Primero... ¡Lo siento mucho por la tardanza! Pero aquí estoy con el capítulo fresquito y listo para ser leído xD. Debería estar haciendo otras cosas pero ahora mismo nada me apetece más que actualizar de una vez este fic (que ya toca). En fin... gracias a los que lo leáis por ser benevolentes conmigo y seguirlo a pesar de haber tardado tanto. Nada más.
Escalera hacia la muerte
Capítulo 11: Frío hogar
Súbitamente, despertó.
Sus ojos se abrieron con fuerza y se perdieron al instante en la blancura del techo de la enfermería. A su alrededor, el rumor de la calma se esparcía en forma de un ténue y sepulcral silencio, apenas quebrado por el silbido del viento en el exterior; quietud que revelaba la ausencia de presencia humana en el resto de la sala.
Tumbada sobre el lecho, el edredón cubriendo su cuerpo- inquieto, sudoroso- y ocultando parcialmente la palidez de su piel, Eva no pudo evitar las imágenes que en su mente se disparaban como flashes de luz al compás de su sien palpitante. La impasibilidad en su rostro derivó gradualmente hacia la confusión, sorpresa, pavor; hasta que un dolor punzante en la cabeza le hizo perder el sentido un momento y se recostó contra la almohada, aturdida. Sin embargo, no logró deshacerse de las visiones que la atormentaron a partir de entonces.
Diferentes percepciones se unificaban y revolvían en torno a una única sensación: la agonía de un recuerdo que arrancaba a su paso todo rastro de felicidad. Cerró los ojos, resignada. No podía, no quería, se prohibía creer en la realidad de aquellos actos que estaba rememorando; así que trató de poner la mente en blano y se sumió en la falsa tranquilidad que le brindaba el sigiloso ambiente de la estancia.
Los sucesos acontecidos la noche anterior la dejaron en un estado de sopor extremo. La tensión acumulada durante el recorrido acelerado por los pasillos explotó en forma de angustia, horror, cuando postrada contra la pared del corredor -arrincodana, sin salida- advirtió la viperina mirada de Tom Riddle clavada en sus ojos grises y permaneció muda ante la tétrica visión de sus dientes perforándole la piel. Todavía temblaba al recordarlo.
Tras el abominable acto, Riddle se había largado como alma que lleva al diablo y la había dejado tirada, sola, malherida y asustada. Acopiándose de todo su valor, logró arrastrarse hasta la enfermería, tocar frenéticamente la puerta pues era incapaz de articular palabra, y aceptar los cuidados de una alarmada señorta Tracikousky que se limitó a curarla en lugar de pedir explicaciones. Agradeció ese hecho con alivio. No deseaba contar la verdad¿Quién iba a creerla?
Se acomodó sobre la cama y se sobó la frente antes de fijar la vista en la ventana. El sol se filtraba y dibujaba lineas luminosas sobre el pulcro suelo de mármol. Alzó la vista y comprobó la hora: las nueve y cuarto. Debía apresurarse.
Al incorporarse de un salto y topar con los pies desnudos sobre el frío pavimento se percató de que su estado físico era bueno. Se tocó el labio para comprobarlo, sin apreciar nada fuera de lo normal. Bajó hacia la barbilla y a continuación delineó el perfil de su cuello con la palma de la mano, tensa ante la posibilidad de guardar alguna marca de aquel recuerdo que le causaban tanta repulsión. Pulsó ligeramente uno de los lados y sintió que se le paraba el corazón. Nada, ni un rasguño. Estaba salvada.
Sin más dilaciones, se dio prisa en cruzar la puerta y atravesó los pasillos a grandes zancadas. Saltó los escalones de dos en dos, aprisa, y casi se estampó contra una estatua al franquear la última esquina y alcanzar finalmente el corredor que la llevaría a su destino. Entró en la Sala Común y subió la escalera velozmente, al borde de dar un traspiés en más de una ocasión. Abrió la puerta de la habitación de las chicas estruendorosamente.
