Sintió la penetrante mirada rojiza del hombre de cabellos oscuros y alzó la vista para observarle. Damien Thorn parecía irritado, y aunque sus métodos de deducción eran excepcionales, ésta vez no encontraba motivo alguno para que se encontrara así. Desvió la mirada hacia el niño que yacía sentado a su lado, el pequeño se había mantenido en perpetuo silencio desde que llegó el hombre, y estaba agradecido pues en las horas anteriores el castaño no se había callado ni un segundo, haciendo las típicas preguntas inocentes, platicando sobre su madre, y el cómo había terminado por mandarle a South Park como último recurso. Theodore notó que le miraba y le sonrió mientras masticaba una de las galletitas que había puesto en su plato junto a la pequeña taza de té pues el muchachito había sido educado, era bastante refinado y con un lenguaje bastante avanzado para su edad, aunque era demasiado parlanchín. Escuchó un bufido salir de entre los labios de Thorn por lo que le observó con una ceja alzada. El azabache se había cruzado de brazos mientras observaba por el gran ventanal la noche asomarse.
—Entonces, ¿de qué querías hablar? —le dijo pues recordó que, antes de molestarse y colgar de mala gana, el hombre había insistido con una conversación. El de mirada rojiza giró un poco su rostro más no dijo nada. Se hundió en su lugar, lo que desconcertó un poco al médico. Normalmente hubiese soltado la lengua o le hubiese molestado. Se aclaró la garganta para proceder. —No pienso que tu venida haya sido únicamente para quedarte sentado y con la boca sellada a más no poder ¿o sí? —ni siquiera el té que le había servido fue tocado por el hombre. Entonces, en medio de la confusión, la risueña risa del muchachito llamó su atención.
—El señor Thorn es algo diferente a como lo describiste, Tío Stanley —dijo el castaño mientras continuaba balanceando sus pies por sobre el piso. Damien entrecerró los ojos observando al muchachito con el ceño levemente fruncido. Una pequeña campana hizo ruido sonoro en el interior de la cabeza del médico. Frotó sus manos mientras se levantaba del asiento.
—Theodore, ¿puedes hacerme el favor de ir a tu habitación? Creo que ya sé por qué el señor Thorn está tan callado —le regaló una sonrisa al niño y éste se la devolvió asintiendo levemente. De un ligero salto salió del asiento y se dirigió a paso apresurado escaleras arriba, donde se encontraba su pequeña, pero lujosa, habitación. Vio al niño perderse entre las sombras de la casa y escuchó sus pequeños pasos alejarse.
—Exactamente qué significa que un niño esté aquí —murmuró por fin el hombre que yacía hundido en su lugar.
—No llegué a prever que mi hermana mandaría a su hijo conmigo, qué se supone que quieres que haga —le dijo mientras le daba la espalda y se detenía a observar a través del ventanal.
—Ahm, no lo sé, llevarlo a un orfanato ¿quizás? —alzó los hombros restándole importancia mientras se acomodaba derecho en su asiento, aún sin descruzar sus brazos mirando la espalda médico.
—Con esa joya que posee por cerebro, ¿para que le llenen de cosas estúpidas? Por supuesto que no —giró sobre sus talones para mirarle a la cara con el ceño fruncido. Damien rodó los ojos, indignado.
— ¿Cuánto tiempo se quedará entonces? —murmuró con fastidio, no quería alzar la voz.
—Yo qué voy a saber, Shelly vendrá éste fin de semana pero no sé si lo lleve consigo.
— ¿Qué acaso no tiene un padre que cuide de él? —Stanley alzó las cejas con sorpresa, ese tono que había usado le resultaba bastante desconocido por parte del hombre, nunca le había escuchado utilizarlo. Interesante. Sonrió de medio lado y le miró con burla.
— ¿Damien Thorn está molesto? Vaya sorpresa —una burlona sonrisa adornó el perfecto rostro del médico, y soltó una melodiosa risa.
—No estoy molesto —le dijo frunciendo el entrecejo. —Sólo no me gustan los niños —regresó a la posición de hundirse en su lugar. —Arruinará todo —murmuró casi inaudible. Stanley arrugó la nariz y se cruzó de brazos observando al hombre.
