Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de la fabulosa Stephanie Meyer y la historia es completamente de la grandiosa escritora Venezolana Lily Perozo (serie: Dulces mentiras, Amargas verdades) La historia es Rated M, por contener alto contenido sexual. Yo los adapto sin fines de lucro, solo por mero entretenimiento.
Leer bajo tu responsabilidad
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Capítulo No. 10
Swan Boutique estaba cerrada por inventario y cambio de temporada, la siguiente temática llevaría los colores, rojo, negro y gris, una evocación del viejo Chanel. Sin embargo, en ese justo momento, el lugar era un completo caos sin mucha forma.
Dentro se encontraban Bella y Esme, la pelirroja organizaba la nueva colección mientras que la pelinegra colgaba un cuadro a blanco y negro del Big Ben. En cuanto Charlie llegara con el juego de lámparas colgantes de metal plateado, y brillantes espejos rutilantes de la tienda de Richard Hutten, le pediría que colgaran juntos el cuadro gigante con el paisaje neoyorquino del puente Brooklyn.
Bella bajó de la escalera, y se desplazó bailando hasta donde se encontraba Esme golpeando su cadera contra la de su amiga.
Coreaba Bella la voz de Adam Levine de Maroon 5, que cantaba desde su consola el seductor This Love. Ambas se tomaron de las manos y empezaron a bailar mientras cantaban como adolescentes febriles.
Charlie, y mucho menos Esme, habían hecho ningún comentario acerca de lo ocurrido el viernes anterior, los dos notaron su dramático cambio de humor, pero conocían lo suficiente a Bella como para saber que era extremadamente celosa con su vida privada, y que poner en evidencia cualquier muestra suya de debilidad emocional haría que Godzilla pareciera una tierna lagartija de terrario.
El fin de semana, luego del sugerente encuentro con Edward Cullen en el Provocateur, estuvo encerrada en su apartamento sin responder llamadas, atendió mensajes de texto únicamente relacionados con el trabajo y guardó completo silencio acerca de sí había o no recibido las clases de Capoeira. El lunes en la mañana entró en la boutique, fresca como una rosa, con una sonrisa demasiado feliz, y dando instrucciones por doquier a fin de movilizar el cambio de para la temporada entrante.
Las risas y chillidos emocionados de las chicas fueron interrumpidos por un hombre que llamaba a la puerta. Bella parpadeó un par de veces y lo reconoció instantáneamente. Era uno de los guardaespaldas de Edward Cullen. Frunciendo el ceño se dirigió hasta la puerta y la abrió de mala gana.
—Buenos días, señorita Swan. —la saludó el gigante moreno sin un pelo en la cabeza, y una nariz perfecta y perfilada que parecía ser simplemente una equivocación en aquel rostro tan rudo.
—Buenos días señor, como puede darse cuenta, la tienda está cerrada —le hizo saber la chica señalando el aviso en la puerta de cristal—. Si necesita alguna prenda, puede regresar mañana —agregó haciendo un esfuerzo sobrehumano por no dejar salir la bestia grosera que maldecía en su interior.
—No he venido de compras, señorita. He venido a entregarle esto —le dijo extendiéndole un sobre de manila azul oscuro—. Se lo envía el señor Cullen.
Bella miró al hombre con la boca abierta, perpleja y por un momento en blanco. Dudó en recibir el sobre por un momento, después de todo era una osadía de parte del absurdo fiscal atreverse a dirigirse a ella de nuevo, no importaba cuál fuera el medio. Pero la curiosidad la mataba, y ella era una gata muy curiosa. Estiró la mano y le recibió el sobre al hombre.
—Gracias, señorita Swan, feliz día —le dijo, se dio media vuelta y se marchó.
Bella cerró la puerta con la mente aun embotada pensando en Edward Cullen, caminó de regreso a la estantería en la que estaba trabajando, observando detenidamente el sobre que en la parte posterior estaba membretado con letras doradas que decían:
Cullen Bufete & Associated.
Bajo el ostentoso título había varios números telefónicos, un correo electrónico y una dirección que ubicaba a la empresa en el bajo Manhattan, en nada más y nada menos, que un edificio que también llevaba su bendito apellido.
— ¿Y eso? —preguntó con curiosidad Esme al ver el sobre en las manos de Bella.
—No tengo idea… —respondió levantando los hombros de manera despreocupada.
—Bueno —Esme clavó sus ojos en el sobre—. Revísalo.
Bella se sentó en un banco alto y rasgó el sobre sacando un cheque, al ver la cantidad no pudo evitar que sus ojos se abrieran notablemente escandalizados. Aún intentaba restablecerse, cuando Esme le arrancó el sobre de la mano.
— ¡La madre que lo parió! —gritó Esme sorprendida al ver el monto.
Todavía muda de asombro, Bella revisó el interior del sobre y encontró una nota escrita a mano en letra cursiva, fluida, masculina y atractiva.
"Es el pago por el trabajo realizado en el gimnasio, sé que no es el monto acordado, sin embargo, quise acreditar algo extra por su excelente servicio, incluyendo los besos.
Edward Cullen."
Por un minuto entero se quedó leyendo una y otra vez la nota, intentando comprender su temeridad, luego, la rabia se abrió paso por sus venas, acelerando su pulso, calentándola, enrojeciendo su cara de pura cólera.
—Maldito-hijo-de-puta —farfulló apretando los dientes, le arrebató el cheque a Esme y prácticamente corrió hasta su oficina en busca de su cartera.
— ¿Qué ha pasado? —preguntó Esme desconcertada.
—Me cree puta el muy imbécil —le contestó alzando la voz, sin detenerse en su camino a la puerta, con el cheque, la nota y el sobre en la mano.
—Bella, espera, ¿a dónde vas? Mira cómo estás vestida —la llamó Esme corriendo tras ella.
—Me importa una mierda cómo esté vestida, le voy a meter este papel por el culo… —siguió gritando mientras arrugaba enfurecida los papeles en su mano. Estiró el brazo y un taxi frenó en seco a su lado.
Esme se quedó tiesa en la acera, luego sonrió y entró de nuevo en la boutique. El abogado no tenía idea lo que le esperaba, Bella cabreada podría hacer temblar a Lucifer en persona. La pelirroja se sentó en un banco, sonrió y empezó a cantar.
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Cinco minutos después, Bella estaba en el estacionamiento de su apartamento. Con la rabia intacta sacó las llaves del auto y salió impulsada por el mismísimo diablo. No le fue difícil dar con la dirección que estaba en el sobre. Asomó la cabeza para ver la altura del edificio de cristales negros, no era más que una estructura de unos cuarenta pisos como muchos otros en Manhattan, en el último enormes letras de metal doradas relucían:
Cullen Bufete & Associated, LLP Law office.
Tragó duro apenas conteniendo la rabia, y puso sus ojos sobre las puertas giratorias, sobre éstas, también estaba glorificado el nombre de su maldito edificio, con todo y su flagrante apellido. Dejó el auto en la bahía y entró casi corriendo. El lobby era amplio, con una decoración futurista, todo en colores blanco y negro, y tonos niquelados.
Intentando normalizar la respiración se dirigió a la recepción, procuró orquestar un sonrisa amable que le facilitara el acceso al ser despreciable que le había enviado el cheque, pero en cambio las comisuras de su boca se apretaron al ver el descarado y repulsivo escaneo que la recepcionista le hizo al mirarla de arriba abajo, sin esforzarse en disimular el desprecio en su rostro.
—Buenos días, ¿en qué puedo servirle señorita? —la saludó la rubia oxigenada al otro lado del recibidor, con una voz demasiado dulzona que ponía la hipocresía como recurso de comunicación.
—Buenos días —respondió Bella con voz seca y profesional, mirándola a los ojos sin pestañear, y borrando de su mente que su actitud definitivamente no iba con sus shorts—. Necesito hablar con el señor Cullen, por favor —solicitó altiva.
— ¿Tiene una cita? —inquirió la falsa rubia moviendo sus dedos por una tableta electrónica.
—No —suspiró—. Pero es una emergencia, soy la diseñadora de interiores que está haciendo los arreglos en su apartamento, hubo un accidente. —mintió descaradamente, sintiéndose repentinamente demasiado satisfecha con ella misma.
—En ese caso, permítame anunciarla con su secretaria, puede esperar ahí. —la recepcionista desplazó la mirada hacia un sofá de cuero blanco al otro lado de la estancia—. Por favor.
Bella respiró hondo una vez más, y le dedicó una de esas adorables sonrisas en las que la palabra cabrona iba impresa. Esforzándose en ocultar su desesperación, tomó asiento, se cruzó de piernas y sintió el liso y frío cuero bajo su piel. Maldijo a Esme por tener la razón acerca de su ropa y buscó su teléfono móvil. Unas pocas notificaciones de las redes sociales fueron su breve entretenimiento, pero claro, eso sólo la desesperó más. Guardó el teléfono, y vio lo que había tomado de su closet antes de sacar su auto y dirigirse al despacho de abogados. Con la exasperación en aumento, elevó la mirada y pudo ver a la mujer hablando por el auricular mientras tecleaba en el ordenador.
—Disculpe, señorita, necesito su nombre… Para el pase de seguridad… —explicó con arrogancia.
—Bella Swan —esbozó una sonrisa de agradecimiento en contestación, se puso de pie y se encaminó de nuevo al mostrador, donde la mujer le entregó una credencial.
—Piso treinta y ocho, ahí la atenderá la secretaria del señor Cullen.
—Gracias.
