Disclaimer: los personajes y el libro le pertenecen a J.K. Rowlin Yo solo me entretengo con ellos.
Solo las intervenciones son mías.
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-Ca… Capítulo di… Diez. -Comenzó a leer Charlie.
-¿Por qué tartamudeas hermano? -quiso saber Bill.
-Yo n no tartamudeo.
-¿A caso estás nervioso? -Inquirió George.
-¿Algo te ha inquietado? -Secundó Fred.
-P para n nada. -Respondió el domador de dragones.
-Estás más rojo que tu pelo. -Comentó James.
-Señor Potter. No está ayudando. -se quejó el chico entre dientes.
-No quería hacerlo. -Rió Cornamenta.
Canuto le guiñó un ojo al segundo de los Weasley.
Charlie estaba a punto del desmayo.
-Tá dojo. -Dijo el pequeño mirando al joven.
El pelirrojo hizo un ruidito como el de un gato constipado.
-Pequeño observador… -Intervino Kingsley con una sonrisa.
Al cabo de unos minutos, el domador de dragones pudo calmarse y comenzó de nuevo a leer.
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Capítulo 10. Halloween.
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-Me encanta el Halloween en Hogwarts. -Dijo Fabian.
Todos estaban de acuerdo con él.
-Las decoraciones son impresionantes. -Secundó Liam.
-Y la comida es magnífica. -Prosiguió Ron.
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Malfoy no podía creer lo que veían sus ojos, cuando vio que Harry y Ron todavía estaban en Hogwarts al día siguiente, con aspecto cansado pero muy alegres.
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Muchos miraron a Draco con sonrisas burlonas.
Canuto ya le había retirado el hechizo al rubio por petición de su Lunático.
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En realidad, por la mañana Harry y Ron pensaron que el encuentro con el perro de tres cabezas había sido una excelente aventura, y ya estaban preparados para tener otra.
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Las mujeres pelirrojas miraron a sus hijos con una de sus peores miradas.
James sonreía ocultándose detrás de la cabecita de su pequeño para que Lily no le viera.
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Mientras tanto, Harry le habló a Ron del paquete que había sido llevado de Gringotts a Hogwarts, y pasaron largo rato preguntándose qué podía ser aquello para necesitar una
protección así.
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-Pienso que es una total imprudencia tener un objeto así en una escuela llena de niños. -Refunfuñó McGonagall.
Albus miró para otro lado.
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—Es algo muy valioso, o muy peligroso —dijo Ron.
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-O las dos cosas. -Comentó James.
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—O las dos cosas —opinó Harry
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Padre e hijo se sonrieron.
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Pero como lo único que sabían con seguridad del misterioso objeto era que tenía unos cinco centímetros de largo, no tenían muchas posibilidades de adivinarlo sin otras pistas.
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-Nosotros no lo sabríamos de no haber sido por el título del libro. -Apostilló Alice.
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Ni Neville ni Hermione demostraron el menor interés en lo que había debajo del perro y la trampilla. Lo único que le importaba a Neville era no volver a acercarse nunca más al animal.
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-Y sigo sin querer acercarme a uno de esos perros. -Comentó el joven Gryffindor.
-Pero si son muy cariñosos y tiernos. Son animales incomprendidos. -Dijo Hagrid.
-Claaaroo. -Ironizó Frank.
-Se llevaría bien con los Scamander. -Comentó Liam en voz baja.
-Corrección. Se lleva bien con los Scamander. -Apostilló Jonah.
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Hermione se negaba a hablar con Harry y Ron, pero como era una sabihonda mandona, los chicos lo consideraron como un premio.
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-Eso es muy grosero. -Comentó Molly.
-Pero si era una mandona, entiendo que se comportaran así. -Intervino Sirius.
-Madura Black. -Espetó la señora Weasley.
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Lo que realmente deseaban en aquel momento era poder vengarse de Malfoy y, para su gran satisfacción, la posibilidad llegó una semana más tarde, por correo.
Mientras las lechuzas volaban por el Gran Comedor, como de costumbre, la atención de todos se fijó de inmediato en un paquete largo y delgado, que llevaban seis lechuzas blancas. Harry estaba tan interesado como los demás en ver qué contenía, y se sorprendió mucho cuando las lechuzas bajaron y dejaron el paquete frente a él, tirando al suelo su tocino. Se estaban alejando, cuando otra lechuza dejó caer una carta sobre el paquete.
Harry abrió el sobre para leer primero la carta y fue una suerte, porque decía:
NO ABRAS EL PAQUETE EN LA MESA Contiene tu nueva Nimbus 2.000, pero no quiero que todos sepan que te han comprado una escoba, porque también querrán una. Oliver Wood te esperará esta noche en el campo de quidditch a las siete, para tu primera sesión de entrenamiento.
Profesora McGonagall
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James saltaba emocionado en su asiento haciendo reír al pequeño que tenía en su regazo.
-¿Me enseñas esa escoba? -Pidió el joven a su futuro hijo.
-Ya no la tengo.
-¿Por qué? -Quiso saber Canuto.
-Saldrá en el tercer libro. -Respondió el ojiverde con una sonrisa.
Sabía que esto molestaría a su familia y eso le divertía.
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Harry tuvo dificultades para ocultar su alegría, mientras le alcanzaba la nota a Ron.
—¡Una Nimbus 2.000! —gimió Ron con envidia—. Yo nunca he tocado ninguna.
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-Yo la quiero. -Gimoteó James.
-Aún no existe. -Dijo Lily.
-En este tiempo sí. -Intervino Sirius.
-No ayudas Black. -Espetó la ojiverde.
-Lo sé.
