SNAPE'S POCIONES & BREBAJES
CAPITULO XI
Severus no recordaba haber tenido nunca una verdadera Navidad. Quizás las más cercanas y relativamente tranquilas que podía recordar eran las que le había tocado pasar en Hogwarts, si se olvidaba de que había tenido también que patrullar pasillos en busca de alumnos fuera de la cama después del toque de queda. Y era irónico que tuviera al rey de los infractores de las reglas de Hogwarts sentado a su mesa esa noche. De que se hubiera instalado no sólo en su mesa, sino en su casa, en su cama y en su corazón.
No entendía muy bien qué clase de milagro había arraigado en Harry el espíritu de una fiesta, la fiesta familiar por excelencia, de la que su familia muggle le había estado excluyendo durante toda su vida. Era curioso también que, como a él, Hogwarts le hubiera dado su primera verdadera Navidad. Sin embargo, Severus había preferido replegarse en su soledad y sus rencores, mientras Harry se había aferrado a sus amigos y a jerséis tejidos por manos que le habían tratado con cariño.
Sin embargo, cuando esa Noche de Navidad Severus deslizó su mirada alrededor de la mesa, vio una familia. Su familia. Draco, sentado a su izquierda, sonreía y presumía sin ningún rubor de sus logros académicos al cerrar el primer trimestre de la maestría, mientras recriminaba a su novio una inexcusable falta de modales en la mesa por comer a dos carrillos, hablar con la boca llena y estropear el sabor del vino bebiéndoselo cuando todavía no había tragado el último bocado. Blaise, más contento que unas castañuelas, le dejaba hablar y engullía pavo, patatas asadas bien regadas en salsa de arándanos y pastelillos rellenos, no necesariamente en ese orden, pero sí mezclado y revuelto para horror de Draco. También a él le había ido bien el trimestre y, por algún azar propiciado por dioses bondadosos, la medibruja Rowell no le amargaba la vida con tanta frecuencia como a otros compañeros. Por lo cual no dejaba de dar gracias cada noche cuando se acostaba. Harry estaba sentado a la derecha de Severus, y era el artífice del banquete navideño que llenaba la mesa. Aunque había contado con la efectiva ayuda de Blaise y la buena voluntad de Draco. Severus se sentía aliviado y feliz de que por fin Harry hubiera sido aceptado como residente permanente en la casa. Fiel a su carácter, no se había molestado en dar explicaciones sobre la ya más que evidente relación entre ambos. Pero Draco y Blaise no habían sido Slytherins por nada, así que no hicieron preguntas y, en el fondo, Severus agradecía que Draco hubiera eliminado la mirada acusadora que le había dirigido hasta el momento en que Harry había sido capturado por su padre. Porque si había una sonrisa que pudiera iluminar todo el salón-comedor esa noche, sin duda era la del único león entre serpientes. La sonrisa de alguien que había encontrado su lugar.
Durante la sobremesa, mientras Blaise y Harry repetían budín de Navidad y Severus y Draco empezaban a saborear los licores, éste último empezó a explicar sus conclusiones tras la visita que había realizado a la Cueva del Unicornio.
—Básicamente, el tratado decía lo mismo que lo que pude traducir del libro de Schwarzen —dijo—, pero encontré detalles importantes que el medimago alemán había omitido.
Severus le dirigió una cómplice sonrisa de agradecimiento y Draco se irguió un poco más en su asiento, orgulloso de haber tomado la decisión de investigar por su cuenta.
—Empezaré por el principio —dijo dirigiéndose a Harry—, puede que no estés familiarizado con todo lo que voy a explicar.
Harry hizo un gesto de asentimiento, acercando un poco más su silla a la de Severus para poder instalarse cómodamente en su abrazo.
—La historia nos dice que lo que acabó convirtiéndose en la Noche de Walpurgis, era una tradición probablemente vikinga, en la que invocaban y adoraban a sus dioses de la fertilidad y que fue difundida por los celtas, quienes a su vez celebraban la festividad de Bealtaine, que marcaba la transición del invierno a la primavera. Una de las principales actividades de este festejo consistía en encender hogueras en las montañas y colinas, para renovar con el humo a los pueblos y a sus habitantes —Draco hizo una pausa para dar un sorbo a su copa de licor—. Lo que los muggles de la época no sabían era que nuestra gente, me refiero a magos y brujas, la habían adoptado también desde tiempos mucho más antiguos para honrar la magia en una de las noches en que ésta es más poderosa y está más dispuesta a manifestarse si se la invoca correctamente mediante conjuros y rituales.