-¿Dónde estabas?- pronunció una voz nada más entrar.
Eva se alarmó. No esperaba encontrar a nadie, pues suponía que los estudiantes que se quedaban en Hogwarts debían estar en el Gran Comedor despidiendo a los que se marchaban, como ocurría cada año . Dio media vuelta y se topó con la mirada castaña de su mejor amiga observándola desde un rincón.
-He salido a buscar un libro- improvisó y seguidamente se arrodilló para cerrar la maleta colocada frente a su cama. -¿Por casualidad has visto a Shawn?- continuó mientras forcejeaba para terminar de correr la cremallera.
Julia no contestó, tan sólo negó con la cabeza con aire despreocupado; Eva no insistió. Una vez cerrada la maleta, Eva se levantó directa a la salida, pero antes de cruzar la puerta un pensamiento le hizo parar en seco. Dio media vuelta de inmediato.
-Casi lo olvido- repuso, hurgando en el bolsillo de su túnica- ¡felices fiestas!- y de él extrajo un objeto cuadrado envuelto en papel de regalo rojo que entregó a su amiga. Julia quedó anonadada.
-Pero... yo aún no...- titubeó, entre sorprendida y avergonzada- ¡No tenías por qué!- finalmente exclamó, explotando así su frustración.
Eva ladeó una sonrisa.
-Vas a pasar la Navidad estudiando, es lo mínimo que podría hacer por ti.
Un abrazo como respuesta puso fin a la conversación y Eva salió finalmente de la Sala Común directa al andén que la llevaría de vuelta casa.
OoOoOo
El frío, silencioso e inmutable, colmaba sus sentidos. Helaba la ira, comprimía la ambición y escondía las tinieblas de sí mismo bajo la falsa benevolencia que destilaban sus ojos oscuros. La frenética necesidad de mostrarse tal y como era, de poder, sumisión, temor y sangre, fue complacida en unos instantes que le brindó la noche. Pero se acabó y fue suficiente. De vuelta a su serenidad habitual, Tom Riddle merodeaba por los pasillos de un tren abarrotado de carcajadas, villancicos y voces risueñas que hacían presente la alegría en cada rincón. Navidad, época de júbilo, espléndida etapa de felices sueños cumplidos.
"Navidad"- repitió para sus adentros con un deje repulsivo.
Cómo la odiaba.
Y la Pascua, y el verano. Vacaciones, la ilusión del estudiante, el periodo esperado por todos y cada uno de sus compañeros allí reunidos. Pero¿Qué dirían si lo supieran?
Tom Riddle en un asqueroso y mugriento orfanato muggle; un Slytherin conviviendo con tales criaturas, carentes de una habilidad tan básica como lo era la magia. El verdadero descendiente de Salazar Slytherin recluído en aquel recóndito y repugnante lugar.
Su vida en mil pedazos de grises mañanas, polvo en los cristales y el pegajoso olor a humedad colándose en su nariz bajo los escasos rayos de sol que dejaba filtrar la suciedad de la ventana. Tardes monótonas contando los segundos, los brazos sobre una mesa vieja y el vigilante controlando sus acciones. Noches en vela con un libro de magia entre las manos y la mente alerta a cualquier movimiento a su alrededor mientras su mirada degustaba anhelante el dulce sabor a libertad.
Quitando esas escasas horas perdidas en mitad de la madugada, la vida de Tom en el orfanato era un auténtico calvario. Y pobre de quien, accidental o intencionadamente, contribuyera a empeorar su estancia en aquel lugar: no sería el primero, ni tampoco el último, en sufrir las consecuencias que su ira acarreaba. Porque Tom allí estaba amargado y su orgullo más apaciguado de lo normal, pero a pesar de todo, Tom seguía siendo Voldemort. Porque un ambiente hostil no era suficiente para someter al futuro Señor Tenebroso.
