Disclaimer: No soy Jotaká
Cap. 11. Una canción
– Tiene unas referencias excelentes, Granger; aunque no esperaba menos de usted
– Gracias profesora Mcgonagall
La anciana mujer, examinó con gesto de concentración la gran cantidad de cartas y acreditaciones que yo había traído conmigo. Para mi tan solo eran manuscritos vacíos, sin importancia, meros logros con cierto renombre dentro del mundo mágico, simples espejismos de lo que podría haber llegado a conseguir. Pero sabía que aquellos papeles podrían abrirme cualquier puerta que se me antojara.
– Bueno Granger, supongo que no hace falta que le diga que está más que aceptada. Ha sido, y sigue siendo, la mejor alumna que Hogwarts ha tenido en muchos años – yo asentí pesadamente con la cabeza, casi con desgana. Ya estaba acostumbrada a escuchar esas palabras en boca de todos aquellos que me apreciaban y se preocupaban por mi "…no lo entiendo Hermione, estás echando por la borda todo…" "… podrías dedicarte a lo que quisieras, si al menos lo intentaras…" La profesora Mcgonagall calló momentáneamente y me escrutó por encima de sus gafas cuadradas. A pesar de que habían pasado más de cinco largos años desde que la viera por última vez, mi antigua profesora de Transformaciones y actual directora de Hogwarts, aún me inspiraba un profundo respeto. Me removí en la silla, inquieta, deseando que el escrutinio terminase pronto – ¿Puedo preguntarle una cosa, Granger?
Yo asentí con gravedad y contuve el suspiro de resignación que subía por mi garganta, sabía de sobra lo que me iba a preguntar.
– ¿Por qué quiere regresar?
Por suerte, yo ya tenía una respuesta adecuada para eso.
– Deseo seguir formándome profesora ya que, como muchas personas, no pude cursar séptimo año y conseguir mis EXTASIS y creo que mi educación aún no está del todo completa. No se me ha ocurrido mejor sitio que este para continuar aprendiendo, al mismo tiempo que transmito mis conocimientos a nuevas generaciones de magos y brujas.
Mcgonagall me observó largamente; yo sabía que mi respuesta había sido sublime y mantuve la compostura. En todos estos años había conseguido dominar mi expresión facial, apartando los sentimientos a un lado cuando no quería que los demás los percibiesen. Aun así sabía que la profesora no me creía, pero para mi alivio, por esta vez lo dejó pasar y continuó examinando los papeles.
– En la solicitud no especifica la especialidad que desea impartir – murmuró extrañada – ¿No quiere enseñar nada en concreto?
"Pociones". Afortunadamente, mis nervios estaban controlados y esa palabra solo resonó en mi cabeza, sin salir al exterior. No sé cómo, logré componer una sonrisa.
– La verdad es que me da igual profesora. Bueno, preferiría dejar a un lado la Adivinación; no congenio con esa rama de la Magia en particular…
Para mi sorpresa la profesora me devolvió la sonrisa – aunque la suya mucho más comedida – mientras recogía los papeles y los ordenaba antes de guardarlos en una pulcra carpetita.
– Tranquila Granger. La profesora Trelawney continúa en su puesto y me atrevería a decir que permanecerá en él durante muchos años.
– Me alegro – y era la primera frase sincera que pronunciaba desde que había entrado en el despacho. Noté como el aire se hacía menos denso, algo que también percibió Mcgonagall, que pareció relajarse un poco. Con un gesto afable se levantó y me tendió la mano tras el amplio escritorio color caoba. Yo se la estreché con convicción y firmeza – Profesora, ¿podría...?
– Corretee por Hogwarts todo lo que quiera Granger – dijo ella leyéndome el pensamiento. Me devolvió el apretón y luego me dejó marchar – Le comunicaremos los detalles del acuerdo antes de que comience el nuevo curso. Mientras, regrese a casa y descanse, lo va a necesitar.
Asentí fervientemente y me di la vuelta dispuesta a marcharme, aprovechando de paso para echar una hojeada al antiguo despacho de Dumbledore. Aparentemente todo seguía igual, los cuadros en la pared, el sombrero seleccionador, la jaula del Fenix, aunque sin Fawkes dentro… aun así todo parecía más ordenado y, no se dejaba de notar que muchos de los artefactos que antes abarrotaban la estancia habían desaparecido, posiblemente para ser guardados en un lugar seguro, al resguardo de miradas codiciosas.
Antes de que pudiera desaparecer tras la puerta la profesora Mcgonagall me hizo una última pregunta.
– ¿Qué tal están Potter y Weasley? Hace tiempo que no tengo noticias de ellos
Noté como un pequeño pinchazo me recorría el cuerpo. Cerré los ojos y aspiré profundamente, con gran esfuerzo me di la vuelta intentando ser totalmente inexpresiva. Sentí como no lo conseguía del todo.
