El triunfo del amor.

Capítulo XI

Los vaqueros seguían mojados cuando Katniss se los puso sonriente.

—Estaba tan furiosa contigo que me metí en el agua totalmente vestida.

Peeta se abrochó el botón de sus pantalones.

—El sentimiento era recíproco.

Katniss giró la cabeza y lo miró levantarse y, desnudo de cintura para arriba, sacudía como podía la arena de la camisa. Un brillo travieso iluminó los ojos de ella. Se acercó, le puso las manos sobre el torso, se tomó su tiempo, disfrutó acariciándolo hasta entrelazar las manos tras la nuca de Peeta, y le dijo:

— ¿Sí?, ¿te ponía furioso pensar que el medallón era de un amante que estaba esperándome en Estados Unidos?

—No —mintió él con una sonrisa de indiferencia. Luego agarró la camisa por sendas mangas y la utilizó para rodear la cintura de Katniss y acercársela un poco más—. ¿Por qué iba a importarme?

—Ah, bueno —Katniss le dio un mordisquito en el labio inferior—. Si te da igual, entonces no te molestará que te hable de Gale.

—Mejor que no —murmuró él antes de devorarle la boca. A pesar de que tenían los labios pegados, Peeta oyó las risas ahogadas de Katniss—. Eres una bruja. Parece que me prefieres cuando estoy enfadado —añadió justo antes de aumentar la presión del beso hasta que las risas se tornaron en un mero suspiro.

—Te prefiero —contestó ella sin más al tiempo que apoyaba la cabeza sobre el hombro de Peeta.

Éste la rodeó en un abrazo fuerte y posesivo. Aun así, sabía que la fuerza no bastaría para retenerla.

—Eres una mujer peligrosa —murmuró Peeta—, Lo supe la primera vez que te vi.

Katniss soltó una risotada y echó la cabeza hacia atrás:

—La primera vez que me viste me llamaste gata salvaje.

—Y lo eres —dijo él al tiempo que buscaba una vez más los labios de Katniss.

—Ojalá se detuviese el tiempo —comentó ésta. De pronto, notó que el corazón se le había acelerado—. Que se parara en este momento y no hubiese un mañana. No quiero que salga el sol.

Peeta hundió la cara en el cabello de Katniss. Se sentía culpable. La había atemorizado desde el primer instante. Aun amándola, sólo había conseguido asustarla. No tenía derecho a decirle que su corazón le pertenecía si quería aceptarlo. Si lo hacía, Katniss podría empezar a rogarle que abandonara su responsabilidad y dejase aquel trabajo a medio terminar. Y él haría lo que le pidiese, estaba seguro. Y nunca más volvería a sentirse hombre.

—No desees que la vida se detenga —dijo por fin—. El sol saldrá mañana y luego volverá a ponerse. Y cuando vuelva a salir, tendremos todo el tiempo del mundo para nosotros.

Tenía que confiar en él, no le quedaba más remedio que creer que estaría a salvo... que en poco más de veinticuatro horas Peeta pondría fin a esa vida de peligros que tantos años llevaban acechándolo.

—Ven conmigo ahora —Katniss levantó la cabeza y sonrió. Preocuparse no le serviría de nada—.Ven conmigo a la villa y vuelve a hacerme el amor.

—Me tientas, Afrodita —Peeta se inclinó y le besó ambas mejillas en un gesto que a Katniss le resultó insoportablemente delicado y dulce—. Pero estás cansada. Te dormirías de pie si te dejara. Ya habrá más noches. Te acompaño.

Katniss dejó que la condujese hacia las escaleras de la playa.

—Puede que no te sea tan fácil como crees dejarme sola una vez que estemos en la villa —comentó sonriente.

Peeta soltó una risotada y la apretó contra un costado mientras seguían andando.

—Fácil no, pero...

De pronto, levantó la cabeza como si estuviese olisqueando el aire. Aguzó la vista y barrió con la mirada los acantilados.

—Peeta, ¿qué...?

Pero él le tapó la boca con una mano al tiempo que, de nuevo, la ocultaba bajo la sombra de los cipreses. Katniss sintió que el corazón se le subía a la garganta, una vez más, pero esa vez no forcejeó.

—Estate quieta y no hables —susurró Peeta. Le quitó la mano de la boca y le apoyó la espalda contra el tronco de un árbol—. Ni una palabra, Katniss.