Bella caminó hacia los ascensores y sin poder evitarlo, sus ojos se tomaron un tiempo en los ostentosos murales que alardeaban la selecta cartera de clientes de la firma Cullen, entre los cuales se encontraban dos equipos de béisbol de las ligas mayores, tres de fútbol americano, un grupo de rock que ella admiraba, pudo contar quince entre actores y actrices, algunas empresas reconocidas, y por supuesto el grupo EMX. El suave pitido del ascensor abriendo sus puertas terminó con la odiosa lectura.
Tres elegantes hombres que no superarían los cuarenta años, con trajes de marca y perfumes exquisitos, salieron del ascensor haciendo educados movimientos con sus cabezas al saludarla. Como era de esperarse, no pudieron disimular sus miradas sorprendidas al encontrarse con su muy contradictoria apariencia en medio de toda la formal sofisticación del lugar.
Ella entró primero, presionó el botón treinta y ocho e inhaló profundamente navegando entre las excitantes y masculinas colonias. Pero ninguna tan excitante o masculina como la de Edward Cullen, que mezclado con el propio y único aroma almizcleño de su piel hacía que todo al sur de su cuerpo despertara enfebrecido. Sacudió los peligrosos e incoherentes pensamientos y suspiró cansada, adhiriéndose a una de las paredes de cristal del ascensor, observando cómo poco a poco Nueva York quedaba a sus pies.
El elevador se detuvo e ingresaron dos hombres más, también trajeados impecablemente, pulcramente peinados y afeitados. El lugar podría ser perfectamente un imán de estrógenos. Bajo sus calientes miradas, por un momento se sintió como el cordero que ellos esperaban devorar en el almuerzo, aunque se esforzaran en disimularlo tras sus sonrisas amables.
—Buenos días —saludaron los hombres al unísono.
—Buenos días —respondió ella naturalmente.
— ¿Busca a algún abogado en específico? —preguntó un rubio de ojos aguamarina.
—Sí, al señor Cullen.
— ¿Asesoría judicial con el Asistente Fiscal?
—No, es una reunión personal.
La suave sonrisa del hombre le dejó claro lo que estaba pensando. Sería una más del montón que seguramente visitaría al señor fiscal. Extrañamente asqueada se apresuró a tumbar cualquier equivocada conclusión a la que el bonito rubio hubiera llegado.
—Tuve un contrato con él, soy diseñadora de interiores.
—Interesante… —el hombre intentó decir algo más cuando la puerta se abrió—. Ha sido un placer, señorita —se despidió mostrando una sonrisa de publicidad para dentífrico. El hombre estaba buenísimo, como el resto en el ascensor. Pero el recreo para sus ojos llegó a su final porque todos se quedaron en el piso veintidós.
Cuando las puertas del elevador se abrieron en el último piso, la recibió un amplio, iluminado y lujoso pasillo.
En una pared había cuadros de algunos paisajes de Brasil en blanco y negro, otros en full color mostraban a Rio de Janeiro, en un majestuoso atardecer que la llenó de calidez. Por una tonta razón la sobrecogió, ayudándola a sobrellevar el frío que sentía en aquel lugar demasiado pulcro. Algunas esculturas de metal que parecían ser étnicas, estaban dispuestas en una esquina, al otro lado imponiéndose se encontraba una escultura femenina de mármol blanco, estaba vendada y sostenía la balanza de la justica en una de su manos, en la otra tenía una espada, y debajo del pie izquierdo una serpiente sometida. Era la famosa Dama de la justicia, y sobre ella en letras de metal dorado incrustadas en la pared se podía leer:
"Absurda idea ese soñado derecho a tener un defensor.
O el acusado es inocente y no tiene necesidad de ser defendido; o es culpable, y no tiene razón para ser defendido" (Pouyet 1539)
Le quedaba claro con la máxima sobre la escultura que la misión de Edward Cullen no era más que juzgar. Frunció el ceño en abierto desacuerdo, pues hasta los culpables tenían derecho a ser defendidos, a sentir que podían importarle a alguien, después de todo, se puede ser culpable por error, y al parecer eso no lo tomaba en cuenta el fiscal.
Caminó por el pasillo de las esculturas que parecía hacerse eterno. El lugar era increíble, destilaba un aura de poder y solemnidad, dos cosas que no asociaba con Edward Cullen, no lograba ubicarlo en los zapatos de un fiscal intachable, tampoco creía que tuviera en realidad la agudeza para llevar ese imponente despacho, con una cartera de clientes tan importantes y con tantos abogados bajo su mando. El hombre al que vio en el local nocturno no era más que un joven sin preocupaciones, feliz, irreverente, rebelde, y luego el obtuso hombre de hielo en el que se convertía, obstinado y desconcertante, a veces un caballero que entibiaba su piel y otras un irritante cavernícola. Pero de ninguna manera un fiscal o un abogado exitoso a la cabeza de un imperio legal.
—Buenos días —saludó a una mujer morena de unos treinta años algo pasada de kilos, de aspecto amable y elegante, sentada tras un precioso y moderno escritorio negro.
—Buenos días señorita Swan —La mujer le sonrió—. Aún no he podido avisarle al señor Cullen de su presencia, se encuentra sumamente ocupado y pidió no ser molestado… por nadie —la mujer la miró como disculpándose amablemente—. Sin embargo, intentaré anunciarla en unos minutos, tome asiento por favor.
—Gracias —Bella le sonrió con franqueza y se sentó donde le había indicado, esta vez en un mueble negro aún más frío que el de la recepción.
Los minutos se sucedieron unos a otros, y la mujer sólo recibía llamadas y tecleaba sin parar en el ordenador, la paciencia de Bella se agotaba con el paso de cada nuevo segundo.
—Emily, me traes un quentao, por favor —escuchó la voz con acento brasileño a través de un altavoz.
—Enseguida se lo llevo, señor —la mujer apoyó sus manos en la silla para levantarse y Bella en ese momento le hizo un gesto para que la anunciase; suspirando, la rolliza secretaria volvió a sentarse—. Disculpe señor Cullen, la señorita Bella Swan lo busca, me ha dicho que trabaja para usted.
Por varios segundos no hubo ninguna respuesta.
—Emily, en este momento estoy ocupado y no tengo tiempo para nadie, dile por favor a la señorita Swan, que sí en el transcurso del día cuento con unos minutos, la atenderé, sí no que pase otro día.
Bella sintió una hoguera cobrar vida en la boca de su estómago, y la rabia que ya sentía aumentó exponencialmente.
—No pues… ¡Dios y él! —masculló echando humo.
—Sí señor, le informaré —finalizó Emily poniéndose de pie.
—Lo esperaré —se adelantó Bella, evitando que la secretaria dijera una palabra. Se cruzó de brazos, dispuesta a esperar… pero no por mucho tiempo.
— ¿Se le ofrece algo? —le preguntó Emily amablemente sin poder evitar desviar la mirada a su vestuario.
— ¿Qué fue lo que le pidió el fiscal? —en ella la curiosidad podía más que cualquier cosa.
—Un quentao —respondió la secretaria con una cordial sonrisa—. Es un té brasileño a base de jengibre, limón y canela… es delicioso si se toma tibio, tiene un sabor sorprendentemente dulce y ligeramente "picoso". ¿Desea uno? —le preguntó con amabilidad.
—Sí, por favor —aceptó Bella asintiendo con una sonrisa.
—Enseguida se lo traigo —la mujer se encaminó por el pasillo y se perdió por una de las puertas de la izquierda. Bella observó el lugar que irradiaba paz en aquella confortable soledad.
¡Soledad!
Poniéndose de pie, se dirigió al despacho del señor fiscal sin perder tiempo. Le daría los mentados minutos cuando a ella se le diera la gana, mientras caminaba con la mirada agazapada, escarbó en su bolso, sacó el cheque y lo que tan especialmente había buscado en su apartamento.
Bella se encontraba en una videoconferencia con su tutor de la maestría en "Ciencias de la Justicia Penal" de la Universidad de Heidelberg, cuando la puerta de su oficina se abrió con estrépito. Con el ceño fruncido desprendió sus ojos de la pantalla, dispuesto a maldecir al responsable, pero sin poder controlarlo, su mirada se deslizó ávida por las largas y estilizadas piernas de la endemoniada señorita Swan. Vestía un diminuto, casi inexistente, pensó con algo de recelo short de jean, y una delgada camiseta de franela celeste que enfatizaba la femenina forma esbelta de su torso, lucía más joven y relajada, salvo porque la salvaje expresión en su rostro le decía que estaba de todo menos tranquila.
Ella era excesiva para él, le nublaba el pensamiento y lo dejaba expuesto, ahora mismo, había olvidado por completo lo que iba a decirle a su tutor, toda línea de pensamiento coherente había sencillamente desaparecido. Las palabras se habían quedado atoradas en su garganta.
La estaba mirando, y no precisamente a la cara. Bella se encontró con Edward Cullen arrogante y majestuoso, sentado tras un impresionante escritorio de grueso vidrio ahumado, vestido con un traje negro, una camisa también negra y opaca como el carbón, y una corbata color vino tinto. Lucía obscuro y poderoso, con las cejas fruncidas en un gesto sensual y varonil, todo en él armonizaba, su cabello, sus esculpidas facciones, y la deliciosa tonalidad de su piel, aunque clara, espolvoreada con la gracia dorada latinoamericana. La rabia de repente se había ido, y ahora ella se encontraba abandonada en el enorme placer de contemplarlo.
Con descaro, Edward la acarició con sus ojos, desde los tobillos hasta detenerse en sus preciosos ojos violetas. Entonces inclinó la cabeza suavemente, como queriendo comprender qué diablos hacía ella en su despacho.
