Los personajes de esta historia no me pertenecen.
Naruto. Masashi Kishimoto.
watashi wa Tamasaburo desu: mi nombre es Tamasaburo. Tamasaburo Bando es un actor kabuki japonés muy famoso, es conocidos por representar mayormente roles femeninos en el teatro.
Something of the end
Capítulo VII
Ukiyo-e
(El mundo flotante)
I Parte
Los colores, tan brillantes, tan etéreos. Casi por un segundo distorsionan la mirada. Osaka es, sin duda, un lugar extraordinario. Una Nueva York con cerezos desprendidos, una Venecia con kanjis grabados. Llegamos a Umeda a mitad de la tarde, volamos hasta la región de Kansai, la idea era ir hasta Kanagawa en el Helicóptero de un amigo, desde allí, trasladarnos hasta Osaka y luego (en avión) a Hanoi, Vietnam. Posteriormente empezaríamos un viaje de oriente a occidente. El destino final sería Polonia. Solo hubo algo que no se adaptó a nuestros planes.
Nunca salimos de ese universo llamado Osaka. Quien me dejaría salir ilegalmente de Japón sería una amiga de Sasuke, quien era parte del personal del aeropuerto. La chica fue despedida- por causas ajenas a nuestro interés- el día antes de nuestra llegada.
Entonces asumí, el rol de cualquier mujer que hubiese nacido varios siglos antes que yo, cautiva en el Japón de Edo, en donde por orden del Shogún, ningún habitante podría cruzar la frontera del imperio, la isla inmensa, tendría a su alrededor un mar vacío, intocable. El destino nos hizo prisioneros de ese mundo flotante.
Tuve que esperar a Sasuke por tres meses, en los que iba y venía de Tokio. Sería un poco extraño que se fuese el mismo día de la desaparición de Sakura Haruno. Tiempo atrás le había planteado a sus padres empezar a trabajar en Osaka, iría cada fin de semana, luego, después de su acto de graduación, se mudaría a San Francisco para hacer un post-grado en la Golden Gate. Nadie se extrañó, lo decía desde los 15 años. La pequeña Sakura había desaparecido.
Mi foto salió en las noticias. Me teñí el cabello de negro y no salí durante unos meses, tiempo después, Anne Marie, era una ciudadana común y corriente. Sasuke llegó el 20 de febrero de ese año casi a medio día, con su traje Armani negro; con su porte de clase alta. Caminó por el vestíbulo del edificio de veintitrés pisos. Yo llegué justo a tiempo para verle tocar el botón del ascensor.
Lo miré con mi falda de pliegues de cuero, mis piernas cubiertas por medias crema y mis ballerinas rosa. Un suéter ancho y dos trenzas sujetándome el cabello. Un caramelo twizzler mordido en la mano derecha y gerbera arrancada de algún jardín en la izquierda. Tenía el cabello rubio de nuevo.
Corrí con una sonrisa demasiado dulce, demasiado joven. Me guindé a su cuello por un momento, como si se tratase de un hermano o un padre; un gesto inocente de una niña que había salido a comprar dulces. Sin embargo, el beso, el beso feroz, fue en efecto, el que delató la corrupción de la pequeña.
—Ve a vestirte—dijo sentándose en la cama con una actitud peligrosamente divertida. Se sacó la corbata y me la arrojó para que la guardase. Me senté en sus piernas tapándole los ojos con la prenda, echándole la cabeza para atrás.
—¿A dónde vamos?—pregunté—es sorpresa—contestó tratando de quitarse la venda. Me quité el suéter, dejándome el pecho desnudo, seguí tapándole los ojos con mi mano izquierda—¿te gustan las sorpresas?—puse la rodilla justo en medio de sus piernas. Estábamos a una distancia mínima. Me alejé, dejando caer mi falda en el piso.
Tenía puesto un liguero de Chantal Thomass, que sujetaba mis madias hasta el muslo, la parte inferior era de satín pálido— ¿Te gusta? —dije mirándole como si no me importase, recostándome de un muro a siete pasos de él.
—no… bueno, por lo menos no bailaste Can Can—dijo con su sonrisa de cretino, mi cara se descompuso, me erguí un poco, tratando de parecer más alta, más atractiva.
—Así no se hace —apoyó los codos en sus rodillas —ven — ordenó. Torcí los ojos, me puse a unos cuarenta centímetros de él—cúbrelos con el brazo izquierdo.
