Capítulo 11: "Te Necesito."

Sentía como una suave briza tibia y ligera, pausada y calmada acariciaba su rostro. Frunció el entre cejo al advertir que no le pertenecía. También comenzó a percibir que se encontraba en algo suave pero duro y quemante, en donde ya mitad de su cara se había pegado y unos brazos la mantenían firmemente sujeta en la posición que se encontraba, sobre un cuerpo…

Abrió sus ojos de súbito, con el corazón casi en la garganta sintiendo esa emoción que revoloteaba por su estomago logrando que le doliera un poco. Lo primero que vio fue el pecho desnudo y bien formado de Inuyasha, luego la tira de su sostén, también un poco de frazada con sabanas envolviéndolos a ambos. Contuvo la respiración cuando su corazón comenzó a latir desenfrenado en su pecho, latiendo de la misma manera que el del demonio que arrugo su ceño al sentirlo palpitar con tanta ímpetu.

¡¿Pero qué había sucedido?! Las manos comenzaron a sudarle y su respiración se volvió rápida, casi jadeante. No sabía qué hacer, le hormigueaban las manos por hacer algo pero no sabía cómo reaccionar. Él parecía tan tranquilo durmiendo de esa manera que le dolía casi despertarlo. ¡Pero tampoco podía estar de esa manera con él! más estando despierta. Se ruborizo y obligo a calmarse, esto tenía que tener una explicación lógica. Seguro, sí. No debía sucumbir en la desesperación.

Su corazón se detuvo al ver en su mente las imágenes de la noche anterior, cuando un hombre quiso sobrepasarse con ella y justo en ese instante llego Inuyasha para defenderla aunque algo tarde ya que comenzó a tener repulsión por los hombres y fue golpeada violentamente. Parpadeo notando que no tenía ningún dolor, solo el peso de la cabeza por haber dormido tanto. Irguió la crisma ladeándola por detrás de su hombro y ver la hora en su reloj despertador. Si se sentía de esa manera era porque había dormido más de la cuenta…

10:27hs A.M.

Su mandíbula casi se sale de su lugar si no fuera porque estaba adherida a su cabeza.

«¡Es demasiado tarde!»

—Buenos días —saludó.

Soltó un grito ahogado volviendo su cabeza al escuchar su voz un tanto ronca por dormir y los ojos tan pero tan cerca que pudo admirarlos igual que la vez del callejón, dejándola sin aliento y ruborizada hasta la medula. Se encontraba serio, escudriñándola tan fijamente a los ojos que su corazón dio un brinco inesperado advirtiendo a ambos ya que ahora se encontraban unificados.

—Tranquila. —Sonrió burlón, provocando que Kagome lo observara recelosa y un tanto incomoda pero también desconcertada por su trato con ella ya que no era petulante, ni taciturno, parecía jovial, sin esa mirada antipática… otro Inuyasha.

—¿Qué… qué sucedió? —Inquirió parpadeando para que no la confundiera con ese trato extraño que usaba para con ella.

La mirada de Inuyasha se volvió gelida. Distinta a la de segundos atrás, recordando lo que había sucedido la noche anterior. Con una sombra opacándolos levemente provocando un temor en Kagome. Parecida a la del chico con el cual se encontró por primera vez en el callejón.

Hace días que esa sombra no se asomaba a ellos.

Ruborizada, se irguió tomando un poco de la frazada hecha girones que segundos antes los protegía a ambos de la fría noche que ya paso, para cubrirse el pecho con ella, sentándose de rodillas enfrente de él mientras lo veía acomodarse con parsimonia, colocando su espalda en el respaldo del somier. Sin mirarla.

Los segundos pasaban y el tic tac del reloj parecía ser quien a gritos instaba a que alguno de los dos hablara. Ella lo observaba fijamente con las mejillas enrojecidas por la poca ropa que llevaban, sumamente nerviosa mientras el hombre tenía la vista clavada en las sabanas arrugadas delante de él. Serio. Con el ceño fruncido, parecía estar debatiéndose algo dentro de él o buscando simplemente las palabras con que responderle ya que tensaba la mandíbula y un musculo de esta última sobresalía.

