***Todos los personajes de Resident Evil son propiedad de Capcom, esta historia fue escrita con fines de entretenimiento***
CAP. 11
"El valiente mira al peligro, el temerario lo busca, el loco no lo puede ver"... Nicolae Lorga
La brisa matutina se coló por la ventana, meciendo las cortinas a su paso. Helena abrió los ojos de forma perezosa al tiempo que se incorporaba sobre la cama. Poco recordaba de los sucesos de la noche anterior, su mente al igual que su cuerpo, habían caído en un profundo sueño, del cual, aún le costaba despertar.
Miró por un momento el sol que brillaba en lo alto del cielo, de acuerdo a su posición, Helena dedujo que el mediodía se acercaba. Buscó a Piers con la mirada por la habitación pero no encontró rastro de él, tal vez estaba en la cocina preparando el desayuno, pensó. No obstante; su lado de la cama se encontraba intacto y no vio por ninguna parte sus botas militares ni su chaqueta.
Helena se levantó de la cama y bajó por las escaleras hasta llegar a la cocina. La casa estaba sumida en un silencio sepulcral. Las luces estaban apagadas al igual que la estufa. Ella comenzó a sentirse nerviosa y corrió a buscar a Piers al cuarto de baño, sin encontrarlo. Salió de la sala de estar hacia el porche y vio que la vieja furgoneta aún continuaba aparcada bajo el cobertizo de madera a un lado del lugar de descanso de los Redfield.
—Quizá sólo salió a dar un paseo por el bosque —se repitió a sí misma en un intento por calmar la ansiedad que la embargaba.
Volvió de nuevo hacia la cocina y se dispuso a preparar el desayuno. Puso la tetera con agua sobre la estufa y sacó un par de rebanadas de pan de caja. Vertió dos huevos y un poco de canela en un tazón y mientras lo batía con un tenedor, comenzó a recordar las palabras de Piers, acerca de escapar juntos. No estaba en su naturaleza comportarse como una adolescente enamorada; no obstante, la idea de fugarse lejos de todos como un par de amantes cautivos la tenía emocionada. Después de su fracaso con Leon, pensó que no encontraría a nadie a quien amar; nunca se imaginó que el amor tocaría su puerta cuando menos lo esperara y éste vendría en la forma de un joven soldado confundido, con problemas para recordar su pasado.
Puso un sartén sobre el fuego y después bañó las rebanadas de pan con la mezcla de huevo y canela. Helena esperaba que a Piers le gustara el pan francés tanto como a ella. El aroma que despedía mientras se cocinaba, inundó el lugar. Ella cerró los ojos y se imaginó a sí misma, preparando el mismo platillo, esta vez en una cocina de colores alegres, cortinas de encaje y una mesa con tres niños con los mismos ojos oliváceos de su padre. Despertó de su ensoñación y esbozó una sonrisa divertida; ya no le asustaba la idea de pasar el resto de su vida con aquel hombre, de hecho, esperaba con ansias su regreso de su caminata matutina, para poder continuar con sus planes.
Se sirvió una taza de agua caliente y se preparó un té de hierbas. Bebió un poco antes de apoyarse contra la encimera y así continuar soñando con un futuro a lado de Piers Nivans.
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—Eso es todo por hoy —dijo la enfermera al tiempo que desataba la gruesa liga que apretaba su brazo.
Piers se tumbó sobre la rígida cama de hospital, mientras se recuperaba de un fuerte mareo causado por la toma de la última muestra del día. Apenas llevaba algunas horas confinado en aquella fría y desolada habitación, pero para él había sido como una eternidad. Cruzó los brazos por detrás y apoyó su cabeza sobre ellos, acto seguido miró el cielo gris a través de la pequeña ventana. Una fuerte nevada estaba cayendo en el exterior; los copos de nieve se fueron acumulando en el cristal, como granos de sal brillando bajo la tenue luz de un sol que se negaba a ser opacado por el crudo invierno.
