Capítulo 11:
La observó mientras se maquillaba, horrorizándose por la cantidad de maquillaje que se estaba poniendo encima. Primero se esparció con una pequeña esponja un líquido color crema que había oscurecido el tono de su piel blanca y nívea. No le gustaba en absoluto. Después, se echó unos polvos para darle color a sus mejillas, como si estuvieran continuamente sonrojadas. Luego, se ensañó con sus ojos poniéndose sombra de ojos de dos colores, lápiz de ojos y rímel. ¡Si incluso se maquilló las cejas! Por último, se pintó los labios y los perfiló con un lápiz de labios. El resultado: una mujer a la que no conocía en absoluto. ¡Esa no era Kagome!
Ella lo ignoró por completo y deslizó su bata por su cuerpo de tal manera que pudo entrever su cuerpo. ¡Qué delgada estaba! Le gustaban sus formas redondeadas y no sus huesos marcados en la piel. Se puso un vestido negro ajustado y realmente sexi que atraería más de una mirada. Sin embargo, la suya no. Ese vestido le hubiera quedado muchísimo mejor un mes antes. Aunque la palma se la llevaba su cara. Parecía un payaso así maquillada, pero no se atrevía a decírselo para no herir sus sentimientos. La vio colocarse unos zapatos con un tacón de unos doce centímetros y tuvo que tragar hondo por la impresión. ¿Pensaba andar con eso? ¡Iba a torcerse un tobillo!
Ella le sonrió y se puso frente a él, pidiendo su opinión en silencio; él se quedó pensando en qué podría decirle sin ofender a la joven muchacha. No había forma no ofensiva de expresar lo apenado y decepcionado que se sentía de verla de esa manera, por lo que optó por una mentira piadosa. Necesitaba que Kagome se diera cuenta por sí misma de que se estaba equivocando por completo. Su secretaría le había estado lanzando sutiles indirectas desde que descubrieron lo de Kikio. Sin embargo, en ese día, su plan se llevaría a cabo por completo. Iba a recuperar a Kagome.
Kagome se removió inquieta en su lugar, esperando a que él dijera algo tras el largo período de tenso silencio. Si no era rápido, saldría llorando de allí.
― Estás estupenda.
Casi se atragantó con esas palabras al pronunciarlas.
― ¿Seguro? ― le preguntó ― Tenía la sensación de haberme maquillado demasiado.
― ¿En serio? ― miró hacia otro lado ― No me había dado cuenta…
― ¿Verdad que ha merecido la pena hacer dieta? ― se rió ― El vestido me queda genial ahora.
Eso era muy discutible desde su punto de vista así que, en lugar de darle la razón o contradecirla, optó por el silencio, y le ofreció su brazo para que se marcharan. Cuando salieron al hall, a Souta se le cayó la mochila al suelo por la impresión de ver a su hermana. El niño estuvo a punto de decir algo, algo realmente ofensivo. Por eso, él le hizo señas con una mano para que se estuviera callado.
Como ya era costumbre en su rutina diaria, dejaron a Souta en el colegio. Este, en lugar de salir corriendo con sus nuevos amigos demonios, se detuvo y tiró de la falda de su hermana. Kagome se acuclilló para estar a su altura.
― ¿Qué ocurre Souta? ― le peinó el cabello ― ¿Quieres que te dé un beso?
― ¡No! ― se apresuró a contestar ― Me mancharías entero.
Kagome hizo un mohín, pero no se atrevió a contestar, ya que sabía que el niño tenía razón.
― ¿Entonces? ― insistió.
― ¿Por qué vistes ahora así? ― se quejó el niño.
― Porque la gente cambia. Ahora que estoy más delgada, puedo llevar estos vestidos.
― Antes también podías, pero no querías… ― musitó él en respuesta ― Me gustabas más antes.
― Pues tendrás que acostumbrarte a mi nuevo aspecto. ― continuó sin perder la paciencia con su hermano ― Ya verás como…
― No… ― se apartó de ella ― Tú no eres mi hermana.
El niño agachó la cabeza y se marchó sin despedirse de ninguno de los dos. Inuyasha contempló la espalda del niño apenado, ya que él mismo había sentido exactamente lo mismo acerca de Kagome en las últimas semanas. Kikio había destrozado por completo a Kagome. Lo bueno era que aún podían arreglar todos los daños, que no era demasiado tarde. Se volvió hacia ella y la vio aún de cuclillas, con la cabeza gacha, pensando en lo que Souta había dicho. Estaba muy dolida.
