de Ángela acaba de decirme que ella va a salir esta noche con el conde y a mí no me ha dicho ni una palabra.
—Lo siento —dijo Candy, antes de instar a los niños a que entraran en el salón delante de ella—. Terry, los dos son libres para hacer lo que quieran. Al fin y al cabo, tú y Ángela no estáis prometidos.
—No —admitió él de mala gana—. Ya no estoy seguro de nada. Ángela se ha transformado en otra persona desde que hemos llegado a Italia.
«Lo dudo», pensó Candy. «Creo que siempre ha sido así y ahora ya no se molesta en fingir».
—No sé qué hacer —continuó él—. Se me ha ocurrido marcharme y volver a Inglaterra. ¿A ti que te parece?
Candy lo miró con incredulidad.
—Creo que esa decisión es tuya, Terry, no soy la persona adecuada para aconsejarte.
—Eres una mujer —dijo él con impaciencia—. ¿Recobraría el sentido común si la dejara?
—Creo que cuando uno ama a alguien debería luchar por conseguir su amor, por mucho que duela. No debe darse por vencido ni escapar.
—Bravo, Candice —dijo la voz burlona de Albert en el momento en que bajaba las escaleras hacia ellos—. Me pregunto si tu valor te dará la recompensa que te mereces.
Durante un breve momento, ella le devoró con la mirada, absorbiendo la elegancia de su ligero traje de verano.
«Vestido para matar», pensó ella.
—No lo creo ni por un momento, conde Andley —contestó ella—. En fin, tengo que ir a ver qué hacen los niños.
Acababa de llegar al salón cuando oyó la voz de Paty alzarse hasta llegar a gritar.
—Oh, Dios mío —Candy abrió la puerta a tiempo de ver a Paty con el rostro bañado en lágrimas, tirándose a la condesa y golpeándola con los puños.
Candy avanzó, pero Albert llegó antes que ella. El sujetó a la histérica niña y la apartó de su abuela.
—¿Qué significa esto? —preguntó con voz dura—. ¿Qué ha pasado?
—Mis flores —sollozó Paty—. Las flores que le he traído a mamá… la abuela las ha tirado. La odio, la odio.
—Tranquilízate, cariño —intervino Candy, arrodillándose delante de la pequeña antes de lanzarle una fría mirada a la condesa—. Estoy segura de que se trata de un error. Tu abuela no tiraría a la basura el regalo que le has traído a tu madre.
Elroy Andley esbozó una maliciosa sonrisa y luego, se encogió de hombros.
—Encontré unas flores horribles en un jarrón encima de la mesa. Estaban mortecinas y, naturalmente, las he tirado.
—No se estaban muriendo, no se estaban… Estás mintiendo. Eres una bruja.
—¡Basta! Es suficiente —Albert acalló a su sobrina y luego se volvió a la condesa—. ¿Por qué lo has hecho?
La condesa suspiró teatralmente.
—No puedo soportar las flores ajadas, es una manía mía —dijo con voz metálica—. Por supuesto, una nimiedad comparada con la actitud violenta e histérica de la niña. Tú mismo lo has visto con tus propios ojos, Albert, Paty no sabe controlarse, está desequilibrada. Quizá Pauna me crea ahora cuando le diga que esta niña necesita vigilancia estricta.
La condesa dio un paso hacia delante y Candy sintió a Paty con ganas de lanzarse a ella.
—Esta vida de nómadas, siguiendo a sus padres de una ciudad a otra, no es la clase de vida adecuada para los niños. ¿Cuántas veces lo he dicho? Después de este incidente, Pauna tendrá que darme la razón.
Albert fruncía el ceño con expresión reservada.
—Sí, desde luego, hay que hacer algo —sus ojos se posaron en Paty.
—No puedes estar hablando en serio —dijo Candy sin pensar al tiempo que la niña se abrazaba a ella. Candy miró a Albert intensamente—. Paty no debería haber reaccionado así, pero estaba muy disgustada… y se le ha provocado. Hacer eso con el regalo para su madre ha sido un acto muy cruel.
Se hizo un tenso silencio; después, la condesa dijo:
—Vaya, ahora la señorita White se convierte en arbitro de las discusiones de esta familia —soltó una carcajada—. Ya no tenemos que preguntarnos quién ha animado a Paty a comportarse como una trapera. La niña me ha atacado violentamente y esta joven la disculpa.
El rostro de Albert estaba sombrío.
—Candy, llévate a los niños a la casetta. Le diré a Teresa que os sirva la cena allí.
Candy se puso en pie y tomó la temblorosa mano de Paty.
—Por favor, ¿podríamos hablar un momento a solas?