Ella asintió, pero Peeta no estaba mirándola. Sus ojos estaban clavados en los acantilados. De pie bajo los cipreses, observaba y esperaba. Entonces volvió a oírlo: el leve roce de una bota sobre las rocas. Se puso tenso y escudriñó los alrededores hasta que por fin vio la sombra. De modo que había salido a recoger la mercancía, se dijo Peeta apretando los labios mientras veía la silueta negra deslizándose por las peñas. Pues no iba a encontrarla, le dijo a la sombra en silencio.

—Vuelve a la villa y quédate ahí —le dijo a Katniss tras regresar sigilosamente a su lado. La calidez que había encontrado en su voz minutos antes había dado paso a una expresión fría y calculadora.

— ¿Qué has visto? —preguntó ella—. ¿Qué vas a hacer?

—Haz lo que te digo —Peeta la agarró por un brazo y la empujó hacia las escaleras de la playa—.Vete rápido, no tengo tiempo que perder. O le perderé la pista.

Era él. Katniss sintió un escalofrío. Tragó saliva.

—Voy contigo.

—No digas tonterías —Peeta la empujó de nuevo—. Vuelve a la villa, mañana te cuento —añadió impaciente.

—No —Katniss se soltó—. He dicho que voy contigo y voy contigo. No puedes impedírmelo.

Estaba de pie, con los brazos en jarras, y los ojos le brillaban con una mezcla de temor y determinación. Peeta maldijo, consciente de que cada segundo que permanecía junto a ella estaba un segundo más lejos de alcanzar al hombre.

—No tengo tiempo para...

—Entonces no lo pierdas discutiendo —atajó Katniss con calma—.Voy contigo.

—Lo que tú quieras.

Peeta se dio la vuelta y echó a andar. No aguantaría ni cinco minutos sobre las rocas sin zapatos, pensó. Volvería a la villa cojeando en menos de diez. Aceleró el paso sin esperarla. Katniss apretó los dientes y se apresuró para seguir el ritmo de Peeta.

Tras subir las escaleras de la playa, comenzó el ascenso de los acantilados sin prestar atención a Katniss. Miró hacia el cielo y lamentó que la noche fuese tan clara. Una nube ocultando la luna le permitiría arriesgarse y acercarse al hombre que perseguía. Se apoyó en un peñasco y siguió escalando. Unas piedrecillas se aflojaron y cayeron. Miró hacia abajo y lo sorprendió ver que Katniss no se había rezagado.

Maldita mujer, pensó con tanta exasperación como admiración. Sin decir palabra, le tendió una mano y la ayudó a encaramarse junto a él.

—Idiota —le dijo. Tenía ganas de atarla y besarla al mismo tiempo—.Vuelve a la villa. No tienes zapatos.

—Tú tampoco —replicó ella.

—Testaruda.

—Sí.

Peeta soltó un exabrupto y continuó el ascenso. No podía arriesgarse a ir por el camino abierto bajo la luz de la luna, de modo que siguió avanzando entre las rocas. Aunque no podría ver a su presa, sabía a dónde se dirigía.

Katniss se golpeó el talón de un pie con una roca y se mordió un labio para no gritar. Cerró los ojos con fuerza para reprimir el dolor y siguió adelante. No era momento para quejarse. No estaba dispuesta a dejar que Peeta se fuese sin ella.

Éste se detuvo ante un peñasco difícil de abordar para considerar las opciones que tenía. Rodearlo llevaría demasiado tiempo. Si hubiera estado solo... y armado, se habría arriesgado a salir al camino. Con suerte, el hombre al que perseguía le sacaría suficiente ventaja y, si se sentía confiado, no miraría hacia atrás. Pero no estaba solo, pensó disgustado. Y sólo tenía sus manos para proteger a Katniss si los descubrían.

—Escúchame —susurró Peeta con la esperanza de asustarla al tiempo que la agarraba por los hombros—. Ese tipo ha matado... y ha matado más de una vez, te lo prometo. Cuando descubra que el opio no está donde espera, sabrá que lo han seguido. Vuelve a la villa.

— ¿Quieres que llame a la policía? —preguntó Katniss con calma, aunque Peeta había conseguido asustarla.

— ¡No! —exclamó él más alto de lo prudente—. No puedo perder esta oportunidad de ver quién es... Katniss, no estoy armado. Si él...