― Kagome…
― Vamos a llegar tarde si no nos damos prisa.
La mujer se levantó y comenzó a caminar sin hacer amago de agarrarlo tan siquiera. Él la adelantó en dos grandes zancadas, y agarró su brazo para asegurarse de que volviera a pasear junto a él. Tal vez, las cosas no estuvieran todo lo bien que debían estarlo últimamente, pero se negaba a caminar junto a Kagome como si fueran un par de desconocidos. Kagome era… Ella era… Bueno, ya no era… ¡Kagome era su novia!
Aquella verdad se abrió ante él, imponente y dolorosa. Ya era irremediable. Kagome nunca sería una prostituta, una amante o una amiga. Kagome era mucho más importante que todo eso, muchísimo más especial. Kagome era su novia, su pareja, la persona con la que estaba compartiendo su vida y con la que quería seguir compartiéndola. No estaba enamorado, no podía estarlo, era imposible. Ahora bien, la apreciaba algo más que a otras mujeres, y confiaba en ella, aunque supiera que en ese último mes lo había traicionado en más de un sentido.
Sabía que Kagome le mentía. Ella le mentía desde que Kikio llegó a su vida. Su primera mentira fue cuando se marchó del ministerio y volvió sola a casa. No fue una mentira exactamente ya que lo ocurrido en realidad fue que no se atrevió a decírselo en el momento por miedo a que la detuviera. Kikio todavía no había logrado influenciarla lo suficiente. Sin embargo, a partir de ahí todo fue a peor. Encargó a Sango que pidiera un extracto del banco con las compras que había realizado Kagome, y descubrieron cremas para el rejuvenecimiento, anti celulíticas, reductoras, etc. Incluso pastillas para adelgazar. Él no dijo nada al respecto, hizo como que no lo sabía e ignoró el asunto para seguir con su plan. Por eso, Kagome se sintió con total libertad de marcharse otro día de compras sin decirle nada en absoluto. Estuvo buscándola durante horas sin éxito hasta que ella apareció en la casa y al fin pudo respirar. Intentaba ocultárselo, pero sabía que estaba enferma. La había escuchado vomitar por las mañanas. Cuando comenzó a escuchar ese desagradable sonido, quiso pensar que se trataba de una enfermedad y no de que ella se estuviera provocando el vómito. Una enfermedad podría curarla. Un problema psicológico era mucho más complicado. Confirmó que no se provocaba ella el vómito al ver sus uñas impolutas y bien cuidadas.
Finalmente, el juego se había acelerado por la salud de Kagome. Lo habían calculado todo para la semana siguiente, para que así fuera más suave el golpe para Kagome, pero ella no podía aguantar más en ese estado. Necesitaba empezar a comer bien cuanto antes y dejar de lado todas esas pastillas que se estaba metiendo en el cuerpo para estar "bella". ¿Acaso no podía ver lo hermosa que era? Esa desgraciada de Kikio había minado por completo su autoestima y la había reducido a ese esqueleto tembloroso, incapaz de encajar un problema.
Kikio ya había empezado a pagar lentamente aunque todavía no lo supiera. ¿Qué cara pondría cuando se percatara de que su tarjeta de crédito no tenía saldo? Fue muy sencillo convencer al director del banco de que Kikio no era una buena inversión. Ella compraba más de lo que se ingresaba en su cuenta mensualmente y su marido ganaba menos de lo que debía. También sería interesante ver la reacción de Naraku. Aunque claro, Kikio siempre podía encontrar un amante que le costeara los gastos, por lo que su secretaría había estado esparciendo rumores por todas las plantas del ministerio sobre su mal genio, su gen obsesivo y su falta de discreción. Los ministros huían de ella desde entonces. El golpe final para ella llegaría en cuanto alejara a Kagome de su influjo. ¡Se iba a enterar!
Se despidió de Kagome con un beso en el dorso de su mano, pues no se atrevía a besar todas esas capas de maquillaje o su cabello lleno de espuma. Esperaba poder volver a besarla con normalidad después de aquel día. ¡Quería volver a besarla como Dios manda!
