Los personajes me los presta Stephenie Meyer, la historia es mía y de mi Paris Lover.


¡Último capítulo!

Quiero llorar.


Capítulo 10

La mañana del 25 de diciembre Edward despierta feliz al sentir su brazo izquierdo dormido, debido a la cabeza de la mujer que reposa sobre él. La mira fijamente, incluso cuando duerme es hermosa, aún le parece increíble que sea real todo lo que han vivido juntos hasta ese día, que ella sea real es increíble. Ha estado ocultándole durante toda la semana su apellido, sobre su familia, para protegerla; ha estado notando los fotógrafos, aparentemente ocultos, siguiéndoles, buscando la exclusiva, la paga del mes a costa de su tranquilidad, y ella no merece esa presión, no es su culpa, ella es tan etérea, tan ajena a esa basura amarillista, pero el tiempo juega en su contra, tiene que ser honesto con ella, decirle la verdad, solo espera que ella no se sienta agobiada ante la idea de ser la novia del hijo del embajador de Francia en Estados Unidos, Edward se rie de sí mismo, ¡qué absurdo! Dejará de ser Edward y volverá a ser el hijo del embajador, cuánto odia que serlo haga la diferencia en su vida, aunque en sus salidas con Isabella le ha sido muy útil. Acaricia la mejilla de ella y esta sonríe, aún dormida.

—Es hora de despertar, novia dormilona —le susurra Edward a Isabella, pero esta no se despierta, se revuelve bajo las cobijas, lo que hace que él empiece a reír.

No insiste mucho, después de todo, la visión de ella, dormida, no es para quejarse, así que toma su celular y hace una foto de esta. Se levanta y va a la cocina, él hará el desayuno para las chicas de la casa, y en ello se concentra.

Corta un poco de fruta, exprime naranjas, prepara café, hace pancakes, fríe tocino y huevos; y en sus múltiples tareas es sorprendido por Alice.

—Buenos días, enamorado —le dice ella cuando entra a la cocina—. Umm… esa comida huele bien —le alaba.

—Buenos días, Alice, despiertas temprano, ¿sabes si tía Esme ya se levantó? —inquiere él.

—Sí, se levantó bastante temprano, teniendo en cuenta la hora a la que nos fuimos a dormir —responde ella sirviéndose una taza de café.

—Genial —dice él continuando con su tarea—. Mis tres chicas de deleitaran con mi comida. —Sonríe satisfecho.

—En realidad, solo serán dos —le corrige Alice.

—¿Y por qué? ¿Tú no desayunarás? —le pregunta él.

—No, todo lo contrario, devoraré mucha comida, pero tía Esme salió temprano y creo que regresará tarde —le explica ella.

—¡Oh! Ha ido a verle, ¿cierto? —manifiesta Edward, Alice solo se lo confirma asintiendo—. ¿Por qué no fuiste con ella? —le cuestiona.

—No le veo sentido ir a visitar a una tumba —contesta Alice.

—Es tu padre —alega Edward.

—Su cadáver, bueno, lo poco que quede de él —responde ella—. No le veo sentido, ¿sabes? Pa, no está allí, solo su cuerpo, no voy a ir a ese lúgubre lugar a recordar que mi madre me lo arrebató —se explica.

—Buenos días —les saluda Isabella entrando en la cocina, y pasando de largo hasta donde está Edward terminando de servir la comida, y le da un beso.

—¡Dios! ¡Qué beso más rico! —dice Edward riéndose y robándole otro beso a Isabella.

—¡Hey! ¡Ustedes par de enamorados! Los solteros queremos comer —se queja Alice.

—Ya voy, señorita ansiosa —replica Edward—. Tú también, mi amor —señala la masa—. Siéntate junto a Alice, este chef va a consentirlas —dice y da los toques finales a lo que ha servido.

Isabella se sienta junto a Alice, y el par empieza a hablar en susurros y a reírse por lo bajo, hasta que Edward las toma por sorpresa cuando coloca la comida sobre la mesa.

