Título: Umbra

Autora: Clumsykitty

Fandom: MCU, Universo Alfa/Omega.

Parejas: Stony, principalmente.

Derechos: todo es de Marvel y Mr. Lee. Soy tan pobre.

Warnings: Bueno pues, este es un mundo paralelo llenito de Alfas, Betas y Omegas. Hay algunas variaciones respecto a las películas en orden de hacer esto coherente como digerible. Acción, sangre, peligro, etc., etc. Sobre aviso no hay engaño.

Muchas gracias por leerme.


Capítulo 10. Podría gritar que me dejes beber de tu sangre.

Ernst Von Christ yacía en su amplia camilla que miraba hacia un ventanal con vista a un bosque de árboles con troncos delgados y pálidos y hojas oscuras rodeando su casa en las afueras de Frankfurt. Tenía una cantidad generosa de monitores alrededor, conectados a su marchito cuerpo por medio de electrodos e intravenosas. Una mascarilla de oxígeno cubría su nariz y boca, con un pijama de algodón y una gruesa bufanda tejida a mano con motivos de zorritos saltarines. Ya era un hombre muy anciano, sus blancos cabellos que estaban desapareciendo de su cabeza como sus cejas blancas hablaban de su edad igual que sus arrugas, acompañando sus ojos miel bondadosos como su sonrisa mientras veía a Bucky arreglar el televisor para él, moviendo la antena para mejor recepción.

-Listo –dijo Barnes volviendo a sentarse a su lado.

-Deberías estar con tus amigos, te necesitan –susurró lentamente el anciano con una voz cansada.

-Fue un error aparecer.

-Te necesitan.

-Tú me necesitas más.

-Eres un Alfa Prime muy orgulloso.

El Soldado de Invierno le miró por el rabillo del ojo antes de escuchar la tetera silbar en la cocina, levantándose para ir a prepararse un café cargado y traerle en una bandeja un té inglés a Ernst a quien acomodó mejor en esos almohadones de plumas para que bebiera en pausas su infusión. Las noticias hablaron de la clausura de las instalaciones de Shield como de los Vengadores además de los movimientos en Naciones Unidas para emitir una recomendación al gobierno de Estados Unidos de Norteamérica sobre la desaparición de Anthony Stark, dueño de las industrias del mismo nombre cuyo paradero era desconocido desde hacía casi un mes. Había un discurso de la junta que dejaba entrever una posible coalición de fuerzas entre naciones con el fin de solucionar de una vez por todas todos aquellos problemas ocasionados formando un Orden Mundial. Las palabras hicieron estremecer al anciano.

-Te necesitan –repitó Ernst.

-Déjame llevarte a un hospital.

-James –el anciano le sonrió- Prefiero morir en mi casa que en un cuarto frío entre desconocidos.

Bucky solamente suspiró al escucharle hablar así, bajando su mirada a su café. Ernst era el responsable de que hubiera recobrado la cordura luego de todo lo que Hydra había experimentado en su persona. Cuando el enfrentamiento con Steve le trajo un rompimiento de su control, estuvo vagando por Estados Unidos hasta que al fin decidió viajar a Rusia donde pensó que encontraría respuestas sin esperar que pesadillas de un estrés postraumático fuesen a entorpecer sus objetivos, quedándose en Frankfurt donde aquel noble anciano le encontró medio inconsciente debajo de un puente con varios día sin comer ni dormir. Ernst había sido un médico experto en rehabilitación física como mental, dentro de su casa, James encontró la paz que no había podido vivir en largo tiempo, tomando coraje para volver al continente americano en busca de su amigo en el peor momento, acabando en una separación dolorosa en vez de una reconciliación. Por eso había preferido regresar con su protector adicto a esa endemoniada tableta que ni aún en esas condiciones soltaba, su padre adoptivo adoraba jugar los estúpidos entretenimientos de Internet o ver videos hasta quedarse dormido sino era que reía con los chismes de las redes sociales.

-Me gusta esta comedia –cambió de tema el anciano- Jamás me cansaré de sus bromas.

-¿Subo el volumen?

-Alcánzame una frazada.

