Bueeenos días, señores y señoras :3 He actualizado algo más tarde de lo que había prometido, peeeero... mejor tarde que nunca, ¿no? Lo siento si veis que es un poco más corto que los demás (porque lo es), pero me está costando sudor y lágrimas sacar tiempo para acabar el fic. También creo que hay muy pocos diálogos, por no decir que casi ninguno...
Muchíiiiiiisimas gracias por los comentarios, tanto los del capítulo anterior como los que he recibido más recientemente en Un nuevo mundo. Son amor y me animan un montón a seguir con la historia :')
Al final del capítulo os dejo algunos detalles sobre el siguiente capítulo, por eso de no hacer spoiler de este.
CAPÍTULO 11: HALLOWEEN
Harry hundió prácticamente la cara en el libro de pociones, apartando la vista todo lo posible del indeseable profesor de pociones, pero, a pesar de todos sus esfuerzos, podía sentir la mirada de Severus Snape taladrándole la nuca. La sensación desapareció unos momentos después y Harry respiró tranquilo, sorprendido de que hubiese conseguido llegar a la mitad de la clase sin recibir la furia divina del murciélago gigante.
Bajó el libro un par de centímetros y echó un vistazo rápido a la poción que estaba preparando Ron. Era de un verde moco asqueroso, con muchos tropezones de origen desconocido. Parecía que en cualquier momento un bicho especialmente repugnante iba a cobrar vida para arrastrar a su amigo a las profundidades del caldero. No se podía alejar más del "suave color violeta" que debería adquirir después de añadir el diente de dragón y remover tres veces en el sentido contrario a las agujas del reloj. Claro que él y su poción amarillo pollo no eran quiénes para criticar. Aquello era una misión imposible sin Hermione para ayudarlos —y hacerles disimuladamente todo el trabajo—. Harry dirigió al caldero una mirada furiosa que habría hecho huir a un dementor sin mirar atrás cuando alcanzó a oír los elogios que recibía Theodore Nott, el empollón de Slytherin.
Aquel día había empezado mal y seguido peor. No sabía si quería enterarse de como acabaría.
Dolores Umbridge había sido proclamada directora de Hogwarts la noche del 29 de octubre de 1995 y casi dos días y medio después ya había demostrado que la experiencia iba a ser tan tortuosa y terrible como todos habían esperado. Incluso aquellos que no simpatizaban con el antiguo director comenzaban a echarlo en falta. Exceptuando, por supuesto, al selecto grupo de Slytherin que era feliz amargando la existencia de todo el mundo. Pero hasta ellos tenían que haberse sentido contrariados aquella mañana. 31 de octubre, Halloween. Una fecha clave en el calendario y esperada por muchos, acogida con gran entusiasmo entre los habitantes del castillo, incluyendo a aquellos que no tenían el privilegio de estar vivos. El castillo era decorado, los fantasmas realizaban grandes fiestas en las mazmorras y los vivos bailaban en el Gran Comedor, acompañados de un banquete especial, actuaciones y un concierto del coro del colegio. Además, los estudiantes tenían permitido quedarse fuera de las habitaciones hasta un poco más tarde de lo normal.
Umbridge los había obligado a todos a presentarse en el Gran Comedor a las siete en punto para desayunar, al igual que los dos días anteriores y había aprovechado para dar la noticia. Por la cara de los profesores, ellos tampoco se lo esperaban. La "Cara Sapo", como era llamada por la mayoría del alumnado y algunos profesores en secreto, había decidido en consenso con ella misma suprimir la celebración, que únicamente contribuía a apartar a los alumnos de su deber y perder el tiempo, aplastando así la ilusión que había llenado el castillo hasta la noticia. La expresión del profesor Flitwick, que llevaba dos meses preparando el concierto de aquella noche, era el reflejo mismo de la inconformidad y el asco más absoluto, pero supo reprimir correctamente sus sentimientos cuando la Cara Sapo le dirigió la mirada. Además, como remate y puntilla final, había contratado a un experto para desalojar a Peeves del castillo. El experto en cuestión era un señor mayor y bajito, con el pelo blanco y desordenado, cara de psicópata y nombre impronunciable. Tal y como Fred tuvo el detalle de resaltar, recordaba a Ojoloco. Pero con los dos ojos y un poco más tonto. Al final lo habían apodado "el Enemigo" y se habían quedado tan a gusto.
