Tras la lente – Capítulo 11
El día 26 de diciembre, Francis Bonnefoy había tenido uno de los despertares más agradables de los últimos meses. Por eso, desde que había llegado a la oficina, había estado el rato en Babia, con una sonrisa de la que no era capaz de deshacerse. Puede que para otros hubiera pasado desapercibido aquel hecho, pero no para Elizabeth. El rubio había venido a su despacho para tratar temas importantes, que tenían que ver con unos clientes para los que había hecho fotografías. Sin embargo, aunque le estaba comentando que tendría que retocar de nuevo alguna de las tomas para satisfacer al cliente, no parecía que le molestara demasiado. Conocía a Francis desde hacía un tiempo, el suficiente para saber que era un perfeccionista y que le tocaba la moral que criticaran su trabajo. No obstante, en ese momento no podía apreciar ningún tipo de apatía por su parte. Sólo sonreía, mirando al infinito, mientras apoyaba el mentón sobre la mano derecha.
Harta de ser ignorada de tal manera, Elizabeth decidió que tenía que ponerle remedio. Había la confianza suficiente entre ellos para según qué tipo de acciones y comentarios, pero ignorarle de esa manera le parecía cruel y despiadado. Por eso mismo, ella también sería cruel. Estiró su pierna torneada y morena por las sesiones de rayo UVA que se había dado y pisó el pie izquierdo del francés, que soltó un alarido y se echó hacia atrás. Aunque él le miró con reproche, la mujer dibujó una sonrisa encantadora que hubiera encandilado a cualquier hombre; a cualquier al que no hubiera agredido, claro estaba.
— ¡¿Se puede saber por qué has hecho eso?! —exclamó Francis de manera lastimera mientras rozaba el gemelo derecho con el empeine, en un intento de calmar la sensación de dolor palpitante, que se negaba a desaparecer.
— Debería ser yo la que estuviera enfadada, ¿sabes? Llevo un rato hablándote y estás ahí plantado, mirando hacia un lado, con cara de baboso y suspirando a ratos. Estaba entre eso o llamar a una ambulancia —se quejó ella—. Te he dicho que quieren que rehagas tu trabajo, ¿es que no te molesta?
El rubio sonrió resignado, se encogió de hombros y negó suavemente con la cabeza.
— Seguramente en otro momento, otro día, otra situación completamente distinta, hubiera montado en cólera y hubiera perdido mi elegancia para insultarles de maneras variopintas, pero no es el caso. Hoy soy el hombre más feliz de todo el mundo, así que nada ni nadie va a destrozar mi buen humor~ —acto seguido se puso a reír por lo bajo, como un tonto.
— Me estás poniendo los nervios de punta... —murmuró Elizabeth, asqueada por esa reacción incomprensible. Después de unos segundos de esa manera, la muchacha suspiró y cerró el portafolio en el que tenía todos los datos sobre la petición de su cliente—. Nos falta otro tema, así que quiero que te centres bien. ¿Qué te pasa? Parece que te han lavado el cerebro esta navidad.
— Tengo una pregunta que hacerte, querida —empezó Francis, el cual había regresado al mundo de los vivos de una vez por todas, aunque sólo porque tenía un objetivo en mente—. ¿Sería un problema si iniciara una relación con uno de los modelos de la empresa? Antes de que me mires con esa cara, las mujeres también sois hermosas y os haría cosas muy, pero que muy malas si tuviera la ocasión. Bueno, ahora no, claro. No soy un hombre libre, tengo un novio~
— Supongo que no sería ningún problema. No ha habido hasta ahora demasiadas relaciones con los trabajadores, aunque no te lo creas, pero la empresa no tiene una política estricta respecto a eso. Mientras no afecte al día a día dentro de las actividades laborales, puedes —una vez terminada la teoría, Eliza se movió en su asiento, arrimándose al borde, y apoyó las manos sobre su regazo para poderse estirar aún más hacia él. En su rostro había una sonrisa cómplice—. ¿Y bien? ¿Quién es él?
Pomposo, hinchando su pecho como un pavo real, Francis se acomodó mejor sobre su asiento y llevó una de las manos hacia su mentón, haciéndose el interesante. Había estado imaginando cómo sería ese momento y, ahora, por fin podía decir quién era su novio. Estaba seguro de que la noticia iba a causar conmoción y no esperaba menos que un jadeo ahogado de admiración por el logro que había conseguido.
— No pensaba decírtelo, hermosa, porque no quiero que te sientas cohibida por mí, pero supongo que no me queda más remedio. Pareces intrigada, así que no sería nada galán por mi parte dejarte de esa manera —comentó el francés, sonriendo como si fuera el amo de la fiesta—. Estoy saliendo con Antonio.
La mirada expectante de la fémina se fue apagando, al igual que su sonrisa. Había esperado cualquier nombre, pero no ese. Francis, que en un principio pensó que la había dejado estupefacta, poco a poco se dio cuenta de que no era sorpresa precisamente lo que su rostro expresaba. Más bien se aproximaba a la indiferencia y la decepción.
— Vaya, Francis, no esperaba que tú fueses a ser uno de esos que deliran que están saliendo con Antonio. No quiero ser dura contigo, pero no lo hace. Así que te pido que, por favor, no le acoses demasiado. Si se molesta, cosa que sería normal, no nos gustaría que nos pusiera una demanda. Lo que haga mientras le tomas fotos es puramente profesional.
— Eliza, no estoy hablando de eso. He salido con Antonio, hemos tenido una cita maravillosa y lo nuestro va viento en popa. Incluso estoy pensando en comprarle flores para año nuevo. Le regalé una flor y se quedó sin palabras, no me quiero imaginar cómo se pondrá cuando vea un ramo entero.