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Salieron rápidamente del comedor para abrir el paquete en privado, antes de la primera clase, pero a mitad de camino se encontraron con Crabbe y Goyle, que les cerraban el camino. Malfoy le quitó el paquete a Harry y lo examinó.
—Es una escoba —dijo, devolviéndoselo bruscamente, con una mezcla de celos y rencor en su cara—. Esta vez lo has hecho, Potter. Los de primer año no tienen permiso para tener una.
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-¿Envidioso rubito? -Interrogó Canuto.
Draco resopló molesto.
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Ron no pudo resistirse.
—No es ninguna escoba vieja —dijo—. Es una Nimbus 2.000. ¿Cuál dijiste que tenías en casa, Malfoy, una Comet 260? —Ron rió con aire burlón—. Las Comet parecen veloces, pero no tienen nada que hacer con las Nimbus.
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-Eso le habrá cabreado muchísimo. -Rió James.
Lily le dio una colleja a su novio.
-¡No ce pega a papi! -Chilló el pequeño.
Muchos rieron por lo bajo.
El niño seguía mirando a su futura madre con mala cara.
-Lo siento. -Dijo la pelirroja.
-¡No! -Exclamó el niño muy enfadado.
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—¿Qué sabes tú, Weasley, si no puedes comprar ni la mitad del palo? —replicó Malfoy—. Supongo que tú y tus hermanos tenéis que ir reuniendo la escoba ramita a ramita.
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Fred lanzó algo pequeño en dirección al rubio.
El chico intentó esquivarlo, pero aquella cosa seguía sus movimientos y le dio en la frente.
Draco no notó nada extraño pero no se confió.
Un jadeo de Pansy hizo que se preocupara.
La mayor de las Greengrass le pasó un espejito y al mirarse, el Slytherin casi da un grito de asombro.
-¿Qué pasa Malfoy? ¿Te gusta tu nuevo estilo? -Cuestionó Fred.
-¡Quítamelo! ¡Quítamelo! ¡Quítamelo!
-No podemos. Creo que el efecto dura unas horas… O quizá unos días… Aún no lo tenemos claro del todo. -Comentó George.
-¡Pero no me puedo quedar así!
El rubio estaba desquiciado.
-No es para tanto Draco. Solo te ha cambiado el color de tu pelo. -Intervino Blaise.
-¡Pero es pelirrojo! ¡Pelirrojo Blaise! ¡Pe-li-rro-jo! ¡Color Weasley!
El moreno murmuró algo entre dientes.
-¿Qué has dicho? -Inquirió Pansy.
-Que es un exagerado. -Contestó Zabini.
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Antes de que Ron pudiera contestarle, el profesor Flitwick apareció detrás de Malfoy
—No os estaréis peleando, ¿verdad, chicos? —preguntó con voz chillona.
—A Potter le han enviado una escoba, profesor —dijo rápidamente Malfoy.
—Sí, sí, está muy bien —dijo el profesor Flitwick, mirando radiante a Harry—. La profesora McGonagall me habló de las circunstancias especiales, Potter. ¿Y qué modelo es?
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Muchos sonreían al pequeño profesor.
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—Una Nimbus 2.000, señor —dijo Harry, tratando de no reír ante la cara de horror de Malfoy—. Y realmente es gracias a Malfoy que la tengo.
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-Ahí tiene razón. -Confirmó Canuto.
Draco descargó su rabia contra el joven animago.
Le lanzó un hechizo que hizo que James riera como loco y Lunático le mirara con lujuria.
-¿Qué es tan divertido Cornamenta? -Quiso saber Canuto.
El Sirius mayor le miraba con total horror.
Alice le pasó un espejito al joven con timidez.
Cuando el chico se miró al espejo, dio un grito de espanto.
-¿Pero qué…?
Salió corriendo y se ocultó detrás de una puerta azul.
Al transformarse en Canuto, se miró a un gran espejo pero…
Volvió a cambiar a su verdadera forma y gimió de pavor.
-Sus orejas… sus queridas orejas y su cola, eran… eran de… gato y si se transformaba en perro, las orejas y la cola seguían siendo de gato.
Respiró hondo y salió de aquella pequeña salita.
-¿De gato? ¿En serio Malfoy? ¿No podía ser otro animal? Odio los gatos.
Draco rió.
Lunático agarró a Canuto con fuerza y lo sentó sobre su regazo.
-Estás tan sexi con esas orejitas y esa cola… Me dan ganas de quitarte toda la ropa y hacerte mío toda la jodida noche. -Le susurró el joven licántropo al oído.
La señora Norris saltó de los brazos de Filch y se acercó a Canuto muy decidida.
Se le subió encima y empezó a restregar su cuerpo contra él.
-¡Quítame a este monstruo de encima! ¿Y si me contagia algo? ¡Quítamela Lunático!
Todos reían sin poder contenerse.
Lunático gruñó bajito y la gata le bufó desafiante.
Ambos se retaban con la mirada.
El lobo gruñó más fuerte y sus ojos se le volvieron dorados.
La señora Norris decidió volver con su amo.
sirius miraba la escena a punto de colapsar.
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Harry y Ron subieron por la escalera, conteniendo la risa ante la evidente furia y confusión de Malfoy.
—Bueno, es verdad —continuó Harry cuando llegaron al final de la escalera de mármol—. Si él no hubiera robado la Recordadora de Neville, yo no estaría en el equipo…
—¿Así que crees que es un premio por quebrantar las reglas? —Se oyó una voz irritada a sus espaldas.
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-Seguro que es Granger. -Comentó Theo.
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Hermione subía la escalera, mirando con aire de desaprobación el paquete de Harry
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Nott sonrió para sí.
