A la mañana siguiente, Ginny saltó de la cama temprano, decidida a marcharse a trabajar antes de que apareciese Harry. Aunque el corazón se le aceleraba por la emoción de pensar en volver a fintar con él, la ca beza le decía que era muy posible que Harry hubiera consultado la lista en Internet la noche anterior, al regresar a casa después de haberse ati borrado de comida china. Harry era peor que un pitbull a la hora de soltar una cosa, y no había dejado de pincharla para que le revelara el resto del contenido de la lista. Ginny no quería de ningún modo saber lo que opinaba él de todo lo que había más allá del punto siete de la lista.
Estaba ya saliendo por la puerta a la intempestiva hora de las sie te de la mañana cuando vio que su contestador automático estaba otra vez lleno de mensajes. Fue a pulsar el botón de borrado, pero titubeó. Dado que sus padres estaban de viaje, podía suceder cualquier cosa: Uno de ellos podía ponerse enfermo, o podía ser que se diera algún otro tipo de urgencia. ¿Quién sabe? También era posible que hubieran llamado Fleur o Percy para pedir disculpas.
—No caerá esa breva —murmuró al tiempo que oprimía el botón de lectura.
Había tres mensajes de tres periodistas, uno de prensa y otro de televisión, que solicitaban una entrevista. Dos que habían colgado, se guidos el uno del otro. La sexta llamada era de Padma Patil, que se presentó como hermana de Parvati Patil. Su voz tenía los tonos me losos y modulados de un locutor de televisión, y la informó de que la encantaría reservarle una entrevista en El Quisquilloso para ha blar de la Lista, que estaba literalmente barriendo el país. El séptimo mensaje era de la revista People, que le solicitaba lo mismo.
Ginny luchó para contener la creciente histeria que la invadió al es cuchar a otros tres que colgaron. Quienquiera que fuese había espera do mucho tiempo, en silencio, antes de colgar. Idiota.
Borró las llamadas; no tenía intención de devolver ninguna de ellas. Aquella situación había pasado de ser tonta para convertirse en algo completamente ridículo.
Consiguió salir del camino de entrada sin toparse con Harry, lo cual quería decir que la mañana comenzaba de manera apacible. Se sentía tan bien que sintonizó la radio en una emisora de música country y escuchó a los Dixie Chicks cantar que Earl tenía que morir. Incluso tarareó ella misma la canción, y se preguntó si Harry el policía opinaría que la muerte de Earl era un homicidio justificado. Tal vez pudieran hasta discutir del tema.
Supo que estaba obsesionada cuando la idea de discutir con Harry le resultaba más emocionante que, pongamos, ganar un premio a la lo tería. Jamás había conocido a nadie que no sólo no parpadease ante algo que dijera ella, sino que además fuera capaz de seguirla —verbalmente— sin romper a sudar. Era algo muy liberador, el hecho de po der decir algo y que él no se sorprendiera. A veces tenía la sensación de que Harry disfrutaba provocándola. Era engreído, irritante, macho, inteligente y tremendamente sexy. Y mostraba la debida reverencia hacia el coche de su padre, además de haber lavado y encerado bas tante bien el Viper.
Tenía que empezar a tomarse la pildora, y rápido.
Encontró más reporteros frente a las puertas de Hogwarts. Alguien debía de haberles pasado información acerca de qué automó vil conducía ella, porque comenzaron a destellar los flashes de las cá maras cuando frenó la marcha para que el guarda levantase la barrera. Éste le dijo con una sonrisa:
—¿Quieres llevarme a dar un paseo y ver si cumplo los requi sitos?
—Ya te llamo yo —replicó Ginny—. Tengo la agenda llena hasta dentro de dos años y medio.
—Ya, claro —dijo él con un guiño.
