Disclaimer: Frozen y The rise of the Guardians no me pertenecen, crédito a sus respectivos autores.
Capítulo 10: Mundo cruel.
El jueves pasó prácticamente de manera imperceptible para Elsa. El 14 de febrero había resultado ser un día mágico para ella. El tiempo no era frío, pero tampoco caluroso, puesto que aún se encontraban en pleno invierno, situación que seguía extrañándole.
—Parece que ese tal Jack Frost no está haciendo su trabajo como debe. —Comenzó a decirse a sí misma mientras bajaba a la recepción. Ese día el Sr. Green se encontraba de buen humor, para variar.
—Buenos días, Sr. Green
—Buenos días, Srita. Collins.
Sin decir nada más, salió del conjunto departamental, y se dispuso a caminar. Eran más o menos las 12 del día del viernes 16 de febrero. Era justo la fecha en la que tendría una satisfactoria cena con el Sr. Rumsfeld.
Durante el día anterior, había pensado que llegar con las manos vacías no sería lo correcto, lo cual, tras analizarlo un poco, decidió que lo mejor sería comprar un postre con el cual pudiese cerrar con broche de oro tan especial ocasión.
Recorrió por largo tiempo las pastelerías de todo Nueva York, tratando de hallar el pastel ideal. Si encontraría ese pastel o no, aún no sabía, pero eso era lo que menos le importaba, por lo que continuó por un buen rato su búsqueda.
−Vaya que es difícil comprar un pastel.
Estaba a punto de darse por vencida hasta que vio la hora en su reloj de mano: 3:30 p.m.
−¡Wow!, sí que es tarde. Y aún no tengo nada. −Suspiró profundamente, y pensó en lo que debería hacer a continuación.
Fue entonces que, por alguna razón, pensó en alguien que tal vez pudiese ayudarla con su predicamento: −¡Owen!, claro. ¿Por qué no lo pensé antes? El de seguro sabe de algún buen lugar.
Sin pensarlo dos veces, se dirigió de inmediato al metro. Era extraño, pero había decidido que perdería el miedo hacia ciertas cosas, y el viajar en metro era una de ellas.
Al llegar a la librería en donde trabajaba Owen, se percató de que llegó justo en el momento idóneo, ya que su turno había terminado y estaba por irse.
−¡Owen! –saludó Elsa mientras se acercaba hacia dónde él estaba.
−El… ¡Elsa! –dijo el joven a tiempo que se ruborizaba un poco. –Vaya sorpresa, no esperaba verte por aquí. Bueno, al menos no hoy.
−Je, je. Lo sé.
−Si… –dijo el joven apartando la vista. –Y bien, ¿qué te trae hasta acá?
−Oh, bueno verás, quisiera pedirte un favor.
−¿Un favor? Claro, dime que necesitas.
−Verás… No sé si pudieses – decía mientras apartaba un tanto la mirada de la de él. Eso estaba costando más de lo que había pensado. –No sé si quieras acompañarme a comprar un pastel.
−¿Un pastel? –preguntó confuso el chico.
−Sí. Verás, hoy tengo una cena algo especial… ¡No es lo que piensas¡ –dijo al ver una pequeña expresión de desánimo en el rostro de Owen. –Hoy cenaré con el Sr. Rumsfeld. Me invitaron a cenar su esposa y él y bueno yo… Quería llevarles algo especial.
−Oh, ya veo –dijo Owen. –Claro que te acompaño. Y acá entre nos –dijo al tiempo que se acercaba a la joven– aún si hubiese sido una cena "romántica", sabes que yo te hubiese ayudado de todas maneras. No olvides que yo quiero que seas feliz.
Eso último ruborizó a Elsa y le hizo pensar en lo amable que de verdad Owen. Él en verdad era un buen chico.
Sin decir nada más, ambos se encaminaron en la búsqueda de una pastelería, no, más bien se encaminaban a una pastelería que Owen conocía muy bien.
−Puede que no sea muy conocida –decía– pero a mi consideración, es una de las mejores pastelerías de todo Manhattan.
−Si tú lo dices, no tengo por qué dudar de ti – respondió.
Al llegar a la pastelería, Elsa se percató de lo que Owen quería decir. El local era muy sencillo y pequeño, a diferencia de las demás pastelerías que había visitado. Elsa dudó por un momento en si realmente ahí venderían buenos pasteles o más bien, si ahí realmente encontraría un pastel de su agrado. Estaba a punto de comentárselo cuando sin más, Owen entró al local. Resignada, Elsa decidió seguirlo.
Al entrar, no había mucha diferencia entre la imagen que proyectaba en el exterior. El lugar definitivamente era pequeño. Había unas pocas mesitas en su interior, no fue sino hasta ese momento en que ella se percató de que se trataba en realidad de una pequeña cafetería. El lugar estaba impregnado de un olor dulzón, de esos que te despiertan el apetito por consumir algo dulce.
−¡Oh! –exclamó una voz desde el aparador principal –¡Owen!, tiempo sin verte. –Al verla mejor, la joven rubia pudo ver que se trataba de una señora de aparentemente 50 años de edad. – Por un momento pensamos que habías cambiado de cafetería.
−No, no es eso –respondió el joven apenado. – Lo que pasa es que he estado un poco ocupado con el trabajo, eso es todo.
Elsa miró a su alrededor y pudo observar como desde el fondo, una joven se acercaba de manera veloz a donde se encontraban.
