Dispensen el pobre Francés que manejo pero fue necesario.
Este es el último capítulo y solo quiero decir que es una alegría haberme sacado este fic de encima de una vez por todas.
No fue la mejor idea que tuvieron esa tarde ahora calurosa. La noche anterior una tormenta devastadora arreció las suntuosas cuadras de su patrón. Ya de por sí, se avecinaba un día difícil de trabajo forzado, limpieza y escombro para librar el sendero de las plastas de barro y revoltura en pos de que los costosos corceles de su señor no se lastimasen las patas al comenzar la rutina de paseo. Pero lo que empeoro el día fue la tragedia. No es que a ninguno de los miembros de la servidumbre les fuera indiferente un buen bonche de habladurías. Tenían siempre demasiado trabajo para interesarse en lo que ocurría a su alrededor. Aunque no se sentían como hombres libres había, tras una ardua jornada de labores, un momento de esparcimiento. Sin embargo, ese reciente "chisme" no era algo de lo que hubiese querido enterarse nadie: El más antiguo entrenador de los equinos fue cruelmente asesinado. Y un asesinato ya era cosa grande. Al ser personas humildes la ficción, la falta de cultura y el miedo, les hacía creer que podrían ser acusados como sospechosos de la ejecución. Por tanto, estar bien informado de ese asunto era algo que nadie quería. Y a pesar de ello, la llegada de los hermosos y elegantes citadinos las propiedades de su patrón no pudo más que despertar la curiosidad de todos los que prestaban servicio en la gran casa.
Mientras con una pica desmoronaban los restos del endurecido terreno lodoso para mojarlo y aplanarlo después, observaban a lo lejos como debajo de un árbol, dos de los tres atractivos hombres fumaban un cigarrillo y luego compartían una mirada como quien centra su atención en el fervoroso amante que aun no cede a los encantos del otro.
Emparejar el terreno de ese modo no era la más fácil de las tareas. De hecho, habría ahorrado mucho tiempo el humedecer primero la tierra y alizarla con una palabra o una plana, pero la verdad es que necesitaban un pretexto para deleitarse con la imagen experimentada, de hombres de mundo, que aquellos dos proyectaban.
Uno de los chicos disminuyó el empeño en su labor al sentirse embelesado por lo que observaba, de modo que entorpeció el de los demás quienes, después de clamar su nombre sin conseguir traerlo de vuelta a la realidad, se le unieron para atestiguar como los labios se unían. Dos hombres masculinos, uno bronceado y el otro de piel tan Blanca y luminosa como la Luna ... Y aunque se les antojaba extraño, de algún modo no estaba tan mal.
"Tienen unas preferencias extravagantes estos citadinos" dijo el chiquillo. Los demás le mandaron callar, atentos a lo que acababa de suceder. Se sobresaltaron cuando una menuda figura de cabellera tan amarilla y reluciente como el oro, salía disparado para apartar al hombre canoso violentamente y después de unas miradas hostiles, batirse a puños.
El grupito de trabajadores, dio un respingo. Unos vitoreando entre murmullos convencidos de que el pequeño rubio ganaría la contienda pues llevaba dentro la furia de un erizo gruñón. Por otra parte, el resto pensaba que el hombre musculoso, bronceado y rudo, le rompería la cara en un instante. Solo un par estaban seguros de que el joven de cabellera rizada intervendría y no se sabría el resultado de la batalla. Pero esto no sucedió así. "extravagantes citadinos", pensó el chico de nueva cuenta.
La única chica, de piel aceitunada, que entornaba los ojos con un brillo reprobatorio de los caballeros ingleses a los "mandriles salvajes" que les observaban vitoreándolos en secreto, se atrevió a censurar el acto.
— Se van a matar. Es suficiente. Le diré al amo.— a pesar de los ruegos, de las malas caras y de las protestas de sus compañeros, giró sobre sus talones para cumplir lo dicho.
Lo que se vino a continuación no fue lo que la jovencita esperaba. Su amo recibía un golpe contundente al intentar detenerlos. Solo en entonces el caos se dio por terminado.
Lo que sucedería con estos hombres no lo sabrían puesto que, tras llevar a su amo inconsciente a la mansión, los citadinos desaparecieron. Dos horas más tarde, cuando su amo despertó demasiado confundido para explicar nada, cada uno volvió a sus labores.
