Capítulo 11: Precioso


Advertencia: referencia a autolesiones.


NdT: No saben cuanto amo este fic, lo adoro con toda mi alma Sherlockeana, es exquisito y sé que este capítulo después de tanta espera es corto... y es que estoy muy ajetreada con el estudio y el trabajo, y antes de empezar a estudiar/trabajar empecé a traducir tres fics largos jaja, ¿error mío o ambición a traducir todo lo que me fascinó y tocó el corazón? La próxima vez iré de un fic a la vez en vez de tres de un porrazo, jaja... El caso es que se me complica con los tiempos pero seguiré traduciéndolos, gracias a todos los que me leen y muchos cariños a todos los que me comentan y comparten esta traducción conmigo! Mil besos a todas/todos!


Los paramédicos están golpeando la puerta del apartamento. Para un cerebro clásicamente entrenado con una contusión, es una imitación admirable de los timbales y bombos de "la consagración de la primavera" de Stravinsky.

Son realmente muy buenos, piensa Sherlock, momentáneamente esperando a que los instrumentos de viento entraran. No he escuchado el "juego del rapto" desde… Espera. John.

El hombre más pequeño ya estaba a medio camino de la puerta, y Sherlock se abalanza sobre él y lo agarra de las muñecas. Ambos se observan, cada uno reflejando en sus ojos el reflejo del otro, creando un círculo vicioso. Anillos de éter se encuentran con anillos de océano, que orbitan alrededor de núcleos de sombras y medianoche.

—Voy a dejarlos entrar —dice John. Habla con suavidad, como si estuviera hablando con un animal asustado—. Necesitas un escaneo cerebral, y me voy a asegurar de que te lo hagan.

Impotente, Sherlock le suelta ambas muñecas.

—Si me vas a internar ni bien lleguemos allí, no iré. Por favor, John.

El médico militar lo mira con firme intención.

—Necesito que confíes en mí. ¿Puedes hacer eso?

—Te fuiste —emite el otro hombre, recorriendo frenéticamente con los dedos su húmeda cabellera. ¿Fue eso un lamento? Maldición, sí. Estoy lamentandome. Esto es en lo que el deseo que siento por John Watson me ha convertido. Los nervios de Sherlock no se calman al descubrir que su monólogo interior ahora termina en afirmaciones sobre John.

—Necesitaba pensar —dice John—. Me fui por quince horas, y te mataste por ello. ¿Quién está haciendo un mejor trabajo para cuidarte ahora? ¿Tú o yo?

—Tú —reconoce Sherlock—. Siempre tú.

—Entonces confía en mí —dice John, abriendo la puerta.

Y entonces, por supuesto, los paramédicos, todos percusionistas frustrados, quisieron subir a Sherlock a la camilla y atarlo para bajarlo por las escaleras. Es inútilmente tedioso. Es un hecho médico que Sherlock tiene más piernas que todas las personas en la habitación, e incluso con una contusión cerebral, confía que puede superar a los tres paramédicos y a la población combinada de sus ciudades natales en cualquier tipo de prueba estandarizada por el hombre. Por supuesto que puede caminar.

Astutamente, dando a Sherlock como una causa perdida, el paramédico pelirrojo —el inteligente, al parecer— se acerca a John y se frota la parte posterior de su cuello.

—Señor, es un problema terriblemente legal para nosotros si permitimos que camine y baje las escaleras por su cuenta. Si tiene una fractura en el cráneo, puede caerse y hacerse un daño peor, ¿me entiende? ¿Cree que pueda lograr que su novio se acueste en la camilla?

Pese a sí mismo, Sherlock se anima al escuchar la palabra "novio".

—Él no es mi… —dice John. Mira a Sherlock a tiempo para ver su labio inferior hacer un puchero—. Oh, demonios. Sí, sí, lo es. También es mi pareja y mi amigo y toda otra sugerencia que alguna vez he negado. Sherlock, sube a la camilla.