—Y algunos no fueron muy discretos —intervino Severus con una sonrisa irónica—. De ahí nacieron las leyendas muggles sobre brujas que se reunían esa noche para celebrar aquelarres y adorar al diablo.
—¿Y no era cierto? —preguntó Harry.
—¡Por favor! —se rió Draco— Esas no eran brujas, sino cuatro descerebradas bailando desnudas alrededor de una hoguera, a las que se follaba el más espabilado del pueblo poniéndose un par de cuernos en la cabeza y una capa.
—Y no te cuento para qué utilizaban los mangos de sus escobas cuando no había cornudo del que echar mano… —añadió Blaise sirviéndose un poco más de licor.
—Vaya… —musitó Harry.
—Pero mira que eres bruto —recriminó Draco a su novio, a pesar de todo, aguantándose la risa—. En fin, que como ha hecho siempre desde que la iglesia católica es iglesia, barrió cualquier vestigio pagano de esa festividad trasladando a ese día la celebración de la canonización de Santa Walburga. Las hogueras siguieron encendiéndose, pero en este caso, quemaban contra los poderes malignos durante toda la noche del treinta de abril al uno de mayo.
—¡Bravo! —aplaudió Blaise, besando después a su novio— Deberías plantearte convertirte en profesor de historia.
—A mí me ha parecido interesante —dijo Harry—, desconocía la historia. Pero supongo que ahora viene la parte menos entretenida…
La sonrisa abandonó el rostro de Draco para vestirse de una seriedad que hizo que los demás también perdieran la suya.
—En realidad, ese medimago describió en su libro el ritual de forma bastante superficial—reconoció—, dejando de lado algunos aspectos importantes, pero no muy agradables del mismo. Básicamente, apartó todo lo que podía inducir a pensar que se trataba de un ritual de magia oscura.
—¿Y lo es? —preguntó Harry.
Draco inclinó un poco la cabeza, como si no estuviera muy seguro de qué contestar.
—Yo diría que roza los límites —respondió finalmente—. Pero estoy seguro de que si ese tratado germano hubiera estado en manos inglesas en lugar de alemanas, nuestro Ministerio ya lo hubiera hecho desaparecer hace mucho tiempo —aseguró el joven.
—Sin embargo, el Ministerio se ha pasado por el forro de los pantalones que nuestro Código de Magia rechaza contemplar la posibilidad de quitarle a un mago o bruja su magia, si no median hechos excepcionalmente graves, que deben ser antes valorados y juzgados por el Wizengamot. Y aun así, la decisión que éste tome debe ser unánime, sin posibilidad de sentenciar sólo por mayoría.
Después de su pequeño discurso, enojado y duro, Severus terminó su copa de licor de un solo trago. Harry acarició su mano, que después se llevó a los labios para depositar un pequeño beso.
—Tal vez esta parte de la conversación no sea la más adecuada para la Noche de Navidad —insinuó Draco—. Podemos dejarlo para otro rato, si queréis.
Severus frunció el ceño.
—Y mañana es Navidad y pasado vuelves a Frankfurt —le recordó. Después miró a Harry—. Pero podemos dejarlo para después de fiestas si tú crees que puede estropearte la noche.
Harry le sonrió.
—Nada puede estropearme esta noche —afirmó.
Severus depositó un pequeño beso en sus labios.
—Entonces, adelante —invitó a Draco.
El joven asintió, sin poder acostumbrarse todavía a ese intercambio de caricias, verbales o físicas entre el pocionista y el ex Gryffindor. Era tan extraño ver a Severus siendo cariñoso con alguien…
—Bien, estamos hablando de un ritual de renovación. Fuego. Muerte de lo viejo, usado o inservible. Convertir en humo y cenizas el lastre que arrastramos y que estamos deseando quitarnos para conseguir avanzar y ser felices. —los demás asintieron—. El mago que creó este ritual en especial, tomó estos elementos que son las bases de rituales mucho más sencillos que no sólo se practican la Noche de Walpurgis. Sin embargo, teniendo en cuenta que en este caso se va a invocar a la propia magia para que retire el sello que ha sido colocado contra ella misma, el ritual va a exigir mucho más.