—No voy a irme, Peeta. Pierdes el tiempo.

Peeta maldijo de nuevo, pero consiguió no perder los nervios.

—Está bien. Pero harás exactamente lo que te diga o te prometo que te dejaré inconsciente y te esconderé detrás de una roca.

Katniss no dudó que hablaba en serio.

—Adelante —dijo, de todos modos, alzando la barbilla.

Peeta subió a la loma que el camino atravesaba. Antes de darse la vuelta para poder ayudarla, Katniss ya se las había ingeniado para encaramarse también ella. La miró a los ojos y pensó que era el sueño de cualquier hombre: una mujer fuerte, bella y leal. Le agarró una mano y aceleró el paso, ansioso por recuperar el tiempo que había perdido discutiendo con ella. Cuando sintió que llevaban demasiado tiempo descubiertos, abandonó el camino para regresar de nuevo a las rocas.

— ¿Adónde va? —susurró Katniss entrecortadamente.

—A una pequeña gruta cerca de la casa de Chaff. Piensa que va a recoger la mercancía de anoche —dijo sonriente—. No encontrará el opio y le empezarán a entrar sudores. Ahora agáchate, ni una palabra más.

Katniss se fijó en la noche tan hermosa que hacía bajo la luz de la luna. El cielo, de terciopelo, estaba cuajado de estrellas. Hasta los arbustos de maleza que crecían entre las peñas le parecían tener cierto encanto etéreo. El mar los arrullaba a lo lejos. Un búho cantó satisfecho. Katniss pensó que también habría flores azules cerca. Pero no podía mirar. Permaneció quieta hasta que Peeta le dio permiso para arrastrarse unos metros.

—Es ahí arriba. Quédate aquí —le ordenó él.

—No...

—No discutas —atajó Peeta-. Me moveré más rápido sin ti. No te muevas y no hagas ningún ruido.

Antes de que pudiera contestar, se había alejado, reptando sobre el suelo. Katniss lo observó hasta que su cuerpo quedó tapado por una cadena de rocas. Luego, por primera vez desde que habían iniciado la persecución, se puso a rezar.

Peeta sabía que no podía precipitarse. Si calculaba mal el momento, se encontraría cara a cara con su presa. La detención tendría lugar la siguiente noche, pero necesitaba saber a quién había estado persiguiendo durante seis meses. Era una tentación irresistible.

Había más rocas y árboles tras los que ocultarse. Peeta los utilizó mientras se acercaba a la casa del asesinado. Se notaba que habían quitado la maleza para montar un jardín, pero al final no habían llegado a plantar nada. Peeta se preguntó qué habría sido de la mujer que a veces compartía la cama de Chaff y le lavaba las camisas. Entonces volvió a oír el roce de una pisada sobre una roca. Estaba a menos de cien metros, calculó al tiempo que avanzaba hacia la boca de la cueva.

Oyó movimiento en el interior. Peeta se cubrió con una roca y esperó paciente, atento. El grito furioso que resonó en la cueva fue como una inyección de placer. Oyó entonces que el hombre hacía más ruido, como si se moviese con nerviosismo. Debía de estar buscando la mercancía, concluyó Peeta sonriente. Estaría tratando de descubrir alguna señal que indicase que le habían robado. Pero no, los paquetitos blancos que tanto extrañaba no habían llegado a la cueva.

Entonces lo vio: salió de la gruta... todo de negro, todavía enmascarado. «Quítate la máscara», le ordenó Peeta en silencio. Tenía que quitársela para poder verle la cara.

El hombre estaba de pie, a la sombra, en la boca de la cueva. Estaba iracundo. Giró la cabeza a un lado y otro como si estuviera buscando algo... o a alguien.

Oyeron el ruido al mismo tiempo. Unas piedrecillas desprendidas, el frufrú de un arbusto. ¡Santo cielo, Katniss!, pensó Peeta mientras se levantaba y salía de su escondite. Entonces la vio: vio la pistola que el enmascarado llevaba en la mano. Luego lo vio a él fundirse entre las sombras.

Con el corazón desbocado, Peeta se dispuso a atacarlo. Podía pillarlo desprevenido, pensó, ganar suficiente tiempo para gritar y avisar a Katniss de que huyera. Tuvo miedo... no por su propia integridad, sino de pensar que no fuese a correr suficientemente deprisa.

