Capítulo diez (parte 2)
Se quedó en la misma posición durante unos segundos, intentando procesar lo sucedido... ¡Pero era que acababan de viajar mediante un portal! Desde aquel momento miraría a la gema azulina de una manera distinta; con el doble de asombro, respeto, intriga.
Volteó a ver cómo el espiral de mil colores giraba y giraba disminuyendo su tamaño, hasta que pareció ser absorbido desde su centro y dejó de existir.
El hecho de que aún llevaba la chaqueta sobre sus hombros y la afirmaba firmemente en su pecho, le hizo recordar a Shadow; a quien encontró moviéndose con sigilo y observando todo alrededor.
La pieza era tremenda, oscura y vacía. No olía a nada y no se escuchaba nada tampoco. Las únicas fuentes emisoras de luz constaban en un fino rayo del resplandor de la luna que se deslizaba entre las cortinas y una franja de luz artificial que escurría por debajo de la puerta.
—¿Dónde estamos? —le susurró, acercándose a él mientras se colocaba la prenda de manera correcta.
—En su casa...
Ante el comentario, se quedó helado.
—¿Crees que esté por aquí? —decía Shadow, por lo bajo—. Tú fuiste el último en verlo, quizá te dijo sus planes o algo.
—No, no lo creo. Aunque tampoco es como si pudiese recordar mucho. —Se masajeó las sienes, antes de palpar una pared y apoyarse en ella.
—No queda otra que correr el riesgo... Tú sígueme, con cuidado.
Silver asintió y salió de la habitación justo después del vetado, el cual prosiguió a asomarse por la baranda y analizar todo lo que el balcón disponía a su campo de visión; pero por otro lado, a Silver le bastó con mirar unos segundos, encontrar en el fondo de su memoria el recuerdo de aquellas alfombras color vino, los enormes pilares y los distintos colores de las puertas para llegar a una conclusión.
—¡Shadow, conozco este lugar!
—¿Cómo dices? —Giró a verlo.
—Ya he venido antes... De aquí saqué la primera Emerald.
Pero había algo que no cuadraba para nada, y era que él claramente recordaba que la vivienda le pertenecía a otras personas, y sería un poco... tonto hacer que robasen algo de tu propiedad como muestra de lealtad. ¿Había arrebatado la mansión, quizá? ¿La había comprado? Tampoco dejaba pistas de que se hubiese mudado, porque la mayoría de retratos y ornamentos seguían tal cual los había visto.
Se adentraron juntos en cada cuarto, con el miedo a ser encontrados por Mephiles y buscando ese algo que el vetado señalaba como simple fruto de sus sospechas; y no esperaba siquiera encontrarlo.
Todo reposaba en tanto silencio que cada vez que crujía el zapato de alguno, se alarmaban. La mayoría de las habitaciones estaban vacías o con los muebles apilados.
—Recuerda: cuarto piso, puerta negra.
—Sí.
Bajaron la escalera conteniendo el aliento e inclinándose hacia todos los lados. Veían muy poco a causa de que en la siguiente planta apenas y había un candelabro encendido en todo un corredor; pero sabían descartar las puertas apenas veían la oscuridad absoluta, y continuaban su búsqueda.
Donde fuese que se hallase Mephiles, pensaba Silver, era mejor que allí aguardara por largo rato... Y no le saltara repentinamente a la espalda, y lo encontrase siéndole infiel a sus propósitos.
Ya lo presentía; sonaría algún tipo de portazo, ruidos superfluos, sus firmes y calmos —e inquietantes cual cuenta en reversa— pasos alcanzar cada nuevo peldaño... Y ellos dos, corriendo escaleras arriba de vuelta al cuarto, para esconderse ambos y él morir de un infarto...
O quizá le tocaría el hombro y aparecería, cubierto con sus mantos de oscuridad y sonrisa del mismo averno, como si la oscuridad de los pasillos hubiesen sido su cuerpo todo el tiempo... Y estuviese preparado para acabarlo.
Tragó pesado, y miró en todos lados, deseando apresurar a Shadow.