Era tan temprano que el pasillo verde vómito estaba vacío. Sin embargo, no era tan temprano como para que no se le hubieran ade lantado algunos de los pirados. Se detuvo a leer el nuevo cartel del as censor: RECUERDA: PRIMERO LO SAQUEAS, LUEGO LE PRENDES FUEGO. LOS QUE NO CUMPLAN ESTA NORMA SERÁN SUSPENDIDOS DEL EQUIPO DE ASALTO. Bueno, ya se sentía mejor. Un día sin cartel en el ascensor era algo terrible que soportar.
Llegó a su oficina antes de darse cuenta de que los reporteros y el guarda no la habían molestado. Ellos no eran importantes. Era mucho más interesante su batalla con Harry, sobre todo desde que ambos sa bían adonde conducía. Nunca había tenido una aventura, pero se ima ginó que la que tuviera con Harry iba a chamuscar las sábanas. No era que tuviera la intención de ponérselo fácil; Harry iba a tener que luchar para hacerla suya, incluso aunque ya estuviera tomando la pildora. Era por principio.
Además, resultaría divertido frustrarlo un poco.
Parvati Patil también había ido temprano a trabajar.
—Oh, estupendo —dijo, y sus ojos se iluminaron al ver a Ginny sentada a su mesa—. Necesito hablar contigo, y tenía la esperanza de que llegases temprano para charlar sin público alrededor.
Ginny gruñó para sus adentros. Veía perfectamente lo que se le avecinaba.
—Anoche me llamó Pad —comenzó Parvati—. Ya sabes, mi her mana. Bueno, pues es que ha estado intentando ponerse en contacto contigo, y ¿sabes una cosa? ¡Quiere llevarte a su programa! ¡El Quisquilloso! ¿No es emocionante? Bueno, a vosotras cuatro, natu ralmente, pero yo le he dicho que probablemente serías tú la portavoz del grupo.
—Ah... Creo que no tenemos portavoz —dijo Ginny, un poco perpleja por la suposición de Parvati.
—Oh. Bueno, si lo haces tú, serás tú la portavoz.
Parvati parecía estar tan orgullosa que Ginny buscó una manera di plomática de decir «ni hablar».
—No sabía que tu hermana buscaba entrevistas para programas.
—Oh, no lo hace, pero ha hablado con la persona encargada de ese tema, que ha mostrado mucho interés también. Esto supondría un puntazo para Pam —le confió Parvati—. Corre el rumor de que las otras cadenas probablemente se pongan en contacto contigo hoy, por eso Pad quería adelantarse a ellas. Esto podría impulsar enormemente su carrera.
Lo cual significaba que si ella, Ginny, no cooperaba, le echarían di rectamente la culpa de los posibles traspiés en la carrera de la herma na de Parvati.
—Puede que haya un problema —dijo Ginny con una expresión lo más contrita posible—. El marido de Hermione no está nada contento con toda esta publicidad...
Parvati se encogió de hombros.
—Entonces acudid sólo tres al programa. En realidad, segura mente lo mejor sería que fueras tú sola...
—Luna es mucho más guapa...
—Buen, sí, pero es muy joven. No posee tu autoridad.
Genial. Ahora poseía «autoridad».
Intentó valerse de aquella autoridad para infundir firmeza a su tono de voz.
—No sé. A mí tampoco me gusta toda esta publicidad. Preferiría que todo se olvidara poco a poco.
Parvati la miró horrorizada.
—¡No lo dirás en serio! ¿Es que no quieres ser rica y famosa?
—Rica, no me importaría. Famosa, no. Y no veo cómo el hecho de ir a El Quisquilloso puede hacerme rica.
—¡Podrías sacar un contrato para un libro! Uno de esos anticipos multimillonarios, ya sabes, como esas mujeres que escribieron el libro sobre las reglas.
—¡Parvati! —gritó casi Ginny—. ¡Pon los pies en el suelo! ¿Cómo puede la Lista convertirse en un libro, a no ser que se dediquen tres cientas páginas a hablar de la longitud del pene de un hombre?
