¡Por fin! Vuestra autora más vaga ha decidido subir el epílogo y terminar con esta historia. Creí que no lo conseguiría, pero he conseguido encontrar tiempo libre (y, sobre todo, inspiración) entre preparaciones para trabajos y exámenes. Estoy deseando que lleguen las vacaciones de Navidad, en serio.
Antes de dejaros con el epílogo, las reviews:
Birds Ate My Face: Compararme con ese ególatra es lo peor que podrías hacerme, ¡ni se te ocurra repetirlo! Me alegra que te haya gustado y... sí, iba a ser más largo, pero ese capítulo me traía de cabeza y tenía demasiadas ganas de quitármelo de encima. Y no soy mona, soy una Drama Queen; es más, Riku aspira a ser tan Drama Queen como yo algún día. Gracias por tu review y a ver si sigues mi ejemplo y continúas ese maldito Destiel.
Kari McCartney: Descuida, no es tu obligación dejar review, después de todo. ¡Bastante que me la has ido dejando en todos los capítulos! Y sí, odio a Nomura por tirar por la ventana el hecho de que los Incorpóreos no tenían corazón, estúpido que es. Me alegra muchísimo que te haya gustado y, tranquila, Roxas está deseando volver con vosotros, y lo hará muy pronto.
WarriorCM: Sí, lo de la pelea me salió terrible; se me dan fatal las escenas de acción. Tal vez corrija ese capítulo más adelante y mejore la escena. Y, como dije a Kari, ¡no te preocupes por las reviews! Recibirlas o no es una cosa que decidís vosotros y para nada vuestra obligación. Me alegra que te haya gustado, a pesar de ese error en las escenas de acción. ¡Volveremos a leernos cuando vuelva con Roxas!
Nanndo: Te pongo así porque eres tú y... así me lío menos, supongo. Ay, ¡mil gracias por leerme hasta el final, tus reviews siempre son increíbles! Debo confesar que, cuando empecé a escribir, tenía en mente un final feliz, pero conforme avanzaba la historia me daba cuenta de que no encajaba demasiado y no quedaba demasiado realista, y de ahí salieron un par de finales malos y uno... bueno y malo al mismo tiempo. Al final, me decanté por el peor. Me quejo cuando las cosas que me gustan tienen finales malos y yo hago lo mismo... ya me vale. ¡Nada más! Disfruta del epílogo, y volveremos a leernos muy pronto.
Between us: ¿Una nueva lectora, tal vez? (o lector...), o una de la que no sabía nada hasta ahora. ¡Gracias por tu review! Me alegra que te haya gustado tanto, y me alegra aún más que seas seguidora de otras historias mías (que espero retomar lo antes posible, ¡ya estoy en ello!). Espero que disfrutes este epílogo como has disfrutado el resto del fic y leerte de nuevo alguna vez. ¡Gracias de nuevo!
SexyDiva: ¡Echaba tanto de menos tus reviews...! Gracias por leer esta historia y dejar comentario, ¡de verdad! Siento torturarte tanto con el Riku/Sora, parece que soy incapaz de hacer fluff entre ellos en condiciones, ¿verdad? Algún día, os sorprenderé con la historia más empalagosa y fluff del mundo, ¡lo sé! Y, como dije a otros, no hay problema; no estáis obligados a dejar review y por eso, cuando las recibo, lo agradezco tanto. ¡Mil gracias, y hasta la próxima!
Dicho esto, paso al epílogo. ¡Disfrutadlo!
Epílogo
Todo había terminado.
Ansem había muerto. Maléfica también. Todos los sirvientes fueron liberados y el resto de habitantes podían vivir sin miedo. O eso supuse porque, desde el momento en el que acabé con Ansem, volví a encerrarme en el castillo, sin salir de él, con el cuerpo inerte de Sora entre mis brazos.
Habían pasado tres días, y aún no había salido del castillo. Sólo abrazaba el cuerpo de Sora, antes siempre cálido y reconfortante, pero ahora frío e inerte. Era una auténtica tortura.
Ese día decidí, por fin, salir del castillo y enterrar a Sora.