— Ya, ya... —murmuró ella, dándole la razón como a los locos.
Si pensaba que nada podría con su buen humor, estaba claro que se equivocaba y en ese momento fue consciente de ello. El rubio se pasó el resto del rato de brazos cruzados, con el ceño fruncido, mientras elucubraba, indignado porque no le creía. La mujer se daba cuenta de que, de nuevo, Francis no estaba pendiente de lo que le estaba diciendo y empezó a perder la paciencia. Estaba a punto de pegarle otro pisotón cuando un par de golpes contra la puerta resonaron dentro del habitáculo y les distrajo a ambos de sus pensamientos. La joven dio paso a la persona que había al otro lado, la puerta se abrió y allí apareció Antonio.
A diferencia de su atuendo habitual en el trabajo, aquel día llevaba unos tejanos no demasiado entallados y un suéter que le cubría hasta medio trasero. Lo mejor era ocultar sus mejores bazas a la vista, para que así no le molestaran demasiado. Aunque no se dio cuenta, Francis no fue el único en la sala que examinó al modelo. Éste pronto se aproximó a ellos y, de manera casual, le puso una mano en el hombro al rubio. Sonrió a los dos de manera cortés y encaró a Elizabeth.
— Siento haber entrado de esta manera. Estaba buscando a Francis, porque quería decirle una cosa. ¿Te lo puedo robar un momento? No me lo llevo de aquí, que si no es capaz de escaparse. Sólo le digo algo y me voy —dijo jovial. La chica asintió así que él miró al rubio, que estaba como si hubiera visto un espejismo. Se rió—. ¿Qué te pasa? Parece que acabas de ver un fantasma.
— No te esperaba por aquí hoy. ¿No decías que tenías libre hasta el día uno? —preguntó Francis, bajando la mirada hacia uno de los chupetones, que estaba estratégicamente cubierto por una capa, imperceptible a simple vista, de maquillaje.
— Sí, pero tenía que arreglar unos papeles así que he aprovechado para venir a verte —sentenció tranquilamente. Entonces, sin dejarle tiempo a preparase, se inclinó y le dio un beso corto en los labios. No iba a ser demasiado pegajoso, no quería incomodar a Elizabeth—. He comprado cabeza de lomo y voy a preparar algo rico para cenar. ¿Te apetece pasar por casa después del trabajo?
— ¿V-vas a cocinar para mí y me estarás esperando en tu casa para cenar conmigo? —le pregunto casi atragantándose con su propia saliva. A ratos le daba la impresión de que Antonio era un espejismo divino y que estaba delirando todo aquello.
— Sí, eso es lo que he dicho. Aunque, si no puedes, intentaré guardar el lomo para otro día. Si no recuerdo mal se puede congelar sin problema de que coja sabor a nevera.
— ¡No! ¡Q-quiero decir que estaré allí como un clavo, deseoso de probar lo que hayas cocinado para mí! —exclamó Francis, horrorizado ante la idea de que ese maravilloso plan se fuera al traste. Sin esperar a cualquier otra acción por parte del español, el fotógrafo atrajo su cuerpo y lo estrechó, dejando que su rostro rozara contra su torso—. ¡Ah~! ¡Tengo el mejor novio del mundo~!
— Anda, no seas tonto —dijo Antonio entre risas, dándole suaves caricias en la cabeza. Se dio cuenta de que Elizabeth parecía entre nerviosa y al mismo tiempo incrédula. Él sonrió—. ¿Te ha contado ya lo nuestro? Le dije que te preguntara si había algún problema.
— ¿Problema? ¿Qué problema va a haber? —dijo ella entre risas nerviosas. Notaba las mejillas calientes y temió estar sonrojada sin remedio. Ver a aquellos dos hombres, atractivos, coqueteando melosamente delante de ella le parecía un espectáculo demasiado tentador—. Mientras la faena siga saliendo, todo está perfecto. Podéis casaros si queréis.
— Creo que es demasiado pronto para pensar en algo así, teniendo en cuenta que empezamos a salir ayer —dijo el modelo, de nuevo riendo. Le parecía una buena broma, aunque él no sabía que Elizabeth lo había dicho muy en serio—. Entonces me voy y os dejo trabajar. Nos vemos por la noche, Francis.
Algo se le murió por dentro primero cuando le vio inclinarse de nuevo hacia él y luego cuando sus labios se unieron en otro beso. Observó sus andares, con una sonrisa más que idiota adornando su rostro y cuando el hispano se giró para despedirse, él agitó la mano hasta que le perdió de vista. Suspiró, hundiéndose sobre la silla, y miró al techo con cara de felicidad absoluta.
— Es tan adorable... —murmuró para sí mismo, aún sumido en esa nube azucarada en la que su vida se había convertido en los pasados días. De repente se quejó ya que recibió un golpe en el hombro. Ladeó el rostro y vio que Elizabeth cargaba en su mano el portafolio, doblado, con el cual le había pegado.
— ¡Eres un maldito! ¿¡Por qué no me habías dicho que estabas saliendo con Antonio!? ¿Desde cuándo ha pasado eso? Nunca os había visto tan íntimos en el trabajo, pensaba que te ignoraba como a todos. Pero vamos, te ha besado y te miraba de una manera... ¡Va a cocinar para ti! —exclamó ella, fuera de sí. Entonces, de repente, se llevó las manos a las mejillas y sonrió, tímidamente—. Hacéis buena pareja...