Dejando su café sobre un taburete lleno de medicamentos, Barnes se levantó para ir a buscar en un pasillo los cobertores doblados sobre estantes de pulcra madera fina. Al sacar uno, escuchó el inconfundible sonido de pasos que se aproximaban a la casa, quebrando las hojas secas que formaban una alfombra que serpenteaba por el angosto camino del bosque hacia la casa. De inmediato sacó sus dos armas ocultas tras su espalda, acercándose sigiloso a la entrada, cerrando las cortinas mientras buscaba a los intrusos con la mirada. Frunció su ceño al ver llegar al equipo de los Vengadores, liderados por el Capitán América. Nick Fury como María Hill estaban ausentes. Guardando sus armas, fue a la puerta que abrió con más fuerza de la debida, bajando los tres escalones de golpe para ir a su encuentro.

-¿Qué hacen aquí? –preguntó en un gruñido con cierto tinte Alfa Prime. Fuera de aquí.

-Me dejaste la dirección –respondió Steve con calma, sin reaccionar a su aroma- No me dijiste que no podía venir.

-¿Cómo llegaron?

-Entre aventones y ayuda de extraños –el capitán torció una sonrisa- Necesitábamos encontrarte.

-Creí que no te importaba –el olfato de Barnes notó el aroma distante pero inequívoco de medicamentos de hospital en el capitán pero no preguntó por ello.

-Necesito a mi amigo.

-¿Ahora sí soy tu amigo?

Steve le miró fijamente, asintiendo después. –Lo eres, Bucky –su voz no dejó lugar a dudas.

El sobrenombre hizo bufar al Soldado de Invierno, mirando de arriba abajo a todos los demás antes de darse media vuelta murmurando en ruso. Rogers hizo un gesto con su cabeza a su equipo para entrar a la casa de piedra con una curiosa valla de trigo dorado, cuya puerta principal James dejó abierta, una charla suave apenas se escuchó por el estrecho pasillo que iba de la sala hacia una recámara de puerta abiertas. Los ojos de los Vengadores no pudieron evitar hacer sus inspecciones, cada uno a su manera, admirando el pasmoso número de libros que llenaba aquel modesto hogar. No había espacio, esquina o rincón que no tuviera pilas de documentos, libros, cuadernillos. Los títulos eran de todo tipo aunque los mayoritarios eran sobre medicina de rehabilitación y algunos principios de computación. Junto a esa colección digna de una librería, las paredes estaban decoradas con un mismo tema, pasajes de la famosa obra de Antoine de Saint-Exúpery, el Principito.

-Ernst quiere verlos –dijo Barnes volviendo al pasillo.

Con pasos tranquilos, todos ellos abarrotaron la habitación donde vieron en camilla un anciano Alfa que terminaba de colocarse sus lentes. Lejos de los monitores y los medicamentos, lo que más les llamó la atención fue el enorme cuadro en la cabecera donde estaba un cartel antiguo protegido por un vidrio con un párrafo impreso en letras romanas.

"Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sol. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra, los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo."

Steve se quedó callado unos segundos antes de sentir la mirada interrogativa de James. Estaba a punto de pedir una disculpa al ver el estado de aquel hombre, pero Ernst le sonrió llamándole con un gesto de su mano para que tomara asiento en un banquillo al lado de la camilla.

-Quiero conocer al Capitán América –murmuró en inglés con acento alemán a través de la mascarilla.

Éste no se hizo del rogar, tomando asiento para que el anciano le examinara con calma, tomándose su tiempo para recorrer su rostro y figura antes de asentir para hacer lo mismo con cada uno de los Vengadores, sonriendo cual niño con la expresión de asombro reflejada en sus ojos tan llenos de vida, contrarios a su cuerpo. El último fue Vision, con quien se detuvo más tiempo, asintiendo después con un profundo suspiro.

-Realmente un milagro –le dijo- A veces somos demasiado egoístas como para creer que hay otras formas de vida diferentes a estos cuerpos de carbono tan susceptibles al tiempo y las enfermedades.

-Usted también es asombroso –alabó Vision, sonriéndole.

-Gracias por dejarme conocerlos.

-No tiene que agradecer nada –replicó Steve- Somos en estos momentos más una molestia que una ayuda.

-Nada de eso. Jamie, mi tableta.

Barnes le pasó su tableta que encendió, dejándola sobre su regazo mientras sus ojos pasaron sobre cada rostro de los Vengadores, deteniéndose en Steve al tiempo que el Soldado de Invierno ocupada sitio en el banquillo, con una mano sobre la de Ernst.