—¿Así?—dije tapándome el pecho.
—Cabello—tomé un mechón rubio con californianas rosa dándole vueltas —ahora vuelve a preguntar— Con ese hombre no se podía intentar nada. Volví a hacer la pregunta, me hizo una seña para que me tumbara sobre la cama. Tomó la cámara y disparó. Conmigo acostada de espaldas, miraba por un lado con los brazos recogidos casi tocando mis hombros, mis pies jugaban, cruzándose y descruzándose.
—No puedes mostrar todas las cartas—dijo mientras yo me incorporaba, me ponía de rodillas y juntaba las manos formando una V que me cubría el pecho con los brazos. Se subió conmigo, me quitó las medias, el liguero, me pidió que levantase los brazos; fue y buscó un vestido blanco de Marc Jacobs y me lo puso. —Vámonos—dijo. Maldito.
Llevaba a O en mi cartera, era diminuto, intentaba morderme el dedo índice sin dientes cuando lo ponía cerca de su nariz. El primer paseo nocturno, comenzó alquilando un auto. Era un Ferrari negro, ostentoso. Solo lo usaríamos una noche.
—Se parece al carro de Batman—dije hablando en serio.
Sasuke rodó los ojos—cállate—respondió seco abriendo la puerta. En menos de tres minutos la máquina nos llevó dentro de un túnel, se pasaba el límite mientras yo gritaba. Parecía disfrutar mi miedo, acelerando.
—Sasu, para, es en serio—le ordené molesta, aferrándome al tablero. El me ignoró, y dio una curva haciendo que las llantas y todo lo demás chillaran—estoy embarazada—dije, redujo bruscamente la velocidad y me sujetó con el brazo impidiendo que por inercia, me fuese hacia adelante.
—¿Desde hace cuándo?—preguntó metiéndose en un parking, estaba inquieto, saliendo de un severo estado de shock en el que había conducido por unos diez minutos.
—Era mentira príncipe, relájate—me burlé, encendiendo un cigarro y dándole una palmada. Él se quedó pasmado por un momento, luego volvió en sí. No pareció importarle mucho. Parecía contento.
Lo primero que vimos—juntos—fue el castillo de Osaka. Colosal, con un fondo plutónico, con una oscuridad nocturna rodeándolo. Antes de la cúspide, se veía la figura de un tigre, el animal parecía estar preparándose para un ataque furtivo—Tigre agachado—Dijo Sasuke con una mano en el bolsillo, procurando una distancia de desconocidos. En otra ocasión, vimos la mansión a fondo, clandestinamente, me saqué la ropa y me puse un kimono ligero, me fotografió un par de veces en una esquina restringida al paso de turistas.
El segundo lugar que visitamos, fue el teatro de marionetas de Bunraku. Estábamos sentados en la fila del centro. Empezó ese sonido del instrumento de madera contra el piso, ese que hace como unas canicas cayendo, luego la biwa y el hombre que cantaba. Las marionetas eran movidas por tres hombres simultáneamente.
—Oh! Por ahí no goshuijin-sama—hice la voz de una muñeca que Sasuke me compró la noche después de la función. Me regaló un juego de títeres, un pequeño escenario rectangular, una caja de menos de un metro—aún soy una doncella, permítame—dije dándole la vuelta a la muñeca para que quedase con la cabeza entre las piernas del títere del emperador.
Uchiha reía entre dientes acostado en la cama, una vez me dijo que yo tenía una especie de inocencia macabra.
—¿cuál es el nombre de esta hermosa maiko? — hice la voz ronca de un emperador.
—watashi wa Tamasaburo desu—contestó la maiko. Sasuke escupió el agua que estaba bebiendo, casi se ahoga, le había dado risa, pero quiso ocultarlo.
Fuimos a ver varias veces a SaotomeTaichi, sobre un escenario de cerezos, con los músicos y flautistas. Bailaba como una verdadera geisha de Edo, con vestidos hermosos, con un cabello negro que le recorría la espalda.
—Aprende—dijo Sasuke—mira sus manos—las movía sutil, refinada, un gesto majestuoso y simple a la vez. Yo le quité los labios del cuello y miré.
—¿Sabes que es un hombre disfrazado?—dije arqueado las cejas.