—¿Trescientas? —Parvati adoptó una expresión dubitativa—. Yo creo que sería suficiente con ciento cincuenta.
Ginny buscó a su alrededor algo con que propinarse un coscorrón en la cabeza.
—Por favor, por favor di que sí a Pad —rogó Parvati juntando las manos en la clásica actitud de súplica.
En un ramalazo de inspiración, Ginny dijo:
—Tengo que hablar con las otras tres. Será el grupo entero, o nada.
—Pero si has dicho que Hermione...
—Hablaré con las otras tres —repitió Ginny.
Parvati puso cara de descontento, pero era evidente que reconoció parte de aquella misteriosa autoridad que creía que poseía Ginny.
—Pensaba que ibas a volverte loca de alegría —murmuró.
—Pues no es así. Me gusta tener mi intimidad.
—Entonces, ¿por qué publicaste la Lista en el boletín?
—No fui yo. Cho se emborrachó y se lo contó todo a Marietta como se llame.
—Oh. —Parvati puso aún mayor cara de descontento, como si se diera cuenta de que Ginny estaba todavía menos emocionada por toda aquella situación de lo que ella había supuesto.
—Toda mi familia está furiosa conmigo por esto —se quejó Ginny.
A pesar de su desilusión, Parvati era una mujer agradable. Se sentó sobre el borde de la mesa de Ginny y cambió su expresión por otra de solidaridad.
—¿Por qué? ¿Qué tiene que ver con ellos?
—Exactamente lo que yo pienso. Mi hermana dice que la he aver gonzado y que ya no va a poder entrar en la iglesia con la cabeza alta, y mi sobrina de catorce años ha conseguido la transcripción completa en Internet, de modo que Fleur también está enfadada por ese moti vo. Mi hermano está furioso porque lo he avergonzado delante de los hombres de su trabajo...
—No veo cómo, a no ser que hayan hecho comparaciones unos con otros en los lavabos y él no haya dado la talla —comentó Parvati, tras lo cual soltó una risita.
—No quiero pensar en eso —dijo Ginny, y a continuación rió tam bién. Se miraron la una a la otra y rompieron a reír a carcajadas hasta que se les saltaron las lágrimas y el rímel se les corrió. Aún riendo, se fueron al lavabo de señoras a reparar los daños.
A las nueve en punto llamaron a Ginny al despacho de su inmediato su pervisor.
Se llamaba Albus Dumbledore.
Algunas personas son por naturaleza gilipollas; otras se lo ganan a pulso. Albus Dumbledore combinaba ambas cosas.
No le ofreció a Ginny que tomara asiento, pero ella se sentó de to dos modos, con lo cual recibió un ceño fruncido por su atrevimiento. Sospechaba cuál era el motivo de aquella pequeña conferencia y que ría estar cómoda mientras él la machacaba.
—Señorita Weasley —comenzó, con una expresión peculiar, como si olfateara algo desagradable.
—Señor Dumbledore —repuso ella.
Otro ceño fruncido, de lo cual Ginny dedujo que no era su turno de hablar.
—La situación que se vive a la entrada de la empresa se ha vuelto insostenible.
—Estoy de acuerdo. Tal vez, si usted probara con una orden ju dicial... —Dejó que la sugerencia surtiera efecto, pues sabía que él no poseía autoridad para conseguir dicha orden aunque hubiera razón para ello, lo cual dudaba. La «situación» no estaba poniendo en peli gro a nadie, y los reporteros no estaban obstaculizando el paso de los empleados.
El ceño fruncido se transformó en una mirada de furia.
—Su inclinación a hacer chistes no es bien recibida. Sabe muy bien que esta situación es obra de usted. Resulta indecorosa y moles ta, y la gente está descontenta.
Por «gente» debía entenderse «sus superiores».
—¿Por qué es obra mía? —preguntó Ginny en tono manso.
—Esa vulgar Lista que ha escrito...
A lo mejor Bella Riddle y él habían sido separados al nacer, musi tó Ginny para sí.