– Esto… muy bien profesora. Harry continúa su trabajo como Auror en el Ministerio y se comenta que pronto lo ascenderán a Jefe de Departamento. A lo mejor se va a vivir con Ginny Weasley en breves. A Ron tampoco le va nada mal, ha empezado a trabajar con su hermano George en Sortilegios Weasley, y parece ser que el negocio marcha realmente bien.
Mcgonagall asintió con la cabeza y esbozando una mirada entre orgullosa y nostálgica, me despidió con un gesto. Salí de allí gustosamente, caminando lentamente, con calma, conteniéndome hasta alcanzar la escalera de piedra, que bajé de dos en dos, alejándome de aquella adusta gárgola lo más deprisa que mis piernas me permitieron. Solo cuando consideré que me había alejado lo suficiente me detuve para tomar aire y dejar escapar un enorme suspiro.
Era una mentirosa.
No hablaba con Harry y Ron desde hacía meses, de hecho, la última vez que los había visto había sido en la madriguera, por Navidad, y solo porque Ron amenazó con enviar a Luna a buscarme a mi austero edificio muggle vestida de árbol de navidad decorado con Nargles. A pesar de que los lazos que nos unían aún seguían siendo igual de fuertes, cada vez que los veía recordaba el profundo abismo que se abría entre nosotros tres. Mientras ellos avanzaban cada vez más, yo seguía estancada en el mismo sitio que hacía cinco años.
Tampoco lo motivos que me llevaban a regresar a Hogwarts eran los que había expresado, nada más lejos de la realidad. Las verdaderas razones eran tan enfermizas que si se las hubiera contado a Mcgonagall me habría encerrado en San Mungo sin dudarlo, por desquiciada.
Y no era para menos. Lo había intentado todo, pero finalmente allí estaba. Al finalizar la guerra había ido a por mis padres y había puesto tierra de por medio entre el mundo mágico y yo. Me aislé de todos en el piso muggle más alejado que encontré; pero pronto descubrí que no era nada sin mi magia y, presionada por los continuos acosos de Harry y Ron y la preocupación de mis padres, regresé, acabando como redactora de una respetable, pero casi desconocida, revista de investigación del mundo mágico. Entonces me refugié en mi trabajo y evité todo lo que pude el trato con la gente y, aunque mis amigos no querían darme por imposible y planearon para mí un par de citas, estas resultaron ser desoladoras.
Nada funcionaba, el dolor no remitía ni un ápice, y de hecho, ni tan siquiera conseguía apartarlo, o arrinconarlo. Era como si se hubiera grabado en mí como una marca de fuego, condenándome para siempre al sufrimiento. No hablaba con nadie, solo salía de casa para lo imprescindible y hacía años que no dormía con regularidad, excepto cuando alguna potente poción – nada recomendable – alejaba de mí las terribles pesadillas que me asolaban desde aquel fatídico día.
Ni Harry, ni Ron, ni mis padres, podían hacer ya nada por mí, así que había decidido aplicar conmigo misma una especie de terapia de choque, un tratamiento de shock que yo misma había ideado y que consistía en regresar a Hogwarts y obligarme a revivirlo todo, una y otra vez. Lo que aparentemente parecía una tortura era para mí la esperanza de aceptar mi dolor y conseguir vivir con él a cuestas.
Al menos tenía que intentarlo.
Me di cuenta de que mis pasos me habían guiado inconscientemente hacia el vestíbulo, muy cerca de la puerta que llevaba a las mazmorras. Se me hizo un nudo en la garganta y decidí posponer esa visita para más adelante ya que todavía no me sentía preparada para aquel desafío. Eché un vistazo a mi alrededor con curiosidad.
Me sorprendió descubrir que todo estaba absolutamente igual que antes de la batalla. Los relojes estaban en su sitio, con sus esmeraldas de vividos colores emitiendo destellos vibrantes; los cuadros, las armaduras y las escaleras también estaban intactos, y las paredes no tenían ni un solo rasguño que atestiguara la masacre que allí dentro se produjo. La última vez que había visto el colegio, este estaba literalmente destruido, ahora, después de cinco años, se alzaba orgulloso, lanzando un mudo desafío a cualquier mago o bruja que se atreviese a levantar la varita de nuevo contra él.
No pude evitar un pinchazo de orgullo que poco a poco fue creciendo dentro de mí. Si, ese día pasaron cosas horribles, tan horribles que me acompañarían el resto de mi vida. Pero también habíamos logrado algo importante y, lo que es más, habíamos demostrado a todos aquellos que no habían creído en nosotros lo que eran capaces de hacer un grupo de magos y brujas con buenos propósitos y firmes convicciones.