El chico de piel morena pensó que solo los ricos podían darse el lujo de costumbres tan raras. Además, su patrón estaba tan contento por tener de vuelta su caballo, que les ordenó olvidar el asunto.
XXX
— Mira este desastre…— Decía la dulce voz de la señora Hudson mientras aplicaba una solución a la ceja partida de Lestrade.— Comportarse como dos salvajes en medio del campo.
— Era una cuadrada de….
— ¡Sherlock!— Le reprendió sin retirar sus atenciones del inspector quien permanecía con una mueca de disgusto, los brazos cruzados sobre su pecho y evitando mirar al médico militar. Por un instante frunció el ceño y la casera le reprendió con la mirada así que volvió relajarse a regañadientes.— Tienen suerte de que no levantara cargos en su contra. ¿Dónde han dejado el decoro los muchachos de hoy? En mis días….
— Solía bailar por unas cuantas monedas.— interrumpió Sherlock removiéndose impaciente mientras se observaba por la ventana con las manos en los bolsillos. Ya para entonces, había tomado una refrescante ducha y vestía uno de sus mejores trajes.
— Oh… — las mejillas de la mujer agolparon la sangre con violencia.— Te he pedido mil veces que dejes de buscar esos videos. Era joven, tonta y…
— Tranquila, señora H. Sherlock solo está siendo un cretino. Como de costumbre.— apaciguó John sosteniendo un filete en su ojo derecho mientras miraba al techo desde su sofá junto a la chimenea. Tan pronto la ceja dejó de sangrar, ella colocó un trozo de cinta medica en la herida para ahora limpiar el labio roto de su paciente. Sherlock continuaba observando por la ventana en aquella actitud impaciente de necesitar un caso sin darse cuenta del silencio que se prolongaba.
— No entiendo…— comenzaba la señora Hudson.
— Eso no es nuevo.— replicó por lo bajo el pálido detective con aire de apatía.
— Sherlock…— Reprendió John intentando acomodarse en el sofá para poder mirar a su casera.— ¿Decía?
— No entiendo porqué habrían de pelearse ustedes dos. Por lo que se, han sido buenos amigos desde que se conocen. Incluso salen juntos y pasan horas hablando sobre Sherlock. Nunca me imagine q…
— Espere.— olvidando su ojo morado, John se reclinó hacia el frente. Cuando el bistec estuvo a punto de caer al suelo recordó que debía mantenerlo en su lugar, así que lo apretó de vuelta contra su rostro.— ¿Cómo sabe de lo que hablamos?
Lestrade también se formuló la misma pregunta y centró su atención en la dama que ahora aplicaba solución a los raspones en sus brazos. El sonido de unas estruendosas cuerdas llenó el aire sin permitirles oír lo que la señora Hudson respondía con toda tranquilidad, como si fuese la hora del té. Irritados, ambos mandaron callar al detective pensando que ese súbito deseo de tocar el violín era lo bastante sospechoso para creer que lo hacía con la intención de que no la escucharan.
Revelando solo en el brillar de sus vetas de zafiro lo mucho que aquello le ofendía, Sherlock detuvo el arco secamente.
— ¿Cómo lo sabe?— preguntó ahora el inspector arqueando una ceja. De vez en cuando, sus castaños ojos echaban una mirada al esbelto hombre detrás de su interlocutora.
— Sherlock se queja de eso todo el tiempo. Llega a casa insoportable cada noche que ustedes dos salen. Es inconsolable. Trato de explicarle que le queremos pero a veces también necesitamos un descanso para no soñar con arrancarle la cabeza…— La señora Hudson continuó explicándose, desahogándose, mencionando (sin proponérselo) todas aquellas cosas que la irritaban de él sin mudar el tono dulce y preocupado de su voz. Sin embargo, los chicos ya no le prestaban atención. Observaban el perfil de Sherlock con una expresión inquisidora y acusante. Por su parte, el aludido parecía no querer darles la cara. Conocían de sobra su actitud aparentemente fría para percibirlo.
— Así que…
— No. Espera. — Interrumpió Lestrade aun sin dedicarle una sola mirada a John cuando este se disponía a iniciar el ataque.— Gracias por sus cuidados, señora Hudson. Estoy mucho mejor y creo que tiene usted razón. Presiento que nos entenderemos muy bien los tres a partir de ahora.— La tomo cariñosamente de la mano para guiarla a la puerta.