Se pegó a su espalda y quiso hablarle, pero éste no contestó a pesar de que su insistente dedo que le picaba el hombro, y optó por asomarse a ver al cuarto que Shadow contemplaba. Una franja de luz anaranjada se colaba hacia el cuarto, chocando con la pared de fondo y revelando su absoluto vacío... A excepción de aquella chispa de luz morada, débil, en el piso, que desató la curiosidad de ambos. Shadow abrió la puerta hasta su máximo y se adentró con un Silver ansioso cuidándole la espalda.
Lo oyó tomar aire asombrado; anonadado.
—¿Sí? ¿Qué es? —le susurró el plateado.
—No puede ser...
Llegó hasta el erizo negro y a sus pies contempló el dichoso objeto que le había robado el aliento. Era un varita o algo así, oscura, como de metal; en su parte superior se extendían unas alas oscuras y en su centro, como si del cuerpo del ave se tratase, había un tubo; lleno hasta la mitad de lo que parecía ser todo y nada a la vez; entre líquido de oscuridad inimaginable, viscosidad hecha de los mantos del universo, masa burbujeate... Lo que brillaba eso mismo; desde lejos.
No pudo evitar asimilarlo a sus recientes pesadillas; la transformación de Mephiles... Y lo que se había ido durante tan poco volvía a acosarlo.
—¿Por qué está aquí, tirada en el piso? —preguntó el vetado.
—¿Sabes qué es?
—Es el Cetro de la Oscuridad... No puedo... No.
Silver alzó una ceja.
—No me atrevo a tocarlo; vámonos. —Lo sacó del cuarto y apuró su búsqueda en las puertas.
—Pensé que aquello era lo que buscabas... —Bajó jadeando la escalera.
—No. Eso era lo que temía.
Aquella frase que su espina dorsal bailase entre temblores, y se encorvó un poco.
Fueron el doble de cuidadosos al continuar el cometido; no hacían rechinar ninguna puerta, ni las dejaban con signos de haber sido vulnerada su anterior posición, y Shadow se comportó más desesperado, actuando con prisa y como llamado por una urgencia. Cada vez encontraban más acumulaciones de objetos caros, sobre las camas y en el piso; bastante dinero desparramado por las alfombras y hasta habitaciones donde había tal desorden que no se podía entrar.
Llegaron a lo que era la primera habitación de la mansión que estaba ordenada; con una cama que no tenía ni arrugas; un armario cerrado y una cómoda sin nada sobre su superficie.
Shadow se negó a abandonarla, permaneciendo cruzado de brazos y observando largo tiempo... Tanto así fue, que el temor de Silver se fue disolviendo, y en su lugar apareció el aburrimiento.
Shadow daba un paso, observaba cinco minutos y daba otro. Cada rincón era escaneado por sus orbes ardientes como la sangre. Silver deambuló también, y una vez frente al armario, se puso a jugar con su manilla; fina, dorada... Enganchaba sus dedos y los retiraba, mientras el vetado continuaba con su rara forma de investigar... Lo estaba observando, balanceándose en sus talones, sin saber que abriría por error la puerta y caerían montones de ropa a sus pies.
La mirada de Silver pareció perder el brillo, al notar aquellas otras cosas que ocupaban las repisas.
Las esmeraldas, las gemas que alguna vez parecieron llevar dentro suyo un misterio inalcanzable para los suyos, y poseer una magia tan poderosa como bella... Yacían grises. Sin vida. Sin magia.
Shadow llegó a su lado y lo apartó con la mano, mostrando apenas un poco menos de horror que él.
Lo vio negar con la cabeza, y suspirar cual hombre que admitía su derrota.
Sabía que eran las Chaos Emeralds, las mismas que había amparado alguna vez entre sus manos y no eran unas parecidas, ni simples imitaciones. Sentía las cenizas de su magia ahí, como si fuesen murmullos de gente muerta...
A la orden suya, volvió a acomodar la ropa, lentamente, y salieron.
—No lo entiendo... No entiendo nada —expresó Silver.
Bajaron la escalera.
—Estoy igual que tú.
¿Cómo era eso posible? ¿No había sido él quién lo había traído?
—No se me ocurre nada, necesitamos a...
—¡Cómo no! ¡Cómo no! —se alzó una voz, con júbilo y sorna desde una habitación cercana. Silver juró haber sentido su corazón pegar claramente un salto.
Mephiles estaba allí.