—Me temo que no tengo tiempo en este momento. Hablaremos mañana.
—En ese caso, me gustaría hablar con la señora Rinaldi —Candy se mantuvo firme.
—Pauna tiene jaqueca. Va a cenar en su habitación y no quiere ser molestada —respondió Albert con ligera impaciencia, como si estuviera pensando en otra cosa—. Por favor. Candice, haz lo que te he dicho.
En ese momento, Ángela apareció en la puerta.
—Querido, te estoy esperando. Vamos a desperdiciar una preciosa noche.
Sus cabellos brillaban como seda negra y el vestido rosa le sentaba a la perfección.
Candy se dirigió a la puerta con los niños y salió de la habitación.
Pero no antes de oír decir a Albert:
—Perdóname, querida. Te prometo que dedicaré las próximas horas exclusivamente a ti.
Sin mencionar el resto de la vida, pensó Candy con tristeza mientras regresaban en silencio a la casetta.
—¿Por qué estás llorando? —le preguntó Anthony.
—No estoy llorando —respondió Candy, conteniendo las lágrimas.
—El tío Albert no nos va a llevar a comer al campo —dijo el niño apesadumbrado—. Y todo por culpa de Paty porque yo he sido bueno.
Candy lanzó un suspiro.
—Eso que has dicho es injusto —le dijo Candy—. ¿Te gustaría que tu abuela te tirase el regalo que le has comprado a tu madre?
—A mí no me haría eso —respondió el niño.
Así de seguro estaba Anthony de su posición como niño mimado, al contrario que Paty.
Candy consiguió convencer a Paty de que comiera la deliciosa comida que Teresa había preparado. Después, esperó tener problemas con la niña para acostarla, pero Paty se durmió casi al mismo tiempo que apoyó la cabeza en la almohada.
Candy se sentía inquieta y nerviosa. Lavó los platos, los dejó en la bandeja para que se los llevaran a la villa y después ordenó los cuadernos de dibujo y las pinturas.
Se puso a hacer un solitario, pero se atascó enseguida. Como la vida misma, pensó mientras recogía las cartas.
Intentó leer, pero no consiguió concentrarse en la lectura.
Casi como último recurso se marchó a la cama, pero el intento fue inútil. No hizo más que dar vueltas y la imagen de Albert con Ángela la obsesionaba.
—¡Qué demonios! —exclamó Candy enfadada al tiempo que se sentaba y se apartaba la sábana—. Aunque sea de noche, voy a lavarme la cabeza.
En el pasado, siempre la había relajado. Ahora, bajo una cascada de agua, permitió que sus dedos masajearan el cuero cabelludo. Por fin, se sintió más tranquila y fresca.
Se puso un camisón limpió de algodón, fue a ver si los niños seguían dormidos y después, bajó de nuevo al piso inferior. Allí, puso agua para hervir para prepararse un café y después salió fuera.
Tras el calor del día, la atmósfera estaba pesada y tranquila; alzó la vista, y vio la luna detrás de una máscara de vapor.
Se puso rígida de repente, todos sus instintos le advirtieron que no estaba sola, que la sombra en un rincón del jardín era real, un hombre avanzando hacia ella.
Durante un instante de desesperación, se preguntó qué hacía ahí fuera y sin defensa. Abrió la boca para gritar, pero ningún sonido escapó de su garganta.
—Candy.
—Albert… Oh, Dios mío —con increíble alivio se sentó en el banco de piedra y se llevó un puño a la cara—. Eres tú.
—Te pido disculpas, siempre te asusto —dijo Albert, sentándose a su lado, aunque manteniendo cierta distancia con ella.
«Y siempre consigues que me enfade», pensó Candy. «Y cuando te veo, el corazón se me llena de alegría y placer, y no sé si reír o llorar… como ahora».
—¿No es un poco tarde para las visitas? —preguntó en tono tranquilo.
—No tenía intención de molestarte —Candy notó cierto enfado en su voz, pero el instinto le dijo que no iba dirigido contra ella, sino contra sí mismo—. No se me ha ocurrido que estuvieras despierta a estas horas. No podía dormir y he decidido darme un paseo para despejarme la cabeza.
—Lo que yo hago para despejarme la cabeza es lavarme el pelo —Candy se pasó una mano por el cabello, sacudiéndolo sobre los hombros.
Se dio cuenta demasiado tarde de lo significativo del gesto, cuando le oyó respirar profundamente y volver la cabeza hacia otro lado. Era evidente que el movimiento había marcado la línea de sus senos. Fue entonces cuando Candy recordó que no llevaba nada debajo del camisón.
Se apresuró a cubrir su vergüenza.