— Pero chicos…
— Si…— corroboró el rubio desde su asiento, sin retirar la vista de Sherlock quien, a pesar de no haberse movido de su lugar, parecía calcular la mejor manera de escapar por la ventana.— Greg, tiene razón. Vaya tranquila. Ha hecho mucho por nosotros.
La confusión parecía no poderla abandonar, pero ingenua, salió del departamento convenciéndose de que había logrado limar la aspereza entre ellos. Fuera cual esta fuese. Lestrade cerró la puerta despidiéndola con una sonrisa cálida para luego volverse y endurecer el semblante cuando clavó la mirada en la nuca rizada del menor. Pudo detectar el escalofrío erizando su pálida piel de marfil a la luz del alba colándose por la ventana.— Nos has seguido todo este tiempo. No necesito ser un genio para saberlo.— Sherlock permaneció inmóvil.
— De algún modo, todo tiene sentido ahora.— soltó John mas para sí que para ellos. Lestrade no supo si John se refería a lo mismo, así que le miró por primera vez, dándole pie a explicarse. El pareció no decidirse. Como si estuviera a punto de revelar algún pecado que guardara solo para el rincón mas intimo de su espíritu pero la satisfacción de ver resueltas sus dudas, le impulsó a soltarlo por fin.— Esa… arrogante actitud. Esa… forma seductora, con sus pómulos y sus ojos de largas pestañas mirándote…. Haciéndote sentir…
— Desnudo…— Terminó Lestrade sorprendido de lo exacto que John había sido al expresar lo que el también sentía.— Esa manera de… de buscar. No hay nada que te diga que lo quiere. Pero te hace pensar que realmente… lo desea.— sería vergonzoso para Lestrade si John no entendía a lo que se refería con eso. Pero al parecer, con las mejillas encendidas, el médico le comprendía con exactitud, pues asintió bruscamente.
— Es como si… te empujara a ello. Sin ponerte un dedo encima, te obligara y debes usar todas tus fuerzas para contenerte.— ahora fue el turno de Lestrade para coincidir con el.— Y luego viene ese rechazo. Ese que te hace creer que todo ha sido obra de tu imaginación.— inmersos en su mutuo acuerdo, no se dieron cuenta que Sherlock tensaba los puños a sus costados, los hombros temblaban como quien se reprime hasta el límite.
— ¿Es posible? ¿Es posible que se sintiera amenazado cuando salíamos?— Lestrade señaló primero a John y luego a sí mismo, en un rápido ademan repetitivo sin poder creer lo que decía.— ¿Sherlock…? ¿Celoso de ambos?— incluso sus propias palabras sonaron ridículas. John abrió mucho los ojos, quizá también exponerlo de ese modo lo hacia sonar imposible.
Que Sherlock los sedujera en venganza por sus noches de chicos parecía una conclusión alocada. Pero de un tiempo a la fecha, desde que uno sentía celos del otro, no habían concertado una nueva noche para divertirse. Desde lo sucedido semanas antes, Sherlock parecía más tranquilo. Y eso les llevaba a pensar algo más; ¿Había planeado todo tal cual? ¿Provocar a Donovan, sacrificar su abrigo, todo para mantener separados el uno del otro?
John esbozó aquella sonrisa peligrosa. Lestrade apretó tanto el cruce de sus brazos en el pecho, que sus firmes pectorales trazaron una línea comiéndose la tela de la camisa militar. — ¿Para qué? ¿Por qué?— se preguntó el hombre de piel bronceada, que no pudo seguir la línea de su pensamiento hasta el final. No podía evitar sentirse dolido. Estaba perdidamente enamorado de sus rizos, de su piel lechosa, de sus largos dedos adornados con relucientes uñas, de su estrecha cintura, de su voz profunda, de sus hermosas esferas celestes, de cada minúscula partícula que formaba lo que Sherlock era. Y este, ¿Había hecho todo solo para celar al doctor Watson? — ¿Por qué actuaste como si lo desearas?— soltó presa de su propia desesperanza. Incapaz de poder cambiar el articulo por el pronombre que le correspondía; "Me". Desvió la mirada y sin quererlo, captó la misma sombra de dolor en los orbes de miel. John Watson sostenía una mueca en sus labios bastante apretada, el ceño fruncido y los cortos dedos entrelazados, apoyando los antebrazos en sus muslos.
Súbitamente, Sherlock se volvió con una mirada tan afilada, en un silencio aplastante. Lestrade recordó porqué el menor le intimidaba. Y no era el único, su compañero de piso también pareció refrescar su memoria. Pero era claro lo que la furia de Sherlock decía en su lenguaje corporal: "Porque de hecho, lo deseo. Idiotas".