La rabia en Bella resurgió multiplicada, y de sus ojos saltaron chispas, estaba desesperada por confrontarlo y mandarlo a la mierda diez veces de ida y vuelta.
Sin decir una sola palabra, caminó hacia el escritorio sin dejar de mirarlo a los ojos. Moviendo sus piernas con firmeza y elegancia, puso sobre la fría superficie de vidrio el cheque, la nota y un frasco de lubricante. Repasó los objetos con la mirada, y con los dedos índice y medio deslizó los dos trozos de papel hasta dejarlos frente a Edwad en el borde del escritorio cerca de sus manos. Luego, tomó el alargado frasco de cristalino lubricante y lo puso entre el cheque y la nota, se acercó a él inclinando su cuerpo y dándole un extraño y tentador vistazo de sus senos que, traslucidos por la delgada camiseta, resaltaban orgullosos bajo su brassier.
—Tiene aloe vera —le susurró aguzando los ojos. Se irguió de nuevo frente a él y le habló esta vez con voz profundamente seria, apretando los dientes en cada palabra—. Ya sabe lo que tiene que hacer.
La respiración de Edward se alteró enfurecida, nadie se atrevía a faltarle al respeto, y mucho menos le hacían sugerencias tan grotescas y groseras. Ella no le temía, por el contrario, parecía estar ansiosa por desafiarlo y causarle el mayor daño posible en el intento.
—Estoy muy ocupado señorita Swan, salga de mi oficina —exigió con las pupilas fijas en las de ella, debatiéndose entre la necesidad de arrojar el maldito pote de lubricante contra la puerta, o hacerlo con ella misma, estrellarla bruscamente contra la puerta, apretarla con su cuerpo y asaltarla con besos violentos.
Bella sentía tanta rabia que el llanto parecía estar amontonándosele en la garganta, la barbilla le temblaba y apretaba los puños con tanta fuerza que tenía las uñas clavadas en las palmas de sus manos. Pero de ninguna manera iba a llorar, jamás se mostraría vulnerable ante tal imbécil. Dándose una cachetada mental, se apretó el labio inferior entre los dientes, obligándose a detener el tonto temblor y las lágrimas que picaban en sus ojos.
Edward se percató del ligero temblor en Bella, algo en su interior se suavizó y quiso hacer algo más que besarla con violencia, quiso besarla despacio, saborearla a consciencia, como lo había hecho en el Provocateur, quería recorrerle los labios con la delicadeza que su belleza exigía, Edward quería disfrutar una vez más del inmenso placer que había sido besar a Bella Swan.
—Doctor Metzger, pido sus disculpas, se me ha presentado una emergencia con un cliente y me veo obligado a interrumpir la entrevista, lo llamaré para concretar nuestra próxima sesión —habló en fluido alemán mirando al monitor.
—No se preocupe Cullen, sé lo difícil que es su horario, esperaré su llamada.
En cuanto el doctor Metzger dejó de hablar, Edward con un toque en la pantalla dio fin a la videoconferencia. Enseguida se levantó y caminó hacia ella abotonándose el saco, entonces, la elevada voz de Bella lo detuvo abruptamente.
— ¡No soy ninguna puta! ¡No se equivoque conmigo, Cullen! —gritó y se dio media vuelta dispuesta a largarse del lugar. El maldito hombre se veía espectacular de pie, luciendo en todo su esplendor cuan largo era. Tenía que huir.
Edward estaba confundido y molesto por la grosera intrusión de Bella, y aun así no pudo evitar la retorcida sonrisa que se formó en sus labios. La mujer estaba realmente buena, quería esas piernas rodeándolo, y sus manos sobre ese glorioso trasero.
Cálmate, le susurró mentalmente a su punzante entrepierna.
—Espera. —apuró el paso en su dirección—. Bella, espera —y entonces los ojos de Edward se abrieron por completo. La mujer había echado literalmente a correr.
Bella sintió cómo la rabia se vaciaba de su cuerpo, sustituida por una sorprendente necesidad de mirarlo, de tenerlo cerca, demasiado cerca. Y eso la asustó como nada antes, tenía que huir, haberse metido en su territorio había sido por completo un error. Vivian fue apenas un manchón de color llevando dos tazas de té cuando pasó corriendo por su lado, dejándola con el rostro lleno de confusión.
La escena parecía pertenecer a alguna clase de universo alterno y desconocido, Emily no terminaba de comprender cómo su mesurado jefe casi corría dando largas zancadas tras la joven del irreverente short de jean. El señor Cullen no parecía para nada contento en aquellas circunstancias.
Bella se detuvo frente al ascensor y presionó con insistencia el botón de llamado, martirizada por una sensación parecida a la que deben experimentar las víctimas de los crueles asesinos psicópatas. El corazón le brincaba en la garganta y tenía la boca seca, ni siquiera se atrevía a volverse.
En el momento en que las puertas se abrieron le agradeció a Dios en un suspiro, al tiempo que entraba y pulsaba uno de los botones interiores del elevador, se adhirió al cristal dejando libre un suspiro al ver como las puertas se cerraban sin darle tiempo a Edward Cullen de alcanzarla.
Cuando había poco más de un metro de espacio entre las puertas, lo vio detenerse en seco, con la corbata agitándose en su pecho, el cabello descolocado y el ceño fruncido. Victoriosa, elevó la comisura derecha con sarcasmo y le mostró el dedo medio de su mano derecha con total descaro.
De una sola zancada, Edward alcanzó el portal del ascensor, pero el bendito aparato se cerró justo en sus narices, dejándolo frustrado, confundido y cabreado. Se pasó con impaciencia la mano por el cabello, y al final volvió a sonreír, el maldito y endemoniado carácter de la señorita Swan lo calentaba y divertía a partes iguales. Nunca había conocido una mujer como ella, lo irritaba su osadía y cuanto le faltaba al respeto, pero allá, en un lugar retorcido de su cerebro, le encantaba que lo hiciera.
Se pasó la lengua por los labios, repentinamente emocionado, los retos siempre habían sido su debilidad, así que sin pensarlo un segundo más, se dio media vuelta y corrió, abrió la puerta del salón de conferencias que estaba conectado a su oficina, ingresó la llave maestra y las dos placas de metal del ascensor privado se abrieron haciéndolo sonreír de oreja a oreja.
Dando un par de tumbos, Bella salió desbocada del ascensor y atravesó el elegante y lujoso lobby. Las miradas de varios hombres alrededor la hicieron sentir como caperucita roja en un bosque atestado de lobos con traje de diseñador.
—Señorita. —lLa detuvo la voz dulzona y fastidiosa de la recepcionista cuando estaba por entrar en las puertas giratorias—. El pase, por favor —le pidió cuando Bella se giró a mirarla.
Caminó a prisa hasta el módulo de información y se quitó la credencial mirando a la rubia oxigenada, que ya no consiguió ocultar la combinación de mal disimulado desprecio y descarada envidia al mirar sus largas piernas y sus shorts. Parecía que nadie en todo el puto edificio había visto antes un maldito par de piernas.
Sonrió al entregarle la credencial a la recepcionista
— ¿Bonitas, verdad? —le dijo mirándose las piernas, la mujer la contempló enmudecida—. ¡Gracias! —finalizó con fingido entusiasmo, sonriéndole con cinismo.
Se dio la vuelta, y esta vez sin interrupciones, alcanzó las puertas giratorias. Salió del edificio y buscó las llaves en su bolso, entonces se quedó detenida, con los ojos moviéndose frenéticos en busca de su auto, que por alguna desafortunada razón, no estaba en la bendita bahía.
—No… —susurró—. No… estoy segura que lo deje aquí. —empezó a caminar de un lado a otro, desesperada y sintiendo cómo el corazón empezaba a latirle fuertemente. La pesadilla no acababa.
—Disculpe, señorita. ¿Es usted la propietaria del vehículo de matrícula GTX8815? —le preguntó uno de los hombres de seguridad de la torre, ella asintió nerviosa y en silencio—. Le han dejado esto, se lo han llevado —le comunicó el hombre, señalándole el aviso de no estacionar.
Bella se llevó las manos al rostro mientras vaciaba sus pulmones con su suspiro cansado y rabioso. No sólo tendría que disponer de sus ahorros para pagar una multa descomunal, sino que eso le significaría sacrificar su soñado viaje a Italia para el desfile de Armani en Milán.
—Gracias —murmuró débilmente.
Supuso que no le quedaba más que caminar hacia la avenida y tomar un taxi, pero su cuerpo parecía no responder, aún no conseguía hacerse a la idea que su viaje a Italia ya no se llevaría a cabo, en un abrir y cerrar de ojos todo se escapaba de sus manos.
Maldijo al IRS por llevarse casi todo su dinero en impuestos, y ahora también en multas injustas. Sus cuentas no dejaban mucho para su propia complacencia, gran parte de sus ganancias eran destinadas a inversiones para su marca, así eran las cosas al principio, lo sabía, pero había sacrificado mucho por la posibilidad del viaje a Milán.
— ¡Fantástico! —gritó con la voz quebrándosele, y con las lágrimas finalmente rodando por sus mejillas.
Volvió a respirar profundamente, intentando ignorar las miradas de la gente en la calle. Diablos, se había vestido para remodelar su tienda, no para pasearse por el centro de negocios del mundo, y maldita sea, se habían llevado su auto.
Frustrada y triste, se sentó en la acera distante de la bahía, sus emociones estaban en caos, estaba confundida y desesperada, su autocontrol se le iba de las manos. Con las piernas pegadas al pecho, hundió el rostro en sus rodillas, y tragándose el nudo en su garganta, dejó que el llanto saliera de una maldita vez, le dolía como nada tener que renunciar al sueño de viajar a Italia.