— ¿Estás bien? —preguntó Francis, asustado por esa última reacción. Casi parecía que ella estaba más contenta que él y eso era desconcertante—. Además, te recuerdo que te he dicho que estaba saliendo con él y me has tratado como a un loco del montón.
Ella rió nerviosa, mirando hacia otro lado. Bueno, tampoco sería el primero en venir con esa cantinela y que, semanas después, habría sido rechazado por Antonio sin más. Por ese motivo había reaccionado incrédula ante la declaración del rubio de ojos de azules. No obstante, después de verle delante de ellos, hablando con Francis acerca de la cena y, sobre todo, el ser testigo de ese beso no dejaba lugar a dudas. Siendo sincera, una parte de ella envidiaba al rubio. Antonio poseía un atractivo impresionante, era indudable, y además parecía bastante cariñoso y alegre, cosa que aún le hacía más perfecto. ¿Quién no tendría un, aunque fuera, ínfimo deseo de poder tener un novio como él? Pero, de toda la población mundial, había escogido a Francis, así que sus sueños se habían hecho añicos.
— Sí, claro que estoy bien —añadió ella con decisión y la mirada brillante. A pesar de haber perdido y no haber sido escogida por Antonio, ni siquiera para coquetear, Elizabeth estaba contenta porque el hispano y ese hombre que tenía delante se veían tremendamente bien juntos—. ¿Desde cuándo estáis saliendo? ¿Ya has descubierto cómo es en la cama? Venga, no seas estrecho, cuéntame cosas.
— Pues... —carraspeó, un poco nervioso ahora—. Sí he descubierto como es en la cama y aunque no te diera la impresión, últimamente, en el trabajo, no era nada frío. Más bien todo lo contrario. El otro día le invité a salir fuera —comentó, obviando el hecho de que le había llevado a ver a sus padres para que fingiera que era su novio—. Le pedí para salir, en un arrebato suicida, y la diosa fortuna estuvo de mi parte, así que me dijo que sí. Ayer estuvimos todo el día juntos, hoy me he despertado con él en mi cama y ahora me acaba de invitar a comer, así que soy jodidamente feliz.
— Ooooh... ¡Qué bonito! No puedo creer que haya nacido algo así de este lugar —comentó con expresión ilusionada Elizabeth—. Aunque, siendo profesionales, repetiré que no podéis dejar que eso afecte vuestras actividades cuotidianas. Si el trabajo no sale como anteriormente, el jefe se preguntará qué es lo que está sucediendo y, lamentablemente, tú eres el que tiene más papeletas para salir por la puerta, Francis.
Eso lo tenía muy claro también. Había estado pensando en ello últimamente. Si su relación no iba bien por cualquier motivo, eso afectaría su trabajo. Teniendo en cuenta que Antonio era el modelo estrella y ojito derecho de los directores, con que apuntara hacia él, le despedirían sin pensárselo dos veces. Pero no quería pensar que las cosas iban a ir mal, porque cuanto más pasaba con él, más descubría que le gustaba con locura.
— Lo sé, pero teniendo en cuenta que estamos hablando de Antonio, correré ese riesgo. Soy un jugador nato, me gustan los retos y la recompensa de éste es la más suculenta que puedas imaginar —murmuró con una sonrisa traviesa en los labios. Por su mente pasaron escenas de la noche anterior y un cosquilleo se apoderó, durante un segundo, de su cuerpo.
No sabía cuánto podía durar, pero iba a aprovecharlo y a ser él mismo, encantador y atractivo, para que Antonio descubriera que no se había equivocado al decirle que sí quería salir con él. Otra parte importante era el trabajo, el cual no pensaba descuidar. Por eso mismo, se sentó mejor en la silla y le pidió a Elizabeth que le explicara bien el porqué de esas modificaciones que estaban pidiendo. Se iba a convertir en un trabajador ejemplar y nadie diría nada más que el salir con Antonio le hizo mucho bien.
El tema había salido a colación la mañana del 18 de enero. Aquel sábado, Francis había quedado con Antonio para ir al cine y la hora estaba cercana y él no había llegado aún. Cada dos por tres sacaba la mano del bolsillo de la chaqueta, enfrentándose al frío de los primeros meses del año, para poder mirar en su muñeca el reloj. Entonces, de repente, un taxi se había parado delante de él, la puerta trasera se había abierto y allí estaba Antonio, haciéndole un gesto con la mano para que se acercara. Le había dejado tan estupefacto que el hispano tuvo que salir un poco del coche, tirar de su mano y le obligarle a meterse en el automóvil.
Al final llegaron a la sesión para la que ya tenían entradas, aunque cuando salieron el rubio tuvo que disuadirle al ver que iba a llamar al taxi de nuevo. Le convenció de ir a su piso, que quedaba más cerca, aunque fuera andando. Dijo que sí porque le dio a entender que era la ocasión ideal para ir agarraditos, como una pareja melosa. Cuando entraron en el apartamento de Francis tenían el rostro helado y el cuerpo ligeramente entumecido.
— ¿Es que vas a todas partes con taxi? —preguntó el rubio—. No me importaría cogerlo de vez en cuando, pero son carísimos y deberías quitarte esa manía.
— El transporte público va fatal y no llegaba al sitio en el que habíamos quedado... —murmuró a entre dientes Antonio, sintiéndose regañado. Claro que sabía que era caro, pero no encontraba otra manera de llegar puntual. Tardaba en llamar y en que viniera el automóvil, pero luego iba mucho más rápido que con el transporte público, que siempre sufría problemas de algún tipo.
— Entiendo que no tengas coche, porque es caro y pagar el alquiler de un garaje o una plaza de parking es imposible en este lugar, pero podrías tener una moto, como yo. Siempre suele haber sitio para dejarla y te evitas los atascos.
