Nada me pertenece, pero eso ya lo saben.
11.- Esa intrépida generosidad
Edward POV
Había sido fácil hasta ahora, eso quedaba claro, pero la verdad es que si fuéramos humanos ya estaríamos muertos. Las niñas, obviamente, aún tenían problemas con los ciclos de sueño. Se despertaban cada dos horas o dos horas y media para comer, momento que aprovechábamos para cambiarles el pañal. Habíamos aprendido a identificar las señales de que tenían hambre antes de que lloraran, por lo que había habido realmente pocas lágrimas en el transcurso de estos días. Las pocas horas que tradicionalmente son las pocas en las que los padres pueden descansar, Bella y yo las utilizábamos para hacer el amor. Habíamos vuelto a las andadas de cuando Renesmée acababa de nacer, y cada vez estábamos más insaciables, ahora que no había seis vampiros escuchando todo, y riéndose a nuestra costa. Habíamos bautizado casi todas las habitaciones de la casa, incluyendo la biblioteca, el cuarto de invitados y todos los baños. El cuarto de lavado y la bodega también habían sufrido nuestros arranques, por no mencionar nuestro lapso en los lavabos de nuestra habitación. Por supuesto, parecía que habíamos abusado de nuestra suerte. Al menos así se sintió cuando Callie despertó, más que llorando, gritando a todo pulmón a las cinco de la mañana, dos días después.
Habíamos decidido que las prueban pertinentes se las realizaríamos en el hospital local, hoy mismo, así que el único gran cambio fue que fuimos sólo un par de horas antes. La preocupación nos estaba carcomiendo en el consultorio del médico. ¿Y si ella tenía alguna lesión interna fruto de la conversión? ¿Y si su organismo no estaba hecho para la comida humana, después de todo? ¿Qué pasaría entonces? ¿Qué tan normal era una vida en la que bebías sangre?
En la sala de espera donde estábamos sentados con las dos niñas en brazos, había otro par de madres que lucían igual de preocupados, pero mucho más desarreglados. Había una rubia de unos 30 con un bebé de seis meses que no paraba de quejarse y gimotear, y una madre adolescente sólo un par de años más joven que mi Bella, sentada justo frente a nosotros con una bebé en brazos. La niña tenía fiebre, pero no parecía estar enferma de alguna otra cosa.
Esperamos nuestro turno en silencio, y cuando pasamos con la gineco-obstetra pediatra, esta nos calmó con un par de palabras. Al parecer, los bebés a veces sólo lloran de la nada. Dijo que podría ser consecuencia del trauma del parto o de algún otro miedo. Nos preguntó si la habíamos alzado demasiado rápido, o si ella se había caído. Dado que las respuestas fueron negativas, la auscultó y determinó que estaba perfecta, pero que era un buen momento para realizar la prueba de talón a ambas, y de administrarles las vacunas correspondientes.
Fue horrible. Nunca me había embargado tanta emoción al ver a un niño llorando, pero el ver a mis hijas, a ambas, llorar primero con sorpresa y luego con terror ante la enorme aguja que penetraba su tierna piel fue el infierno. Deseaba que fueran aunque fuera un poco más grandes para poder darles un helado o algo por el estilo para consolarlas, pero lo único que logró hacerlo fue el biberón, que prudentemente habíamos preparado antes de salir de casa. Ellas se alimentaron con rapidez mientras miraban todo a su alrededor, con sólo algunas pequeñas lágrimas escurriendo de sus mejillas. Fueron tres piquetes a cada una. La peor noche hasta ahora.
Estaba perfectas de peso, y al parecer sus cordones umbilicales estaban limpios (argumentamos que Callie ya lo había perdido pero que Kate aún lo conservaba para evitar sospechas) y cuando la amable doctora Montgomery sugirió que podríamos aprovechar para que le quitara los puntos a Bella, tuvimos que alegar falta de pañales para salir del consultorio.
Había sido un maratón de horror la media hora que habíamos esperado, y no podía dejar de pensar en que faltaban años de heridas, revisiones médicas y demás problemas. La paternidad era hermosa. Simplemente fabulosa.
Caminamos con calma hacia el exterior del hospital, sólo mirando. No llevábamos sillitas, pero las niñas estaban bastante bien en nuestros brazos, abrigadas por sus mantas y por nuestros abrigos.
- Quizás deberíamos aprovechar la visita al pueblo – le dije a Bella, quien miraba con detenimiento el semblante de Callie.
- Sí. Ya es de mañana, en teoría. Podemos revisar algunas tiendas departamentales, ya sabes. Necesitamos algo de ropa casual y sencilla para cuando las bañemos, y definitivamente nos hace falta una carreola. Ellas se van a embrazar si cada vez que se mueven van pegadas a nosotros. – Asentí, un poco ensimismado en mis pensamientos, pero la tomé de la cintura y la dirigí a la esquina que conectaba con la calle principal, la más abastecida de por aquí. Era mucho más fácil ir a ver las cosas a pie, que ir en coche, teniendo que atar y desatar a las niñas en público como seis veces más. No es como si el auto estuviera lejos de las tiendas. Estaba aparcado justo en medio de la avenida, en el primer estacionamiento que habíamos divisado.