Respiré profundo, obligándome a mí misma a asentar ese sentimiento dentro de mí. Había venido aquí en busca de los malos recuerdos, pero también de los buenos, y sabía que de esos había muchos. Esbocé una tímida sonrisa, habían sido seis años de correrías por Hogwarts, saltándose las normas, poniéndonos en peligro, disfrutando, riendo… amando…
Con un caminar pausado, atravesé la gran puerta que llevaba a los jardines y al instante se me vino a la mente una yo de 17 años ruborizada hasta la punta de las orejas, cogiendo con mano temblorosa la carta que le tendía un austero profesor, que la miraba con una expresión indescifrable. Sonreí para mis adentros, cuando le había visto por primera vez después de aquel beso tras la fiesta de Slughorn ni siquiera alcanzaba a imaginar todo lo que iba a suceder entre nosotros.
Salí al exterior y suspiré con nostalgia. En ese patio, Harry había volado por primera vez en su Nimbus 2000, allí, el falso Ojoloco había convertido a Draco Malfoy en un gracioso hurón. Se me escapó una suave carcajada, que liberó algo de tensión de mi cuerpo, relajando mis músculos. Paseé sobre la fresca hierba y dejé que la brisa limpia de Hogwarts-que tanto había echado de menos- me acariciara la cara. A lo lejos, vislumbré el humo de la cabaña de Hagrid, decidí visitarla después para, al amparo del calor de la lumbre y reconfortada por un té y unas galletas duras como piedras, tener una larga conversación con el viejo guardabosques.
Continué avanzando y al cabo de un rato, la espesa arboleda que cubría el Bosque Prohibido estaba a pocos pasos de mí, mostrándose en todo su esplendor. Si miraba a mi derecha, aún podía distinguir a la perfección el altísimo árbol a donde me había encaramado para coger aquel preciado huevo de Graphorn; si miraba a mi izquierda podía imaginar el tortuoso camino que conducía a Hogsmeade, donde un pequeño bosque había sido testigo de una peculiar discusión y un aún más extraño beso que resultó ser mucho más confuso que el anterior.
Ya dentro del Bosque Prohibido no pude evitar pensar que ese bosque había sido de todo menos prohibido para nosotros, de hecho nos habíamos jugado en él cosas peores que la expulsión en algunas ocasiones. Sonreí de nuevo algo avergonzada, gracias a Circe que mi orden de prioridades había cambiado desde aquel lejano primer curso.
Una especie de grito extraño y lejano me arrancó de mi ensimismamiento. No había sido humano. Alcé la cabeza, intentando entrever entre las copas de los árboles de dónde provenía aquel chillido venido del cielo. Un breve destello color escarlata y dorado parpadeó entre las verdosas ramas antes de desvanecerse en el aire, tan rápido como había venido. Me pregunté si Hagrid habría adoptado a alguna "adorable" criaturita de las suyas en estos cinco años, y pensé- sonriendo para mis adentros- que eso era algo muy probable.
Entonces miré hacia al frente y me paré en seco, conteniendo la respiración. Delante de mí, alto y tieso, envuelto en aquella característica quietud perturbadora estaba el sauce boxeador. Inmediatamente, gritos de esos que desgarran el alma hicieron que me tapase los oídos y cerrase los ojos. Intenté calmarme con todas mis fuerzas, respirando profundamente, ya que sabía de sobra que aquellos chillidos solo provenían de mi cabeza, que no eran reales. Se habían atascado ahí la noche en que mi profesor murió delante de mis ojos sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo, y desde entonces, me perseguían sin descanso.
Poco a poco, y con un soberano esfuerzo, logré calmarme, los ejercicios de respiración me ayudaron a controlarme. Abrí los ojos en silencio, y ya mucho más tranquila intenté continuar. La verdad es que todo a mí alrededor estaba tan calmado que si los sucesos ocurridos aquella noche no estuvieran tan vívidos en mi memoria, pensaría que todo aquello solo había sido un mal sueño.
Sacando valor de donde no lo tenía, y respirando profundamente, apreté los puños con fuerza y eché a andar con paso decidido. Me obligué a mi misma porque sabía que aquello era con lo que tendría que lidiar el resto de mi vida, y de ese desafío, no me podía escapar.
Con un gesto mecánico y robótico, inmovilicé el árbol con un hechizo de levitación, tal y como había hecho Ron años antes. Atravesé el agujero y recorrí el estrecho pasillo con pasos que pretendían ser seguros, a pesar de que mis piernas temblaban con fuerza
Cinco años. Cinco años habían pasado desde que él murió.