Kagome se volvió hacia el ascensor en cuanto se cerraron las puertas, y lo miró extrañada. Inuyasha se comportaba de una forma realmente extraña. No la había besado, no en condiciones al menos, y evitaba acercarse mucho a ella. Examinó su indumentaria y suspiró pensando que todavía no le llegaba ni a la suela de los talones a Kikio Tama. Nunca conseguiría tener una figura tan maravillosa como la suya. Inuyasha se le escapaba de entre los dedos y no sabía qué hacer para recuperarlo.
Ignoró las miradas que le dirigían sus compañeros de trabajo y agarró el parte de asistencia antes de dirigirse hacia su escritorio. Tres empleados llegaban tarde, tendría que ponerles falta. No quería hacer mal su trabajo. Uno de ellos era el hombre cuya mujer estaba enferma. Pensó en el pobre hombre, cuidando de su esposa y llevando a sus hijos al colegio, y se entristeció. Ahora bien, ella era una buena secretaría, una profesional. No había lugar para sentimentalismo en el trabajo.
― ¡Kagome!
Kikio ya la estaba esperando en su escritorio. Se dieron un abrazo y un par de besos a modo de saludo. Después, la mujer demonio giró en torno a ella para estudiarla con su experta mirada.
― ¡Muy bien, Kagome! ― la felicitó ― No me puedo creer todavía lo mucho que has mejorado.
― Todo gracias a ti.
― Por supuesto.
Se sentó en su lugar y marcó con sumo cuidado los cuadros de asistencia que debía entregarle a su jefe.
― ¿A qué no adivinas de qué me he enterado?
― Cuenta.
Eso sonaba a cotilleo.
― ¿Recuerdas a la recepcionista rubia de las gafas enormes? ― simuló con los dedos unas gafas frente a sus ojos.
― ¿Belinda? ― era la única rubia que recordaba.
― Sí, como se llame. ― le restó importancia a ese detalle ― Resulta que ha tenido un lío con el Ministro de Economía, a espaldas de su mujer. La mujer se ha enterado ayer y ha puesto el grito en el cielo en la planta de Economía. Todos los empleados lo presenciaron. ¡Ha sido un auténtico escándalo! Dio la casualidad de que yo estaba bajando en el ascensor cuando sucedió, y me bajé con otros empleados para verlo todo.
― ¡Oh, Dios mío! ― exclamó.
― Eso mismo pensé yo. Lo abofeteó y le lanzó material de oficina. ¿Te lo puedes creer?
― Menudo escándalo. ― coincidió.
Nunca había sido especialmente cotilla, pero Kikio había logrado despertar su interés en ese respecto desde que empezó a contarle rumores del ministerio.
― Eso no fue lo mejor. Prepárate. ― se sentó sobre el escritorio y sonrió ― ¡Belinda está embarazada!
― Pobre mujer…
― ¿Y eso qué importa? Ella se lo ha buscado por no protegerse. El Ministro de Economía se niega a mantenerla y a reconocer al niño, y renegó de él ante todo el mundo.
Kikio se carcajeó de sus palabras, disfrutando verdaderamente de lo que decía, pero ella no pudo disfrutarlo. Por más que lo intentaba, no podía disfrutar de la desgracia de la pobre Belinda. Ella se debía haber enamorado del Ministro de Economía, y no era nada justo que ese hombre libertino saliera indemne de todo aquello. A él sí que tendrían que juzgarlo.
― La pobre tonta se marchó llorando. Hoy no ha venido a trabajar, por supuesto. Creo que van a despedirla. He escuchado al Ministro de Economía en el ascensor hablando con Recursos Humanos sobre ella.
― ¡Eso es terrible! ― exclamó horrorizada ― ¿Cómo mantendrá al niño?
― No es nuestro problema.
Tal vez, hubiera cambiado su aspecto y su modo de vestir, mas no podían pedirle que cambiara su forma de ser. Ella no podía reírse con crueldad de las desgracias ajenas, no podía disfrutar del mal, no podía quedarse sentada de brazos cruzados observando. Desde que conoció a Kikio, había mentido a Inuyasha mucho más de lo que jamás había mentido a nadie y se sentía mal. De repente, sentía la necesidad imperiosa de hablar con él y disculparse. Además, quería pedirle que se ocupara de que no despidieran a la pobre Belinda.