La primera tienda a la que entramos fue de artículos para bebé. Evitamos mirar demasiado para no terminar comprando cosas que en realidad no nos hacían falta, pero cuando quedamos justo en frente de unos paquetes que aseguraban contener camisetas con las cuales podíamos cargar a las bebés pegadas a nuestro pecho, una mirada entre nosotros bastó para que las tomáramos.
Una amable pero desvelada señorita nos saludó en la sección de carritos. La variedad era increíble, pero nos dirigimos con ella para ahorrar tiempo. Cuando vio con detenimiento a las dos bebés en nuestros brazos, dijo:
- Oh, tenemos algo que creo que les servirá. Acaba de llegar, es un modelo reciente. Es perfecta para gemelos y cabe por todas las puertas. Sus dimensiones hacen que quepa en casi todas las cajuelas. Es fácil de plegar, pero es muy segura. ¿Quisieran verla? – asentimos con calma y la seguimos.
Nos mostró un carrito gemelar a decir verdad grande, ancho, en el cual las niñas podrían caber por lo menos hasta los dos años, lo cual nos venía perfecto. Tenía dos modos de usarse. Podía ir como los carritos tradicionales, con ambas niñas viendo al frente, o se podía cambiar el ángulo y que ambas miraran hacia adentro. Asimismo, era posible moverla para que las sillas estuvieran encontradas, de manera que se vieran la una a la otra (sospechaba que era por eso que entraba en casi todas las puertas). El precio era ridículo, pero era lo de menos en este caso.
- ¿Es segura? – le preguntó Bella a la chica. Monique, según su placa.
- Por supuesto. Tiene seguros en todas las llantas que además son fácilmente desbloqueables con un solo interruptor que está al alcance sólo de quien la lleve. Puede plegarse en ambas presentaciones, haciendo menos bulto en la segunda. El tamaño de los asientos es tal que es posible adaptarle una mesita en la cual lleven sus juguetes o biberones cuando sean mayores. Tiene canastas en la parte inferior de ambas, broches de seguridad y una pequeña charola para la madre que le permite llevar sus cosas o incluso cambiar a las niñas. Aguanta hasta 30 kilos de peso al mismo tiempo sin ningún problema. Las llantas son aptas para todo tipo de terreno, pero evitan el derrape en la nieve o la lluvia. Tiene seguros en las llantas para cuando no quieran que se mueva, y la tenemos en tres diferentes colores. Negro, tierra y verde. – Extendió los brazos hacia la carreola como si fuera una presentadora de concurso. Estaba muy padre lo de las características, pero mientras mis hijas no terminaran en el suelo, estaba bien para mí.
Miré a Bella, quien parecía pensar lo mismo que yo. Nos miramos a los ojos por un segundo, me volví hacia la dependienta y asentí.
- Nos la llevamos. – Tomamos también un par de bolsitos que podían colgarse en la carreola, y unos monitores para bebé, y fuimos a la caja.
Cuando volvimos a la calle, Bella llevaba a ambas niñas y yo llevaba la caja. Nos apresuramos a llegar al auto, donde amarramos a las niñas y nos pusimos en marcha.
No habíamos avanzado ni un par de calles cuando vimos a la misma madre adolescente del consultorio en un crucero. La nieva comenzaba a aguarse y un auto pasó con tal velocidad que la empapó, junto con su niña. Pude ver las lágrimas de coraje en su rostro, pero la cosa llegó al límite cuando se resbaló al dar un paso y cayó en la nieve. Detuve el coche en esa misma esquina y bajé, caminando con velocidad hacia ella.
La sostuve con delicadeza, pero firmeza por los hombros y la levanté con cuidado por si estaba herida. No lo estaba, pero estaba empapada. La niña estaba seca, aunque asustada. Se había librado del golpe porque su madre la protegió. Sin embargo, la chica tenía un par de moratones, además de que debería estar adolorida.
- ¿Se encuentra bien? – le pregunté con delicadeza. Ella se sonrojó al ver mi rostro, pero respondió.
- Sí, sí. Muchas gracias. No tengo muy buena coordinación. La nieve y yo no somos mejores amigas. Muchas gracias. Hubiera sido difícil levantarme con ella en brazos – señaló a la hermosa niña, a quien arrullaba con suavidad.
- No fue nada. El conductor fue imprudente. ¿Necesita algo? ¿Dónde está su auto? – así de mojada no iba a llegar muy lejos.
- Sí, así fue. No, estamos bien. Sólo necesito llegar a casa para cambiarme de ropa. – Sonrió con displicencia.
-Puedo acompañarla a su auto. – Ella se sonrojó de nuevo ante eso.