Lo recuerdo como si fuera ayer, la sangre, los gritos, el dolor, "Mirame", me había dicho, obligándome a presenciar su muerte hasta el final. Tuve que echar mano de toda mi autodisciplina para seguir adelante. Me estaba costando más de los que pensaba y tuve que reconocerme a mí misma que realmente me asustaba lo que podía encontrarme al final de ese pasillo.
– "Parece ser que el cuerpo ha desaparecido Hermione… – Harry apretaba mi mano con fuerza, y Ron, sentado a mi derecha, hacia otro tanto. Yo continué con la vista clavada en el lago, en la misma posición que había adoptado hacia unas horas, tras huir de toda la algarabía y el alboroto que se había producido con la muerte de Voldemort – He hablado con Mcgonagall, y con Kingsley, ahora ellos saben la verdad y se encargarán de que todo el mundo mágico lo sepa…
– Me da igual Harry – por primera vez desde que toda aquella aventura había comenzado, hacía ya más de un año, miré a mis amigos a los ojos y les hablé con sinceridad pues sabía que ya nunca más volveríamos a tocar este tema – Ya me da igual… ¿Sabes? Lo peor de todo es que yo ya lo sabía, pero me permití dudar hasta el último momento y ahora ya es demasiado tarde.
No me eché a llorar, ni siquiera me tembló la voz cuando rocé el tema de su muerte, era como si una fría escarcha se hubiera instalado dentro de mí, aprisionando todos aquellos sentimientos en el fondo. Ron apretó mi mano con más fuerza y su calidez llegó hasta mí de manera casi imperceptible, le miré con agradecimiento.
– Podías… – el pelirrojo no sabía cómo moverse en aquel pantanoso terreno – Podías habérnoslo contado Hermione, sabes que puedes confiar en nosotros…
– Lo sé Ron – le dije esbozando la sonrisa más convincente que pude componer, algo que me costó horrores – ¿pero como os iba a pedir que entendierais algo que ni yo misma comprendía?
Ron asintió y no volvió a hablar, adoptando un gesto pensativo y serio poco usual en él.
– Hermione, en sus recuerdos… veras yo…
– Él estaba enamorado de tu madre – interrumpí a Harry con un deje de cansancio en la voz – Lily. Ya lo sé Harry
– ¡No solo es eso Hermione! Hay mucho más – Harry hablaba con una convicción y una seguridad tan grande que hizo que le mirase, obligándome a salir de mi aletargamiento por un instante – Todo lo que hizo fue por mi madre, pero tú, tú despertaste algo en él… tú le ayudaste a aligerar la pesada carga que le acompañaba desde hacía años. Cuando estaba contigo… verás Hermione, lo he visto, lo he sentido como si fuera él. Cuando estaba contigo volvía a sentir algo parecido a la felicidad.
Esta vez, una solitaria lágrima descendió por mi mejilla, solté las manos de mis dos mejores amigo y rodee mis piernas con ellas, abrazándome. Ahora ya sabía toda la verdad pero ¿a dónde íbamos a llegar con esto? ¿qué importancia tenía ahora el significado de un amor que acababan de destruir?
– Gr- gracias Harry – esta vez mi voz sí que temblaba – Eso es lo que llevo preguntándome más de un año. Aunque ahora que lo sé, no dejo de preguntarme como habría acabado de todas formas. A veces intentamos retener a nuestro lado cosas que no podemos controlar, las abrazamos, las atraemos hacia nosotros una y otra vez. Pero nunca se quedan, no pueden hacerlo. Es triste, pero tenemos que aprender a vivir con ello.
– Hermione…
– Perdona, Harry, necesito estar sola….
.
.
Y no habíamos vuelto a hablar de ello. Solo veladamente, y de pasada, y en cuanto una arruga de dolor aparecía en mi cara y esta perdía el poco color que aún le quedaba, mis amigos cambiaban de tema rápidamente, dirigiéndome a la vez preocupadas miradas de soslayo.
Ensimismada en esos confusos recuerdos, pronto llegué al final del oscuro túnel. Nada había cambiado, la estrecha rendija de madera, la improvisada puerta que daba paso a la habitación… me detuve un momento en el umbral, sin atreverme a entrar. Miré hacia la madera y pude distinguir entre los listones algunas motas color carmín, envejecidas por el paso del tiempo, imperceptibles para ojos que no fueran los míos. Era mi sangre, la que había derramado a través de las heridas que yo misma me había hecho en mi desesperación. Me miré las manos y comprobé que estas aún conservaban el temblor que las había hecho aferrarse a aquellas tablas esa noche.
