Tenía que admitir que su carácter desde el día PP (Post Polvo) había empeorado un poco, y eso, cuando ya de por sí se tiene lo vulgarmente denominado "carácter de mierda", se hacía notar bastante. Su umbral de paciencia estaba bajo mínimos y cualquier cosa la hacía irritarse tanto que la gente había dejado de mirarla con odio y superioridad, para agachar sus cabezas temerosos de sus reacciones. No es que hubiera ido transformando en caracol a todo aquel que la molestara ni mucho menos, parecía que con sus miradas y sus palabras era suficiente. De hecho, le había cogido el gusto a eso de pasearse y lanzar miradas de odio a gente aleatoria, solo para ver como corrían a alejarse de ella. Era divertido y su vida no, así que no podían odiarla por eso. O sí, más diversión para ella. Únicamente solo se le sosegaba el carácter cuando estaba con su hijo, aunque incluso en su presencia, había tenido algún que otro encontronazo con gente del pueblo. Encontronazos que le habían servido para llevarse una riña de su propio hijo, que de repente adoptaba un papel de padre enfadado con ella. Pero bueno, eso no evitaba que todos los días se diera su paseo intimidatorio cuando sabía que no se encontraría con su hijo. Si lo pensaba bien era un poco penoso, su vida estaba tan vacía que solo la llenaba medianamente asustar a los demás por un poco de diversión. ¿Pero qué podía hacer? Ellos se lo habían quitado todo, si su vida estaba vacía era por culpa de todos ellos. Sobre todo de Emma, ella lo había empezado todo llegando y metiendo sus narices en el pueblo. Si no hubiera aparecido, todavía seguiría siendo alcaldesa y madre a tiempo completo. Aunque eso ya no tenía remedio y por lo menos Emma parecía que por fin había tenido la decencia de desaparecer completamente de su vida. Hacía exactamente trece días y dos horas que no la veía. No es que viviera contando las horas sin verla, para nada, es que… bueno, en realidad no tenía excusas para recordar el tiempo exacto que hacía que no la veía. Podría decir que era el tiempo exacto que llevaba sin enfadarse, pero sería una mentira enorme, dado que su carácter desde entonces estaba más irritable. Cosa que por supuesto tampoco estaba relacionado con la ausencia de Emma. O quizás sí, quizás sí que la echaba de menos. Ella era su sparring. Sus peleas y discusiones con ella eran una forma ideal de desahogarse. Ahora seguramente estaba acumulando ira de más por no poder soltarla con Emma y de ahí su irritabilidad. Porque estaba comprobado que su intimidación y pequeñas e inofensivas amenazas a gente del pueblo no tenía en ella el mismo efecto que cuando se lo hacía a Emma. Además, el hecho de haberse acostado con ella le había servido para liberar tensiones y los huecos que antes llenaban las tensiones ahora lo llenaba la ira. Así que todo era culpa de Emma. Siempre todo era culpa de ella. Y debería vengarse, debería ir a buscarla y decirle que era la culpable de todo, pero no estaba dispuesta a que esa rubia creída le dijera que se pasaba el día buscándola.

Miró su reloj y decidió que era un momento ideal para ir a desayunar al restaurante de la abuelita. A esa hora siempre se encontraba por allí a algún enano osado que se atrevía a mirarla mal, y tenía que reconocer que le encantaba amenazar a los enanos. Además, inventarse amenazas era más difícil de lo que parecía, pero siempre valía la pena cuando veía las caras que se les quedaban a todos.

Nada más cruzar las puertas del restaurante, como era habitual, atrajo el foco de todas las miradas. Ella sonrió con desdén, hizo una pequeña inclinación de cabeza y fue a sentarse directamente a la barra. Desde ahí, echó una mirada a su alrededor para identificar a la gente que había. Ese día no había ningún enano y eso la hizo hacer una mueca de disgusto. Parecía que se iba a quedar sin diversión.