—Es un artista kabuki—me corrigió —no te pongas homofóbica, es el baile de lo que hablo. A él le gustaba lo tradicional, y es que la elegancia japonesa era difícil de superar. Las europeas- según él- mostrábamos todo, emocionar a un japonés era complejo. La mejor bailarina de Moulin Rouge de París se vería como una simple furcia junto a una maiko. Era un juego, de no enseñar las cartas, haciendo que el oponente las deseara cada vez más.
–¿Por qué te gusto yo entonces?—pregunté batiendo un abanico circular, dándole aire en el rostro. Cerró los ojos. Estaba segura de que no diría nada.
—nunca había visto a una extranjera, que entendiera tan bien a un japonés. Tú eres de aquí—
Me tapé la boca y la nariz con el abanico, dejando ver mis ojos jade solamente—Anne Marie Uchiha—nunca me sentí verdaderamente francesa, un padre irlandés criado en oriente y una madre gala de provincia. Educada por una zueca, una inglesa y una rusa. Dieciséis años consumados en el país que nació del sol. De Amaterasu. Mi hogar real estaba ahí. Yo era completamente de ahí.
En Osaka, el arte no solo se limitaba a lugares refinados. Mi sitio favorito, era Datonbori, una especie de Time Squiere, un Quincy Marcket con globos de peces guindando. Era el lugar comercial, en efecto. Compré algunos bolsos Hermes y carteras Chanel. En verano usaba shorts a la cintura, boddies sin sujetador, keds, botas Jeffrey Campbell. Amaba los sombreros, tenía uno como el de la niña del Amante. Me gustaban las medias y las faldas-Moschino- pero también compraba en H&M. Tenía muchos bralettes de Brandy Melvilleusa. También me gustaba lo rudo, compraba gorras de ghetto y franelas de la NBA, me encantaba contrastar con la imagen refinada de Sasuke.
—Quiero una de esas—le dije mientras pasábamos frente a una tienda de béisbol. Él arqueó las cejas. Era una camisa con la imagen de un tigre.
—Supera al depredador—
—No, siempre he sido de los Hashin Tigers—respodí, argumentándome en mi equipo favorito de la J Leage. Sus ojos parecían estar a punto de soltar lágrimas, estaba en una especie de apertura de gloria.
—Es el destino—me rodeó los hombros con un brazo y me puso una gorra del equipo mientras me besaba la mejilla. Fuimos a muchos juegos juntos, ahí descubrí que era el fanático número uno de los tigres y que, olvidando toda la etiqueta, se levantaba de los asientos con un vaso de cerveza en la mano cuando el bateador llegaba a home.
Yo no sentía vergüenza de mostrar esa conduite aguda, afilada, que por momentos me hacía perecer inocente y cambiar todo con una palabra. Recostada en la cabecera de la cama abrí una goma y empecé a inflarla. Sasuke me la quitó—deja eso, ya no hay más—
—si vas a usarlas, deja de darme esas pastillas, las odio, hacen que me duela la cabeza—protesté.
—Te va a doler más si tienes a un niño gritándote las 24 horas—dijo metiéndome en la boca el pequeño círculo rosa.
—Mi mamá no me dejaba tener amigos varones, decía que prefería arrancarse la lengua con las uñas que verme llamar hijo a un bebé asiático— tenía las piernas cruzadas, jugaba con mis dedos.
—Ya lo sé, lo dijo cuando me encontró en tu habitación— se rio. Durante esa fiesta, él entendió que la mujer era aún más racista que hipócrita, la única razón de sus sonrisas con la familia del muchacho, era el dinero, el prestigio, lo que podría ganar el marido si se llevase bien con ellos. Sin embargo, seguían siendo japoneses.
Visitamos también muchos otros lugares de vital importancia para el bolsillo del Estado. Los templos Shitennoji y Sumiyoshi Taisha, me llenaban de una curiosidad atemorizante, caminé hacia el segundo mirando a las personas rezar en voz baja. Dejar papeles y tocar las campanas. Me acerqué bastante. Hice una cínica plegaria, un deseo que me suponía sería escuchado por alguien definido. Sin pensarlo, y por costumbre, me toqué la frente con los dedos pulgar, índice y cordial.
—¡Hey tú!—dijo Sasuke tomándome del brazo y llevándome afuera. Usó una voz policíaca—aquí eso no se hace, vete a quemar brujas y a hacer nicolaísmo a otro lado— él casi no bromeaba, pero cuando lo hacía, podría jurar que retorcía de risa. Su sátira inteligente se basaba en prejuicios comunes, tenía mente abierta.
