"No es la muerte, sino la incertidumbre de la muerte
los que nos resulta intolerable..."
Javier Cercas
Capítulo 11
Incertidumbre
Aioros lloraba en silencio contemplando a lo lejos el horizonte. En esa época del año las luces del norte matizaban bellamente las nubes del cielo invernal. Sentía un enorme peso sobre sus hombros, se negaba rotundamente a abandonar ese lugar, esa vida libre de tragedias y muerte; pero sobre todo, se negaba a abandonar a aquellas personas que lo habían acogido a él y a su pequeño hermano como un miembro más de su familia. Los extrañaría demasiado. Sobre todo a Helena, con quien había llegado a tener una amistad a un nivel de complicidad extraordinario.
Conforme iba cayendo la noche comenzaba a hacer más frío pero no quería moverse de la roca sobre la que se encontraba, únicamente abrazó más fuerte sus rodillas contra su pecho, dejando caer unos cuantos risos despeinados sobre su frente; como si con esta acción pudiera aminorar el frío que sentía en su interior. El sonido de unas pisadas lo sacaron de su ensimismamiento; únicamente atinó a alzar un poco el rostro, encontrándose con la mirada castaña de su tío, la cuál no pudo descifrar.
–Aquí estabas… Tu hermano tenía razón, él me dijo que te encontraríamos aquí. –le dijo al tiempo que bajaba al pequeño de las alturas de sus hombros hasta el suelo. Aioros sin darle importancia a sus palabras, únicamente volvió a clavar su mirada en el horizonte sin contestarle.
–Es una hermosa vista, a tu madre también le gustaba contemplar el cielo cuando algo le preocupaba. –se acercó sentándose sobre otra roca a un lado del castaño mientras Aioria jugaba con la nieve.
–No estoy preocupado. –se defendió hablando por fin.
–Claro que lo estas, y también tienes miedo… –el castaño, molesto por sus palabras, intentó refutarle pero Aquiles no lo dejó– ¿Pero sabes…? No tiene nada de malo tener miedo, al contrario, el miedo te hace planear y prever mejor las cosas. Prepararte y anticiparte para cuando se presente una situación difícil.
–Yo… –ya no supo que contestar.
–Sé que te sientes agobiado con tantas responsabilidades que se te vienen encima y…
–¡Tú no sabes cómo me siento! –alzó la voz molesto.
–Tal vez no… Tal vez tengas razón, y a final de cuentas, yo no soy nadie. Sólo soy un soldado más a tu servicio… –sus palabras hicieron sentir mal a Aioros– pero sé lo que es sufrir por un ser querido y no estar ahí para defenderlo y evitar que se cometa una injusticia. Príncipe Aioros, –le incomodaba que su tío le llamara así, no se sentía digno de aquél honor– el que tiene la responsabilidad y el derecho a la corona eres tú, pero… yo soy tu tío, y como tal debo encaminarte por el sendero que a tu padre le hubiera gustado que siguieras.
Los ojos de Aioros se humedecieron con las palabras de Aquiles. Y en ese momento se percató de un detalle, pensó que fácilmente su tío podía haber huido a cualquier otra parte y desentenderse de la responsabilidad de él y de su pequeño hermano. Pero estaba ahí, los había buscado incansablemente por años enteros, hasta encontrarlos. Sólo para cumplir la voluntad de su querido padre. De repente los recuerdos se agolparon en su memoria, recuerdos donde su padre le hablaba de un futuro mejor para Quirón y su pueblo. Dónde le hablaba de lo orgulloso que estaría de él cuando ocupara su lugar en el trono.
Aioros respiró profundamente, se puso de pie limpiando toscamente las lágrimas ya escarchadas de su rostro.
–Tienes razón tío. No solo es mi deber y la voluntad de mi padre. Sino que si me quedo aquí, muchas personas sufrirán por mi causa, todos ellos merecen vivir una vida feliz y en paz. –dijo con decisión en sus palabras.
Aquiles sonrió, y pudo reconocer al difunto Crono en la silueta erguida y decidida de su sobrino.
