11
DUELO
La mañana siguiente se llenó con los galopes apresurados de los llaneros; al menos cinco monturas se detuvieron delante de la casa, encabezados por Ethan, esperando la salida de su jefe. Alfred, apenas escuchó el jaleo provocado por los caballos, dejó la sala y salió a recibirlos. Estaba de mal humor desde el día que Antonio llegó a la casa, y ni siquiera el hecho de que éste ya se hubiera marchado parecía contentarlo.
-So? –preguntó de inmediato. Ethan se adelantó.
-Lo siento, míster Jones, pero al parecer los rumores eran ciertos. Hay cuatreros por toda la zona.
-Y… ¿qué se han llevado?
Los llaneros se miraron mutuamente antes de contestar.
-W… Well… se han llevado tal vez unas… 100 cabezas de ganado, míster…
Oyeron un fuerte crujido. Alfred acababa de clavar las manos en el marco de la puerta haciéndole una fuerte abolladura. Los hombres retrocedieron, no por temor sino por simple precaución.
-Perfecto… ¡Perfecto! –gritó Alfred, alzando los brazos. -100 cabezas ni más ni menos… -sus ojos pasearon en cada uno de los llaneros con evidente enfado. -¡¿Y bien?! ¡¿Qué hacen aquí?! Go!
-Yes, sir! –exclamaron al unísono, montando de nuevo en sus corceles y echando a andar hacia el campo. Alfred, cada vez más enfurecido, entró a la casa rumiando su desesperación. El asunto de los cuatreros le resultaba peor de lo temido, aquéllos asaltos seguidos mermaban de maña manera sus ganancias y lo último que quería era darle un motivo a su pueblo para rebelarse; no lo permitiría, él no era un salvaje como… como…
Como ella. Desde que Antonio se marchó no habían cruzado ni dos palabras, el mutismo cerrado y terco de su esposa no hacía sino exasperarlo y angustiarlo más y todos lo notaban, más aún Yue, que pasaba sus días a su lado atendiéndolo en todo lo que necesitaba. Rió irónico, era increíble que aquélla mujer, sin ser su esposa, le cuidara más, le tuviera más afecto y respeto que ésa con la que en mala hora se había casado.
Y, sin embargo… olvidarse de María le costaba. Estaba acostumbrándose a ella, con todo y sus desplantes, su mordacidad que con tanta malicia usaba contra él, su abandono y su hostilidad, porque simplemente, así fue como la conoció. Y moría de ganas de ver si debajo de esa facha de frialdad e indiferencia había algo más, algo íntimo y dulce, algo más femenino y cariñoso, una brecha pequeña para llegar a su corazón y tener, al menos, su aprecio.
Suspiró, pasándose una mano por los cabellos desordenados.
-Al menos tengo salud. –dijo tranquilamente. Un sonido de patitas a su espalda resonó rápidamente antes de sentir varios colmillos hundiéndose en su pantorrilla –FUUUU…!
Saltando sobre su otro pie, Alfred se agitó convulso tratando de arrancarse a Chiquito, que había llegado silenciosamente a su espalda y le había clavado los colmillos, gruñendo rabioso ante cada sacudida del norteamericano. Sus gritos histéricos hicieron que de todos lados salieran los sirvientes que miraban el espectáculo sorprendidos y divertidos.
-¡Suéltame! –chillaba. -¡Suéltame perro del demonio! GET… THE FUCK… OUT!
Con una limpia patada, el chihuahua salió volando y fue a parar a los pies de Yue, que había salido corriendo al escuchar los bramidos de Alfred.
-Chúa Jones, ¿qué ha pasado? –preguntó alterada. Por toda respuesta, el aludido señaló al tembloroso perro y ordenó:
-¡Esa bestia… la quiero fuera de mi casa… NOW!
Yue se inclinó para tomar a Chiquito, pero el animal comenzó a gruñir, enseñándole los colmillos y amenazándola, y la vietnamita no se atrevió a acercarse más, aunque su mirada destellaba rencor. Aún recordaba el incidente de la zapatilla.
-¿Se puede saber qué está pasando aquí?