—Inuyasha. —Musitó, para que la observara. Un poco más calmada pero sin abandonar esos nervios que parecían tenerla en vilo.

Ejerció un poco más de presión en sus puños con un movimiento casi imperceptible en sus cejas, sacado de su cavilación que al parecer lo hizo olvidarse de todo lo que se encontraba a su alrededor.

¿Qué podía decirle? «Anoche casi mueres por culpa de un depravado que quiso violarte y si no fuera por mí en este momento estarías hablando tranquilamente con el viejo pesado de Kami Sama. No cómo un humano, claro está, sino como un ángel. ¡Por cierto! también fue mi culpa el que pasaras todo eso la noche pasada.» No, estaba claro que no podía decirle aquello.

De refilón se cercioro si aun lo seguía escudriñando y para su más horroroso espanto ella no había desviado la mirada en ningún momento. ¡Maldición!

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó fingiendo indiferencia, cruzándose de brazos al tiempo que ladeaba su cabeza cerrando sus ojos. Mejor actuar como siempre sin tener que darle todos los detalles. No… pero tampoco era un cobarde. Abrió sus ojos lentamente mostrando un dolor palpable. Estaba esquivando las preguntas de ella y eso no era muy de hombres. Pero, tampoco se sentía con todas sus fuerzas para enfrentarla y prepararse para que ella lo odiara. Ahora entendía que eso era lo último que quería, aunque jamás lo admitiera.

Ella ejerció un poco más de presión en la frazada que tenía en su pecho bajando la mirada ya no muy segura de querer saber lo que había sucedido al ver por un momento una sombra de dolor en sus ojos azules y no dorados como los vio esa noche.

—Y-yo… solo… —se mordió el labio alzando dubitativa la mirada hacia él, que seguía sin observarla con los ojos abiertos pero fijos en la pared—. Sobre… —suspiró, deteniéndose. No podía seguir así, parecía tonta. Cerró sus ojos enfundándose valor para luego abrirlos y enfocarlos en el joven, resuelta a saber la verdad, aunque eso la dejara atónita ó en shock—. Necesito… saber que fue lo que paso a… anoche.

Bien, ahí estaba su tan difícil oración.

Corrió de un movimiento brusco la frazada y sabana, resoplando como si la petición de Kagome lo molestara, saliendo del somier y comenzando a caminar por la pequeña habitación hasta detenerse en la ventana observando hacia afuera, donde se mostraba una mañana nublada, algo húmeda por la poderosa tormenta de la noche pasada. Sus ojos parecieron los de un halcón, amenazadores, buscando su presa para desayunar. Logrando que la joven se estremeciera levemente ante lo calculador que se le veía de esa manera. ¿En qué sería lo que su mente cavilaba para mostrarlo de esa manera? ¿Tan horrible había sido esa noche que recordarlo le provocara esa reacción en él? trago con fuerza. Debía de serlo para que se mostrara tan aterrador.

—Anoche comenzó, sin mirarla, con el ceño fruncido—, fue una de las peores que me ha tocado vivir —sus brazos que se encontraba cruzados en su pecho se tensaron elevando levemente sus músculos mostrándolos más robustos y fuertes con las venitas de la presión ejercida. Giro su rostro hacia ella dejándola paralizada cuando sus miradas se encontraron, provocando un respingo en Kagome por lo desprevenida que la encontró. Tenía los ojos tan opacados y apesadumbrados que creyó que en verdad era siniestro y demasiado sombrío lo que tenía que decirle—. ¿Estás segura que quieres saber que fue lo que paso?

Bien, ahora ya no estaba muy segura.

Los segundos pasaron y el silencio pareció hacerse ensordecedor, tanto que sus tímpanos escuchaban el pitar de la calma. Un repentino escalofrió corrió por su espalda haciendo que presionara más la tela en su pecho comenzando a sentir el miedo que Inuyasha le estaba induciendo. Esto le daba un mal presentimiento, no le gustaba nada, pero era necesario saber qué demonios había ocurrido la noche pasada. Aunque eso le provocara un pánico inexplicable.