Se levantó de su sillón y entró un momento al despacho de su jefe para entregarle los partes de asistencia. Una vez recogidos sus encargos para el día, decidió que lo mejor era ir cuanto antes a ver a Inuyasha. Ojalá pudiera hacer algo para ayudar a Belinda, y ojalá pudiera perdonarla a ella.
― ¿A dónde vas? ― le preguntó Kikio.
― Tengo que hablar con Inuyasha. Volveré en seguida.
― ¿Sobre qué?
No merecía la pena mentir, no más. Además, Kikio era la maestra de la mentira y todavía no la había superado afortunadamente. No era tarde para redimirse de algunas cosas.
― Voy a pedirle a Inuyasha que no despidan a Belinda.
― ¿Por qué? ― frunció el ceño ― A ti no te afecta en absoluto que…
― No tiene importancia que no me afecte. Esa chica necesita ayuda, y, si puedo hacer algo para socorrerla, quiero intentarlo. Además, necesito disculparme con Inuyasha. No ha estado bien mentirle.
― ¿Vas a confesarle todas tus mentiras? ― se levantó del escritorio ― ¡Ya es tarde para eso! No te perdonará, te…
― ¡Sí que me perdonará! ― exclamó ― Pero si sigo mintiéndole, entonces no me perdonará nunca… ― musitó ― Aún puedo solucionarlo.
― ¡No, no puedes! ― exclamó la otra convencida.
Kikio la empujó contra la pared, apartándolas a las dos de la mirada del resto de empleados, y se encaró con ella, furiosa. ¿Por qué a ella le enfurecía tanto el hecho de que fuera a contarle la verdad a Inuyasha? ¿En qué le afectaba eso?
― Kikio…
― Escúchame. ― le pidió ― Inuyasha no es un hombre comprensivo, es un animal. Si le dices todo eso, te hará pedazos. Tienes que guardar tu secreto por siempre o…
― Nada puede guardarse por siempre. Al final, las mentiras se acababan descubriendo de una forma u otra.
― No debes… ― insistió.
― ¿Y a ti qué te importa? ― al fin se enfadó ― Inuyasha es mi pareja, no la tuya. ¡A ti esto sí que no te afecta en absoluto!
La mujer al fin la soltó, y le dio la espalda con los brazos cruzados.
― Muy bien, ve a hablar con él si quieres, pero luego no me digas que no te lo advertí.
Kagome hizo exactamente eso. Sin mirar una sola vez atrás, se dirigió hacia el ascensor y entró. No sabía qué estaba pasando con Kikio, pero todo era muy extraño. Siempre tuvo esa sensación extraña. Aquel día se había intensificado con su pequeña discusión. A Kikio le ocurría algo cada vez que mencionaba a Inuyasha. Parecía que le afectase personalmente. Se le ocurrió que, tal vez, sintiera algo por él o que estuviera interesada en él de alguna forma. Luego, pensó que era una idea realmente ridícula. En primer lugar, porque Kikio podría tener a cualquier hombre que quisiera. Inuyasha ya sería suyo en ese caso. En segundo lugar, porque eran amigas, y entre las amigas no se hacían esas cosas. Ahora bien, su reflexión, no la dejaba tranquila.
Se bajó en la planta del ministerio de trabajo, y se dirigió hacia el despacho de Inuyasha a paso decidido. Se acabaron las mentiras y los engaños. Iba a ser totalmente sincera con él y ojalá no fuera demasiado tarde para redimirse. Sólo se detuvo ante el escritorio de Sango.
― ¿Puedo hablar con Inuyasha?
― Tendrás que esperar unos minutos. Está reunido con gente importante.
Kagome asintió con la cabeza, entendiendo lo que quería decir, y esperó de pies junto a su escritorio a que el despacho quedara libre. Se sentía inquieta desde que Kikio se había reído de la recepcionista al contarle el cotilleo del mes. Se preguntó si Kikio hablaría de ella de esa forma en caso de que Inuyasha y ella tuvieran alguna discusión similar. Al fin y al cabo, aunque Inuyasha no estuviera casado, se trataba de una situación muy parecida. Le dolía la cabeza de pensar en el asunto. Una amiga no haría algo así, ¿no?