Todos los ojos se dirigieron a las escaleras. María, a paso marcial, bajaba hasta llegar al pasillo; Chiquiro ignoró a sus enemigos y echó a correr, agitando la cola alegremente hasta que su ama lo alzó en brazos. Alfred se acercó de mal talante a la chica y musitó:
-¿Podemos hablar en privado?
María parpadeó fríamente, pero asintió, y subió de vuelta seguida por su esposo. Los sirvientes, comentando entre murmullos lo ocurrido, se dispersaron cada cual a su labor, pero Yue esperó a que la pareja saliera de su campo de visión para subir silenciosamente, decidida a escuchar su plática.
En el pasillo de las habitaciones, María se detuvo y, sin soltar a su perro, preguntó:
-Bueno, ¿qué fue lo que pasó ahora?
-Quiero que tu perro se largue. –dictaminó Alfred, mirando a Chiquito con ansias homicidas. El perro le enseñó los colmillos en silencio.
-Pues lo siento, pero no. Chiquito tiene todo el derecho de estar aquí, es mi perro.
-Pero esta es mi casa, y si yo digo que se va el perro, pues se va. Do you understand?
-Creo que el que no entiende eres tú. –la mexicana agachó la cabeza, pero siguió con los ojos fijos en Alfred. –Chiquito es mi única compañía en este lugar, y si él se va me temo que también tendré que irme yo, cosa que no creo que quieras que pase, ¿o sí?
-Well, well… veo que por fin sacaste las garras. –replicó Alfred. –Por fin veo que eres tan caprichosa y engreída como siempre he imaginado que eres. Te recuerdo, sweetheart, que eres tú quien vive bajo este techo porque yo lo permito, y por lo tanto estás sujeta a mis reglas. Así que lo que pasará ahora es que te desharás de ese cachorro por tus propias manos…
-¿Y piensas que de verdad lo haré…?
-¡Porque si no lo haces tú lo haré yo y no te aseguro que viva! –exclamó, con el rostro enrojecido. María, a pesar de su fingido estoicismo, entreabrió los labios. –Y en cuanto esa bestia se largue, quiero que dejes de lamentarte en tu habitación y comiences a actuar, al menos, como la supuesta esposa que eres, si es que se te puede llamar así.
La joven logró salir de su desconcierto, y dibujó una sonrisa sardónica.
-Me queda el consuelo que no puedes llamarme ramera, gringo, porque al menos a los dos nos consta que no te has vuelto a acercar a mí.
-Yes… pero eso no te deja en muy buena posición, ¿sabes? De hecho… -añadió con el veneno circulando en cada palabra. –es una situación lamentable para ti, porque no tienes nada con que defenderte ante mí.
Esperaba una reacción igual de violenta, tal vez unas cuantas palabras hirientes que terminaran por quebrar su frágil humor, pero para su sorpresa, María abandonó su sonrisa y suspiró, abatida, negando con la cabeza.
-¿Porqué haces esto? –preguntó dolida. -¿De qué te sirve tenerme aquí si ni tú ni yo podemos llevarnos en paz? ¿No sería mejor que… que me dejaras irme?
-Never. ¿Dejarte ir y ponerme en ridículo? No soy tan ingenuo ni tonto como piensan, y mi orgullo…
-Sí, tu maldito orgullo, ese estúpido orgullo de machos que se creen dioses y son escuincles jugando a tener poder. –contestó, mirándole con desagrado. –Su maldito orgullo y ustedes pueden irse al infierno… ¡al infierno! –se dio media vuelta, tan rápido que Alfred no se atrevió a detenerla, y se encerró de vuelta a su recámara. El norteamericano escupió un par de insultos y luego, abatido y enfadado, echó a andar de vuelta por el pasillo, decidido a no verse con nadie. Yue, oculta bajo el barandal de las escaleras, desapareció a toda prisa.
Acababa de encontrar un modo con el qué ganarle a María. O, al menos, eso pensaba.
Alfred volvió a su despacho, donde a los pocos minutos hizo acto de presencia Yue, que llevaba una pequeña copa de whisky. Al verla, el norteamericano entornó los ojos, no recordando haber pedido un trago a nadie, pero de todos modos lo aceptó cuando la blanca y pequeña mano de la vietnamita se lo tendió; apuró con un par de tragos la copa y volvió a concentrarse en los libros que tenía extendidos frente a sus ojos.