–Sabía que cambiarías de opinión. Y recuerda siempre que tu lucha no es sólo personal, detrás de nuestras batallas se encuentran los intereses de todo el pueblo de Quirón, cientos de personas que han muero, y personas que viven esperando por un milagro… Ya verás que lo lograremos. –el niño sólo asintió con la cabeza mirando a su tío a los ojos. En ese justo momento pudo distinguir una columna de humo que se erguía a lo lejos.
–¿Qué es eso? Es… –Aquiles volteó en aquella dirección.
–Es… una columna de humo. ¡Y viene de la cabaña! Corre Aioros, no creo que provenga de una simple chimenea. Ellos pueden estar en peligro.
Aquiles tomó en sus brazos a Aioria y junto con Aioros emprendieron el camino de regreso lo más rápido que pudieron.
Conforme se iban acercando descubrieron con terror la pequeña cabaña envuelta en llamas. Al llegar Aioros intentó correr al interior para auxiliar a la que ahora consideraba como su familia. Pero Aquiles se lo impidió sujetándolo de la camisa.
–¡Suéltame Aquiles, tengo que ir a ayudarlos! –le gritó con lágrimas en los ojos.
–Escúchame Aioros, es peligroso. –le dijo con voz firme.– No debes entrar. Yo lo haré, tu quédate con tu hermano y cuida de él.
–Pero… –Aquiles le entregó al pequeño en sus brazos, y al castaño no le quedó más remedio que obedecer. –Está bien, ten cuidado tío.
–Lo tendré. –Aquiles corrió, pero antes de entrar, tomó un cubo de agua de la pileta semi congelada y lo vació sobre su cabeza empapándose por completo. Al acercarse a la entrada comprobó lo que temía. El calor del fuego había hinchado ya el metal de la puerta, y al no poder usar tampoco la cerradura, Aquiles tardó unos desesperantes segundos en echar abajo la puerta.
Tosió, el humo estaba denso y no le permitía ver casi nada.
–¡Helena! ¡Amalia! –gritó. Nadie le contestó y eso lo preocupó demasiado. Entró esquivando el fuego y maderos que caían del techo.
Afuera, Aioros en su desesperación, abría los corrales adjuntos a la cabaña y dejaba salir a cuanto animal estuviera en peligro, a esas alturas ya era imposible controlar el fuego, si no los liberaba, morirían calcinados.
En el interior Aquiles pudo distinguir a alguien en el suelo, rápidamente se acercó y con terror comprobó que se trataba de Demetrius, tenía la garganta cortada y su cuerpo yacía sobre un enorme charco de sangre.
–¡Dioses! Esto no está bien… ¿Qué sucedió aquí? –escuchó un leve quejido que pronto lo hizo mirar en esa dirección. A un par de metros pudo distinguir entre el humo a Amalia atada a una silla, con el rostro lleno de sangre. La mujer comenzó a toser.
–¡Amalia! –Aquiles fue hacia ella y desató las cuerdas que la mantenían aprisionada.
–¡Amalia! ¡¿Dónde está Helena?! –Amalia no reaccionaba.– ¡Amalia contesta! –la madera crujía y el calor iba en aumento.
–Aquiles decidió salir de ahí. Era cuestión de minutos para que el techo colapsara por completo.
Al salir, Aioros lo esperaba afuera ansioso, abrazando fuertemente a su hermano contemplando con terror como crecían la llamas.
–¿Y Helena? ¿Y Demetrius? –preguntó sin ocultar su desesperación.
–Demetrius está muerto. –dijo con pesar, colocando suavemente a Amalia en el suelo. –A Helena no la pude encontrar.
–¡¿Qué?! ¡Tenemos que encontrarla! ¡Debe de estar adentro! ¡Déjame entrar a buscarla!
–¡No! ¡Espera Aioros! ¡El techo está apunto de caer!... Te juro que la busqué y no la encontré. Debió de haber escapado….
–Pero… si escapó del fuego, debería de estar por aquí cerca… y no está. Ella sigue adentro. ¡Si no hacemos algo morirá!