−¡Owen! –exclamo la joven. -¡Cuánto tiempo sin verte! –decía mientras esbozaba una amplia y grata sonrisa.
Al verla con más detalle, Elsa hubiese jurado haber visto un brillo especial en sus ojos, un brillo que ya había visto antes, pero que por alguna extraña razón, no recordaba en ese momento.
−Oh, perdón Amanda, pero he estado algo ocupado… –respondió él de la manera más casual que pudo. La chica sólo lo observaba anonadada. Después de unos segundos, que se le hicieron algo lentos, ella dirigió la mirada exclusivamente hacia Elsa. Podría haber jurado que le miraba con cierto recelo, cosa que le pareció un tanto intrigante.
−Y ella quién es – dijo, dirigiéndose hacia Owen.
−Ella es… es Elsa – respondió un tanto apenado.
−Ah, ya veo. – la chica le dio una mirada penetrante, y luego con la cabeza cabizbaja, dijo: −Es tu… ¿Tu novia?
−¡¿Qué?! –Exclamó él con la cara totalmente roja. – No, ella es… es… es una amiga solamente.
La joven de rizados cabellos se alegró al oír aquello, tanto que no pudo ocultar su felicidad.
−Ya veo. Es bueno saberlo. Digo… no es que… Sólo es bueno saberlo. –dijo sonriendo.
Owen le devolvió la sonrisa y después, miró de reojo a la rubia que iba a su lado: −Elsa es una buena amiga, la cual se ha ganado mi cariño en poco tiempo.
No dijo más. Elsa le dedicó una cálida sonrisa y Amanda simplemente suspiro. Algo en su mirada de felicidad de instantes atrás había desaparecido.
−En fin. Venimos a dar una vuelta por aquí. Ya saben –Owen se encogió de hombros, restándole importancia al asunto. −Elsa busca un pastel algo especial, pidió mi ayuda y bueno, la he traído aquí.
−Buscando un pastel especial, ¿eh? – dijo la señora mientras le guiñaba un ojo al joven. La chica que había salido del fondo del local, ahora se situaba a lado de la señora, vio de reojo el guiño y no hizo más que apartar la vista y centrarse en algunas notas que tenía en las manos. −Pues haz venido en buena hora. Justo hace rato hemos terminado de decorar un pastel, ¿no es así, Amanda?
La joven se sobresaltó al escuchar su nombre, y un poco nerviosa, contestó: −¿Qué?... Oh, oh. Sí. Sí, recién terminamos de decorar un pastel de moka con crema. Si quieren se los muestro. – Dijo al tiempo que se adentraba al local, y haciendo una seña hacia Owen y Elsa, indicó que la siguieran. −Este es el pastel más rico que vendemos mi mamá y yo. No lo hacemos muy seguido, pero… supongo que fue pura casualidad que vinieran justo hoy.
−Sí, supongo que es el destino –dijo Owen, a lo que la joven respondió con una leve sonrisa.
Finalmente, llegaron a donde estaba el pastel. El decorado era sencillo, pero lindo. En cuanto Amanda abrió el refrigerador, un exquisito olor a moka inundó la pequeña habitación.
−¡Huele delicioso! −exclamó Elsa.
−Sí. Huele muy bien. ¡Tu mamá y tú son las mejores!
Amanda se ruborizó un poco y luego encogió los hombros: −No es nada. Entonces, se llevaran el pastel, ¿no es así?
−¡Por supuesto!, este pastel de seguro les gustará a los señores Rumsfeld.
−Bien, ya escuchaste a Elsa. Nos lo llevamos.
Amanda asintió y pronto comenzó a alistar el pastel. Mientras, Elsa y Owen comenzaron a platicar.
−Así que irás a cenar con los señores Rumsfeld.
−Así es −contestó Elsa, −creí que te lo había comentado el día que salimos.
Amanda estaba centrada guardando el pastel sin embargo, al escuchar aquello, centró su atención disimuladamente a la plática que mantenían Owen y Elsa.
−No, no lo comentaste. Pero está bien, no soy celoso −le lanzó un guiño a la rubia, lo cual la ruborizó un poco. −Y dime, ya que claramente hoy ya estás apartada… ¿tienes planes para el fin de semana? −cuestionó el chico a la rubia.
Amanda les brindo una mirada que denotó en profunda tristeza. Elsa la pudo notar al desviar su mirada en dirección a ella por un momento. Le llamó la atención aquello, ¿acaso aquella chica…? No, o más bien, no podría estar segura. Owen era un chico amable. Se podría decir que era un chico de uno en un millón. Y… Elsa, aunque no le gustaba admitirlo realmente estaba interesada en él. Era una verdad que trataba de negar desde el miércoles. Él había admitido de manera… disimulada que ella le gustaba sin embargo, no estaba segura al cien de ello. Aun así, no importaba cuanto tiempo pasara, en su mente siempre aparecía el fantasma de Jack. ¿Realmente alguien podría marcarte tan profundo que aún si pasaran mil años serías incapaz de olvidarlo?
Elsa no quería creer en ello, pero comenzaba a hacerlo. Años sin pensar en Jack, y sin pensar en tener una relación estable con alguien y ahora, como si el destino le hiciera una mala jugada ahí, frente a ella estaba él: Owen. El chico perfecto y, el chico al cual no podía ser capaz de amar por el fantasma de Jack.
Y ante todos los pensamientos que rondaban por su mente, estaba esta chica que acababa de conocer, quién aparentemente sentía algo por Owen.