—¿Tendremos que echar a Dumbledore a la hoguera? —preguntó Severus maliciosamente.
Draco le devolvió la sonrisa antes de decir:
—No exactamente, pero algo de eso hay.
—Joder, esto se pone interesante —dijo Blaise, irguiéndose en su silla para adoptar una postura más atenta.
—Empecemos por el fuego —continuó Draco—. La hoguera no puede ser encendida de la forma tradicional, es decir, leña y un hechizo para prenderla. Debe ser un fuego invocado, que como sabéis es de color azul y debe arder sobre las manos unidas de sus tres invocadores. Esas tres personas deberán estar ligadas de forma positiva a Harry y cuanto más alto sea el grado de afecto y bondad que sientan hacia él, más fuerte será la llama y por tanto, el efecto destructivo y renovador de todo lo que después se queme en ella.
—Podemos ser nosotros tres —ofreció Blaise.
—No —rechazó Draco—. Severus, evidentemente, sí puede ser una de esas tres personas por la relación que le une a Harry. Pero tú y yo, a pesar de que ahora seamos amigos y por supuesto no le deseemos ningún mal, no tenemos hacia él un nivel de afecto y compromiso, como los que se requieren para el caso. Tal vez con el tiempo —añadió a modo de disculpa dirigiéndose a Harry—, pero en este momento el ritual no nos aceptaría.
—Lo entiendo —dijo Harry—, no te preocupes.
—Sigue, Draco —le instó Severus—, ya nos ocuparemos de los otros dos invocadores más adelante.
—De acuerdo. Si esas tres personas representan aspectos positivos en tu vida, y servirán para encender el fuego, los aspectos negativos son los que tienen que alimentarlo para que puedan ser convertidos en ceniza y humo y renovar tu espíritu y tu fuerza para que la magia decida intervenir y romper el sello que la ata dentro de ti.
—¿Te refieres a que tengo que quemar cosas que me traigan malos recuerdos o algo así? —preguntó Harry.
—Algo así —respondió Draco con una pequeña mueca—. A ver, tienes que buscar tres circunstancias, personas o hechos lo suficientemente negativos, cuya desaparición signifiquen que desaparezca también ese lastre del que hablaba antes.
—Bien, puestos a tirar al fuego los aspectos negativos de tu vida, yo diría que hay básicamente dos —intervino Severus— No disponer de tu magia y Lucius.
—Podría decirse… —Harry se encogió de hombros. Su vida había sido una verdadera mierda desde que había acabado la guerra. No era que antes hubiera sido un lecho de rosas, de todas formas—. Entonces, ¿debo escoger algo simbólico que los represente y tirarlo al fuego? —preguntó.
—Me temo que debe ser algo más que simbólico —respondió Draco—. No vamos a lanzar al fuego a nadie pero… —miró significativamente a Severus—… me temo que los implicados deberán contribuir físicamente de alguna forma.
—¿En qué forma? —Harry se separó de Severus, inclinándose un poco más sobre la mesa, sintiendo una especie de cosquilleo nervioso en el cuerpo ante lo que pensaba que podía oír.
Draco le miró fijamente por unos momentos y después dejó escapar un pequeño resoplido que desordenó su flequillo.
—He estado pensando en ello desde que volví de de la Sierra de Herz —confesó—. Y he llegado a mis propias conclusiones, pero corrígeme si me equivoco.
—Adelante —le animó Harry, intrigado.
—Veamos, para mí el primer lastre es Dumbledore —Harry asintió, demostrando que estaba de acuerdo en aquella afirmación—. Él es el autor material del conjuro o lo que fuera que hiciera para sellar tu magia. Para hacerlo utilizó dos elementos importantes: su varita y las palabras —Draco guardó un pequeño silencio como si considerara las consecuencias de lo que iba a decir—. El fuego debe ser alimentado con su varita y su lengua.
—¡Joder! —exclamó Blaise.
Severus hizo un brusco gesto para que se callara y Draco pudiera continuar.