En el segundo en que percibieron unas pisadas que mantenían su ritmo pero ascendían en volumen, lo que significaba que el emisor se aproximaba, se reunieron e igualaron en desesperación sus miradas. Silver se cubrió la boca, y se quedó petrificado en el mismo sitio, mientras el vetado se aguantó las ganas de maldecir y giraba en busca de algún escondite.
¡No podía ser!
El plateado ubicó las dos enormes puertas que lo separaban de su presencia; justamente él se hallaba enfrente de ambas, y se quedó allí, preparando una cara de tonto y con el alma deslizándose de su lugar. Su corazón saltaba con cada paso. Ojalá no hubiese aceptado...
Una mano apretó su brazo y lo jaló con descomunal fuerza, y, dejándose llevar en vez de estabilizarse, se halló oculto tras la mismísima puerta que conducía a la habitación. Shadow alcanzó el picaporte y lo sostuvo para que no chocase con ellos, luego de que Mephiles las empujara con fuerza.
Infló el pecho, y las mejillas; pegándose lo que más podía a la muralla. Shadow, al lado suyo, cerraba los ojos con la frente en alto.
Ambos estaban sudando.
Volvieron a escucharse los pasos, haciendo su camino de regreso.
Botaron el aire lentamente, convirtiéndolo en un suspiro inaudible.
Casi chilló, aferrando sus suplicantes dedos al hombro de Shadow, quien amenazaba con abandonar la oscuridad de la madera para asomar la cabeza hacia el cuarto. ¡Iban a verlos! ¡Iban a descubrirlos!
A la voz de Mephiles se le sumó otra, y tenía una idea de quién era, pero de ser así, no podría aceptarlo. Sonaban lejanas, débiles en volumen; quizá se hallaban muy lejos y no los escucharían. Cuando Shadow regresó, confirmó ambas suposiciones.
—Se acercó por las Emeralds, puede detectarlas —le susurró el plateado, sintiéndose culpable.
—¿Qué? ¡Por su puesto que no! No tiene esa capacidad.
—¿No?
—No, de ser así, las tendría ya todas.
Silver se puso un dedo en la barbilla y reconoció que estaba en lo cierto.
Respirar aún dolía, y permanecieron allí un rato más; evitando emitir sonido alguno para poder espiar bien la conversación.
—...No lo esperaba así... nada... —Apenas y podía distinguir.
—...a salvo. —Dijo la voz ronca.
—...Mi madre, sí.
—...Sirve de nada... cuando denuncian, al menos saben cómo eran... agresores.
Frunció el ceño, en verdad necesitaba saber qué decían.
—¡Sigues temblando! Acércate a la chimenea. —Por fin oyó con claridad, a pesar de que su corazón se incendiara con envidia; Mephiles lo había visto temblar a él también, y nunca intentó ayudarlo así.
La charla se distinguió mejor aún cuando se acercaron a la chimenea que de seguro se hallaba tras la pared.
—Estoy bien, fue mi culpa.
—¿Las víctimas son culpables de que de exista gente perversa? —cuestionó el oscuro.
—No, no lo son, pero aún así fue muy arriesgado de mi parte.
—No pude darte una hora más temprano, lo siento.
Desde aquel punto, se ahorró el gesto de mirar a Shadow. Sabía absolutamente todo lo que vendría a continuación en la charla; y todo lo que había ocurrido antes, porqué se habían encontrado tan tarde.
—No importa...
—Ibas a decirme algo, Blaze, era el motivo de nuestro encuentro. No pienses que saldrás de aquí dejándome la duda.
—Oh, eso. N-no importa, no era nada.
—¿En verdad? —Conocía aquel tono, persuasivo, penetrante; seductor.
Sus ojos comenzaron a abrirse con espanto, un espanto que le nacía de lo más íntimo. Reinó el silencio, luego, por largo rato.
—Quería decirte algo, pero ya no hace falta. —Ella suspiró—. Estaba enfadada contigo y no quería que... siguiésemos viéndonos más.
—¿Enfadada, dices? ¡Qué cosas! —rió apenas un segundo—. No recuerdo gesto mío que podría haberte provocado molestia... —hablaba, nuevamente profundo, armonioso.
Silver abrió aún más los ojos, y su cara se deformó con anticipado dolor.