― Pareces nerviosa. ― le dijo Sango ― ¿Ocurre algo?
― Es que tengo que decirle algo muy importante a Inuyasha… ― admitió en voz baja.
― Seguro que no se enfada contigo.
― ¿Por qué se iba a enfadar conmigo? ― apoyó las manos en su escritorio ― ¿Te ha dicho algo?
Sango se alejó un poco para poner algo de distancia entre ellas y habló.
― No, pero no creo que estuvieras así de alterada si no temieras contarle eso tan importante.
Tenía razón. Su nerviosismo excesivo la delataba. No sabía cómo contenerse. Siempre había sido una chica muy nerviosa cuyas reacciones son difíciles de controlar.
― ¿Quieres contarme algo? ― le preguntó ― Tal vez, hablar con alguien te ayude.
― No es necesario. Ya he hablado antes con… ― se retuvo de decir su nombre ― Bueno… digamos que no necesito hablar.
― De acuerdo.
Se sentó en una silla para esperar a que terminara la reunión y aferró la falda de su vestido con fuerza, arrugando el suave y caro tejido. Imaginó a Inuyasha gritándole toda clase de insultos y recordándole que le había jurado lealtad. Inuyasha podría alegar que si ella se saltaba el trato, él también podría hacerlo. Podría echarla a ella y a su hermano. Ahora que tenía su propio trabajo, podría mantenerlos, aunque ese no era el auténtico problema. El problema era que no quería separarse de Inuyasha.
¿Qué le había pasado? Esa no era ella. Su hermano tenía toda la razón del mundo al decirle aquello esa mañana. En algún momento de su vida había perdido el rumbo y había empezado a comportarse como la clase de persona que ella nunca había aprobado. Apreciaba los consejos de Kikio y su buena fe, pero no quería ser como ella.
De repente, una caja de bombones abierta se posó ante sus ojos golosos. Alzó la vista y vio a Sango ofreciéndosela.
― ¿Quieres?
Sango se sentó a su lado y cogió un bombón que se llevó a la boca. Gimió de puro placer al masticarlo.
― El chocolate ayuda a sentirse mejor.
Sonrió al escucharla y dejó de lado su estúpida dieta para coger una trufa. También lanzó un gemido de placer al tomar esa delicia. Adoraba el chocolate y llevaba más de un mes sin probarlo. ¿Cómo se las había ingeniado para resistirse durante tanto tiempo? Aunque su dieta era importante, por un pequeño caprichito no sucedería nada.
― ¡Qué bueno! ― exclamó.
― Lo enviaron esta mañana para Inuyasha. Él me lo dio porque no le gusta mucho el chocolate.
Kagome cogió otro bombón de chocolate blanco y contempló a Sango con creciente interés por sus palabras.
― ¿Quién se lo ha enviado? ― preguntó al ver que no le daba más información.
― Una de sus fans.
― ¿Una de sus fans? ― repitió atónita.
¿Inuyasha tenía fans? Ella no estaba al corriente de nada de eso aunque tampoco le extrañaba escucharlo. Tenía fans que le enviaban regalos… ¡Increíble! Inuyasha era tan atractivo que debían perseguirlo por todas las esquinas de la ciudad. Seguro que no se acercaban porque siempre iba en su compañía, mas si ella no estuviera… Una intensa oleada de celos la inundó ante la sola idea de imaginarlo rodeado de hermosas mujeres bien dispuestas.
― Tiene todo un séquito de fans, pero no les hace ningún caso. ― esas palabras la aliviaron ― La que ha enviado esto es una particularmente pesada. ― suspiró con agotamiento ― Al menos, tiene buen gusto con los bombones.
Eso era indudable. Agarró un tercer bombón relleno de naranja, sintiéndose culpable por todo el chocolate que estaba comiendo, y continuó escuchando.
― Una vez se coló en su despacho por la ventana, ¿te lo puedes creer? ― mordió otro bombón ― Es una auténtica descarada y no la soporto. Esa mujer es una mentirosa compulsiva. Haría cualquier cosa por conseguir al jefe.
― Sí que parece insistente. ― agarró otro bombón y lo sujetó mientras masticaba el anterior.