Por desgracia para el Enemigo, Peeves no era un poltergeist normal y corriente como los que puedes encontrar en cualquier otra parte del mundo mágico. No, el poltergeist de Hogwarts era más rápido, más inteligente, más astuto, más guapo —según el mismo— y, lo más importante: no estaba solo. Tenía de su parte a George y Fred, los dos pelirrojos más toca narices de la historia. El Enemigo no sabía donde se había metido.
Pasó cuatro horas infructuosas tratando de capturar a Peeves, cayendo en sus propias trampas además de en las de los gemelos. Al final, los tres habían desaparecido antes de la comida y el Enemigo continuaba dando vueltas como loco por los pasillos, con la varita en alto e irrumpiendo de golpe en alguna que otra clase, creyendo que alguien podría estar ocultándolos. La profesora McGonagall en persona lo convirtió en una cucaracha y el desafortunado mago no adquirió su forma original hasta que estuvo a quince metros de su aula.
La reputación de los tres desaparecidos en combate provocó por sí sola los rumores que se propagaron rápidamente entre los estudiantes. Los gemelos Weasley estaban preparando algo. Y ese "algo" llevaba inscrita la palabra GRANDE, así, en mayúscula y con todas las letras. Algunos soñadores incluso creían que serían capaz de echar del castillo a los invasores que se habían hecho con el mando. Los más realistas afirmaban que Umbridge y el Ministerio no se iban a mover de Hogwarts por una simple broma. Si es que algo organizado por Fred y George, con la colaboración de Peeves, podía llamarse simple.
Al margen de las apuestas que se habían levantado entorno al paradero de los hermanos de Ron y el ánimo que estas, junto a la maravillosa demostración de la profesora de transformaciones, habían generado, la verdad era que el ambiente en el castillo había caído en picado. En muy poco tiempo todo estaba comenzando a tener un tono insípido y de desesperanza. O tal vez era sólo cosa de Ron, Harry y unos cuantos alumnos que echaban de menos a su compañera. Hermione había sido trasladada a la enfermería del colegio poco después de que los medimagos se aseguraran de que su vida no corría ningún peligro. Harry había sido feliz con la noticia, pero ya no estaba tan seguro. Hermione estaría mucho mejor en San Mungo, lejos de las garras de la Cara Sapo. En algún sitio donde Dumbledore y la Orden pudieran hacerle compañía. Por no hablar de las premoniciones de la profesora de adivinación, que eran incluso más exageradas de lo normal. Se había asegurado de dejar bien claro a todos y cada uno de sus alumnos de que algo horrible se acercaba, que no se quién ya estaba aquí, y que no se cuanto lo otro. Como era costumbre, nadie le había hecho demasiado caso y solo se habían enterado de un tercio de lo que la pobre mujer había dicho.
Al finalizar la clase de pociones Harry cerró de golpe el libro, se apresuró para entregar la poción al profesor Snape y huyó rápidamente, con Ron pisándole los talones. Pasaron junto a varios cuadros que lloriqueaban, un huerto que cultivaba calabazas en secreto y las pasaba de contrabando a los otros marcos y un Nick Casi Decapitado que se quejaba de todo a un fantasma con cara de aburrimiento. Llegaron al ala de la enfermería y le contaron todo lo ocurrido a Hermione, tal y como habían hecho el día anterior. Ron le apretó la mano, esperando alguna reacción y Harry juraría que el tono de su amiga comenzó a acercarse al de un tomate, pero no se atrevió a expresar el comentario en voz alta.
¿Qué vamos a hacer, Harry?, había preguntado Ron, apoyado contra el respaldo de la silla, poco después de soltar la mano de Hermione. Como respuesta, el joven con gafas se limitó a mirarle por debajo del flequillo que comenzaba a necesitar un corte urgente, intentando transmitirle que él tampoco tenía ni idea de qué podían hacer.
La Orden había hecho desistir a Dumbledore en su idea de llamar a otro shinobi que despertara a Hermione. Ojoloco tenía algo de razón, después de todo. Les bastaba y les sobraba con uno de ellos dando vueltas incontroladamente por los alrededores de Hogwarts. Además, aparentemente Dumbledore se había dado cuenta de que contratar a un shinobi no era tan fácil como había pensado. Uno capaz de vencer a Itachi sería caro, extremadamente caro. Era un dinero que la Orden no tenía. Así que debían esperar a que alguien encontrara una cura, Hermione despertara por sí sola o el mismo ente que la dejó en aquel estado decidiera volver y ayudarla a salir de aquel trance.
