Nota:
Saludos, idolatrados lectores :-) (ninjas y presentes xD)
Me he dado cuenta por vuestros comentarios, de que tal vez subo los capítulos demasiado rápido. Ahora en verano tengo un ritmo de escritura súper alto y en cuanto tengo el capítulo cerrado lo voy poniendo. También es verdad que he dejado a un lado mi romanticismo, me he pasado al siglo XXI y he dejado de escribir en papel y por eso tardo mucho menos en escribirlos. Pongo los capítulos en cuanto están para que el que quiera los pueda leer (o no) en cuanto tenga hueco y le apetezca... pero no tengo problema en guardarlos e ir subiendo uno por semana (por ejemplo). Soy aprendiz en esto de ffnet así que cualquier opción me parece buena :-)
Un fuerte abrazo! :-)
XI – Un poder que no despierta
El Paso de Penumbra era un bosque de robles y otros árboles de hoja caduca, que era atravesado por el camino más próximo a la cordillera de Eldin. Rotver decía que casi todos los viajeros optaban por tomar el otro camino, el que iba bordeando los acantilados, las vistas al mar eran espectaculares y una fresca brisa llenaba los pulmones del que se decidía a pasear por allí. Link hacía oídos sordos a sus comentarios sobre la ruta elegida. Se había hecho con una lanza en la posta, justo antes de salir y la llevaba en las manos como si fuera a ensartar a un monstruo en cualquier momento.
—Estás muy tenso —le dijo Rotver —nada va a aparecer por el camino, excepto alguna ardilla desorientada.
—Prefiero cabalgar seguro —dijo Link aferrándose a su arma.
—Por el otro camino apenas nos habríamos cruzado con gaviotas y garzas salvajes. Si corremos este riesgo cruzando el bosque, es cosa tuya. Este paso es muy oscuro incluso los días de pleno sol.
—Teníamos que venir por aquí.
—Es bastante evidente que quieres encontrar esa fuente como sea. Pero ya te anticipo que no te será fácil. —le advirtió Rotver, echando un trago de agua de su cantimplora.
—Hay algo que necesito saber, y sólo lo sabré si encuentro la fuente.
—Primero los guardianes. Ahora la fuente… me pregunto qué será lo próximo que desvíe tu atención de la misión que se te ha asignado.
Link detuvo el caballo y Rotver lo imitó.
—No espero que lo entiendas, de hecho, puedes seguir tú solo hasta el laboratorio, no hace falta que vengas conmigo. Pero hay algo importante que necesito recordar, y sé que está en esa fuente. —Link espoleó a su caballo y de nuevo lo puso al trote entre la hojarasca del bosque.
—Me gustaría ayudarte, pero ignoro dónde está. Sé que Impa y otros sheikah la han visitado, pero mi interés siempre ha estado centrado en la tecnología, no en todas esas historias místicas —se excusó Rotver.
De repente, los caballos empezaron a ponerse nerviosos. Por mucho que Link obligaba al suyo a moverse, éste se resistía a continuar. Los robles altos cubrían el cielo y sobre sus cabezas se extendía un espeso techo de hojas. Había bastante oscuridad y el aire era menos puro que en otros tramos del bosque. Link fijó su atención en unos matorrales densos y espinosos que cubrían la senda más adelante, un escalofrío le recorría la espalda, un presentimiento. Entonces lo vio: dos puntos brillantes que le observaban con frialdad.
—Maldita sea —murmuró Link.
—¿Qué ocurre?
—Nos están acechando.
—No lo dirás en serio, ¿qué nos acecha? —dijo Rotver, sin ocultar cierto tono de alarma en su voz.
—Lobos. Hay uno un poco más adelante… nos observa de frente, quiere decir que el resto ya nos ha rodeado —intuyó Link —Los lobos cazan en manada, así que deben llevar rato trazando un plan para atacarnos.
—¡No puedes hablar en serio!
—Shhhh. Cuando yo diga, tendremos que salir cabalgando a toda velocidad, o nos atacarán por los costados y será difícil escapar.
—Estás loco… no puedo hacerlo, lobos… ¿qué locura es esta?
—Sí puedes, Rotver, haz caso a mi señal y podremos escapar de esta emboscada.
—Por todos los circuitos… —se lamentó Rotver.
—¡Ahora! —ordenó Link, y espoleó al caballo, que salió corriendo encabritado.
El caballo de Rotver también se puso al galope, detrás de Link. Corrieron en medio de la hojarasca, dejándose azotar por las ramas de los arbustos y la espesura del bosque. Los lobos saltaron de su escondite y comenzaron a aullar detrás de ellos.