- No, de veras estoy bien. No quisiera quitarle su tiempo. Su esposa lo está esperando – señaló con los ojos la camioneta, donde Bella nos miraba con detenimiento.
- Está bien. Los padres debemos apoyarnos entre todos. Preferiría acompañarla. No quisiera que camine sola en estas condiciones. ¿Qué tan lejos va? – Sí, de acuerdo. Quizás me calificarían de acosador, pero no necesitaba ser Alice para saber que le iba a pasar algo malo si seguía por la ciudad, sola, empapada e indefensa.
- Bueno, yo… Vivo en el camino de Willow Creek. Está sólo a un par de kilómetros. Hemos recorrido el camino un par de veces, estaremos bien. – Sin embargo, sus ojos me suplicaban que insistiera. Y decidí que eso era lo mejor que podía hacer por ella.
- Venga con nosotros. La llevaremos. – Tomé su codo y le di un ligero empujoncito que insinuaba que siguiéramos caminando.
- No, está bien. Podemos llegar solas. No hay problema. Además, no lo conozco… - dijo con cortesía.
- Bueno, soy Edward Masen, y mi esposa, Bella, está con nuestras hijas, Callie y Kate. Nos conocimos en el consultorio esta mañana. No será ninguna molestia. Prometo que usted estará bien – sí, admito que usé mi encanto en ella, pero no quería que se lastimara.
- Está bien, acepto – podía oler el miedo en ella, pero avanzó a mi lado hasta el auto. Bella bajó del asiento de copiloto y saludó.
- Hola, chicos. Fue una fea caída. ¿Están bien? – le sonrió con suavidad, y la chica se sonrojó.
- Sí, claro. Sólo fue un golpe.
- Me alegro. Bella Masen, un placer. – Estrecharon manos con naturalidad. Bella abrió la puerta de la camioneta y señaló – Éstas son Callie y Kate. Estaremos complacidos de llevarlas a su hogar.
- Muchas gracias. Soy Valerie Swenson. Y ésta es Chloe. Vivimos en Willow Creek. Está a un par de kilómetros, no quisiéramos molestar. – Parecía temerosa, aunque un poco más confiada al ver a las niñas.
- No hay problema. Venga, suban. Puedo llevar a una de mis niñas en brazos si quieres que la hermosa Chloe vaya en la sillita. Tengo que darle una toma a Kate. – Sin esperar respuesta, desató con rapidez a Kate, y la tomó en brazos. Me la pasó y Valerie comenzó a atar a la bebé. Le costó un poco de trabajo, pero lo logró bastante rápido. – Sube adelante, para que nos guíes. Yo cuidaré a las tres.
Subimos al auto, y arranqué. Ella se puso el cinturón, y yo tomé la avenida principal. Se hizo el silencio, incómodo, por unos minutos, hasta que Bella dijo:
- ¿Qué edad tiene Chloe? – con esto, comenzamos a platicar sobre Valerie. Su niña tenía 6 meses, era madre soltera y tenía 17 años. Trabajaba como mucama en casa de uno de los ricos del pueblo, y dejaba a la niña en una guardería cerca del hospital. Le contamos una versión muy ligera de nuestra historia (nuestro matrimonio y posterior embarazo adolescente, el nacimiento de las gemelas y la decisión de independizarnos).
Su casa era más bien un pequeño cuarto, un poco destartalado, que rentaba a las afueras del pueblo. Se veía fría, y la verdad algo en mí se encogió al tener que dejarlas ahí, aunque no había mucha opción.
- Muchas gracias, de veras. Creo que nos ahorraron una neumonía segura. Gracias.
- No hay problema, Valerie. – Valoré la situación y dije: - Nosotros vivimos a mitad de camino de Banff, sin embargo, estamos para apoyarte. – Le di una tarjeta. – Éste es mi número. Llámanos por cualquier cosa. Estaremos encantados de ayudarte. Podemos darte trasporte si lo necesitas. Si tienes que salir de improviso y no tienes con quién dejar a Chloe, podemos ayudarte. Sólo… llámanos.
Ella estaba sonrojada por el frío, pero tomó la tarjeta con una sonrisa.
- Gracias. De veras, chicos, me salvaron de una buena. Lo haré. Gracias. Hasta luego – hizo un gesto con la mano y desapareció en el interior de la casa. Bella se pasó al asiento de copiloto.
- Casi no quiero dejarla aquí. No me gusta que ellas vivan solas ahí dentro, con tanta gente rara por ahí. – Asentí, completamente de acuerdo.
- Pero no hay nada que podamos decirle. Sería raro. Quizás con el tiempo podamos ofrecerle más ayuda. – Me había asegurado de meter un fajo de billetes en su abrigo, pero no sería suficiente para siempre.
- Sí, eso espero. Vámonos, Callie tiene hambre.