-Bueno… Si lo ha hecho bien, se merece un premio. -Opinó Sirius. -Da igual en qué circunstancias lo haya conseguido.
Lily le miró mal pero no dijo nada. Aún recordaba las palabras que Harry había dicho.
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—Pensaba que no nos hablabas —dijo Harry.
—Sí, continúa así —dijo Ron—. Es mucho mejor para nosotros.
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Canuto le daba la razón al pelirrojo.
Le caía bien Hermione, pero estaba siendo muy pesada.
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Hermione se alejó con la nariz hacia arriba.
Durante aquel día, Harry tuvo que esforzarse por atender a las clases. Su mente volvía al dormitorio, donde su escoba nueva estaba debajo de la cama, o se iba al campo de quidditch, donde aquella misma noche aprendería a jugar.
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James sonrió.
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Durante la cena comió sin darse cuenta de lo que tragaba, y luego se apresuró a subir con Ron, para sacar; por fin, a la Nimbus 2.000 de su paquete.
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Cornamenta estaba emocionado.
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—Oh —suspiró Ron, cuando la escoba rodó sobre la colcha de la cama de Harry.
Hasta Harry, que no sabía nada sobre las diferencias en las escobas, pensó que parecía maravillosa. Pulida y brillante, con el mango de caoba, tenía una larga cola de ramitas rectas y, escrito en letras doradas: «Nimbus 2.000».
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-Es una escoba preciosa. -Suspiró Oliver.
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Cerca de las siete, Harry salió del castillo y se encaminó hacia el campo de quidditch. Nunca había estado en aquel estadio deportivo. Había cientos de asientos elevados en tribunas alrededor del terreno de juego, para que los espectadores estuvieran a suficiente altura para ver lo que ocurría. En cada extremo del campo había tres postes dorados con aros en la punta. Le recordaron los palitos de plástico con los que los niños muggles hacían burbujas, sólo que éstos eran de quince metros de alto.
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-Yo pensé lo mismo la primera vez que vi el campo. -Comentó Lily.
Harry sonrió.
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Demasiado deseoso de volver a volar antes de que llegara Wood, Harry montó en su escoba y dio una patada en el suelo. Qué sensación. Subió hasta los postes dorados y luego bajó con rapidez al terreno de juego. La Nimbus 2.000 iba donde él quería con sólo tocarla.
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-Yo la quiero. -Gimoteó James.
-Tengo una mucho mejor. -Le susurró Harry al oído.
-¿Me la enseñarás?
-Claro. Y te dejaré montarla.
-Este es uno de los mejores días de mi vida. -Comentó James.
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—¡Eh, Potter, baja!
Había llegado Oliver Wood. Llevaba una caja grande de madera debajo del brazo. Harry aterrizó cerca de él.
—Muy bonito —dijo Wood, con los ojos brillantes—. Ya veo lo que quería decir McGonagall, realmente tienes un talento natural. Voy a enseñarte las reglas esta noche y luego te unirás al equipo, para el entrenamiento, tres veces por semana.
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-Es que los Potter somos muy buenos sobre una escoba. -Dijo James.
-Arrogante… -Murmuró el joven Severus.
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Abrió la caja. Dentro había cuatro pelotas de distinto tamaño.
—Bueno —dijo Wood—. El quidditch es fácil de entender; aunque no tan fácil de jugar. Hay siete jugadores en cada equipo. Tres se llaman cazadores.
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-Yo soy uno. -Dijo Cornamenta.
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—Tres cazadores —repitió Harry, mientras Wood sacaba una pelota rojo brillante, del tamaño de un balón de fútbol.
—Esta pelota se llama quaffle —dijo Wood—. Los cazadores se tiran la quaffle y tratan de pasarla por uno de los aros de gol. Obtienen diez puntos cada vez que la quaffle pasa por un aro. ¿Me sigues?
—Los cazadores tiran la quaffle y la pasan por los aros de gol —recitó Harry—. Entonces es una especie de baloncesto, pero con escobas y seis canastas.
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-¿Balón qué? -Quiso saber Padma.
-El baloncesto, es un juego muggle en el que hay que intentar meter un balón por una canasta. -Explicó Dean.
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—¿Qué es el baloncesto? —preguntó Wood.
—Olvídalo —respondió rápidamente Harry
—Hay otro jugador en cada lado, que se llama guardián. Yo soy guardián de Gryffindor. Tengo que volar alrededor de nuestros aros y detener los lanzamientos del otro equipo.
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Los Gryffindors le sonrieron a Oliver.
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—Tres cazadores y un guardián —dijo Harry, decidido a recordarlo todo—. Y juegan con la quaffle. Perfecto, ya lo tengo. ¿Y para qué son ésas? —Señaló las tres pelotas restantes.
—Ahora te lo enseñaré —dijo Wood—. Toma esto.
Dio a Harry un pequeño palo, parecido a un bate de béisbol.
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James miró a Oliver con orgullo.
-¿Qué vas a hacer? -Inquirió Lily.
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—Voy a enseñarte para qué son —dijo Wood—. Esas dos son las bludgers.
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Fred y George sonreían como un par de sádicos.
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Enseñó a Harry dos pelotas idénticas, pero negras y un poco más pequeñas que la roja quaffle. Harry notó que parecían querer escapar de las tiras que las sujetaban dentro de la caja.
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-No lo dudes. -Dijo Frank.
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—Quédate atrás —previno Wood a Harry. Se inclinó y soltó una de las bludgers.
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-¿Intentas matarle o algo así? -Bramó la pelirroja muy enfadada.
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De inmediato, la pelota negra se elevó en el aire y se lanzó contra la cara de Harry.