Lentamente Riddle fue abandonando sus pensamientos y en el proceso oyó una voz. Inquieta y ligeramente temblorosa, como temerosa de conocer la respuesta a la pregunta que tan repetidamente formulaba. Sabía bien a quién pertenecía, por eso Tom sonrió.
-¿De verdad que no lo has visto?- inquirió por enésima vez Laurens a un prefecto de Ravenclaw que negó efusivamente.
El rostro de Eva se contrajo involuntariamente a causa de los nervios y sus ojos empezaron a brillar de abatimiento. Reprimió un gemido histérico antes de dar la cara a un chico de séptimo en quien por un momento vio la salvación.
-¡Prewet! tú sí... ¿Verdad que has visto a Shawn Smith?
Prewet frunció el ceño, extrañado de ser él a quien Eva se dirigía. Analizó por unos segundos la persona nombrada y cuando por fin la hubo asociado a un rostro contestó la pregunta.
-Lo siento, creo que no me he cruzado con él¿has probado en el vagón de los prefectos?- resolvió antes de desaparecer tras la puerta de un compartimento.
Eva quedó anclada en el suelo en ese preciso instante, su mirada fija, inexpresiva, en la madera de la puerta recién cerrada. El frío recorrió su espalda y la invadió velozmente, le alcanzó la cabeza y se apoderó de su mente. Sus temores retumbaron, hirientes, y colmaron cada poro de su piel. El miedo invadió su expresión y el ambiente se tornó oscuro de repente; lejano, como si ella formara parte de un universo alterno sumido en las penumbras y un único resquicio dejara adivinar la luz en la distancia. Por primera vez en mucho tiempo, notó el vacío en su interior. Un vacío insano, asfixiante y devastador. La certeza de estar en lo correcto en sus más agónicas conclusiones. Una nube de desolación cubriendo todo atisbo de vitalidad.
Aquello representó la mirada de Riddle, intensa, desde una esquina. Permaneció intacta durante segundos en su memoria, tal vez minutos. Una mirada victoriosa que sólo podía aguardar un significado: perdición. Para rematar la jugada, Tom esbozó una sonrisa y Eva comprendió, finalmente, que estaba acorralada.
OoOoOo
Había pasado una semana desde que la desaparición de Shawn se declaró oficial. Desde luego, Hogwarts no pasó por alto su responsabilidad en el caso: la dirección, encargados y profesores removieron cielo y tierra para buscar al joven Ravenclaw, de quien todos guardaban buenos recuerdos. Desgraciadamente, todo intento fracasó.
"Sin noticias del joven desaparecido" rezaba El Profeta en letra negrita sobre la primera página aquella mañana. Junto al texto se apreciaban las imágenes de una pareja de mediana edad y aspecto desolado; el marido sujetando a su encolerizada mujer con fingida calma, apenas controlando las lágrimas que luchaban por salir de sus ojos y que en la fotografía siguiente desbordaban hasta extinguirse sobre el hombro tembloroso de la señora Smith. Eva lanzó el periódico al suelo en un acto de ira incontrolada, se dejó caer bruscamente sobre la cama y de nuevo lloró desconsolada.
Jamás se consideró una persona sensible y el llanto nunca había sido propio de ella; sin embargo, la crudeza de la situación la modificó interiormente hasta el punto en que su vida pasó a limitarse a llorar, apenas comer y dormir.
Porque Shawn lo fue todo. Su compañero, su amigo, su novio. La persona en quien respaldarse cuando el mundo le daba la espalda y en aquellos momentos puntuales en los que su seguridad la abandonaba, haciéndola sentir sola y desprotegida. Noble, orgulloso, protector, altivo... irremplazable. Y se había esfumado, dejando un hueco en su interior. Las fuerzas la abandonaron y sumieron en un estado de debilidad absoluta, y debilidad era lo último que necesitaba en su situación.
No olvidaba a Riddle. Sus ojos, sus actos, sus palabras. Él estaba implicado, estaba segura: su mirada lo delató. Porque él quiso delatarse y lo sabía. Fue una burla, una forma de demostrar superioridad, su dominio de la situación. Con ella quiso decir: "No te esfuerces. He ganado. No puedes vencerme". Quiso derrumbarla y lo consiguió.