— ¿Arruinará?—Thorn le miró incrédulo, soltó aire por la nariz con pesadez. Agitó su mano en el aire restándole importancia a lo que acababa de decir.
—Hablaré acerca de lo que venía a hablar desde un principio. Mañana me acompañarás donde el hotel, quieras o no, el señor Marsh irá conmigo —soltó con una sonrisa, desconcertando, una vez más, al médico. —Y no, no intentes escapar, porque no lo lograrás —observó sus uñas con desinterés. —Además, teníamos un asunto que discutir —el médico tensó la mandíbula y afiló la mirada.
—No sé lo que tramas pero—fue cortado a mitad de la oración por la voz profunda del otro.
— ¿Qué? ¿No me saldré con la mía? Mis asuntos no son para causarte problemas, fue una buena inversión, mi señor —le dijo mientras continuaba observando sus uñas, el final de la oración fue dicha con un tono bastante sarcástico que irritó al médico.
— ¿Construir un hotel con sus escrituras a mi nombre fue una buena inversión? No falta que el antiguo dueño divulgue por ahí que yo fui quien compró aquella construcción.
—No lo divulgará.
—Eres demasiado confiado con esto —negó por la confianza en las palabras del otro, no aceptándolo.
— ¿Sabes que quizá ya estén investigándote por sospecha?, la repentina y "natural" muerte de tu mujer no es para menos. Eres uno de los mejores médicos, cómo es posible que hayas dejado que muriera así sin siquiera revisar y velar por su salud —recargó uno de sus brazos en el sofá y sonrió al médico. Le miró respirar profundamente y rio. Stanley hizo su mano puño y rechinó los dientes, molesto.
—Claro que lo sé, por eso quiero mantenerme al margen e ir a gastar dinero a lo tonto no es algo que lo denomine como tal.
—Entiende que fue algo bueno —se levantó de un salto y se acercó al hombre. —Tu dinero se multiplicará —pasó un brazo por los hombros de Stanley y le acercó, rompiendo las normas de espacio personal. Alzó el brazo que tenía libre señalando a la nada mientras sonreía. —Gente de todos lados querrá venir a disfrutar del mejor hotel de todos —Stanley colocó los ojos en blanco mientras se soltaba bruscamente del agarre del azabache.
—No entiendo por qué confío en tu palabra —miró con asco al hombre frente suyo. Damien parpadeó y sonrió ampliamente.
—Porque sin mí ya te hubieran atrapado, he movido mis hilos para ti —dijo meloso mientras abría sus brazos haciendo ademanes de querer abrazar al médico. Con una mueca, Stanley golpeó ambos brazos del azabache retrocediendo unos pasos.
—No me toques.
—Dame un abrazo al menos una vez.
— ¿Para qué demonios quieres un abrazo? —preguntó molesto mientras continuaba retrocediendo esquivando cualquier intento de querer tocarle.
— ¿Cómo le dabas cariño a tu esposa? —evadió la pregunta del médico con un tema algo profundo para el hombre. Parecía tener una genuina curiosidad. Stanley hizo un gesto de repulsión.
—Eso no es de tu incumbencia —y verdaderamente, no quería mencionar nada de su difunta esposa. Además de que no iba a andar contándole sobre su vida íntima al imbécil de Damien.
— ¿Llegaron a tener sexo? Yo sé que sí —dijo muy seguro asintiendo repetidas veces. Stanley entrecerró los ojos, ese no podía ser más ocurrente porque no podía. Y nuevamente, Thorn se acercó al hombre con los brazos abiertos. Exasperado, el médico le empujó.
—No te me acerques, enfermo —le dijo entre dientes. Thorn hizo un gesto demostrando, más bien dramatizando, cómo aquella ofensa le había dolido.
— ¿Enfermo? Sólo un poco de cariño de mi colega —dijo como si fuera lo más normal del mundo. En su mundo quizá sí lo era, pero en el del médico todo se regía de una manera y no se debía romper.
