Gracias a: claugazz, JOAN, cris, Jazmin L, jossy-chan, Valkiria-San, Raquel Cisneros Taishō Okumura, katherin p, anónimo, GuiliiVazquez, Nina Duciel, LinDes27AO, kris, Guest, aniianii, Serenat Violin, Julky, Mittsuki-chan, kp8745, Frozen-Winter-Heart, YanierHigurashi.
Chicas, como he mencionado en otros de mis fics, he pasado por problemas personales y he estado alejada de la tecnología por ya un buen tiempo. Espero que comprendan mis razones.
Hablando de los reviews y de la historia… bueno, estamos viendo muchas facetas de ambos protagonistas, todo esto solo es la punta del iceberg, se avecina mucho más y espero que sus ojos estén preparados para eso. Por el momento, vemos una escena que los pondrá a pensar seriamente en lo que se están convirtiendo, pero como les dije… falta mucho más. Espero que disfruten este capítulo y me lo hagan saber en un comentario. Besos y disfruten de la lectura.
11.
Su celular sonó y sin siquiera molestarse en revisar el número, contestó.
― ¿Has tomado tus medicinas ya? ―la grave y autoritaria voz de InuYasha Taishō salió de la bocina.
Kagome se quedó de piedra y maldijo a los Dioses por haber hecho que ese hombre se interesara en ella.
― ¿Quién le dio permiso de llamarme a mi celular, señor Taishō? ―contestó, molesta.
Pudo escuchar a InuYasha gruñir con frustración, un sonido que la hizo sonreír llena de satisfacción.
―Me mentiste, Kagome. Puedo hacer lo que me dé la gana.
Kagome rodó los ojos. Claro, ese hombre tenía que ser uno de esos hombres, creyéndose dueño de todo y todos porque tenía el poder y el dinero para poder hacerlo.
―No conmigo, no. No es mi dueño, adiós ―aventó su celular lejos, volviendo a escuchar el sonido del celular―. Maldita sea… no puedo creerlo, se cree mi dueño ―gruñó mientras seguía haciendo sus tareas.
Habían pasado pocos días apenas, Kagome no había dejado el departamento más que para ir al médico y para despedir a Sōta, quien había preguntado qué demonios le había pasado y la había regañado por no ser cuidadosa al "bajar las escaleras". Sí, claro… las escaleras. Mentirle a Sōta había sido parte del trato para sí misma de trabajar en lo que trabajaba, si no le mentía a Sōta, no podía llevar dinero a la casa ni comida a la mesa.
Y ahora también estaba la cuestión de que aquel hombre poderoso estaba tras de ella. En realidad no sabía si él quería que se recuperara rápido para poder tener sexo de nuevo o si era algo más, y ambas posibilidades despertaban diferentes emociones en ella. Si él solo la quería para el sexo, estaba bien, porque eso significaba un problema menos en su mente, pero si la quería para algo más… solo pensar en la posibilidad de que él la tratara de esa forma por algo más la ponía a reír y… bueno, otras cosas que no se podía permitir pensar o sentir.
La puerta de su casa fue tocada con fuerza y ella arrugó el ceño. ¿Qué loco estaba tocando tan fuerte a esas horas de la mañana? Fue hasta su puerta y la abrió con el ceño fruncido.
― ¿Qué le pasa…? ―preguntó apenas y rodó los ojos cuando vio a InuYasha parado frente a ella―. ¿Qué quiere? ―dijo enojada.
InuYasha la observó sin poder evitarlo. Llevaba ropas cortas y sus piernas regordetas resaltaban tanto que quiso tocarlas ahí mismo. Pero vio el gran moretón y maldijo por lo bajo.
―Me cortaste la llamada ―dijo furioso―. Mírate esa maldita pierna ―dijo señalándola con la mirada―. Y no me trates de usted, carajo ―entró hecho un demonio.
―Pero que… ―alcanzó ella a decir―. Usted no… no puedes entrar así a mi casa, por todos los Dioses. ¡Pareces un hombre de las cavernas! ―dijo alzando las manos, una vez que hubo cerrado la puerta tras ella.
―No empieces de nuevo ―la fulminó con la mirada―. Han pasado casi dos semanas, Kagome. Quiero que regreses ya ―dijo desesperado.
Ella puso ambas manos en sus caderas.
― ¿Sabes qué pasará cuando me tomes como tú me tomas? ―el levantó una ceja―. ¡Me romperás en dos! Sigo adolorida, desconsiderado ―dijo pasándole por un lado.
Él la tomó del brazo no vendado y la detuvo.
―Lo siento ―susurró apenas―. No me he acostado con nadie ―dijo casi echándole en cara que era su culpa―. Te deseo tanto ―confesó tomando sus caderas con mucha delicadeza.
Ella tragó en seco. ¿Había escuchado bien?
―No… ¿no te has acostado con… nadie más? ―carraspeó.