Asintió, lentamente sin desviar su mirada de la del joven.

Inuyasha suspiro.

—Por mi culpa… casi mueres… —dijo, observándola con esa sombra de dolor en su rostro.

Abrió los ojos como platos mientras su corazón daba un vuelco tan repentino que la hizo jadear… al igual que Inuyasha.

—¿Qué? —Soltó abrumada por sus palabras—. ¿Casi muero?

¿Eso era en verdad? ¿No estaba jugando con ella? ¿Por esa razón él se encontraba tan afligido, tan culpable? ¿Por qué por su culpa ella casi muere? No… no podía ser cierto. Él no podía matarla ¡él era su ángel guardián! ¡Se suponía que la cuidaría, no mataría!

Consternada lo observo boquiabierta mientras que sus ojos no dejaban de recorrer los azules del hombre que esta vez la miraba con pesar, culpa, tristeza y mucho, mucho, agobio.

—Inuyasha…

—Ése sarnoso, tenía razón en todo lo que me dijo —exclamó aunque más para él que para ella—, si no me hubiera marchado de tu tienda esa tarde hubiéramos vuelto juntos, y ese maldito infeliz no te abría hecho nada. —Bajo su mirada al suelo entornando los ojos, queriendo estrangular y liquidar como tuvo que hacerlo desde un principio a ese infeliz que aun seguía con vida—. Pero no. Me marche, te deje sola, a tu suerte, cuando mi deber es protegerte día y noche… —alzo su mirada viéndola con angustia una tan tangible que Kagome se esforzó por no correr hacia él y envolverlo en un abrazo—. Nunca tuviste que pasar por aquello. Yo no sirvo para esto, ¿puedes verlo, no? yo soy un demonio que no sabe cuidar a los demás, solo matar, eso es para lo que yo he nacido —sonrió amargamente volviendo a bajar sus ojos— jamás he conocido a alguien que haya protegido a una humana…

«Solo a él… que se enamoro de ella y dio su vida para protegerla, muriendo al hacerlo… provocando también que luego ella lo siguiera al infierno… para estar juntos, al fin.»

Se poso sobre el marco de la ventana afirmando su espalda en el frio vidrio que apenas sintió, cruzando sus tobillos en una clara posición de modelos. Con sus cabellos largos, un poco enmarañados por haber dormido, llegándole un poco más abajo de la cintura. Azabaches, como lo es un cielo sin estrellas y sus ojos de un azul tan intenso, observándola con una sombra de sufrimiento que hizo llorar el corazón de Kagome quien no pudo evitar arrugar con una de sus manos la tela que aun sostenía testarudamente en su pecho. Inquieta, por querer hacer algo para borrar ese dolor que parecía afligirlo de una manera inimaginable. Sentía un dolor inmenso en el corazón, al verlo de esa manera y también… algo más… había un dolor parecido al suyo, pero sobre algo diferente que embargaba su corazón… ¿Qué podría ser?

—He tomado una decisión —sentenció; con la voz ronca por el peso del dolor.

El corazón de Kagome dio un vuelco y un mal presentimiento hizo mecha en ella, dejándola más nerviosa y sin saber porque unas irremediables oleadas de llanto querían escapársele de su autodominio.

Se observaron en silencio un eterno momento. Ella arrodillada en el somier, él posado en el marco de la ventana, ninguno de los dos haciendo algún movimiento. Entonces pequeñas gotitas copiosas cayeron sobre la ciudad de Tokio, suaves, sin apuros, esas molestas gotitas que parecían no mojarte y cuando ya lo notaste estas mojado hasta la medula.

La respiración de la chica se volvió presurosa, ansiosa, alertándole de lo que estaba por suceder, mientras que dentro del pecho de Inuyasha sucedía lo mismo con su corazón: latiendo en un solo pálpito unificados por la pluma que él sacrifico para que ella no muriera.