—La Lista no es mía más que lo es de Cho Chang. Ha sido pro ducto de una colaboración. —¿Qué le pasaba a todo el mundo para que la hicieran a ella la única responsable de la Lista? Y una vez más, ¿qué era aquella misteriosa «autoridad»? Si gozaba de semejante poder, a lo mejor debía empezar a usarlo más a menudo. Podría hacer que la gente le permitiera pasar primero en las cajas del supermercado, o que su calle fuera la primera en limpiarse tras una nevada.
—Señorita Weasley —dijo Albus Dumbledore en tono dominan te—. Por favor.
Aquello quería decir: por favor, no me tome por idiota. Pero ya era tarde; Ginny ya lo tomaba por idiota.
—Su vena de humor es muy apreciada —añadió—. Es posible que no sea usted la única que ha participado en esto, pero es innegable que ha sido la principal instigadora. Por lo tanto, le corresponde a us ted rectificar la situación.
Aunque pudiera quejarse de Marietta ante sus amigas, Ginny no es taba dispuesta a mencionar el nombre de otra persona a Dumbledore. Éste ya conocía los otros tres nombres. Si decidía creer que la mayor parte de la culpa era de ella, no había nada que pudiera decir para ha cerlo cambiar de opinión.
—Está bien —dijo—. A la hora de comer saldré a la entrada y les diré que usted no aprueba toda esta publicidad y que quiere que des pejen la propiedad de Hogwarts o de lo contrario ordenará que los detengan.
Dumbledore parecía haberse tragado un pez.
—Ah... No me parece la mejor manera de resolver las cosas.
—¿Qué sugiere usted?
Ahí quedaba eso. El semblante del supervisor quedó totalmente inexpresivo.
Ginny ocultó su alivio. Su ego habría quedado hecho trizas si Dumbledore hubiera sido capaz de pensar una solución factible cuando ella no había sido capaz de sugerir una ni siquiera no factible.
—Ha llamado una persona del programa El Quisquilloso —prosiguió Ginny—. La mandaré a hacer gárgaras. También se espe ra que llamen de la revista People, pero simplemente no atenderé la llamada. Toda esa publicidad gratis no puede ser buena para la em presa...
—¿La televisión? ¿La televisión nacional? —preguntó débilmen te Dumbledore. Estiró el cuello igual que un pavo—. Ah... Sería una oportunidad maravillosa, ¿no?
Ginny se encogió de hombros. No sabía si sería maravillosa o no, pero no se podía negar que era una oportunidad. Por supuesto, aca baba de meterse ella misma en una encerrona; publicidad era precisamente lo que no quería. No cabía la menor duda de que tenía un gra ve defecto de personalidad, ya que no podía soportar permitir que Albus Dumbledore se impusiera a ella en nada.
—Tal vez debiera proponer la idea a la autoridad que corresponda —sugirió al tiempo que se levantaba del asiento. Si tenía suerte, al guien de las altas esferas vetaría la idea.
Dumbledore se debatía entre la emoción y la renuencia a permitir que ella supiera que tenía que pedir permiso, como si Ginny no supiera exactamente cuál era su puesto y cuánta autoridad conllevaba el mis mo. Se encontraba en el término medio de los mandos intermedios, y eso era todo lo que iba a dar de sí.
Nada más regresar a su mesa, Ginny convocó un consejo de guerra. Luna, Cho y Hermione accedieron a reunirse para el almuerzo en el des pacho de Cho.
Explicó la situación actual a Parvati y pasó el resto de la mañana, con la ayuda de ella, encajando y esquivando llamadas.
A la hora del almuerzo, las cuatro amigas, fortalecidas con una se lección de galletas sin sal y refrescos sin azúcar, se congregaron en el despacho de Cho.
—Yo creo que podemos declarar la situación oficialmente fuera de control —dijo Ginny con pesadumbre, tras lo cual informó a todas acerca de la hermana de Parvati y de las llamadas que había recibido aquella mañana de la BBC y de la revista People, tal como había pre-dicho Parvati.