— Sus conjeturas me han revuelto el estomago. Felicidades.— Escupió, dispuesto a marchar del lugar. Pero estaba muy equivocado si creía que los dos ex militares le permitirían irse sin rendir cuentas, sin pagar por la tortura que todo este tiempo habían padecido en su nombre. John dejó el filete, se puso en pie para bloquearle el paso mientras Lestrade permanecía en la puerta. Controlando su agitada respiración, habló con aire autoritario.
— Sin mierda, Sherlock. Es suficiente. Esta vez no.— Dijo tajante.— Acostumbras juguetear con la mente de quien te viene en gana. Pero esta vez te has pasado de la raya. Vas a compensar nuestra frustración. — le tomó por el cuello de la camisa para halarlo tan cerca de su rechoncha nariz, que pudo notar la sorpresa en sus pupilas.
— John, no creo que…
— No, Greg. No lo exoneres de sus culpas. Conoces tan bien como yo a este bastardo prepotente y sabes que es capaz de eso y mas. — Su mirada de fuego ambarino volvió al Detective.— Solo mira lo quieto que esta.— Y así era. Sherlock permanecía rígido en su posición, deseando y no a la vez, que ninguno notara otra zona igual de tensa.
Aunque Lestrade dudaba, no podía negar que John tenía razón. ¿Cuántas veces Sherlock escapó de situaciones realmente peligrosas sin nada que sus propias manos? Aunque su estilizada belleza no lo aparentaba, sabía que Sherlock no era un chico indefenso, de hecho, en los momentos clave, había hecho demostraciones impresionantes de una fuerza sin igual.
¿Era eso lo que el caprichoso venía buscando? ¿Era posible que fuese tan egoísta? Bueno, pues si quería ser el centro de atención, ahora si que consiguió la de los dos.
La expresión en el rostro de Gavin debió cambiar porque John sonrió satisfecho y la erección del consultor comenzó a palpitar. Las manos del médico le abrieron la camisa de tajo enviando a volar los botones que al fin de cuentas ya tenían en vaticinio ese destino ( no seria de otro modo con camisas tan ajustadas). John a penas podía creer lo que veía. Poco mas de eso pudo contemplar en el corazón de Inglaterra cuando el hermano mayor de los Holmes pisó deliberadamente la sabana del detective dejando al descubierto una hermosa porción de su desnudez.
Ahora podría palparla, saborearla entre sus palmas, rasguñarla si quería, incluso degustarla con el paladar si le apetecía. Y mientras recorría con sus manos aquel torso exquisitamente cincelado en deliciosos músculos abdominales, notó aquellos sonrosados botones de pasión erectos, tiernos, tan blandos y pequeños que no contuvo sus ganas de apretarlos con cierta rudeza.
Entonces juró que habría podido llegar al clímax ahí mismo; Sherlock ahogó un gemido grave y erótico. Tan vibrante que fue directo a encender la mecha de su propia pasión en el acto. De hecho, lo único que le impidió correrse ahí mismo fue oír a Lestrade contener el aliento. Lo que le recordó que no sabía que sentir respecto a que le observara. No es que John temiera a experiencias como esta, no era la primera vez que participaba en algo así. Pero jamás pensó que hacerlo con Sherlock y Lestrade fuera si quiera una posibilidad. De hecho, no sabía si podía gustarle la idea de compartir a Sherlock, pero si pensaba en alguien, ese era Lestrade.
Y si alguno de los dos hubiera podido escuchar el pensamiento del otro, habrían captado las mismas ideas.
Por ahora, lo único que deseaban los dos era obtener mas de esa profunda voz de barítono creando melodías lascivas.
Y alguien que habría podido deducir sus pensamientos no era otro que su presa. A Sherlock le estaba costando un sobrenatural trabajo mantener su cerebro en función, sus extremidades quietas y la respiración calmada. Conocía su cuerpo a la perfección. Aunque, como todos ya sabían, el sexo no le interesaba, nada le impidió explorarse en alguna vaga ocasión. Pero jamás encontró un motivo o una sensación tan intensa que provocara aquellos acordes penosos en su voz, nada que quebrantara su inmutable frialdad e indiferencia. Apretó los labios en la muestra mas ligera de reprimenda hacia si mismo (algo que ni médico ni D.I. Pudieron detectar pues su inexpresividad facial era difícil de leer). No levantaría las manos, no se movería un ápice, no emitiría de nuevo cualquier sonido; No les daría la satisfacción de haberle descubierto.