― Y está casada con otro ministro, ¿te lo puedes creer? Hay gente que no tiene vergüenza.
Casada con un ministro. No había muchas mujeres así que se pasearan por la zona.
― ¿Cómo se llama? ― preguntó con el corazón golpeando desbocado contra su pecho.
― Mmm… ¿Cómo se llamaba?― le dio un mordisco a otro bombón ― Sé que es la mujer del Ministro de Justicia… ― meditó en voz alta ante su atónita mirada ― ¿Kikio?
― Kikio Tama… ― musitó.
― ¡Sí, exacto!
El bombón que tenía entre los dedos se le cayó al suelo al mismo tiempo que al fin despertaba de su estupor característico del último mes. Se había comportado como una auténtica estúpida en el último mes. Kikio apareció en su vida del modo más extraño y siempre supo que ocurría algo. Si cada vez que mencionaba a Inuyasha…. ¡Maldita fuera! La había estado engañando desde el primer día y ni siquiera lo había sospechado realmente. Cada vez que algo no le encajaba, hacía la vista gorda. Le había obedecido en absolutamente todo pensando que quería lo mejor para ella, que era su amiga, y, en realidad, ¡sólo quería quitarle a Inuyasha!
Se levantó furiosa de la silla. Sin decirle ni una sola palabra de despedida a Sango, fue hacia el ascensor, en busca de Kikio. ¡Se iba a enterar!
Sango se levantó al ver a Kagome marcharse de esa forma, y salió corriendo hacia su teléfono para comunicarse con su jefe. Él estaba en mitad de una reunión, pero le juró que lo llamaría si había algún avance con el asunto de Kikio.
― Jefe, el pececito ha mordido el anzuelo.
― Entonces, hay que recoger el sedal. ― escuchó al otro lado de la línea.
A penas se habían terminado de abrir las puertas del ascensor cuando salió de él. Con el ceño fruncido y los puños apretados a los costados, avanzó entre los pasillos, empujando a todo aquel que osara interponerse en su camino. Kikio la estaba esperando en su escritorio. Gran error.
― ¿Ya has vuelto? ― volvió a dejar sobre su mesa unos papeles que había tomado ― Mira qué cara más larga. Tenía yo razón, ¿verdad?
― ¡Serás hija de puta!
Kikio apenas tuvo tiempo de asimilar sus palabras antes de que se lanzara sobre ella. Agarró su melena perfecta de peluquería y tiró de ella, arrastrándola hacia el suelo. Las dos cayeron sobre la maqueta en un revoltijo de brazos y piernas, luchando y pugnando por salir. Kikio intentaba quitársela de encima, pero ella lo que quería era enredarse más aún para poder devolverle cada ofensa. ¿Cómo se atrevía? Podría haber perdido a Inuyasha por su culpa.
― ¿Qué coño te pasa? ― le gritó.
― ¿Creías que nunca iba a descubrir tu asqueroso plan, hija de puta? ― agarró un amasijo de su cabello y tiró de él para golpear su cabeza contra el suelo ― ¡Intentabas robarme a Inuyasha, maldita zorra!
― ¡Él ya era mío!
No pudo impedir que le arañara en la cara. La otra usó ese momento de incertidumbre tras el arañazo para quitársela de encima y asestarle un puñetazo en el estómago. Se encogió por el golpe, y cayó a cuatro patas en el suelo, dolorida. Kikio, a su lado, se levantó, e intentó peinarse inútilmente la maraña en la que se había convertido su cabellera.
― Inuyasha es mío desde hace mucho tiempo… ― por fin salió a la luz ese lado enfermizo que tantos veces creyó ver ― ¡Nos conocimos mucho antes de que tu bisabuela existiera tan siquiera!
Al parecer, Sango no sabía toda la historia.
― ¡Íbamos a casarnos!
― ¿Y por qué no está casado contigo, entonces? ― gritó, celosa por sus palabras ― ¿Acaso descubrió lo bruja que eres?
― ¡Mocosa irrespetuosa!
Se acercó a ella y le dio una patada en la cara que la tumbó. Todavía no se había recuperado del golpe en el estómago y juraría que tenía sangre en la boca después de esa patada.
― ¡Tú sólo eres una vulgar humana! ― parecía estar gritándoselo al cielo en vez de a ella ― Él vendrá a mí… ¡Es mío!