— Es que nunca he llevado una moto, ¿sabes? No creo que me sintiera seguro llevando una —murmuró Antonio algo nervioso, sonriendo a pesar de todo.
— No te preocupes. Tengo una idea genial para que sepas si te gusta o no. Conozco un polígono industrial poco frecuentado. La semana que viene te llevaré y te dejaré coger la moto. Es como ir en bicicleta y ya verás que el miedo se te pasa pronto. Será poco rato y vigilaré que todo vaya bien, así que no te preocupes.
— ¿Estás seguro? Tú moto... Quiero decir, es bastante nueva. ¿Qué pasará si me caigo o algo? —dijo él, no muy convencido de lo que su novio le decía.
— Claro que sí. Sé que no da esa impresión, pero te prometo que es como ir en bicicleta y que serás capaz de mantener el equilibrio. No haremos curvas, simplemente rectas y sin acelerar demasiado. Si no te ves seguro después de unas rectas, entonces lo dejamos para otro día. Pero esto te servirá para saber si te gusta y de ser así puedes apuntarte a la autoescuela.
El español entreabrió los labios para decirle algo, pero Francis le observaba tan ilusionado, con esa sonrisa expectante, que no encontró la manera de hacerlo. Estaba esperando su aceptación y que apreciara la buena idea que había tenido. Con el tiempo que hacía que salían, Antonio había empezado a aprender ciertos detalles acerca de su novio. Y, aunque sabía que se arrepentiría toda su vida de lo que iba a hacer, en ese momento sonrió resignado y se lanzó al toro.
— Me parece una buena idea. Es que estás en todo, ¿eh? —le dijo con aire jovial.
Lejos de percatarse de que algo no estaba en su lugar, Francis se abrazó a él y le fue dando besos. Alegó que tenían que recuperar el calor corporal que habían perdido de camino a casa y una cosa llevó a la otra. Así pues, la semana pasó con relativa tranquilidad, con un trabajo esporádico de Francis, al cual le mandaron hacer retoques de unas fotografías que ni tan siquiera eran suyas, y al final llegó el sábado. Antonio esperaba en el portal de su casa, con el casco que el fotógrafo le había regalado para navidad, mirando al suelo con fijación. No sabía cómo iba a decirle aquello y temía que se riera en su cara. Para él, el tema era bastante serio, así que la idea de que pudiera cachondearse de él le producía inseguridad.
Aún así, cuando Francis llegó, dibujó la mejor de las sonrisas, se enfundó el casco y se montó en la parte trasera. Aferró con sus brazos la cintura del rubio y se pegó a su espalda, para evitar las corrientes de aire mientras se desplazaban a gran velocidad. Aquel fue el segundo escalón, que les llevaría a la situación en la que se encontraban actualmente.
En no demasiado rato habían llegado al polígono que Francis había mencionado la semana anterior. La carretera amplia, bien asfaltada, no contaba con imperfecciones que supusieran un riesgo a su integridad. Las naves industriales ocupaban el perímetro y, en fin de semana, poca gente se paseaba por los alrededores. Puso el pie de la motocicleta y le dio unas explicaciones básicas a Antonio acerca de cómo funcionaba. Sobre todo le dijo que le diera al gas flojito, que no hacía falta que corriera mucho. Él estaría a un lado todo el rato. Podía recorrer unos cien metros, parar, con los pies apoyados dar la vuelta y después hacerlos de vuelta hacia el origen. Antonio, tenso, se puso el casco. Aunque no se veía con facilidad, le temblaban las manos y estaba sudando frío debajo de aquel grueso suéter y la chaqueta. Tragó saliva, la cual en aquel momento parecía ser incluso más pesada que de costumbre, y se montó en la motocicleta. No era lo mismo ir detrás que estar al frente, con las manos sobre el manillar. ¿Era su imaginación o sus propias piernas estaban temblando?
Los dedos se apretaron contra el manillar, aún sin darle al gas, y miró de reojo a Francis a través de la visera. Cuando sus ojos se encontraron, vio en los azules un destello interrogante. Le había costado la vida, pero al parecer por fin se había dado cuenta de la duda que había en Antonio. Tragó saliva de nuevo, dándose valor, e inspiró hondo antes de abrir los labios para hablar.
— Francis, no te había dicho algo antes por vergüenza, pero debo hacerlo antes de lanzarme a la aventura. Creo que es muy mala idea que intente avanzar cien metros con tu moto. No sé montar en bicicleta.
— ¿No sabes? —preguntó con cara de póquer Francis, asimilando las palabras que le acababa de decir.
— No tengo ni la más remota idea de cómo hacerlo. Así que no me parece prudente que me monte encima de una moto. Creo que no haré los cien metros y que me caeré antes. Estoy bastante nervioso pensando en que podría caerme y hacerme daño.
— De acuerdo, baja de la moto anda —dijo con cuidado, acercándose para ayudarle a sujetar parte del peso de la misma. Cuando la tuvo bien agarrada, le puso el pie.
— Sí, mejor que no le pase nada. Si encima tienes que llevarla al taller por mi culpa… —comentó Antonio sonriendo nervioso, ya con el casco quitado. Se quedó sin palabras cuando, de repente, Francis le abrazó estrechamente. La estupefacción le duró unos segundos, tras el cual estiró los brazos y le devolvió el gesto—. ¿Qué te pasa?
— ¿Por qué no me lo habías dicho? —le preguntó—. Me da igual la moto, pero no me gusta pensar en el mal rato que has estado pasando por mi cabezonería. Deberías habérmelo dicho desde el principio, no te hubiera insistido más.