Entre allí sin más dilación. Cada paso, cada respiración, cada jadeo, resonaba entre las cuatro paredes de manera escalofriante. Lentamente, eché un vistazo a todo lo que me rodeaba, lo primero que mis ojos captaron fue un inmenso círculo del mismo color que las manchas de la madera, pero considerablemente más grande y más oscuro. Tuve que agarrarme a una mesa para no caer. Era su sangre, era el charco de sangre que le rodeaba mientras agonizaba.
Cerré los ojos un instante, intentando que la habitación dejara de girar en mi cabeza. Sabía que iba a ser difícil, pero también sabía que era necesario que pasara por ello. Lo que no sabía exactamente que esperaba encontrar allí, ya que su cuerpo no estaba; le había dado vueltas a ese misterio durante años de una manera casi obsesiva. Y las conclusiones a las que había llegado eran sencillas, aunque no las que yo habría deseado. Una de las soluciones a las que había llegado era que el veneno de la serpiente lo hubiera hecho desaparecer del todo, pensamiento nada agradable pero posible; también cabía la posibilidad de una perspectiva más halagüeña, la que me dejaba dormir por las noches, y era la de la creencia de que mi profesor, siempre precavido, contara con alguna especie de protección que hiciera desaparecer su cuerpo tras su muerte, para que nadie pudiera usarlo para fines escabrosos. Eso me llevaba directamente a la tercera de mis opciones, la que me atormentaba día y noche, la que no me dejaba dormir, y era la perspectiva de que los otros mortifagos, los que habían sobrevivido y a los que Harry aun daba caza incansablemente, se hubieran llevado el cuerpo y, sin duda indignados por la traición de Snape, hubieran dado con él una lección para que el resto de los de su calaña se lo pensasen mejor antes de pasarse al otro bando. En seguida me acudían a la mente imágenes de inferi con los ojos vacíos y cosas peores, que hacían que me despertase en plena noche gritando y con ganas de vomitar.
Aparté el pelo de mi cara y volví a respirar hondo, pues a pesar de la humedad que hacía en la habitación, estaba cubierta de un sudor frio. Continué mirando, sintiendo como la mandíbula me temblaba. Había algo de él en el ambiente y eso me alentó a seguir la búsqueda. Ahora sabía lo que quería, sabía a lo que había venido; deseaba tener algo de él, algo que pudiera enterrar junto con mi dolor para que pudiera reposar tranquilo de una vez.
Caminé con cautela, sin atreverme a tocar nada ante el temor de que todo se fuera a deshacer bajo mi mero contacto. Apenas me atrevía ni a respirar, yo no quería viciar el aire pues había algo en el que me lo traía a la memoria y en parte me reconfortaba. Un idea estúpida me vino a la mente y mi pregunté si mi profesor habría decidido quedarse en forma de fantasma… En seguida la deseché, sintiéndome idiota solo de pensarlo, mi profesor no era ese tipo de personas que se quedan vagando sin rumbo entre un mundo y el siguiente…
Severus…- no sé ni porque lo hice. Probablemente porque me lo pedía cada fibra de mi ser. Supongo que realmente era a lo que había ido allí, a llamarle por su nombre como nunca había hecho cuando estaba con vida. A honrarle como se merecía…a decirle que le quería- Se-severus…- la voz se me quebró, pero yo seguí con mi llamada; esta era apenas un susurro, algo delicado y suave, pronunciado de tal manera que cada silaba que salía de mis labios expresaba todo el amor que aún sentía por él- Severus Snape…
Un ruido, como de algo que se caía al suelo, resonó por toda la habitación, yo me giré bruscamente, sobresaltada. No podía ser….
Un suave aleteo, y un hermoso destello dorado me hicieron abrir la boca con asombro. Fawkes, el precioso fénix de Dumbledore, emergía de la oscuridad de la habitación, y se posaba en el brazo que yo había extendido como movida por un resorte mecánico. Lo miré de hito en hito, entre asombrada y decepcionada, por un momento había pensado que…
Fawkes ladeó la cabeza y me travesó con sus profundos ojos color ceniza, que, aún en la oscuridad, emitían suaves destellos rojizos. Como si me leyera el pensamiento, dio un suave aleteo y emitió una especie de gruñido, casi un ronroneo. Como si me estuviera diciendo que lo sentía mucho. Yo le sonreí.
– Así que eras tú el que me estaba esperando… Que sorpresa. Te dábamos por desaparecido
El fénix ladeo la cabeza otra vez y realmente parecía comprender lo que yo le decía. Sin saber porque, el dolor remitió un poco, y me sentí reconfortada por la presencia de aquel animal de cuento de hadas. Sin ningún miedo, alargué la mano que tenía libre y le acaricié la cabeza, el hermoso pájaro cerró los ojos disfrutando del contacto.