OoO
Los siguientes días pasaron con normalidad. Leche, pañales, pañales, leche, baños, y más pañales. Kate regurgitó sólo una vez, y pasados cuatro días, perdió el cordón umbilical. Dormían la mayor parte del tiempo, y los ratos en que no lo hacían sólo nos contemplaban desde nuestros brazos, hasta que sus boquitas se abrían en una perfecta O y volvían a caer dormidas. No fue necesario que saliéramos de nuevo, y los resultados de las pruebas llegaron por correo. Estaban completamente sanas.
Limpiábamos un poco la casa cada día, y hacíamos el amor como si no hubiera un mañana. La vida era buena y tenía su ritmo.
Al tercer día, les hicimos una sesión de fotos a las niñas. Como no teníamos mucho que hacer, montamos una cantidad impresionante de escenarios en los que sacamos tiernas y delicadas fotos de las niñas. Mandamos un par de ellas por e-mail a Charlie y a Alice, sabiendo que ellos las difundirían entre aquellos que pudieran saberlo. Al cuarto día, lavamos ropa. Era frustrante tallar las pequeñas, muy muy pequeñas piezas de algodón, pero de algo tenía que servir la paciencia infinita. Había espacio para colgar todo en el sótano, por lo que pudimos hacerlo sin reparar en el clima.
A la segunda semana, las niñas habían crecido un poco. Una cosita de nada, pero se notaba en sus pijamitas y demás ropas. Nosotros aprovechamos cada pequeño segundo con ellas, acariciándolas, besándolas y siendo felices. Cuando dormían, cosa que pasaba un poco más seguido, tomábamos largas duchas calientes en las que hablábamos del futuro y de todo lo que queríamos para ellas.
A mediados de esa semana, fuimos a cazar. Fue una hazaña dejar la casa sin las niñas, pero llevamos el monitor y sólo tardamos una hora exacta. Dejamos los cuerpos ligeramente enredados en el ramaje en la parte más alejada de la finca y volvimos al hogar.
Descubrimos que a las niñas les encantaba tumbarse frente a la chimenea, a una distancia decente, a mirarse entre ellas hasta que el calorcito las hacía dormir, moviéndose suavemente sobre la alfombra y sobre sus mantitas.
Nuestra compleja vida de vampiros se había reducido a ellas dos. Ni familias raras, ni vampiros italianos al acecho, ni licántropos eufóricos correteando por todos lados. Nada de eso.
Estábamos observando cómo entrelazaban sus manos y luego las separaban cuando el repiqueteo de un teléfono nos sacó del momento. Las niñas dieron un brinquito sincronizado del sobresalto, y nosotros tardamos un segundo más del necesario en tomar la llamada. El teléfono estaba debajo de un cojín, y por accidente activé el altavoz al tomarlo al revés al mismo tiempo que intentaba ver que no lloraran.
Bella POV
- ¿Hola? – musité al teléfono, mientras Edward hacía un par de movimientos realmente rápidos para poder tomar a ambas al mismo tiempo.
- ¿Bella? – era Alice.
- ¡Hola! ¿Cómo va todo por allá? – me dirigí al piso de arriba para buscar un par de chupones para evitar que comenzaran a llorar, ahora que habían estado calmadas por más de 15 minutos.
- Hola, bien. Yo… ¿Dónde están? Tenemos una pequeña situación aquí que de hecho se resolvería si nos dijeran dónde están – hablaba igual de rápido que siempre, y aunque capté las palabras, no pude concentrarme en ellas del todo.
- ¿Sí? ¿Qué podemos hacer por ustedes? – dejé el teléfono en la barra y tomé a Kate, quien gorjeaba con felicidad desde el sofá, donde Edward cambiaba el pañal de Callie. Ugh.
- ¡Bella! – me sobresalté, haciendo que mi hija lo hiciera también.
- Demonios, Alice. Sólo dilo. – Podía sentir el llanto viniendo. Oh no.
- Jacob ya lo descubrió. Desde hace unos días, en realidad. Y la verdad es que no hemos podido salir de casa en ese tiempo porque toda la manada está rodeando la casa. – Uh oh.
- Ok. Si, entiendo. Edward, habla con tu hermana – él volteó y dijo:
- ¿Qué podemos hacer para ayudarlos desde aquí, Alice? – Callie estaba babeando su camisa. Quizás tenía hambre de nuevo.
- Bueno, pues podrías comenzar por decirnos dónde viven. La idea es que Jacob conozca a la niña de nuevo y todo vuelva a la normalidad. Fue a buscarlos por todo Vancouver y, ¿adivina qué? No están allí. – Podía escuchar el reproche en su voz. Lástima que no era la idea de todo el movimiento.
- Sí, nosotros… Alice, de veras lo lamento, pero las cosas no son así.
- Espera, ¿qué? No puedes decirme que las cosas no son así. Tenemos que hacer algo.
