Capítulo diez

Tranquilo, me dije, suena creíble, se severo, real. Como nunca antes, Ranma, miente. Las palabras que escapaban de mis labios eran tan crueles que hasta a mi me lastimaban, pero mi expresión era imperturbable, mis manos por fin quietas, ¡y gracias al cielo, había dejado de llorar! Esto era tan importante, tanto, que debía poner todo de mi parte para que resultara bien.

Tenía que alejarla de mi, de cualquier forma, pues mi cercanía no hacía más que dañarla, y siendo sinceros, a mi también me estaba destrozando en vida. Había revezado cualquier límite aceptable, alzarle la mano era el peor acto que en toda mi existencia había hecho, y por eso merecía pagar con algo más que sólo golpes. Con algo verdaderamente mortal, y eso sería su ausencia, y peor aún, su odio.

Me había dicho que me amaba… Por un instante no lo creí, pues no era posible. Ella tan hermosa, tan sumamente especial, ¿enamorada de mi, convertido en un salvaje? ¿Cómo era posible? ¿Qué había hecho para merecer algo así? Sí, por un momento me quedé de piedra, asimilando sus palabras y esa mirada perfecta que me detuvo el corazón. Todo en mi era de ella… Todo lo que yo era, le pertenecía. Sin embargo, por su bien, debía alejarse. Yo sólo la lastimaría más y acabaría siendo su verdugo tarde o temprano.

Entonces ya no tendría una sola razón para vivir.

Se puso de pie tan hábil y ligera como un felino, sus movimientos suaves la hacían parecer de otro mundo. Noté cómo su vestido, mi favorito, se agitaba entre sus largas piernas de porcelana. Luego se alejó de mi, corriendo, hacia su habitación.

No iba llorando, aunque lo había hecho unos segundos antes. Yo me quedé tumbado ahí, como un animal aterrorizado en el rincón, esperando que la explosión por fin cesara y dejara de retumbarme al grado de dejarme ciego y sordo. Ya no podía más, la había perdido y a pesar de ser lo correcto, no me resignaba. ¿Qué debía hacer ahora? Seguir en el mismo techo sería una tortura, y tarde o temprano volvería a caer ante sus inocentes encantos, ¡no podía estar cerca de ella sin tocarla, sin hablarle, sin amarla! Pero no podía irme, porque la amenaza de Shampoo seguía muy fresca, demasiado presente. Nunca arriesgaría así a Akane, prefería sufrir la peor de las torturas antes de dejarla a su suerte con esa loca en el camino.

Me puse de pie, ya no temblaba pero me estremecí por dentro con fuertes escalofríos, tuve que recargarme de nuevo en la pared. ¡Debía cortarme las manos por haberle hecho daño! La culpa me pesaba como toneladas de alquitrán caliente, ya no era siquiera soportable, ya no era posible que sentirse así fuera real.

Esa había sido la recaída, cualquier momento bueno que pudimos haber tenido en esas dos semanas del infierno, había quedado atrás por mi estúpida culpa. ¿Pero cómo Ryoga se había atrevido? ¿Por qué ella no lo había alejado y cacheteado por su insensatez? ¿Y luego decía que me amaba? ¡No! No podía empezar a dudar, fuera como fuera, ella ya no volvería a sufrir por mi culpa, sólo me quedaría unos días y luego desaparecería para siempre. Lo necesitaba, porque su cercanía me hería.

Sólo que olvidé un pequeño gran detalle.

No estaba tratando con cualquier mujer. Sino con la más terca, necia, obstinada, y encantadora de todas.

Estaba tratando con Akane, y una Akane que había madurado más rápido que yo, y que a pesar de haber perdido su fuerza física, se hizo la más fuerte de espíritu.

Escuché sus pasos apresurados volviendo a bajar las escaleras, y cuando volteé hacia la puerta, ahí estaba, iluminada por el aura de la mañana.

No había ni una lágrima en su rostro, no había dudas ni miedos en sus ojos. Era toda una mujer y de nuevo me dejó sin habla.

-¿Qué quieres? ¿Necesitas que te lo vuelva a repetir? –le pregunté agresivo y volviendo a sonar condescendiente.

-Cállate –dijo en voz baja, bastante más tranquila de lo que en verdad parecía. Mi corazón dio un brinco-. ¿Crees que soy muy tonta, verdad? ¿Me crees realmente idiota?

-Hazme el favor de perderte de mi vista, Akane. Discutir contigo me desgasta.

-Mientes. Mientes en todo, Ranma. ¿Qué cobardía piensas hacer ahora? ¿Escapar? –di un paso hacia atrás, empujado por el poder de sus palabras-. Eso es, ¿verdad? Te conozco demasiado bien. Tú no puedes lidiar con esto más de lo que yo.

-No quiero escucharte –pero en lugar de sonar decidido, fui suplicante, lleno de pánico. ¿Había regresado para partirme el alma como yo se la había partido? ¿Pensaba destrozarme con palabras? Pues iba a funcionar, claro que sí.