-Estoy muy contento, en verdad. Capitán América, quisiera pedir tu permiso para hacer mi último trabajo de rehabilitación contigo. Este anciano decrépito anhela despedirse de este mundo sabiendo que tuvo la dicha de llevar por buen camino a los tres únicos y grandes Alfa Prime.

Miradas confundidas y ceños fruncidos aparecieron, Rogers intercambió una mirada con Bucky quien solamente se encogió de hombros sin decir nada.

-¿Conoce a Circe? –fue la pregunta del rubio.

-Les contaré una breve historia si me lo permiten –rió Ernst débilmente, con una leve tos- Y llegaremos a tu respuesta, capitán.

-Adelante.

Ernst cerró sus ojos, descansando su cabeza sobre la mullida almohada, apretando apenas su mano la de James quien no le quitó la vista de encima.

-Hace milenios, cuando los Alfas se dieron cuenta que eran físicamente más poderosos que los Beta o los Omega, se unieron para formar un grupo de poder con el cual asentar su hegemonía. Con el paso del tiempo sus miembros fueron renunciando a tal idea al ser demasiado ambiciosa, pero los que permanecieron se convirtieron en el peor enemigo de la Humanidad, posando sus ojos en sus rivales, que quizá no eran tan fuertes de nacimiento pero podían lograrlo si se lo proponían; no tenían una destreza mental innata pero eran capaces de adquirirla: los Omega. Alejandro Mago, Akenatón… son algunos nombres de grandes Omegas que les demostraron que genes no eran suficientes para ser amos del mundo. Ese grupo de Alfas les declaró la guerra.

Así fue como lentamente comenzó la discriminación y masacre de los Omega, oculta bajo todas esas reglas y ritos que hoy en día permanecen vigentes. El mundo creyó la palabra de esos Alfa. El fuerte se come al débil, los que no pueden gobernar deben servir, Omegas solo son para procrear y ser esclavos. Lo peor fue que los propios Omega adquirieron esas ideas. Actualmente, ese grupo de poder se dedicó a la última etapa de su plan de dominación, la creación de los Alfas de sangre pura, perfectos, sin defectos. Habían estado probando diferentes métodos para conseguirlo hasta que la tecnología trajo el primer gran logro de todos: el Capitán América.

Steve frunció sus cejos mientras Ernst asintió apenas.

-El doctor Erskine tenía la gran fórmula que convertiría a los Alfa en los Dominantes totales, pero escapó del control de ese grupo poderoso. Aquel Alfa Prime que su suero creó con ayuda de Howard Stark era suficiente para avivar la Segunda Guerra Mundial, una distracción mientras colaban sus agentes en Estados Unidos. Pero el Capitán América no fue lo esperado porque era un protector, no un heraldo del control mundial que ahora nos amenaza. No se dieron por vencidos y experimentaron una vez más con el Doctor Arnim Zola y su Soldado de Invierno. Fue un proyecto casi perfecto hasta que le perdieron. Sin embargo, este grupo de poder estaba más cerca de la meta conforme aprendían de lo ocurrido con los dos primeros Alfa Prime. Mientras la idea de trabajar con genes Omega había sido un asunto descartado, en una prueba con una Omega Azul y un Alfa criado por ellos, vieron nacer por primera vez su sueño dorado: Inger Rohde, una Alfa Prime nacida, no creada.

-Circe –murmuró Natasha.

-Sí, y criada bajo ese grupo de poder, tenía lo que el Capitán América y el Soldado de Invierno juntos. No les cupo duda que era el primer avistamiento de su esperado sueño. Inger fue entrenada y educada para convertirse en la próxima líder que habría de tomar el control del mundo, declarando a los Alfa como amos indiscutibles del planeta. Le dieron un equipo de asalto, Alfas igualmente criados para exterminar a sangre fría y obedecer a su Alfa Prime, ejecutando las sangrientas órdenes de este grupo. Todo iba bien hasta que Inger conoció a un Omega Azul, hijo de un general de la Legión Francesa al servicio de este grupo de poder, Jean Burnel. Este muchacho era miembro del ejército israelí, así que Inger lo incorporó a su equipo y en ese momento creó algo que no esperaban: una Manada. Ese grupo unido no por leyes, normas o jerarquías genéticas, sino por algo más que dinero o poder jamás comprarán.

Ernst hizo una pausa mirando al ventanal, sus ojos se humedecieron con su pecho agitándose apenas, llevando su mano libre a la altura de su corazón.

