Capítulo XI


Kurt estaba caminando a toda prisa, tenía en sus manos su bolso, el móvil y el vestuario que había utilizado en la clase de expresionismo. Iba haciendo malabares con todo y le urgía tomar un taxi para llegar a una audición. Era un papel menor en una obra de teatro escolar, pero le interesaba más la experiencia que el crédito que pudiese obtener en la puesta.

Le silbó al primer taxi que vio, se subió sin percatarse que la puerta del otro lado también se abría, estaba demasiado ocupado con todo lo que tenía las manos y con todo lo que giraba en su cabeza a mil por hora.

—Al 133 de la calle… —Kurt dijo aún sin notar al otro pasajero del taxi

—A la calle Marsh…. —Kurt soltó una exclamación de sorpresa al escuchar la otra voz al mismo tiempo que la suya.

Kurt se giró y se percató de la otra persona había subido a su mismo taxi. Tragó saliva al ver a Blaine sonriéndole; así se habían conocido, en medio de un día lluvioso, Kurt había tomado un coche a casa y Blaine había subido por el otro lado sin darse cuenta que Kurt lo había llamado primero. Fue instantáneo, Kurt se sintió terriblemente atraído por Blaine, por esos estúpidos ojos de cachorro y por su magnetismo de chico perfecto. Era como encontrarse en medio de una escena de una película de John Hughes. Blaine le propuso compartir el taxi, hablaron durante todo el camino, coquetearon y al final, Blaine le había pedido su número, todo lo demás era historia. Kurt había encontrado a su príncipe azul esa tarde, aunque, después se dio cuenta que los príncipes azules se destiñen a la primera lavada.

—Ey amigo, el chico me llamo primero —el taxista le dijo a Blaine quien no había dejado de ver a Kurt.

—Sí, lo siento. ¿Podemos compartir? Voy tarde a… mi clase de cocina —Blaine mintió y Kurt sonrió porque sabía que era una mentira, un pretexto para hablar con él.

—Entonces ¿Qué dice señor pantalones rojos? ¿Llevamos al amigo del corbatín? —Kurt asintió ignorando por completo la voz del taxista hindú.

—Me llamo Blaine Anderson —Blaine le tendió la mano —. Soy el hijo menor de la familia Anderson. Mi papá es un hombre de negocios en Cincinnati que cree que ser artista es una pérdida de tiempo. Mi madre ama el dinero, a su perro Bruno y a mi hermano mayor, Cooper. Ambos menosprecian cualquiera de mis logros porque decidí ser artista y no un gran empresario como mi hermano mayor. Toda mi vida he estado a la sombra del perfecto, guapo, encantador e increíblemente heterosexual: Cooper Anderson —Kurt tragó duro pensando que Carson tenía mucha razón al decir que Blaine necesitaba mucho cariño —. Hace unos meses conocí al tío más espectacular del mundo, con los ojos azules más bellos que he visto en mi vida y la verdad es que no puedo dejar de pensar en él. Aunque si he de ser honesto, he sido un idiota con él. Me encerré en mí mismo, pensando que a él tampoco le importaría saber de mí, es difícil abrirse con alguien cuanto toda tu vida así sido de una forma. Pero quiero cambiar, quiero ser mejor por mi bien y el de mi relación con él. Quiero demostrarle que puedo ser diferente porque realmente necesito ser diferente —Kurt boqueó, no sabía que decir, no sabía si aceptar de nuevo a Blaine sería peor para ambos—. Quiero empezar de nuevo con él… —Kurt sentía algo especial por Blaine, algo que no estaba dispuesto a dejar morir tan fácilmente, sin embargo sabía muy bien que no estaba preparado para una relación así a pesar de las bonitas promesas de Blaine —. Quiero ser tu amigo, Kurt. Quiero que nos conozcamos poco a poco…

—Kurt Hummel —cogió la mano de Blaine.

Blaine jaló a Kurt y le estampó un beso. Ambos gimieron quedamente cuando sus lenguas se encontraron. Las manos de Blaine estaban firmes sobre la espalda de Kurt, moviéndose lentamente, acariciándole, acercándolo más.

—Espera —Kurt habló entre el beso y sin separarse de Blaine —, dijiste amigos y esto no lo hacen los amigos —Blaine sonrió sin dejar tocar a Kurt.