― No, no es tuyo…
Lentamente, se fue incorporando con la ayuda de sus manos con objeto de ponerse de pies. La habitación le daba vueltas. Necesitó unos segundos para lograr estabilizarse y enfocar bien los objetos a su alrededor. Se llevó una mano a los labios, y, al apartarla, tenía los dedos manchados de sangre.
― No te ilusiones humana, sólo eres un juguetito para él.
Fuera mentira o fuera verdad, esas palabras sólo lograron enfurecerla más. Cogió impulso y estiró sus brazos para empujar a Kikio contra el escritorio. Esta gritó indignada para luego empujarla a ella. Las dos se miraron con los ojos abiertos como platos, y gritaron a la vez que corrían la una contra la otra. Kikio le sacó las garras, pero la impresión no entorpeció sus reflejos en esa ocasión y pudo agacharse a tiempo de esquivarla. Agarró su cintura y le hizo un placaje hasta abrir las puertas del despacho de su jefe, donde cayó.
Kikio se levantó costosamente del suelo y corrió hacia ella, gritando de una forma realmente extraña. Parecía un animal, una pantera, quizás. Se le echó encima. En menos de dos segundos, la empujaba contra su escritorio y la sacudía violentamente. Ella, sin poder usar sus manos para defenderse puesto que todo era inútil, levantó su pie y le clavó el tacón en el empeine a su agresora. La mujer demonio gritó, y se apartó lo suficiente como para que le diera un puñetazo con los nudillos apretados en la nariz. Salió sangre a borbotones.
Asustada, intentó huir, pero apenas había dado dos pasos cuando Kikio se tiró al suelo, agarró su tobillo y tiró de ella, llevándola a caer. Cayó de bruces, y, un fuerte dolor procedente de su tobillo, la recorrió de pies a cabeza. Como mínimo, se lo había torcido.
― ¡Ya es suficiente mocosa! ― Kikio se alzó del suelo, escupiendo fuego por los ojos ― Voy a enseñarte a no meterte con quien no te conviene…
Sin poder levantarse por el dolor, alzó la mirada. Lo que sus ojos vieron, la aterrorizó. Los ojos de Kikio se volvieron rojos, sin pupilas, mientras que sus colmillos crecían hasta sobresalir entre sus labios. Las garras que ya le había sacado anteriormente, se volvieron más largas y afiladas a la par que se iban oscureciendo.
― ¡Kikio es suficiente!
Su jefe intentó intervenir en la batalla, inútilmente. Si bien Kikio había dejado de ser la misma "persona", no entraba en razones. Se podía ver en su oscura y maligna mirada que estaba decidida a matarla. Ella, mientras tanto, sólo podía pensar en Inuyasha, en que no había podido disculparse con él antes, y en que tampoco le había confesado lo mucho que lo amaba. Ojalá hubiera podido decírselo antes de…
Una sombra se alzó sobre ella y apartó a Kikio de un empellón. En unos instantes, una enorme mano sujetaba la garganta de Kikio y la alzaba contra una pared, amenazando con acabar con su vida. De no ser por ese inconfundible cabello plateado, Kagome jamás hubiera reconocido a Inuyasha en ese momento. Cuando salieron del prostíbulo y lo vio luchar, él no estaba haciéndolo en serio. En ese momento, en cambio, era un auténtico demonio. ¿Sus ojos habrían cambiado de color? ¿Tendría garras? ¡Si hasta parecía más grande y más fuerte!
― ¡Inuyasha! ― gritó Kikio acorralada.
― Tranquila, no voy a matarte. ― no reconoció su voz al escucharlo ― Tengo cosas mucho peores reservadas para ti. Aun así, te conviene no tentarme.
Su mano se abrió y una Kikio con aspecto humano de nuevo cayó exhausta en el suelo, tosiendo y convulsionándose violentamente por el feroz ataque. Inuyasha se volvió hacia ella, y, por fin, vio aquella parte de él que nunca mostraba. Cualquiera que hubiera visto sus ojos rojos con diminutas pupilas color celeste, las manchas lineales color lila en sus mejillas, sus colmillos y sus garras, habría pensando que era el ser más aterrador sobre la tierra. Sin embargo, para ella era hermoso y un auténtico demonio.
Continuará…