No podía creer eso, no podía ser posible. Ella ya se lo había imaginado con otras chicas del servicio, no que le hubiera preguntado nada a Yura porque ella le había dicho que él había especificado que él también respondía al contrato de exclusividad. Por esa misma razón ella se había hecho ideas platónicas en la cabeza… donde él era el protagonista que le hablaba cosas de amor al oído. ¡Malditas novelas románticas!
―No ―dijo viéndola a los ojos con mucha intensidad―. No puedo dejar de pensarte, maldita sea. ¿Sabes lo difícil que han sido para mí estos días? ―dijo tomándola con más fuerza, ella siseó un poco―. Lo siento ―dijo aflojando su agarre―. Me masturbo pensando en ti ―dijo con fuego en la mirada.
Ella abrió la boca sin creer lo que había escuchado salir de sus labios. ¿Qué? ¿Qué? ¿Eh?
―Tú… ―dios, maldita sea, carajo, ese hombre la iba a matar de un infarto solo por hablar esas cosas―. ¿Te tocas pensando en mí? ―dijo, sin saber cómo demonios había podido decir aquello.
―Oh si, nena. Todos los días ―dijo pegando su frente a la de ella―. Me encanta tu cuerpo, tu olor, tu rostro… necesito enterrar mi boca en tu coño, ahora mismo, Kagome. Por favor ―suplicó besando su cuello. Ella dejó de respirar y sintió los besos húmedos de él―. Quiero comerte, enterrar mi lengua en ti, no te haré daño, seré gentil, por favor…
Por el cielo, él suplicaba, él no debía suplicar. ¡Ella era su zorra! ¿Por qué los papeles se habían invertido? ¿Dónde había quedado el hombre autoritario que la había tomado sin desconsideración y sin dejarla descansar? ¿Y por qué no le gustaba aquello? Ella quería sentirse menos de nuevo, quería obedecerle y escuchar sus órdenes al oído junto con las degradaciones que la llevaban al clímax. Zorra, zorra, quería que la llamara zorra.
―Yo… ―no podía hablar, no tenía palabras para decirle que le hicieran saber lo que en realidad sentía, no se atrevía a hablarlas.
―Vamos ―la tomó de la muñeca y la llevó a la pequeña sala de estar, en donde la sentó y le bajó los pantalones sin que ella pudiera protestar mucho―. Mírate… aun con esto eres tan hermosa ―dijo embelesado, amasando sus piernas, una más que la otra―. ¿Por qué no me llamabas? ―dijo acariciando su sexo sobre sus bragas rosas―. ¿Por qué siempre tengo que llamarte yo? ―dijo con repentina furia, apretándola todavía más.
―Ah… ―ella tragó en seco, deseando tener su boca sobre la suya para calmar el fuego que se estaba formando en su garganta―. Yo… lo siento ―articuló mientras él pellizcaba su clítoris―... oh dios…
―Sí, nena, si… ―bajó sus bragas sin que ella protestara y se maravilló por el sexo húmedo y semiafeitado de ella―. Es justo como lo recordaba, siento que han pasado años ―dijo abriéndolo con sus dedos pulgares. Ella gimió y echó la cabeza atrás―, estás tan sensible como te imaginé. Dios, tu olor ―parecía un hombre poseído y no se inmutó cuando ella sonrió apenas al verle de esa forma, con una ternura nunca antes vista en su rostro, aquellos labios que tanto amaba fueron mordidos por sus dientes y pudo ver su boca tornarse todavía más rosa. Maldita… solo quería tentarlo―. No te muerdas la boca, me vuelve loco ―gruñó cuando fue más abajo, besando el interior de sus muslos.
―Inu… ¿Por qué haces esto? ―preguntó con la voz entrecortada.
―Cariño… te he extrañado como loco. Me he venido con tanta fuerza cuando me imagino tu coño frente a mi rostro, el sabor, tu color… me vuelves loco, pensé que lo sabías ―dijo acariciando y besando su muslo oscuro por el hematoma―. Pensé que el maldito contrato de exclusividad te lo había dejado en claro. Solo te deseo a ti ―sus labios fueron más cerca de su sexo, haciéndola suspirar―, solo necesito esto… para tranquilizarme, después podré esperar por ti…
Cuando él se calló y sintió su boca en sus labios vaginales, gritó como un animal al sentir los labios de ese hombre succionar su botón de nervios.
―InuYasha… ―tomó su cabeza y enterró sus manos en su cuero cabelludo, haciéndolo gruñir allá abajo―. Esto es…
― ¿Maravilloso, no es así? ―respondió con arrogancia―. Dímelo a mí ―dijo, y siguió con su tarea de arrancarle gemidos de placer a esa mujer.
Kagome se retorcía bajo las manos que la tenían aprisionada en sus muslos, él la retenía, aun consiente de no ejercer demasiada fuerza y escuchaba los suspiros de satisfacción que Kagome le daba a él. Jamás se había sentido así hacia una mujer. Era casi increíble tener que acudir a ella para verla y olerle el cabello, solo para saber que seguía ahí y asegurarse que volvería a él. Tener que sentir la desesperación en su sangre y las ganas de correrse como jamás las había sentido. Esas sensaciones desconocidas lo dejaban al borde de la locura, pensando seriamente que Kagome era el cielo y el infierno, un ser que lo arrastraba a la demencia propia, a perder el sentido común, la ética y la moral para hacerlo todo con ella, para satisfacerla y escucharla gruñir su nombre como si él fuese el único en todo el puto mundo. Esa maldita mujer lo volvía loco, lo orillaba a extremos que jamás pensó jamás, se sintió enfermo.