- No, Alice. No. Lo siento, lo sentimos mucho, pero no vamos a conducir las cosas de ese modo. Queremos comenzar de cero. Ya lo hicimos en realidad. Los queremos mucho e iremos a visitarlos en vez en cuando, en las ocasiones especiales. Pero no queremos volver a todo eso. Jacob, él… él estaba enamorado de una ilusión, y si dentro de veinte años sigue estándolo, pues será perfecto, pero si no, nuestras hijas tendrán una oportunidad real, de vivir, fuera de nuestro mundo. ¿Me entiendes?
- ¡¿Dónde están?! Ni siquiera puedo verlos, si esto es una evolución del escudo de Bella, dile que lo cancele. No es justo – ella estaba enojada. Bueno, pues estaba enojando a las niñas. Eso nunca era bueno.
- No te lo vamos a decir. Si quieres, conéctanos a las bocinas del salón. Hablaremos con Jacob. Pero eso será todo.
- ¡Edward! ¡No puedes hacernos esto!
- No estamos haciendo nada, Alice. Sólo estamos criando a nuestras hijas. El proceso tardará un par de años, pero sé que ustedes podrán esperar hasta entonces. Vamos a ayudarlos con el asunto de la manada porque es nuestra culpa, pero eso será todo. – Estaba de acuerdo. La verdad, era el plan. Pensé que Alice lo había entendido, pero nos habíamos equivocado.
Escuchamos el suave clic y luego un poco de interferencia cuando nos conectó a los altavoces. Creo que descorrió parcialmente una parte de la cortina de hierro, porque pudimos escuchar los gruñidos y un poco de agitación.
"Edward y Bella quieren hablar con ustedes. Contigo, Jacob"
Los gruñidos se calmaron, y luego Alice dijo:
- Estás en altavoz – la furia seguía en su voz, pero opacada por el temor.
- Jacob – el pronunciar su nombre incrementó el alboroto. – Quiero que escuches con claridad. Lo que diga será exactamente lo que quiero decir. Cada palabra es cierta, por favor, pon atención. – Tomó aire y continuó, mientras mecía a la niña con suavidad. – Bella y yo decidimos mudarnos y alejarnos de los Cullen. Por favor, no los hostigues. Ellos no saben nada, ni siquiera en dónde estamos. Todo es responsabilidad nuestra. Ahora, la parte complicada es larga, por lo que te diré lo que resultó de toda la situación. – Casi podía escuchar la confusión de los lobos. Casi. – Renesmée ya no existe. Bella y yo nos mudamos por eso. Ahora estamos fuera de la familia, comenzando por cuenta propia muy lejos de allí. Ahora tenemos nuestra propia familia, pero Nessie, la persona a quien amas, desapareció. Ella no volverá jamás. Lo sentimos mucho.
Un aullido de dolor, parecido al que habíamos escuchado cuando nuestra boda, llenó el ambiente, y por alguna extraña razón, el sonido le incomodó a Callie, quien se removió y soltó un par de lágrimas. Extraño.
- Lo sentimos mucho – dije yo. Pude escuchar el shock que les causó. – Jake, el plan no era éste, pero las cosas cambiaron, lo siento mucho. Lo mejor que puedes hacer ahora es vivir la vida por tu parte. Sé feliz, por favor. Vive bien. – Los aullidos de dolor prosiguieron.
- Eso es todo, Alice. Salgan de Forks. Vayan, ustedes también deben seguir con sus vidas. Estamos bien. – Esta vez, fueron los Cullen los que se sobresaltaron. – Los queremos.
Cortamos la comunicación. Me preguntaba por qué había sido tan difícil de asimilar para ellos. ¿No nos habíamos expresado bien? Bueno, ahora estábamos por nuestra cuenta.
Los quejidos de Callie se desvanecieron, sustituidos por una fuerte succión a su chupón.
- Bueno, pues creo que les ha quedado claro – Edward dejó el teléfono en la mesa, me abrazó y me besó con suavidad.
- Así es. Ahora estamos sólo nosotros.
OoO
Más días pasaron. Nuestro día a día estaba lleno del mundo de los bebés. Y eso nos hacía felices.
Me sentía un poco mal por Jacob, y toda nuestra gente de Forks. Pero esto era lo que necesitábamos para madurar, para dejar de ser dependientes directos de lo que los demás hicieran por nosotros.
La nieve se había endurecido hasta formar una dura capa en la tierra, y había congelado Lake Louise por completo. Iba a ser un estupendo lugar para enseñarles a patinar cuando fueran más grandes. Iban a volver a casa llenas de aguanieve en vez de lodo. Supongo que era relativamente más limpio.
Comenzamos a lavar la ropa diariamente, aprovechando el sótano lo más posible. Ahora, si soñara, estaría soñando con pequeñas prendas rosas que terminaban manchadas de babita, leche, o estos alimenticios, por así llamarlos.
Pasó un mes y fue momento de ir a comprar más ropa, de tallas diferentes, y decidí comenzar a comprar ropa un poco más grande para que sólo tuviéramos que hacer compras una vez cada seis meses o así.