El chico la rechazó con el bate, para impedir que le rompiera la nariz, y la mandó volando por el aire. Pasó zumbando alrededor de ellos y luego se tiró contra Wood, que se las arregló para sujetarla contra el suelo.
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-Bien hecho. -Dijo James.
Lily seguía molesta.
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—¿Ves? —dijo Wood jadeando, metiendo la pelota en la caja a la fuerza y asegurándola con las tiras—. Las bludgers andan por ahí, tratando de derribar a los jugadores de las escobas. Por eso hay dos golpeadores en cada equipo (los gemelos Weasley son los nuestros). Su trabajo es proteger a su equipo de las bludgers y desviarlas hacia el equipo contrario. ¿Lo has entendido?
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-Y son muy buenos en eso. -Murmuró un Ravenclaw acariciándose el costado izquierdo.
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—Tres cazadores tratan de hacer puntos con la quaffle, el guardián vigila los aros y los golpeadores mantienen alejadas las bludgers de su equipo —resumió Harry.
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-Buen resumen. -Aprobó su futuro padre.
-Si te aplicaras así en los estudios… -Refunfuñó Hermione.
-Es que estudiar no es divertido. -Comentó Harry.
Lily miró reprobadora a su futuro hijo.
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—Muy bien —dijo Wood.
—Hum… ¿han matado las bludgers alguna vez a alguien? —preguntó Harry, deseando que no se le notara la preocupación.
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-Qué va. Han estado muchas veces casi a punto, pero no ha pasado nada. -Comentó Canuto.
-A mí varias me han dado en la cabeza. -Dijo James.
-Así te has quedado de idiota. -Apostilló el Snape joven.
-Vete a meter tu gran nariz en otra cosa. A ver si se te queda allí atascada. -Espetó Canuto.
-Y tú date un baño. No vaya a ser que nos pegues las pulgas. -Replicó el joven Severus.
-A lo mejor, tú puedes pegarnos piojos.
-¿Crees que con toda esa grasa los piojos se podrían mantener en su cabeza? Se resbalarían. -Intervino James.
-¡Ya basta! -Espetó lily.
Charlie decidió continuar leyendo.
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—Nunca en Hogwarts. Hemos tenido algunas mandíbulas rotas, pero nada peor hasta ahora. Bueno, el último miembro del equipo es el buscador. Ese eres tú. Y no tienes que preocuparte por la quaffle o las bludgers…
—Amenos que me rompan la cabeza.
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-Nosotros no dejaremos que eso te ocurra. -Dijo Fred.
Harry sonrió y George se puso colorado.
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—Tranquilo, los Weasley son los oponentes perfectos para las bludgers. Quiero decir que ellos son como una pareja de bludgers humanos.
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Los pelirrojos chocaron las manos.
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Wood buscó en la caja y sacó la última pelota. Comparada con las otras, era pequeña, del tamaño de una nuez grande. Era de un dorado brillante y con pequeñas alas plateadas.
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James metió la mano en uno de los bolsillos de su túnica y acarició la snitch que llevaba siempre consigo.
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—Esta dorada —continuó Wood— es la snitch. Es la pelota más importante de todas. Cuesta mucho de atrapar por lo rápida y difícil de ver que es. El trabajo del buscador es atraparla. Tendrás que ir y venir entre cazadores, golpeadores, la quaffle y las bludgers, antes de que la coja el otro buscador, porque cada vez que un buscador la atrapa, su equipo gana ciento cincuenta puntos extra, así que prácticamente acaba siendo el ganador. Por eso molestan tanto a los buscadores. Un partido de quidditch sólo termina cuando se atrapa la snitch, así que puede durar muchísimo. Creo que el récord fue tres meses. Tenían que traer sustitutos para que los jugadores pudieran dormir… Bueno, eso es todo. ¿Alguna pregunta?
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-Me hubiera encantado ver ese partido. -Suspiraron James, Harry y Oliver a coro.
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Harry negó con la cabeza. Entendía muy bien lo que tenía que hacer; el problema era conseguirlo.
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Katie le lanzó una bola de pergamino que le dio en la cabeza.
-Eres un gran buscador. -Comentó la cazadora.
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—Todavía no vamos a practicar con la snitch —dijo Wood, guardándola con cuidado en la caja—. Está demasiado oscuro y podríamos perderla. Vamos a probar con unas pocas de éstas.
Sacó una bolsa con pelotas de golf de su bolsillo y, unos pocos minutos más tarde, Wood y Harry estaban en el aire. Wood tiraba las pelotas de golf lo más fuertemente que podía en todas las direcciones, para que Harry las atrapara. Éste no perdió ni una y Wood estaba muy satisfecho. Después de media hora se hizo de noche y no pudieron continuar.
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-¡Fantástico! -Gritó James.
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—La copa de quidditch llevará nuestro nombre este año —dijo Wood lleno de alegría mientras regresaban al castillo—. No me sorprendería que resultaras ser mejor jugador que Charles Weasley. Él podría jugar en el equipo de Inglaterra si no se hubiera ido a cazar dragones.
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-Es mucho mejor que tú. -Comentó Oliver.
Charlie sonrió.
-¿Dagones? -Quiso saber el pequeño.
-Sí. Existen los dragones. Y son enoooormes. -Respondió James haciéndole cosquillas.
Charlie cogió un pergamino arrugado y con una serie de movimientos de su varita, lo transformó en un dragón de peluche de color rojo con las alas y los pinchos de la espalda de color dorado.
Se acercó al pequeño con una gran sonrisa.
-Esto es para ti. -Le dijo.
-¡Dagón papi! ¡Un dagón!
James sonrió.