—Yo… espero que hayas tenido una velada agradable.
—Ha resultado ser todo lo que yo podía esperar. Sin embargo, no he venido aquí para hablar de mi vida social.
Candy tragó saliva.
—No. Dijiste que hablarías conmigo mañana, pero ya es mañana.
—Pero no tenía intención de hacerlo ahora.
—Pero ahora estamos aquí y creo que lo mejor sería zanjar el asunto —Candy trató de mantener la compostura—. Si deseas que le pida disculpas a la condesa, no puedo hacerlo. Creo que la forma como ha tratado a Paty es deplorable.
—Por suerte, pronto dejará de ser asunto suyo.
Ella se mordió los labios.
—Cierto, pero no puedo creer que lo mejor para la niña sea que la internen en un colegio.
—Al margen de lo que yo piense, la decisión final corresponde a Pauna y a Sergio.
—Sobre lo que tú, por supuesto, no ejerces ninguna influencia, ¿verdad? —comentó Candy en tono cortante.
—No tanta como Elroy tiene sobre Pauna —Albert se apartó un mechón de cabello que le caía sobre la frente con gesto irritado—. Y Paty no se ha hecho un bien a sí misma atacando a su abuela, a pesar de haber sido provocada.
Candy abrió los labios indignada, pero él la interrumpió.
—Si de verdad quiere ayudar a la niña —continuó Albert—, mantente alejada de Elroy y asegúrate de que no vuelva a haber ninguna otra confrontación entre Elroy, tú y la niña. Mi madrastra es muy vengativa.
—Creo que ya me he dado cuenta de eso por mí misma. Supongo que salir en defensa de Paty ha sido lo peor que yo podía hacer.
—Sin duda —Albert lanzó un suspiro—. Cuando te pedí que cuidaras de los niños, no tenía ni idea de las complicaciones añadidas.
—De haber sido así, te lo habrías pensado dos veces, ¿no? —dijo ella con voz queda.
—Sí. Pero al principio me pareció la única salida, Candy. ¿Cómo podía haber imaginado que todo saldría tan mal?
—No debes culparte; al fin y al cabo, ha sido para mejor…
—¿En serio crees eso? —preguntó él en tono exigente—. ¿A pesar de todo?
—Tengo que creerlo —Candy se puso en pie—, no me queda otro remedio —se dio media vuelta, de cara a la puerta—. Buenas noches.
—Espera —la voz de Albert la detuvo—. Quiero estar seguro de que serás feliz.
La expresión de Albert había adquirido una nota de fiereza.
«Algún día, cuando consiga desarraigarte de mi corazón y olvidarte», pensó ella. «Entonces, conseguiré la paz, pero no antes. Porque no puedo ser feliz sin ti. Me siento como si me hubieran enseñado el paraíso y luego me hubieran dicho que debo vivir en las tinieblas».
Candy le sonrió y alzó la barbilla.
—Estaré bien. Y ahora, debo entrar. Es tarde y…
—Sí, demasiado tarde para los dos.
Candy entró en la casa y él la siguió, cerrando la puerta tras sí.
Sus ojos se encontraron, se sostuvieron. Luego, Albert dijo en tono muy quedo:
—Quiero verte. Candy. Sólo una vez… muéstrate delante de mí para que pueda recordarte… cuando te hayas ido.
Durante un largo momento, Candy le permitió que la atormentase con su mirada azul.
Temblaba por dentro, pero sus manos se mostraron firmes cuando comenzó a desabrocharse lentamente los botones del camisón. Al desabrocharse el último, encogió los hombros y la prenda cayó al suelo por su propio peso. Se quedó delante de él desnuda, una ofrenda de rosas y perlas que inflamó los ojos de Albert.
Él estaba totalmente inmóvil mientras la miraba, sólo el movimiento compulsivo de un músculo traicionó su tensión.
Ella pronunció su nombre una sola vez en tono de súplica.
Y le vio sacudir la cabeza con desgana y despacio, como si le doliese hacerlo.
—No puedo, mía cara. No puedo besarte ni tocarte porque no me atrevo. Porque, si lo hiciera, te tomaría, y los dos sabemos que no es posible. Ni ahora ni nunca. Lo único que puedo prometer es que nunca olvidaré este momento, que siempre llevaré marcada en el alma tu imagen.
Albert se volvió, abrió la puerta y se marchó.
Candy permaneció donde estaba durante un rato; después, temblando en silencio, se volvió a cubrir con el camisón.
—Y yo también lo recordaré —susurró en el silencio—. Recordaré el sonido de la puerta al cerrarse tras tu marcha… final y para siempre.