— Me daba vergüenza y, además, te veías tan ilusionado que no quería chafar tus esperanzas. Por un momento pensé que podría hacerlo pero al verme encima de la moto, solo, creo que me ha dado un pequeño infarto al corazón.
El francés, un poco molesto por no haber sido consciente de que a su novio se le estaban llevando los demonios por dentro al pensar en montarse en el vehículo, estiró la mano y le pegó un suave capirotazo. Por algún motivo extraño, la gente que sí sabía ir en bicicleta no podía concebir con facilidad que otra persona no supiera. Por eso mismo, cuando le propuso lo de la moto, ni siquiera se planteó la posibilidad de que Antonio no supiera montar.
— Me ha sorprendido un poco. ¿Cómo es que no sabes montar en bicicleta? ¿Le tenías miedo de pequeño? —le preguntó curiosamente.
— Mi padre siempre tenía cosas que hacer, así que nunca me enseñó. Aunque me compró una bicicleta, cuando la usaba era con las cuatro ruedas y se reían de mí, porque era mayorcito —se encogió de hombros, sonriendo resignado—. Se las quité e intenté aprender solo, pero me caía un montón y me hacía daño, así que mandé a la bicicleta al trastero y no volví a usarla.
A ratos no recordaba que la familia del hispano no entraba dentro de la categoría de funcional. A él le enseñó su estricto padre, que cuando se desestabilizaba le echaba la bronca. Odiaba en demasía el recuerdo del miedo que le embargaba cuando se giraba y veía que su padre le había soltado. Se había caído en algunas ocasiones, en otras simplemente aprendió a plantar los pies sobre el suelo antes de precipitarse contra éste. Pero la familia de Antonio no parecía muy unida y su padre, aunque quería acaparar su atención, no parecía el típico hombre devoto que con paciencia enseña a su hijo cómo vivir la vida real. De repente Francis se dio un golpecito sobre su propio torso, resuelto, y asintió.
— Lo he decidido, voy a enseñarte a montar en bicicleta —expuso, como si fuera la proclama de la independencia.
— ¿Qué? Pero... Ay, no, qué vergüenza. ¿Para qué querrías enseñarme a ir en bicicleta? No soy un buen alumno y quedaríamos ridículos —comentó azorado el hombre de cabellos castaños, el cual gesticulaba vehemente con las manos.
— Pues porque pienso que te iría bien tener una manera de desplazarte. Si aprendes, cosa que seguro logras, podrás comprarte una bicicleta y entonces ir y venir sin tener que pedir un taxi. Además, la idea de poderte ayudar en algo me hace feliz —comentó con una sonrisa de júbilo.
Por estúpido que pudiera parecer, Antonio tenía una debilidad por Francis que empezaba ya a ser patológica. Había algo en ese tipo de situaciones, empezaba a pensar que la sonrisa, que le producía un pequeño pinchazo en lo más profundo de su ser. En los instantes en que al rubio se le ocurrían ideas que él consideraba maravillosas y que eran por el bien de Antonio, en su sonrisa había algo especial, algo que no sabía describir, un algo cálido que hacía que su corazón saltara y que en su estómago hubiera un cosquilleo que, aunque extraño, acababa siendo reconfortante. Le daba siempre la certeza de que todo lo que había razonado, todo ese esfuerzo era únicamente por su bien y pensar en rechazar un sentimiento tan bonito le producía incomodidad. Por eso Antonio, normalmente, tenía serias dificultades para negarse a ese tipo de ideas. Francis no era consciente del poder que blandía y, seguramente, de haberlo hecho, lo hubiese usado para conseguir su permiso para alguna postura sexual extraña.
Así pues, como era de esperar, Antonio aceptó su ayuda y se plantaron en uno de los parques más grandes y amplios de París. Por él siempre había grupos de personas que corrían o simplemente daban paseos, charlando de sus inquietudes o de cómo les había ido el día. Francis tenía en su apartamento una vieja bicicleta a la que poco uso le daba teniendo en cuenta que su motocicleta era mucho más rápida. Además, un día se le había salido la cadena y eso había significado el abandono total. Pero todo cambiaba cuando hablaban de su novio y por eso se sacudió de encima la pereza y estuvo limpiando la bicicleta de montaña negra hasta que quedó impecable y lista para su uso. Incluso se había asegurado de que los frenos funcionaran correctamente. Era consciente de que no había en el parque pronunciadas cuestas que supusieran un riesgo para la integridad del español, pero tampoco quería que atropellara a alguien.
Habían quedado directamente en la boca del metro, delante de la zona verde, así que se puso el casco, se abrigó hasta las cejas y puso rumbo hacia aquella avenida. Cuando llegó, resoplando y con las mejillas rojas por la combinación del frío y el calor, Antonio ya estaba esperando, apoyado contra uno de los muretes de ladrillo visto que rodeaban el parque. Por el bajo de la chaqueta negra, impermeable, asomaba un pantalón de chándal de color rojo, con dos líneas blancas en los laterales. Levantó la vista, desinteresado, aburrido de estar ahí, y entonces vio que Francis ya se acercaba. En su rostro se dibujó un gesto dichoso, alegre al ver a su novio llegar. Después de saludarse con un tímido beso, ambos se fueron hacia el interior del parque mientras, con una mano, Francis se aflojaba la bufanda para aliviar el calor que sentía. Se detuvo en un área despejada y que no estaba demasiado transitada. Dejó que la bicicleta descansara contra el lateral derecho de su cintura, se quitó los guantes, los cuales dejó a buen recaudo en el bolsillo izquierdo de su chaqueta, y luego asió el casco con las dos manos y se lo puso al hispano, el cual cerró los ojos por instinto cuando vio que se iba a por él.