– Me alegro que te guste… – susurré con suavidad. Sus plumas emitían un calor muy agradable – ¿Sabes? Estoy buscando a alguien… tal vez tú puedas decirme donde está….
Fawkes abrió los ojos y de nuevo me traspasó con su profunda mirada. Sentí que me quería decir algo, pero antes de que pudiera volver a preguntar, desplegó las alas y salió volando a través de la puerta. Yo me quedé estática en mi sitio, sin ni siquiera girarme para verle marchar, sintiéndome de nuevo terriblemente desamparada y sola…
–¿Ahora se dedica a conversar con animales, Granger?
Levanté la cabeza casi a cámara lenta, sintiendo fuertes pálpitos en los oídos. Lentamente, la giré hacia la puerta y entrecerré los ojos, intentando escrutar la oscuridad.
Mi boca se abrió pero no emitió ningún sonido. Mis pupilas se dilataron completamente cuando confirmaron lo que llevaba intuyendo desde hacía un buen rato.
Severus Snape, alto y envarado, me observaba desde la puerta con el hermoso fénix apoyado suavemente en su hombro izquierdo, ambos me traspasaban con la misma mirada profunda y oscura.
Si tuviera que describir lo que se me pasó por la mente en ese momento, no sería capaz. Primero pensé que deliraba, luego que había muerto de alguna manera y eso tenía que ser una especie de cielo, volvió a mi cabeza la teoría del fantasma y observé sus pies para ver si flotaba, pero estaba perfectamente pegado a la tierra que nos sostenía. Entonces ya todo me dio igual, por una vez deje de pensar y de elucubrar y con pasos lentos y cautelosos, pues aún no me creía del todo lo que estaba viendo, me acerqué hacia aquella maravillosa visión.
Él me observó, dejándome hacer impasible, sin mediar palabra alguna. Yo, que aún jadeaba de la impresión, me detuve a un palmo de él y lo observé con una fijeza clínica.
Sin duda era él., esa pose altanera, con los brazos tras la espalda emitiendo la misma presencia perturbadora, la misma mirada oscura, que hacia juego con el fénix que le acompañaba. Sin importarme el temblor de mis manos, las extendí hacia él… lenta, muy lentamente… tenía miedo de que si le tocara fuera a desaparecer.
Se posaron en su pecho, y yo solté de golpe todo el aire que había retenido hasta el momento al notar debajo de la ropa un cuerpo sólido y cálido y el latir lento y acompasado de un corazón humano.
– ¿Pro- profesor…? – mi voz seguía temblando, como el resto de mi cuerpo. Él asintió quedamente, respondiendo a mi inacabada pregunta. Yo dejé escapar un sollozo que no me esforcé por controlar. Estaba totalmente desconcertada, la cabeza me daba vueltas y mi respiración se volvía cada vez más agitada. Aún no podía dar crédito. Aquella inexplicable visión alargó la mano y acaricio uno de mis rizados mechones, que ahora me llegaban más allá de los hombros.
– Te ha crecido el pelo – murmuró distraídamente.
– Si…
Nos miramos en silencio durante segundos, yo, totalmente estática y tiesa, notaba como cada vez me costaba más llenar mis pulmones con aire. Apreté la túnica entre mis manos, con ansia. No me podía creer lo que estaba viendo, los pensamientos giraban sin cesar en mi cabeza pero no acertaba a conjugar ninguna frase coherente...
Entonces él, que no dejaba de mirarme fijamente, me estrechó entre sus brazos y me apretó contra su cuerpo. Yo le respondí automáticamente, rodeándole el cuello con mis brazos y pegándome a él todo lo que pude. El fénix emitió un suave chillido y alzó el vuelo, saliendo majestuosamente por la ventana. Pero yo no le vi, yo tenía la cara hundida en el cuello de mi profesor y aspiraba profundamente su aroma, sintiendo que recuperaba la vida con cada inspiración, pensando que me daba igual que solo fuera una visión, que merecía la pena. Sus brazos me rodeaban con fuerza y me apretaban contra él de tal manera que evitaban que me cayera al suelo, ya que mis piernas hacía rato que habían dejado de sostenerme. Él no hablaba, ni decía nada, pero yo podía sentir que sus latidos se habían acelerado considerablemente y sus brazos me estrechaban con tal rudeza que apenas me dejaban respirar, pero me dio igual, me daba la impresión de que no podría volver a respirar si él no me sujetaba.
Tras unos segundos mi profesor me agarró la cara con ambas manos y me separó de él unos centímetros, lo suficiente para mirarnos a los ojos.
– Tú…- alcancé a balbucear débilmente – ¡Eres tú…!