Tomamos la camioneta e hicimos una pequeña parada para recargar combustible, no hacía falta del todo, pero preferíamos tener el tanque lleno. Fuimos hasta la misma tienda de bebés, donde mucha más ropa rosa fue a parar al maletero. El gran carro gemelar nos fue de ayuda cuando compramos más toallitas húmedas y más paños, y decidimos dar un paseo por el parque para que ellas tomaran un poco de luz de sol, de aire fresco, y para que escucharan los sonidos de los árboles y de otros niños jugando sin que las corrientes heladas las calaran.
En realidad, no sabía por qué lo hacíamos, o sea, el aire era bueno y todo, pero ellas estaban muy aletargadas, si es que se podía estarlo mientras chupabas tu pequeño pie, por encima de las cintas de seguridad.
Como fuera. Íbamos por el parque, caminando, con el brazo de mi esposo rodeando mi cintura, y una de nuestras manos en el manubrio de la carreola, cuando un suave llanto nos llegó de un par de calles más abajo. No me llamó la atención al principio, pero un par de minutos después, la brisa volvió a llevar el sonido hasta nosotras.
- ¿Qué crees que sea eso?
Edward besó mi cabello y escuchó con atención.
- Quizás sean unos perros o algo por el estilo. Creo que hay un contenedor de basura por allí. Debieron abandonarlos.
El llanto se hizo un poco más fuerte. Suspiré.
- No me gusta que la gente haga eso. ¿Qué les hace creer que ellos tienen el derecho de condenar a alguien?
- Bueno, esa gente también lo hace con sus propios hijos. No me extraña, en realidad.
- ¿En Canadá? Creí que era uno de los países más desarrollados. – Solté una risita nerviosa.
- Lo es, pero no es el país sin perros callejeros. – Sonrió con soltura.
- Bueno, eso es verdad – lo besé de nuevo. – Quizás deberíamos irnos ya. Van a comer en un par de horas.
Fuimos al estacionamiento y tomamos el camino que llevaba a casa. Sin embargo, no avanzamos más de dos calles por un semáforo.
Sin embargo, nuestro instinto metomentodo nos ganó de nuevo cuando vimos a un par de muchachos, de unos quince años, golpeando sin piedad a los perros que habían estado llorando. A juzgar por el sonido, eran los mismo de hacía un momento, y estaban heridos.
El alto duró el tiempo necesario para que me bajara de un salto de la camioneta y me acercara a los niños.
- ¡¿Qué creen que están haciendo?! – les grité, quizás un poco más fuerte de lo necesario.
Los chicos me voltearon a ver, alarmados. Uno de ellos se puso pálido y retrocedió un poco, el otro se puso rojo de coraje.
- ¿Y a ti qué te importa? – me respondió.
- A mí no me importa, te importa porque voy a patear tu trasero más fuerte de lo que tú has pateado a esos pobres animales, ¿me entiendes?
- No creo que puedas, puta – me escupió con sorna.
- Lo haré yo, entonces – dijo mi esposo desde detrás de mí. El muchacho palideció, y el que estaba detrás de él salió corriendo.
- Vete, niño – le dije, enojada. Él se fue. Me volví hacia Edward. – Gracias por eso.
- Es mi trabajo, amor – me sonrió y lo besé. - ¿Por qué hiciste eso?
- Estaban golpeando a alguien inocente. Son sólo unos cachorros. ¿Sabías que, de adultos, su mentalidad es la de un niño de dos años? ¡Estaban golpeando a un bebé!
- Lo sé, cielo. Así son los humanos. Son raros.
- Es que no es justo – sollocé un poco contra su pecho, abrazándome a él.
- Lo sé. Y por eso te amo. Tú siempre haces lo mejor para los demás. – Me abrazó de vuelta, y comenzó a guiarme de regreso al auto.
- No, espera. No podemos dejar ahí a los cachorros. Ellos… Míralos. – Los miré, por primera vez, de hecho. Eran de diferentes especies, pero de la misma edad. Uno parecía ser un labrador, a juzgar por el color y por sus orejas. El otro era un poco más grande, y tenía unas patas gigantes, que me decían que iba a ser un perro enorme. Éste era moteado, entre blanco y negro, y era muy lindo.
- Sí, los veo. ¿Qué me estás diciendo? – me miró con curiosidad. Yo lamí mis labios, pensando en qué quería decir. Él me miró de una manera muy intensa hasta que no lo pude soportar y dije:
- Los perros son muy buenos para los niños. Y terapéuticos. Les ayudarán a ser más responsables, y podrían protegerlas de muchas cosas. – Dije muy rápido.
- Bella, comemos animales, literalmente. ¿Quieres traer dos perros a eso? Son carnívoros, sabes lo que significa. – Me miró, sin embargo, había algo en sus ojos que me decía que no era un "no".
- Pero si los alimentamos con tortillas y esa clase de cosas, no lo serán, serán casi vegetarianos, y nosotros ya nos estamos alimentando bien por las niñas. ¿Podemos hacerlo, cierto?