–¡No entres Aioros! –demandó el mayor.
Aioros, ignorando por completo a su tío, intentó adentrarse en la cabaña con toda la intensión de encontrar a la niña. Pero a pocos metros de llegar a la entrada, el techo se desplomó incrementando el calor, las llamas y el humo.
El niño retrocedió sobre sus pasos dejándose caer de rodillas, contemplando como el fuego devoraba todo, con los ojos irritados por el humo y las lágrimas que no dejaban de correr, impotente ante aquél espectáculo dantesco. Se le hacía increíble que hasta hace unos minutos estaba compartiendo una merienda con ella. No lo comprendía. ¿Qué había pasado? Se preguntó y deseó no haber salido de aquella forma de la cabaña, se reprochó a si mismo su comportamiento, sintiéndose culpable de no haber estado ahí para evitarlo.
–No… –lloró.– ¡Helenaa! –gritó con todas sus fuerzas, como esperando ser escuchado por ella misma o por los dioses.
Una ráfaga de viento helado sólo atizó aún más las llamas.
–Lo siento Aioros, te juro que busqué por todas partes, y no la encontré. Estoy seguro que aún sigue con vida. Confía en mi, tengo una corazonada. –le dijo colocando su mano sobre el hombro del pequeño. –Esperemos a que Amalia recobre el conocimiento, lo más probable es que ella sepa decirnos que sucedió.
–¡Es mi culpa! Si no hubiera salido huyendo de esa forma cuando me dijiste que partiríamos, nada de esto hubiera pasado. –lo miró angustiado.
–Claro que no, Aioros. No ha sido tu culpa.
–¡Sí lo es…! ¿Por qué siempre las personas a las que quiero tienen que morir? ¡¿Por qué?!
–Aioros, escúchame… –Aquiles cambió su tono de voz a uno más serio. –El fuego no fue accidental, alguien lo inició. Mira las marcas en la nieve. Observa como se alejan hacia el sendero.
La nieve estaba revuelta con la tierra, lentamente Aioros se acercó y pudo comprobar lo que Aquiles le decía. Las marcas de más de una decena de caballos habían dejado su rastro a su paso.
–Pero… ¿Por qué? –el niño limpió su mirada con ambas manos, no comprendía.
–Ares… Lo más probable es que te estuvieran buscando. Por eso mataron a Demetrius, cuando entré comprobé que había sido asesinado antes de que se iniciara el fuego y estoy seguro que pretendían hacer lo mismo con Amalia. –sus palabras entristecieron aún más a Aioros, aunque se sintió un poco más tranquilo de saber que ella aún seguía con vida.– Lo que no entiendo es… ¿por qué se llevaron a Helena…? Si pretendían hacer hablar a Amalia, no lo sé… todo esto es muy extraño.
–¿La matarán verdad? –no pudo ocultar el dolor en su voz.
–Eso no te lo puedo asegurar, necesito saber por qué razón se la llevaron… –Aquiles suspiró– Bueno, ya es muy tarde, y Aioria tiene frío. Es tarde para rescatar algo del fuego. Lo mejor será que busquemos refugio por esta noche.
–El establo de Perla quedó intacto, ahí quedaron algunos animales. –se secó los ojos con la manga de su camisa.
–Es buena idea. Iré por un poco de agua de la pileta para lavarnos el tizne de la cara.
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Dentro del establo, Aioros acomodó paja y heno para improvisar una cama y así pasar un poco menos de frío. Aioria lo secundaba llevando pequeños puños de paja y arrojándolos donde su hermano.
Minutos más tarde Aquiles entró con Amalia aún inconsciente y la colocó sobre uno de los montículos de paja. Inmediatamente Aioria se acurrucó junto a ella y la abrazó. Para segundos más tarde quedarse profundamente dormido.
–¿Estará bien?