Pero las manos de su bloguer ya encontrarían la evidencia si continuaban explorando la parte baja de su vientre, deshaciendo el cinturón, acariciando su pelvis desnuda cuando las prendas fueron presa de la gravedad. Y para colmo de sus males, Lestrade observaba sin perder detalle, podía sentir su mirada castaña erizar los bellos en la nuca, seguir por su espalda y detenerse donde perdía el nombre.
Sus ojos azulados enfocaron una porción de la realidad cuando el alivio liberó su extensión. Era pálida, gruesa y bastante larga. Ahora que contemplaba su propio deseo, no recordaba haberse visto tan rojizo, hinchado y palpitante hasta ahora y la imagen de John arrodillado, saboreándose los labios produjo una diminuta y brillante perla translúcida en su punta. Ni siquiera supo cuando le había despojado del calzado y cuando John del jumper para subir las mangas de su camisa a rayas hasta los codos. Las manos gruesas y fuertes se posaron en sus pálidas caderas. El medico podía sentir los huesos que la formaban en sus palmas. Eran unas caderas fuertes y coquetas. Su piel era tan lisa y perfecta como el resto de su cuerpo podía oler su fragancia, supo solo por el calor que despedía que Sherlock correspondía a sus toques, que era capaz de despertar la lujuria en su perfecto cuerpo. El consultor quiso protestar pero lo único que brotó de sus labios fue una voluta de aliento. Entonces John roció la enrojecida punta con el suyo antes de apretar los labios en torno al endurecido músculo masculino.
¡Que glorioso!
Una cortina eléctrica entre destellos de colores rojo, amarillo, blanco y una luz segadora cubrieron su mente cuando Sherlock cerró los ojos y echó los rizos al aire mientras arqueaba el cuello. A penas pudo recobrarse cuando se sintió llevado al limite de su húmeda garganta para hacer una pausa. Entonces Sherlock hizo acopio del poco autocontrol que le quedaba. John tenia sus hermosos labios llenos de él, su mueca para tomarle era algo que Sherlock realmente habría podido calificar como estéticamente bello. A este punto, el color en sus pálidas mejillas no pasó por alto ni para el médico ni para Lestrade quien dolorosamente soportaba la incomodidad en su abultada entrepierna.
El impacto de un Sherlock desnudo y poseído por el placer volvía sus fantasías realidad en muchos niveles. Esto despertaba sus mas depravados sueños, por encima de los celos que ahora eran una flama a fuego lento. Pero si no se unía, lo lamentaría el resto de sus días. Así que dio libertad a sus piernas para que lo llevaran a espaldas del consultor quien se estremecía cada vez que su prominente hombría desaparecía en la boca del rubio.
Sus bronceados dedos exploraron la espalda aquellos masculinos hoyuelos que se formaban entre los omóplatos. Bajó por el arco, siguiendo la columna vertebral hasta culminar en otro par de coquetas y diminutas hendiduras a cada lado del coxis. Eran hermosas, su piel aterciopelada y castamente clara. Lestrade no podía creer su suerte. Estaba tocando, tocándolo por primera vez y era delicioso. Su piel no podía compararse con nadie que hubiese tocado antes, con nada que hubiese soñado. Entonces quiso saberlo. Saber si podía hacerlo gritar su nombre, como tantas veces fantaseó en su solitario sofá. Las manos se retiraron y si Lestrade no lo conociera bien, habría pensado que aquel suspiro fue una protesta.
Enroscó sus brazos alrededor del apuesto consultor por la espalda solo para recorrer su vientre bien marcado y culminar apresando sus sonrosados botones de pasión. Cuando los tostados dedos tiraron de ellos, Sherlock gimió sin reservas. Derramó sus rizos de oro negro en los hombros de Greg, quien aprovechó para impregnar su nariz con el aroma y besar el delicado cuello de cisne. La garganta del médico también sufrió las consecuencias. Sherlock se hundía en ella por acto reflejo y John tuvo que apartarse para no asfixiarse. Cuando retomó su trabajo, acompaño cada movimiento de sus labios con las manos. La carne vibraba y daba sacudidas violentas entre sus dedos que ahora se humedecían en los jugos eróticos que el consultor producía.