Porque ella era un peón más, una pieza del montón a la espera de que Tom la seleccionara y colocara en el lugar correspondiente para poder llevar a cabo sus planes.
"¿Qué tendrá en mente?"- en ocasiones se preguntaba; y una frase siempre se manifestaba, murmurante, en su cabeza.
"la diadema la quiero para mí"
Pero no lo entendía. ¿Qué era lo que buscaba¿Inteligencia extraordinaria? Riddle no la necesitaba. Su carácter práctico lo alejaba de todo aquello que no fuera de vital importancia. Era selecto, minucioso y astuto, así que Eva no atinaba a entender por qué se interesaba tanto en un objeto tan poco útil para él. Fuera cual fuera su misión, la estaba realizando con una sutileza impresionante.
Además de aquello, existía otro hecho a tener en cuenta: la maldición de las Ravenclaw. Hasta entonces había sido la respuesta a todas sus dudas, y aún entonces le servía para explicar las cuestiones que de otra forma se le antojarían inexplicables. De todas formas, le costaba hacerse a la idea de la veracidad de todo aquello, y muchas veces se sorprendía pensando que no era más que una suposición imprecisa o simplemente equivocada, cuando todo parecía apuntar lo contrario.
Extinguidas sus lágrimas, Eva se estiró sobre el mullido colchón sin apartar la vista del techo. Ya no sentía tristeza, ni siquiera ira, tan sólo un profundo sentimiento de resignación. Cerró los ojos.
El monótono tic-tac del reloj despertador acompasaba sus recuerdos desde un rincón de su cuarto. Oscuridad que inundaba, solemne, la larga extensión de un corredor vacío. Pasos. Resonaban fríos, huecos, pero indudablemente cerca; cada vez más cerca. Los pasos se acentuaron. Irrumpían fuerte sobre el suelo; anunciaban, gritaban, aullaban su presencia. Una figura humana se manifestó ante ella y los pasos simplemente dejaron de sonar. Se oyó un golpe, y un "tic", otro golpe, y un "tac"; y el chasquito de la puerta le hizo incorporarse y permanecer atenta a su movimiento, hasta que pudo comprobar la identidad de la persona que la observaba al otro lado del umbral. Suspiró con alivio.
-La cena está lista- enunció la señora Laurens, dedicando a su hija una mirada comprensiva.
Eva se levantó y siguió a su madre escaleras abajo agradecida por su comportamiento, ya que a pesar de haber advertido el matiz rojizo de su rostro, decidió no hacer comentarios y se conformó con mostrarle su preocupación mediante la expresión de su cara. Mucho se temía, sin embargo, que su padre no sería capaz de actuar de la misma forma.
OoOoOo
Una densa capa de niebla coronaba la cumbre del edificio. Difuminaba el tejado rojo y puntiagudo, la silueta de la torre más alta, las chimeneas; imperceptibles entre la humareda, y las decenas de caras curiosas asomadas a las ventanas de la planta más alta. Un cúmulo de narices en movimiento, haciéndose hueco entre la multitud de ojos atentos, murmullos de asombro y voces agitadas ordenando silencio. Niños de todas las edades ansiosos por romper, de alguna forma, la rutina en la que sus vidas se veían envueltas desde su llegada a aquel lugar triste y apagado.
Pero la niebla no era un impedimento para que Tom descubriera sus identidades: se encargaría de ellos más adelante. Con paso firme cruzó la verja oxidada que separaba matorrales silvestres alimentados por la lluvia de la explanada de césped húmedo y recién cortado. El contraste entre la vieja verja y el césped impecable siempre despertaba en él su lado más sarcástico.
Oyó un ruido seco, y al darse la vuelta se topó con el rostro hinchado y surcado en sudor de Rob, el fornido encargado del equipaje. Al mirarlo, Rob se sintió amenzado y entornó sus pequeños e iracundos ojos en una mezcla entre altanería y miedo interno. Pronto recuperó su bravuconería habitual y no miró a Tom al hablar, para así poder expresarse con mayor tranquilidad.