−¿Planes dices? −preguntó la rubia. −En realidad no. No tengo planes. ¿Por qué lo preguntas?
−No, por nada. Sólo pensaba que quizá te gustaría salir conmigo.
Aquello último hizo que Amanda alzara la vista completamente desconcertada. Era como si hubiera escuchado una noticia terrible. Elsa pudo notarlo con tan sólo verla de reojo.
−Oh, es eso. Lo siento Owen. No tengo planes pero… −Amanda seguía observándoles, sin que Owen se diera cuenta de ello en ningún momento −no me apetece salir. Quizás otro día.
Owen hizo una expresión de decepción. Amanda por su parte suspiró aliviada. Sin embargo, al ver la expresión desalentada de Owen hizo un gesto de notoria tristeza. Al alzar la vista, Owen notó la tristeza de la chica, por lo que le preguntó que le pasaba.
−Oh. No me pasa nada. En serio. Je, je −Owen le miró preocupado.
−Oye, Amanda… lo siento.
−¿Cómo? −preguntó la chica confusa.
−Sí. Lo siento. He sido un pésimo amigo contigo. Tiene mucho que no te venía a ver… el trabajo sólo es una excusa absurd…
−No, no digas más −comenzó Amanda. −El que nos hayamos alejado tanto, es culpa mía también. Nada me cuesta ir de vez en cuando donde tú trabajas.
Owen miraba con atención a Amanda. Ella era una chica linda, con cabellera larga color azabache y unos ojos profundos color ámbar. Por un momento, Elsa se preguntó exactamente el tipo de relación que tenía con ella pero, ¿por qué?, ¿celos, quizá?, o era algo más.
−Amanda. ¿Qué te parece si salimos un día de estos? −los ojos de la chica en cuestión adquirieron un brillo especial. Elsa por su parte, sintió un pinchazo extraño en su interior. ¿Le molestaba que Owen saliera con esa chica?
−¿De verdad?, ¡me parece genial! −contestó animada.
−Sí. Se me acaba de ocurrir algo. Elsa, ¿no te gustaría venir con nosotros?
El brillo en los ojos de Amanda perdieron resplandor al ver como Owen volteaba a ver a la chica rubia, esperando la respuesta por parte de ella.
−Oh… no sé. Yo no creo que…
−¡Vamos!, será divertido. Necesitas salir con una chica también, ¿no crees? ¿O es que vas a platicar cosas de chicas conmigo? −intentó bromear Owen sin embargo, tal vez era idea de Elsa, pero sentía como si el ambiente se tornado pesado.
−No sé. Lo voy a pensar.
−Ya está. ¿No te parece genial la idea, Amanda?
La chica suspiró. Elsa por un momento pensó que… ¿lloraría?, puesto que sus ojos se tornaron cristalinos. Sin embargo, Amanda alzó la vista y sonrió.
−Claro. Suena divertido.
Owen le dedicó una sonrisa, a la cual respondió de igual manera Amanda.
Luego de que Amanda envolviera el pastel, Elsa lo iba a pagar en la caja con la señora pero Owen la detuvo.
−Oh no. Yo invito. −dijo, mientras sacaba de su billetera unos cuantos billetes. Amanda, quién estaba de vuelta al frente del aparador a lado de su madre, observaba como él sacaba el dinero. Le dirigió una última mirada a Elsa, la cual iba cargada de tristeza. Elsa no pudo evitar sentirse mal y volteó su rostro en otra dirección.
Se despidieron de Amanda y su madre. Ya afuera, el sol comenzaba a ocultarse atrás de los edificios. Lo del pastel había tomado más tiempo de lo que había pensado.
−Owen. No sé cómo agradecerte el que me hayas ayudado en esto.
−Oh, no es nada. Haría lo que fuera por un amigo.
Elsa le sonrió y finalmente se despidió de él. Sin embargo, al darse la vuelta notó como una mano se aferraba a su brazo derecho. Al voltear, se percató de que unos ojos marrones le miraban profundamente. Era Owen.
Por un momento, la chica se cuestionó el por qué el joven se había aferrado a ella de esa manera. Estaba por cuestionarle aquello cuando de pronto, él comenzó a hablar: −Lo siento Elsa. Es sólo que hay algo que debo decirte antes de que te vayas.
La rubia le miró confusa y el ver directamente a los ojos del chico que tenía de frente no le ayudo en nada, al contrario. Ahora, por alguna extraña razón, se sentía nerviosa. Notó que su corazón comenzó a latir más y más rápido.
−¿Q… qué es?
El joven bajo la mirada. Aparentemente aquello que iba a decir, fuese lo que fuera le estaba costando realmente. Tomó aire, posó su mirada en la rubia y la sostuvo por un tiempo que a Elsa se le hizo eterno. Él, por su parte, se veía sereno y firme.
−Elsa. Yo… sólo quiero que sepas…que te quiero. −Al escuchar aquella afirmación por parte de su amigo, Elsa abrió ampliamente sus ojos. No esperaba que se le "declarara" de tal manera… y menos en ese preciso instante.
El joven al ver que no había ninguna reacción por parte de Elsa, se limitó a apartar su mano de ella. Dejó escapar un poco de aire de entre sus labios.