En la habitación solo se oía el ruido de nuestras respiraciones. Entonces vi algo en su rostro que hizo que el corazón me diera un vuelco; en sus ojos, normalmente inexpresivos, yacía una expresión extraña, no supe que era hasta que observe su ceño ligeramente fruncido. Estaba tan ansioso como yo. Dejé escapar un sollozo y le besé. Y a pesar de la ansiedad que me comía por dentro fue un beso suave, cálido, que recorrió cada fibra de mi ser, resucitando mi cuerpo y mi mente como un fuerte chispazo eléctrico; el me lo devolvió y a cada segundo que pasaba yo sentía todo como más real, y era tan grande el sentimiento que me envolvía por dentro que sentía que me mareaba. Nos separamos de nuevo, solo lo justo para hablar. Las lágrimas ya corrían libremente por mi cara, humedeciendo mi rostro.
– ¿Qué…? ¿Cómo…?... ¿Es esto real?
– Esa pregunta es tan estúpida que no pienso ni contes….
Lo besé de nuevo antes de que pudiera acabar de responder. Esta vez tenía miedo, miedo de que se fuera a marchar, de que fuera a desvanecerse como un espejismo.
– Te estaba llamando, te estaba llamando…. – murmuré entre sollozos, me agarró la cara y me la acaricio con los dedos, fríos y cálidos al mismo tiempo. Como mis piernas temblaban sin parar me obligó a sentarme en el suelo y se colocó justo al lado mía, ni un centímetro más lejos de lo necesario, pues me negaba a soltarle – Te he llamado durante cinco años…
– Lo sé…
No entendía absolutamente nada, mi cabeza era un torbellino de imágenes e ideas, pero me daba igual. Lo importante es que estaba ahí, conmigo. Lo miré con intensidad y el me devolvió la mirada prometiéndome en silencio que no se iba a ir a ningún lado ya que yo, aunque no sabía muy bien lo que estaba pasando, solo tenía clara una cosa, que nunca más lo perdería de vista.
– Granger soy de verdad, deja de mirarme como si hubieras visto un fantasma
Yo seguía sin dar crédito. Me apoye sobre mis rodillas y le volví a abrazar aun con miedo de que se fuera a deshacer bajo mis brazos. Todo mi cuerpo seguía temblando con furia.
– ¿Q-qué? Estás de broma. Esto no puede ser cierto
– Lo es – él me apartó suavemente y me obligó a mirarle directamente a los ojos, esos dos pozos sin fondo – Estoy aquí, vivo
– Oh… Dios Mío… – entonces empecé a ser ligeramente consciente de la realidad de lo que estaba pasando. Severus Snape, por el que había llorado día y noche durante cinco años estaba enfrente de mí, hablándome como si nada. Me desplomé sobre él, sin fuerzas para nada más. Me sentía feliz, ligera como una pluma, frágil, ahora era yo la que estaba a punto de desvanecerse – Estás aquí, estás aquí….
El comprendió que no podía apartarme más, por lo menos en esos momentos. Así que con una mano me acarició los cabellos y me habló al oído de una manera que me hizo temblar con más fuerza.
– Te preguntarás que hago aquí
– En realidad profesor – dije con un hilillo de voz, casi ronroneando como un gato – solo me importa que esté aquí, y que esto no sea un maldito sueño.
No le veía la cara pero hubiera jurado que sonreía, o algo parecido. Sus manos juguetearon con uno de mis bucles…
– Cuando te marchaste aún no estaba muerto Granger, solo inconsciente. Aunque no te culpo, hasta yo mismo me había mentalizado para el final…
– Dejó usted de respirar… – dije casi sin fuerzas, emitiendo un sollozo ante el recuerdo de la terrible escena
– Lo sé – murmuró con condescendencia – Pero Fawkes, el fénix, apareció tal y como lo has visto hace un rato. Se posó sobre mí y lloró.
Entonces lo entendí todo y me pregunté para mis adentros como no se me había ocurrido antes.
– Las lágrimas del fénix…
– Curan todos los venenos. ..
Nos quedamos callados durante un buen rato, y aunque aún quedaba mucho por saber, por una vez en mi vida, no me apetecía preguntar. Solo quería seguir así, apoyada en él, en paz, durante el resto de mi existencia. Aun así, una tímida pregunta que llevaba acosándome durante un buen rato se escapó de mis labios
– ¿Por qué… por qué no vino antes? He pasado por muchas cosas….
– Lo sé, Granger – y el tono de su voz se ensombreció un poco – Pero la recuperación fue muy lenta y dolorosa. Además, me consta que mi verdadera afiliación no ha sentado muy bien entre los mortífagos que aún quedan por ahí. No quería ponerte en peligro.