Escuchaba como ecos estériles los pasos de las decenas de personas a su alrededor, entonces unos pasos se silenciaron demasiado cerca, y una mano se posó con demasiada suavidad en su espalda.
— Bella. —la voz susurrada de Edward Cullen denotó confusión, y cierta impresión que de momento ella no pudo definir.
Maldiciendo a su suerte, Bella cerró fuertemente los ojos y hundió aún más la cabeza. El corazón le martillaba fuertemente, sintió cómo él introducía su mano y la tomaba por la barbilla, obligándola a elevar la cabeza.
—No me toque… —murmuró con los dientes apretados—. Aléjese —le exigió con la voz más elevada de la cuenta, y aunque puso todo de sí por mostrarse inamovible y dura, no pudo controlar la vibración en su voz.
Con brusquedad volteó la cabeza desprendiendo la barbilla de su toque, y miró hacia el otro lado frunciendo el ceño e intentando ignorarlo.
—Está dando un glorioso espectáculo con sus piernas. —Edward se puso de cuclillas e intentó buscar su mirada—. Aunque le está alegrando el día a más de un hombre con sólo estar ahí sentada, debería considerar no hacerlo. —la voz de Edward estaba impregnada de tanta ternura, que con cuerdas invisibles, sus ojos fueron halados hacia su rostro, entonces cada uno se perdió en la mirada del otro.
Edward suspiró perdido en las profundidades violeta que tan seguido despertaban varios de sus temores más profundos.
—Lo siento —balbuceó con dificultad—. No quise… no fue mi intención humillarla, no tiene por qué llorar, no merezco sus lágrimas, sé que fui algo grosero con usted, y le presento mis disculpas por ello. —atropelló las palabras con la voz suave como terciopelo, descubriendo que después de todo no había sido tan difícil.
Bella se rio mirándolo con displicencia.
— ¿Cree que lloro por su falta de delicadeza?… No, mejor dicho, ¿por su brutalidad? —le preguntó limpiándose con manos temblorosas las lágrimas.
El rostro de Edward pasó lentamente del desconcierto al enojo, endureciendo su expresión y ocultando la ternura que en principio no sabía de dónde había salido. Con demasiada determinación, le apretó los brazos y la obligó a ponerse en pie.
Bella jadeó incómoda e indignada con el nada delicado apretón.
—Señorita Swan, será mejor que no se burle de mí —La amenazó con la mirada fría como el hielo.
Bella lo encaró furiosa.
—Me suelta ahora mismo o empezaré a gritar, y por mi madre le juro que sus días como fiscal honorable estarán contados.
Edward no la soltó, la miró a los ojos, retándola, casi invitándola a que empezara con su concierto de gritos. En el estómago de Bella el maldito abismo se abrió una vez más, pero ahora fue además invadido por millones de mariposas que volaban sin control.
Su actitud árida y desafiante le nublaba el pensamiento, no conseguía más que contemplar embelesada sus labios, estaba segura que el único grito allí sería el de su mirada que le suplicaba a Edward que la besara.
Y lo consiguió, el desgraciado abogado consiguió intimidarla. Ella necesitaba huir, en ese mismo momento. Maldito fuera.
—Quiero irme, suélteme —farfulló tragando fuerte.
Edward la ignoró, con el rostro duro como piedra y con la mayor descortesía le arrebató el papel con la multa de las manos.
— ¡Ben! —gruñó adivinando la fastidiosa presencia de sus guardaespaldas que siempre rondaban cerca de su trasero.
Sin desprender sus ojos de los de Bella, le extendió el papel a Ben.
—Paga la multa de la señorita Swan, por favor.
— ¡No! —gritó furiosa. Ahora iba a vanagloriarse con todo su dinero frente a ella, restregándole en su cara que no tenía ni para pagar una puta multa—. Señor Ben —le habló al guardaespaldas estirando la mano en su dirección—. Por favor, regréseme la multa. —volvió su mirada a Edward—. No es asunto suyo, pretencioso entrometido.
—No tiene con qué pagarla —habló Edward con impaciencia—. Por eso estaba llorando, sus ojos no pueden mentir señorita Swan.
La rabia volvió a llenar el pecho de Bella, maldiciendo al arrogante cretino.
—Usted no tiene la menor idea… —respiró hondo—. Lo siento mucho por sus patéticas capacidades intuitivas acerca de por qué la gente llora, telepatía, psicología barata o como quiera llamarlo… ahora, devuélvame la maldita multa.
—Evidencia —le habló bajito acercándose más de lo debido—. Eso es lo que veo en sus ojos, y no me contradiga —ordenó con autoridad—. Ben, asegúrate que entreguen hoy mismo el auto y que no le falte nada, sino ya sabes lo que tienes que hacer.
Entonces, casi halando a Bella por el brazo, prácticamente la obligó a regresar al edificio.
—Sí, señor. —alcanzaron a escuchar a Ben mientras se alejaban, y Edward contuvo su deseo de estrangular a Tayler, el segundo guardaespaldas, que una vez más se pegaba a su trasero.
—Suélteme —exigió Bella rechinando los dientes.
Edward se detuvo.
—Vamos a esperar que traigan su vehículo.
—Puedo esperarlo en mi tienda. ¿Está intentando retenerme? Porque eso es un delito —hablaba al tiempo que ingresaban en la puerta giratoria. Cuando pisaron nuevamente el lobby, sintió la mirada envidiosa de la rubia oxigenada sobre ella, esta vez con más fuerza.
—Entonces, yo la llevaré —le dijo él como si fuera la cosa más simple. No era una sugerencia o una pregunta, era una maldita orden.
El pánico empezó a nadar por su sangre mientras caminaban hacia unas puertas acristaladas que no había visto antes, estar tan cerca de él era peligroso, las feromonas jugaban en su contra.
—Puedo llamar a un taxi, fiscal, no necesito su ayuda. —clavó los talones en el piso, haciéndolos detener a los dos.
—Voy a llevarla hasta su tienda.
—No.
—Le dije que voy a llevarla —bramó Edward con rudeza.
— ¡Que no! ¿No entiende el significado de la palabra, no? —intentó soltarse de su agarre—. Permítame ilustrarlo. No: negativa, rechazo o inconformidad para expresar la no realización de una acción. —el brazo empezaba a dolerle—. ¡Que me suelte, maldita sea!
Edward tiró de ella pegándola a su cuerpo, calentándose de inmediato con su roce. Aflojó el agarre, y sin dejar de fruncir el ceño y mirarla con desaprobación, subió y bajó varias veces su mano por el brazo de Bella, acariciándola donde la había estado apretando. Su cuerpo se disculpaba, pero sus ojos y su actitud seguían recriminándola.
Ella seguía confundiéndolo, desesperándolo.
— ¿Podría callarse un minuto? —inquirió esta vez con la voz calma y suave—. Deje de lado el inútil orgullo, no le sirve de nada conmigo… No voy a permitir que se vaya en un taxi con su facha. ¿Tiene idea de cuántos pervertidos hay sueltos en la calle? ¿Y cuántos de ellos manejan taxis?
—Claro que tengo idea de cuántos pervertidos hay por ahí, incluyendo fiscales también —cuchicheó mientras salían al estacionamiento—.Sin contar los brutos exhibicionistas, abogados de profesión y de nacionalidad brasileña.
Edward la ignoró por completo sacando del bolsillo de su pantalón las llaves de la camioneta. Las luces parpadeantes de una Lincoln MKX gris plomo se encendieron y el pitido de la alarma desactivándose hizo eco en el lugar.
Bella caminó con dificultad, intentando seguir los largos pasos de Edward, luego él abrió la puerta del copiloto y prácticamente la metió él mismo en la camioneta, cerró la puerta y aseguró el auto con el pequeño mando a distancia. Lo siguió con la mirada enojada, viendo cómo el infame caminaba confiado mientras rodeaba la camioneta.
—Tayler, necesito un poco de privacidad, por favor —le exigió al hombre antes de subirse en el auto.
El guardaespaldas asintió en silencio y se alejó un par de pasos.
Bella no quiso mirarlo, con el cuello protestando mantuvo su mirada concentrada en su ventana. Escuchó el vehículo encenderse pero no se movieron, sabía que él estaba utilizando el silencio para desesperarla y obligarla a mirarlo, pero ella no daría su brazo a torcer.
— ¿Ya se calmó? —claudicó Edward.
Bella se resistió a mirarlo.
—Me calmaré en cuanto esté metida en un taxi.
—Permiso —lo escuchó decir justo antes que Edward, con toda intención, le rozara las piernas con el brazo mientras abría la guantera y sacaba un móvil negro y brillante. Se incorporó y ella sintió su mirada caliente recorrerla, luego escuchó el tintineo del celular al encenderse.
Necesitaba alejar su mente de las ideas nada adecuadas que la cercanía del fiscal le provocaba, ya estaba empezando a irritarla sentirse tan desesperadamente atraída por él.
— ¿Sabe qué? Pensándolo bien, no me importa que pague la infracción, ya que fue su culpa que me multaran —habló llenándose de valor y cruzando los brazos sobre la boca del estómago para contrarrestar las odiosas cosquillas.
— ¿Mi culpa? —exclamó Edward casi indignado, su voz elevada haló la cabeza de Bella —. No recuerdo haberle dado nunca clases de conducción, ni mucho menos pedirle que se estacionase en un área prohibida. No veo el motivo de mi culpabilidad. ¿Por qué se empeña en culparme de sus acciones? —finalizó volviendo el cuerpo hacia ella y descargando el móvil entre las piernas.