-¿Qué se supone que llevas ahí dentro?- inquirió con desdén, señalando su maleta- ¿una cadáver?
Aunque Rob no pudo verlo, las comisuras de la boca de Tom se ensancharon fugazmente ante el comentario, pero para cuando el hombre hubo decidido darse la vuelta, aquel pequeño gesto había desaparecido.
OoOoOo
Tom abrió despacio el maletín oscuro. Lentamente desplegó ambas partes sobre el suelo envejecido, a punto de crujir por el peso sostenido. La luz titilante de la bombilla iluminaba tenuemente su rostro, delineaba el perfil arrodillado frente a la cama y los dos brazos reposando a cada lado de su cuerpo. Mechones azabache desbordaban sobre su frente y le ensombrecían la mirada; encendida y siniestra, fiel evocadora de un instante pasado al escrutar minuciosamente la figura humana extendida ante él. El cadáver de Shawn Smith, inmóvil como una estatua, parecía observarlo con los ojos vidriosos y expresión aterrorizada.
No había podido abandonarlo. La Cámara de los Secretos era el escondite perfecto, eso estaba claro; pero el basilisco no podía considerarse un guardián de confianza. A los dos minutos de haberse largado se lo hubiera zampado sin pensarlo, pues aquel monstruo actuaba así, por instinto. Que obedeciera las órdenes de Tom se debía a que había sido lo suficientemente atento para identificarlo como el descendiente de su antiguo amo y creador. Después de todo, hablaba parsel y había logrado deslizarse hasta su guarida secreta, así que no le fue difícil llegar a aquella conclusión.
Tom no le tenía cariño alguno a la serpiente. Era un arma más, un elemento facilitador de sus planes; ni siquiera su aliado. A Lestrange tal vez sí podía considerarlo como tal; le había confiado una tarea importante y por el momento no le estaba fallando. Smith fue una víctima irremediable, un sacrificio necesario. Y Eva... Eva era la pieza clave de su próxima victoria.
Las ideas se enlazaban armoniosamente en su cabeza, un laberinto de caminos que llevaban a un claro final. Según sus cálculos, faltaba poco. El último acontecimiento estaba a punto de suceder, y cuando éste ocurriera, el resto no sería más que un juego de niños. La excitación le recorría los dedos y la palma de la mano mientras que su mente dibujaba, optimista, el lejano lugar al que debería dirigirse una vez hubiera hecho los preparativos adecuados. Debía reconocer que últimamente se sentía más capaz que nunca.
Ensimismado en sus propias cavilaciones, Tom alcanzó a oír el sonido resonante de la campana que anunciaba la cena. De un golpe cerró el maletín de nuevo, lo arrastró hasta el armario de puertas abiertas y lo introdujo en su interior con sumo cuidado, colocándolo entre el incontable número de objetos, en su mayoría brillantes y de un valor innegable, que colmaban el recinto. Su colección. Y Tom percibió en sí mismo aquella menuda apariencia que con frecuencia inundaba sus sueños; de aspecto sublime aunque escuálido y ojeroso. Orgulloso y audaz: un principe harapiento y mezquino. Inocencia corrompida por la exquisitez del poder. Sus sueños infantiles en un armario empotrado.
Alejó de él las memorias y se dispuso a abandonar la habitación, a sabiendas que nadie irrumpiría en ella si era lo suficientemente prudente. El rostro angelical de Hopkins no volvió a ser el mismo después de que sus ojos se posaran, curiosos, en el agujero de la cerradura; ahora una bonita cicatriz surcaba su mejilla derecha y el pavor se inyectaba en su mirada cada vez que se cruzaba inevitablemente con la de él por los pasillos. Pobre niña tonta.