—El que autorizó o instigó que te dejaran sin magia fue el Ministerio, en la persona del Ministro de Magia —prosiguió Draco—. Scrimgeour fue quien decidió y firmó los papeles necesarios para decidir tu vida. Así que habrá que quemar algún pergamino en el que conste su firma en relación a esas decisiones —Draco carraspeó un poco—. Y su mano.
—Y llevamos dos —contabilizó Blaise sin hacer caso del nuevo gesto de Severus para que se callara.
Harry ni siquiera parpadeaba.
—¿A qué conclusión has llegado con Lucius? —preguntó Severus suavemente, tratando de darle a su voz una inflexión de normalidad.
Draco no respondió de inmediato y nadie le apremió a hacerlo.
—Él puede infligir dolor de muchas maneras —habló por fin, esta vez sin mirar a nadie, jugando distraídamente con su copa—. Podemos quemar su látigo, su bastón, o incluso esa correa si todavía la conservas. Pero tengo que seguir pensando en… lo demás.
—Sea la correa, entonces —dijo Severus, dando a entender que todavía la tenía. Y se guardó de decir que, conociendo a Draco como le conocía, el joven tenía ya más que pensado el segundo elemento perteneciente a Lucius que habría que quemar en el fuego.
—Por último está tu propia contribución —habló de nuevo Draco, dirigiéndose a Harry, rompiendo el incómodo silencio que se había producido.
—¿Tengo que cortarme alguna parte del cuerpo? —preguntó el ex
Gryffindor con aprensión.
—No, sólo debes renunciar a algo que sea muy importante para ti y ofrecérselo a la magia.
¿Sólo? Harry volvió el rostro hacia el pocionista con expresión asustada. Estaba seguro de que no podría renunciar a Severus aunque de ello dependiera su magia.
—En tu caso, algo material —aclaró Draco, permitiéndose una sonrisa—. Pero que tenga un fuerte valor emocional para ti y no tengas forma de volver a recuperar —deslizó su mirada alrededor de la mesa para detenerla finalmente en Harry—. Si conseguimos todo lo necesario y hacemos el ritual correctamente, volverás a tener tu magia de vuelta —y añadió con ironía—. Y quizá puedas evitar que nos manden a Azkaban por mutilar al Ministro de Magia y dejar al Director de Hogwarts sin lengua.
—Y todo antes del 30 de abril —rumió Severus, con la expresión de estar marcándose ya los plazos para llevar a cabo las acciones necesarias para obtener lo que necesitaban.
—Bueno, faltan cuatro meses —dijo Blaise—. Si nos organizamos, tenemos tiempo de sobra.
Harry los miró a todos como si no pudiera creer lo que estaba oyendo.
—¿De verdad os lo estáis planteando en serio?
Los ojos de Draco, más acerados de lo que Harry recordaba haberlos visto jamás, se clavaron en él como dos dagas de hielo.
—¿De verdad te queda compasión por alguno de ellos?
o.o.o.O.o.o.o
Severus dejó que durante los siguientes días Harry se desahogara con todo tipo de argumentos para convencerle de que arriesgarse a hacer lo que pedía ese ritual no valía la pena, si después tenían que acabar todos en la cárcel mágica.
Ya me he acostumbrado a vivir sin magia, Severus. No la echo tanto de menos como parecéis pensar todos.
No me importa vivir como un muggle. Viví así durante once años y puedo hacerlo ahora.
¿De verdad vas a permitir que Draco y Blaise arruinen sus vidas con esto? ¿Vas a arruinar la tuya también? ¡Por el amor de Dios, que es el Ministro de Magia! ¡Tendremos a toda una legión de aurores encima antes de que podamos cortarle nada a nadie más!
¡Oh, sí! ¡Qué fácil! ¿Un caramelo de limón? Abra la boca por favor, yo mismo se lo meto en la boca y, si no le molesta, de paso le corto la lengua.
Lucius no se atreverá a tocarme. Tú mismo lo dijiste. Además, tengo mi traslador.
Sin embargo, era mucho esperar que Lucius Malfoy se hubiera dado por vencido.