—¿Novio? —resopla Sherlock, aún ofendido por la primera negación. Le molesta que John no sea rápido para reconocer los cambios en la relación—. Apenas soy un muchacho. Supongo que el término popular es amante.

John saca el pecho hacia afuera y deja que su manos se acomoden en sus caderas. Sherlock es impotente frente a la marea de cariño que lo invade al verlo.

Es un gato inflado, se maravilla. Hace eso porque cree que lo hace parecer más grande.

Claramente consciente de que Sherlock lo está observando como si estuviera hecho de piel y bigotes, John lo mira fijamente con una mirada inflexible.

—Novio, amante, bollito de azúcar: te estoy diciendo que te acuestes en esa camilla. Ahora.

Vacilando por la adición de "bollito de azúcar" al léxico hogareño, el detective pone su rostro más frío. Genial, los músculos que trabaja mi ceja izquierda están intactos. Voy a necesitarlos.

Dándose cuenta de que tendrá que sacar la artillería pesada, John se acerca furtivamente hacia él, apoyándose de un pie al otro. Es señal de que está pensando en hacer algo que considera… no manipulador, quizás, pero tampoco exactamente un juego limpio. Deja que su boca caliente se pierda cerca de la oreja de Sherlock.

—Eres insufrible —susurra—. Imagina que te atarán sólo para que yo pueda hacerte cosas sucias.

—Detente, John —gime Sherlock—. Me estás excitando.

A pesar de estar entrecortada, su voz se logra escuchar, y las mandíbulas de todos los paramédicos caen al mismo tiempo al suelo.

John se vuelve de un tono fascinantemente granate que armoniza brillantemente con las rayas del cojín que tiene la bandera de la Unión Europea.

—Lo siento mucho —balbucea hacia los espectadores—. Es la contusión.

Sherlock, contento de haber sacado a John de su propio juego, camina plácidamente hacia la camilla y se acuesta.

—No hay problema, señor… —dice el paramédico pelirrojo. Hace una señal con la cabeza y los otros dos empiezan a asegurar a Sherlock en su cama temporaria.

—Dr. Watson. Llámame John.

—No hay problema, John. Yo soy Theo.

Los dos hombres se dan un apretón de manos.

—Pete, mi compañero, es tan problemático como él.

—Lo dudo —dice John.

Sherlock se acomoda en una posición de angelical tranquilidad.

John regresó por mí. Regresó. A pesar de su habitual impaciencia con las repeticiones. Sherlock se permite a sí mismo el gusto de repetir mentalmente esta oración cinco veces más.


En la ambulancia, John se acomoda al lado de la camilla de Sherlock para poder hablar. Theo y los otros paramédicos se acomodan contra las paredes hasta que John tiene espacio suficiente para inclinarse, su rostro y el de Sherlock casi tocándose.

—No respondiste mi pregunta —murmura Sherlock.

—Necesitas ayuda —dice John. Aprieta sus ojos cerrados y presiona el puente de su nariz, como si no estuviera seguro de que hacer.

—Entonces ayúdame —suplica Sherlock—. Quedate conmigo. No me mandes lejos.

—¿Por qué no?

—No funcionará.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque ya ha sucedido antes —espeta Sherlock. El paramédico rubio le lanza una mirada, pero Theo mantiene su mirada hacia abajo. Avergonzado, el rubio baja la mirada hacia el monitor cardiaco de Sherlock.

John abre su boca para preguntar que sucedió, pero vacila.

—Mycroft —dice.

—No sólo él. También mi madre. Ambos sintieron que era lo mejor que estuviera internado. Ella tenía la custodia legal sobre mí, obviamente, pero él era el poder detrás del trono incluso entonces.

—¿Cuántos años tenías?

—Once.

—Oh, Sherlock. ¿Qué sucedió?

—Maté a mi padre.

Ahora es el turno de John de permitir que su mandíbula toque el suelo.

—¿Cómo es posible eso?

John quiere saber.

—Le conté sobre las infidelidades de mi madre. Nadie más pareció notarlas, pero eran tan obvias como el estado de las rodillas de Sally Donovan. Sentí que sería lo mejor que lo supiera. Las personas tienen derecho a saber la verdad, John.