Todas volvieron la vista hacia Hermione
Hermione se encogió de hombros.
—No me parece que merezca la pena tratar de apagar el fuego en este momento. Ron está enterado. Anoche no vino a casa.
—Oh, cariño —dijo Cho en tono compasivo alargando una mano para tocar a Hermione en el brazo—. Cuánto lo siento.
Hermione tenía los ojos enrojecidos, como si se hubiera pasado la no che llorando, pero parecía tranquila.
—Yo no lo siento —dijo—. Esto no ha hecho más que sacar las cosas a la luz. O me quiere o no me quiere. Si no me quiere, debe salir de mi vida inmediatamente y dejar ya de hacerme perder el tiempo.
—Vaya —dijo Luna, mirando a Hermione con el asombro dibujado en sus bellos ojos—. Ahí tú, pequeña.
—¿Y tú? —preguntó Ginny a Cho—. ¿Has tenido algún proble ma con Cedric?
Cho contestó con una sonrisa irónica, de estar de vuelta de todo:
—Con Cedric siempre hay problemas. Digamos simplemente que ha reaccionado al estilo típico de Cedric, vociferando y bebiendo cer veza a lo bestia. Cuando salí de casa esta mañana aún estaba dur miendo.
Seguidamente, todas miraron a Luna.
—No he sabido nada de Rolf —dijo ella, y sonrió a Ginny—. Tenías razón en lo de las ofertas para medírsela y los chistes. Yo me es toy limitando a decir a todos que voté por treinta centímetros, pero que vosotras quisisteis reducir la cifra. En general, eso los deja fríos.
Cuando dejaron de reír, Cho dijo:
—Muy bien, mi idea de conceder una entrevista no ha funciona do. Qué demonios, ¿qué os parece si dejamos de intentar guardar si lencio y nos divertimos un poco con todo esto?
—Dumbledore va a proponer a los de arriba la idea de obtener pu blicidad de alcance nacional gratis —dijo Ginny.
—¿Y no van a lanzarse a por ella igual que una mujer hambrienta sobre una chocolatina? —se burló Hermione—. Estoy con Cho. Vamos a sacar la lista a la luz y a divertirnos de verdad; ya sabéis, añadirle unas cuantas cosas, extendernos en discusiones y explicaciones.
Percy y Fleur se iban a enfadar, pensó Ginny. Bueno, peor para ellas.
—Qué demonios —dijo.
—Qué demonios —la secundó Luna.
Se miraron unas a otras, sonrieron y Cho sacó lápiz y papel.
—Bien podemos empezar ya mismo a darles una historia que me rezca la pena sacar en los medios.
Hermione sacudió la cabeza con gesto melancólico.
—Esto va a atraer a todos los locos del país. ¿Alguna de vosotras recibió anoche llamadas absurdas? Un tipo, creo que era hombre, pero pudo ser una mujer, me dijo susurrando: «¿Cuál de las cuatro eres tú?». Quería saber si yo era la A.
Luna dijo sorprendida:
—Oh, yo también he recibido una llamada de ésas. Y hubo dos que colgaron y que pensé que pudiera tratarse del mismo tipo. Pero tienes razón; por la forma en que susurraba, no se distinguía muy bien si era hombre o mujer.
—Yo tenía cinco llamadas en el contestador de personas que col garon sin decir nada —comentó Ginny—. Desconecté el teléfono.
—Yo salí—dijo Cho—. Y Cedric estrelló el contestador contra la pared, de modo que de momento no recibiré mensajes. Esta tarde compraré uno nuevo de camino a casa.
—Así que probablemente las cuatro hemos recibido llamadas del mismo individuo —dijo Ginny, un tanto inquieta y agradecida por el hecho de tener a un policía de vecino.
Hermione se encogió de hombros y sonrió.
—Es el precio de la fama —dijo.