La otra opción, la que nadie que supiera que dos y dos son cuatro escogería, era buscar a Itachi y obligarlo a despertar a su amiga. Claro que las probabilidades de encontrarlo iban del cero al dos por ciento. Lo habían tenido tanto tiempo enfrente de sus narices, ocultándose bajo la cara de Abney, y se les había escapado en menos de segundo.
En el momento de la "explosión", la cara de Ojoloco se había convertido en un verdadero poema. Oda a la incomprensión, había bromeado Sirius. Y lo mismo con la de todos los presentes. Dumbledore estuvo por lo menos un cuarto de hora eliminando las plumas que se le habían quedado enganchadas a la barba y Tonks estaba como loca. Todo el mundo estaba gritando y soltando improperios a cualquier cosa que se moviera, en realidad, sobre todo Harry y Ron.
Sirius y Snape habían sugerido que no tenía por qué tratarse del señor Uchiha, pero Harry había visto demasiadas veces ese truco como para creerlo. El hecho de que dudaran que podía ser obra de otro shinobi, era simplemente la confirmación de que había alguien más en el interior del castillo.
Así que Harry y Ron decidieron lo que iban a hacer. Si no podían localizar a Itachi, iban a encontrar a ese alguien, fuese quien fuese, y lo iban a obligar a devolverles a su amiga.
Esa misma noche ambos chicos se saltaron la cena y se encerraron en su habitación de la torre de Gryffindor, planificando su próximo movimiento. Se armaron con sus varitas y un par de cuchillos que habían sacado de las cocinas, junto a los que solían usar en clase de pociones. Harry le explicó a Ron como había visto a Itachi sujetar sus armas y por un momento sintieron que eran capaz de hacerlo. Sin tener muy claro todavía como lo iban a conseguir, se tumbaron en la cama y fingieron dormir hasta que el último de sus compañeros comenzó a roncar y la sala común se encontró totalmente vacía.
Tenían un pergamino con los turnos de guardia de los aurores que habían hecho Fred y George —quienes muy amablemente se habían llevado el mapa del merodeador en su escapada con Peeves—. Acker estaría rondando el despacho de Umbridge, mientras Chamberlain y Gardner se ocuparían de los terrenos, Baines de las mazmorras y Gushiken los alrededores del castillo. El paradero del verdadero Abney seguía siendo un misterio y la ronda de Yap y Hawking no estaba registrada en el pergamino.
Descartaron a Acker, siendo que andaba demasiado cerca de Umbridge como para que la idea resultara agradable, a Chamberlain, Gardner y Baines porque eran amigos de Tonks y a Gushiken porque contaba con la confianza de Dumbledore. Eso les dejaba con dos opciones.
—Ron, quedate en el castillo, yo buscaré en el exterior.
El joven asintió firmemente desde su posición junto a la puerta del Gran Comedor y se perdió rápidamente en la sombra de la escalinata que llevaba a las mazmorras.
Harry, por su parte, cogió aire, revisó que los cuchillos seguían en su sitio y apretó con fuerza su varita antes de reunir el valor suficiente para abrir la puerta que daba a los terrenos de Hogwarts.
. . .
Itachi Uchiha estaba teniendo una mala noche. Si Shisui le hubiera sugerido que utilizara una sola palabra para expresar lo que sentía, como solía hacer cuando seguía con vida, no habría sabido decidirse entre inquieto, desconcertado y preocupado. Hugin llevaba días desaparecido, cuatro para ser más exactos, y no encontraba una explicación. Normalmente el pájaro acudía a su encuentro en cuestión de segundos cuando lo requería o abría un canal para que pudiera contactar con él. Acostumbrado como estaba a tener los pensamientos de sus invocaciones al alcance de la mano, se sentía vacío sin la compañía de uno de ellos. Munin tampoco estaba resultando ser de demasiada ayuda para resolver el caso. El día anterior al accidente en Hogsmeade, Munin había comenzado a sospechar que algo no iba como debería y el presentimiento se había confirmado durante su visita a la pequeña villa. La conexión con Hugin se había cortado de golpe y sin previo aviso. Lo primero que hizo entonces fue detener el pequeño juego de me ves no me ves que había comenzado con los otros dos shinobis y abandonar Hogsmeade.
Hugin estaba encargado de vigilar los movimientos de la Hoja y avisarle en caso de su familia necesitara auxilio inmediato. La falta de noticias sólo podía significar que algo horrible había ocurrido. Sin embargo, el contrato firmado con el animal seguía intacto, por lo que tenía que seguir con vida en alguna parte.