—¡La salida! —gritó Link al ver cómo la espesura se iba tornando en claro.
Ambos cabalgaron concentrados en la salida cuando un lobo enorme se interpuso en su paso, con el pelo del lomo de punta y enseñando unos dientes largos como cuchillas. El lobo eligió a su víctima y se lanzó contra Rotver pero Link reaccionó a tiempo y lo ensartó con la lanza, tirándose hacia un costado para alcanzarlo. El problema es que no calculó bien la distancia y se desequilibró, perdiendo la montura, que no había detenido el paso en ningún momento.
—¡Link, agárrate! —exclamó Rotver, que seguía cabalgando a su lado, ya fuera de la espesura del bosque.
En su defensa contra el lobo, Link se había ido al suelo y además se había enganchado el pie en las riendas, así que el caballo lo arrastraba por el suelo pradera adelante. Rotver trataba de acercarse para frenarles, pero el caballo estaba desbocado y corría mucho más veloz. En medio de la carrera Link hacía esfuerzos por incorporarse y soltarse el pie, pero todo era en vano, el caballo tiraba de él campo a través y cada vez se sentía más magullado por aquel arrastre, además intentaba no ser pisoteado por los cascos del animal, que rebotaban justo al lado de su cabeza. Consiguió incorporarse un poco y vio que el caballo se dirigía sin control a lo que parecía el borde de una profunda hondonada.
—¡No! ¡Para, chico! ¡Vamos detente! —gritaba Link a su caballo.
Con esfuerzo sacó el puñal que escondía siempre en su bota y lo utilizó para cortar las riendas. Estaba siendo arrastrado a tal velocidad que al liberarse salió disparado por la inercia. Oyó cómo Rotver gritaba su nombre a lo lejos, pero era demasiado tarde, se vio lanzado hacia el borde de la hondonada.
—¡Socorro! —gritó Link mientras se precipitaba al vacío.
Cayó en el interior de un estanque, de agua congelada. Como pudo salió a la superficie, el impacto con el agua fue muy doloroso y tenía el cuerpo machacado y la cabeza a punto de explotar. Cerró los ojos y se hundió en una placentera oscuridad.
Cuando los abrió ya era de noche. La luz de la luna llena iluminaba todo el estanque y la hondonada, convirtiéndolo todo en un lugar mágico. Se puso en pie. Por algún motivo no estaba mojado, ni tenía frío, ni sentía dolor alguno. Al echar un vistazo, observó que no estaba solo. De hecho, se vio a sí mismo, montando guardia frente la entrada de un oscuro pasillo. Llevaba el arma, la Espada Destructora del Mal, y por supuesto vestía la túnica azul.
—Oye tú… —trató de llamarse a sí mismo, pero no le oyó.
Pronto se dio cuenta de que no podría comunicarse, pues de nuevo estaba envuelto en las sombras de su pasado y lo que estaba presenciando había ocurrido hacía más de cien años, aunque esta vez estaba inmerso en persona dentro de su propio recuerdo, como si fuera un invitado sorpresa que se cuela en una representación.
Al poco, la princesa salió del interior del pasillo que su "yo del pasado" vigilaba. Vestía una túnica blanca, muy sencilla, en ninguno de sus recuerdos la había visto con ese aspecto. Tuvo que reconocer que se vio golpeado por su belleza, en la que no había reparado bien. La sencillez de la vestimenta resaltaba mucho más su figura y el color verde intenso de sus ojos, era difícil despegar la vista de ella. Su yo del pasado y la princesa iniciaron una conversación que no podía oír. Corrió por el borde del estanque para escuchar mejor pero cuando llegó hasta ellos ya era tarde. Ella comenzó a sumergirse en el agua en dirección a una enorme estatua tallada en piedra que presidía la fuente, mientras su otro yo se daba la vuelta y montaba guardia en silencio. La princesa juntó las manos y lanzó una plegaria a la estatua. Tal vez lo que estaba viendo era el famoso ritual del que le habían hablado.
—… Por mucho que lo intento, no consigo despertar mi poder… —alcanzó a oír Link.
Ella parecía estar debatiéndose en una mezcla de rabia y melancolía, y pudo ver cómo los ojos le brillaban amenazando con desbordarse en lágrimas. Se metió en el estanque para acercarse a ella y verla mejor. Su otro yo sin embargo, no podía ver nada, pues se mantenía firme en su puesto, de espaldas a la princesa.