El niño cogió el peluche y se levantó para abrazar al pelirrojo.
Un rato después, Charlie volvió a su sitio y cogió el libro.
El pequeño miraba sus juguetes bonitos con alegría. Nunca había tenido tantos.
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Tal vez fue porque estaba ocupado tres noches a la semana con las prácticas de quidditch, además de todo el trabajo del colegio, la razón por la que Harry se sorprendió al comprobar que ya llevaba dos meses en Hogwarts. El castillo era mucho más su casa de lo que nunca había sido Privet Drive.
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-Opino igual. -Dijeron ambos Sirius y ambos Severus.
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Sus clases, también, eran cada vez más interesantes, una vez aprendidos los principios básicos.
En la mañana de Halloween se despertaron con el delicioso aroma de calabaza asada flotando por todos los pasillos.
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-Me encanta. -Dijo Sirius.
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Pero lo mejor fue que el profesor Flitwick anunció en su clase de Encantamientos que pensaba que ya estaban listos para empezar a hacer volar objetos, algo que todos se morían por hacer; desde que vieron cómo hacía volar el sapo de Neville.
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El mencionado se sonrojó.
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El profesor Flitwick puso a la clase por parejas para que practicaran. La pareja de Harry era Seamus Finnigan (lo que fue un alivio, porque Neville había tratado de llamar su atención).
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Alice, Frank y Augusta, además de un cabreado Slytherin, miraban a Harry como si quisieran enterrarlo muy por debajo de gringotts.
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Ron, sin embargo, tuvo que trabajar con Hermione Granger. Era difícil decir quién estaba más enfadado de los dos. La muchacha no les hablaba desde el día en que Harry recibió su escoba.
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-Vaya problema. -Bufó Draco.
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—Y ahora no os olvidéis de ese bonito movimiento de muñeca que hemos estado practicando —dijo con voz aguda el profesor; subido a sus libros, como de costumbre—. Agitar y golpear; recordad, agitar y golpear. Y pronunciar las palabras mágicas correctamente es muy importante también, no os olvidéis nunca del mago Baruffio, que dijo «ese» en lugar de «efe» y se encontró tirado en el suelo con un búfalo en el pecho.
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Canuto y James se miraron y se echaron a reír.
-El profe tiene razón. Eso pasa de verdad. -Comentó Cornamenta.
-¿Es que lo has comprobado? -Quiso saber Lily.
-Sip. -Respondió Sirius.
-¿Pero vosotros estáis mal de la cabeza? -Interrogó la pelirroja indignadísima.
-¿Es por eso por lo que había un búfalo en el bosque prohibido? -Quiso saber Hagrid.
Los merodeadores asintieron.
-¿Vosotros también lo habéis probado no es así? -Inquirió la señora Weasley mirando a sus hijos.
-Nop. -Contestó George. -Pero es una gran idea.
-¡Ni se os ocurra! -Chilló Molly.
Los gemelos se miraron entre sí y sonrieron.
-No se nos ocurriría mamá.
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Era muy difícil. Harry y Seamus agitaron y golpearon, pero la pluma que debía volar hasta el techo no se movía del pupitre. Seamus se puso tan impaciente que la pinchó con su varita y le prendió fuego, y Harry tuvo que apagarlo con su sombrero.
*-x-*
-Ya entiendo por qué te resultó útil. -Rió Canuto.
*-x-*
Ron, en la mesa próxima, no estaba teniendo mucha más suerte.
—¡Wingardium leviosa! —gritó, agitando sus largos brazos como un molino.
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Muchos soltaron grandes carcajadas.
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—Lo estás diciendo mal. —Harry oyó que Hermione lo reñía—. Es Win-gar-dium levi-o-sa, pronuncia gar más claro y más largo.
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Ron le sacó la lengua a su amiga.
Ella rió.
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—Dilo, tú, entonces, si eres tan inteligente —dijo Ron con rabia.
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-Ahora lo consigue. -Comentó Canuto.
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Hermione se arremangó las mangas de su túnica, agitó la varita y dijo las palabras mágicas. La pluma se elevó del pupitre y llegó hasta más de un metro por encima de sus cabezas.
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Lily sonrió.
-Lo sabía.
-Nadie te ha dicho lo contrario Black. -Espetó la pelirroja.
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—¡Oh, bien hecho! —gritó el profesor Flitwick, aplaudiendo—. ¡Mirad, Hermione Granger lo ha conseguido!
Al finalizar la clase, Ron estaba de muy mal humor.
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-Siempre está gruñón si no come lo suficiente.
-¡Cierra el pico Ginny! -Chilló el menor de los Weasley.
*-x-*
—No es raro que nadie la aguante —dijo a Harry, cuando se abrían paso en el pasillo—. Es una pesadilla, te lo digo en serio.
Alguien chocó contra Harry. Era Hermione. Harry pudo ver su cara y le sorprendió ver que estaba llorando.
—Creo que te ha oído.
—¿Y qué? —dijo Ron, aunque parecía un poco incómodo—. Ya debe de haberse dado cuenta de que no tiene amigos.
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-Te has pasado tío. -Comentó Jonah.
-Lo siento Hermione. -Dijo Ron muy avergonzado.
-No importa Ron. Ya ha pasado.
El pelirrojo abrazó a su amiga con algo de torpeza.
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Hermione no apareció en la clase siguiente y no la vieron en toda la tarde. De camino al Gran Comedor, para la fiesta de Halloween, Harry y Ron oyeron que Parvati Patil le decía a su amiga Lavender que Hermione estaba llorando en el cuarto de baño de las niñas y que deseaba que la dejaran sola. Ron pareció más molesto aún, pero un momento más tarde habían entrado en el Gran Comedor; donde las decoraciones de Halloween les hicieron olvidar a Hermione.