Cerró los ojos por un momento y la primera imagen que vino a su mente fue la de aquella mujer castaña que tanto amaba; cocinando la cena, ataviada en su vestido de algodón blanco, descalza y con el cabello atado en un moño sencillo, tan hermosa como nunca antes la había visto. Ella cantaba con la cuchara de madera haciéndola de micrófono, mientras todo el lugar se inundaba con el olor de la salsa, el pan recién horneado y el aroma a jazmín de su perfume. Piers se acercó hasta donde estaba Helena y justo antes de acariciar su hombro desnudo, una voz fuerte y con un extraño acento lo despertó de su fantasía.
—Piers Nivans —dijo un hombre de gran estatura, de pie frente a él—. Por fin tengo el gusto de conocerlo.
Piers se levantó de la cama y preguntó: — ¿Quién eres?
— ¡Pero que descortés he sido! —Exclamó y después soltó una carcajada—. Perdona mis modales, amigo mio. Mi nombre es Toumas Westermann, soy médico genetista y he sido asignado para realizar una investigación completa acerca de ti.
— ¿Investigación? —repuso Piers, irritado—. ¿Me estás diciendo que soy una maldita rata de laboratorio para ustedes?
—Claro que no —Toumas sonrió—. Eres un milagro de la ciencia, muchacho. Cualquier investigador mataría por tener en sus manos una oportunidad como esta. Debo decir que me siento afortunado de trabajar contigo.
Piers entrecerró los ojos y miró al doctor Westermann, al tiempo que éste arrastraba una silla metálica y tomaba asiento. Le impresionó su aspecto, que lejos de parecer un profesional de la medicina, lucía como una estrella de rock; tenía el cabello oscuro y largo hasta los hombros, una barba delineada en forma de candado, enmarcaba sus facciones rígidas y definidas. Su mirada era aguda y denotaba una gran inteligencia. Toumas sacó un bolígrafo y comenzó a hacer anotaciones en su tabla médica.
La habitación se quedó en total silencio, la tensión podía sentirse flotar en el aire. Piers se quedó rígido en su posición, mirando como el doctor Westermann escribía sus notas en un idioma que no lograba comprender. ¿Qué quería ese hombre de él? ¿En qué momento había perdido su humanidad para convertirse en sólo un conejillo de indias de un grupo de dementes?, estas preguntas comenzaron a asaltar su mente, poniéndolo de un peor humor. De pronto deseó que alguien lo rescatara de aquel cautiverio, ¿pero quién?, Banks seguro cubrió bien sus huellas y no lo encontrarían tan fácilmente, ni la BSAA ni el propio Chris Redfield darían con su paradero. Comenzó a sentirse desolado; era una verdadera ironía que uno de los miembros de la organización de la cual se sintió orgulloso de pertenecer, fuera quien terminara con su libertad y con su vida.
Al menos su sacrificio serviría para que Helena recuperara su vida. Lo más probable es que en ese momento ella se sintiese decepcionada de él, pero con el tiempo lo superaría; volvería a la agencia donde trabajaba y quizá por fin sería feliz a lado del idiota de Leon Kennedy, pensó con tristeza —aunque sólo imaginarla en brazos de ese rubio engreído lo ponía enfermo—, no obstante, debía aceptar que era lo mejor para los dos. No sabía si hubiese sido mejor morir después del incidente en Edonia; después de todo, el virus que corría por sus venas había acabado con su vida: no volvería con su familia y tampoco estaría con la mujer que amaba.
—Bien —Toumas dejó la tabla médica de lado y sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de su bata, encendió uno y continuó: —mañana realizaremos algunas pruebas físicas y un pequeño examen psicológico. Eres soldado, esto será como volver a las filas de la milicia.
— ¿Cuánto tiempo estaré en este lugar? —inquirió Piers, apretando los puños.
Toumas dio una fuerte calada a su cigarro y respondió: —Lo necesario. Necesitamos entender cómo funciona el virus que corre por tu cuerpo.
—No hay mucho que entender —Piers tomó el bolígrafo de Touman y lo enterró de golpe en su brazo. Soltó un leve alarido de dolor y un hilo de sangre bajó lentamente, manchando sus ropas. Sacó el objeto punzante de su cuerpo y la herida provocada comenzó a cerrar al instante.