Los museos-ya fuesen de ciencias naturales, historia; o incluso el acuario, me ponían de mal humor. Era insoportable, niños corriendo, gente haciéndose fotos mal tomadas. Prefería otro tipo de arte, como la arquitectura. Lo mejor que puedes ver en tu vida es el Umeda Sky Building, una vista panorámica a 175 metros del suelo.
Fuimos un día en primavera, cuando estaba oscureciendo. Estábamos solos en el ascensor, vi el 10,12, 20…33,35,38…hasta llegar al último. Sasuke maldecía cada vez que escuchaba a un guía turístico.
—los odio—se quejaba—niños nanpa de sexualidad indefinida por este lado—dijo poniéndose frente a mí mientras subíamos las escalera eléctricas para el mirador—suicidas hagan otra fila ordenada, no estén inquietos, ya casi llegamos al balcón—yo no paraba de reír, él estaba serio.
La vista era trascendental, las luces, el cielo. Demasiados edificios, había estaticidad, y entre lo inerte aparecía el tren atravesándolo todo. La rueda de la fortuna roja. El río yodo reflejando luces blancas. Nos quedamos un rato observando el castillo. Recosté la cabeza en su hombro, con esa pintura expandida frente a nosotros. Solía tomarle el dedo índice, él entrelazó sus dedos con los míos
—¿Y si nos descubren?—dije.
— En mi deseo, cité al poeta Basho— dijo refiriéndose a la visita al Shitennoji, movió un poco su mano, apretando la mía — Una noche de primavera, en la sombra del templo, un misterioso hombre suplica: Bajo las flores de un mundo efímero, eternamente— supe entonces, que había pedido al mismo Dios, bajo otro nombre, mi mismo deseo.
Veíamos la ciudad desde el Floating Garden Observatory, el jardín flotante, parecía desprenderse de lo tangible. Ahí comprendí qué era ese Ukiyo-e que fascinaba tanto a Sasuke. Era un hombre reservado, pero con una sensibilidad admirable, no la compartía con muchos. Era bastante culto, había leído mucho más que yo, también había vivido diez años más. Le gustaba combinar lo antiguo y lo reciente, lo refinado y lo vulgar.
El principio que siempre lo movió fue ese mundo flotante, ese mundo de la imperfección humana, irreal. Intocable para quienes no lo comprendiesen, apasionante para quienes sí. A mí desde el primer momento, me pareció fascinante.
La gastronomía también me llenaba de pasiones flotantes. En el Umeda Sky Bulding, había una especie de calle al estilo Meiji para restaurantes, Takimi- koji gourmet Street, se llama. Una vez, encontramos un sitio de pulpo. El sueño de la esposa del pescador. Ese era el nombre del plato comimos-desde entonces- muy habitualmente. Al leer en la carta, me reí mirando a Sasuke, haciendo el gesto sensual-vulgar con la lengua, los labios y los dientes. Esa noche, gemí bastante.
Al pasar el tiempo, la Osaka tradicional perdía ese ímpetu, ese resplandor que nos había embelesado a primera vista fue desapareciendo. Buscamos otro tipo de diversión. Sasuke compró una Ducati, el motor, sonaba parecido a la Bestia Mustang que tuvo en Tokio. La probamos en callejones, yo sostenida a su espalda.
—Esto me recuerda al techo del Roadster, cuando era una niñita—le susurré al oído, haciéndole cosquillas en el estómago.
—¿y qué edad crees que tienes ahora?—dijo como si nada, burlándose implícitamente de mi acción, que se suponía, debía crear algo de levedad en él. Era tan sexy cuando hacía eso…le besé la parte de atrás del cuello, sentí en los labios que tenía el pulso agitado.
Éramos amigos, podía asegurarlo. Me enseñaba cosas, además de partes del cuerpo, que era necesario conocer para ser un adulto. La anécdota del blowjob fue la mejor.
—¿qué es un Blowjob? — Pregunté en voz alta frente al vendedor de un supermercado.
A Sasuke, con una vergüenza disimulada, se le ocurrió no quedar como un tonto, y permitió que yo lo hiciera —Es algo que te encanta hacer, mi amor—dijo con tranquilidad. Pensé que por blow(soplar) y job(trabajo) se refería a fumar cigarrillos.