*-x-*
-Gracias. -Ironizó la castaña.
Los jóvenes se ruborizaron.
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Mil murciélagos aleteaban desde las paredes y el techo, mientras que otro millar más pasaba entre las mesas, como nubes negras, haciendo temblar las velas de las calabazas. El festín apareció de pronto en los platos dorados, como había ocurrido en el banquete de principio de año.
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-Me encantan las fiestas en el colegio. -Comentó Tonks.
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Harry se estaba sirviendo una patata con su piel, cuando el profesor Quirrell llegó rápidamente al comedor; con el turbante torcido y cara de terror. Todos lo contemplaron mientras se acercaba al profesor Dumbledore, se apoyaba sobre la mesa y jadeaba:
*-x-*
Harry apretó los puños por debajo de la mesa.
-Estúpido farsante… -Refunfuñó.
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—Un trol… en las mazmorras… Pensé que debía saberlo.
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-¿Qué? -Se exaltó Lily.
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Y se desplomó en el suelo.
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-Vaya profesor de defensa más incompetente. -Bufó Lunático.
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Se produjo un tumulto. Para que se hiciera el silencio, el profesor Dumbledore tuvo que hacer salir varios fuegos artificiales de su varita.
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Lily se abrazó a su futuro hijo muy preocupada.
-Hermione no lo sabe. -Dijo la pelirroja muy asustada.
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—Prefectos —exclamó—, conducid a vuestros grupos a los dormitorios, de inmediato.
*-x-*
-¿Pero la casa Slytherin no se encuentra en las mazmorras? -Interrogó Remus.
Todos miraron a la mesa de las serpientes.
-¿Y se os ocurre eso cuatro años después? Maravilloso. -Aplaudió Theodore.
El director no dijo nada.
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Percy estaba en su elemento.
—¡Seguidme! ¡Los de primer año, manteneos juntos! ¡No necesitáis temer al trol si seguís mis órdenes! Ahora, venid conmigo. Haced sitio, tienen que pasar los de primer año. ¡Perdón, soy un prefecto!
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Muchos reían y siguieron riendo al ver el sonrojo en la cara de Percy.
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—¿Cómo ha podido entrar aquí un trol? —preguntó Harry, mientras subían por la escalera.
—No tengo ni idea, parece ser que son realmente estúpidos —dijo Ron—. Tal vez Peeves lo dejó entrar; como broma de Halloween.
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-Él no sería capaz de hacer algo así. Respeta mucho a Dumbledore. -Comentó Frank.
-Yo creo que ha sido Quirrell. -Dijo Lunático.
Todos le miraron incrédulos.
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Pasaron entre varios grupos de alumnos que corrían en distintas direcciones. Mientras se abrían camino entre un tumulto de confundidos Hufflepuffs, Harry súbitamente se aferró al brazo de Ron.
—¡Acabo de acordarme… Hermione!
—¿Qué pasa con ella?
—No sabe nada del trol.
Ron se mordió el labio.
—Oh, bueno —dijo enfadado—. Pero que Percy no nos vea.
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-No finjas hermanito. A ti te gusta Hermione. -Comentó Fred.
-¡Tenía once años! -Chilló.
-¿Y qué?
Ron miró mal a los gemelos.
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Se agacharon y se mezclaron con los Hufflepuffs que iban hacia el otro lado, se deslizaron por un pasillo desierto y corrieron hacia el cuarto de baño de las niñas. Acababan de doblar una esquina cuando oyeron pasos rápidos a sus espaldas.
—¡Percy! —susurró Ron, empujando a Harry detrás de un gran buitre de piedra.
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-Hay estatuas un poco horripilantes en el castillo. -Comentó Alice.
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Sin embargo, al mirar; no vieron a Percy, sino a Snape. Cruzó el pasillo y desapareció de la vista.
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-¿Qué pretendes Quejicus? -Quiso saber James.
-Nada de tu importancia Potter.
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—¿Qué es lo que está haciendo? —murmuró Harry—. ¿Por qué no está en las mazmorras, con el resto de los profesores?
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-A lo mejor es él quien ha metido al trol. -Comentó Canuto.
Snape bufó.
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—No tengo la menor idea.
Lo más silenciosamente posible, se arrastraron por el otro pasillo, detrás de los pasos apagados del profesor.
—Se dirige al tercer piso —dijo Harry, pero Ron levantó la mano.
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-A lo mejor quiere robar la piedra. -Dijo James.
Los merodeadores se miraron entre sí.
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—¿No sientes un olor raro?
Harry olfateó y un aroma especial llegó a su nariz, una mezcla de calcetines sucios y baño público que nadie limpia.
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-Ya entiendo como es que sabías lo de aquella gragea. -Intervino Dean.
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Y lo oyeron, un gruñido y las pisadas inseguras de unos pies gigantescos. Ron señaló al fondo del pasillo, a la izquierda. Algo enorme se movía hacia ellos. Se ocultaron en las sombras y lo vieron surgir a la luz de la luna.
Era una visión horrible. Más de tres metros y medio de alto y tenía la piel de color gris piedra, un descomunal cuerpo deforme y una pequeña cabeza pelada. Tenía piernas cortas, gruesas como troncos de árbol, y pies achatados y deformes. El olor que despedía era increíble. Llevaba un gran bastón de madera que arrastraba por el suelo, porque sus brazos eran muy largos.
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-Una belleza. -Suspiró Angelina.
-El sueño de toda mujer. -Secundó Alicia.
-Y de cualquier hombre. -Aportó Blaise.