-Chúa Jones… -susurró Yue, y su voz se le antojó tan lejana y repentina que no pudo prestar más atención a los libros.
-Tell me, Yue…
-Yo sólo… quería agradecerle una vez más por su amable gesto hacia mi persona. –replicó ella. Alfred levantó la mirada, y descubrió el perfecto y suave óvalo de la cara de Yue a pocos centímetros de la de él, ya que la joven se había encaramado al escritorio.
-No tienes porqué… agradecerme nada. –dijo, tratando de devolverle una sonrisa.
-Pero yo quiero hacerlo. –contestó, y sus sílabas eran tan trémulas y ondulantes como las siluetas de las grandes pitones sudamericanas que serpentean a través del agua, sacando las narices para atisbar y buscar a su presa. Alfred asintió con pesadez y trató de mirar el libro, pero las palabras le parecían bailar. El hechizo de la serpiente lo envolvía en un remolino de confusión, dolor y anhelos de venganza, y cuando volvió sus ojos a Yue y se topó con sus ojos de ámbar brillante soltó una risita nerviosa.
-Hahaha… Yue… yo… tú… -dijo atontado.
-No, Chúa Jones. –le dijo ella, poniendo dos dedos sobre los labios del norteamericano. –No hable…
Los dos dedos acariciaron suavemente las comisuras de la boca ajena, subiendo y bajando mientras trazaban su delgada silueta ante la vista atónita de Alfred. Uno de los dedos se posó en el medio, intentando separarlos, y el norteamericano respondió al gesto entreabriendo los labios. Yue, sonriente, se inclinó hacia su cara.
-Yue… what…
-Sólo deseo hacerle saber cuán agradecida estoy… Alfred… -murmuró.
Alfred no se atrevía ni a respirar, los labios de Yue, pequeños y redondos como una frutilla se aproximaban rápidamente. Pudo entrever los dos largos y blancos colmillos de la vietnamita, hermosos como hechos de marfil, agudos como los de una áspid, prestos a sujetar a su víctima y morderla hasta que le inyectaran todo su veneno.
Intentó apartar la cara, pero fue en vano. La mano de Yue lo tomó con cuidado de la barbilla, forzándolo a mantener la vista clavada en ella a la vez que la boca ajena comenzaba a acariciar, apenas con un tímido roce la suya, incitándolo a atacarla, a dejarse llevar por el calor asfixiante que manaba la mujer, calor de selva tropical inhóspita y cruel, atrayente y voluptuosa… ¿se atrevería? Seguro que sí, porque su cerebro no veía más ante sí que esa encantadora criatura de delicada silueta y ojos agresivos que le llamaba con un silbido bajo de cobra, irguiéndose ante él, lista para atacarlo.
-Míster Jones! Míster Jones!
Apartó a Yue un poco bruscamente, haciendo que rodara por el escritorio hasta que casi cae el suelo.
-Who? –preguntó, ofuscado por la emoción interrumpida.
-¡Hay un hombre que preguntó por usted y por su esposa!
-What?... Ya voy. –salió del escritorio sin reparar en la mirada dolida de Yue, que se había quedado de pie, inmóvil y con las manos arrugando el largo del vestido.
Al salir se topó con una escena que no deseaba haber visto nunca. María había salvado más rápido la distancia que él y ahora recibía con un cálido abrazado al recién llegado, un hombre de imponente estatura, vestido con mucha sobriedad, de cabellos rubios bien peinados. Una sombra de ira pasó ante los ojos de Alfred al reconocer en el visitante a Alemania.
-…Qué bueno que viniste, ¿no estuvo pesado el viaje? –le preguntaba María con una voz dulce que Alfred no recordaba haber oído antes.
-Nein, tal vez un poco lento pero con las señas recibidas no fue tan difícil. –replicó Ludwig. –Es un placer volver a verla, fräulein.
-Hmm… -musitó ella con un gesto extraño, como si pensara de pronto en algo que no le agradaba. –Dirás frau, Ludwig.
