¡Hola!
Gracias a Da y Malevola por sus reviews.
En respuesta a Da: ¿Cómo? Quiero decir, sin malos rollos ni nada, que si soy prepotente y egocéntrica o no, digo yo que es asunto mío, y lo mismo para la humildad. Además, se supone que el arte -no sólo la literatura- es una forma de expresarnos. Cuando lees un libro o escuchas una obra estás accediendo a un pedazo de alma del escritor o compositor (aunque en el caso de la música, el intérprete también pone de su parte, pero ése no es el tema). Si hago esto es para ser yo misma en algún lugar, y no es mi culpa si se me malinterpreta o no gusta cómo soy. Pero lo de "prostituir" mi prosa sí que no lo entiendo (a propósito, no había escuchado nunca esa expresión). No sé si te refieres a que escribo mucho o a qué... Bueno, si mandaras el review desde tu cuenta podríamos hablarlo, porque realmente estoy un poco perdida respecto al tema.
En fin, os dejo con el capítulo.
XI
—No pongas esa cara.
Lucretia nota el beso de Ignatius en la mejilla, las manos del joven recorriendo su espalda y el calor que emana de él inundando todo su interior, pero se siente sola. Porque sabe que, en cuanto el Expreso de Hogwarts se aleje de King's Cross, Ignatius cogerá un traslador rumbo a Alemania.
A toda esa devastación de la que le ha hablado.
—No quiero que te vayas—murmura. Tiene miedo.
—Volveré por Navidad—le promete él—. Y te escribiré—la besa en la frente—. Y, si quieres, anunciaremos a tu padre que estamos juntos.
Lucretia ríe a su pesar.
—Lo sabe. O al menos, gracias a mi hermano, lo sospecha—pero se pone seria de nuevo.
Mira el rostro de Ignatius, los ojos grises en los que se mezclan la tristeza por la despedida y la determinación ante lo que va a hacer enmarcados por su cabello rubio, y lo besa, en un último intento por conseguir que el joven no se vaya. Puede soportar no verlo hasta que den las vacaciones, pero no saber si volverán a verse es demasiado.
Parpadea para evitar que Ignatius vea las lágrimas que brillan en sus ojos. Pero él se da cuenta de todas maneras.
—Luc, escúchame. No llores. Piensa que voy… no sé, a una especie de intercambio. Además, ya te lo he dicho muchas veces: tendré cuidado. No quiero morir si no es a tu lado y con nuestros nietos alrededor.
Lucretia se refugia en el hueco del cuello de Ignatius. Escucha su corazón, lento pero firme, y su respiración; y las palabras que la muchacha acaba de oír forman una estampa ciertamente bonita en su imaginación. Le es imposible no sonreír.
—Ignatius—lo llama.
—¿Qué?—la garganta del joven vibra cuando habla.
—No hagas demasiadas estupideces.
Ignatius se separa de ella para mirarla, y la besa en los labios, sonriendo.
—¿Demasiadas? Lucretia, eso es asumir que me comportaré como un idiota.
—Evidentemente. No asumirlo sería un error. Pero intenta limitarte a idioteces de primer nivel; ésas que no son peligrosas.
Ignatius sonríe.
—Como ordene la señorita—entonces su mirada se desvía hacia el tren—. Creo que tienes que irte.
Lucretia toma las manos de Ignatius con las suyas y se pone de puntillas para besarlo.
—Una carta a la semana—le recuerda—. O dos. Mejor dos—suelta a Ignatius y entra en el tren, aunque se asoma por una de las ventanas para verlo alejarse junto con el andén nueve y tres cuartos.
A pesar de que hablar con él ha logrado tranquilizarla un poco, Lucretia no puede evitar preguntarse si verá a Ignatius y la estación acercarse cuando vuelva para Navidad.
Notas de la autora: Ahora sí, Ignatius se va del todo a Alemania. Y yo croqueteo del gusto (sí, mi vena sádica aflora).
En fin, ¿qué tal? ¿Bien, mal? ¿Regular? ¿Reviews?