—No, pero tú tienes la maldita culpa, esos pantalones rojos me vuelven loco —Blaine arremetió con el beso, enredando su lengua con la de Kurt, disfrutando de la sensación maravillosa de tenerlo de nuevo y poder disfrutarlo —. Te prometo que no volverá a pasar —Blaine se alejó lentamente.

—Volverá a pasar —mencionó Kurt acomendándose en el asiento y alisando su ropa. Evitó reír ante la mirada esperanzadora de Blaine. Enarcó una ceja y vio a Blaine a los ojos —, pero cuando te lo ganas. Si es que algún día lo logras —Kurt tenía ese aire de magnificencia que tanto le gustaba a Blaine.

El coche se detuvo unos minutos después y Kurt salió del coche rápidamente prometiéndole a Blaine qué pensaría si aceptaba o no su invitación a cenar.

—El chico de los pantalones rojos tiene convicciones fuertes, amigo del corbatín —Blaine asintió al escuchar al taxista.

—Y eso lo hace más espectacular —Blaine pensó que por fin las cosas estaban tomando un buen rumbo.


Dave se detuvo cuando Carson regresó para pasar de nuevo por la puerta del cine. Iba a dar un paso pero notó que Carson regresaba de nuevo, y una vez más, tres en total, tres como siempre. Había pasado un mes desde el infame beso y Dave había decidido darle carpetazo al asunto e intentar olvidarlo mientras regresaba a su relación normal de amistad con Carson, quien tampoco había dicho ni una palabra de aquel asunto.

Aunque notaba que algunas cosas habían cambiado después del beso. Salían mucho más y siempre solos, cosa que Dave agradecía, porque cuando estaban solos Carson era mucho más analítico y sarcástico. Carson ocultaba mucho menos los momentos en los que su trastorno se había presente, y Dave de alguna forma se sentía más cercano a él a pesar de todos los esfuerzos que hacía por estar lejos. Carson Hummel lo tenía en un puño y Dave estaba allí, sin querer salir realmente, porque se sentía más feliz que nunca.

—¿Por qué tres? —Preguntó Dave cuando empezaron a caminar hacia el departamento de Los Hummel.

—Empezó cuando era niño, creo que tenía nueve o diez años, me lavaba los dientes una vez pensando que eso hacia feliz a mamá y que le daba tranquilidad. Pensaba que esa tranquilidad ayudaba a la salud de mi madre, entonces mientras yo me lavará a ella no le pasaría nada nunca, terminaba de lavarme los dientes y de pronto pensaba en papá y en cuidar a papá, entonces me lavaba los dientes de nuevo, pero luego pensaba en Kurt…

—En que si no te lavabas los dientes algo malo le pasaría —Carson asintió.

—Mamá, papá y Kurt. Por eso todo siempre es en tres o en múltiplos de tres. Pienso en mi santa trinidad.

—¿Cómo te has sentido con el tratamiento? —Era curioso como Carson había decidido de buenas a primeras visitar a un médico y a un psicólogo para hablar de su OCD. Carson le había dicho que tenía miedo de dejar de ser quien era pero tenía más miedo de volverse otra persona por algo que podía aprender a manejar.

—Sabes, siempre había pensado que todos los médicos en países como el nuestro eran imbéciles que creían tener toda la lógica universal en la cabeza y que no ven más allá. Faltos de curiosidad y muy poco analíticos. Tenía miedo de que me prescribieran alguna estupidez y que me transformara en un zombie o que me hiciera cambiar mi temperamento y personalidad. Tú sabes, muchos de esos tíos ni siquiera se preocupan por el paciente y sólo son un número que ven en el día. Sin embargo el Doctor Suárez ha superado mis expectativas. Realmente no busca una combinación de pastillas mágicas que me hagan normal, se ha decidido por algo mucho más complejo; darme un modo de vida enfrentando mi OCD, y además se lleva muy bien con mi terapeuta. Por lo regular los médicos son unos ególatras de mierda que creen que van a encontrar todas las respuestas en sus drogas.

—Es bueno poder disfrutar de tu apabullante personalidad a pesar del tratamiento —Dave bromeó e hizo sonreír a Carson.

Siguieron caminando mientras hablaban de la película. Dave intentaba no reír con los comentarios mordaces de Carson pero era imposible. Era casi entrañable encontrar a una persona que pudiera decir tantas verdades en unas cuantas frases.