−Perdón, es sólo que…me vi en la necesidad de hacerte saber lo que en verdad siento por ti. Te quiero. −Elsa no lograba salir de la conmoción. −Es absurdo. De repente, algo dentro de mí se vio en la necesidad de hacerte saber esto… pero quiero que sepas algo más −ella parpadeó un par de veces después de aquello último.
−Owen… yo…
−No digas más. Sé que para ti siempre seré tu amigo y, eso está bien, en serio −el joven le dedicó una sonrisa. Por alguna razón, eso logró hacerla sonrojar levemente. −Bueno, creo que te estoy distrayendo −él dio media vuelta dispuesto a irse, sin embargo, después de dos pasos volvió su mirada en dirección a la rubia. −Lo olvidaba. No olvides que tenemos una salida de amigos pendiente con Amanda. No lo olvides −le guiño y acto seguido, comenzó a alejarse de ahí.
Una punzada fue lo que la joven sintió al ver como Owen comenzaba a alejarse cada vez más de ella. Quería ir tras de él. Explicarle porque reaccionó de tal forma, pero no pudo. Por alguna razón, la idea de que esa probablemente sería la última vez que lo vería, inundó mente y eso realmente le entristecía. Sacudió su cabeza un par de veces, "No Elsa, ¿qué cosas estás pensando?".
Vio su reloj y pudo notar que eran las 5.15 de la tarde.
−Bien −pensó −aún tengo tiempo de volver a mi casa y arreglarme.
Y acto seguido agarró rumbo hacia su casa sin apartar de su mente a Owen. No tenía una resolución clara de lo que realmente sentía por el chico y eso sin duda, le atormentaba.
No tardó en llegar, ya que el estar en su casa miró la hora y vio que aún eran las 5.50. Inmediatamente llegando, colocó el pastel en un pequeño mini-bar que usaba como refrigerador. Se metió a bañar y al salir comenzó a arreglarse con un atuendo sencillo: unos jeans, un suéter color azul y unas botas que hacían juego con su look y, por supuesto, la bufanda que le había regalado el Sr. Greg.
Al salir, un mal presentimiento la invadió. Algo no iba bien. No, eso era seguro pero… la cuestión era, ¿qué podría estar provocando tan mal presentimiento?
Eran las 7 en punto cuando se encontraba a tan sólo un par de cuadras del departamento del matrimonio Rumsfeld.
De pronto, tres personas pasaron corriendo rápidamente a su lado, como almas que lleva el diablo. Tanto así que faltó poco para que le tiraran el pastel que tanto le había costado conseguir y el cual tan amablemente le había pagado Owen.
−¡Oigan ustedes! −exclamó al tiempo al que volteaba a ver a aquellos perturbadores de la paz. −¡Miren bien por donde van!
Pero fue inútil, para cuando ella se había volteado, los sujetos habían desaparecido, justo de la misma forma en la que habían hecho acto de presencia.
−Que groseras son algunas personas –dijo volteándose, sin prestarle más atención al asunto.
Dio unos cuantos pasos y de pronto, sintió algo. Una presión en su pecho. De nuevo, un extraño sentimiento le decía que algo andaba mal. Miró a su alrededor, y se dio cuenta de que había gente con miradas de preocupación y de miedo.
"La humanidad está destinada a destruirse a sí misma", esas palabras, dichas hace años atrás por el Gran Trol, sonaban por alguna extraña razón una y otra vez en la cabeza de Elsa.
−Q… ¿Qué pa… paso? –preguntó con temor la rubia a una de las personas que se encontraban reunidas alrededor de la Casa de Cambio del señor Rumsfeld.
−¿Qué no es obvio? Al parecer unos rufianes asaltaron el negocio y parece que mataron al viejo.
−C… ¿Cómo? –dijo Elsa sorprendida. No podía dar crédito a lo que escuchaba.
−Deberías de dejar de sonar tan ajeno al dolor humano, hijo – habló una voz detrás, era una señora de edad avanzada que se abría paso entre la multitud. – Después de todo estamos hablando del buen señor Rumsfeld.
−Tsk. Me da igual –el muchacho notoriamente molesto se dio la vuelta y se alejó del lugar.
−Tendrás que perdonar a mi nieto. Desde que su padre abandonó a mi hija, no ha estado nada bien –dijo a modo de disculpa la anciana que se hallaba a su lado. Pero Elsa no escuchó ni una sola palabra.
Su mundo se paralizó por completo. Sentía como su cuerpo se movía por pura inercia. Cada paso que daba era más pesado que el anterior. Como pudo, se abrió paso entre la multitud. Conforme se acercaba, un sentimiento opresivo invadía su ser.
Al llegar al frente de la multitud, lo vio con claridad. No podía ser, pero sin embargo, así era. El Sr. Greg yacía tirado sobre el pavimento. Sin seguir creyendo en esa cruel realidad, Elsa observó desesperada entre la multitud. ¿Por qué nadie se movía? ¿Por qué nadie lo ayudaba?
Sus preguntas tendrían una rápida respuesta al llegar una patrulla de policía al lugar, quienes pronto comenzaron a acordonar la zona. Uno de los policías, se acercó al Sr. Rumsfeld, suponiendo, quizá, que era posible que éste se encontrase aún con signos vitales. Su compañero le dio una rápida mirada, a la cual el oficial respondió con una leve sacudida de cabeza, confirmando así el mayor temor de Elsa.
No tomó mucho tiempo para que sucediese aquello otro que ella temía ver. Abriéndose rápidamente paso entre la muchedumbre, una anciana, de más o menos la edad del Sr. Greg, se acercó.