Su segunda reacción había sido intentar acceder al interior de la fortaleza utilizando a Munin, pero el pájaro no había sido capaz de llevar a cabo el jutsu de transporte ni sólo ni en compañía de su invocador.
Así que lo único que podía hacer era permanecer en aquel lugar, resignado y hundido, hasta recibir noticias de su otra invocación o de algún miembro del clan.
—Tú también crees que algo no va bien, ¿verdad? —preguntó a Munin, sentado en la rama de un árbol del Bosque Prohibido. Era el mismo lugar al que se había acostumbrado a ir a entrenar durante su estancia anterior en Hogwarts, y era el único sitio en aquel extraño mundo en el que realmente se sentía cómodo. Los árboles, aunque más pequeños y demacrados, le recordaban a los bosques que rodeaban la fortaleza Uchiha y su antigua aldea por igual.
. . .
La tienda del Hokage —y todo el campamento— se encontraba inundada por la "alegre", "preciosa" y repetitiva melodía emitida por la invocación de Itachi Uchiha. Esa misma mañana Kakashi había cruzado caminos con al menos cinco grupos de shinobis que jugaban para averiguar quién sería el afortunado que tendría la dudosa suerte de estrangular al cuervo, que a cada segundo sonaba más como un gallo afónico, para devolverlo al infierno del que surgieron él y sus graznidos. Aunque Kakashi dudaba seriamente que alguno de los chunin consiguiera atravesar las defensas del Hokage y fuera lo suficientemente estúpido como para siquiera intentar semejante tarea, si bien tenía que admitir que se sentiría profundamente agradecido con dicho individuo descerebrado. Por supuesto, más tarde él mismo se encargaría de ensartar al muy idiota que provocara que Itachi se enterara de que se estaba cociendo algo gordo a sus espaldas mediante la ruptura del contrato con el animal, pero aquello era un punto aparte. Ya era demasiado difícil conciliar el sueño habitualmente, no digamos con el dulce trinar del pájaro del Diablo.
El shinobi dedicó una breve y cansada mirada a la invocación confinada en una pequeña jaula situada en la esquina y se inclinó ante el Hokage, alzándose solo cuando Sarutobi le dio permiso, jugando distraídamente con un par de tapones para los oídos.
—¿Quería hablar conmigo, señor?
El Hokage no respondió inmediatamente, sino que dejó los tapones sobre la mesa y se acercó al cuervo, que por un momento parecía haber decidido guardar silencio y se agitaba inquieto, siguiendo los movimientos del hombre mayor. Sarutobi apoyó la mano delicadamente sobre la jaula y el pájaro abrió las alas, que chocaron contra los barrotes sin llegar a extenderse del todo.
—Ésta noche.
Kakashi asintió. No había necesidad de explicar lo que aquellas palabras significaban, todo estaba más que hablado y estudiado.
—Kakashi.
—¿Sí, señor?
—Se como te sientes respecto a la situación, pero...
—Son traidores —cortó el ANBU—, enemigos de la villa, y el enemigo debe ser destruido. La seguridad de la aldea es prioritaria.
Hiruzen Sarutobi mantuvo la mirada del joven durante unos segundos que parecieron eternos antes de dejarlo marchar.
Cuando Kakashi abandonó la tienda, el cuervo soltó un último graznido, muy distinto a los que llevaban días perturbando la tranquilidad del campamento. No era el sonido cargado de rabia no contenida ni el estruendo que se quería hacer oír hasta en el último rincón del continente. Era un sonido lastimero, que desbordaba pena y resignación. El llanto del animal se hizo un hueco en el pecho de Kakashi, como un mal presentimiento, y le oprimió el corazón.
A lo mejor os dais cuenta de que os lo he dejado todo a medias: Fred y George por ahí perdidos haciendo cosas raras con un poltergeist, Ron y Harry metiéndose en problemas (otra vez), Itachi comiéndose la cabeza en un tronco, Sarutobi tramando cosas sospechosas y Kakashi con remordimiento de conciencia... No os preocupéis, que no lo voy a dejar así, el capítulo 12 es la continuación directa de este... O bueno, más bien podríamos decir que son uno sólo, que lo he partido por la mitad porque me daba cosa llevar tanto tiempo sin dar señales de vida (solo que la segunda mitad no está escrita...).
Se exactamente lo que voy a poner en el siguiente capítulo, pero la verdad, no tengo ni idea de cuando voy a poder actualizar otra vez. Además, quiero que el próximo sea más o menos igual de largo que los otros.
No me odiéis demasiado :)