—He hecho todo lo que se supone que tengo que hacer, pero sigo sin sentir nada. Padre se enfada conmigo y me dice que pierdo demasiado tiempo en mis investigaciones…
"Típico de ese viejo loco", pensó él de inmediato, poniendo los ojos en blanco.
—…ayúdame… —suplicó ella, derramando al fin unas lágrimas brillantes que se deslizaron con rapidez por sus mejillas.
Él se metió más adentro en el estanque, estaba frente a ella, tan cerca que si se lo propusiese podría llegar a tocarla. ¿Por qué la princesa tenía que suplicar a una estatua de piedra para poder usar su poder? ¿Acaso no lo tenía desde un principio? Su poder era inmenso, tan gigantesco que aún mantenía confinada a toda esa horrible oscuridad tras cien años de lucha continua. Le encantaría poder decírselo en ese momento en que ella se hundía en su propia fragilidad… pero nadie iba a oírle.
—¿Por qué no lo consigo? ¿Es que hay algo mal en mí? ¿Qué me pasa?
—No hay nada mal en ti —dijo él. Y alargó la mano hacia ella para tocarla, aunque sabía que ese contacto iba a ser imposible.
—Link, muchacho…
—No hay nada mal en ti —repitió Link, poniendo la mano en la cara de Rotver mientras este trataba de hacerle volver en sí.
—Claro que no hay nada mal en mí, ¡pero necesito que despiertes! Y sobre todo que dejes de manosearme la cara con tus sucias manos —refunfuñó el sheikah.
—¿Rotver? —preguntó Link entreabriendo los ojos. Estaba muy aturdido.
—¡Al fin vuelves en sí! Me tenías asustado, ¡menuda caída! No sé cómo no te has abierto la cabeza, es un verdadero milagro.
—Dónde… —murmuró Link, tratando de incorporarse. Rotver se lo impidió.
—Nada de levantarse. Te has golpeado muy fuerte, este estanque no es demasiado profundo y necesito ver que todo está bien. Por suerte pareces ser más duro que las piedras, muchacho.
—Estamos en la Fuente del Poder —dijo Link, tumbándose y permitiendo que el sheikah le examinase.
—Sin duda estás marcado por tu destino… —dijo Rotver suspirando —jamás habría encontrado este lugar si no fuese por tu accidente con el caballo, tendría que haber pedido ayuda a Impa o Prunia. Ellas a veces vinieron hasta aquí acompañando a la princesa.
—Después era yo el que la acompañaba.
—Sí, así es. ¿Te duele aquí?
—¡Ahhh! —chilló Link, sintiendo una punzada de dolor en el pie derecho.
—Pero puedes moverlo, así que no está roto. Trata de ponerte en pie.
Link se incorporó con dificultad. Entonces vio la fuente de nuevo, el mismo lugar de cien años atrás… pero todo estaba como apagado. La luz mística que se destilaba en su memoria se había esfumado por completo… al igual que la princesa Zelda, y él mismo. Seguía siendo un lugar hermoso, pero al mismo tiempo parecía como si alguien le hubiera arrebatado su esencia.
—¿Has… conseguido encontrar lo que buscabas? —preguntó Rotver, que le observaba con preocupación.
—He encontrado algo. Pero ahora necesito saber mucho más —confesó Link.
—Alegra esa cara —dijo Rotver, palmeándole la espalda —sea lo que sea lo que hayas visto, ya sabes el futuro… ¡vives en él! Así que cuentas con la ventaja de que conoces cómo terminó todo eso que recuerdas después del Cataclismo. Los recuerdos son sólo eso: imágenes, fragmentos, nada más. No estoy de acuerdo con Impa, si me permites decírtelo. Pienso que esos recuerdos no son imprescindibles para que lleves a cabo tu misión, eres muy fuerte, tanto que resistes a ser arrastrado por un caballo y caer al vacío para luego levantarte como si nada.
—Tanto como eso… estoy bastante dolorido —dijo Link, dibujando una media sonrisa.
—Lo que quiero decir es que no te obsesiones con esas visiones que tienes. Lo que pasó ya no puede ser cambiado. Ahora tienes que mirar hacia adelante.
—Lo sé, pero con todos estos recuerdos… ahora empiezo a preocuparme por otras cosas.
—¿Cómo qué? —preguntó Rotver, que ya preparaba una cuerda para salir de la hondonada.
—Pues… es que no sé si la princesa Zelda estará bien ahora. Y menos con esa monstruosidad alrededor. —confesó Link, sin poder contener su recién adquirida preocupación.