Se encontraban casi a mediados de enero. Hacía un frío intenso y desde la madrugada caía un aguanieve que había dejado el empedrado del Callejón Diagon peligrosamente resbaladizo. Severus había ido a San Mungo para hablar con el medimago que solía enviarle pacientes dispuestos a probar las pociones que estaba desarrollando. Como se encontraban a mediados de semana, Draco estaba en Frankfurt y Blaise en la universidad mágica de Londres. Así que Harry estaba solo. No habían entrado muchos clientes en la botica esa mañana debido a lo desapacible del tiempo. Harry se estaba entreteniendo en ordenar la trastienda, haciendo sitio para colocar los nuevos frascos que había llenado y etiquetado la tarde anterior. Recibió con alegría el sonido de la campanilla, indicando que alguien había entrado en la botica, y poder así abandonar por un rato aquel aburrido trabajo.
—Hola, Harry.
Harry se quedó paralizado, con la mano todavía en la cortina que separa la tienda de la trastienda. ¿Cómo se había atrevido?
—Lárgate, Malfoy. O llamaré a Severus.
El rubio sonrió, arrogante. Agitó su varita y el letrero que había en el cristal, que en ese momento indicaba "Abierto", giró a "Cerrado". A continuación Harry oyó los pestillos de la puerta cerrándose e imaginó que Malfoy habría colocado algún hechizo que le impediría salir.
—El bueno de Severus está en San Mungo —dijo con voz arrastrada—, y no volverá hasta el mediodía.
Harry comprendió que debía llevar tiempo vigilándoles. Consideró sus opciones. No podía retroceder hasta la trastienda, porque era tanto como meterse en una ratonera. Menos bajar al sótano. Pero podía intentar correr escaleras arriba hasta la vivienda y salir al Callejón Diagon por las escaleras que partían de una puerta lateral en la cocina y bajaban directamente a la calle. Era la entrada que había utilizado para acceder al edificio, al principio de trabajar para Severus. Si era lo suficientemente rápido, tal vez conseguiría que Malfoy no pudiera detenerle con un Desmaius o un Incarcerus. Una vez fuera de su vista, utilizaría el traslador. Porque bajo ningún concepto quería mostrarle a Malfoy que lo tenía. De haber próxima vez, lo buscaría. Y sería capaz de partirle la oreja con un Diffindo. Harry arrancó a correr súbitamente, contando con que Malfoy tendría que rodear el mostrador, penetrar en la trastienda y abrir la puerta de la escalera que ascendía a la vivienda. Y todo ello significaba preciosos segundos que marcarían la diferencia entre escapar o caer bajo un hechizo.
El Incarcerus alcanzó sus piernas en el último escalón, haciéndole caer al suelo y golpearse dolorosamente el rostro contra él. Lo siguiente que oyó fue el zumbido de hechizos volando sobre su cabeza y unas piernas que pasaban saltando sobre él para descender las escaleras corriendo.
—¿Me creíste tan imbécil como para dejarle sin protección mientras estaba fuera, Lucius? —gritó Severus.
Harry logró darse la vuelta y se sentó en el escalón, intentando deshacer las cuerdas que aprisionaban sus piernas y no perderse detalle del duelo que se había entablado entre los dos hombres, que ahora luchaban en el rellano inferior de la escalera. Se dio cuenta de que Severus, astutamente, estaba dirigiendo a Lucius hasta la puerta del sótano. Desaparecieron de su vista antes de que lograra desatarse. Sin embargo, era capaz de oír el estruendo amortiguado de cosas cayendo o explotando, así que supuso que Severus se había salido con la suya y ahora peleaban en el sótano. Sus manos nerviosas no colaboraron en deshacerse de las sogas que le aprisionaban con la rapidez que hubiera deseado. Para cuando logró descender las escaleras ya no se oía ningún ruido. Harry no sabía cómo interpretar ese silencio, así que fue muy cauteloso a la hora de empujar la puerta y asomarse.
Malfoy yacía en el suelo inconsciente y, a pesar de que Severus tenía una herida profunda en un brazo, no parecía nada grave. Harry corrió hacia él.
—¿Estás bien? —preguntó, ansioso.
—¿Y tú? —Severus revisó cuidadosamente el rostro del joven, que sangraba profusamente.
—Sólo es la nariz —aseguró Harry—. Estoy bien, de veras.