Con el ceño fruncido por su buen punto, Bella siguió la ruta del móvil hasta sus muslos. Error, maldito error. El desprevenido celular estaba cerca de la considerable prominencia que se asomaba en el pantalón de Edward, tragó en seco y se obligó a elevar de nuevo la mirada hasta encararlo. Error de nuevo, esos ojos maravillosos, claros y cristalinos como miel caliente, hacían cosas indecibles en ella.
—Pues sí, es su culpa —lo atacó por la multa, pero en realidad se defendía de sus leonados ojos—. Yo ni en sueños hubiese venido a este lugar si no es porque usted me envía ese estúpido cheque. ¿Por qué clase de persona me toma? —lo azuzó con la mirada, y por un segundo creyó que una sonrisa le bailaba en los labios, pero no pudo estar segura, así que continuó—. Respóndame, y sea completamente sincero, de cualquier manera no me ofenderé, sólo me ha intrigado cómo un hombre que no me conoce, de repente me toma por puta.
Edward la observó con los ojos muy abiertos.
—Bueno, aquí el ofendido he sido yo, ha sido usted quien me ha puesto todas esas cosas en mi escritorio, sugiriéndome que me meta el cheque por el culo —acotó mirándola directamente a los ojos—. Aunque al menos tuvo la consideración de traerme el lubricante.
Bella apretó un labio contra el otro intentando contener la inoportuna sonrisa, pero no consiguió más que desviar la mirada y agachar la cabeza.
—Señorita Swan —volvió a hablar Edward—. De ninguna manera la he tomado por puta, y es cierto, no la conozco, he querido mantenerme al margen, así que me he contenido de investigar nada acerca de usted, no sé quién es… —se acercó a ella lo suficiente para hacerla removerse en su asiento buscando tomar distancia—. Pero me gustaría descubrirla poco a poco. —él volvió a erguirse en su lugar—. Siendo completamente sincero, lo que pudiera averiguar, ciertamente no me diría mucho de su carácter ni de su personalidad.
—Bájese de la película fiscal, no quiera impresionarme.
Antes que pudiera reaccionar, Edward tomó el móvil y le sacó una fotografía.
— ¿Qué hace? ¡Bórrela de inmediato! ¡No se lo permito!
—Deme un minuto —la interrumpió alejando el teléfono de ella.
Bella intentó incorporarse para arrebatarle el celular, y entonces él la miró fijamente, casi amenazante, clavando sus ojos de fuego en ella, reduciéndola, intimidándola. Sin dominio de sí misma, Bella enojada volvió a acomodarse en su puesto. Edward estiró su brazo libre y puso detrás de su oreja un mechón que se había escapado de su cola de caballo.
—Mírame, Bella —susurró Edward con voz grave, seductora y suave.
Y Bella se dejó llevar, tal vez una sola vez no le haría daño. Se encontró con sus ardientes ojos dorados escrutándola, con los parpados apagados, invitándola a hacer algo que ella no descifraba aún. Entonces sintió la yema de su dedo pulgar rozarle los labios con torturante lentitud, quemándola, haciéndola contener el aliento, quería fruncir la boca sobre su dedo, besarlo, escalar hasta sus labios y volver a beber de él.
Pero después de que lo hiciera, él volvería a ser la mole helada y exasperante, y la última vez que se había encontrado con eso, había dolido, no se arriesgaría de nuevo.
—Tengo que irme —habló con voz trémula y dejó de mirarlo—. Tengo que irme fiscal, ábrame la puerta, por favor —le dijo esta vez con un tono más seguro, halando la manilla para abrir la puerta con más ansiedad de la cuenta.
Edward inclinó la cabeza y levantó una ceja sardónica, luego negó en silencio varias veces.
—Está bien —habló Bella nerviosa—. Entonces voy a gritar que está intentando abusar de mí. —lo amenazó. Edward sonrió aún sin mirarla a los ojos, y a ella se le encendió la sangre—. ¡Auxilio! —gritó desabrochándose el short y bajando la cortita cremallera de metal, Edward elevó la cabeza atónito—. ¡Que alguien me ayude, por favor! —siguió chillando con voz agónica y desesperada, encarándolo, mirándolo a los ojos mientras se quitaba la delgada camiseta y la arrojaba en la parte trasera de la camioneta.
Edward la miraba anonadado, mudo, y excitado, porque diablos, estaba frente a él con el deliciosamente esculpido torso casi desnudo, únicamente llevaba un brassier blanco de diseño muy básico, pero sus senos lucían gloriosos en medio de la rudimentaria prenda. Y entonces, la muy descarada se soltó el cabello, volvió a pedir auxilio entre gritos y se despeinó con histrionismo.
Lo miraba furiosa, como si quisiera enojarlo, intimidarlo, mostrarle que era capaz de cualquier cosa. Pero lo único que había conseguido había sido ponerlo famélico, demonios, le había provocado una dolorosa erección, la mujer era más cruel que Atila el Huno.
La cara de Edward Cullen no tenía precio, lo había dejado sin palabras, y sus hermosos ojos estaban completamente abiertos y desconcertados.
Bella se giró, y con dramatismo golpeó el vidrio de la ventana, retorciéndose histérica, dándole un precioso vistazo de sus formas delicadas y femeninas. El short se deslizó por sus caderas, tan sólo un poco, lo suficiente para descubrir una pequeña porción de encaje de su ropa interior. Inclinó la cabeza y estudió con cuidado su piel, justo ahí, en su costado izquierdo, perpendicular al hueso de su cadera, había un tatuaje no muy grande, parecía una oscurísima mariposa negra con cuerpo de mujer o una mujer con alas de mariposa, no sabría decirlo.
Sus manos picaron por inmovilizarla y estudiar con más detenimiento el curioso tatuaje, pero podría no salir con vida de aquella hazaña, así que prefirió morderse las ganas y quedarse quietecito en su puesto.
Edward se apretó los puños y juró por lo más sagrado que él la recorrería con sus labios, sus dientes y su lengua. Su cuerpo mostraba disciplina y buen estado, y eso significaba una única cosa: Resistencia. Y él sí que la necesitaba en sus amantes, su apetito era voraz, y no cualquier mujer tenía el aguante suficiente para seguirle el ritmo, pero claro, la señorita Swan siempre era la excepción.
Debía dejar de mirarla si quería mantener la compostura. Se giró y puso las manos calmadamente sobre el volante.
—Siga gritando —le dijo despacio—. Nadie la escuchará, la camioneta está blindada.
Bella se calló abruptamente, se volvió a mirarlo, con las mejillas enrojecidas, el cabello alborotado y la mirada salvaje, toda ella era un espectáculo sensual. Se acomodó en su asiento recuperando de repente el pudor, se abotonó el short y se estiró en medio de los asientos para recuperar su camiseta, y maldita fuera la suerte de Edward, dejándole el trasero tentadoramente cerca. Después de todo, tal vez arriesgaría su vida por permitirse un muy merecido mordisco.
—Hubiera podido decírmelo antes —lo acusó apretando los dientes mientras buscaba la sencilla liga de caucho para recogerse el cabello. Entonces, sintió la mano de Edward sobre la suya, deteniendo su tarea con delicadeza.
—Déjelo suelto un rato más —le susurró con los párpados entornados, devorándole los labios con la mirada—. Me gusta como huele su cabello. —entonces se le acercó aún más, y literalmente la olisqueó, aspirando profundamente—. ¿Y ese tatuaje? ¿Tiene algún significado especial? —susurró en su oído.
—Eso no es de su incumbencia —le dijo poniendo distancia entre los dos—. ¿Acaso yo le he preguntado qué significado tiene Elizabeth en su vida? —cerró los ojos maldiciendo su metida de pata, con él no podía guardarse nada, ahora él sabría que ella se había fijado, y que claro, se había interesado.
— ¿Y por qué no lo pregunta?
—Porque no es de mi incumbencia fiscal, no me interesa y sé que tampoco me lo dirá.
—Tiene razón, no se lo diré —concedió soltando un suspiro. Dejó de mirarla para fijarse en el móvil que vibraba sobre sus piernas, lo agarró y desplegó el pequeño icono del correo electrónico y dirigiéndose a ella empezó a leer.
—Su nombre completo es Bella Marie Swan, nació el 21 de septiembre de 1989, lo que quiere decir que tiene veintitrés años —la miró con una sonrisa de suficiencia—. Sabía que no alcanzaba los veinticinco.
El aparato vibró en su mano, esta vez era una llamada entrante.
—Diego, ¿cómo estás? —saludó antes que el hombre al otro lado hablara.
— ¡Jodido, hermano! Edward, necesito tu ayuda… estoy detenido en Hawái… gracias al cielo me has contestado, te he estado llamando desde hace dos días.
—Éste es mi número privado, pocas veces lo tengo conmigo, lo uso sólo en situaciones extremas —le explicó rápidamente—. ¿Qué ha ocurrido?
—Necesito un abogado, alguien que me defienda —habló Diego con la voz repleta de angustia.
—Sabes que yo no soy ese abogado.
—Sí, ya lo sé, pero necesito a uno de los mejores, y resulta que todos están en tu firma.
— ¿De qué se te acusa? —preguntó sin rodeos.
—Posesión de cocaína —respondió Diego con toda la confianza que le tenía a su amigo.
— ¿Otra vez, Diego? Ya te he salvado el culo en dos oportunidades. —espetó irritado—. ¿Qué cantidad? Y lo más importante, ¿qué tan embarrado de mierda estás?
—Creo que esta vez mucho más que las anteriores, no fueron gramos, fueron libras.