Todo el castillo, aquel que había sido mi hogar durante prácticamente toda mi vida, ahora resultaba incluso más sombrío, frío y oscuro que cuando Ansem reinaba en él; estaba completamente vacío y en total silencio, sólo estaba yo, con el cuerpo de Sora en mis brazos… y aquel lobo que había estado acompañando a Sora que, por alguna extraña razón, no se apartaba de mi lado.
Llegué al jardín. Estaba cubierto de nieve, ocultando las plantas ya descuidadas y las flores marchitas. No pude evitar recordar cómo aquellos copos blancos llegaron a resultarme cálidos una vez, y ahora volvían a resultarme fríos y desgradables.
Volví a mirar a Sora. Él no iba a sonreír, claro.
Me detuve al llegar a esa pequeña piedra que sobresalía entre la nieve. Una que conocía muy bien y que, desde hace un par de años, había visitado siempre que podía. Siempre que me sentía solo.
Aquí descansaba mi pequeño Sora. Mi mascota.
—Ha pasado un tiempo. –murmuré, aún sabiendo que no recibiría respuesta. —Me… me ha costado traerle aquí, contigo. No… no me sentía preparado para… para veros a los dos…
Tuve que callar al sentir un doloroso nudo en la garganta. Cerré los ojos, esperando a que esa sensación tan desagradable se desvaneciera. Esa sensación que no me había abandonado desde hace ya tres días. Dolor, desesperación, soledad y, al mismo tiempo, vacío.
Cuando volví a abrirlos, me encontré con aquella criatura, cerca del sepulcro en el que mi cachorro descansaba, mirándome. Era como si estuviera esperando, o como si le estuviera dando el pésame a mi antigua mascota. Supongo que sólo lo imaginaba.
Entre los dos, preparamos todo para poder… enterrar a Sora. Era ya la segunda vez que lo hacía y confieso que, aún así, sigue costándome incluso pensar en esa palabra.
Volví a sostener el cuerpo de Sora, observando esa piel ahora tan blanca como la nieve, sus ojos cerrados, esos hermosos ojos azules que jamás volvería a ver, y esos finos labios, casi teñidos de un color morado. Tragué saliva, de nuevo con ese desagradable nudo en mi garganta.
—Está nevando… -murmuré. —Estoy seguro de que… te gustaría verlo.
Silencio. Doloroso silencio.
Apreté mis manos en su ropa, en esa tela desgastada y prácticamente hecha jirones que cubría ese cuerpo frío y rígido. Mis labios temblaron y creo que, una vez más, eché a llorar, agachando la cabeza y escondiendo mi rostro y mis lágrimas bajo mi flequillo, esos largos mechones planteados que siempre utilizaba para esconderme de la mirada de Sora cuando sentía que… estaba viendo demasiado.
Y ahora no podía verme.
—No me dejes solo. Vuelve… -supliqué, entre sollozos, sin recibir respuesta.
No sé cuánto tiempo estuve llorando, abrazado a lo que quedaba de mi última mascota. No. De mi mejor amigo, de mi compañero; de la primera persona que me hizo sentir menos monstruo y más humano. La que me hizo creer, durante menos tiempo del que me habría gustado, que incluso alguien como yo podría amar.
Él nunca me dijo con sus palabras que era especial, pero me hizo sentir que lo era.
Tal vez, por eso, nunca me dijo que me quería… hasta el final. Él lo dijo, después de todo; no era necesario decirlo en voz alta. Sora sabía lo que sentía por mí, y yo… también lo sabía. En el fondo, lo sabía.
Pude serenarme minutos después, al sentir esa débil sensación de calidez cerca de mí. Miré hacia mi izquierda, a ese pelaje plateado. Ese lobo al que Sora había llamado por mi nombre. Sonreí con tristeza, acariciándole.
—Ya es la hora.
Me levanté, sosteniendo a Sora para dejarlo en aquel agujero, decidido. Había esperado días para esto, debía estar preparado. Cerré los ojos, tomando aire y tratando de serenarme. Esto era la despedida. La definitiva. No volvería a ver a Sora nunca más.