Se encontraba a unos pocos metros de Elsa, quien la observaba con atención. Unas lágrimas comenzaron a resbalar por el rostro de la anciana al tiempo que dejaba escapar unos notorios sollozos.
−No… No… ¡¿Por qué?!... ¿por qué Greg?... ¿por qué? −comenzó a gritar de forma desconsolada la anciana al ver la escena frente a ella. Un grupo de personas se acercó, tratando de alejarla de aquel sitio −¡NO!, no me pienso ir a ningún sitio. ¡Déjenme pasar! −le gritaba a los policías que se limitaban a observar con cierto desapego a la señora. Quizá estaban acostumbrados a ese tipo de conductas por parte de las personas que perdían a alguien de esa manera. Tanto que ya se habían insensibilizado.
Elsa no se movía. Sus manos dejaron de responderle. Sintió como el pastel, que tantos problemas le había causado en la mañana comenzó a resbalarse de entre sus manos hasta que finalmente cayó al suelo, esparciendo todo su contenido en la calle.
Las personas a lado de ella le dirigieron unas palabras de molestia sin embargo, fue incapaz de escuchar nada. No escuchaba nada a su alrededor. Su tiempo se había detenido una vez más.
Unas escenas comenzaron a inundar su mente.
Nieve. Nieve por doquier. Se ve a sí misma de nueva cuenta a lado de los troles. La nieve cae lenta y silenciosa por aquel lugar. Hay sangre. Sangre comienza a brotar de su rostro. ¿Qué es lo que había provocado que sangre comenzara a resbalar por su rostro? Alzó la mirada y lo vio. Ojos llenos de odio y rabia. Un arma que jamás había visto antes apuntaba en dirección a ella y… un sonido extraño. ¿Qué era…? ¿Eran aves? Dio un vistazo al cielo y lo último que vio eran unos objetos misteriosos cayendo…
−¡No! −gritó Elsa, mientras se llevaba las manos a la cabeza. Un dolor comenzó a invadirla por completo. La gente a su alrededor comenzó a alejarse de su lado. La señora con la que había cruzado palabras instantes antes fue la única que acudió en su ayuda.
−Tranquila. Tranquila −le repetía una y otra vez. Pero nada podía calmarla. Nada.
Elsa comenzó a escuchar voces a su alrededor. Voces que se fusionaban entre sí. De entre esas voces comenzó a distinguir frases, y luego conversaciones enteras mezcladas entre murmullos.
−Pobre señor Rumsfeld. Escuche por ahí que estaba a punto de vender su negocio…
−Ese pobre anciano no se merecía tal final…
−Pobre señora Rumsfeld… perder a su marido de esa manera…
−¿Escuchaste el rumor? Tal parece que los que hicieron esto fueron esos maleantes que suelen reunirse en las afueras de la ciudad. Mi vecino me dijo que vio a varios de esos tipos rondando por el barrio…
Al distinguir aquello último, una determinación surgió en ella. Dejo de sollozar y comenzó a tranquilizarse aparentemente. La señora que se encontraba a lado de ella se sorprendió del cambio tan brusco de actitud que mostró la joven.
−Oiga, joven. ¿Está bie…?
La señora no pudo terminar de completar su pregunta, ya que Elsa comenzó a alejarse como si nada de su lado, dejándole muy sorprendida debido al comportamiento tan extraño que estaba mostrando. Camino lentamente, acercándose al lugar dónde había escuchado la conversación.
−Disculpe. No pude evitar escucharlo pero, ¿de qué maleantes habla?
El señor al que se dirigió, estaba hablando con una señora que parecía ser su esposa. Dejo de hablar y al dirigir la vista hacia Elsa, vio algo en su mirada que le hizo estremecer. No estaba seguro si decirle algo al respecto de lo que le había preguntado, por lo que para zafarse de ello, se limitó a responder: −Sabe usted, jovencita. Que es de mala educación el escuchar conversaciones ajenas.
La mirada de Elsa lucía tranquila. Sin embargo producía una sensación extraña. De alguna manera te recordaba al mar. Un mar en calma aparente pero con corrientes peligrosas en su interior. El señor al verla, se estremeció tanto que sintió como se le comenzaban a poner los pelos de punta.
−Oh. Es verdad, que maleducada soy. Disculpe. −respondió Elsa, mientras hacía una pequeña reverencia.
El señor y su esposa al verle hacer ese acto se sorprendieron mucho. La joven estaba actuando de manera extraña.
−Me llamo Elsa. Soy una amiga del señor que atendía la casa de cambio…
−Ya veo −respondió el señor, −lamento lo que…
−Por ello, le pregunto de nuevo. ¿A qué se refiere con que es probable que los que hicieron esto son unos maleantes que se reúnen a las afueras de la ciudad?
El señor le miro sorprendido. Había algo malo en ella. Y era verdad, algo en ella no estaba bien. De hecho, sentía como si estuviera dentro de un mal sueño.
−No creo que sea bueno especular las cosas. Sólo hice un comentario y…
−¿Me puede decir en dónde se reúnen? −preguntó Elsa sin apartar la vista del señor.
−Joven, no creo que…
−¿Lo sabe o no? −su voz sonaba golpeada. La señora que se encontraba a lado de él, comenzó a sentir mucho frío. Al bajar la mirada, se percató de cómo la acera de la calle comenzaba a llenarse de escarcha, de una escarcha proveniente de la joven que estaba frente a ellos.
