3066

Apenas llegue a esas tierras áridas, me sentí abrumado con esa visión que me ofrecía, la ciudad era poco menos que un pueblo fantasma, solo arena ensangrentada, casas en ruinas, no había nada; solo destrucción y muerte, miré con extrañeza la ciudad, la llamada Ishbal, mientras a mi lado, Alex Armstrong, el Alquimista del Brazo fuerte, en su voz ronca, formuló la pregunta que yo no me atreví:

-¿Por qué estamos aquí?

Ninguno de los 5 Alquimistas Nacionales a su lado, nos molestamos en contestar, la verdad, era porque no sabíamos el porqué:

¿Qué estábamos haciendo ahí?

¿Por qué el mismo Bradley, había llamado a los alquimistas bajo la orden 3066, La Aniquilación total, si ahí no había nada valor?

¿Entonces por qué se nos enviaba a la elite del ejército... a los Alquimistas Nacionales, a combatir una simple revolución de civiles?

Las preguntas revoloteaban en mi cabeza una y otra vez, al pasar entre las yermas tierras de los Ishbal, en aquel entonces desconocía de la existencia de las piedras filosofales y mucho menos los siniestros ingredientes para su elaboración, era demasiado ingenuo.

Se nos presentó a nuestro batallón, el primer día, tal ve soldados habrían de representar cada Alquimista Nacional, apenas preste atención a los nombres de mis subordinados:

Fabio, Charlie, Richard, Alberto, Denno, Alessandro.

Con una actitud arrogante, me ajusté los guantes sin dirigirles siquiera una palabra y esperé los mandatos de mis superiores.

Las órdenes no podían ser más simples:

Aniquilación total de Ishbal.

Éramos libres de matar a voluntad y una vez quebrantada esa ley, lo demás no importaba; lo peor de las personas...

-No...

Lo peor de los militares salió a flote, asesinaban a voluntad, hombres, mujeres o niños, sin distinción, violaban a cuanta mujer quisieran, no había nadie que detuviera esa masacre, porque los oriundos Ishabalitas, no eran dignos de tener compasión.

-Esto es el ejercito – Lo decían como si esas cuatro palabras, aclarara el porqué de esa matanza sin sentido; muchos no quisieron aceptarlo tal como el Teniente Coronel Armstrong, que dejó la batalla para volver a casa, no le importo ser degradado a Mayor, tal vez, debí haberlo seguido.

El Mayor Armstrong regresó a su tierra, con la deshonra sobre sus hombros, yo en cambio regresé cargando el honroso titulo de Héroe de Ishbal.

Aún recuerdo mi primer asesinato, porque ni las medallas ni los reconocimientos podrán ocultar lo que realmente fuimos; asesinos, héroes de guerra, manchados con la sangre de inocentes entre nuestras manos.

Teníamos órdenes de acabar con todos los habitantes de esa zona, habían sido catalogados como traidores, los militares nos esparcimos como perros hambrientos cazando a su presa; los gritos de horror, los sonidos de las balas y el inconfundible olor a sangre, llenaron rápidamente el ambiente.

-¡Divídanse! - Nos ordenaron, mientras entrabamos en las pobres casuchas de los habitantes.

El distrito estaba desierto, o así parecía, me adelanté como siempre hacía, no me interesaba que cuidaran mi espalda o cuidar a nadie más que no fuera yo, era la guerra y estaba solo en ella; entré a una casa desvencijada, fingiendo una seguridad que no tenía, escuchando al instante el chasquido de un arma a pocos centímetros de mi cabeza.

-Mierda –mascullé, levantando mis manos cual señal de rendición.

-Perro del ejército –gritó un moreno de ojos escarlatas a mi espalda, mentiría si no dijera que temí por mi vida. – ¡De rodillas!

-Estoy desarmado –Contesté sin mover un músculo.

-¿Acaso quieres que te meta una bala en la cabeza? –La voz le tembló y caminó delante de mí, era obvio que no tenía preparación militar sin embargo, no dejó de apuntarme ni un segundo.

Cuando le vi de frente, no pude si no sorprenderme, era un chico de no más de 13 años...

Tendría mi edad cuando decidí aprender la alquimia con el maestro Hawkeye.

La de Riza cuando le robe su primer beso.

Sentí la garganta seca, las manos le temblaban y en sus ojos estaba reflejado el más puro temor.

-Si hubieras querido matarme –Aclaré mi garganta. - ya lo habrías hecho.

Y él con sus dedos temblorosos, me apuntó hacia el centro de mi cabeza.

Sentí unas ganas inmensas de correr, pero no por el miedo de ser o no asesinado, si no de alejarme de esa horrible guerra sin sentido, por primera vez comprendí la actitud reacia del maestro Hawkeye a unirme al ejercito.

Los ojos del pequeño Ishbal, se llenaron de lágrimas.