El arbusto que había en medio del camino se movió. Peeta se dispuso a saltar.

De pronto, una cabra más glotona que inteligente salió del matorral y se marchó en busca de alguna rama más suculenta.

Peeta se ocultó tras la roca, furioso por estar temblando. Aunque Katniss no había hecho más que lo que él le había ordenado, la maldijo con todas sus fuerzas.

De pronto, el hombre enmascarado blasfemó, enfundó la pistola y avanzó hacia el camino. Al pasar por delante de Peeta, se quitó la máscara.

Y Peeta le vio la cara, los ojos, y supo.

-§-

Katniss seguía acurrucada tras la roca donde Peeta la había dejado, abrazándose las rodillas contra el pecho. Tenía la sensación de llevar una eternidad esperando. Estaba atenta a cualquier sonido: al susurro del viento o el suspiro de las hojas. El corazón no había dejado de azotarla desde que se había quedado sola.

Nunca más, se prometió Katniss. Nunca más volvería a quedarse sentada. Nunca más volvería a quedarse a la espera, temblando, al borde del llanto. Si pasaba algo... prefirió no completar el pensamiento. No pasaría nada. Peeta volvería en cualquier momento. Pero el tiempo pasaba y Peeta no regresaba...

Cuando apareció a su lado, tuvo que contener un grito. Katniss había creído que tenía el oído bien abierto y, sin embargo, la llegada de Peeta la había sorprendido. Ni siquiera pronunció su nombre; sólo se lanzó a sus brazos.

—Se ha ido —dijo él.

Luego la besó como si estuviese muriéndose de hambre. Todos los miedos de Katniss se disiparon, uno a uno, hasta que en su corazón no hubo sino un pozo inagotable de amor.

—Peeta, tenía tanto miedo por ti... ¿Qué ha pasado?

—No se ha alegrado —comentó Peeta sonriente al tiempo que se levantaban—. No, no le ha hecho ninguna gracia.

—Pero has visto quién...

—Nada de preguntas —Peeta la hizo callar con otro beso, como si la aventura no hubiese hecho más que empezar. Luego la llevó hacia el camino, bajo la luna—. No quiero tener que volver a mentirte. Y ahora, bruja valiente y testaruda, te acompaño a la villa. Mañana, cuando los pies te duelan tanto que no puedas tenerte en pie, me echarás la culpa.

No le sacaría más información, comprendió Katniss. Y quizá fuese mejor así por el momento.

—Quédate en mi cama esta noche —dijo ella sonriente mientras le pasaba un brazo alrededor de la cintura—. Si te quedas una hora más, no te echaré la culpa.

Peeta soltó una risotada y le acarició el cabello.

— ¿Qué hombre puede resistirse a un ultimátum así?

-§-

Katniss despertó al oír que llamaban suavemente a la puerta. La pequeña asistenta asomó la cabeza.

—Perdona, llaman de Atenas.

—Oh... gracias, Zena. Voy enseguida —Katniss se levantó corriendo y fue al teléfono que había en el salón—. ¿Diga?

— ¿Te he despertado? Son las diez pasadas.

— ¿Annie? —Katniss trató de despejarse. Al final, no se había dormido hasta entrado el amanecer.

— ¿Conoces a alguien más que esté en Atenas?

—Estoy un poco dormida —reconoció Katniss. Bostezó y sonrió al recordar la noche—. Anoche estuve bañándome en la playa. Una delicia.

—Pareces contenta —comentó Annie—. Bueno, ya hablaremos. Te llamaba porque voy a tener que quedarme aquí un día más. Lo siento mucho, Katniss. Los médicos son optimistas, pero Delly sigue en coma. No puedo dejar que Finnick se enfrente a esto solo.

—Por favor, no te preocupes por mí. Yo sí que lo siento, Annie. Sé que esto está siendo muy duro para los dos —Katniss recordó que Delly estaba involucrada en la red de contrabando y sintió una nueva oleada de compasión—. ¿Cómo está Finnick? Parecía destrozado cuando se fue.

—Le sería más fácil si la familia entera no lo mirara pidiéndole explicaciones. Es horrible, Katniss —dijo Annie—. No sé qué va a ser de la madre de Delly si se muere.

—Pero dices que los médicos son optimistas.

—Sí, está equilibrando las constantes vitales, pero...

— ¿Y Cato?, ¿está bien?