—Ve a pedirle cariño a otra persona, aléjate de mí —pero a pesar de todo, sus normas lentamente era rotas y desquebrajas por ese inútil que se hacía llamar su colega. Forcejeó con el hombre pero todo resultó en su contra. —Maldita sea, Thorn —dijo irritado una vez el azabache logró estrujarlo entre sus brazos. —Eres tan extraño, ya suéltame —le dio un pequeño golpe con el codo en su pecho logrando separarse. Se arregló su saco sacudiendo el polvo inexistente.
—Qué dramático —abultó el labio inferior desconforme.
—Te pido, por favor, que te largues ya —le dijo irritado, más una sonrisa forzada, apuntando a la salida de la pequeña sala. Damien bufó. —Seré amable hoy y te guiaré a la salida —comenzó a caminar sin esperar a que el azabache le contestara, fue seguido en silencio.
Abrió una de las puertas bruscamente y apuntó a la salida.
—Bien, me iré, pero mañana regresaré —caminó cómodamente mirando por encima de su hombro al médico. Se giró y le sonrió. —Nos vemos mañana —antes de poder decir algo más, Stanley cerró la puerta con fuerza haciendo que una pequeña ráfaga de viento le diera directo en el rostro.
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Se masajeó el puente de la nariz controlando su respiración, jamás llegó a sentirse tan irritado, fastidiado, y molesto con una persona, pero siempre hay una primera vez para todo.
—No lo soporto —murmuró para sí mientras seguía el pasillo hasta llegar a las escaleras. Iba a comenzar a subir cuando se quedó estático. Por todo su alboroto había olvidado preguntarle por el tal McCormick. Tembló de rabia. —Yo soy el imbécil —se regañó por haber olvidado aquello tan importante que se suponía debía ser el centro de la conversación. Volvió a masajearse el puente de la nariz lentamente mientras subía las escaleras con pesadez, sintiendo como si sus pies pesaran con cada paso que daba. Estaba tan cansado. Se detuvo y se recargó en el barandal de las escaleras. Soltó un bufido.
— ¿Tío Stanley? —escuchó a su costado la delicada voz de su sobrino. Le observó detenidamente unos minutos hasta que se le ocurrió algo. Sonrió ampliamente y el pequeñito no hizo más que ladear su cabeza en confusión.
—Theodore, ¿no te gustaría ir a dar un paseo con Tío Stanley mañana?
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Mordió suavemente sus delicadas uñas sin llegar a hacerles gran daño. Ya se había decidido así que empezaría a moverse. Observó el esmalte de uñas que estaba sobre la mesa y torció los labios, dejaría su tiempo de embellecimiento para otro momento. Aprovecharía sus turnos lo más que pudiese. Se levantó decidida de su silla y se dirigió con paso firme a la puerta de su casa. Tomó uno de los abrigos que estaban colgados, las ventiscas de otoño ya comenzaban a enfriar todo y lo último que quería era enfermarse seriamente. Cuando terminó de abotonarse el abrigo tomó la perilla de la puerta principal dispuesta a salir, pero una voz en el pasillo llamó su atención.
— ¿Vas a salir? —le preguntó el inquilino. Bebe se giró suavemente sonriéndole muy apenas para contestar a su pregunta.
— ¿Eh? Sí, tengo turno nocturno.
—Oh, muy bien, pero ve con cuidado —el hombre logró vislumbrarse debido a la pequeña lámpara que alumbraba el pasillo muy tenuemente. La rubia asintió mientras procedía a abrir la puerta.
—Seguro, nos vemos en la mañana —agitó su mano para despedirse del hombre dentro de la casa. Cerró la puerta y siguió el pequeño sendero que llevaba a la salida del terreno donde se encontraba su auto estacionado. A pesar de tener un abrigo grande todavía el viento se las ingeniaba para atravesar las capas de ropa. Tembló ligeramente mientras se apresuraba a abrir la puerta del piloto. Soltó un soplido observando el vaho salir de su boca. Encendió el motor y se puso en marcha, en un camino algo opuesto a su lugar de trabajo. Sí, tenía un turno nocturno, debía cumplirlo, pero aún tenía tiempo de sobra para ir a pasear o merodear por un lugar antes.
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— ¿Por qué hay tanto papeleo? —dejó caer su cabeza con fuerza sobre el escritorio, con un sonoro quejido se arrepintió por dejarse caer a lo estúpido. Agarró su cabeza entre sus manos apretándose las sienes.