—Fascinante —dijo Toumas entrecerrando los ojos, esbozando una sonrisa.
—Se lo dije, doctor —repuso Piers, desafiante—. ¿Ahora puedo irme?
Toumas se puso de pie, giró sobre sus talones y se encaminó hacia la salida. Piers se quedó en su sitio y escuchó el sonido de la cerradura eléctrica cerrarse tras la salida del doctor Westermann. Tomó la silla metálica y la estrelló contra una de las paredes de la habitación, furioso. Se tumbó en la cama y miró la ventana. Esta vez el sol se había ocultado y la nieve cubría casi por completo el cristal. Ocultó su rostro en la almohada y comenzó a sollozar en silencio. Él creyó que estaba listo para pasar su vida cautivo, pero se encontraba equivocado.
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Helena miraba absorta el lento caminar de las manecillas del reloj. Estaba tumbada en el sofá con una copia de Orgullo y Prejuicio en el regazo y la mochila militar con sus pertenencias a un lado. Ya habían pasado varias horas desde que se levantó de la cama y no encontró a Piers en su alcoba. Al principio pensó que éste salió a dar una caminata por el bosque, así que lo esperó hasta que su desayuno se enfrió y terminó en el cesto de basura. Después dejó la cabaña y comenzó a buscarlo en los alrededores pero no encontró ninguna pista de él. Pensó que quizá hubiese decidido ir a Ellentown o a otro pueblo cercano a pie, no tenía móvil o algún otro medio para localizarlo y el teléfono en la casa de los Redfield no funcionaba, así que la única opción que tenía era seguir esperando a que volviera.
De pronto alguien tocó la puerta. Helena se incorporó de inmediato, dejando caer el libro y se encaminó a la entrada. Piers tendría que escucharla por haber salido sin avisar, pensó. Giró el pomo y al abrir, se encontró con Chris Redfield, su esposa Jill y Leon Kennedy.
— ¿Qué hacen aquí? —preguntó Helena, intrigada.
—Necesitamos hablar —repuso Chris en tono serio.
—Claro. Pasen —Helena miró a Leon a los ojos, por su expresión, supo que aquella visita no era de cortesía.
Los tres tomaron asiento en el sofá, mientras que Helena se quedó de pie frente a ellos.
—Deberías sentarte, Helena —sugirió Jill.
— ¿Tan malo es lo que tienen que decirme? —inquirió Helena, desafiante.
—Sólo toma asiento, Lena —dijo Leon en tono tranquilizador.
Helena se sentó en un sillón, quedando frente a ellos.
— ¿Cuándo fue la última vez que viste a Piers? —preguntó Jill, preocupada.
—Anoche, antes de la cena.
— ¿Y hoy? —dijo Jill.
Helena no respondió.
—Entonces es verdad —Jill se puso de pie y agregó: — ¡Oh Dios mío!, ¡Es mi culpa! No debí viajar a Ellentown.
Jill se llevó la mano a la boca y rompió en llanto. Chris se levantó del sofá y abrazó a su esposa. Acarició su cabello y comenzó a susurrarle palabras de aliento.
— ¿Qué está sucediendo? —preguntó Helena.
—Esta mañana Chris recibió un mensaje en clave de parte de un agente secreto que se encuentra trabajando encubierto en Europa. Fue a buscarme para que lo ayudara descifrarlo. Lo llevé con uno de nuestros especialista en la DSO y lo que encontró al parecer no son buenas noticias —respondió Leon con seriedad—. Lennie, Piers fue capturado por el General hace unas horas.
De pronto Helena sintió que la sangre se le helaba en las venas.
—Eso no puede ser verdad. Siempre estuvo bajo mi cuidado, no pudo venir Banks a llevárselo sin que yo me diera cuenta.
—Hey, no fue tu culpa —Leon se puso junto a ella y la abrazó por los hombros.
—Lo es. Mi trabajo era cuidar de él —se recriminó.