— Así estás mejor —comentó con una sonrisa triunfal. Acto seguido, sin dudarlo ni un solo instante, se puso a abrocharle el casco, para que no se le cayera—. Ya verás tú, te vas a convertir en el próximo ganador del Tour de Francia a este paso.
— Tampoco exageres, Francis... Todo el mundo nos va a ver y yo me siento ridículo con el casco en la cabeza. Creo que lo has apretado demasiado y estoy estúpido.
— ¡Tonterías, tonterías! —exclamó el rubio inmediatamente, haciendo un gesto con la mano derecha, restándole importancia—. La mayor parte de la gente no tiene tiempo para pararse a juzgar a los demás. Lo que sí que lamento de verdad es que no hayas traído unos pantalones de ciclista. Estoy seguro de que se te hubiese visto un culazo impresionante.
Para sorpresa del español, su novio se sumió en uno de sus muchos comas mentales, durante los cuales las cosas más censurables ocurrían. Cuando se dio cuenta de que la mente de su compañero no estaba disponible en ese momento, su incredulidad se hizo patente. Le pasó la mano por delante del rostro, sin llegarle a tocar, esperando que el movimiento le sacara del trance, pero lo único que pasó fue que dibujó una sonrisa horrible, llena de perversión, que le daba la certeza de que sus pensamientos no eran aptos para todos los públicos.
Harto de aquel estado de catatonia que cada vez parecía ser más y más profundo, el español le pegó un codazo en las costillas que hizo que se encogiera sobre sí mismo, con los brazos cubriendo su estómago. Por supuesto que se quejó, pero para entonces Antonio fingía que ajustaba el casco y a los pocos segundos Bonnefoy se rendía y se ponía a mirar que el camino estuviera libre de obstáculos. Cuando lo hubo comprobado, regresó a la vera del de ojos verdes y le observó atentamente.
— Que sepas que has sido muy cruel y que el codazo aún sigue doliéndome. Por supuesto, espero que seas consciente de que si sigue haciéndolo durante la semana, te lo iré recordando para que te reconcoma la conciencia.
— Pues yo, en mi defensa, alegaré que tenía que hacer algo para que pararas. Estabas asustando a los niños con esa expresión de enfermo mental y por un momento temí que fueran a llamar a la policía. Además, tenía que defenderme a mí mismo de todas esas porquerías que estabas haciéndome en tu cabeza.
— Eres un exagerado. Estoy seguro de que muchas de ellas te encantarían y que acabarías como siempre, llamando mi nombre~ Es tu culpa, me tienes a dos velas desde hace bastante tiempo. ¿Es que no entiendes que quiero conocer cada terreno de ese cuerpo escultural que tienes? —comentó haciendo un puchero con los labios. El celibato era demasiado duro y Francis, desde que salía con Antonio, no es que hubiera hecho demasiado.
Los ojos azules se habían desviado hacia un lado, fingiendo resentimiento por esa situación y se dio cuenta de que era cierto. Con tantos temas de por medio, no habían tenido tiempo para pasar el rato juntos, íntimamente. Sonrió resignado, se estiró para estar más cercano al francés y le dio un beso cariñoso cerca de la comisura de los labios, nada que fuera demasiado escandaloso en ese lugar familiar.
— Perdóname, ¿vale? Tienes razón, entre una cosa y otra no hemos tenido tiempo para nosotros de esa forma. Así que tengo una idea: acepto que me enseñes a ir en bicicleta pero, a cambio por tus valiosas lecciones, quiero pagártelo. La recompensa será una cena en mi casa, preparada por estas manos, y luego el resto de la deuda te la puedes cobrar en especias —dejó un momento de silencio, para que pudiera procesar la información—. ¿Qué te parece?
— Tengo bien claro lo que quiero. Después de la cena, quiero meterme en la ducha contigo. Desde hace tiempo que he tenido esa fantasía, rondando mi cabeza, acechando mis sueños para luego sumirme en la más profunda desesperación —murmuró dramático. Incluso había llevado el dorso de la mano izquierda a su frente, para darle fuerza a su interpretación.
— Empiezo a pensar que te ganarías bien la vida como actor. Te podrían dar un Óscar a la mejor interpretación o algo así —comentó Antonio por lo bajo, sin poder creer lo que había escuchado de boca del galo.
— Pero hoy, ya que me das esta oportunidad de oro, no pienso desaprovecharla. ¡Está bien! ¡Vamos a enseñarte cómo se lleva la bicicleta y así podremos ir pronto a casa!
— Si puede ser, que no se entere el maldito continente, ¿de acuerdo? —dijo el de ojos verdes con una sonrisa pasivo agresiva y las orejas coloradas. Sí, había gente alrededor y les estaban mirando. Si se burlaban de él, se iba a morir de vergüenza.
En un intento de animarle, Francis le dio un golpe suave en el trasero y le incitó a sentarse correctamente sobre el sillín. Su corazón había empezado a latir con tanta fuerza en su pecho que apretó las manos contra el manillar, como si eso fuera a salvarle la vida en caso de perder el equilibrio. Las manos del rubio asieron la bicicleta desde detrás y le fue dando instrucciones. Cuando los pies dejaron de tocar el suelo y se apoyaron sobre los pedales de plástico negro, Antonio sintió que se tambaleaba, incapaz de saber cómo repartir el peso para no precipitarse. Si no fuese porque su novio estaba detrás, estaría en el suelo desde hacía un buen rato.