-Esa Manada comenzó a darse cuenta que sus acciones no eran las correctas ni sus ideales eran sinceros. La rebeldía vino e Inger pagó muy caro su liberación. Su amado Omega Azul fue muerto bajo las peores maneras que puedan imaginar frente a los ojos de su Alfa Prime quien terminó igualmente abatida al tratar de protegerle. Destruyeron su Manada, su identidad y por nada su vida. Yo le encontré tiraba en un basurero a nada de morir. Le traje a esta misma casa, le cuidé igual que a James, pero en ella se había muerto la esperanza y alegría de la vida. Cuando se le quita a un Alfa sus razones para vivir, es casi imposible que vuelva a ser el mismo. Nunca pude traerle dicha a Inger, quien solamente vivió para completar su venganza, siguiendo los pasos de este grupo de poder tras las sombras hasta el momento en que me dijo sobre sus pesquisas sobre la lista de los Omega en el planeta, sobre todo las identidades de los Omega Azul. Entonces se topó con Anthony Stark.

Ernst tosió apretando sus párpados, tomándose su tiempo para respirar ayudado por la mascarilla mientras los Vengadores intercambiaban miradas entre sí.

-El Hombre de Hierro, un Omega Azul que estaba con un Alfa Prime –los ojos del anciano se posaron en Rogers- La historia se repetía. Inger no iba a permitirlo. Estoy al tanto de lo que ha hecho, pero debes creerme, capitán, cuando te digo que siempre lo hizo para salvarles a todos ustedes aunque sus maneras distan ya mucho de un alma en paz. Pero ahora, te tengo frente a mí, y no puedo sino hacer mi último esfuerzo, porque lo que vas a enfrentar necesita que estés completamente listo o no sobrevivirás. Steve, tienes contigo a tus pares, es momento para formar tu Manada. Tú sabes qué tienes que hacer –su mano temblorosa señaló al pecho del rubio.

Steve se volvió al resto de los Vengadores cuyas miradas se posaron en él, expectantes. En esos momentos no tenían ni armas, ni trajes o planes. Eran simplemente seres humanos buscando poner a salvo un mundo en caos. Tomando aire, se plantó firme frente a todos ellos.

-Son mis amigos, son mis compañeros de armas. Para mí no son Betas, Alfas u Omegas. Eso no es importante para mí porque un día un hombre me dijo que no se trataba de ser el mejor soldado, sino el mejor hombre y para eso no se necesita fuerza, poder o armas especiales. Se necesita lo que todos ustedes poseen, lo que los hace únicos. Algo en lo que todos somos iguales. Eso es a lo que yo llamo Vengadores. Mi familia… Mi Manada.

El anciano Alfa sonrió al notar el cambio en las expresiones de todos ellos, el Vínculo que se estaba formando sin necesidad de medios exteriores. Su mano apretó la del Soldado de Invierno quien giró su rostro hacia él leyendo en su mirada lo que le pedía hacer. James negó apenas con media sonrisa, posando sus ojos en el Capitán América.

-Alfa –declaró, haciendo el enlace final.

-Alfa –siguió Sam.

Cada uno de ellos fue diciendo lo mismo, sonriendo todos al final al sentir el poderoso Vínculo que ahora les envolvía con una fuerza que incluso alguien como la Viuda Negra parpadeó atónita. Jamás había percibido algo así, que los hacía sentir tan poderosos, seguros. Steve se volvió a Ernst cuya sonrisa era de completa satisfacción, como sus lágrimas.

-La más poderosa Manada que este mundo haya visto. Pero aún le faltan dos miembros. Eso está por arreglarse.

-Ernst, ¿qué es lo que vamos a enfrentar? –quiso saber el Alfa Prime de Manada.

-A Umbra.

Sus ojos fueron a los de Barnes, indicándole que le pasara una Biblia sobre un taburete cercano que tomó, arrancando la hoja de guarda con mucho esfuerzo por su cuerpo débil pero sacando al fin una tarjeta oculta, muy vieja como pudieron ver todos por lo amarillento del papel. La tendió a Steve, dejándole ver en una cara un escudo de armas, dos lobos corriendo sobre espadas entrecruzadas, envueltos en una corona de laurel. Debajo aparecía un nombre: Umbra. Al reverso estaba escrita a mano coordenadas geográficas en lista, todas estaban tachadas excepto la última.