—No seas tan dura contigo —Leon la atrajo con más fuerza hacia él—. Si lo que dices es cierto, tal vez el chico se fue con Banks por su propio pie. La pregunta es, ¿Por qué haría algo así?
Helena recordó aquella discusión en donde Piers le dijo que se alejaría de ella para no ponerla en peligro. Tal vez el plan de fugarse juntos fue una trampa de él para distraerla y al final entregarse a Banks para así terminar con la pesadilla que estaban viviendo, pensó con amargura.
—Piers, idiota —murmuró.
De pronto todo el dolor que sentía por perder al hombre que amaba se convirtió en furia.
— ¿Dijiste algo? —inquirió Leon.
—No.
Chris y Jill volvieron hasta donde estaban Leon y Helena.
—Discúlpenme, chicos —dijo Jill acomodándose un mechón rubio tras la oreja y limpiándose los ojos con el dorso de la mano—. ¿Ya le dijiste lo del mensaje?
—Si —respondió Leon.
— ¿En qué parte de Europa se encuentra Piers? —inquirió Helena.
—Finlandía —respondió Chris—. Mañana partimos hacia allá.
—Bien —Helena se puso de pie, tomó la mochila militar que estaba en el suelo y se encaminó hacia la puerta.
— ¿A dónde vas? —preguntó Jill.
—Voy con ustedes a salvar a Piers —repuso Helena en tono vehemente. Vio que ninguno de ellos se movió de su lugar y agregó: — ¿Qué pasa?
—Venimos a llevarte a un lugar seguro. Supimos del incidente antes de que dejaran Gold River. Atacaste a uno de los hombres más peligrosos de Banks y ahora también eres uno de sus blancos.
—Puedo arreglármelas —se defendió Helena. Se sentía cansada de que la gente pensara que no era capaz de cuidarse sola.
—No creo que… —dijo Chris pero de repente fue interrumpido por Leon.
—Helena sabe lo que hace. Es una agente entrenada y con experiencia. Yo me haré cargo de ella.
Leon mantuvo la mirada firme ante Chris y éste asintió inclinando levemente la cabeza. Jill fue la primera en salir de la casa, le siguió su esposo y abordaron el todo terreno color negro que tenían aparcado afuera.
Helena caminó hasta el otro vehículo. Leon la detuvo sosteniéndola del brazo y le dijo: — ¿Estás bien?
— Por supuesto—respondió—. Debemos darnos prisa. Quien sabe que cosas terribles están haciendo con Piers en este momento.
—Ese chico, Nivans. ¿De verdad te importa mucho, cierto? —preguntó Leon, sin rodeos.
—Más de lo piensas —respondió con una nota de dolor en su voz.
Leon la soltó de su agarre y la miró perplejo. No esperaba que Helena fuera tan honesta y directa con su respuesta.
— ¿Nos vamos?
—Por supuesto —repuso Leon abriendo la puerta del conductor.
— ¿Sucede algo, Leon? —Inquirió Helena subiéndose al asiento del copiloto—. Pareces un poco molesto.
—No es nada —Leon puso en marcha el jeep de mala gana y dejaron el lugar.
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El frío era intenso. La tormenta estaba en su punto más alto, azotando a la pequeña ciudad de Ivalo. Las calles lucían desierta, cubiertas bajo una gruesa capa de nieve, apenas podían divisarse las luces de algunos locales y de las antenas de comunicaciones. Toumas miraba el cielo desolador de aquella noche al tiempo que encendía el último cigarrillo del paquete que llevaba consigo. Como todo buen finlandés, él ya estaba acostumbrado a vivir en un clima tan extremo como ese, es por ello que sólo llevaba puesta una chaqueta de cuero negro y unos jeans que por su apariencia ya habían visto sus mejores tiempos.
Después de terminar su último informe, dejó el laboratorio —el cual se encontraba bajo la fachada de un viejo almacén abandonado a las afueras de Ivalo— y decidió pasar a tomar un trago en un bar local, sin embargo; no se sentía de humor para pasar el rato escuchando historias de algunos de los borrachos más conocidos de pueblo, así que mejor optó por dar una caminata, esperando que le ayudara a calmar sus nervios. Finalmente se detuvo en un parque y buscó refugio bajo un árbol.