—Creo que dejarte caer así no fue lo más sensato, Patty —le dijo preocupado el pelirrojo mientras sus cejas se curveaban al ver cómo la pelinegra se retorcía de dolor sobre la madera del escritorio.
—Gracias por aclararlo —obvió con la voz amortiguada por tener la cabeza envuelta en sus manos masajeándose para hacer que el dolor se fuera. Broflovski llegó a sentir pena por ella. Apretó los labios y siguió con sus escrituras tratando de ignorar los sollozos y quejidos que soltaba la mujer.
— ¿Quieres algo de ungüento? —le dijo entrecerrando los ojos esperando a que respondiera. Con pesadez, la pelinegra alzó la cabeza mirándole sin comprender.
— ¿Para qué?
—Para el golpe, si no te pones algo puede inflamarse… más —miró la frente enrojecida de la mujer. Eso se convertiría en un chichón si no se le aplicaba algo inmediatamente. Con un asentimiento, Nelson aceptó la ayuda del economista. Kyle sonrió levantándose para ir a buscar el ungüento. Cuando estaba a punto de abrir la puerta de la pequeña oficina, ésta se abrió bruscamente, casi golpeándole, dejando ver al hombre de cabellera oscura y mirada rojiza. —Pensé que no volverías.
—Tu novio me echó de su casa, así que vine a molestarte un poco más —rio con fuerza al ver el rostro furibundo del pelirrojo, además de que yacía enrojecido. Broflovski negó ignorando por completo la mención de "tu novio" y salió de la oficina para perderse por el pasillo. Damien observó su camino con la ceja alzada. Hizo un gesto con los hombros restándole importancia y entró por completo al lugar encontrándose con la recepcionista en una silla frente al escritorio repleto de papeles. — ¡Patty, querida, aquí estás! —alzó la voz sobresaltando a la mujer en la silla, quien se giró para mandarle una mirada envenenada. — ¿Qué te pasó? —notó la enorme marca roja que yacía en la frente de la mujer.
—No te importa, no hables, me duele la cabeza —frunció el entrecejo masajeándose las sienes nuevamente. Damien reprimió una risa.
—Es obvio que te duele —dijo burlonamente e inesperadamente, un puño voló hasta su brazo. —Auch, qué pasa con ustedes, son tan violentos —se frotó la zona lastimada, y en ese momento entró Kyle con un pequeño frasquito en sus manos. Destapó con cuidado la sustancia y la aplicó de la misma forma sobre la frente de la recepcionista.
—Listo, te servirá —le sonrió y la pelinegra le devolvió el gesto. Damien alzó una ceja y abruptamente se acercó al pelirrojo, quien se sobresaltó por la repentina cercanía del azabache.
—Joven Broflovski póngase muy guapo porque mañana tendrá una cita —los colores se apoderaron de las mejillas del pecoso.
— ¿Q-Qué tonterías estás diciendo ahora? —balbuceó, y Damien palmeó con fuerza su espalda casi sacándole en aire.
—No es ninguna tontería, es una cita de negocios, claro está —la sonrisa del azabache no significaba más que problemas. Arrugó el entrecejo.
—Ya te dije que—
—Sí, sí, que no estás a gusto conmigo cerca, pero no te preocupes, estarán solos —dijo con una sonrisa ladeada y los ojos cerrados. —Como tú querías que estuvieran —abrió los ojos y alzó repetidas veces una ceja de manera pícara. Las mejillas del pelirrojo se colorearon aún más, y empujó débilmente al hombre mientras se cubría el rostro con ambas manos, avergonzado y molesto por las estupideces que salían de la boca del hombre.
—Agh, ¡Damien!
— ¿Quién? ¿Qué? ¿Con quién tendrá una cita? —se acercó la recepcionista que había estado escuchando muy ligeramente la conversación, pero viendo las reacciones del pelirrojo, la curiosidad le ganó.
—Lo siento preciosa, eso ya es clasificado —hizo un gesto con su mano para que pareciera que cerraba una cremallera en su boca. Nelson abultó los labios por la poca información que había adquirido.
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Mil disculpas si quedó medio escueto, con errores ortográficos, y que Ken' no haya aparecido ;;