— Venga, Antonio, ahora empieza a pedalear. Tienes que sentarte centrado y repartir tu peso de manera equitativa. De esta manera te mantendrás derecho y serás capaz de aguantar el equilibrio. Puede ser difícil aprenderlo, pero te prometo que cuando lo logres ya nunca lo olvidarás.
— Me voy a matar, me voy a matar, me voy a matar... —murmuraba el hispano, con los ojos como platos, preso de un pánico indescriptible.
A medida que sus pies se movían, la bicicleta comenzó a avanzar, lentamente, y el galo iba detrás, ayudándole a mantener el equilibrio y animándole a continuar, insistiendo en que lo estaba haciendo muy bien. De alguna manera, escuchar las palabras del rubio le hacía estar menos tenso y, poco a poco, encontró el gustillo a eso de ir en bicicleta. Francis notaba que la postura de su novio era ahora más relajada y entonces supo que debía intentar la acción que todo niño, al final, acababa reprochando a su padre.
Sin avisar, lentamente, por si acaso debía correr de nuevo en su auxilio, fue soltando la bicicleta, permitiendo que fuera por sí solo. Sonrió orgulloso al ver que Antonio iba perfectamente, manteniendo el equilibrio sin problema alguno. En un principio no lo sospechaba, puesto que le había jurado y perjurado que no dejaría ir el sillín, pero pasado un minuto de ese silencio, el hispano entornó el rostro peligrosamente, para intentarle ver, y se lo encontró a unos cien metros. Ser consciente de que estaba tan lejos le dio un vuelco al estómago y de repente parecía que no sabía de nuevo mantener el equilibrio. Rápidamente quitó los pies de los pedales y los clavó sobre la arena.
Francis, que había visto el cambio radical en él justo cuando se había dado cuenta de la mentira, se fue corriendo por si tuviera que ayudarle. No obstante, para cuando se plantó a su lado, Antonio ya estaba seguro, con los pies en tierra firme. Enseguida se llevó una mirada de reproche de su novio, que parecía estar sufriendo un ataque de pánico al mismo tiempo que un enfado monumental. Se apartó en el momento justo para poder esquivar un manotazo torpe del español.
— ¡Me habías dicho que no ibas a dejarme ir, maldito mentiroso! —le dijo con reproche. El corazón aún le iba a mil por hora y toda la seguridad que había adquirido pensando que Francis estaba detrás se había esfumado.
— Pero si has ido tú solo sin problema durante un rato. No sé por qué tienes que ponerte así. Lo has hecho genial, deberías intentarlo de nuevo. Te juro por lo que más quiero que no voy a alejarme, que te seguiré de cerca para evitar que te caigas.
Después de haberle soltado, fue más difícil convencer a Antonio de que no pensaba dejarle ir. No se podía comparar a negociar con un niño pequeño, que a fin de cuentas era moldeable con más facilidad. No fue hasta después de un rato de peloteo y abrazos mientras le pedía perdón e insistía en lo arrepentido que estaba, que el español accedió a intentarlo de nuevo. Horas después, éste iba, lento pero con más calma que al principio, haciendo líneas rectas por el sendero. Sobre todo al regresar, le decía a Francis que mirara e insistía e insistía en preguntarle si lo estaba haciendo bien.
Cuando hubieron terminado, a eso de las siete, Antonio se bajó de la bicicleta, respirando acelerado, con una sonrisa curvando sus labios hacia arriba, se quitó el casco y, de manera sorpresiva, se lanzó a abrazar al rubio, que tuvo escaso tiempo para estirar los brazos y asegurarle entre éstos para que no se cayeran los dos. Como el modelo se reía, contento, a Francis se le acabó contagiando. Aunque se veía capaz de posar desnudo delante de la cámara y de hacerle mil cosas a su propio cuerpo, no hubiera creído que fuera capaz de montar en bicicleta. A pesar de que parecía sencillo para el resto de los mortales, pensaba que él era la excepción que confirmaba la regla. Le daba cosa pensar que Francis pudiera malgastar su tiempo; no porque creyera que fuera mal profesor, al contrario, simplemente porque no creía que él fuese buen alumno. Casi le daba pena ver que éste ponía sus esperanzas en él y el verle tan ilusionado, ya que luego la decepción iba a ser peor.
Sin embargo, rompiendo todos los esquemas habidos y por haber para él, Francis tenía razón y era capaz de montar en bicicleta. Por ese motivo estaba que no cabía en sí de la ilusión. Le sorprendía ese hombre al que aún apretaba contra su cuerpo, capaz de confiar en su potencial ciegamente aún cuando él no podía. Se apartó lo suficiente para verle bien, sonriendo felizmente, gesto que Francis adoró en el mismo instante en el que lo presenció.
— Gracias, Francis. Me has demostrado que estaba equivocado conmigo mismo —le dijo—. Eres increíble, de verdad.
— Yo diría que soy incluso sensacional, así que deberías rendirte ya a mis pies —argumentó el rubio son una sonrisa seductora, rodeando la cintura de Antonio y con las mismas manos sujetando la bicicleta—. ¿Entonces iremos a tu casa a cenar y a otras cosas~?
Aunque se echó a reír, el hispano soltó a su novio para permitirle andar y echó a caminar, rumbo a casa. Para llegar con más facilidad tomaron el metro, que le dejaba relativamente cerca de su hogar. Durante el camino, Francis halagó el rápido aprendizaje del de cabellos castaños, que sonrió azorado. Incapaz de resistir la tentación, el de ojos azules continuó con la zalamería, admirando cualidades cada vez más personales de su novio, buscando esa reacción avergonzada que le producía un vuelco al corazón y le hacía sentir un cariño inmenso hacia él.