Sherlock aplica un pizzicato malhumorado a la manga de su bata.

—Se ahogó. Tenía rocas en los bolsillos. Fue así que supimos que no fue un accidente.

Ignorando al paramédico rubio, John coloca un brazo protector por encima del pecho de Sherlock.

—No me importa que es lo que le dijiste. No fue tu culpa. Eras un niño.

Sherlock voltea su rostro hacia la pared, pero John, no por primera vez esta noche, lo agarra de la barbilla y lo fuerza a mirarlo a los ojos.

—Escúchame. Él debió haber ido a terapia, pedido el divorcio o haberse desquitado con la mujer de la tienda de comida rápida. Era tu padre. Debió haber hecho cualquier cosa excepto lo que hizo.

—Que deliciosamente plebeyo de ti —dice Sherlock esbozando una sonrisa seca—. En algunas clases sociales, los comportamientos que mencionaste no son una opción.

Siempre son una opción —insiste John—. Lo que no es una opción es matarte y dejar a un niño de once años lidiar con las consecuencias. Lo que tú hiciste era perdonable, comprensible. Lo que él te hizo no.

—Es posible —dice Sherlock. Nunca antes había pensado en ello de esta manera. Se siente con un poco de nauseas, pero pueden ser causadas por la contusión.

—Entonces, ¿qué sucedió? —pregunta John.

—Un día, estaba recogiendo muestras para un estudio sobre el xilema y floema en plantas vasculares. Coníferas, específicamente. Estaba cortando retoños de pinos detrás de casa, y el cuchillo resbaló.

Cuando el médico militar frunce el ceño, el surco entre sus cejas se hace muy profundo. Sherlock traza el surco con un largo dedo.

—Entonces, ¿el dolor que era? ¿Una distracción? Dejaste de pensar sobre tu padre.

—No por completo, pero me ayudó a sentirme… desconectado. Me ayudó a concentrarme en algo más que en la pena. Por un momento, tuve la oportunidad de ser un cuerpo, en vez de sólo un cerebro. ¿Sabes lo que es vivir dentro de este cerebro? ¿Ser este cerebro?

—No —dice John, negando con la cabeza—. No me lo puedo imaginar.

—En su mejor momento, es extraordinario —admite Sherlock—. Otras veces, es como si el interior de tu cráneo estuviera a cargo de un hámster en una rueda destartalada. No come, no duerme, sólo corre. La única cosa que lo mantiene despierto es el incesante ruido de la rueda, pero siempre que está despierto, tiene que seguir corriendo, lo que hace que el ruido aparezca en primer lugar. Sabe que no está yendo a ningún lado, pero no tiene idea de cómo detenerse.

—Y el corte… hizo que se detuviera.

—Sí —exhala Sherlock.

—Entonces lo hiciste de nuevo. En algún lugar que no pudiera ser visto.

—En mi axila izquierda, siempre lo hacía en el mismo lugar para disipar toda sospecha. Es difícil de ver si no lo estás buscando. Más aún después de que el pelo creciera.

John piensa nuevamente en el muchacho de la clínica.

—Y la marca en la parte superior de tu brazo izquierdo. No es una cicatriz por vacunación…

—Es la quemadura de un cigarrillo. Cada vez que se curaba, ponía otra encima de la misma. Menos notable de esa forma.

—¿Dónde conseguías los cigarrillos?

—De mi padre al principio. Dejó un cajón lleno de ellos. Luego de máquinas expendedoras. Hurtos menores. Ese tipo de cosas.

John gime, y no en un buen sentido.

—¿Por qué te internaron?

—Mycroft vino a casa de vacaciones y notó las marcas donde me había estado cortando. Se lo contó a mi madre, y entonces los dos le contaron al doctor de la familia que estaba tratando de matarme.

—Pero no lo estabas.