Maldita sea… ¿en qué momento esa chiquilla se volvió tan importante para él que lo obligo a usar una de sus plumas para salvarla?

—¿Qué… qué significa eso? —susurró, con los ojos tan brillantes y húmedos que en cualquier momento pesadas y doloras lágrimas caerían de sus ojos mostrando un dolor que aún no llegaba a comprender.

Frunció su ceño, intensificando su mirada en ella logrando que se encogiera de hombros temerosamente pero sin desviar la suya de la de él. Valiente chiquilla, pensó. Aunque quisiera hacerse el indiferente con ella sabía que jamás podría pasar de eso, no podía mostrar otra faceta a Kagome, pues esa chiquilla tenía el poder de hacerlo cambiar, y no quería eso, no lo necesitaba… temía mostrar su corazón y que pudiera exprimirlo al igual que una naranja, cuando menos se lo esperase… además… aunque se quedara con ella sabía que no podría cuidarla como se es debido, pasaría lo mismo que la noche anterior. No podía protegerla.

Escucho su cándida voz sacándolo abruptamente de sus cavilaciones, llamándolo suavemente, trémula. Al igual que él, ella ya sabía de su decisión.

—Inuyasha…

«Perdóname Kagome… pero no puedo estar aquí, no puedo protegerte, no sirvo para esto y la mejor manera para que estés a salvo es… con otro que no sea yo.»

—Me voy.

—¿Qué? —jadeó incrédula con los ojos casi saliéndosele de sus cuencas.

Inuyasha se irguió caminando hasta su camiseta gris, alzándola, ya que se encontraba en el suelo para colocársela por encima de la cabeza. Saco su cabello que se quedo debajo de esta y lo meció para que las puntas no quedaran dentro.

—¿Q-ue dices? —tartamudo perpleja con los ojos anegado en lágrimas siguiendo cada uno de sus movimientos incrédula aun, aferrándose afanosamente a la frazada, buscando algún consuelo a el sufrimiento que lentamente se apoderaba de ella. Un horroroso nudo se formo en su garganta y todas las replicas que pensaba decirle parecieron atascársele allí. Pero… ¿Por qué se ponía tan mal al saber que él se marchaba? Apenas si se llevaban y sin embargo ella no quería que se fuera. Algo no andaba bien, algo estaba mal, de eso estaba segura.

Él tenso los puños clavándose sus uñas en la piel a punto de romperla por la fuerza que ejercía. ¡Maldita sea! Podía sentir su propio sufrimiento y el de la chiquilla ¿Qué le pasaba? ¿Por qué se sentía tan triste? Apenas se conocían, habían compartido tan poco y sin embargo ella parecía estar a punto de morir por su partida ¿tendría algo que ver en esto esa pluma?

—¡¿Qué demonios te pasa?! —gruñó encarándola, logrando que diera un respingo al sorprenderla. Él frunció más su ceño, al verla tan vulnerable— ¿Por qué demonios te sientes así? ¿Por qué no me tienes rencor? ¡Casi mueres por mi culpa! ¿Qué parte de esa oración no has entendido, eh?

Kagome bajo su mirada cuando las lágrimas comenzaron a caer de sus ojos sin poder contenerlas, mordiéndose el labio escuchando sus preguntas, notando ese tinte de dolor en su voz. Esa desesperación, esa exigencia, lograba confundirla y hasta cohibirla un poco, sin saber por qué.

Vio como se encogía y apretaba más contra ella esa frazada soltando lágrimas pesadas y dolorosas. Un tic movió su ceja derecha, incomodo por hacerla llorar. Resoplo, caminando hacia ella con pasos raudos sentándose en el somier delante de la chica para tomarla por los brazos acercándola a él repentinamente clavando su mirada en la de la joven que contuvo la respiración y lo observo conmocionada, boquiabierta, haciendo latir el corazón de ambos a una velocidad vigorosa.