—Dentro de lo posible —Annie suspiró—. No sé cómo he sido tan ciega para no darme cuenta de lo que sentía por ella. Casi no se ha apartado de su cama. Si Finnick no lo hubiera obligado a descansar bien, creo que anoche habría dormido en una silla junto a ella, en vez de irse a casa. Aunque no creo que haya pegado ojo, a juzgar por el aspecto que tenía esta mañana.

—Por favor, dale un abrazo muy fuerte de mi parte... y otro a Finnick —Katniss se sentó en una silla que había junto al teléfono—. Me siento tan impotente. Ojalá pudiera hacer algo.

—Tú espera ahí a que vuelva. Y disfruta de la playa por mí. Diviértete. Si vas a salir a darte baños por la noche, búscate un hombre que te acompañe —dijo Annie en tono más desenfadado, aunque Katniss notó que era una alegría forzada—. ¿O ya lo has encontrado? —añadió al ver que su amiga se quedaba en silencio.

—Pues... —Katniss sonrió.

— ¿No me digas que te has fijado en cierto poeta?

—No.

—Entonces tiene que ser Peeta —concluyó Annie—. Fíjate. Y sólo he tenido que invitarlo a cenar.

Katniss enarcó una ceja y se sorprendió sonriendo. ¡Si Annie supiera!

—No sé de qué hablas —contestó.

—Ya, bueno, ya hablaremos mañana. Pásalo bien. Tienes mi teléfono si me necesitas para lo que sea. Y hay un vino excelente en la bodega —añadió y su voz pareció alegre de verdad—. Si te apetece tomar algo especial esta noche... sírvete.

—Gracias, Annie pero...

—Y no te preocupes por mí ni por ninguno de nosotros. Todo va a salir bien. Lo sé. Dale un beso a Peeta.

—Lo haré.

—Ya lo sabía yo —dijo Annie de buen humor—. Hasta mañana —se despidió.

Katniss colgó el teléfono sonriente.

-§-

—Así que después de unos cuantos vasos de licor de anís, Thresh se soltó la lengua —dijo Haymitch al tiempo que se acariciaba el bigote—. Me dio dos fechas: la última semana de febrero y la segunda de marzo.

Peeta hojeó los informes que tenía sobre la mesa.

—Y Finnick estuvo en Roma desde finales de febrero a principios de abril —dijo sonriente—. Lo cual lo descarta. Después de la llamada que acabo de recibir de Atenas, diría que es seguro que no tiene nada que ver en esto. Es decir, nuestro hombre trabaja solo.

— ¿Qué te han dicho en Atenas?

—Han terminado la investigación sobre él. No tiene antecedentes. Han investigado sus llamadas de teléfono, su correspondencia, todo —Peeta se recostó en la silla—. Estoy seguro de que, después de perder el anterior cargamento, hará el viaje esta noche. No querrá que se le escape otro alijo. Lo detendremos esta misma noche.

—Anoche estuviste fuera hasta muy tarde —comentó Haymitch entonces mientras se llenaba una pipa.

— ¿Esperas despierto hasta que vuelvo? —Preguntó Peeta enarcando una ceja—. Hace mucho que no tengo doce años.

—Y te has despertado de muy buen humor —continuó Haymitch, vertiendo el tabaco con cuidado—. Hace días que no estás tan alegre.

—Deberías alegrarte de que se me haya pasado el mal genio. Claro que estás acostumbrado a él, ¿verdad, amigo?

Haymitch se encogió de hombros.

—A la señorita estadounidense le gusta mucho pasear por la playa. ¿Es posible que te la encontraras anoche?

—La edad te está volviendo muy sabio, Haymitch —Peeta encendió una cerilla y la acercó a la pipa de su amigo.

—No soy tan viejo como para no reconocer la mirada de un hombre satisfecho tras una noche de placer —dijo Haymitch—. Una mujer muy bonita. Y fuerte.

—Ya lo habías comentado, sí —dijo Peeta sonriente—. Dime, Haymitch, ¿tampoco eres tan viejo como para tener fantasías con mujeres bonitas y fuertes?

—Hay que estar muerto para no tener fantasías con mujeres así. Y yo seré mayor, pero estoy muy vivo.

—Mantente a distancia —le advirtió Peeta sonriente—. Es mía —añadió mientras sacaba un cigarrillo.

—Y está enamorada de ti.