—Por supuesto que no. ¿Quién se mata con un par de cortes superficiales en su axila izquierda? Es ridículo, John. No estaba tratando de hacerme daño; estaba tratando de ayudarme a mí mismo.

—Estabas de duelo —dice John—. Eras un niño de once años y no sabías cómo llevar el duelo, y eso fue lo que se te ocurrió.

Sherlock presiona sus manos y frunce el ceño.

—Quizás.

—Quizás mis bolas. Indudablemente lo estabas. Y luego te internaron, por lo que se podría decir que fuiste enviado lejos por estar de duelo. De hecho, tal vez por eso exactamente te mandaron: por atreverte a expresar un estado emocional en frente de tu madre de la clase alta, quien te guardaba rencor por delatarla, y tu emocionalmente curado hermano, quien te culpaba por la muerte de su padre.

—Emocionalmente curado —bufa Sherlock—. Eso no es algo que la gente suele decir.

—¿Qué suele decir la gente?

—"Educado en Eton."


En la sala de espera del hospital, Sherlock yace tendido a lo largo de cuatro sillas de plástico. Su cabeza está sobre el regazo de John. Sin duda, ambos serían el blanco de las miradas de los otros estúpidos visitantes, si no fuera porque estas ya estaban dirigidas, como una sola, hacia la televisión comunitaria que emitía ofertas de bípedos parecidos a gatos, provenientes del espacio exterior.

—Necesito saber que vas a estar a salvo —dice John en voz baja—. Y que no habrá ninguna posibilidad de que vuelvas hacer algo como esto de nuevo. Así que, así es como van a ser las cosas. Si sientes que necesitas autolesionarte, bajarás la navaja, aguja o al peligroso pez globo… o lo que sea con lo que piensas lastimarte… y en cambio, me lo dirás. Si no estoy contigo, me llamarás, me mandarás un mensaje, tomarás un taxi, o caminarás hacia donde estoy. Si esto no es posible, te pondrás en contacto con Lestrade. De no ser así, te pondrás en contacto con la Sra. Hudson, y si es necesario, con tu hermano. Te esposarás a ti mismo lejos de cualquier objeto peligroso si tienes que hacerlo. Pero bajo ninguna circunstancia vas a librarme de mi mejor amigo. Prométeme eso.

Ante la mención de Mycroft, Sherlock se tensa visiblemente.

—John, no creo que…

Prométemelo, maldición.

—Lo prometo —dice Sherlock.

—También necesito saber que harás todo lo posible para mejorar. Si es que internarte en el hospital te puede ayudar, necesitas ir.

—Ya te lo dije. No me ayudará.

Sherlock se rasca distraídamente la espalda superior.

—Ya soy un adulto.

—¿Y qué tiene que ver eso?

—Tiene que ver que estoy en el apogeo de mis capacidades. Imaginate a Leonardo Da Vinci, de mal humor, cautivo por un grupo de niños dementes. ¿Cuánto tiempo crees que podrían retenerlo?

—Depende de si le prometió a su novio que se quedaría.

—Mm —reconoce el detective.

John lo observa.

—Las estás tocando, ¿sabes?

—¿Tocando qué?

—Las cicatrices en tu espalda. Ni bien empezamos hablar sobre internarte, empezaste a tocarlas.

Sherlock continúa haciendo movimientos nerviosos.

—¿Dónde crees que las obtuve?


Después de que los resultados de la tomografía computada comprueban que Sherlock, milagrosamente, no se ha fracturado el cráneo o adquirido neumonía, regresan a casa. El amanecer recién está asentándose cuando ambos se acuestan en la pequeña cama de Sherlock.

Horas después, Sherlock se despierta para encontrarse en brazos de su compañero de piso. La mejilla de John está presionada contra la espalda del hombre más alto, calentando partes que aún tienen tejido sano en vez de cicatrices. Su rodilla separa los muslos de Sherlock. Pero la única cosa que el detective nota más es que John duerme con su mano en el centro del pecho de Sherlock, como si fuera incomprensiblemente precioso.

Como si algo allí mereciera ser digno de ser cuidado.