-Ah… Ja… pero siempre me has parecido más… -el alemán se trabó. Se estaba trabando, pensó Alfred cada vez más enfadado. Y peor fue cuando María, al verlo desubicado, le sonrió cariñosamente.
-No te preocupes por nimiedades, hombre, llámame como más fácil te parezca.
¿Nimiedades? ¿Acaso María acababa de decir que su matrimonio era nimiedad? Tratando de controlarse Alfred salvó las distancias con unas cuantas duras zancadas y se plantó frente a ellos, sonriendo forzadamente.
-So… qué gusto me da verte aquí, Ludwig. –dijo, tendiéndole una mano para saludarlo. Ludwig respondió, y el norteamericano hizo todo lo posible por aplastarle la mano, pero al final el que terminó haciendo un gesto de dolor fue él. -¿Y a qué… agh… debo tu visita?
-Ah, eso… España me pidió que viniera.
-¿Para qué?
-Tal parece que se sentía más seguro si yo venía aquí para auxiliar a fraülein… perdón, a frau María en lo que necesitara. Me ofrecí de inmediato, porque al parecer Antonio no se fiaba mucho de Francis. –explicó tranquilo. Los ojos de la mexicana se iluminaron agradecidos.
-Well, eso es muy amable, pero como has visto María está muy bien y no necesita de nada, yo me encargo de ella, jajaja…
-Imagino que sí. –repuso Ludwig en un tono poco convincente. –Pero ya que he venido aquí por petición de España no puedo responder ante ti, sino ante frau María.
La negativa del alemán hizo enfadar más a Alfred, pero no iba a hacer una escena frente a él, no con lo poco que le agradaban las potencias extranjeras. Sin embargo, vio ante sí una pequeña oportunidad para terminar de salirse con la suya y hacer que Ludwig se marchara, por lo que asintió muy contento y dijo:
-Oh, pues si así es no tengo más remedio que cederte un lugar para descansar. Creo que hay una cabaña abandonada cerca del linde del campo, podrías tomarla si quieres. Y ya que te encargas de María cuidarás también a su mascota, right?
-¡Ich…! –exclamó Ludwig con los ojos como platos. Él no era una niñera, y la idea de cuidar un perro ajeno le resultaba algo incómoda. Pero no pudo decir nada porque Alfred se le adelantó y, silbando, llamó al perrito.
-Come here, Chiquito! Come here!
El chihuahua salió disparado, casi flotando por encima de las escaleras y con los dientes desenfundados, listo para atacar al norteamericano, pero éste, hábilmente, se hizo a un lado y el animal fue a parar a los pies del alemán. Alfred sonrió, esperando ver un espectáculo a costa de un Ludwig enfurecido que tratara de librarse de las feroces mordidas del animalejo, pero para su gran desilusión el chihuahua, justo cuando llegó junto a Ludwig, frenó su carrera. El motivo fue que el alemán le había dado una seca orden en su lengua, y éste obedientemente se echó sobre sus cuartos traseros, agitando su pequeña cola como un péndulo. María estaba en la gloria.
-Mi pequeño Chiquito, tan portadito él.
-Tal vez un poco de educación es todo lo que necesita. –repuso Ludwig, tomando a Chiquito entre sus manos. El animal ni siquiera rechistó.
-¿Podrías hacerlo tú, Ludwig? Por favor… se nota que tienes buena mano con los chuchitos.
-¿Quieres que eduque a tu perro?... Ah… Gutt, como desees, frau.
Alfred, asqueado con la escena, se marchó de ahí.
Los intentos del norteamericano para echar a Ludwig de su casa fueron inútiles. La cabaña de la que le había hablado era una construcción patética, medio derrumbada y con un techo frágil hecho todo de madera vieja, pero el alemán no se descorazonó al verla y, si bien las dos primeras noches las pasó lidiando con las inclemencias del clima, la tercera noche tenía un techo nuevo, y la cabaña ahora descansaba sobre vigas de madera reforzadas y recubiertas con mezcla de albañilería que quién sabe cómo consiguió (aunque, con una punzada de rencor, Alfred sospechó que cierta esposa suya había tenido la "amabilidad" de ayudarle consiguiendo los materiales). Fuera de esos detalles, Ludwig no tenía motivos para quejarse, comía con mucha sencillez y pasaba los días rondando por la casa, haciendo pequeños comentarios a los trabajadores sobre cómo mejorar su labor, sobre todo a los que se encargaban del manejo de los caballos; el resto del tiempo se le veía junto a María, ya fuera en el salón para jugar una partida de damas o de cartas, leyendo pesados volúmenes en español antiguo que venían entre las pertenencias de la mexicana o pasando ojos a revistas científicas europeas, o en el pequeño patio donde colindaban el gallinero y las porquerizas para entrenar a Chiquito, que si bien tenía un comportamiento más impecable, seguía amenazando con gruñidos a Alfred siempre que se aproximaba.