—Pensaba que eras el único con el que se había comunicado, ¿no es prueba suficiente de que aún sigue bien?
—No lo sé.
—Entonces no tenemos tiempo que perder, vamos a salir de este agujero en el que nos has metido —propuso Rotver.
Usaron la misma cuerda con la que Rotver había descendido a la hondonada para tratar de salir. Era complicado, pues la fuente brotaba de las paredes de roca como una cascada y el ascenso no resultó sencillo. Link tenía el pie muy dolorido y también se quejaba de molestias en un costado. Los caballos les esperaban en el exterior, Rotver se había encargado de atarlos para que no escapasen. No había rastro de los lobos, estaba claro que la manada concentraba la cacería en el interior del bosque y no salía a campo abierto, donde eran mucho más vulnerables.
—¿Puedes montar, muchacho? —preguntó Rotver a Link, al ver que éste dibujaba muecas de dolor mientras se acomodaba en su montura.
—Sí puedo, no hay problema.
—Entonces cabalguemos. Cabalguemos sin descanso hasta mi laboratorio.
Hicieron tal y como Rotver propuso. Pasaron de largo de la posta de Akkala Este, ya era noche cerrada cuando alcanzaron el lugar, pero el laboratorio no estaba lejos y decidieron seguir hasta el final para poder descansar tranquilos.
El laboratorio de Rotver tenía la apariencia de un antiguo molino reformado. Un fuego azul idéntico al que había en la casa de Prunia ardía con fuerza en el exterior. La diferencia es que Rotver acumulaba chatarra ancestral. Por todas partes. Había restos de guardianes desarmados en el suelo, por los alrededores. Link se quedó mirando toda aquella maquinaria desmantelada con ciertos reparos.
—Algunos ya estaban petrificados cuando los trajimos aquí —comentó Rotver, al ver su cara.
—¿Se han petrificado?
—Muchos de ellos sí… con el paso del tiempo. Vamos, pasa adentro, no te quedes ahí afuera. Las noches son frías y húmedas en esta región.
La casa de Rotver era más acogedora de lo que Link había presupuesto. Sin duda era mucho más ordenado que Prunia. Había una enorme librería cubriendo una de las paredes de la casa y en la zona de trabajo, Rotver tenía toda su maquinaria perfectamente limpia y clasificada.
—Cariño, ¡ya estoy en casa! —anunció Rotver al llegar. Una mujer sheikah alta y rubia bajó por las escaleras que procedían del piso superior.
—¡Mi cielo, has tardado mucho! —exclamó ella al verle.
—Link, esta es mi mujer Zheline. Es la experta número uno en lo que se refiere a santuarios sheikah y energía ancestral. Zheline, este es Link, es el joven que estaba siendo sometido al juicio en el Dominio Zora.
—Por el amor de la Diosa, espero que todo lo del juicio fuera bien…—dijo Zheline, tendiendo la mano a Link para presentarse oficialmente.
—Al final sí, no puedo quejarme —dijo Link, sonriendo con timidez.
—Qué muchacho más apuesto y educado, no me lo habías descrito así, Rotver. —se quejó Zheline. —debes tener cientos de pretendientes, Link.
—Su aspecto físico no tenía ninguna relevancia en este juicio. —refunfuñó Rotver — Y bien, ¿podrías ayudarnos a cenar algo, caramelito?
—Rotver… no está bien que me llames así cuando hay invitados. Y sí, claro que puedo sacar algo para que comáis.
Zheline les preparó los restos de su propia cena y también algo de queso y frutos del bosque. Después dio una muda limpia Link, que aún tenía la ropa empapada, y le dejó un ungüento que alivió las magulladuras que tenía por todo el cuerpo. Zheline marchó a descansar, dijo estar medio dormida cuando ellos llegaron así que se disculpó y desapareció escaleras arriba. Rotver sin embargo comenzó a sacar libros, armas y diagramas que describían muy bien los tipos de guardianes.
—Tenemos poco tiempo así que… mejor que nos bebamos esto y aguantemos tanto tiempo como podamos. A menos que quieras dormir…
—No, está bien así. No tengo sueño, podemos trabajar tranquilos —dijo Link.
La bebida que sacó Rotver era un licor de café muy fuerte, sin duda podría resucitar a un muerto, pero también era abundante en alcohol, y tras un rato y más de un par de tragos, ambos empezaron a notar sus efectos.