Ruby se colocó frente a ella mirándola con seriedad y enfado. Últimamente siempre la miraba así, no es que antes fuera santo de su devoción, pero siempre la había tratado bien y desde un tiempo a esta parte lo hacía con hostilidad. Tampoco es que le importara mucho, pero le parecía no menos que curioso.

Hizo el pedido de lo que comería y se la quedó mirando con curiosidad. ¿Sería posible que Emma le hubiera contado algo? Aunque realmente no había nada que contar, el odio que se profesaban mutuamente era de dominio público, y si por un casual supiera también lo de su desliz no era motivo para actuar así con ella. A no ser que… ¿estaría Ruby enamorada de Emma? Quizás por eso la miraba mal, porque se había acostado con Emma y ahora ella estaba resentida. Pero vamos, iba a morir resentida porque Emma jamás se fijaría en alguien como ella. La rubia había demostrado que tenía un gusto mucho más refinado y de calidad. Esa loba chabacana no tenía nada que hacer a su lado… bueno, no a su lado porque ella no competía por Emma. Aunque la sheriff fuera una mujer vulgar y odiosa, merecía algo mejor que la loba. Además, jamás permitiría que su hijo tuviera de madrasta a alguien que usa un cinturón como falda.

Cuando Ruby se acercó para dejarle su café y un trozo de tarta de manzana, se la quedó mirando fijamente con los ojos entrecerrados. Ruby frunció el ceño, pero decidió pasar de ella y alejarse. No era un secreto que últimamente Regina no necesitaba mucho para sacar la vena psicópata. Ésta sonrió, su mirada era infalible.

Iba a comenzar a disfrutar de su tarta de manzana cuando una voz a su espalda la hizo frenar el bocado que iba directo a sus labios, dejándolo reposar en el plato.

-¿Manzana? Espero que no esté envenenada – Emma la miraba con media sonrisa y los brazos cruzados.

Regina se dio la vuelta y le dirigió una sonrisa de superioridad.

-El monopolio de las manzanas envenenadas es mío, así que no tienes de qué preocuparte – volvió a darse la vuelta para centrarse en su desayuno intentando ignorarla, aunque una parte de ella muy a su pesar se había alegrado un poco de verla.

Emma se sentó al lado de Regina, le hizo un gesto a Ruby y ésta le sirvió de inmediato una taza de café.

-Vaya, cuanta sincronización – no pudo evitar decir Regina con cierta sorna – No os hace falta ni hablar para comprenderos. Debe ser cosas del instinto animal.

-Es posible – contestó con indiferencia.

-¿No deberías estar trabajando? La última vez que lo comprobé esto era un restaurante, no una comisaría y aún así estás siempre aquí – volvió a hablar Regina queriéndose morder la lengua nada más hacerlo, ¿por qué no podía simplemente ignorar su presencia?

-De hecho he venido por trabajo – Emma la miró de reojo.

-¿Vas a detener al café por haberle quemado la lengua a alguien? – la miró levemente con una ceja alzada.

-Me han estado llegando quejas – habló ignorando lo que había dicho Regina.

-La gente de este pueblo es muy quejicosa – respondió simplemente.

-Sobre ti – afirmó mirándola directamente.

-¿Y qué dicen? – le devolvió una mirada desafiante.

-Que estas insoportable y vas amenazando a todo el que se cruza contigo.

-¿Piensas detenerme? – la miró con media sonrisa.

Emma se puso seria, esa misma frase tiempo atrás fue la que la llevó a cometer la locura de "detenerla" en su casa y que terminó con ella besándola.

-No, solo quería advertirte – le contestó con seriedad. Acto seguido se levantó y se fue dejando a una Regina que miraba confundida como su cuerpo se alejaba.