Y, con ese pensamiento, volví a abrir mis ojos, mirándole… y acercando mis labios hacia los suyos, en un beso frío, triste y con un amargo sabor a despedida. No eran los labios dulces, suaves y cálidos que había imaginado que sentiría al besar a Sora, porque ese joven castaño, siempre sonriente, cálido y espontáneo había desaparecido, dejándome un frío cuerpo, sin vida, inmóvil.
Como un muñeco de nieve.
Y, aunque sentía cómo ese corazón que no tenía en mi pecho se partía en mil pedazos, sonreí.
—Gracias, Sora.
Por salvarme. Por evitar que me convirtiera en un auténtico monstruo; sin amor, sin corazón y sin sentimientos. Después de todo, sentir dolor era mejor que no sentir absolutamente nada. O eso era lo que no dejaba de repetirme en la cabeza para seguir en pie, con vida y dispuesto a redimirme.
Iba a ayudar al pueblo y sus habitantes, corregir todos los errores que cometí y calmar y curar todas las heridas que Ansem provocó a esas personas, tanto física como emocionalmente. Es lo que Sora habría querido, y estaba seguro de que, si realmente el Cielo existe, él estaba ahí observándome, orgulloso de mí y con esa dulce sonrisa dibujada en sus labios.
Una vez más, las lágrimas cayeron de mi mejilla.
Él lo hizo todo. Todo lo que había creído que nadie haría por mí jamás. Me dio la vida, transformando al monstruo en sólo un niño; solitario, huérfano y que, en realidad, sólo buscaba a alguien que lo escuchara. Que lo amara tal y como era, que viera a través de él como nadie había visto jamás; que convirtiera la palabra especial en algo que de verdad pudiera hacerle sonreír.
—Volveremos a vernos, en otra vida. –me despedí, antes de dejar su cuerpo en aquel descanso eterno.
Me aparté, haciéndole un gesto con la mano a mi único acompañante. Aquel lobo no tardó demasiado en traerme una caja de madera entre sus dientes, sin dejar de mirarme. Le dediqué una triste sonrisa antes de coger esa caja, abriéndola, y mirando su inquietante y, al mismo tiempo, brillante contenido.
Mi corazón. El corazón que Ansem me arrebató y guardó en esa caja de madera.
Cerré la caja, dejándola junto a lo que quedaba de Sora. Mi mano tembló antes de soltarla, pero sabía que estaba en el mejor lugar posible; a su lado.
Miré al cielo, ahora despejado, sin una sola nube en el cielo. Azul, azul intenso, claro y puro. Igual que los ojos de Sora. Y me pregunté si, tal vez, él había hecho que el cielo se viera así este mismo día, para que nunca lo olvidara. Para que pudiera contemplar mi color favorito una última vez.
Antes de conocerlo, ni siquiera habría sido capaz de pensar en cuál era mi color favorito. Ese chico fue mi salvación y, al mismo tiempo, mi definitiva condena, de la forma más dulce e inesperada
~ F I N ~
Corto, pues esa es mi idea de los epílogos. Obviamente, ningún final feliz como tal. Soy terrible.
Y, bueno, quiero agradeceros que hayáis seguido esta historia hasta el final. Vuestro apoyo y vuestros comentarios significan muchísimo para mí; llevo muchísimo tiempo (meses, muchos meses) terriblemente insegura con lo que escribo. Vosotros hacéis que sienta que lo que hago está bien y, probablemente, si no fuera por vuestras reviews, habría dejado de escribir hace mucho tiempo. Así que, gracias, ninguna de mis historias sería posible sin vosotros.
¡Y debo compensarlo! Volveré en unas semanas. Muchos exámenes me esperan, trabajos y demás, pero cuando todo termine, retomaré mis historias. Como ya mencioné en el capítulo anterior, indicaré los progresos que lleve con estas en mi perfil, ¡así que estad atentos!
A Eris, espero que te guste, aunque me haya demorado tantísimo. Y que dejes de odiarme por matar a un lindo cachorro en el primer capítulo.
Nada más que añadir, este es el final. Y, recordad, puede que los cuentos de hadas sean sólo historias, pero nunca hay que olvidar que las tragedias también lo son. Sólo historias. Y, si existen tragedias en nuestro día a día, tiene que existir un cuento de hadas también. Nunca dejéis de creerlo.
¡Nos leemos!