En sus años como genetista, jamás se había encontrado con un caso tan extraordinario como el de Piers Nivans. Aquel muchacho no tenía conciencia de lo especial que era y de lo mucho que valía el virus que corría por sus venas. Toumas había leído cada informe acerca del joven soldado, sin embargo; debía confesar que la existencia de una persona capaz de renegarse a si mismo lo veía como algo imposible —aunque en algún momento escuchó algo acerca de que una tal Sherry Birkin poseía la misma habilidad, pero no existían documentos o informes que probaran dicho rumor—, por un momento imaginó un ejército de hombres luchando en el campo de batalla, todos ellos con esta habilidad, la posibilidades de ganar cualquier guerra se elevaban por mucho a favor de las tropas que tuvieran a estos elementos en sus filas.
Aquel pensamiento era el mismo que explicaba la desmedida ambición de Banks por obtener la sangre de Nivans. Toumas se apoyó en un viejo roble, dio una calada a su cigarro y esbozó una sonrisa burlona. Como científico sabía que cualquier virus podía ser aislado en condiciones propicias, sin embargo; algunos de éstos no lograban sobrevivir dentro de un ambiente artificial.
Durante la mañana realizó algunas pruebas en el laboratorio, intentando crear un suero experimental sangre de Piers, después de varios intentos fallidos descubrió dos cosas: la primera, que el virus no lograba vivir más de cinco segundos dentro de una placa de Petri con plasma humano, esto quiere decir —y fue lo segundo que descubrió—, que el virus se negaba a dejar el cuerpo del soldado Nivans.
Quizá en el futuro, y con los avances en el campo de la virología, lograrían aislar dicho virus, pero para entonces, tal vez Piers Nivans no esté vivo para ello.
De pronto su móvil sonó, sacándolo de sus pensamientos. Miró la pantalla y aunque no conocía el número, sabía que se trataba de alguien de la BSAA. De inmediato tomó la llamada y dijo: —Veo que han recibido mi mensaje.
—Vamos en camino —respondió Chris Redfield al otro lado de la línea.
—Perfecto —Toumas sonrió—. Te enviaré las coordenadas del lugar exacto donde se encuentra recluido Piers Nivans.
— ¿Por qué quieres ayudarnos? —inquirió Chris, intrigado.
—Digamos que sólo soy un hombre común tratando de hacer lo correcto —respondió Toumas sacudiendo la nieve de sus botas.
— ¿Te veremos ahí?
—Lo dudo —repuso Toumas—. Mi trabajo llega hasta esta llamada, el resto es cuestión de ustedes. Buen viaje.
Toumas cortó la llamada y dio la última calada a su cigarro antes de arrojarlo al piso, la silueta de un venado se asomó en la oscuridad del parque y fijó su vista en ella. Pensó en los motivos que lo llevaron a enviarle aquel mensaje encriptado a Chris Redfield, y por lo visto, no eran muy claros para él, lo único que sabía es que antes de ser médico, militar y agente encubierto, también era un ser humano.
Holaaaa!
Espero les haya gustado la entrega de este fic.
Quiero agradecer a Polatrixu por haberme salvado de un bloqueo terrible durante el desarrollo de esta historia. De no ser por ella, creo no hubiese capítulo hoy. Así que va dedicado para mi querida Pola malvada… jejeje!
También agradezco a CMosser, Skandrosita y Violette Moore por el apoyo que me dieron mientras escribía esta actualización.
A todos los lectores que siguen este proyecto, gracias por su paciencia, no tengo como pagarles su apoyo, debo confesar que tenía mis reservas cuando comencé este fic, pensé que a nadie le gustaría. Así que la respuesta que ha recibido es algo que simplemente no me esperaba.
Bueno, me despido por el momento, les mando un abrazo gigante y les deseo lo mejor en estas fechas.
Dudas, comentarios, siéntanse libres de expresarse.
XOXO
Addie Redfield.