—¿Por qué lloras? —exigió saber sin un ápice de delicadeza, conteniendo esas ganas de zarandearla un poco. Frunció con ferocidad, mostrando un brillo de ira mezclado con el dolor—. ¡Ya deja de hacerlo! No tiene sentido que te llores porque me voy. ¡Por ese viejo estúpido de Kami Sama! Ni siquiera nos llevamos bien, apenas podemos hablar. Mira lo que provoque por no estar junto a ti. Maldita sea, Kagome, deja que me vaya en paz, no hice nada bueno por ti, no pudiste haber sentido cariño por mi cuando lo único que hice desde que llegue fue ser un verdadero demonio conti…

Y lo interrumpió abruptamente cuando se lanzo sobre él en un abrazo que exigía consuelo.

—¡Pero es porque tú lo pones difícil! —sollozó, aferrándose más a su sujeción. Hipo amargamente sin poder contenerse, entreabriendo sus ojos que lo único que soltaban era lágrimas de dolor como esa llovizna que parecía no querer detenerse, olvidándose también que al abrazar a Inuyasha soltó la frazada que la cubría… aunque bien poco importaba ahora esa trivialidad—. ¡No me importa si por tu culpa casi muero! —Sentencio dejando mudo a Inuyasha quien su corazón salto un latido, al igual que el de ella—. No quiero que te vayas de mi vida… tú… tú… —respiro entrecortadamente tratándose de calmar para poder hablar— tu me salvaste ¿verdad? por eso estoy aquí contigo. Me salvaste…, lo hiciste, Inuyasha, no importa si casi muero, no importa si fue por tu culpa, no importa si tardaste en llegar ¡no importa cuando lo primordial es que llegaste antes de lo peor!

Enmudeció petrificado ante su declaración. Incrédulo a lo que escucho.

Acomodo su cabeza en el amplio hombro de Inuyasha acercándose un poco más a él, suspirando al notar como lentamente su respiración se iba calmando al igual que el dolor que sentía por dentro. Ese calor en el que ambos estaban envueltos, la calmaba de sobremanera… ¿Por qué sería…?

Abrió sus ojos hasta más no poder al percibir como sus manos grandes y calientes acariciaban lentamente su espalda desnuda hasta detenerse cerca de los omoplatos encerrándola entre sus brazos, dejándola aun más cerca, hasta que sus corazones estuvieron en la misma altura latiendo al mismo ritmo… unificados….

Era la primera vez que alguien pedía porque él no se marchara. Que lloraba por él. Que lo único que quería era estar con él. Esta niña no sabía nada de él ni siquiera su pasado o por qué había muerto: nada. Absolutamente nada. Y a pesar de haber querido matarla la primera vez que se encontraron, ella lloraba porque él se marchaba, en vez de estar feliz o aliviada… ella lloraba… como si doliera…. ¿Lo aria por interés?

«¿Interés de qué? No tienes nada. No seas engreído.»

Cierto. Él no tenía nada. Y sin embargo, ella quería que él se quedara… aunque no sea un buen Ángel Guardián. Su corazón experimento un cálido calor que lo envolvió, perturbándolo. Contuvo la respiración abriendo sus ojos desmesuradamente cohibido por lo que estaba experimentando. ¿Qué era eso? No lo entendía, era un sentimiento que él no…

«Oh, no.»

¡Un nuevo sentimiento!

Que lo desconcertaba y lo dejaba nervioso.

Lentamente ambos se separaron. Kagome acerco su frente a la de Inuyasha como si el solo hecho de estar así de juntos la embriagara… los embriagara. Y para su más inmensa sorpresa él no intento alejarse, provocando una suave sonrisa en ella. Las manos de Inuyasha bajaron paulatinamente hasta su ceñida cintura, dejándolas allí, mientras que las de Kagome se posaron en sus hombros. Alzo con parsimonia una de ellas dejándola en la mejilla de él entreabriendo los ojos aun nervioso, con el corazón desenfrenado casi en la garganta, pero sumiso por fuera dejándose acariciar por ella, que al parecer lograba embelesarlo. Con ese aroma a dulce y floral que desprendía naturalmente sin esas fragancias que había descubierto en esos días que estuvo lejos de ella…

Enfoco su mirada en la de ella, descubriendo que tal vez hace bastante se encontraba contemplándolo y él ni siquiera lo percibió. Se quedo prendado de los ojos grandes y brillantes de Kagome quien aun tenia rastros de lágrimas en ellos, tan cálidos, tan llenos de bondad y paz que aun no sabía cómo no lo noto antes… que estúpido era.