−Lo siento, pero no creo que sea buena…
−Así es −interrumpió la señora−parece ser que los que le hicieron esto al señor Rumsfeld fueron unos vándalos que suelen reunirse en las afueras del norte de la ciudad. Nadie va ahí por lo mismo. Es un barrio muy peligroso.
−Ya veo. Gracias. −La rubia hizo una reverencia nuevamente y comenzó a alejarse de aquel lugar.
Pasó muy cerca de la anciana que trató de ayudarle instantes antes sin siquiera voltear a verla. También pasó junto a la desconsolada señora Rumsfeld, quién no paraba de llorar de forma desconsolada. Volteo a verla y ella alzó por un momento la mirada justo en dirección a Elsa.
Fue un instante breve, probablemente no duró ni un segundo, y aun así, fue suficiente. La señora Rumsfeld vio algo en ella. La conocía. Sí, sin duda se trataba de la chica tan dulce y amable de quién tanto le hablaba su marido y a quién incluso llegó a conocer en una ocasión. Ahí estaba, frente a frente. Sus ojos se encontraron y lo único que ella pudo ver fue… frío. Una mirada fría y sin sentimientos.
Aquello le estremeció por completo. Cerró y frotó sus ojos por unos segundos. Debía de haber visto mal. Sí, esa mirada tan fría y carente de emoción alguna no podía provenir de ella. Al menos no de Elsa.
Al abrir sus ojos nuevamente, la señora Rumsfeld pudo ver a Elsa alejándose lentamente del lugar. Trató de seguirla con la mirada pero más y más gente se arremolinaba en el lugar, lo cual impidió seguirle el rastro.
−Esa chica… no puede ser ella, ¿cierto?
En las afueras de la ciudad soplaba un viento frío, como anunciando un mal presagio.
−Brrrr. Sí que está empezando a hacer frío. Ya me estaba acostumbrando a este clima cálido −dijo un joven, de aparentemente 24 años de edad. Su cabello era largo hasta los hombros, color completamente negro.
−Deja de quejarte − respondió otro joven, que aparentaba ser de la misma edad. Su cabello era color rubio y sus ojos de un extraño color gris. −Y, ¿calor dices?
−Sí, dije calor. Considerando que suele nevar justo por estos días.
−Bueno, en eso te doy la razón. Pero calor… calor no ha hecho. Espera a que llegue la primavera.
−¿Pueden callarse los dos? −dijo una voz gruesa y molesta. Los dos jóvenes se estremecieron al oírla.
Un hombre corpulento, notoriamente molesto volteó a verlos. En su cara se dibujaba una cicatriz, producto de una vieja riña años atrás. Llevaba puesta una gorra que impedía notar su calvicie.
−Maldición, son en verdad molestos. Le diré al jefe que me cambie de bando.
−Vamos, Gaye. Anímate un poco. Además, seguro al jefe le va a gustar el botín que Ilan consiguió −dijo el joven cabello negro.
−Sí, Dave, como si un botín de mil dólares ayude mucho.
−Mil dólares y esto −el joven de cabellera rubia sacó algo de su chaqueta que ni Dave ni Gaye pudieron distinguir. Ante la mirada expectante de los dos, el joven abrió su puño lentamente. Iluminados bajo la luz de la luna, un resplandor amarillo los hizo retroceder.
−¡Mierda!, no me digas que es…
−Así es, Gaye. Es oro.
−¡Vaya! Esto sí que es una sorpresa. Quién diría que ese viejo tendría oro en su local. −comentó Dave.
−No me sorprende demasiado. Después de todo era una casa de cambio, ¿no? −resolvió a decir Gaye. Y era verdad, no era algo que sorprendiera realmente.
−Pobre viejo, me da algo de lástima.
−Vamos Dave, no salgas con mariconadas como esas. Además, el dinero valió la pena. Ya sabes el dicho: el muerto al pozo y el vivo −Ilan levantó unas cuantas piezas de oro, mostrándolas directamente al rostro de Dave, −al gozo.
−Ja, ja, ja. Así es Dave. Deja de ser tan hipócrita.
−Bueno −el joven se encogió de hombros −supongo que es verdad.
Caminaron por un rato más hasta dar con un almacén, el cual lucía aparentemente abandonado. Entre Gaye y Dave empujaron la oxidada puerta y acto seguido, los tres entraron.
Dentro, el lugar tenía sillones viejos. Sonaba música y apestaba por completo a alcohol. En el centro, había un sillón que se distinguía del resto, ya que estaba en una especie de tarima y en él, había alguien sentado. Se trataba de un hombre realmente fornido, mucho más corpulento que Gaye. Su cabello era castaño y lo tenía tan largo que daba hasta la espalda. Llevaba una camisa negra y amarrada un paliacate rojo en uno de sus hombros.
−Vaya, vaya. Miren quién se deja ver al fin.
−Lo siento, jefe. Nos tomó algo de tiempo el conseguir algo que valiera en verdad la pena −se disculpó Gaye al ver la mirada inquisidora de su jefe.
−Más les vale que sea así, o… −comenzó a acariciar algo por el costado de su pantalón. Era una pistola.
La mirada de los presentes, que rondaban cerca de 50 personas, se posó en los tres. Tanto Ilan como Gaye y Dave tragaron saliva claramente angustiados.
Ilan dio un paso al frente.