—¿Cómo un hombre como tú ha podido pescar a una chica como esa? —preguntó Link, con las mejillas sonrojadas por el calor de la bebida.
—Aquí donde me ves soy un triunfador con las mujeres, no te dejes engañar por mi aspecto —dijo Rotver, hinchando el pecho para presumir —las mujeres sheikah se vuelven locas si les hablas de tecnología y de máquinas.
—Cualquiera lo diría… yo no puedo seguir entendiendo ni una palabra más de lo que me has explicado de tecnología ancestral. Los libros no se me dan bien.
—Ni los libros ni otras cosas, no creas que no me he fijado. —dijo Rotver guiñando un ojo —si quieres conquistar a las mujeres más vale que aprendas de mí y les hables de tornillos y fuegos azules. Aunque tú con enseñarles la piedra que llevas al cinto lo tendrías todo resuelto.
—¿Y si la mujer no es una sheikah?
—Ahhh. Entonces cambia la estrategia. A las mujeres gerudo es muy difícil acercarse, escúchame bien muchacho. —entonces Rotver se agazapó como si estuviera revelando un gran secreto —son ellas las que nos acechan… igual que la manada de lobos salvajes que has visto en el bosque. Luego sólo es cuestión de dejarse hacer lo que ellas quieran.
—¿Y qué pasa con las hylianas?
—Bah, me he acercado a muy pocas hylianas que no sean de la tribu. He oído que a algunas les gustan las flores, otras coleccionan insectos. En fin, supongo que el truco está en saber si sienten algún interés por ti y entonces podrás sacar tajada de alguna manera. —Rotver volvió a pegar un trago largo a la botella de licor, que ya estaba en las últimas —¿no preguntas nada sobre las mujeres zora?
—No… —dijo Link, sonrojándose de inmediato. —Mi problema es que soy torpe. No sé darme cuenta de si alguna tiene interés en mí. No importa de la raza que sea. Y tampoco sé de qué hablar con ellas, soy poco interesante, no sé qué podría contarles para no resultar un aburrimiento.
—Es que eso no es fácil, es toda una ciencia averiguarlo. Y me temo que ahí no te puedo ayudar. Más de una vez me he llevado un chasco porque pensé que una estaba interesada en mí y luego… ¡zas! Resulta que yo sólo era su mejor amigo. Ándate con ojo, muchacho, pueden ser más dañinas que todas estas armas ancestrales juntas.
Link agarró la botella y apuró su contenido hasta el final. Después notó que las piernas le flaqueaban por el efecto del alcohol.
—Creo que debería dormir, estoy muy mareado —confesó Link.
—No aguantas nada, chaval. Con lo fuerte que eres y mírate, estás tembloroso como un ternero recién nacido. En fin… de todas maneras no creo que podamos seguir hablando de esto, mañana retomaremos la lección.
Apenas le quedaron unas cuatro horas a Link para descansar, había terminado de charlar bastante tarde con Rotver y debían de ser cerca de las tres de la madrugada cuando se dejó caer en la cama que le habían preparado. Despertó con el estómago revuelto y un profundo dolor de cabeza. No había movimiento en el resto de la casa así que decidió salir, para ver si la brisa fresca de la mañana podría liberarle de semejante jaqueca.
Había una escalinata de madera que rodeaba los muros exteriores del laboratorio. Link se animó a subir, desde un punto elevado podría despejarse y de paso echar un vistazo a los alrededores. El viento soplaba frío y húmedo, así que se resguardó en su capa para no coger frío.
—¿Sabías que este lugar es de los pocos puntos de Hyrule desde los que es imposible ver el castillo? —comentó Rotver a su espalda. Link se giró, sobresaltado por su presencia.
—¡Rotver! No sabía que estabas ahí…
—Yo también necesito aire fresco. Y te he traído un té, estas hierbas terminarán con tu resaca de un solo golpe.
Link aceptó el té de buena gana y empezó a beberlo a sorbos cortos, mientras echaba la vista por los alrededores.
—El castillo se construyó para ser el corazón de nuestra tierra —comenzó a decir Rotver —para que desde la lejanía cualquier hyliano que se preste pueda verlo. Pero en Akkala es diferente. Por mucho que estemos en una zona elevada, tenemos esa enorme montaña humeante delante de nosotros.
—No sé cómo voy a internarme ahí —reconoció Link —debe hacer mucho calor… parece un lugar peligroso.
—Lo es. Pero en Ciudad Goron te dirán todo lo que necesitas saber para moverte por esa montaña, tú tranquilo.