Él me besó. Me distrajo con eficacia, y cuando sus manos se aventuraron por debajo de mi abrigo y comenzamos a dar un espectáculo más intenso de lo permitido para menores de edad, me separé.
- ¿Eso es un sí? – lo miré con esperanza.
Rozó mis labios con los suyos y se adelantó hacia el contenedor de basura, donde dos pequeñas cabecitas se asomaron de una caja, mirándonos con curiosidad. Mi esposo tomó a caja y me la entregó con una sonrisa.
- ¡Gracias! – exclamé con una sonrisa. Besé sus jugosos labios una vez más y abrí la puerta de la camioneta, donde me senté con la caja en las rodillas.
Edward POV
Nos dirigimos a casa con los suaves sonidos de la respiración de las niñas y de los cachorros. Ellos deberían tenernos miedo, era lo que todos los animales sentían, sin embargo, quería creer que a raíz del suceso en el que nosotros los habíamos rescatado, ellos sólo se mostraban curiosos, y cuando Bella acercó su mano a ellos, la olisquearon y luego la lamieron sin hacer ruido. Quizás no dábamos tanto miedo como parecía.
Cuando llegamos a casa, el bajar del auto fue el triple de complicado de lo que siempre era. Primero bajó ella y llevó la caja a la sala de estar, donde confiábamos en que no pudieran salir de la caja por el par de segundos que nos tomaría sacar a las niñas y ponerlas en los moisés del mismo lugar.
Cuando estuvieron a salvo allí, corrimos, literalmente, por las bolsas de la compra, que dispusimos al pie de las escaleras, listas para subirlas cuando fuera necesario. Los cachorros sólo estaban sacando sus frías narices para olisquear el nuevo ambiente, aún sin atreverse a salir de la caja.
- ¿Y ahora qué? – miré a mi esposa, quien miraba la escena a mi lado con mi misma expresión.
- Bueno, tenemos que alimentarlos. Hay que conseguir cosas de perro, llevarlos al veterinario, vacunarlos, hacerles sus placas y ponerlas en sus collares, darles un baño, desparasitarlos, hacerles un espacio y luego educarlos para que, ya sabes, nos obedezcan y cuiden de las niñas.
- Eso suena como mucho que hacer – no me iba a echar para atrás, pero no recordaba que tuviéramos que hacer tantos trámites con las bebés.
- Bueno, creo que podemos comenzar por alimentar y bañar a las niñas, y luego veremos qué hacer a partir de ahí. – Me dijo, con un gesto de duda.
- Bien, creo que eso haremos – me adelanté para tomar a las niñas y subimos al segundo piso. Todavía no tenían hambre, por lo que comenzamos por el baño. Últimamente habíamos decidido darles una ducha con nosotros para que se habituaran a la regadera, y la cosa había resultado muy bien.
Así que, con cuidado, las desnudamos y las envolvimos provisionalmente con sus toallas sólo mientras nos desvestíamos nosotros, y luego nos metimos los cuatro a la gran ducha. Las fuimos mojando poco a poco hasta que estuvieron empapadas, y luego las lavamos con suavidad.
Bella POV
- Creo que eso es todo, mis amores – les dije a los dos angelitos de mis brazos. – Es hora de salir - tomé una toalla y envolví a Callie, quien se acurrucó en mis brazos. Edward hizo lo mismo con Kate. Le entregué a nuestra otra hija y lo dejé ir hacia la habitación. Cuando dejó la puerta abierta, los pequeños cachorros se asomaron al baño y se acercaron con lentitud. Comenzaron a tocar el agua con sus patitas, y cuando noté que no le temían al agua, decidí que podía bañarlos con rapidez justo ahora.
Así lo hice. No se quejaron y terminé casi al tiempo que Edward volvía con las manos vacías.
- ¿Qué está pasando aquí? – me preguntó con una sonrisa. Le mostré a los cachorros.
- Ya están limpios – le mostré. - Todo está bien. Saldré ahora, ¿los secas por mí?
- Sí, claro. Creo que ya hiciste la parte fácil – tomó una de las toallas que no ocupábamos y con ella cubrió a ambos cachorros, a los que secó con rapidez.
- No tienen pulgas, eso es muy bueno. De hecho, creo que no tenían mucho tiempo en ese basurero, estaban casi del todo limpios y cuidados.
- Sí, eso veo. Eso es bueno. ¿Dónde dormirán? No pueden estar fuera, literalmente hiela aquí.
- Sí, bueno, en el ático hay espacio suficiente. Y creo que no será tan difícil de limpiar, de todas maneras, lo cubriremos de plástico. – Terminé de ducharme y salí envuelta en una esponjosa bata.
- Oye, amor, tenemos que ir a comprar el resto de las cosas para ellos. No hay comida, camas o tan siquiera periódico. Necesitamos los collares. Las placas pueden esperar, pero si los nombramos de una vez, podremos cubrirlo todo esta noche. ¿Qué opinas? – Lo miré mientras me ponía la ropa que había preparado, y escuchando con atención a las niñas.