– Ya quedan pocos profesor – murmuré casi sin fuerzas, imaginar que Snape aún corría algún peligro, que alguien le podía hacer algo ahora que lo acababa de recuperar me cortaba la respiración, me agarré fuertemente a él, todavía sin creérmelo – Harry hace bien su…
– Ya me he enterado – me cortó el con un gruñido – parece que Potter también ha estado hablando de mí más de lo necesario.
– Le marcó profundamente enterarse de la verdad, se siente muy agradecido con usted…
– Lo que me faltaba, el día menos pensado me encuentro a uno de sus bastardos con mi nombre
Yo me incorporé dejando escapar una carcajada.
– No creo que llegue a esos extremos
Mi risa resonó por toda la estancia, refrescando el ambiente, alejando las dudas, disipando el temor. Entonces me permití sonreír, sonreír y reír con todas mis fuerzas. Como no lo había hecho en años. Mi profesor no me siguió, pero me miraba fijamente, y noté como sus ojos ya no estaban tan oscuros, observé como las sombras de la cara se disipaban y su cuerpo se relajaba.
– Severus Snape – dije llamándole directamente por su nombre por primera vez en mi vida – Eres el hombre más retorcido del mundo, mira que presentarte así… por poco acabo muerta yo…
– Granger, esas confianzas… – reprendió él con severidad, pero yo pude notar como una chispa divertida atravesaba sus negros ojos.
– ¿Confianzas? Ahora yo también soy profesora de Hogwarts, ¿no te lo han comentado? – ahora me sentía pletórica, empezaba a ser plenamente consciente de que estaba hablando con él de nuevo, de que le podía tocar, acariciar, de que no era un sueño. Notaba mi voz algo acelerada y sentía que no decía más que tonterías, pero no lo podía evitar.
– Me imaginé que venías a eso. Fawkes me avisó de que estabas aquí
– ¿Él ahora es suyo?- pregunté sorprendida
– No, por supuesto que no. Ese bicho solo conoce un dueño. Dumbledore
Yo me quedé mirándole, pensativa. Me acerqué de nuevo a él. Sentándome a su lado y recostando mi cabeza sobre su hombro. Intentaba vislumbrar nuestro futuro, pero realmente era algo que no me importaba ahora. Sentir su respiración sobre mi cabello me parecía la cosa más maravillosa del mundo, y pensaba que solo con eso podía vivir tranquila el resto de mi vida.
– Vaya, entonces debe ser cierto que Hogwarts ayuda a todo el que se lo merece.
– Eso parece…
Yo suspire, feliz, totalmente feliz. Como si el tiempo no hubiera pasado, estábamos juntos otra vez; era como si se pudiera borrar todo el sufrimiento de golpe y rescribir de nuevo nuestra historia. Sentí que la vida me hacía un regalo totalmente inesperado y di gracias internamente por ello.
– Algo bueno podemos sacar de todo esto. Tu eres más viejo y yo también, seguro que ahora lo hacemos mucho mejor… – Snape emitió una especie de sonido sarcástico, y me pasó un brazo por la espalda, estrechándome contra él.
– Eres imposible, Granger…
Si, lo soy. Soy testaruda y pesada. Soy una sabelotodo insufrible que todo lo tiene que saber. Histérica e insoportable. Y él era mi profesor, que aún me dobla la edad, absolutamente despreciable y arisco. Intolerable y un desastre con los sentimientos humanos. Pero tras cinco años de insoportable dolor, me había demostrado a mí misma, y al resto del mundo, que aquello no era imposible, había demostrado que, de hecho, era algo que tenía que suceder.
El canto del fenix entró por la ventana y, al contrario que la última vez que lo había escuchado, en esta ocasión me llenó de fuerza y esperanza. Cerré los ojos y me dejé llevar por el calor que subía desde mi corazón, que comenzaba a latir de nuevo con fuerza. Sentía que la vida me despertaba, levantándome de la cama y obligándome a caminar con ella.
Pero ahora ya no tendría que hacerlo sola…
.
.
Fin.
Bueno chicas, ahora si que si, hasta aquí hemos llegado. ¿Por donde empiezo? Bueno antes de nada, lo siento por las tardanzas y toda la tensión acumulada, espero que, para las que hayáis llegado hasta aquí, todo eso haya valido la pena.
Me pareció que os debía un final de órdago, por ello intenté dejar las dudas hasta el final, aun así, quiero aclarar que todo el fic estaba planeado así desde el principio, no fue cosa de improvisación.
Espero impaciente todas vuestras opiniones, ¡Dadle caña al botoncito verde!
Me despido hasta la próxima
v
v
v
*Princesselve*
PD: Especialmente dedicado a Dinha Prince por su preocupación durante todo este año. Lo siento por haberte hecho sufrir y no contestar a tus privados, quería darte esta sorpresa ^^