–Sí, sólo es todo el humo que inhaló, junto con el golpe en el rostro que le dieron. La lastimaron bastante, pero estará bien. Pobrecilla, ella ha hecho tanto por ustedes dos, y ahora se ha quedado sin su padre y sin su hija. –Aquiles tomó un pañuelo para humedecerlo en el agua y comenzó a limpiarle con cuidado el rostro tiznado y ensangrentado.
Aioros sabía que Helena no era hija de Amalia, pero decidió callar, sentía que a él no le incumbía dar esa información tan personal.
Esa noche los cuatro durmieron juntos acurrucados entre paja y heno, ambos niños en medio y Amalia y Aquiles a los extremos protegiéndoles del frío.
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No pudo conciliar el sueño en casi toda la noche, a pesar de que su cuerpo se sentía muy cansado, simplemente no pudo. Un mar de pensamientos y preguntas se agolpaban en su mente cada vez que cerraba los ojos. Se puso de pie sacudiéndose la paja que quedó entre sus ropas, se lavó la cara con la poca agua helada que quedaba en el cubo y salió del establo sin hacer ruido, ya pronto amanecería. Aioros contempló hechizado lo que quedaba de la cabaña, una gallina liberada que se había negado a huir, picoteaba inútilmente el piso a su alrededor en busca de alimento. No había quedado absolutamente nada, las cenizas y maderos carbonizados aún humeaban y despedían un calor irónicamente reconfortante en aquél clima invernal. El viento lo despeinó llevándole insistentemente los risos a la cara; sin éxito intentó acomodarlos con sus manos, percatándose por primera vez, que desde la noche de anteayer que rescató a Helena de la tormenta no llevaba su cinta roja…
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Aquiles notó que Amalia pronto despertaría al ver como se revolvía impaciente en su lugar. La mujer abrió los ojos desorientada y se notaba la angustia en su mirada castaña.
–Tranquila, Amalia. Estas a salvo. Estamos en el establo. –trató de tranquilizarla.
–¡Aquiles! ¿Qué…? ¡Oh Dios…! Mi padre, Helena. ¡Se llevaron a Helena! –intentó ponerse de pie pero un inesperado mareo y la mano de Aquiles sobre sus hombros se lo impidieron.
–Tienes que calmarte. Dime ¿qué sucedió?... Cuando llegamos la cabaña estaba en llamas…
–Los soldados de Ares… Ares envió a Gigas a buscarla… –pronunció con dolor en su mirada que no pudo ocultar.
–¿A quien? ¿A Helena? –la pelinegra asintió con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas. –Por un momento creí que habían venido a buscar a Aioria y a Aioros.
–Ares no está seguro de que ellos sigan con vida. Por eso no los ha buscado.
–¿Y tú cómo sabes eso? –preguntó intrigado.
–Porque… –suspiró resignada por la confesión que estaba a punto de hacer– …porque me pagaron para que me deshiciera del bebé de la Reina Leonora en cuanto naciera. –dijo agachando la cabeza avergonzada. –Así como también en su momento lo hizo Ares para que me deshiciera de Helena cuando sólo era un bebé.
–¡¿Qué?! Tú… ¡¿ibas a matar a Aioria en cuanto naciera?!
–¡No! ¡Jamás haría eso! ¡Yo amo a Aioria como si fuera mi propio hijo! Yo… en ningún momento fue mi intención hacerle daño, ni a él ni a Helena… Lo hice para salvarlo, me ofrecí a hacer aquella despreciable encomienda para salvarle la vida. Sabía que si no lo hacía yo, el trabajo lo concluiría cualquier otra persona. Ares confiaba en mi pues supuestamente años atrás me había deshecho de la tercer bebé heredera a la corona de Laconia.
–¡Estas diciéndome que Helena es…!
–Si. –suspiró de nuevo, pensando que a esas alturas yo nada importaba– Fueron tres bebés, en un solo parto. Dos gemelos idénticos y Helena. Yo misma los traje al mundo, y fui su nodriza. Inmediatamente Ares quiso deshacerse de los estorbos en sus planes. Y con la muerte de Atalanta… Leda me encomendó proteger a Helena, Leda sabía los planes que tenía Ares, es una hechicera y pitonisa muy poderosa y… no sé si deba contarte esto… –dijo sujetándose desesperadamente su cabeza adolorida con ambas manos.