—Entonces, te jodiste Diego, con la firma Cullen no cuentes —elevó la voz enojado—. Ya te lo había advertido, te dije mil veces que no te involucrarás, y por ti no voy a desprestigiar la firma, y mucho menos a los clientes que confían en mí. Puedo contactarte con un abogado dispuesto a embarrarse, pero nada más, a mí ni me nombras.
—Edward, ¿acaso no eres mi amigo? —escuchó la voz nerviosa y decepcionada de Diego.
— ¡Claro que lo soy! —soltó volviendo a enojarse—. Te he ayudado en muchas oportunidades, esta vez lamentablemente no puedo, ahora, si tú me consideraras tu amigo, no me perjudicarías de la manera en que lo haces —gruñó exasperado—. Anota el número de la firma Tanner, ellos te ayudarán.
A Diego no le quedo más opción que anotar el número y aceptar la solución que le era ofrecida.
Edward cortó la llamada y se quedó en silencio varios segundos. Bella se percató de cuán crispado estaba, aun así, no iba a pasar por alto el reproche que tenía en la punta de la lengua. Abrió la boca para hablar, pero él, llevando el índice hasta sus labios, la silenció mientras recibía una nueva llamada. Él, claro, no desaprovechó la oportunidad de acariciarle los labios antes de retirar el dedo.
—Irina, en este momento estoy sumamente ocupado… Después te llamo… Sí, yo te llamo… No me llames cabrón… Ya te dije que te llamaré. —finalizó la llamada, después de una ráfaga de palabras, que hacían dudar que le hubiera dado chance de hablar a la tal Irina.
Volvió su atención a Bella que lo miraba sardónica elevando la ceja izquierda. Edward puso el móvil en estado de vuelo y clavó sus impresionantes ojos dorados en ella.
— ¿De dónde ha sacado esa información sobre mí? ¿Con qué derecho hurga en mi vida privada? Eso seguramente debe ser delito. —escupió indignada.
Edward sonrió muy satisfecho consigo mismo y volvió a encender la pantallita del móvil.
—Espere, aquí hay más. —deslizó el dedo hasta desplegar de nuevo el correo electrónico—. Nació en Tonopah, Nevada, sus estudios universitarios los llevó a cabo en la Universidad de Las Vegas, llegó a Nueva York hace tres años, tuvo una relación larga con el multimillonario industrial Jacob Black, el cual reside ahora en Londres…
Sin avisos, Bella se abalanzó sobre él y le arrebató el celular.
—Le prohíbo que escarbe en mi vida, Cullen —exigió furiosa, y entonces sus manos empezaron a sudar, su corazón empezó a palpitar con demasiada rapidez y todo parecía dar vueltas frente a sus ojos—. Voy a vomitar —habló con la voz débil, sintiendo las náuseas instalarse en su garganta.
—Por favor, evítese el teatro. —Edward se inclinó hacia ella y le quitó el móvil de las manos—. No le ha pasado nada —sacudió el aparato—. ¿Podría dejar el teatro?, no le ha pasado nada al móvil, no exagere… señorita Swan, no voy a torturarla ni nada por el estilo, ni a chantajearla por su información, no tiene por qué sobreactuar. —finalizó Edward reconociendo que era una muy buena actriz, inclusive lucía pálida.
— ¡No es teatro, imbécil! —Bella respiraba con dificultad—. No sé qué me pasa. —enterró la cabeza en las rodillas, sintiendo que en cualquier momento el pecho se le iba a estallar—. ¡Abra la maldita puerta! —explotó con impotencia—. Por favor —le pidió en un susurro estrangulado.
— ¡Mierda! —soltó Edward presionando el botón en su puerta, y todos los vidrios de las ventanas del auto empezaron a descender—. Respire profundamente, seguramente ha sido una reacción al monóxido de carbono —le dijo con la voz alterada mientras le acariciaba la espalda con suavidad. Se sentía completamente idiota por haberla mantenido por tanto tiempo encerrada en el auto con el motor encendido.
—Ha intentado asesinarme… —murmuró Bella con los ojos cerrados, y sintió cómo Edward le tocaba la frente y la ayudaba a elevarse.
—Respire profundamente y eleve la cabeza —le pidió él con docilidad.
Bella pegó su cuerpo al asiento y elevó la cabeza aún con los ojos cerrados mientras el negro en el que se encontraba le daba vueltas.
—Tendrá que buscarse un muy buen abogado —le advirtió sintiéndose débil—. Porque lo voy a demandar, sí no es que muero antes de hacerlo.
—No se va a morir, no sea exagerada —la contradijo Edward poniendo el auto en marcha.
Bella sintió, aún con los ojos cerrados, cómo todo parecía iluminarse. Al abrir los ojos se dio cuenta que ya habían abandonado el estacionamiento.
La brisa acariciándole el rostro rápidamente alivió el mareo y la tensión en su cuerpo, mientras la ansiedad se iba poco a poco, y los latidos de su corazón se normalizaban.
Varias cuadras después, Edward detuvo la camioneta.
— ¿Prefiere algún tipo de agua en particular? —le preguntó antes de bajar del auto.
—No soy de exclusividades fiscal, el agua es agua —se giró hacia él, y como siempre, la fuerza de su mirada volvió a golpearla. Extrañamente, eso le dio más calma que el aire fresco que estaba respirando.
—Siendo diseñadora no es muy conveniente ese comentario —le contestó él tratando de disimular que había comprendido perfectamente el doble sentido que había tomado la conversación.
—Me refería al agua, para otras cosas, prefiero la exclusividad —aclaró Bella con la voz algo más baja y sedosa.
—Es bueno saberlo —respondió Edward con la voz ronca—. Le aseguro que eso no aparece en su expediente —la provocó una vez más, pasándose la lengua por los labios en un acto reflejo. Luego se acercó a ella hasta que sus alientos se mezclaron—. Voy por su agua, no se vaya a ningún lado.
En cuanto vio a Edward alejarse, tomó el teléfono que había dejado al lado de la palanca de cambios. Tocó la pantalla y lo desbloqueó deslizando una sencilla flecha, no había contraseñas ni combinaciones de ningún tipo. El panel principal apareció frente a ella, vio la notificación de siete llamadas perdidas, todas con nombres de mujeres, chasqueó la lengua y pasó de aquello, no le interesaba. Entró en la bandeja de mensajes y la encontró llena con remitentes femeninos, todos con frases escandalosas, respiró hondo y también ignoró aquello.
Encontró el icono del correo electrónico, lo accionó, y ahí estaba, su expediente. Un escalofrío la recorrió, miró por el retrovisor para evitar ser sorprendida por Edward, y velozmente lo leyó completo. Todo el aire contenido salió liberador de sus pulmones. No había allí nada de lo que preocuparse. No necesitaba que un extraño supiera más de la cuenta acerca de su vida, y menos alguien que había dejado a un amigo a su suerte, juzgándolo tan severamente con tan sólo una llamada como argumento. Regresó el celular a donde estaba y se relajó en su asiento.
Edward insertó la tarjeta en la máquina dispensadora y seleccionó tres botellas de agua OGO en el panel electrónico, inmediatamente escuchó el golpe fuerte de los envases estrellándose en la parte baja del aparato, se inclinó, sacó las botellas y caminó de vuelta a la camioneta. Al llegar, se detuvo frente a su puerta, observando despacio a Bella que miraba en la otra dirección, tenía los pies recargados sobre el tablero, con las torneadas piernas estiradas, claramente despreocupada en su silla, mientras a él se le revolvía el cerebro al recordar cómo había estado casi sin ropa minutos atrás.
Bella fue consciente de su presencia, y ágilmente bajó las piernas y se sentó derecha, Edward entró a la camioneta y le ofreció una botella de agua, la destapó para ella antes de entregársela, y luego destapó una para sí mismo. Dio un par de sorbos y la descargó en el posavasos. Sin decir una palabra, puso el auto de nuevo en marcha.
En el camino, la mente de Bella empezó a divagar impaciente, estar encerrada en ese auto con él le recordaba con crueldad lo cerca que estaban, y lo sencillo que podría ser tomar un poco más de él, un beso tal vez, seguía muriéndose por besarlo otra vez.
—Puede poner música si quiere. —la sacó Edward de sus cavilaciones, pero ninguno de los dos dijo nada más.
Edward estaba sumido en sus pensamientos, debatiéndose entre alejarse de la tentación, o sucumbir y quemarse entre la leña ardiente que era Bella Swan. Ella parecía relajadamente indiferente a su lado, pero él veía más allá de eso, y podía sentir la fuerza invisible que lo inundaba todo en el auto con necesidad sexual, sabía que los dos se estaban conteniendo por muy poco, pero Bella era obtusa, y cualquier movimiento suyo podría provocar la reacción más inesperada en ella.
—No creo que tengamos los mismos gustos musicales —habló Bella al fin—. Con ese carácter suyo tan remilgado, seguramente escucha pura música clásica, me gusta, pero sólo mientras elaboro los bocetos.
Edward sonrió encontrando curioso que él también soliera hacerlo sólo cuando trabajaba.
—Debo confesar que sólo escucho música clásica cuando estudio algún caso y recreo la escena del crimen.
— ¿Es algo morboso eso, no cree?
— ¿Escuchar música clásica cuando estudio un caso? —replicó él mirándola de soslayo mientras conducía.
—No… —respondió Bella sonriendo, y a él le gustó verla sonreír—. Recrear un crimen… digo, es como revivirlo, idearlo aun cuando no estuvo presente.