-Lo siento –susurró mientras jalaba el gatillo, era joven, era débil, sin experiencia, un mero niño.

Yo era un adulto, un genio, un estratega, el mejor de mi clase, un alquimista nacional, un mero asesino, un chasquido de mis dedos y el niño cayó al suelo convertido en una masa de carne carbonizada.

Había matado a una persona, había matado a un niño.

Me dejé caer sobre el suelo de tierra apeñuscada y hundí las manos en mi cabeza mientras el olor de carne humana, se metía por mi nariz e impregnaba cada rincón de mí ser, sentí deseos de vomitar, tal vez lo hice, ni siquiera puedo recordarlo.

No supe cuanto tiempo estuve ahí, atormentándome con la culpa, mirando el cadáver a pocos metros míos.

-Roy –sentí una palmada sobre mi hombro y el contacto humano me estremeció.

-¡Roy! –repitió la voz con fuerza, obligándome a verle, de pie y a mi lado, estaba Maes Hughes.

-¿Hughes? –Llamé entre sorprendido y extrañado, igual que yo, él había sido llamado al frente, pero él ni siquiera estaba en mi batallón, si mal no recordaba él estaba con:

-El viejo Grand dijo que no aparecías –explicó a mi pregunta no formulada - temí encontrarte muerto.

Miré a Hughes y luego el luego el cuerpo inconforme, del niño Ishbal frente a nosotros.

-Era un niño, Hughes. –Dije mientras agachaba la cabeza. Hughes miró el cuerpo, y luego a mí.

-Era un Ishbal –contestó sin mala intención, palmeó mi hombro -son nuestras ordenes.

-¿Matar civiles? –Gruñí con un nudo en la garganta - ¡¿Matar niños?!

Y lo miré desesperado, Hughes, me devolvió la mirada apesadumbrado, en aquel entonces, yo empezaba a adquirir esos ojos de asesino que me confirieron mi meses en Ishbal, Hughes, todavía no los tenía, pero no tardaría mucho en cambiar.

-Sé que en este momento parece no tener mucho sentido, pero algún día lo tendrá.

Y se sentó a mi lado, hombro con hombro, como en los viejos tiempos en la Academia Militar, cuando nuestra única preocupación quien ganaría el platillo del día y yo me quedé ahí, a su lado, rodeados del silencio absoluto seguida de una sangrienta batalla.

-¿En qué momento?

-No lo sé.

-Es demasiado – Mascullé para mí mismo, y hundí mi cabeza entre mis manos. Escuché un pesado suspiro a mi lado. E intentando poner un poco de jovialidad a su voz, sin éxito, dijo:

-¿Sabes? –Rió sin ganas - Gracia hornea un delicioso pastel de manzana, cuando volvamos a casa, te invitaré a que lo pruebes.

-¿Qué? –Pregunté aún en mi precaria posición, le miré de reojo.

-Elías –Y no me veía ya más a mí, sus ojos estaban puestos en un punto lejano - nuestro primer hijo se llamara: Elías.

-Hughes –Le miré como si hubiera perdido la razón, tal vez así fuera - ¿de qué demonios estás hablando?

Y él soltó una risita forzada.

-Eso me anima –Y sonrió hacia mi sinceramente - todos los días, todas las mañanas, pienso en lo que me gusta –Se encogió en hombros como si fuera lo más evidente del mundo – y veo si vale la pena luchar por ello.

Y yo lo vi con el ceño fruncido...

¡Maldita sea... Hughes era un soñador!

-¿Y si no vale la pena? –Pregunté cansado, mirándolo, esperando una respuesta, entonces él haciendo con sus dedos hizo una forma en alusión a una pistola, y la llevó a su sien.

-Entonces me pegare un tiro.

Le miré con los ojos bien abiertos, realmente lo haría... una vaga sonrisa apareció de entre mis labios.

-¿Lo vale, Hughes?

Y él sonrió de lado.

-Sí, realmente lo vale... –Y lanzando un profundo suspiro se volvió hacia mi -ahora, tenemos que seguir. –Y ágilmente se levantó del suelo polvoroso de esa casa, y él ofreciéndome la mano, me ayudó a hacer lo mismo.

Volví hacia atrás, a ver por última vez el cuerpo del joven, no me fue posible, Hughes con su propio cuerpo tapaba la visión a mi espalda, pasó un brazo sobre mis hombros como gesto afectuoso, me ayudó a apresurar mis pasos, Maes Hughes, era el mejor amigo que podría haber tenido jamás.

Salimos de la vivienda Ishbal, y apenas unos pasos más lejos más, chasqué mis dedos, lancé una llama contra ella, la casucha, no tardo en arder.

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Gracias a la guerra uno no sólo puede morir por sus ideales, sino que incluso puede morir por los ideales de otro.
Jaume Perich

Gracias por leer.

María de las Mareas