UNA PEQUEÑA HISTORIA DE CASI TODO
Por Cris Snape
Disclaimer: El Potterverso es de Rowling. La Magia Hispanii es de Sorg-esp.
Esta historia participa en los desafíos semanales del "Foro de las expansiones"
11
El empleo
—¡Adiós, señor sanador!
—Adiós, Mireia.
Darío Ulloa alzó la mano en señal de despedida. La niña giró la cabeza y le saludó efusivamente. Iba de la mano de su madre, dando saltitos y comentando algo sobre un helado. Era maravilloso verla tan contenta después de lo que había pasado.
El sanador miró la fotografía que le había sacado son su Polaroid. A algunos les extrañaba que no usara métodos mágicos para sacar los retratos y otros le preguntaron por qué no se pasaba a las cámaras digitales muggles. Darío nunca les respondía porque seguramente no lo entenderían.
Su vieja Polaroid era muy especial. Llevaba con él desde que inició su carrera profesional y con ella había fotografiado a todos aquellos pequeños brujos a los que había logrado salvar. Desde niños prematuros hasta preadolescentes con viruela de dragón. Darío se acordaba de todos. Sus nombres, sus familias, sus historias personales. Todo.
Darío siempre quiso ser sanador. Cuando empezó los estudios, tenía en mente dedicarse al tratamiento de enfermedades raras, pero pronto tomó otro camino. Jamás se había planteado si le gustaban los niños hasta que salvó al primero. Se llamaba John y era extranjero. Estaba de vacaciones con sus padres cuando le picó una medusa y el caos se desató.
No había vuelto a ver una reacción alérgica como aquella en toda su vida. La magia del pequeño se descontroló por completo y tuvo tal estallido involuntario que sufrió varias fracturas. Una de ellas fue en una costilla que le perforó el pulmón. Salvar su vida no había sido tan difícil, pero aquella experiencia le marcó profundamente.
Cuando Mireia y sus padres desaparecieron de su vista, Darío dio media vuelta y partió rumbo al despacho. Saludó a varios compañeros de planta, todos ellos viejos conocidos. Una vez llegó a su destino, se detuvo frente al collage de fotografías que llevaba tantos años creando.
Allí estaban todos, desde el primero hasta el último. El sanador Ulloa sonrió y añadió el retrato de Mireia. Cada vez que salvaba de la muerte a un niño, se sentía embargado por esa sensación de orgullo y alegría. Sí. Era muy satisfactorio tener un trabajo como el suyo. A veces perdía a algún paciente y dolía, pero merecía la pena porque el saldo era positivo. Porque John ya era un adulto y tenía un hijo y porque Mireia podría tener una vida para disponer de ella como quisiera.
—Sanador Ulloa —Un enfermero había llamado y asomaba la cabeza por la puerta—. Le necesitan en Urgencias.
—Voy ahora mismo.
Darío atendió el llamado rápidamente. Porque era su trabajo y le gustaba.