—Episkey —murmuró el pocionista, apuntando con su varita el apéndice nasal del joven.
Harry se tocó la nariz y sonrió. El sangrado se había detenido, aunque sabía que la tendría dolorida durante unas horas.
—Voy a enviarle una nota a Blaise —dijo entonces Severus—. Sube a lavarte la cara.
Harry le echó un último vistazo a Malfoy y después obedeció.
Blaise llegó media hora más tarde. Curó la herida de Severus y revisó la nariz de Harry. Pero Severus no le había llamado para eso.
—Estoy seguro de que Draco te ha dado instrucciones —dijo—. Haz lo que tengas que hacer.
—Bien.
Blaise cogió su maletín y bajó al sótano. Todavía había bastante estropicio debido a la pelea y el estudiante de medimagia pensó que no le gustaría tener a Snape como contrincante. Pero no pudo evitar sonreír porque, sin que Draco le hubiera hecho partícipe de sus intenciones, el pocionsita las había adivinado con facilidad. De hecho Blaise no sabía qué habría utilizado para transformarlo en esa estructura que tenía una especie de moldes para mantener las piernas separadas, a la que estaba atado Lucius con gruesas correas, manteniendo su cuerpo completamente inmovilizado. Una firme mordaza cubría su boca.
Blaise dejó su maletín sobre la mesa que había dispuesta al lado de su "paciente" y sacó varios instrumentos que dispuso cuidadosamente sobre una toalla.
—Hay que reconocerle a Severus el morbo histórico que le ha echado al asunto —dijo con admiración—. Conociéndole, incluso se habrá documentado.
Cuando lo tuvo todo dispuesto, se plantó frente a Lucius y sin ningún pudor hizo desaparecer sus pantalones. Después ejecutó un segundo hechizo sobre el cuerpo del rubio.
—¿Sabes la suerte que tienes de que seamos magos? —le sonrió a Lucius, mientras éste le dirigía una mirada furiosa— Si hubieras sido uno de esos desgraciados esclavos que vendían en los mercados, te habría purgado durante dos o tres días, hasta que casi habrías desfallecido de hambre y debilidad. Pero lo he solucionado con un simple hechizo, ya ves.
Blaise sopesó con ambas manos los testículos de Lucius y después los examinó con sumo cuidado. No se podía negar que el hombre estaba bien dotado.
—A los pobres esclavos les extraían los testículos y luego utilizaban un hierro caliente para cicatrizar las heridas —siguió explicando en tono académico mientras hacía desaparecer el vello—. Después les obligaban a tomar grandes cantidades de agua para que se les abrieran los canales de la orina. Pero no te preocupes, utilizaremos un hechizo también para eso.
Lucius movió frenéticamente la cabeza mientras intentaba desesperadamente decir algo a través de la mordaza. Blaise le miró sin demostrar todavía abiertamente su desprecio.
—Ahora, ¿quieres primero la buena noticia o prefieres la mala? —preguntó.
El pálido rostro de Lucius se había puesto rojo de pura desesperación.
—Está bien, empezaremos por la buena —Blaise señaló el instrumental quirúrgico que había preparado—. A diferencia de esos esclavistas, yo no utilizaré burdos cuchillos.
Blaise dio unos pasos hacia la mesa, sacó unos guantes de latex de su maletín y se los puso con mucha parsimonia. Después tomó un bisturí y se acercó de nuevo a Lucius.
—Ahí va la mala —sus labios sonreían pero sus ojos demostraban sin ningún tapujo el odio que guardaba por todo lo que le había hecho a Draco—: hasta el próximo trimestre no empezaremos con los hechizos anestésicos.
Dos horas después, el estudiante de medimagia subía nuevamente las escaleras del sótano con un pequeño frasco en la mano.
—Guárdelo con la correa —le dijo a Severus, entregándoselo.
—¿Y él? —preguntó el pocionista.
—Le he dado un calmante —respondió Blaise en tono inexpresivo—. Sólo para que pueda caminar y largarse de aquí —especificó—. Dentro de una media hora ya le habrá hecho suficiente efecto para que se tenga en pie y pueda echarle a la calle.
Harry escuchó la conversación en silencio. No preguntó.
Continuará...