-Le pediré a mi padre que me arregle un matrimonio con ese bellezón. -Suspiró Daphne de manera soñadora.
-Yo creo que dejaré a James para salir con ese hermoso ser.
-Te entiendo Lily. Si fuera por cualquier otro, me pondría muy triste y me deprimiría. Pero como és por el trol, te comprendo.
Todos reían sin poder aguantarse.
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El monstruo se detuvo en una puerta y miró hacia el interior. Agitó sus largas orejas, tomando decisiones con su minúsculo cerebro, y luego entró lentamente en la habitación.
—La llave está en la cerradura —susurró Harry—. Podemos encerrarlo allí.
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Hermione le miró ceñuda.
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—Buena idea —respondió Ron con voz agitada.
Se acercaron hacia la puerta abierta con la boca seca, rezando para que el trol no decidiera salir. De un gran salto, Harry pudo empujar la puerta y echarle la llave.
—¡Sí!
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-Dudo que sea tan fácil. -Comentó James.
-¿Por qué? -Inquirió Lily.
-La suerte Potter. -Contestó Sirius.
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Animados con la victoria, comenzaron a correr por el pasillo para volver, pero al llegar a la esquina oyeron algo que hizo que sus corazones se detuvieran: un grito agudo y aterrorizado, que procedía del lugar que acababan de cerrar con llave.
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-Lo sabía. -Se lamentó el ciervo.
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—Oh, no —dijo Ron, tan pálido como el Barón Sanguinario.
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-Gracias por la comparación. -Refunfuñó el pelirrojo.
-Un placer.
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—¡Es el cuarto de baño de las chicas! —bufó Harry.
—¡Hermione! —dijeron al unísono.
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Muchas chicas y algunos chicos gimieron horrorizados.
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Era lo último que querían hacer; pero ¿qué opción les quedaba? Volvieron a toda velocidad hasta la puerta y dieron la vuelta a la llave, resoplando de miedo. Harry empujó la puerta y entraron corriendo.
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-Gryffindors idiotas… -Dijo Blaise por lo bajo.
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Hermione Granger estaba agazapada contra la pared opuesta, con aspecto de estar a punto de desmayarse. El personaje deforme avanzaba hacia ella, chocando contra los lavamanos.
—¡Distráelo! —gritó Harry desesperado y tirando de un grifo, lo arrojó con toda su fuerza contra la pared.
El trol se detuvo a pocos pasos de Hermione. Se balanceó, parpadeando con aire estúpido, para ver quién había hecho aquel ruido. Sus ojitos malignos detectaron a Harry. Vaciló y luego se abalanzó sobre él, levantando su bastón.
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El ojiverde no sentía el brazo de lo fuerte que se lo apretaba Lily.
Sirius estaba muy pálido.
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—¡Eh, cerebro de guisante! —gritó Ron desde el otro extremo, tirándole una cañería de metal. El ser deforme no pareció notar que la cañería lo golpeaba en la espalda, pero sí oyó el aullido y se detuvo otra vez, volviendo su horrible hocico hacia Ron y dando tiempo a Harry para correr.
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-Molly miraba muy preocupada a su hijo.
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—¡Vamos, corre, corre! —Harry gritó a Hermione, tratando de empujarla hacia la puerta, pero la niña no se podía mover. Seguía agazapada contra la pared, con la boca abierta de miedo.
Los gritos y los golpes parecían haber enloquecido al trol. Se volvió y se enfrentó con Ron, que estaba más cerca y no tenía manera de escapar.
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Todos los Weasley estaban muy tensos.
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Entonces Harry hizo algo muy valiente y muy estúpido: corrió, dando un gran salto y se colgó, por detrás, del cuello de aquel monstruo. La atroz criatura no se daba cuenta de que Harry colgaba de su espalda, pero hasta un ser así podía sentirlo si uno le clavaba un palito de madera en la nariz, pues la varita de Harry todavía estaba en su mano cuando saltó y se había introducido directamente en uno de los orificios nasales del trol.
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-Asqueroso. -Comentó Gideon.
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Chillando de dolor; el trol se agitó y sacudió su bastón, con Harry colgado de su cuello y luchando por su vida. En cualquier momento el monstruo lo destrozaría, o le daría un golpe terrible con el bastón.
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-¡Estúpido bicho deforme! -Gritó James exaltado.
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Hermione estaba tirada en el suelo, aterrorizada. Ron empuñó su propia varita, sin saber qué iba a hacer; y se oyó gritar el primer hechizo que se le ocurrió:
—¡Wingardium leviosa!
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-No va a funcionar. -Se quejó Lily.
Bill miró mal a la futura madre de Harry.
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El bastón salió volando de las manos del trol, se elevó, muy arriba, y luego dio la vuelta y se dejó caer con fuerza sobre la cabeza de su dueño. El trol se balanceó y cayó boca abajo con un ruido que hizo temblar la habitación.
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Todos le sonrieron a Ron.
Bill seguía fulminando a lily con la mirada.
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Harry se puso de pie. Le faltaba el aire. Ron estaba allí, con la varita todavía levantada, contemplando su obra.
Hermione fue la que habló primero.
—¿Está… muerto?
—No lo creo —dijo Harry—. Supongo que está desmayado.
Se inclinó y retiró su varita de la nariz del trol. Estaba cubierta por una gelatina gris.
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-Puag. -Dijo Gideon poniendo una mueca de asco.
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—Puaj… qué asco.
La limpió en la piel del trol.