—¡Ah!—contesté alegre—Sí, dan ganas ahora mismo—sonreí, creyendo que era alguien genial. El vendedor no podía contener la risa. Sasuke me acarició el cabello y sonrió mirándolo.
Casi lo mato cuando me mostró la versión cinematográfica de eso que me encantaba hacer. Desde entonces, procuré no dejarme joder otra vez por él. Me ponía a ver películas insanas cuando llegábamos a casa, daban risa, los argumentos no tenían sentido.
Poco a poco, se empezó a revelar nuestra parte vulgar. Las botellas de licor vacías y colillas de cigarros inundaban el piso del auto Toyota que compramos. Me gustaba ser sexy, casi llegando a guarra, a veces perdía la clase, y de verdad no me importaba. Mis labios estuvieron cubiertos no solo de chanel, MAC o NARS, también de otras sustancias; después del gemido que placer de Sasuke. Hello daddy, hello mom, I'm your ch-ch-ch-ch-ch-ch-cherry bomb! Una voz femenina en la radio me sacó de mis pensamientos. Levanté la cabeza apoyándome en una de sus piernas. Miré expectante a la radio. Él conducía.
Me vio y sonrió—Son las Runaways, estuvieron muy de moda aquí en los 70, la vocalista es muy tú— le subió el volumen. Cherrie Currie, se convirtió en una especie de ídolo pop al que quería imitar a toda costa. Nos gustaba la músic. Movíamos la cabeza cantando I love rock n' roll, so put another dime in the jukebox, baby, I love rock n' roll'Cause it's all the same…Said can I take you home where we can be alone. Seguíamos escuchándola al llegar a casa mientras hacíamos cosas poco castas.
—Necesitamos un dealer—dijo él cubriéndose con una sábana y recostándose en la almohada, yo aspiraba los retazos blancos que quedaban en su mano. Esa semana conocimos a Suigetsu Hozuki, era un tipo raro, me miraba con lascivia, siempre me dio miedo y curiosidad a la vez.
También estaba Juugo, era calmado, casi no hablaba y al parecer, Uchiha confiaba más en él que en el primero. Incluso una vez, llevó a Sasuke al hospital , yo no podía, pues era menor de edad y además no sabía qué hacer, para mí siempre fue el más normal, aunque Suigetsu se refería a él como un loco drogómano bipolar, jamás entendí.
Nos veíamos en algunas fiestas, nos llenaba de suministros, él conseguía todo, a Sasuke no le gustaba ensuciarse las manos. Cuando cumplí dieciocho, Hozuki me compró un pastel. Él era realmente gracioso Te traje este porque sé que te gustan las fresas, pero más aún porque sé que Sasuke las odia. Karin nos visitó, tenía algo así como una especie de relación abierta con él cada vez que venía de Shinjuku (N/A: el distrito de Shinjuku es el lugar de Tokio donde supuestamente se mueven los jefes del tráfico de drogas). Cuando me embriagué les dije que podían usar nuestra cama y me reí cuando ella respondió: ¿y tú quieres usar la de un Yakusa?. Me retó, le daba pena admitir que le gustaba ese chico de dientes astillados.
—si hay alguien que folla mejor que Sasuke, es él—me dijo al oído haciendo una seña hacia Suigetsu. En privado no le avergonzaba. La pelirroja me hizo mi primer tatuaje: un tigre de bengala en la parte superior de la pierna que tapaba mi cicatriz. Aprendió a dibujar a los 16, se graduó con Sasuke, pero se entendía bien con la gente que había trabajado para su familia que con los jefes de prensa. Su padre y su madre murieron con dos balas en el pecho en un restaurante, propiciadas, al parecer por la competencia. Ella no tenía hermanos, su padre le había enseñado todo, en dos meses, ya tenía boca abajo el cuerpo del asesino, con un pie fracturándole la mandíbula.
Si de verdad hubiese amado a Uchiha, estaríamos en bolsas negras. Era buena en el fondo, lo sabía, no hacía nada si no la lastimaban de verdad. El bien y el mal eran difíciles de comprender, yo no había vivido mucho, aprendía lo más rápido que podía. Soplé 17 velas, Sasuke apagó la última, detestaba las cosas dulces, pero esa vez se comió la parte del pastel que tenía mi nombre.
Lo dividí por que es muy largo, para que puedan retomar la lectura más fácilmente, si deben parar. Vamos a comerciales, jeje.