−Conseguimos un botín de mil dólares −comenzó a decir. El jefe le lanzó una mirada desaprobatoria. −Y esto −dijo mientras mostraba las piezas de oro que llevaba entre sus manos.
−Vaya, veo que no son tan inútiles después de todo.
Hubo risas al escuchar aquel comentario. Gaye chistó molesto por el comentario, mientras que Dave se limitaba a mirar angustiado a su alrededor. Fue en ese momento en que se cuestionó el por qué estaba haciendo aquello. Eso, que en cualquier momento podría valerle la vida.
Y es que la verdad, Dave no era para nada un tipo rudo. La única razón por la que había decidido dedicarse al robo de lo ajeno era por su hermana menor. No tenía dinero para su tratamiento médico y bueno… el robar no era la mejor opción, pero sí la más rápida. Al menos para él.
−Muy buen trabajo ,chicos. Y díganme, ¿cumplieron con aquello otro que les mencioné? ¿O sólo se limitaron a robarle?
−¿Con quiénes cree que habla señor? −respondió rápidamente Ilan, lo cual complació a su jefe. Por su parte, Dave apartó la mirada hacia otro lugar.
−Veo que te molestó eso, ¿no es así, Dave?
El joven mencionado alzó la vista dejando ver una especie de terror en su mirada. ¿Lo habrían notado acaso?
−N… no. Para nada. Ese viejo tuvo lo que se merecía.
El jefe lo miró sin parpadear. Luego, se levantó de su sillón y comenzó a caminar en dirección del chico. Éste, al ver a su jefe acercándose, sintió como su cuerpo se convertía en gelatina.
Antes de quedar frente a frente, un ruido fuerte se escuchó en la entrada. Todos voltearon a ver de qué se trataba, menos Dave, quién tenía la mirada fija en el hombre fuerte y peligroso que se acercaba a él.
−¡Pero que mierda! −exclamó alguien.
−Esto tiene que ser una jodida broma −dijo otro.
Una serie de murmullos invadió súbitamente el lugar. Dave se cuestionó de qué podría tratarse. ¿Qué podría estar pasando justo detrás de él que generara tanto impacto? Antes de voltear a ver y así, el mismo responderse aquella duda, percibió una mirada combinada entre cinismo y diversión por parte su jefe. Una mirada que lo único que le provocó fue terror.
−Hablando de molestias, miren lo qué tenemos acá.
Dave no podía dar crédito a lo que veía. Se frotó los ojos una y otra vez, tanto que incluso comenzaron a dolerle y, sin embargo, el resultado era el mismo. Ahí, frente a la mirada incauta de todo el grupo de vándalos que se encontraban reunidos en aquel almacén, estaba una figura femenina.
Su cabello rubio y estaba amarrado con una trenza francesa. Su mirada lucía perdida, sin luz y pese a ello, no dejaba de lucir realmente hermosa. Una belleza aterradora, al menos ante los ojos de Dave.
−Ustedes… −comenzó a decir la rubia −ustedes… ¿mataron al señor Greg?
Silencio. Un silencio sepulcral invadió el lugar. Un silencio que se vio interrumpido por una risa cínica que retumbó en el sitio. Aquel hombre corpulento, que instantes atrás estaba frente a Dave, lo empujó con violencia haciéndole caer y raspándole toda la cara en el proceso.
Sangre comenzó a brotarle de su frente. Pese al dolor que eso le produjo, Dave alzó su rostro ensangrentado mientras contemplaba con asombro y miedo la escena.
El corpulento y violento hombre se posó frente a la misteriosa rubia. La miró detenidamente por unos segundos. Después, con su mano derecha le agarró el mentón bruscamente. La joven seguía sin mostrar emoción alguna. Se limitaba a observar. Observaba todo con aparente calma.
−¿Y quién quiere saber si matamos o no, a un patético anciano?
−… yo… quiero saber si ustedes fueron los que mataron al señor Greg.
El hombre volvió a reír. Esta vez con malicia en su risa.
−Oye, eres realmente hermosa. ¿Qué te parece si tú y yo vamos a dar un paseo?
La joven seguía con la mirada serena, y se limitó a volver a preguntar: −¿Fueron ustedes? ¿Sí, o no?
−Estoy comenzando a aburrirme de lo mismo…
−¿Sí, o no?
En un arrebato de ira, el hombre tomó por el cuello a la mujer y la arrojó con violencia. Ante la mirada atónita de todos, la joven comenzó a levantarse con dificultad, hasta ponerse totalmente en pie.
−¿Lo hicieron…? ¿Sí, o…?−y un puñetazo interrumpió sus palabras. Todos se limitaban a observar la escena impotentes de hacer nada. Vieran mal o no la violencia, incluso ellos tenían sus límites. Se trataba tan sólo de una joven. Y no cualquier joven. Una realmente hermosa.
Dave, en un momento dado se levantó de golpe y se acercó a aquel hombre que había golpeado a la rubia. Quería detenerlo. Antes de lograr poner siquiera un dedo en aquel despreciable hombre, una mano lo jaló, empujándolo de nuevo al suelo.
−No te metas. No lo hagas, a menos que pienses en morir hoy −era Gaye. Lo había detenido.
Aquel acto lo molestó. No podía creer que en verdad iban a dejarle hacer lo que quisiera sólo por ser el jefe. Había un límite abismal entre un anciano, quién podía morir de un día a otro, y una joven indefensa, quién tenía una vida por delante.
−¡No podemos dejar que haga esto! ¡Por el amor a Dios, es sólo una chica!