Peeta se quedó paralizado. Su sonrisa se desvaneció.

— ¿Por qué lo dices?

—Porque es verdad, lo he visto —respondió Haymitch mientras aspiraba de la pipa—. Puede que tú no te hayas dado cuenta, pero no es extraño: a menudo no vemos lo que tenemos delante de las narices. ¿Cuánto tiempo más va a estar sola?

Peeta frunció el ceño y miró los papeles que había sobre la mesa.

—No estoy seguro. Otro día al menos, según cómo esté Delly. Enamorada de mí —repitió poco convencido.

Sabía que se sentía atraída, que le importaba... quizá más de lo que le convenía. Pero enamorada... Nunca se había permitido considerar esa posibilidad.

—Esta noche estará sola —continuó Haymitch, divertido con la expresión atónita de Peeta—. Sería bueno que no saliese de la villa. Si algo no sale como esperamos, correrá menos peligro.

—Ya he hablado con ella. Sabe lo suficiente para entender la situación —Peeta sacudió la cabeza. Ese día, más que ningún otro, tenía que estar despejado—.Ya es hora de que informemos al capitán Snow. Llama a Mitilini.

-§-

Katniss disfrutó de un desayuno tardío en la terraza y jugueteó con la idea de salir a pasear a la playa. Quizá se encontrara con Peeta, pensó. Podía llamarlo y pedirle que fuese. Pero no, decidió, y se mordió el labio inferior al recordar todo lo que Peeta le había contado. Si esa noche era tan importante como él pensaba, necesitaría estar tranquilo. Katniss deseó saber más. Deseó saber qué iba a hacer Peeta. ¿Y si lo herían o...? Prefirió no terminar de dar forma al pensamiento y deseó, también, que ya fuese el día siguiente.

—El capitán de Mitilini está aquí —anunció de repente la asistenta—. Quiere hablar contigo.

— ¿Qué? —Katniss tragó saliva. Si Peeta hubiese hablado con él, Snow no habría ido a verla, pensó a toda velocidad. Tal vez Peeta no estaba preparado todavía. ¿Qué podía querer de ella el capitán?

—Dile que he salido —respondió por fin—. Dile que me he ido a la playa.

—De acuerdo —la asistenta aceptó la orden sin preguntas y vio a Katniss salir disparada de la terraza.

Por segunda vez, Katniss subió el empinado camino del acantilado. En esa ocasión sabía adónde se dirigía. Alcanzó a ver el coche oficial de Snow aparcado a la entrada de la villa mientras doblaba el primer recodo. Aumentó el ritmo y echó a correr hasta estar segura de que el capitán no podría verla.

Alguien la vio, sin embargo. Las puertas de la villa de Peeta se abrieron antes de que llegara a llamar. Peeta salió a recibirla.

—Tienes que estar en muy buena forma para subir la colina a esa velocidad.

—Muy gracioso —dijo ella casi sin aliento mientras se lanzaba en sus brazos.

— ¿No podías estar lejos de mí o pasa algo malo? —Peeta la estrechó contra el pecho unos segundos y luego la separó lo justo para poder mirarla a la cara. Estaba sofocada por la carrera, pero no parecía asustada.

—Snow está en la villa —Katniss se llevó la mano al corazón mientras recuperaba el resuello—. Quería hablar conmigo. He salido por la puerta trasera porque no sabía qué podía decirle. Peeta, tengo que sentarme. Esta colina es muy empinada.

Él la miró en silencio. Katniss se dio cuenta de que estaba examinando su rostro, rió y se apartó un mechón que le caía sobre los ojos.

— ¿Por qué me miras así?

—Intento ver lo que tengo delante de los ojos.

—Pues qué vas a tener: me tienes a mí, tonto —dijo ella riéndose—. Pero me voy a desmayar de agotamiento de un momento a otro.

Peeta sonrió, la levantó con un brazo y la apretó contra el corazón. Ella le rodeó el cuello mientras Peeta bajaba la boca para besarla.

— ¿Qué haces? —preguntó ella cuando Peeta la dejó respirar.

—Tomar lo que es mío.

Volvió a apoderarse de sus labios. Despacio, casi con pereza, empezó a deslizar la lengua por el perímetro de su boca hasta que notó a Katniss temblar. Peeta se prometió que cuando todo aquello terminara, volvería a besarla, justo así: con calma, bajo el sol que les acariciaba la piel. Pero también la besaría antes de que saliese el sol, esa misma noche, en cuanto finalizase el trabajo que tenía que hacer.