Pasó su boca por toda su cavidad húmeda, probó su esencia, una esencia con la que había soñado, un sabor único y enloquecedor. Dos dedos fueron a su entrada y pudo sentir la estrechez de ese coño, quiso entrar en ella pero sabía que ella seguía adolorida. Por una vez en su vida, vio por alguien más y no por él, pensó en los sentimientos de alguien más, de ella. Maldita bruja… lo hechizaba con su voz, con su olor, con esa maldita boca que nunca dejaba de morderse y con sus miradas largas y llenas de cosas que él quería descifrar. Kagome era peligrosa.
―Si, por favor… si, más ―gimoteó ella, tomando su cabellera con fuerza, jalando y masajeando con vehemencia―. Por favor… por favor ―Sintió los dedos largos y grandes de InuYasha bombearla con más fuerza y escuchó el cierre de sus pantalones ser abiertos, abrió los ojos para ver la dura polla de InuYasha ser bombeada con su gran mano―. Por dios… yo… quiero ―susurró con deseo. La imagen de él masturbándose delante de ella era la cosa más excitante que más había presenciado en toda su puta vida―. Quiero, quiero ―repitió al sentir su boca tomarla con más fuerza, succionando su clítoris con piedad, casi masticándolo, haciéndole perder la cordura.
―No, pequeña… solo tú, concéntrate ―ordenó sin dejar de bombearlos a ambos.
―Por favor… ―suplicó ella viendo borroso porque estaba a punto de correrse―. Yo… estoy… ya casi…déjame bajar ―rogó tomando sus mejillas.
―Cállate ―ordenó y bombeó más fuerte su vagina, sabiendo que se iba a venir, la podía sentir, sus paredes succionaban a sus dedos y maldijo, deseando que esos hijos de perra fueran sustituidos por su miembro. Ella protestó de nuevo―. Kagome… ―advirtió.
Ella estaba ahí, gritando su nombre y moviendo sus caderas contra su rostro. Él también estaba a punto y se maravilló por el éxtasis dibujado en el bello rostro de esa mujer.
Ella se corrió con tanta fuerza que vio estrellas y perdió la conciencia por unos segundos, pero no por mucho, porque se acordó que él seguía tocándose y pudo escucharlo. Aún entre sus muslos, la seguía lamiendo y seguía tocándose. Con una fuerza renovada, lo tomó de los hombros y lo sentó mientras que él luchaba por retenerla sin mucho éxito.
―Vamos, es mi turno ―dijo arrodillándose ante él, ignorando el leve dolor que se había apoderado de su vientre.
―Kagome… estás herida ―reclamó él cuando la vio tomar su miembro entre sus manos. Lo restregó contra su pequeña cara y lo olfateó al igual que él la había olfateado a ella―. Kagome… ―rugió cuando ella lo tomó en su boca y movió sus testículos con suma delicadeza―…no sigas ―pidió apenas, ¿pero a quien carajos quería engañar? No quería nada más que correrse en la preciada boca de esa mujer, quería hacerlo, quería profanar su boca y clamarla como suya―. Nena… ―susurró y acarició su suave cabellera, viendo como su cabeza subía y bajaba, viendo esos grandes ojos marrones pegados a él, enviándole al fin de su propio juicio y corriéndose dentro de su boca, maldiciendo a los miles Dioses por haberle hecho conocer a tal mujer―. Kagome… ―habló apenas, con la cabeza hasta atrás y aun sintiendo su pequeña boca jugar y limpiar su polla―. Kagome… vamos, ven acá ―dijo subiéndola al mueble, él quería follarla pero no lo haría, no faltaría a su promesa. Se subió las ropas inferiores con dificultad y la vio hacer lo mismo, recoger sus ropas y ponérselas para después acurrucarse en su pecho―. Cariño ―susurró―… no debiste forzarte. ¿Estás bien? ―preguntó realmente preocupado, aun sorprendido de sentirse de aquella forma hacia alguien más que no fuera él.
Ella sonrió con ojos cerrados, agotada de verdad, ambos lo estaban, ella lo podía sentir en los latidos rápidos del pecho de él.
―Estoy bien, gracias ―dijo apretándose más a él, sintiendo que sus grandes brazos se apoderaban rápidamente de su pequeña cintura.
―Gracias a ti ―susurró contra sus cabellos.
Ambos se quedaron sentados ahí, pensando en lo peligroso que eso era y en la gran atracción que sentían uno por el otro, una atracción más que física, una conexión que los hizo pensar seriamente esa situación como algo a lo que tal vez tendrían que ponerle un fin.