- No podemos dejarlas solas y ya está nevando. También tienen que comer. Quizás sea mejor que sólo vaya uno de nosotros. ¿Qué opinas? – Lo pensé por un segundo, y asentí.
- Sí, creo que es lo mejor que podemos hacer. ¿Quieres ir tú o yo? – Comencé a ponerme un hermoso suéter aguado café que disimularía mi falta de frío.
- Ve tú. Tengo ganas de pasar un tiempo con las niñas. - Me sonrió y yo lo besé por un milisegundo.
- Está bien, la siguiente es tu turno. – Acaricié su cabello y luego le di una palmada en el trasero, jugando.
- ¡Oye! – solté una carcajada mientras él tenía las manos ocupadas con el segundo cachorro.
Lo esperé en la habitación, donde las niñas dormitaban en su cestito, aunque sabía que pronto les daría hambre.
Los primeros en volver fueron los cachorros, que se acercaron al cesto y olisquearon con sorpresa y precaución a las niñas. No temí por ellas, pero quedé gratamente sorprendida cuando las miraron de todos los ángulos y luego soltaron un ladrido de felicidad. Se echaron alrededor del canasto, vigilándolas.
- Amor – llamé. – Creo que no tendremos que cuidar más de ellas.
- ¿A qué te refieres? – se asomó por la puerta del baño, aunque su mirada seguía adentro y estaba distraído.
- Mira – señalé a los cuatro miembros más pequeños de la casa. Supe que estaba sonriendo antes de confirmarlo.
- Creo que fue una buena idea traerlos a casa. – Los seguí admirando. Los cachorros eran tan pequeños… incluso estaban casi a la par de las bebés, quienes seguían siendo diminutas.
- Sí, eso parece. Iré al pueblo en un momento. ¿Cómo vamos a llamarlos?
- Tengo una sugerencia, aunque no sé qué opines al respecto – me miró con profundidad.
- Bueno, siempre quiero escuchar tu opinión – le guiñé un ojo, y él se sentó a mi lado.
- Sí, así es. Ayrton y Harbert, o Top y Jup.
- ¿Julio Verne? – me sonrió.
- Sí, me gusta. Pero eso ya lo sabes. ¿Qué opinas de ellos?
- La verdad me encantan los cuatro, pero esta vez no podemos poner ambos. Top es muy bueno para el labrador, y creo que Ayrton le irá bien al moteado.
- Suena bien para mí. Les dan carácter. No sé si respondan a ellos, pero podemos hacerlo.
- Sí, eso creo. – Besé su sien y me levanté. – Será mejor que vaya al pueblo. No quiero volver tan tarde.
- Sí, así es. Está bien, estaremos bien. Ve – me besó una última vez y me levanté con un suspiro.
El camino fue muy tranquilo. Casi no había gente en las calles, y era lógico a juzgar por la hora y la nieve. Por suerte, teníamos cadenas en las llantas, y no había riesgos, en realidad.
Había uno de todo en el pueblo, una sola tienda de muebles, una sola tienda de bebés, una veterinaria. Pasé por esta y encontré todo lo necesario muy rápido. Dos camitas enormes porque sabía que crecerían, dos collares de cuero café con hebillas doradas, cuatro platos, dos para agua y dos para comida. Pasé a encargar dos placas con los nombres y nuestros datos en la herrería, y compré varios litros de leche normal para humanos, dos pequeños paquetes de croquetas para su etapa (la más cara, pero prefería darles sobras, o el equivalente, en este caso), así como tortillas, arroz y demás cosas que les harían bien. Conseguí dos pastillas para desparasitar, y recogí las placas. Eso parecía ser todo.
Iban a estar adorables con sus collares. Eran muy tiernos. Compré un par de juguetes para ellos y cuatro correas, dos de ellas de su etapa, entrenadoras para que aprendieran a no jalarse y a obedecer nuestras órdenes, y dos normales, que serían las definitivas. Decidí llevar también dos argollas para fijarlas a la pared, y un par de cadenas, donde podríamos atarlos en caso de que fuera necesario, aunque no lo creí. También conseguí muchos periódicos para poder entrenarlos. Había visto a Renée hacerlo una vez. La cosa era encerrarlos en su área tapizada de periódico por varios días, y luego ir reduciendo el área de periódico hasta que sólo hicieran sus necesidades en un espacio reducido. Mm. Añadí una palita, un recogedor y un enorme juego de bolsas para recoger los restos de todas maneras, así como bolsas de basura gigantes que de todas maneras necesitábamos.
Reuní todo en el asiento trasero, ya que la enorme carreola ocupaba el maletero, y arranqué, sin embargo, me detuve tres calles después, cuando vi a Valerie desmayada sobre la nieve, con Chloe a su lado, sentada, llorando.
~Sev