La frustración de Alfred estaba llegando a su límite. Yue, que pese a todo no volvió a intentar acercarse a él del modo que lo hizo una semana atrás a la llegada de Ludwig, trataba en vano de llamar su atención con palabras y gestos amables; simplemente, la mente del rubio paseaba en otro lugar, más cercano a María. Odiaba como nada en el mundo verla junto a Ludwig… y sobre todo, verla feliz en aquéllas breves horas; le comenzaba a torturar la idea de que ella terminara encariñándose con el alemán y, un día, decidiera simplemente serle infiel con él. Y la imagen de su esposa tomada de la mano de aquél maldito europeo invasor, abrazando y besando a la que había jurado ser SU mujer, lo hacía enfurecerse cada vez más.
-I hate you… -musitó de pronto, agachando la cabeza y con los ojos clavados en la pulcra superficie de su escritorio. –I hate you so much… ¿Porqué no puedes amarme como yo lo hago? ¿Porqué?...
Dejó caer su frente sobre el mueble y se hundió en su propia y muda desesperación.
…
Muajajaja soy mala :D amo hacer sufrir al gringoso y ustedes lo saben. Ludwig… oooh Ludwig… *¬* … ejem okay not.
Ahora los comentarios.
Jessy88g: LOOOL brassier de la Herrera X'D Papá Toño es adorable en todas sus versiones… bueno, casi todas. Seee, que el gringo sufra celitos pa' que se le quite.
Sheblunar: bueno, no tanto que se lo haya dado, pero el gringo es débil (como todos los hombres) y le ha podido, como ya verás en este capítulo.
Pony96: XD no, no, por regla general la que grita "maldita lisiada" es Argentina (bueno, en eso quedamos otra autora de por aquí y yo XD).
Ghostpen94: Claro que la odia, sabe que se trae algo contra su ama, Chiquito es muy listo *-* Sí n.n lo recomiendo… así que sígalo ¬.¬ y no, nada de parejas para el gringoso.
Cinthia C: Pues he aquí la segunda manzana, que si Yue puede poner celosa a Mari Ludwig hará lo mismo con el hero :D Oooh gracias n.n espero que te siga gustando el fic.
Tamat: Pos el tomatoso padre de María hoy no armó pleito (que ganas no le faltan, claro), y como verás ya apareció el macho patatas al rescate de la doncella (?)
Chiara Polairix Edelstein: Chiquito rules!
Sca7777777: (espero haber puesto todos los 7's que salían ._.) Sip, ya se enceló como habrás visto xD
Lady Raven Baskerville: Es que se puso celoso… pero sí, a veces se pasa el hero u_u *U* sí… el escudo de México es tan repentinamente relevante en este momento *corre con ella*
IxchelKatharaTerrorist: XD todo enojado él y para que al final volviera por donde vino todo escamado.
Solluxander: Aaam… bueno n.n (?)
NymeriaDirewolf: Chiquito *u* es tan coso… Y sip, Yue es un poco… poquitito… bitch. See quiere su gringoso fuego (?) pero al revés también, y el héroe se hace como que le habla la virgen. Lo de I… Imperio Azteca… :'( aaaayyyy~ quedé traumada… y es tu culpa. Yaaay actualiza pronto o no lo superaré nunca!
Bueno, parece que la cosa se ha puesto peligrosa para el gringo, ¿ne? Pero ya viene el twist de la historia y será… èpico ;D lamento no actualizar pronto, pero la fucking escuela nomás no deja u_u ¡adiosito!