—Cuando se llega a la escena de un crimen, la mente se pone a trabajar y uno inmediatamente imagina muchas cosas, hasta los motivos que llevaron al agresor a cometer la acción delictiva, la mente debe trabajar sobre el escenario completo, móviles, instrumentos, cada detalle. Como fiscal, me concentró en hallar al culpable, y una escena del crimen es un cartel enorme y luminoso donde el victimario me dice, cómo piensa, cuáles son sus motivos, e inclusive a veces, dónde está metido. —se volvió a mirarla brevemente—. Y encontrándolo, puedo hacer justicia.
—Pero no todo el tiempo se hace justicia —le dijo Bella pensativa—. Hay muchos fiscales…
Edward la interrumpió.
—No soy de ésos, si intentaba referirse a los corruptos. —la miró con profunda seriedad—. Lo sé, lamentablemente hay muchos, eso sucede porque tienen un precio, yo no lo tengo, para mí no hay mejor sabor que el de la verdad, ni mayor satisfacción que hacer pagar a los criminales por sus delitos. —respiró concentrado en el camino—. Y tiene razón, no todo el tiempo se hace justicia y eso es verdaderamente frustrante, pero los asesinos siempre comenten errores, no hay un crimen perfecto, tal vez después de muchos años deban enfrentarse a la Ley, claro, siempre y cuando alguien se encuentre interesado en reabrir los casos, y para eso es preciso no olvidar, de lo contrario jamás se hará justicia, y no hay destino más vil que el injusto —sentenció, se aclaró la garganta y cambió de tema—. Y bien. ¿Qué desea escuchar? Seguramente podría sorprenderla con mis gustos musicales, puede buscar y elegir lo que guste. —hizo un ademán señalando la pantalla táctil de reproducción.
—No lo creo —lo contradijo Bella mientras buscaba entre las carpetas, habían cientos de nombres de artistas, de los cuales ella conocía al menos una cuarta parte, muchos le gustaban.
Se encontró con Oasis, Aerosmith y Metallica, al parecer le gustaba el rock al igual que a ella. También había mucha música electrónica, lo que no le sorprendía porque el día que habían bailado fue evidente que no era su primera vez con el género.
El recuerdo de Edward Cullen apretándose contra su cuerpo encendió de nuevo la hoguera en ella, contrayendo sus entrañas de deseo. Sacudió casi imperceptiblemente la cabeza para despejar las cautivantes sensaciones, y no dispuesta a darle la razón, se decidió a mentir descaradamente.
—Se lo dije, no tiene nada que quiera escuchar, ni siquiera tiene Believe, eso es imperdonable, ni una sola canción de mi artista favorito. —decía con decepción. Por dentro, se estaba ahogando de la risa, sintiéndose más cómoda y retomando el control sobre la situación.
— ¿Está segura? Hay varios títulos con ese nombre, discrimine la búsqueda por canción —sugirió confiando en su amplio repertorio musical.
—Segurísima, no tiene ni una sola de Justin Bieber —le dijo ella haciendo un puchero, como sí de verdad amara al chico que desataba la locura entre las adolescentes.
El gesto de Edward fue invaluable, era evidente que estaba luchando por no burlarse de ella, la línea de sus labios cada vez se ampliaba más, pero intentaba respetar sus gustos musicales.
Apretó los labios evitando cualquier señal de burla.
—Lo siento. —hizo una pausa—. Nunca he escuchado a Bieber, hasta donde recuerdo no soy una adolescente eufórica.
— ¿Me está llamando adolescente eufórica? —preguntó Bella indignada.
—No —se apresuró Edward y desvió la mirada del camino para verla a ella—. Usted es peor.
Bella no pudo seguir conteniéndose y se echó a reír, aunque menos efusivo, Edward también se rio.
—Le juro que por un momento me lo creí —le dijo Edward, con un tono de voz que la hizo mirarlo extrañada. Se escuchaba relajado, amistoso inclusive, no había rastro de su usual tono imperativo. Tal vez la clave con el fiscal era bromear más seguido.
Bella decidió no pensar mucho en ello y siguió deslizando su dedo por la pantalla, buscando algún tema que le llamase la atención, pero antes, se permitió estudiar cada tema en el camino, quería conocer un poco más de los gustos de Edward Cullen. Entonces se encontró con el nombre de un artista brasileño que había escuchado hacía un tiempo, activó la reproducción de la pista y el tema le resultó desconocido, pero la voz dulce y sensual la cautivó de inmediato. La melodía era lenta y cadenciosa, parecía no encajar con las demás canciones, aparentemente, las preferencias del señor Cullen serían cualquier cosa menos predecibles.
— ¿Le gustan las baladas? —indagó ella tratando de ocultar el desconcierto en su voz.
—Sí, señorita Swan, no muchas, pero creo que hay momentos en que el estado de ánimo requiere de ciertos géneros musicales. —se detuvo en un semáforo y la miró fijamente—. ¿Conoce a Alexandre Pires? —su voz era ecuánime y el brillo en sus ojos se intensificó, calentándola hasta la punta de los pies.
—Sí le soy completamente honesta… —empezó Bella acomodándose de medio lado en su asiento y enfrentándolo directamente—. Sólo sé que es un cantante brasileño, nada más.
Edward asintió.
—Sí, es brasileño, pero ha basado la mayoría de su carrera musical cantando en español, yo prefiero escucharlo en portugués. —le dio un trago a su agua, volvió a dejar la botella en el contenedor y arrancó con la luz verde.
—Ésta es en portugués —aseguró levantando las cejas intrépida—. Sé reconocer el idioma —le dijo presuntuosa, olvidándose de lo demás y dejando de darle vueltas a lo que fuera que le aseguraba que debía alejarse de él, no había mucho que pudiera hacer teniéndolo tan cerca, coquetearle y buscar llamar su atención era casi una cuestión de instinto—. ¿Qué dice la canción? —preguntó, sintiéndose cada vez más atrevida, y percatándose que era primera vez que llevaban tanto tiempo en buenos términos.
Edward sonrió sin mirarla.
—No se lo diré.
— ¿Por qué? —preguntó Bella extrañada.
Edward volvió a sonreír con los ojos puestos en el camino, como si supiera algún secreto que no iba a decirle.
—Porque me temo, señorita Swan, que la letra me hace pensar obsesivamente en usted, dependerá de usted si algún día se lo digo. —Edward estiró la mano y cambió la canción antes que ella pudiera tomar nota mental del título.
La había picado, había capturado por completo su atención, y ahora iba a comerse las uñas por saber qué canción era y qué diablos decía la letra.
— ¿Me imagino que tampoco me dirá lo que quiere decir esta? —preguntó molesta—. Ya me había sorprendido el que no hubiésemos discutido por tanto tiempo. —hizo nota mental mirándolo, como buscando algo en él, algo que le hiciese rechazarlo, alejarlo, algo que no le gustase. Pero maldita fuera su suerte, no lo encontraba.
—Tampoco lo haré, eso deberá descubrirlo usted sola.
Bella torció el gesto con una punzada de molestia, estaría muy bueno, pero seguía siendo insoportable.
—No me lo dirá entonces. —Edward negó en silencio—. No es un gran anfitrión, ni siquiera logra complacer a una invitada en su auto. —lo provocó frustrada, volviendo su cuerpo al frente y cruzándose de brazos.
—Oh, señorita Swan, sí que podría complacerla, créame, pondría todo mi empeño en ello —aseguró con la mirada perdida en sus propios pensamientos, como reflexionando lentamente la intensidad de sus palabras.
Bella se quedó enmudecida, él tampoco parecía muy dispuesto a decir ninguna palabra. Su respiración empezó a hacerse espesa, la promesa implícita en sus palabras estaba mareándola. Inconscientemente apretó sus muslos buscando alivio, y Edward lo notó, vio su pecho elevarse pesado y desesperado. Su propia boca se abrió buscando aire, se desajustó la corbata sin retirar la mirada del camino y jadeó audiblemente al sentir su pene tensarse bajo sus pantalones.
Sin poder resistirse más, deslizó sus manos por el volante girándolo todo a su izquierda, acercándose a la acera de un edificio residencial bajo un grupo de altos y frondosos robles y detuvo la camioneta.
Bella frunció el ceño mirando por su ventana, Edward empujó la palanca de cambios hasta la opción de parqueo, soltó su cinturón de seguridad, aflojó más su corbata y bajó la mano hasta la manija bajo su asiento, deslizándose y alejándose al menos dos cuartas del volante. Bella abrió la boca para protestar, pero no tenía idea de qué decir, de lo único que fue consciente fue de la mano de Edward desajustando en un abrir y cerrar de ojos su propio cinturón, luego ella fue de alguna manera elevada de su asiento, y en un jadeo estuvo apretada a horcajadas sobre las piernas del fiscal.
La respiración de Bella había enloquecido, una poderosa erección presionaba entre sus piernas con insistencia, gimió mordiéndose los labios y toda ella se volvió toda líquida y suave. El aliento de Edward la quemaba, y sus ojos la consumían hambrientos.
Sin dejar de mirarla, metió las manos bajo su camiseta, palpándola, era como si quisiera degustarla con su tacto, subió y bajó las manos por su espalda en un toque suave y tierno, luego, acercó el rostro a ella y detuvo las manos en su cintura en un agarre fuerte y dominante. Sus ojos se abrieron un poco más, casi imperceptiblemente, como si le preguntara algo que ella no alcanzó a captar, lo siguiente que supo fue que la empujó con suavidad, invitándola a danzar con cadencia sobre su pelvis. Bella jadeó y apretó sus manos sobre los hombros de Edward, apoyándose y removiéndose con exquisita precisión.
Edward gruñó como si estuviera siendo sometido a una tortura insoportable, y dejó caer la cabeza hacia atrás sin dejar de gemir. Se suponía que aquello no debía ocurrir, el hombre la había plantado en sus narices el fin de semana, largándose y dejándola sola en el Provocateur, pero ahora ella no podía razonar con claridad, ahora ella sólo conseguía sentir y disfrutar de la deliciosa recompensa de la fricción.