Para Sherlock aquello era el Nirvana que clamaba inexistente. Cuanta blasfemia, cuanta ignorancia respecto a lo carnal...
Sentía los labios del inspector en su cuello, tirando del lóbulo del oído y susurrándole con un aliento masculino y perfumado. Su cerebro no procesaba lo suficientemente rápido para interpretar las palabras de amor o las obscenidades que le decía. Sinceramente no sabia cual de las dos, pero sabia que eran en francés. Entonces aquellos dedos de canela y café con leche comenzaron a explorar su virginidad. Fue entonces cuando abrió de par en par aquellos zafiros relucientes enmarcados con largas pestañas y sus pupilas se contrajeron antes de dilatarse.
—Je te ai aimé pendant une longue période.*— le escuchó decir en un seductor y bien pronunciado francés.— Je te ferai l'amour, mon petit soleil.*
¿Sabía Lestrade que Sherlock podía entenderle? No tuvo mucho tiempo para reflexionar sobre ello puesto que John ahora, después de solo dios sabia como, se había despojado de los pantalones para permanecer con la camisa a rayas, los arrastraba al sofá.
En un principio, no supo como reaccionar al ver la gruesa erección de la cual ya brotaba un manantial de precumen brillante. Por si sola, su carne palpitaba ansiosa y John tomo lugar ahí, como esperando ser atendido. Sherlock no tenia ninguna experiencia. Había dejado cabos sueltos para que todos a su alrededor sacaran sus propias deducciones, pero la verdad era que jamás le apeteció nada igual. John había hecho un trabajo espléndido, era un milagro no haberle llenado el experto paladar con su semilla, pero el consultor no quería ponerse en evidencia por mucho que estuviese hambriento por devorarle entero.
Iba quedarse allí plantado, de no ser por que las poderosas manos de Lestrade le aplicaron una llave al sujetar su brazo por detrás de la espalda con la fuerza suficiente para obligarle a obedecer sin lástimarlo.— primera lección, mon petit; Sin egoísmos. John ha sido bueno contigo, es tiempo de que regreses sus atenciones.— Y con brusquedad, le obligó a reclinarse sobre el médico cuyos ojos de miel brillaron enardecidos ante la muestra de autoridad en su amigo. Definitivamente con eso, cualquier resentimiento quedaba olvidado. Acarició los rizos para poder contemplar los sonrosados labios boquear insegura sobre el comienzo de su rígida lujuria. Como el consultor no parecía decidirse, John le dio un pequeño empujoncito... Literalmente. Haló de sus hebras ensortijadas para obligarle a engullir su erección, quizá mas profundo de lo que era debido y cuando los dientes rozaron la piel, John supo que se había excedido con un primerizo. Pero ebrio de placer al verse embebido por el anguloso rostro, no pudo advertir nada entendible al Inspector quien jugaba entre los pálidos montes con sus dedos. Con una mano apartaba una de sus firmes mejillas y con la otra exploraba aquel botón preciosa y limpiamente corrugado. Era suave, tibio y no había rastros de dilatación. Como si esa parte de su cuerpo no recordará haber sido profanada. Por mucho que sus tostadas falanges jugaran ahí, no encontraba distención. Así que Greg acercó el rostro, humecto bien su lengua (cosa que realmente no requirió mucho esfuerzo puesto que salivaba hambriento por poseerlo) y comenzó un jugueteo sobre ella.
Ahora estaba seguro, Sherlock había dado un respingo, el ronco gemido ahogado por la carne del medico en su boca fue audible y precioso. Lestrade pudo sentir su propia ropa interior húmeda, pesada y molesta. Sin dejar se trabajar a las puertas de su templo, Lestrade desabotonó sus pantalones y bajó la ropa interior a la altura de los muslos. Se tomo a si mismo, satisfaciendose mientras probaba aun mas de su consultor, de su piel virginal. El músculo del inspector se iba abriendo paso al interior, casi con forzosa agonía y entonces tuvo que valerse de ambas manos para sostener las caderas de Sherlock, a su vez, John lo sostuvo por los rizos para evitar que se apartará.
inspector y medico comenzaron sus embestidas en impresionante sincronía sin esperar que la espalda de Sherlock se arqueara a punto de alcanzar la cumbre. Pero Greg coló sus manos entre los claros muslos para presionar un punto exacto en la erección que detendría el semen para evitar que culminara. Sherlock se retorcio rugiendo como fiera.— Segunda lección, Sherlock.— John intento parecer mas calmado de lo que en verdad estaba. Pudo saber lo que Lestrade había hecho cuando Sherlock intento morderlo en venganza. Le apartó de su falo solo para poder contemplar el rostro lechoso, de mejillas imposiblemente rojas, sus carnosos labios manchados de precumen y los orbes de añil que echaban chispas.— No siempre serás primero tu. Tienes que esperar por nosotros.