–Entonces… –Aquiles la interrumpió. –todo este tiempo has hecho pasar por tu hija a la princesa de Laconia… –¡Dioses, debiste de haberme contado esto desde un inicio, Amalia!
–Yo… prometí no decírselo a nadie. ¡Ni siquiera mi padre sabía de su origen! Él creía que se trataba de una huérfana que había adoptado en uno de los tantos partos que había atendido. Lo siento Aquiles; debí de haberte contado, tal vez si lo hubiera hecho nada de esto hubiera pasado… ¡Ahora Ares la matará! –Amalia lloraba desconsolada.
–¿Y ella lo sabía? ¿Sabía que era una princesa y que Ares la quería muerta?
–No… Nunca le conté nada. Ella no sabía nada…
–Es mejor así; sabes, tal vez ella tenga una oportunidad de sobrevivir.
–¿Crees que sea posible? –preguntó con un atisbo de esperanza en su voz.
–Casi estoy seguro de que así será…
–¿Por qué estas tan seguro?
–Verás… cuando vi por primera vez a Helena me quedé asombrado del enorme parecido físico que tiene con mi difunta cuñada, la Reina Leonora.
–Eso es verdad. Incluso Aioros después de que huimos del Castillo de Quirón en medio de los delirios por una fiebre terrible que le dio, la confundió con su madre.
–Cuando Ares la vea, estoy seguro que no podrá matarla, al ver que la niña es la viva imagen de Leonora. Ella siempre fue su obsesión y el principio de todas estas guerras interminables y sin sentido. Aunque por otro lado, no sé hasta que punto llegue su obsesión por Leonora… y en este caso por Helena.
–¡Pero, Helena aún es una niña! –contestó intuyendo a lo que se refería Aquiles.
–Sí, pero pronto dejará de serlo. Y tu sabes que Ares hace siempre hasta lo imposible por obtener lo que quiere.
–No… ¡Helena! –Ahogó un sollozo cubriendo su boca con ambas manos.
–Siento decirte todo esto Amalia, pero sería más cruel ocultarte la verdad, tu has sido sincera conmigo y yo también quiero serlo contigo. Además, has cuidado de mis sobrinos como nadie lo ha hecho, incluso arriesgando tu vida y la de tu familia por salvarlos. No sabes cuanto te lo agradezco. –le dijo mirándola a los ojos.
–No tienes nada que agradecerme Aquiles… ¿Y Aioros? ¿dónde está? –preguntó al notar que no se encontraba en el establo con ellos.
–Salió hace como una hora y no ha regresado, no pudo dormir en toda la noche, se siente culpable por toda esta situación.
–Oh… pero no ha sido su culpa. Gigas venia acompañado por más de una decena de soldados y de cualquier forma nos hubiera matado a todos y habría cumplido con su misión a cualquier precio… Hablando de eso… Debo de agradecerte, el que me hayas salvado la vida Aquiles.
–Ahora yo soy el que te dice que no tienes nada que agradecer. – le dijo con una sonrisa cálida. –Es lo menos que podía haber hecho por ti.
–¿Y Ahora qué haré Aquiles? –Dijo al recordarse huérfana de padre. Agachó la cabeza tratando de ocultar las lágrimas bajo su cabello negro que le caía como cascada sobre las mejillas.
Toda la noche había rondado una idea por la cabeza de Aquiles, y creyó que ese sería un buen momento para proponérselo a Amalia.
–Acompáñanos, Amalia. Ven con nosotros.
–¿Qué? ¿A dónde?
–Acompáñanos a Cefiria…
Continuará…
¡Mil perdones por la demora! Pero es que se me atravesaron miles de cosas que me impedían continuar. Me hubiera gustado publicar un capítulo un poco más largo, pero no quise demorar más en subir actualización. Espero que la historia no se les esté haciendo lenta, prometo publicar un capi más largo para la próxima. Besos!
Chiby.