−¡Que te calles dije! −un puñetazo dejó inconsciente a Dave −Lo siento chico, pero no sabes de lo que este tipo es capaz de hacer.
La joven rubia se encontraba jadeando. Trataba de recuperar la compostura, ponerse en pie. Un golpe fuerte en el estómago llegó sin avisar e hizo que perdiera de nuevo el equilibrio.
Todos miraban con sorpresa la determinación de aquella chica. Por más que su jefe la golpeaba, ella trataba de recuperar la compostura.
−Lo hicieron… sí o…
Unas manos rodearon su cuello y comenzaron a alzarla. La joven estaba empezando a ver borroso. Su respiración de volvió entrecortada. La estaba asfixiando.
−Ese viejo −comenzó a decir el tipo de cabello castaño mientras observaba con odio a la joven… −ese bastardo, mejor dicho. Por culpa de ese hijo de perra estuve encerrado en la cárcel un buen tiempo. Se merecía la muerte y más.
Todos se sorprendieron al escuchar aquella declaración. Sobre todo Gaye e Ilan. Es verdad que su jefe les había pedido específicamente robarle a ese señor. Y era verdad también que les había pedido exclusivamente el acabar con él pero… no esperaban que se tratara de un "ajuste de cuentas".
−Lo mande a matar. ¿Y? ¿Qué harás al respecto?
Como pudo, la joven alzó su mano derecha y la aferró al antebrazo del sujeto. Murmuraba unas palabras inentendibles.
−¿Qué estás di…?
Entonces, comenzó a sentir algo extraño. Frío. Comenzó a sentir un frío intenso subiendo por su brazo. Rápidamente soltó a la rubia. Ésta, por su parte, cayó de pie.
−Tú… −murmuraba −¡eres el que no merece vivir!
Una ventisca de nieve comenzó a producirse en el lugar. La joven, quién hasta hace unos momentos mantenía una mirada serena y hasta cierto punto fría, ahora tenía una llena de rencor.
El hombre corpulento miraba con horror la escena. Su brazo ahora se encontraba completamente congelado. La rubia lo miró, y se acercó a él con lágrimas brotando de forma constante de sus ojos.
Un rayo de luz azulada salió de las manos de la chica. Fue todo lo último que vio antes de quedar congelado.
Las demás personas salieron huyendo del lugar como pudieron. Sin embargo, antes de que lograran escapar, la joven les cerró el paso creando un muro de hielo que rodeo el lugar.
Todos miraban aterrados a la joven.
−Este mundo…
Un rayo de luz salió de ella y les pegó a todos directo en el pecho. Con horror, los hombres presentes veían como lentamente sus cabellos se tornaban completamente blancos y como sus brazos comenzaban a congelarse.
Gritaban aterrados mientras la chica se limitaba a observarles con una mirada realmente fría.
Gaye observó con atención a esa chica. Era realmente… hermosa. Es lo último que pensó antes de congelarse totalmente.
Ilan por su parte, no dejó de llorar aterrado hasta al final quedó congelado completamente, dejando plasmado en el hielo una expresión de terror.
Nieve.
Al abrir los ojos, Dave notó nieve a su alrededor. Todo aquello, la cuestión del robo y del asesinato… ¿habría sido un mal sueño?
De pronto, un mal presentimiento lo invadió por completo. No estaba solo. No. La luz de la luna iluminaba el lugar. Al alzar la mirada, pudo ver el cielo completamente negro. Unas nubes comenzaban a tapar a la luna.
−Espera un momento… ¿no estaba adentro de…?
Una presencia lo hizo voltear. Ahí estaba, la rubia que instantes antes había tratado de defender. Le miraba. Sí. Había algo raro en ella. Era como si no hubiera humanidad en su mirada. Le produjo un escalofrío.
Se paró rápidamente de donde estaba y corrió sólo para chocar con algo.
−¡Que demo…!
Se sorprendió al ver una estatua de hielo. La miro con atención y vio algo familiar en la figura… era…
−¿Ga… ye?
Un escalofrió le recorrió el cuerpo al dar un vistazo al lugar. Había estatuas de hielo por doquier. Se pellizcó. Esto no podía ser real, ¿no? Es decir todos eran…
−Estatuas. ¿No se ven mejor así?
Dave temblaba. No fue capaz de voltear a ver a la rubia.
Su mirada no transmitía ningún sentimiento. Alzó su mano y unos copos de nieve comenzaron a caer en ella.
−El frío…
Dave corrió y al ver que todo estaba rodeado por unos muros de hielo, volteo con horror a ver a la chica que se acercaba lentamente a él.
−No me molesta en absoluto.
Y así, la joven lanzó un rayo hacia Dave. El último pensamiento del joven se centró en una chica de cabello castaño, postrada en la cama de un hospital.
−Perdóname… Amy.
La rubia contempló su creación. El rostro congelado de Dave no lucía como los demás. No, el de él lucía… sereno, aceptando su destino. Elsa pasó una de sus manos por la mejilla derecha congelada del chico. Soltó una risa seca.
El mundo se estaba pudriendo, lo sabía desde hace mucho. El momento había llegado. Ya era hora de que ella hiciera algo al respecto.
Y Bueno… ódienme por esto, pero desde que inicio el fic estuve esperando este momento crucial en la trama. A partir de aquí, todo tomará un giro muy, muy oscuro. Seguro muchos no se lo esperaban…