Mark Kent y Louis Ryan tampoco guardaban un buen recuerdo. Rememoró la noche en la que los dos jóvenes traviesos, conocidos por sus pataleos y artimañas, se aventuraron a subir las escaleras que conducían a la habitación de Riddle, ambos sonrientes y emocionados. Sin embargo, su incursión terminó en el penúltimo peldaño: las marcas que lucían en los codos, frente y rodillas daban cuenta de ello. Como resultado, no volvieron a turbar la intimidad de Tom.
Evocó también la situación vivida aquella misma mañana, mientras maquinaba diversas formas de intimidación, todas ellas plausibles. Cada vez que Tom llegaba al orfanato, los accidentes se multiplicaban inexplicablemente.
OoOoOo
Persephone Laurens observaba a su hija desde la otra punta de la mesa. De reojo, atinó a vislumbrar su figura casi intacta, su movimiento limitado al golpeteo del tenedor sobre el plato todavía lleno. Acumulando todo indicio de paciencia en su interior, la mujer reprimió el impulso de levantarse y abrazarla, correr a su lado y susurrarle al oído que ella la comprendía, que entendía su situación y, en menor medida, también deseo expresarle que tal vez ella fuera, en parte, la culpable.
No entendía el por qué, exactamente, sólo que la intuición así se lo dictaba. Últimamente el excepticismo que durante décadas dominó su persona y la obligó a no caer en suposiciones imposibles se hallaba al borde de la extinción. "Coincidencias", quería creer. Pero eran demasiadas.
Ahora su marido la escrutaba con un deje de inquietud en los ojos azules, tan predecibles que en ocasiones se le antojaban aburridos. Harold buscó la complicidad en ella, pero obtuvo la misma respuesta de siempre: impasibilidad, un "haz lo que quieras" en su gesto aquiescente; y sin urgar en el verdadero mensaje que aguardaban sus acciones, Harold demostró nuevamente que la serenidad no era su punto fuerte. En un torpe movimiento, abrió las manos soltando así los cubiertos a una altura suficiente para que impactaran ruidosamente contra el mantel, y tanto Eva como su madre dieron un respingo sobre el asiento y voltearon en dirección al hombre que se mantenía erguido, impaciente.
-¡No lo aguanto más!- expresó Harold, la irritación expandiéndose en su rostro.- Eva- enunció en un golpe de voz- deja de jugar con la comida y pruébala de una vez¿me oyes?
Pero Eva ni siquiera se inmuto. Contuvo la mirada clavada en aquella de matiz diferente al suyo, que en ocasiones reflejaba su lado más impulsivo. No en aquel momento. La tensión se hizo presente entre ambos; tan frágil, que apenas duró unos segundos.
-Harold- empezó Persephone con calma- no la presiones, te tengo dicho que...
-¿Y qué pretendes conseguir, Seph¡Mírala!- interrumpió él al instante, gesticulando con los brazos en dirección a su hija. Eva perdió la vista, trémula, en la fuente de guisantes. -¡Así no puede volver al colegio!- aseguró su padre con obviedad.
-Harold.- pronunció Persephone por segunda vez, permitiendo que un ligero deje de autoridad se apoderara de la suavidad en su voz- Volverá a Hogwarts por la mañana.- madre e hija intercambiaron miradas- ya lo hemos decidido.
No pudo objetar nada más y Persephone entendió que finalmente lo había comprendido. Porque a pesar del carácter en apariencia manso, calmado, casi complaciente de su mujer, era ella quien acababa tomando las decisiones importantes, en especial en lo que a su hija se refería. La empatía entre Persephone y Eva se manifestaba en aquellas discusiones y terminaba por hacer frente a la voluntad de Harold, quien a pesar de su terquedad se derretía en sentimientos positivos hacia ambas. Las amaba tanto que, sin dudarlo, mataría por ellas; y aunque no siempre lo demostrara, sabía que Eva le correspondía. No así Persephone.