—Así que el capitán ha ido a verte —comentó tras obligarse a separarse de ella—. Es un hombre muy tenaz.

Katniss respiró profundamente para recuperarse de la intensidad del beso.

—Me dijiste que ibas a hablar con él hoy, pero no sabía si ya lo habías hecho. No sabía si ya tenías la información que estabas esperando. Y, para ser sincera, soy una cobarde y no quería volver a vérmelas con él.

— ¿Cobarde tú, Afrodita? En absoluto —Peeta apoyó una mejilla sobre la cara de ella—. He llamado a Mitilene. Y le he dejado un mensaje a Snow. Después de hablar con él, debería olvidarse de ti.

—No sé si lo superaré —murmuró Katniss con ironía y Peeta la besó de nuevo—. ¿Te importa bajarme al suelo? No puedo hablar contigo así.

—A mí me gusta —Peeta la llevó al salón sin bajarla al suelo—. Haymitch, creo que a Katniss le vendrá bien algo fresco. Se ha dado una buena carrera.

—No, no me apetece nada. Efxaristo —dijo ella, un poco avergonzada ante la sonrisa de Haymitch. Cuando éste se hubo marchado, Katniss se dirigió a Peeta—. Si sabes quién es el jefe de la red, ¿por qué no avisas ya al capitán Snow y que lo detenga?

—No es tan sencillo. Queremos atraparlo infraganti, con el alijo en su poder. También hay que ocuparse de limpiar el sitio de la colina donde guarda la mercancía antes de embarcarla. Esa parte se la dejaré a Snow.

— ¿Y tú qué vas a hacer?

—Lo que tenga que hacer.

—Peeta...

—Katniss —lo interrumpió él. La puso sobre el suelo y luego colocó las manos sobre sus hombros—. Es mejor que no te dé detalles. Déjame acabar esto sin meterte más de lo que ya te he metido.

Luego bajó la cabeza y la besó con una gentileza poco habitual en él. La atrajo contra el pecho, pero con suavidad, como si estuviese sujetando algo precioso. Katniss sintió que se le derretían los huesos.

—Se te da bien cambiar de tema —murmuró ella.

—Después de esta noche, será el único tema que me interese. Katniss...

—Mil perdones —interrumpió Haymitch desde la entrada del salón. Peeta lo miró con cara de fastidio.

—Lárgate, viejo.

— ¡Peeta! —Katniss se separó de Peeta y le lanzó una mirada de reproche—. ¿Siempre ha sido tan grosero, Haymitch?

—Siempre, señorita. Desde que se chupaba el pulgar.

—Haymitch —dijo Peeta en tono de advertencia, pero Katniss se echó a reír y le dio un beso.

—El capitán Snow quiere disponer de unos minutos de su tiempo, señor Mellark —dijo Haymitch con sumo respeto, sonriente.

—Dame un momento y luego hazlo pasar. Y trae los expedientes del despacho.

—Peeta —Katniss se agarró al brazo derecho de él—. Deja que me quede contigo. No me entrometeré.

—No —respondió tajantemente. Vio que le había hecho daño por su rudeza y suspiró—. Katniss, no podría aunque quisiera. Esto no puede salpicarte. No puedo permitir que te salpique. Es muy importante para mí.

—No vas a expulsarme —se resistió encorajinada Katniss.

—No estoy bajo la misma presión que anoche —Peeta la miró con frialdad—. Y te voy a expulsar.

—No me iré —insistió Katniss y él enarcó una ceja.

—Harás exactamente lo que te diga.

—Ni hablar.

Peeta sintió un chispazo de furia; el chispazo prendió, ardió unos segundos y se apagó con una risa.

—Eres una mujer exasperante, Afrodita —Peeta la acercó y le rozó los labios con la boca—. No tengo tiempo para discutir, así que te pido que me esperes arriba.

—Señor Mellark. Ah, señorita Everdeen —Snow irrumpió en el salón antes de que Katniss pudiese retirarse—. Qué oportuno. Justo había ido a buscarla a la villa de los Odairs cuando me llegó el mensaje del señor Mellark.