—¿Cuchicheando, señoritas? —inquiere arqueando una ceja.

—Algo así —responde Alice—. Isabella me decía que dormiste con una linterna en tus pantalones —comenta esta muy seria, ganándose una, nada bonita, mirada de Isabella.

Edward sonríe.

—Estoy seguro que Isabella no dijo algo así, Alice —dice Edward. Isabella exhala—. Creo que dijo que tenía una espada laser poderosa en mis pantalones —agrega, diciendo cada palabra con tal convicción que Alice parpadea varias veces para salir de su estupor.

—¡Lo hicieron ya! —grita Alice de repente y mira a Isabella que se pone roja como las fresas del tazón frente a ella—. ¡Oh la la! —exclama—. Ustedes sí que saben darse la feliz navidad, ¿ehh? —continua diciendo Alice hasta que Edward le da la "mirada cállate ya"—. Lo siento —susurra.

—¿Comemos? —medio pregunta e invita Isabella tratando de pasar por alto el tema.

—Por favor —les insta Edward mientras va por yogurt al refrigerador.

—¿Qué tal fue? —pregunta Alice en un susurro a Isabella.

—¡Alice! —grita Edward—. No preguntes lo que no te incumbe.

—Como cenar en la Torre Eiffel —responde Isabella, también en un susurro.

—Delicioso —trata de adivinar Alice.

—Y sublime —agrega Isabella en otro susurro.

—¡Las escuché! —exclama Edward regresando a la mesa con una vaso y una jarra en las manos.

—¡Qué bueno! —replica Alice—. Lo que escuchaste seguro le ayuda a tu ego —bromea.

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El resto de la mañana Edward e Isabella se la pasan en la habitación de este viendo películas y dándose besos, mientras Alice irrumpe en la habitación para ver que los encontraba haciendo supuestamente, aunque en realidad solo era para molestar a Edward, quien a la final se decide por poner seguro a la puerta y tolerar los gritos de Alice del otro lado esta, así que sube el volumen de la televisión, y besa a Isabella a más no poder, y la hace gemir hasta el cansancio.

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A la hora del almuerzo Edward se dispone a llevar a cabo su tarea de chef, realizando una deliciosa, pasta con crema de leche y langostinos, de la que Alice e Isabella comen tres platos respectivamente, por lo que el par de perezosas se escabullen a la habitación de la primera para echar una siesta y de paso huir de la nada agradable tarea de lavar los platos, la cual Edward también se dedica a realizar, debido a la deserción de sus ayudantes, al terminar de organizar la cocina, sube a avisarles que va a salir, puesto que debe ultimar detalles del día de mañana con Isabella, se despide de ella con un beso, sintiendo, al terminar este, una opresión en el pecho, no quiere dejarle ni un solo minuto, cree que si está lejos… ella puede desaparecer en cualquier momento.

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Después de retozar como un par de morsas, Alice e Isabella se dedican a hablar y hablar, hasta que la última pide prestado el ordenador de Alice para revisar sus mails, esta se lo permite, mientras va por unas chucherías a la alacena; y es así como Isabella encuentra una nada grata noticia entre las alertas de noticias, en su cuenta de correo electrónico.

Pavlova y Cullen, juntos… ¿hasta que la muerte los separe?

Reza el titular, al cual Isabella no presta atención al principio, hasta que se fija en una de las fotografías que acompañan la noticia y ve a Edward en ellas, de la mano de una estilizada rubia, lee el pie de foto: Edward Cullen e Irina Pavlova saliendo de una joyería exclusiva. Es en ese instante en el que se decide a leer la noticia completa, aprovechando la ausencia de Alice.

La noticia deja claro que Edward Cullen es nada más y nada menos que el hijo del embajador de Francia en Estados Unidos, y que Irina Pavlova no es solo su novia, es su prometida y que debido a una discusión de la pareja Edward ha estado refugiándose en los brazos de una desconocida en la capital francesa, lo que lleva a Isabella a una exacta conclusión. Edward sola ha estado usándola, tantas atenciones, a la final, resultaron ser parte de su farsa. Molesta, Isabella, corre a su habitación, y sin pensarlo mucho, empaca como puede sus cosas.