El cincelado mentón de Edward la había hipnotizado, tenía los ojos cerrados y los labios entreabiertos como si estuviera completamente entregado al placer.
Una extraña mezcla de jadeo y gemido salió directamente de la garganta de Bella, él levantó la cabeza, contemplándola con deseo furioso, plantando sus ojos amarillos en ella.
—Lo sabía, sabía que las cosas serían así con usted, perfectas, simplemente perfectas —le susurró en un tono tan lujurioso que la hizo sentir trasgresora de alguna norma divina desconocida.
Ella no conseguía decir nada, porque era cierto, todo se sentía sencillamente perfecto. Entonces él se movió también, estrellándose lenta y apretadamente contra ella, y su mundo colapsó bajo el frenético torrente de su sangre.
Con la mano derecha abierta, Edward sostuvo a Bella por la espalda, y con la izquierda encerró su nuca, luego la acercó inclinándose levemente, y sin más demoras, capturó su boca con sed desesperada y violenta, con la precisión de un experto irrumpió en ella con su lengua, le mordió los labios, y la besó dejándolos sin aire a los dos.
Las respiraciones ahogadas resonaban en el auto, haciendo un coro erótico con los chasquidos húmedos de sus bocas al encontrarse y tentarse.
—Me encanta su sabor —susurró Edward contra sus labios haciéndola vibrar—. Me encanta cómo su cuerpo se siente tan perfecto en mis manos.
Los vidrios del auto estaban empañados, todo se había puesto de repente muy caliente. Edward abandonó la boca de Bella y le recorrió con decenas de pequeños besos el cuello, ella abrió la boca y respiró hondo, él la dejaba literalmente sin aliento. Metió los dedos en su cabello y lo sintió descender por su clavícula, Dios, bajando hasta su pecho. Quería que lo hiciera, que fuera más lejos, le importaba un comino que estuviera a plena luz del día en medio de una vía pública.
—Quitémonos la ropa —escuchó la voz de Edward decirle antes de que pasara la lengua por encima de la pequeña línea del escote de su camiseta cerca de la base de su cuello. Sus sentidos estallaron de anticipación, pero consiguió ser lo suficientemente sensata para reconsiderarlo.
—No… aquí no podemos —balbuceó con voz débil.
—Quitémonos la ropa. —insistió Edward—. Es lo que dice la canción —le dijo elevando sensualmente la comisura derecha de su boca con burla, jactándose del poderoso influjo que ejercía sobre ella.
Tonto de él si creía que se hacía con el poder.
— ¿La primera o la segunda? —preguntó Bella recrudeciendo la diestra danza de sus caderas sobre él.
—La segunda —jadeó Edward. Su voz sonó como un lamento—. Podría escribir con mis manos sobre su cuerpo todo lo que dice la canción. —la besó una vez más antes de volver a hablar—. Pero tiene razón, no es el lugar adecuado, aquí no puedo tomarme todo el tiempo que necesito para tener suficiente de usted señorita Swan.
Bella le sonrió conspiratoria y se pasó su lengua por los dientes, diciéndole en silencio que pondría esas palabras a prueba. Luego sus ojos volaron hasta la silueta de Tayler que estaba de pie como a dos metros detrás de la camioneta.
—Tiene razón —le dijo bajándose, esquivando ágilmente la palanca de velocidades, y dejándose caer sentada nuevamente en el asiento del copiloto. Todo su cuerpo temblaba—. ¿Puedo hacerle una pregunta? —habló tontamente concentrada en cómo él deslizaba de nuevo el asiento más cerca del volante.
—Claro que puede, pero no le aseguro una respuesta.
— ¿Acaso les hacen casting? ¿Cuáles son las cualidades? —le preguntó girándose y mirando de nuevo a través del vidrio posterior del auto—. El que sea más alto y con más masa muscular, y la infaltable la cara de "Soy una especie de Toreto con traje" —señaló con el dedo pulgar por encima de su hombro a Tayler que ahora estaba cerca de la GMC negra—. Porque le juro que los he confundido con Jason Statham y Dwayne Johnson.
Edward se giró sonriendo y luego reclinó la cabeza suavemente hacia atrás, soltando una inesperada carcajada que resonó ronca y poderosa, haciendo que el cuerpo completo de Bella palpitara nuevamente, hipnotizándola con el fluido movimiento de su manzana de Adán bajo la delgada capa de barba recién rasurada. Peor aún, algo en aquel desprevenido gesto la maravilló y quiso tener el poder de repetirlo.
—No lo sé, no sé sí les hacen casting, lo único que sé es que eran militares. —volvió a mirarla con el rostro relajado, mucho más hermoso de lo usual—. No soy yo quien los ha contratado, ha sido mi tío, les preguntaré si en la agencia exigen algún prototipo —le respondió poniendo el vehículo de nuevo en marcha.
— ¿Por qué lo ha hecho él y no usted? Claro, si se puede saber —inquirió tanteando el terreno primero, no quería parecer imprudente, ni mucho menos meterse en su vida.
—Yo no lo considero necesario —Edward endureció un poco su voz—. Sé perfectamente cómo cuidarme solo, no soy de esos hombres que recurren a esa clase de métodos para sentirse seguros o importantes.
Bella se atragantó una sonrisa, sabía que eso lo cabrearía por completo, pero le resultaba encantador su pequeño enfurruñamiento de niño macho.
—Pero sí su tío los ha contratado habrá sido por algo, tal vez se sienta preocupado por su estilo de vida.
—No creo que hacer justicia me ponga en riesgo —le contestó desviando la mirada del camino unos instantes para verla.
—Pues cree muy mal. ¿Acaso no ve las noticias? Hace algunos años en Las Vegas asesinaron a un fiscal, claro, primero a toda su familia, y lo hicieron porque mandó a la cárcel a un estafador profesional, mejor conocido como El Tramposo de los Casinos, y parece que tampoco se enteró de la bomba que pusieron en el auto a un fiscal en Venezuela, casi todos los días asesinan a personas que intentan hacer lo correcto, o como usted lo llama, hacer justicia.
—Creo que me ha dejado claro que teme igual que la gran mayoría… en todos los trabajos existen riegos, claro, en algunos más que otros, pero si no existiesen personas dispuestas a resolver ciertas situaciones, el mundo estaría mucho peor de lo que está ahora… —el vehículo se detuvo—. Hemos llegado —le dijo con los ojos puestos en su tienda.
Bella dirigió la mirada a su negocio, escondiendo un traicionero suspiro de tonta decepción, hubiera querido que el trayecto fuese más largo, de repente se sintió demasiado liviana, como si perdiera algo. Quería pasar más tiempo con él, y esa debería ser razón suficiente para bajar de una vez de la bendita camioneta.
—De ahora en adelante tendré más cuidado con los alfileres para evitar riesgos —le dijo sonriendo y regresando la mirada a Edward, perdiéndose en los ojos felinos que la dejaban sin aliento.
—O con las escaleras. —expuso él acercándose peligrosamente a ella.
La deliciosa cercanía tensó sus entrañas, prometiéndole el rico placer de un nuevo beso. Y así fue, Edward terminó por eliminar el espacio entre ellos y fundió sus labios con los de Bella. Pero esta vez el beso fue diferente, no fue abrasador ni posesivo, fue un toque suave y pausado, metódico, como si la venerara en silencio.
Él intentó retirarse, pero ella no dejó escapar sus labios, aún no había tenido suficiente de él. Le dio un beso tan dulce y desinteresado, que por un segundo no creyó ser ella misma, y eso fue suficiente para romper el contacto de una buena vez.
—Enviaré su auto y el pago por su trabajo, espero que esta vez no me regresé el cheque.
—Sí envía el monto acordado no tengo por qué hacerlo —respondió, y en un acto reflejo cerró los ojos al sentir el roce del dedo pulgar de Edward deslizarse lentamente por la línea de su mentón.
—Entendido —susurró Edward, y sin poder contenerse, la besó de nuevo, sin abrir los labios, tan sólo rozándola con delicadeza y algo que se parecía a la inocencia, una que él hacía mucho había dejado atrás. Entonces se alejó, indicándole sin palabras que su encuentro había terminado—. ¿Amigos? —preguntó tendiéndole la mano.
—Vamos a descubrirlo —sonrió Bella extendiéndole la mano—. Y podrías empezar por tutearme —la combinación de su sonrisa y el agarre masculino de su mano reavivó toda la excitación en su vientre.
Bajó del auto y lo rodeó en dirección a la boutique, luego escuchó el crudo sonido del vidrió de la ventana descender. Sintió sobre ella la mirada de Edward, y en el reflejo de la enrome vitrina de su tienda lo vio sonreír con picardía, se giró, regresó sobre sus pasos y apoyó las manos en la puerta del vehículo.
— ¿Podrías dejar de mirarme el trasero? —le preguntó con seriedad.
—No —respondió Edward tajante y llanamente. Bella vio como su pierna se deslizó con suavidad sobre el acelerador, y entonces el motor del auto rugió escandalosamente.
Bella elevó una ceja acusadora y se alejó dando un paso hacia atrás sin dejar de mirarlo. Entró a la tienda, donde Charlie y Esme la esperaban en sospechoso silencio. Les dedicó una mirada inexorable, pero aun así supo que de ninguna manera tendría oportunidad de escaparse del interrogatorio de Esme.
¿que les parecio?
COh cielos... que capitulo.
Que parejita son de armas tomar
No creen que merezca Reviews.