Lo apreciaba en su mirada desdeñosa, poco caritativa. El abatimiento en aquellos pasos desplazándose sin prisa por la casa, su presencia en la cocina, en soledad; tejiendo, cocinando o inmersa en la lectura de una novela. En sus conversaciones, que en el pasado fueron tan espontaneas y en el presente rozaban el hastío. Todo aquello demostraba que los matrimonios de conveniencia, por norma general, no resultaban satisfactorios.
Aún así tenían una hija: su niña, su tesoro; aunque al examinar su tez palida y en ella aquellas esferas de luz grisácea tan peculiarmente familiares, los recuerdos se agolpaban en su mente y lo sumían en el tormento. Eran un calco; las dos poseedoras de aquella chispa innata que las hacía moverse con naturalidad, como si pertenecientes a la realeza. Indudablemente, Marion seguía viva en el cuerpo de Eva. Y no podía soportarlo.
La causante de sus penurias encarnada en su propia hija. La mujer cuya voluntad unió a Persephone a un destino que apagaría la vitalidad de su esencia; cuando aún eran jóvenes y se divertían jugando en el desván, y Harold intentaba llevar siempre el mando mientras que la pequeña Sephie, con una sola mirada conseguía hacerlo cambiar de opinión. La adolescencia dominó la niñez, y el pensamiento de Sephie, quien ya no quiso ser llamada así, se centró en otros asuntos; y Harold descubrió que su prima ya no era una niña, sino toda una mujer.
Entonces apareció él, imponente, atractivo. La cascada de pelo rubio cayéndole en incontables rizos sobre la espalda, la sonrisa de suficiencia brillando en el semblante blanquecino. Sólo la nariz, prominente, alteraba la belleza de sus facciones. Y Harold sintió los celos carcomiéndole las entrañas.
"¿La quieres, Harold?" inquirió Marion, toda ella balanceándose, espectante, en la mecedora del comedor. La lumbre titilaba en la inexpresión de sus ojos grises, colmados de seguridad ante aquel planteamiento tan trascendental.
Titubeó nervioso y Marion ensanchó su sonrisa. Él le respondió con otra, algo insegura, e intentó convencerse a sí mismo de que aquello no era nada malo. Inundó sus pensamientos de ideas futuras, imágenes idealizadas de un matrimonio feliz. Con Sephie entre sus brazos dedicándole la misma atención que a aquel bastardo de tupida cabellera; acercándose, estrechándola, besándola.
Y su boca habló por él.
Bueeeno...
Como véis he incluído a la familia de Eva en este capítulo. Puede parecer información innecesaria, pero yo lo encuentro significativo. Es decir, si la maldición de las Ravenclaw ha existido durante tantas generaciones, no es posible que la madre de Eva no la haya sufrido. Tampoco me apetecía crear una familia que se odiara (Persephone no odia Harold, sólo que no está enamorada de él), sino algo intermedio. Como he explicado en una ocasión, ellos dos son primos, así que eso convierte a Eva en la heredera directa de Ravenclaw, y se parece mucho a Marion (la abuela de Eva), que a su vez es parecida a Rowena, así que eso explica que la Dama Gris la relacionara con su familia.
El personaje de Harold no es malvado; de hecho, a mí me gusta (mucho más que el chico rubio que menciono, que sólo sirve para demostrar que Persephone no lo quería a él). Marion tampoco es mala. Ella intuyó la presencia de la maldición en su familia, y para remediarlo, casó a su hija con su primo, con quien se llevaba bien, y así la alejó de otros hombres que pudieran hacerle daño. Era una mujer autoritaria que removía cielo y tierra para conseguir sus propósitos. (Ehm... esto me hace pensar que tal vez debería incluír esa información en el fic.. xD ¡Es que no sé bien cómo hacerlo sin alargarlo demasiado con este tipo de información!)
Me ha gustado especialmente escribir sobre Tom en el orfanato; la perspectiva de un chico que ha pasado gran parte de su vida en un lugar que odia. Siempre quise escribir una escena así, pero no estaba segura de poder hacerlo bien. En fin, ya me comentaréis.. xD
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