La reina intentó volver a centrar su atención en su desayuno pero se le había quitado el apetito. Nunca pensó que un nuevo encuentro suyo con Emma sería así, tan frío, tan… dejándola sola. La rubia apenas le había seguido el juego y se había ido sin más. Ni siquiera les había dado tiempo a discutir y eso era lo peor, porque se sentía mal y ni siquiera se habían peleado. ¿Así iba a ser ahora su relación? ¿Cómo con cualquier persona del pueblo? ¿Sin discutir? ¿Sin sus piques? Eso no le gustaba nada. Cuando ella deseaba insistentemente que Emma desapareciera de su vida jamás pensó que se sentiría así. Y no le gustaba nada, ella necesitaba a Emma. Necesitaba sus discusiones. ¡No podía quedarse sin sparring! Su vida estaba demasiado vacía como para encima perder esos momentos con ella. Con el resto del pueblo la relación se basaba en atemorizar y hacer que huyeran de ella, pero con Emma era diferente. Ella no la temía, podían llevarse fatal pero aún así sus discusiones eran de lo más gratificantes y eso cuando no se tiene a nadie, es mucho. De hecho, Emma era la única persona aparte de su hijo con la que hablaba.

De repente, se levantó como un resorte del taburete y salió corriendo a hacer algo que jamás pensó que llegaría a hacer. Cogió su coche y se dirigió hacia la comisaría. Cuando entró dentro, no se sorprendió demasiado al no ver a nadie ahí. Emma tenía la costumbre de ir andando desde el restaurante, así que decidió sentarse encima de una de las mesas a esperarla.

Emma entró cargando una bolsa de supermercado llena de chocolatinas y patatas fritas. Ni siquiera había visto a Regina cuando se fue directa a su mesa.

-Tú ganas – soltó Regina de repente haciendo que Emma diera un bote asustada.

-¿Cómo? – preguntó aún sobresaltada, ella era a la última persona que esperaba encontrarse.

-He venido a buscarte. Eso era lo que querías, ¿no? – se cruzó de brazos mirándola.

-No te entiendo – frunció el ceño.

-No quiero tener una relación contigo – dijo con firmeza confundiendo aún más a Emma.

-Vale – contestó tranquila.

-Tampoco quiero que seamos amigas – volvió a decir de la misma forma.

-Bien – Emma la miraba paralizada.

-Creo que está bastante claro que no nos soportamos – añadió para que quedara claro.

-Lo sé – asintió aun sin tener clara esa afirmación.

-Eres la única persona aparte de Henry con la que hablo más de dos palabras seguidas – admitió.

Emma se quedó callada esperando que Regina añadiera algo más, sin embargo no lo hizo.

-¿Qué es lo que quieres Regina? – preguntó finalmente.

-Que todo vuelva a ser como antes – contestó simplemente.

-¿Cómo antes? – Emma frunció el ceño.

-Estoy sola, solo tengo a mi hijo y ni siquiera es a tiempo completo. Todos aquí me desprecian, me miran y tratan mal, todos menos tú. Me sacas de quicio, me pareces una persona vulgar, cabezota, metomentodo, creída, y me pones de los nervios como nadie. Pero por una extraña razón discutir contigo me sienta bien. Y además me lo debes, por tu culpa lo he perdido todo – dijo sin dejar de mirarla a los ojos.

Emma se quedó callada, esas palabras viniendo de alguien como Regina eran como un "me gusta estar contigo" dicho por alguien normal. Sin embargo, aunque le encantara que Regina se hubiera presentado ante ella, aunque le encantara que le dijera a su manera que la necesitaba y la había echado de menos, tenía un problema.

-No creo que pueda volver a estar como antes – Emma vio como Regina fruncía el ceño y bajaba la mirada un segundo.

-¿Por qué? – preguntó.

-Porque yo sí quiero tener una relación contigo. Yo sí quiero que seamos amigas. Y aunque me encante picarte me he dado cuenta que no puedo hacerlo sin desear tirarme encima de ti.