-Estoy harta de hacer lo que tú quieres, siempre es lo mismo. ¿Es que no confías en mi? Cuando te digo que te perdono, ¿no me escuchas? ¿No sientes la verdad en mi voz? Lo de Jusenkyo no fue tu culpa, ¡entiéndelo de una vez! –sus ojos destellaban como estrellas en medio de la más oscura noche, su rostro suave de seda estaba sonrojado, sus labios brillantes lucían tensos. Estaba furiosa, cómo debía ser.

-Lo sé –logré responder.

-No, no lo sabes, porque por eso mismo te comportas así. Por eso te has perdido a ti mismo, y mira hasta dónde hemos llegado. Nos estamos matando lentamente, y creo saber porqué.

-¿A si? -¿soné convincente? ¿Soné burlón como quería? ¿O mi voz había temblado como todo en mi interior?-. ¿Y a qué se debe? Según tu, claro.

-A que me amas –sus palabras cimbraron mi cuerpo entero-. ¿O no es así?

-Eso es lo que tu…

-¡Eso es la verdad! –estalló alzando su voz de campanillas de cristal, silenciándome de golpe-. Me amas y no sabes cómo afrontarlo. Pues bien, yo te diré cómo.

-No quiero saber cómo, ¿qué es lo que no entiendes, Akane? ¿Cómo debo decírtelo? ¡Aléjate de mi! ¡Si me amas como dices, aléjate de mi!

¿Me escuchó? ¿Me hizo caso?

Por supuesto que no, y lo siguiente que hizo derribó todas y cada una de mis defensas; lo hizo todo, dejándome tan anonadado que hasta olvidé respirar.

Se acercó a mi sin pisca de resentimiento en su gesto, sin odio en sus ojos de avellanas, sin palabras hirientes en sus incitantes labios. Aquello me dejó en blanco, ¿qué debía pensar, decir, sentir? Se detuvo a escasos pasos de mi, incluso sentí su perfume de manzanas, y pensé que todo a mi alrededor se me caería encima en cualquier momento. ¿Qué haría? ¿Por qué no me escuchaba, por qué mis palabras crueles no tenían efecto?

-Esto me lo dio mi padre después de la boda fallida –aseguró-, y me dijo que te lo diera cuando sintiera que el momento había llegado. Ahora sé que ha llegado, Ranma. Éste es el momento, y si no lo hago yo, te perderé para siempre. Necesito que entiendas que tú eres el aire que respiro, tú eres mi corazón, si te vas yo me muero. ¿Comprendes?

No, Akane, no quiero comprender, eres demasiado buena para mi, demasiado mujer para alguien que se ha perdido en el camino y se transformó en una sombra, en una bestia capaz de lastimar a quien más ama, pues esta cegado por los celos, y tan asustado como un niño. Pero no dije nada de esto, no pude, porque ella no me dejó.

Su mano derecha estaba cerrada sobre algo negro y pequeño, no me había dado cuenta de eso hasta que la vi alzarla hacia mi, y abrirla para mostrarme algo que me robó el aliento y me dejó aturdido.

Era una cajita. Una caja de anillo.

Ante mi sorpresa y mi repentino estado de inmovilidad, ella la abrió para mostrarme un hermoso anillo de oro blanco, liso, elegante.

-Era de mi papá. Su anillo de bodas. Ahora es tuyo –con su mano libre atrapó mi barbilla y me obligó a verla, estaba tan impresionado que me había quedado con la boca abierta y los ojos tan grandes como platos-. Ranma Saotome, ¿te quieres casar conmigo?

Pasé mis dedos por mi frente en un auto reflejo de sorpresa, sin dejar de deslizar la mirada de ella al anillo, y de nuevo a ella, tan decidida, ¡sin un solo ápice de miedo! Estaba admirado, estaba completamente trabado en el asombro. Desde ese segundo, cada latido de mi corazón comenzó a mandar grandes olas de calor por todo mi cuerpo. Y eran como una marea curativa, pues poco a poco me iba sintiendo mejor, menos monstruoso, menos extraño incluso para mi mismo.

-Jusenkyo… -intenté decir, pero ella volvió a silenciarme.

-No fue tu culpa.

-Lo fue, yo…

-Entonces te perdono, Ranma. ¿Me entiendes? Te perdono con todo lo que soy, con todo lo que siempre seré.

¿Me perdona? Otra ola de calor, mucho más grande, más satisfactoria. Sin poder evitarlo, sin sentir deseos de esconderlo, una sonrisa empezó a dibujarse en mi rostro. Ella, la mujer que tanto amaba, que adoraba ciegamente, me había propuesto matrimonio en el más inesperado de los momentos. Cuando yo creí que todo había acabado, que ahora sólo quedaban cenizas, ella volvió a alzar torres y castillos con apenas tronar los dedos.

-Akane… -vi que vacilaba, comenzaba a tener miedo de mi rechazo. No temas, nunca más te haré daño-. Por supuesto que acepto. Con cada fibra de mi ser, no hay nada que desee más que casarme contigo. Nada, nunca.