Las lágrimas bañan su rostro cuando alcanza el final de la escalera, halando su maleta, Alice sala de la cocina, cargada de cuando dulce ha conseguido, y al verla en tal estado deja caer todo al suelo, y corriendo se acerca a ella.

—¿Qué pasa? ¿Y esa maleta? —le pregunta preocupada.

—No seas cínica, Alice —le reprocha Isabella aún llorando—. ¡Tú eres su cómplice! Tú sabías toda la verdad y me has engañado al igual que él —suelta furiosa.

—¿Qué? ¿De qué estás hablando? —inquiere Alice contrariada.

—El hijo del embajador e Irina Pavlova, ¿te refresca la memoria? —le grita Isabella.

—Isabella, ¡oh por Dios! —exclama Alice—. Esas son puras mentiras de la prensa, Edward no tiene nada con Irina —explica.

Isabella la mira furiosa.

—¿Es mentira que es el hijo del embajador? ¿Es eso mentira? —interpela.

—No, no lo es, pero todo lo demás sí —dice Alice con mesura.

—¿No fue con Irina a esa joyería? —pregunta Isabella.

—Sí, fue, pero ella se inventó lo del anillo, él no se lo compró, no están comprometidos —responde Alice.

—Da igual —dice Isabella y halando su maleta se dirige a la puerta.

—Por favor, Isabella, espera que Edward regrese y aclare tus dudas, ¡se razonable! —suplica Alice.

—¿Razonable? No me hagas reír, Alice —exclama Isabella y abre la puerta, ya un taxi la espera en frente.

Alice corre tras ella, pero esta está decidida y sube su maleta al taxi con ayuda del conductor, se ubica en el asiento de pasajero, el conductor regresa a su lugar, y enciende el auto. Aunque Alice hace todo lo que puede para evitar que se marche… Isabella la ignora y el auto se aleja lentamente, se pierde entre el tráfico.

Alice corre a la casa y llama a Edward a su celular, quien desesperado le dice que irá a alcanzar a Isabella al aeropuerto, pero no lo logra, la suerte no está de su lado, Isabella ha conseguido un boleto en cuanto ha llegado al aeropuerto, minutos después su avión despega, y Edward llega demasiado tarde.

Un Edward desolado regresa a casa, y horas más tarde es encontrado por Esme en la habitación que fue de Isabella, con la tiara de Charlote II en sus manos, llorando. Isabella le ha dejado una nota con la tiara, donde le acusa de mentiroso y de haber jugado con sus sentimientos.

Nada ni nadie pueden consolarlo en esos momentos, y es por ello, que cae enfermo de inmediato, la fiebre alta lo aqueja y su apetito ha desaparecido.

Alice asustada llama a su tío Anthon, el embajador, padre de Edward, y este viaja a verle, pero no consigue que su hijo mejore, ni siquiera logra convencerle de que regrese a Estados Unidos con él.

Mientras tanto, ya en Estados Unidos, Isabella sufre unas náuseas terribles, que la mantienen en cama, sin ánimo para nada, sin apetito, y con todo lo sucedido en París solo puede estar muy deprimida. Nadie ha podido sacarle palabra sobre el motivo de su estado emocional.

¿Se puede morir de amor?

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Hola, lovers.

Este ha sido el último capítulo de esta historia, mi corazoncito está muy triste, esto fue todo… Les agradezco su infinita paciencia, su compañía, sus mensajes de aliento, sus comentarios… tooodo, no tengo cómo pagarles.

Muchas gracias.

Espero desde mi lover corazoncito que les haya gustado la historia.

Un besote.

PD: Si creyeron que esto no tendría epílogo… ¿adivinen qué? ¡Se equivocaron! Tendrá dos, el correspondiente de la historia y uno adicional, que será el preámbulo de una cosilla… ejem, ejem. Así que nos vemos el… ¡Martes!