-Así es como se hacen llamar, Umbra. Sombra. La mano que mece la cuna. Ellos han gobernado sobre la historia de la Humanidad desde tiempos inmemorables, decidiendo quien debe vivir y quien no, cuando deben hacerse las cosas y cuando no. Qué guerras crear y cuales apagar. Ese sitio, esa dirección es la sede de su cuartel general. Capitán, es casi seguro que ellos escaparán, son tan invisibles como su nombre lo dice, pero si destruyes ese cuartel, te doy mi palabra que el mundo será otro. Lo liberarás del yugo al que ha estado sometido largo tiempo.

-¿Cómo es que tienes esa dirección? –Bucky no pudo evitar preguntarlo.

Ernst le miró sonriente aún con sus lágrimas antes de levantar la manga de su pijama hasta casi llegar al codo. Todos sin excepción abrieron sus ojos de par en par al ver tatuado en su arrugada piel el mismo escudo de armas.

-Hijo privilegiado y ex miembro –respondió a sus miradas interrogativas- Creía en lo que Umbra decía hasta que un día vi morir a mi madre Omega por los puños crueles de mi padre solamente porque ella había decidido crear un medicamento que ayudara a los más indefensos sin necesitar de gastar más dinero en vacunas o terapias. Afortunadamente su conocimiento no se perdió y su hermano menor un día creo un suero especial.

Steve jadeó atónito. –Su madre fue la hermana de Abraham Erskine.

-Su legado sigue vivo, y pateará esos culos malnacidos.

Una tos le hizo encorvarse. James de inmediato se puso de pie, ofreciendo un pañuelo que se manchó de una sangre oscura como su mascarilla de oxígeno. Murmuró algo a lo que Ernst negó, volviendo a su almohada. Los monitores marcaron un ritmo cardíaco más bajo como su presión.

-Steve, capitán –carraspeó llamándole con una mano que el rubio tomó- Ahora tienes tu Manada, y tendrás de vuelta a tu Omega. Mi trabajo está completo. Pero este anciano moribundo quiere pedirte un último favor.

-Lo que sea.

-¿Puedes salvarla? –Ernst sollozó- Está dispuesta a morir, porque la culpa y el remordimiento no la dejan estar en paz. Siempre se lamentó no haber sido lo suficientemente fuerte para detener Umbra. Su mente está perdida porque no tiene un hogar donde encontrar refugio. No permitas que muera… salva a mi Inger, por favor… sé que es mucho pedir… lo sé…

Una mano temblorosa recuperó su tableta caída a un costado al toser, levantándola con una maldición entre dientes de Bucky. Ernst tomó aire un par de veces, tecleando algo sobre la tableta. Para sorpresa de todos, una pantalla holográfica digna de las industrias Stark apareció frente a la camilla.

-Jabberwocky en línea –ordenó el anciano- Autorización Delta, tres, cinco, once, Bravo, siete, tres. Iniciar Programa Robin Hood.

-"Programa Robin Hood, descargando e iniciando." –la voz de Ra inundó la habitación.

Los monitores silbaron, Ernst cayó sobre la almohada con una sonrisa en el rostro.

-Jódete, Umbra –apenas si pudo decir con un hilo de voz- Jabberwocky… fuera de línea…

Su pecho subió y bajó por última vez, quedándose quieto con las líneas rectas de todos los monitores y un silencio pesado en la habitación. Barnes le abrazó, atrayéndole a su pecho, meciéndole apenas con sus párpados apretados, dejando caer unas silenciosas lágrimas. Nadie se atrevió a mover un músculo hasta que la voz de la IA volvió a escucharse.

-"Programa Robin Hood, completado. Fue un honor haberte servido, Jabberwocky. Jamás te olvidaré."

-Gracias, Ra –agradeció el Soldado de Invierno con voz quebrada.

-¡¿Ra?! –casi escupió Steve, quien no había escuchado a la IA, mirando a Bucky quien frunció su ceño- Lo siento…

-"Avistamiento de Portal Asgardiano, tiempo de llegada: cinco minutos."

-¡Thor vuelve! –exclamó discreto Scott, mirando a su Alfa de Manada como el resto, esperando por su decisión.

-Primero debemos hacer el funeral de Ernst –ordenó el Capitán América volviéndose a su amigo de infancia- Si estás de acuerdo, Bucky.

El Soldado de Invierno le miró fijamente. Despacio, le sonrió asintiendo. –Gracias, Steve.