Entonces, cuando fue seguro Lestrade le soltó para acomodarse. John ya había echado mano de Sherlock, arrastrándolo un poco mas hacía el. Ya no podía esperar mas. Las atenciones del moreno, aunque primerizas, eran espléndidas y aprendía muy rápido. Asi que John separó sus gruesos muslos y tiró de un Sherlock confundido, para encajarse por si solo. Este se sostuvo del respaldo del sofá. No había manera de saber que sucedió primero; su intromisión o la del inspector en su interior.
No estaba seguro si el dolor provocaba su placer o viceversa. Solo sentía que cada embestida que le propinaba el hombre de piel dorada empujaba sus propias caderas, clavandose casa vez mas profundo dentro de su bloguer.
Todo era dolor y placer, gemidos, gruñidos, luces destellantes de color al cerrar los ojos, el chasquido de las pieles, los dientes en su espalda, las uñas enterrándose en sus músculos. Pronto perdió la noción de quien era quien, de donde terminaba uno y empezaba el otro.
Cuando john no estaba besandole en los labios, Lestrade hacia evidente el fetiche con sus cabellos al tirar fieramente de ellos y susurrarle palabras o señas en francés como "zorra" y sus similares. Sherlock no se imaginaba esa faceta de su inspector y tampoco sabia que tan placentero podía ser escucharselas decir. John, en cambio, pedía por mas, pedía y suplicaba su nombre, una y otra vez. Sus caderas le obedecían sin que pudiese detenerlas. Cada vez que se encajaba y salía para arremeter de nuevo, la hombría de Lestrade le hacia ver estrellas. En mas de una ocasión, tuvo que refugiarse en brazos de su medico para no correrse. No quería que le suprimieran de nuevo el derecho a alcanzar el orgasmo, así que se abrazaba al rubio en busca de calma. Por ultima vez, acudió a sus brazos.
— Nh-No... Puedo mas...— suplicó el pequeño ex-militar bajo Sherlock echando un vistazo a la poderosa hombría de Lestrade que desaparecía entre las pulcros montes de marfil. El inspector se veía salvaje, con sus gruesos pectorales, su fuertes y broceados brazos, su cabellera entrecana alborotada y la concentración marcada en el rostro. Casi podía jurar que de vez en cuando, sus orbes de chocolate rodaban en blanco. Sherlock debía ser un chico mas resistente de lo que pensó para no romperse al recibir embestidas tan furicas.
— S-Solo un poco mas...— Rugió el inspector poseído por su propio placer. Pero John no pudo contenerse mas y su entrada se tenso exprimiendo a la par, la semilla de Sherlock quien se arqueo de nuevo encajandose por si solo en la gruesa erección del inspector y prolongando con sus movimientos el éxtasis de John cuya semilla bañó su propio vientre. Lestrade dejó caer los brazos a sus costados, la cabeza hacia atrás, para que Sherlock le arrebatara el placer y lo llevara con ello al límite.
Pudo sentir como el alma se le iba del cuerpo, como la respiración se detenía y su vientre expulsaba con potencia el semen para vertir las entrañas del joven, que a su vez, vertía el suyo dentro de John.
Era como si ese lienzo en blanco, cargado de energía, de locura y caos, fuese eterno. Y si la vida les fuese arrebatada, habrían creído entrar en el paraíso.
Cuando la pandemia llego a su fin, Sherlock y John permanecieron abrazados. El consultor bajó sus caderas, lo que hizo que la erección punzante del inspector los rociara con el remanente de seminal perlado. Cuando el bronceado volvió en si, pensó que aquella imagen, Sherlock y el doctor, bañados con su semilla era digna de ser fotografiada.
Bueno, quizá dentro de su locura, Sherlock les hizo descubrir que compartir no era tan malo.
Y para Sherlock Holmes, solo quedaba asumir que definitivamente, tocar era una ventaja.
* Te he amado por mucho tiempo. Te voy hacer el amor, mi solecito