Un súbito portazo y fuertes pisadas hicieron que los tres se sobresaltaran. No se habían dado cuenta de todo el ruido que habían hecho, pero, por supuesto, abajo debían haber oído los golpes y los gruñidos del trol. Un momento después, la profesora McGonagall entraba apresuradamente en la habitación, seguida por Snape y Quirrell, que cerraban la marcha. Quirrell dirigió una mirada al monstruo, se le escapó un gemido y se dejó caer en un inodoro, apretándose el pecho.
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-¿Y ese es profesor de defensa? -Preguntó Lunático muy indignado.
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Snape se inclinó sobre el trol. La profesora McGonagall miraba a Ron y Harry. Nunca la habían visto tan enfadada. Tenía los labios blancos. Las esperanzas de ganar cincuenta puntos para Gryffindor se desvanecieron rápidamente de la mente de Harry.
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-Este cachorro… -Suspiró Sirius.
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—¿En qué estabais pensando, por todos los cielos? —dijo la profesora McGonagall, con una furia helada. Harry miró a Ron, todavía con la varita levantada—. Tenéis suerte de que no os haya matado. ¿Por qué no estabais en los dormitorios?
Snape dirigió a Harry una mirada aguda e inquisidora. Harry clavó la vista en el suelo. Deseó que Ron pudiera esconder la varita.
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Algunos soltaron risitas nerviosas.
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Entonces, una vocecita surgió de las sombras.
—Por favor; profesora McGonagall… Me estaban buscando a mí.
—¡Hermione Granger!
Hermione finalmente se había puesto de pie.
—Yo vine a buscar al trol porque yo… yo pensé que podía vencerlo, porque, ya sabe, había leído mucho sobre el tema.
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-¿Está mintiendo a la profesora? -Se asombró James.
-Eso parece. -Contestó McGonagall.
Hermione se ruborizó.
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Ron dejó caer su varita. ¿Hermione Granger diciendo una mentira a su profesora?
—Si ellos no me hubieran encontrado, yo ahora estaría muerta. Harry le clavó su varita en la nariz y Ron lo hizo golpearse con su propio bastón. No tuvieron tiempo de ir a buscar ayuda. Estaba a punto de matarme cuando ellos llegaron.
Harry y Ron trataron de no poner cara de asombro.
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-No lo conseguísteis. -Comentó Minerva.
Los chicos se ruborizaron.
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—Bueno… en ese caso —dijo la profesora McGonagall, contemplando a los tres niños—… Hermione Granger; eres una tonta. ¿Cómo creías que ibas a derrotar a un trol gigante tú sola?
Hermione bajó la cabeza. Harry estaba mudo. Hermione era la última persona que haría algo contra las reglas, y allí estaba, fingiendo una infracción para librarlos a ellos del problema. Era como si Snape empezara a repartir golosinas.
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-No gracias. A ver si van a estar envenenadas. -Comentó Canuto.
Severus sonrió con malignidad.
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—Hermione Granger, por esto Gryffindor perderá cinco puntos —dijo la profesora McGonagall—. Estoy muy desilusionada por tu conducta. Si no te ha hecho daño, mejor que vuelvas a la torre Gryffindor. Los alumnos están terminando la fiesta en sus casas.
Hermione se marchó.
La profesora McGonagall se volvió hacia Harry y Ron.
—Bueno, sigo pensando que tuvisteis suerte, pero no muchos de primer año podrían derrumbar a esta montaña. Habéis ganado cinco puntos cada uno para Gryffindor. El profesor Dumbledore será informado de esto. Podéis iros.
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-¿Solo cinco puntos? -Preguntó Sirius incrédulo.
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Salieron rápidamente y no hablaron hasta subir dos pisos. Era un alivio estar fuera del alcance del olor del trol, además del resto.
—Tendríamos que haber obtenido más de diez puntos —se quejó Ron.
—Cinco, querrás decir; una vez que se descuenten los de Hermione.
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Canuto gruñó.
Lunático estaba acariciándole las orejitas de gato.
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—Se portó muy bien al sacarnos de este lío —admitió Ron—. Claro que nosotros la salvamos.
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-Si no la huviéseis encerrado… -Apostilló Parvati.
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—No habría necesitado que la salváramos si no hubiéramos encerrado esa cosa con ella —le recordó Harry.
Habían llegado al retrato de la Dama Gorda.
—Hocico de cerdo —dijeron, y entraron.
La sala común estaba llena de gente y ruidos. Todos comían lo que les habían subido. Hermione, sin embargo, estaba sola, cerca de la puerta, esperándolos. Se produjo una pausa muy incómoda. Luego, sin mirarse, todos dieron: «Gracias» y corrieron a buscar platos para comer.
Pero desde aquel momento Hermione Granger se convirtió en su amiga. Hay algunas cosas que no se pueden compartir sin terminar unidos, y derrumbar un trol de tres metros y medio es una de esas cosas.
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La mayoría aplaudieron contentos.
-Ya ha acabado el capítulo. -Comentó Charlie.
-¿Puedes quitarme las orejas y la cola? -Preguntó Canuto a Draco.
El rubio asintió y se las quitó.
Canuto suspiró aliviado pero luego notó un cosquilleo.
Vio que Lunático le apuntaba con su varita.
El joven animago se acarició la cabeza y notó de nuevo las orejas y se dio cuenta de que podía mover la cola.
-Es que me encantan. -Contestó el joven lovo a la pregunta silenciosa de su novio.
-¡Pues a mí no!
-Tu opinión no cuenta. -Dijo Lunático.
Y antes de que Canuto replicara, el lobo le besó.
James rió a carcajadas.
-¿Quién quiere leer? -Preguntó Charlie.
Oliver suspiró y le pidió el libro.
Cuando el guardián lo tuvo en sus manos, lo abrió y se dispuso a leer.
Al ver el título del capítulo se emocionó.
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