—¿Entonces…? —preguntó Carson descolocando a Dave.

—¿Entonces qué? —Dave estaba seguro que la pregunta no tenía que ver con la película. Sintió el miedo y los vellos de su nuca erizándose.

—Sabes que me refiero al beso. ¿Por qué no hemos hablado de eso? —Dave tragó saliva y siguió caminando, ignorando por completo el cuestionamiento de Carson —. No me gusta que me ignoren, David —le cogió de la muñeca para hacerlo girar para que lo viera.

—No hay nada de qué hablar. No quiero ser parte de tu libro sobre homosexualidad en el deporte o como sea que lo vayas a titular. Puedes conseguirte otro, de hecho tengo un montón de conocidos a los que les encantaría ser parte de tus experimentos.

—¿Experimento? —Carson tenía la mandíbula trabada de coraje.

—Sí. Me besaste para saber lo que se siente besar a un hombre y te gusto porque a todo mundo le gusta un buen beso, más si nunca habías tenido una experiencia así, pero no te preocupes, se te pasará cuando conozcas a la rubia despampanante que te conquistará.

—Eres un imbécil, eso es lo que eres, y para tu información te besé porque quise. Porque me gustas. Pero eres tan obstinado, tan estúpidamente terco, que crees que lo que tú piensas es la verdad universal. Tú no me puedes gustar porque no soy gay, eso es lo que piensas, eso es lo que tu maldita cabeza te dice que es lo normal y es lo que está bien. Ni siquiera sé por qué me gustas si eres un cabeza hueca que está empecinado en ser siempre el que tiene la última palabra. Porque eres un patán hijo de puta que… —Carson estaba enrojecido de furia y sus ojos parecían brillar más que nunca.

Dave rodeó a Carson con sus brazos sorprendiéndole y callándole por la sorpresa. Los labios de Dave tomaron gentilmente los de Carson besándole con suavidad, moviendo sus labios lentamente logrando que Carson no pudiera hacer nada más que corresponder. La lengua de Dave empezó ávidamente a probar el sabor de Carson que se deslizaba entre sus labios, cuando las manos de Carson se anclaron en el pelo y en el cuello de Dave éste ya no pudo detener el beso, lo profundizó, y sus lenguas chocaban una y otra vez.

—Soy lento, lo siento —Dave habló separándose un poco de los labios de Carson —. Busco siempre tener la razón y probablemente siga siendo así toda la vida. Ahora mismo no sé por qué te gusto pero lo voy a aceptar. Me disculpo por no haberlo hecho desde el principio —Carson lo besó de nuevo.

—Mucho tiene que ver tal vez con que te lavas los dientes tres veces al día y con hilo dental —Dave rió.

—Es un hábito que me enseñó mi madre.

—Tu madre también debió enseñarte el hábito de buscarte una habitación y no estar manoseándote a mi hermano a unos cuantos pasos de nuestro apartamento —Kurt soltó una risa al ver a Dave que quería saltar pero Carson tenía una sonrisa de superioridad y cogió de la muñeca a Karofsky.

—¿Te vas a vengar? —Carson preguntó y Dave se temió la respuesta.

—Oh, sí. No sabes cuánto… —Kurt sonreía con una mueca de maldad que hizo estremecer a Dave.

Carson se encogió en hombros y caminó con Dave hacia su departamento. Era un inicio bastante interesante y no sabía dónde terminaría, ni cuánto duraría. Lo que tenía claro era que lo iba a disfrutar, sobre todo si Dave lo seguía besando así.


Esto sería el final. Falta sólo un epilogo que estará pronto aquí.

Pensé en varios finales, unos más melosos que otros, y cursis. Pero la voz de Winter supo corregir mi camino y me decidí por algo más real.

Kit, Gabriela... mil gracias. Este fic es suyo.

En tuiter me la pasó quejándome de la falta de comentarios y de lo molesto que es que te favoriteen y que no me digan ni porque. Entonces llegó DOÑA Perlitanegra y me dio un cachetadón con guante blanco diciéndome que publicar valía la pena siempre que hubiese una sola persona comentando.

Kit, Gabriela, ustedes son el motivo por lo que el fic termino y espero que sea de su agrado.

Un abrazote.