«No, por favor, por favor, no...». Calló sus pensamientos para oír.
—¿Por qué deberías enojarte, si yo te quiero tanto? —susurró con demoníaco encanto.
Lo imaginaba, acunando su cara entre sus manos, quizá juntando sus frentes; nadando ambos en la mirada del contrario... Suficiente.
«No...».
Reinó el silencio.
«¡No!».
No quiso representarlo gráficamente en su cabeza, pero supo qué había ocurrido.
Salió del escondite, sin mirar atrás y cuidando entre correr y no hacer sonar el piso. El llanto no tardaría en hacer su entrada triunfal.
No había parte de su cuerpo que no ardiese, no sangrase, no hubiese sentido el impacto.
La vista se le había vuelto borrosa y rechinaba los dientes al ser incapaz de soltar sollozo alguno. Las imágenes en su cabeza se negaban a mostrarse, pero de todos modos ya las conocía; no era necesario presentar gráficamente todo, la traición estaba hecha y la infidelidad, más que clara.
Shadow lo llamó y persiguió, pero Silver no se detuvo hasta hallarse en el cuarto piso, por donde habían ingresado a la propiedad; con el corazón desbocado y el pecho ardiendo en ácido.
—Vámonos —dijo.
—Silver, qué...
—¡Vámonos! —suplicó, cayendo de rodillas.
Todo daba vueltas mientras invocaron el portal, y tan mala fue su ejecución que fueron conducidos a una ubicación equivocada. Una carretera, vacía de gente y atiborrada de vehículos; a la lejanía se distinguían las fábricas de petroleo, referencia que lo ayudó a saber que estaban en las afueras de la ciudad.
Shadow lo llamó, exigiéndole una respuesta, exigiéndole actuar con cordura, pero ya no la tenía. Le pedía calma, lógica, que actuase de manera inteligente... Y sólo había un mar de emociones que se rebalsaba en su interior.
Y terminó por desbordarse.
—¿¡Por qué lo hiciste!? —le gritó, fijando su cristalizada mirada encima suyo; culpándolo de la amarga herida en su corazón—. ¡No tenías porqué!
—¿Pero qué te pasa? —Sonaba preocupado.
Silver fijó la mirada en el piso. No podía respirar con normalidad y los puños le temblaban; intentaba recobrar la calma aferrando sus dedos entre sus púas, pero una fuerza mayor se lo impedía: llamada ira.
—¡¿Tienes idea de lo que acabas de hacer?! ¡¿Lo sabes, lo sabes!? —Shadow observaba desde su mutismo cómo se desgarraba la garganta—. ¡Todo era perfecto antes de esto! ¡Y aunque no lo fuese, yo quería que siguiese así!
Los pulmones le ardían. El aire no parecía estar llegando a ellos. La voz se le cortaba en medio de las frases.
—¡Todo esto es culpa tuya!
Las lágrimas se deslizaban por su cara, y no podía hacer nada para evitarlo, había perdido el control sobre su cuerpo.
—¡Silver, ya basta! Sólo quise comprobar lo que suponía.
Le lanzó una fulminante mirada al piso; sin darse cuenta que había comenzado a usar sus poderes.
—¿Se puede saber de qué hablas? —pidió Shadow.
Un aura aguamarina lo envolvió, y se fue elevando lentamente en los aires.
La expresión del vetado cambió al notar aquello; quizá por ver las habilidades telekinéticas que poseía, o quizá por lo bien que el rostro de Silver reflejaba su interior, destrozado, sangrante, aniquilado.
—No tenías porqué abrirme los ojos...
Shadow pestañeó perplejo, y al cabo de dos segundos, decenas de vehículos se dirigían en su dirección.
En un verdadero desahogo, el plateado levantaba lo que alcanzase su rango de vista; procediendo a arrojarlos hacia Shadow. Él le había mostrado la verdad, él había sido el responsable de todo: ahora, debía eliminarlo.
Lo veía moverse de manera ágil, veloz; esquivando por poco todos sus ataques y hasta guardando el aliento lo suficiente como para gritarle, pero era que Silver estaba sordo.
Cada vez que bajaba un puño lanzaba abajo un vehículo, estampándolo con fuerza contra la arena; sin poder dejar de soltar lágrimas en el proceso.
