N/A: u.u ya ni para qué me disculpo...
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Confesiones ajenas
Cuando, en el atardecer, Shun le pidió a Shiryu que lo acompañara a caminar, el Dragón no supo qué esperar. Era extraño que el Santo de Andrómeda pidiera a alguno de los muchachos que lo acompañara a hacer cualquier cosa, pues, pese a su personalidad amable y cariñosa, él era una persona más bien solitaria. A juicio de Shiryu era más bien que no le gustaba molestar a las personas y prefería hacerse cargo él mismo de las cosas.
De la misma manera, Shiryu también estaba consciente que si bien, cada uno le confiaría sin pensarlo su vida al otro, su amistad no era tan íntima. Shun parecía siempre más a fin a Hyoga e incluso a Seiya; pero las conversaciones que ellos dos habían sostenido en ocasiones, jamás habían llegado a ser muy personales ni prolongadas.
Por ello, era tan extraño para Shiryu estar al lado del menor, caminando aparentemente sin ningún rumbo fijo y sumidos en tal silencio que no hacía más que preocuparlo a cada paso.
¿Qué podría sucederle a Shun, tan importante, que no podía esperar al regreso de Hyoga?
Más silencio.
El Dragón, extrañado en la misma medida de su preocupación, miró a Shun fijamente dispuesto a preguntarle qué sucedía pues tenía el presentimiento de que eso era lo que el menor deseaba.
Abrió la boca para hablar cuando en su cabeza la preguntas sonaron razonables y ordenadas; pero nunca llegó a formularlas pues, como llamado por una fuerza divina, fue Shun quien habló primero.
—Hace tiempo que no sé nada de June—dijo con la voz vuelta un susurro y una sonrisa temblorosa en su boca.
El cerebro de Shiryu pegó una carrera frenética, casi maratónica, en cuando el nombre llegó a sus canales auditivos. Recordaba a Seiya decirle algo sobre esa mujer, pero no recordaba realmente quién era ella. Se sentía avergonzado de no poder decir nada; sin embargo, comprensivo y casi divertido por el semblante de confusión de su amigo, Shun rió y con un suspiro le explicó de quien estaba hablando y de cómo ella intentó detenerlo cuando se iban al Santuario.
Había pasado mucho tiempo y muchas cosas desde entonces.
—No la he visto desde ese día—le dijo al cabo de su relato con la voz cortada, casi ronca—. Ella…ella no volvió al Santuario…
—¿A dónde pudo haber ido? —respondió Shiryu sintiéndose realmente tonto por no tener nada mejor que decir al respecto.
—No lo sé… —Shun se detuvo y miró al mayor como si buscara en él las respuestas a todas sus dudas—. A veces me gustaría irme de aquí y buscarla, ¿sabes? —suspiró—, pero no tengo el valor para enfrentarme a ella y tratar de explicarle. Tratar de decirle que si no fui por ella antes fue por lo que pasó conmigo…
—Hades…—empezó a decir Shiryu—, eso no fue culpa tuya, Shun. De ninguna manera fue culpa tuya.
Shun suspiró y no dijo nada más, caminando con la vista pegada al piso y las manos sumidas hasta el fondo de sus bolsillos.
—¿Porqué no has vuelto a Rozan, Shiryu? —le preguntó tras un prolongado silencio.
Sorprendido, el Dragón no supo qué contestar y sólo tartamudeo una excusa que ni él mismo llegó a entender. Cerró la boca, rendido y se hizo a sí mismo esa pregunta.
—Ha pasado mucho tiempo—respondió el Dragón, casi deseando que su amigo le dijera que eso no era verdad y que era muy tonto si lo pensaba; pero Shun asintió con la cabeza y suspiró con resignación.
—¿Sabes? Me gusta pensar que June todavía espera por mí en alguna parte. Me gusta imaginarme que un día volveré a casa y ella va a estar ahí; que va a reclamarme por el tiempo perdido y reñirme por ser tan terco y tonto…
Shiryu rió junto a Shun imaginando que volvía a Rozan y Shunrei estaría ahí para recibirlo como lo estuvo siempre. Pero la última vez que se había ido, la había dejado atrás con la convicción de que moriría. La había dejado atrás llorando y destrozada, ¿con qué cara volvería, entonces?
No podía.
—Tengo una fotografía suya—volvió a hablar Shun y luego hizo una pausa—. En realidad no es una fotografía, es un grabado que hizo una vez uno de nuestros compañeros en la Isla de Andrómeda…
Shun rebuscó en sus bolsillos y se la mostró. Realmente no era para nada una imagen espectacular. Era un grabado rudimentario, impreso con tinta que se había corrido en algunas partes y que buscaba enfatizar más los detalles de la armadura que la figura y personalidad de June. Pero era todo lo que Shun tenía de ella.
—Mirarle tanto no puede ser nada sano—dijo el menor, recibiendo la impresión de regreso—. Nos hace mal…
El Dragón casi se sintió abofeteado ante ese "nos". ¿Es que Shun sabía que él sí tenía una fotografía de Shunrei? Ante la idea, el pelinegro casi sonríe, casi. Porque Shun le conoce bien y solos en la mansión Kido, lo ha observado mucho; frente a él ya no podía negarlo y realmente no quería negarlo.
—Míranos, Shiryu.
Y Shiryu no hizo otra cosa que eso. Miró a Shun y después a él, ambos tan cabizbajos y confundidos, tan grises. Los miró con esa mirada que Shun conoce demasiado bien porque el mayor se esfuerza demasiado por desaparecerla. La misma mirada que le inspira June.
—Ve a buscarla—le dijo Shiryu con un renovado optimismo.
—¿Dónde?
—En el fin del mundo si es necesario—le responde con una sonrisa y los ojos iluminados—. Encuéntrala, ella está esperando. Ella seguro te reclamará al principio, pero estarán juntos…
Shun sonríe, divertido por el repentino buen humor de su amigo.
Shiryu, casi emocionado, inicia la marcha hacia la mansión y Shun lo sigue mientras su amigo arma un plan "infalible" para que el menor viaje y encuentre a la amazona de Camaleón; pero Shun sabe que han dejado de hablar de June.