—Ni mucho menos… puedo odiarte… —musitó, moviendo su dedo pulgar en la mejilla de él sintiendo lo aterciopelada que era. Al parecer los ángeles no tenían barba. Sonrió ante ese pensamiento. Que absurdo, pensar en algo como eso en un momento como ese. Volvió a cerrar sus ojos suspirando—. Por favor… no me abandones… en estos momentos de mi vida… —los entreabrió descubriendo esos ojos azules como el mar de noche que la contemplaban con vehemencia—. Es cuando más te necesito, Inuyasha.

Ladeo su cabeza cerrando sus ojos al igual que su ángel acercando sus propios labios a los masculinos, tan lentamente que no supo cuanto tardo si horas o solo segundos. Entonces en ese preciso instante se escucho el clic de la puerta, pero lo ignoraron rosando suavemente sus labios embelesados en la respiración del otro, con sus corazones latiendo desenfrenados en sus pechos. Inuyasha abrió su boca para profundizar un poco más ese inocente beso acercando a Kagome un poco más desde la cintura en el mismo instante que una luz brillante y cálida ilumino la habitación, dejando sobre las frazadas de la cama una pluma remarcada luminosamente hasta hacerse físicamente presente, por el nuevo sentimiento que Inuyasha descubrió.

Y se escucho un grito ahogado.

Kagome rompió el beso con brusquedad girando la cabeza a un lado para ver a un Sango muy pálida mirando la escena boquiabierta y con la mano aun en el pomo de la puerta.

«¡No puede estar pasando esto!»

—Kagome… —susurró su amiga, no más sorprendida que otra joven.

Lentamente aun petrificada bajo su mirada a los pies de su amiga viendo como un gato regordete —quien era el arcángel Kouga— los observaba con sus inquisidores ojos gatunos moviendo ansioso la cola de un lado a otro, contemplándolos a ambos casi con el lomo erizado.

Los espectadores que tenían presentes provocaron que un horroroso rubor cubriera las mejillas de Kagome quien no supo que mas hacer más que chillar consternada, lanzándose a un lado de la cama cubriéndose la cabeza con las sabanas dejando a Inuyasha solo enfrente de sus espectadores a los cuales los fulmino con su mirada por haber interrumpido algo que ni siquiera pudo terminar.

¡Maldición! ¡Los mataría a ambos por entrometidos!

Apretó los puños con fuerza.

—Fuera… —masculló con clara molestia y furia, una que estaba pronta a estallar.

—¿Qué? —parpadeo Sango saliendo de su estupor ejerciendo más presión en las tiras de la bolsa que sostenía. Luego frunció al procesar las palabras de ese tipo que había aparecido de la noche en la mañana le dijo. Kagome tenía que darle una buena explicación por no haberle hablado de ese hombre— ¿Me estas echando? Oye, no sé quién eres pero yo soy la amiga de Kagome, ¡casi la hermana mayor! Y no me iré de aquí solo porque un Don nadie se le ocurra.

Entonces la paciencia se acabo.

¡Fuera de aquí los dos! —estalló, como un trueno, haciendo que su voz retumbara en las paredes.

Bien, si esto no alertaba que algo malo estaba pasando a los vecinos, nada lo aria, pensó Kagome…

Continuará…

N/A: No era mi intención era que se besaran, era muy pronto y tuve que borrar el capitulo que ya tenía escrito y volver a empezar… (Aunque admito que no me quedo nada mal este, me gusto ^.^). Al parecer los personajes tienen vida propia, porque fueron ellos los que lograron que terminara así, ja.

Nos leemos.

Hasta siempre.

te esperare hasta que seas capaz de recibir mi amor…

*¨°°¨Dulce¨°°¨*