Terminó pidiéndole que parara, con las orejas rojas de la vergüenza, y ese fue el punto en el que no pudo más y le abrazó, permitiendo que se escondiera mientras él sonreía con devoción y amor. El comportamiento de Fernández le parecía simplemente adorable, demasiado precioso para este mundo. Le dio una suave palmadita en el trasero, azuzando para que bajara cuando las puertas del metro se abrieron, asió bien la bicicleta y bajó al andén. De camino a casa, charlaron acerca de si se le podría olvidar o no lo que había aprendido en ese día y en menos que canta un gallo se plantaron delante del imponente edificio en el que vivía el español.
Montaron en el ascensor después de serios problemas para poder meter la bicicleta y caber ambos también y ascendieron hasta la planta en la que se situaba el apartamento. Dejaron el trasto en el espacio del recibidor y se adentraron en el apartamento. Las chaquetas se quedaron en el primer perchero por el que pasaron y, unos pasos más atrás iba el rubio, observando la figura de su novio. La camiseta estaba medio pegada a su cuerpo por el sudor y cuando se detuvo, pensativo, tuvo tiempo suficiente para poder ver unas gotitas de sudor a las que envidió en ese momento. Antonio viró sobre sus talones y le observó.
— ¿Qué quieres cenar? Sé que aún es pronto, pero quiero ver si tengo todo lo que necesito. Si no, tendré que bajar a comprar en un momento —dijo el español.
— Tengo una idea mejor: Ambos hemos hecho ejercicio, hemos sudado y aún es pronto. Podemos ducharnos y ya luego preparamos la cena —se acercó, rodeó su cintura con sus brazos y se quedó cerca de sus labios, saboreando ese momento de tensión sexual que se percibía entre ambos.
Sería fácil ceder a la tentación, a la lujuria, caer en su embrujo, pero no quería que le venciera sin más, por lo cual se mantuvo sereno, observándole con deseo, reprimiendo la pasión en su interior. El francés, consciente de aquello, se acercó a él y repartió besos por su cuello, lentamente, dejando que sintiera la calidez de sus labios contra la piel. Dejó que el aliento chocara contra esa zona y fue capaz de percibir un pequeño estremecimiento en el cuerpo del hispano. Su voz a continuación sonó baja, íntima, seductora.
— ¿Qué te parece, amor? ¿Vamos a darnos una ducha? —quedaba claro que lo que menos importaba era el hecho de limpiarse. Su objetivo era, antes de eso, terminar de mancillarle.
— Ve hacia el baño, voy a buscar un par de cosas. Dale al agua para que se vaya calentando. Hacia la derecha es fría y hacia la izquierda caliente.
Bueenas
Disculpad, sé que la escena se queda a medias en el momento más suculento, pero si no era todo demasiado largo :'D Hay ducha en el próximo capítulo, lo juro. Bueno, en este capítulo destacaría que conocemos un poco más la mente de Antonio, vemos que también tiene inseguridades y que significa Francis mucho para él uvu
Si tenéis dudas, decídmelo, os contesto encantada
Maruychan, tenían derecho a una cena romántica cliché pero bonita uwu Creo que es uno de los fics en que más rápido se han dado cuenta que juntos están bien, que se compenetran bien. No puedo prometer nada con lo de no destrozar corazones o3o El tiempo dirá XD Gracias por dejar review y leer ;w; y por decir que hago que el tag tenga motivo de existencia. Me voy a un rincón a llorar por lo bonito que ha sido eso.
Zenithia, ellos son así xD Por una parte son como lo más melosos del mundo y cuando llega un momento se vuelven fuego, como monos salvajes. Un poco la parte de Francis y después la parte pasional de Antonio xD Espero que te guste el capítulo, muchas muchas gracias por leer y comentar ;v;
Aby, ay pues… creo que en este puedo dejar en vilo para ver lo de la ducha ;v; Lo siento. Son requetesexy, estoy totalmente de acuerdo uvu. No, no es enfermo mental Francis, tiene su perversión, sus delirios (esto ha quedado patente este capítulo) pero en el fondo tiene la cabeza muy bien amueblada. Antonio no me gusta hacerlo como si fuera retrasado, considero que es inteligente, solo despistado y a veces se hace el tonto para no pegar una hostia o para evitar situaciones que no le gusten XD No sé cuál es mi secreto ;w; Quizás que los adoro. Me hace feliz que te gusten mis historias y, por ahora, seguiré escribiendo a este par de tontos uvu porque me hacen muy feliz. Gracias por leer uvu Espero que te guste este capítulo.
Whiteless, totalmente de acuerdo. Más vale tarde que nunca XD. No te preocupes, hay gente que ha desaparecido durante el fic y de la que posiblemente no sepa nada XD Están en su momento más dulce. Siempre el inicio de las relaciones es lo más bonito y bueno, se compenetran muy bien. Jajajaja no eres la primera que me menciona lo de melosos y de repente como monos. Son hombres en el fondo~ Ay, por favor, espero que no te decepcione la parte de Antonio ;3; no quiero crear tanta expectativa y decepcionar. No ha sido un review sosete, me ha gustado uvu. Sobre tu postdata… omg me he emocionado ;3; P-pues a mí me encantaría. Es el sueño de todo fanficker que alguien escriba algo sobre su fic o haga art o cualquier cosa basado en su trabajo. Así que a mí me encantaría ;_; Me llegas al corazoncito de pollo que tengo. Y debo confesar que no me arrepiento de conseguir que dejaras el Spamano muy fuerte :D xDDD Gracias por leer
Eso es todo esta vez.
Nos leemos en el siguiente capítulo~
Saludos
Miruru.