—La señorita Everdeen ya se va —dijo Peeta—. Estoy seguro de que convendrá en que su presencia no es necesaria. El señor Caesar, de Atenas, me ha pedido que hable con usted de cierto tema.

— ¿Caesar? —repitió Snow. Peeta advirtió una mezcla de sorpresa e interés en el capitán—. Así que conoce la organización del señor Caesar.

—Lo conozco bien —contestó Peeta—. Hace años que trabajamos juntos.

—Entiendo —Snow estudió el rostro de Peeta con atención—. ¿Y la señorita Everdeen?

—La señorita Everdeen eligió un mal momento para visitar a unos amigos —dijo al tiempo que la agarraba por un brazo—. Eso es todo. Si me disculpa, voy a acompañarla un momento. Puede servirse lo que quiera mientras espera —añadió apuntando hacia el mueble bar.

Luego sacó a Katniss al pasillo.

—Parecía impresionado con el nombre que has dejado caer —comentó ella.

—Olvídate de ese nombre —dijo Peeta—. Nunca lo has oído.

—De acuerdo —aceptó Katniss sin vacilar.

— ¿Qué he hecho para merecer la confianza que me das? —Preguntó él de repente—. Te he hecho daño una y otra vez. No podría compensarlo en toda una vida.

—Peeta...

—No —la interrumpió él negando con la cabeza. Luego se mesó el pelo con una mano—. No tenemos tiempo. Haymitch te acompañará arriba —añadió frustrado.

—Como quiera —accedió Haymitch, de pie por detrás de ellos. Le entregó una carpeta y giró hacia las escaleras—. Por aquí, señorita.

En vista de que Peeta ya había regresado al salón, Katniss siguió a su amigo sin decir palabra. Haymitch la acompañó a una salita de estar pegada al dormitorio principal.

—Aquí estará cómoda —le dijo—. Ahora le traigo un café.

—No. Gracias, Haymitch —Katniss lo miró preocupada—.Todo va a salir bien, ¿verdad?

Haymitch sonrió haciendo temblar sus bigotes.

— ¿Lo duda? —contestó antes de cerrar la puerta y marcharse.

Continuará…

Acaso no son adorables Peeta y Katniss…

Bueno pasando a lo importante ¿Quién creen que haya sido la persona que vio Peeta en la cueva? Que suspenso… Al parecer por la investigación de Atenas, Finnick no está implicado con el contrabando, bueno eso nos deja otro sospechoso fuera.

Debo decir que ya solo quedan dos caps mas y esta historia se termina, si lo se no quieren que acabe, pienso igual, pero ya saben todo tiene que tener un final.

Agradecimientos:

Dianadelore: Yes, I know, Peet is very hotness, gracias por tu review

Katniss de Mellark: Bueno pues ya ves Peeta es el héroe de esta historia, y por lo que puedes ver en este cap al parecer Finnick no está implicado salvo por su odiosa prima Delly. No importa si tu comentario es largo o corto, lo que me interesa a mi es que les guste la historia, aunque los comentarios no están nada mal, me encanta leerlos, me gusta saber qué es lo que les gusta de la historia y como hacen conjeturas sobre la trama de la historia.

Everllarkglee4ever: si lo s A! ya era hora, no. Es más se estaban como demorando y ahora solo falta que atrapen al enmascarado y listo.

JekaMellark: tienes razón, Katniss fue muy comprensiva respecto al trabajo de Peeta, es la pareja ideal para él, ambos son fuertes, testarudos y se quieren además de que tienen una pasión que se nota a leguas, por lo de tus comentarios para nada me parecen largos, creo que es genial que expreses todo lo que opinas de la historia y que te guste mucho, y cuando dices que tienes tus sospechas me imagino que te refieres a Annie, porque está más que claro que Delly está involucrada hasta los huesos. Esperemos a ver si tienes razón.

Gp77: jaja a mi también me encanta el misterio, si lo se peeta es de los buenos, y que por fin este con Katniss.

Juliper22: jajajajaja Te Lo Dije! Peeta es a veces tan complicado, pero lo era por que se estaba conteniendo por Katniss, y ahora puede expresar libremente todo lo que siente por ella, es mas te aseguro que en el próximo lo amaras a un mas, ya veras como vas a quedar sorprendida. Y si ya casi se aproxima la acción.

A MI ME TOMA 1 HORA EN ADPATAR CADA CAPITULO, A USTEDES 1 MINUTO EN COMENTAR