¿Por qué le seguía doliendo así el pecho?
¿¡Por qué Shadow no se moría!?
Había acabado con su paciencia, y no tuvo de otra que comenzar a arrancar vigas metálicas, deformarlas a su antojo y repetir el proceso. Llegó a hacer pilas enormes, con más y más objetos; todo lo que apareciera. Hizo dos, enormes; con la primera estuvo a centímetros de dejarlo bajo tierra, y la segunda se le desvió por su puntería de novato y el hecho de que su energía estaba comenzando a fallar.
No era el momento; no estando tan cerca de terminar con él.
Se elevó todavía más, creando una monstruosa bola estructura por metales, era tan gigantesca que sus poderes se volvieron intermitentes al levantarla; soltando las cosas por leves instantes antes de recomponerse, y era tal su peso que, si lograba darle, de seguro conseguiría acabar con su vida, comprimir su esqueleto. Observó su creación con dificultad, dolor; el aire ya no le llegaba a su cuerpo, y en lo que fue una dolorosa punzada en la cabeza, la lanzó; y se desvaneció sin poder ver el resultado, cayendo al piso.
Enterró sus dedos en la arena, desesperado. No podía respirar; y el sólo hecho de pensar en que podría morir asfixiado y experimentaría todo tipo de síntomas, no hacía sino asustarlo el doble. Lloró y lloró aún más, golpeándose en el pecho y jadeando, pero no conseguía nada.
Unas manos lo sujetaron de los hombros y lo estabilizaron. Shadow le hablaba, lento, decidido, desde algún lugar; porque no podía escuchar muy bien y veía borroso.
Iba a morir, estaba seguro.
No estaría mal de todos modos, se decía, pues no había sentido en vivir con tanto dolor.
En un mundo donde su ilusión había sido estropeada. Donde su amor ya no era la utopía que decía ser.
Shadow lo recostó en el piso y lo sostuvo de las manos para que dejara de temblar; su mente aún divagaba entre la ansiedad del estar al borde de la muerte y el dolor implantado por sus recuerdos. Quiso morir, durante un rato, y le fue fiel a esa idea... pero, la calma consiguió llegar a él por la postura en que fue dejado, y gracias al efecto negativo de la adrenalina, que consistía en dejar casi exhausto a sus víctimas, se sintió tan cansado que se relajó.
Su visión volvió y el aire comenzó a fluir de nuevo.
En cuanto se dio cuenta de lo que había pasado, proceso que demoró un par de minutos, comenzó a llorar. Lloró por agredir a su único apoyo en aquella locura, por el recuerdo Mephiles, por mentirse a sí mismo; pero sobre todo, por querer seguir mintiéndose.
Se sentó y encaró a Shadow, quien estaba sentado al lado suyo. La vergüenza lo inundaba; lo había atacado, incluso, y ahora pedía nuevamente su ayuda. Se hincó y pasó las manos por la nariz, las mejillas, limpiándose. Shadow lo miraba con frialdad desde su lugar, y el plateado se lo imaginaba queriéndole decir "¿Terminaste?".
—Quiero ir a casa —dijo con un hilo de voz.
—¿Qué fue todo eso?
Se sorprendió por su tono indiferente aun con todo lo sucedido, y recordó también que el detalle más importante que lo unía con Mephiles era desconocido por Shadow: su relación de amantes, su ceguera por complacerlo y hasta el olvido de su moralidad con tal de seguirlo.
—Sabía que no todo era como parecía... de algún modo. —comenzó diciendo—. Pero no quería dejarlo.
Shadow no lo sabía... Hasta aquel momento.
—No importaba si era mentira al final de todo, pero él... Él dijo que me amaba, y quizá me amó.
Volteó en el momento exacto en que los ojos del oscuro se abrieron; quizá, con horror.
—Y yo —sollozó, el plateado—, ¡lo hice también!
N/A: *Pone la playlist ochentera para terminar el cap*
¡Caracoles! (?, me demoré tanto, perdón ;W; Ah, y... no sé, espero que me haya quedado bien este cap, y haya expresado todo lo que planeaba. Mis disculpas por ese abuso de los puntos suspensivos, pero si me pongo a eliminarlos nuevamente no terminaré nunca x'DD ¡Hasta la próxima!
