Capítulo 10
Acepto
Llevar con Gale el tipo de relación que tengo con Peeta me resulta, sencillamente, inconcebible. No me cabe duda de que jamás podría sentir un vínculo tan fuerte con Gale. Incluso aunque hubiera muerto Peeta o me hubiera odiado para siempre, Gale y yo no tenemos otra cosa en común que el bosque, y la supervivencia, sin embargo, hay algo en su mirada, algo del antiguo Gale, que me inquieta. No despierta dudas en mis sentimientos, me despierta dudas sobre los suyos.
Trato de ignorar su exceso de vitalismo, su alegría inusitada. Trato de ignorar la forma en que Johanna impide que nos quedemos solos y como me mira cuando él se dirige a mí, pero sea como sea a cada momento estoy más incómoda.
-¿Todo bien?- me pregunta Peeta al otro lado del teléfono móvil, me encuentro en el paseo marítimo, y siento cierto alivio de estar sola, incluso colgaría el teléfono para quedarme sencillamente mirando el mar.
-Sí
-¿Cómo ha ido el trayecto?- suspiro
-Ha habido un momento difícil pero ha pasado en seguida- Peeta guarda silencio al otro lado -¿qué?
-¿Seguro que no pasa nada?- vuelvo a suspirar, siempre olvido que la estrecha relación que llevamos nos convierte a ambos en detectores del estado de ánimo del otro.
-Me estás agobiando- le digo claramente, ya que no quiero hablarle allí de lo que intuyo en Gale y tampoco creo que sea necesario.
-Perdón- añade Peeta bajando un tono en su voz -¿me lo contarás cuando estés en casa?
-Peeta, no puedo decirte todo lo que se me pasa por la cabeza.
-Tampoco tienes la obligación de hacerlo, lo sé, lo siento- hace una pausa que yo no sé llenar con nada- Solo quería saber si estás bien.
-Estoy bien, de verdad. Este lugar es precioso, y viajar sola me ha hecho sentir más fuerte, creo que volveré a hacerlo- noto la incomodidad en el silencio de Peeta.
-¿Te vas a aficionar a viajar sola?
-Como terapia, puede estar bien ¿no?
-Supongo, o si simplemente te apetece, lo entenderé- asiento al otro lado, con una leve sonrisa. Nunca he sido independiente, siempre he dependido de algo o de alguien por mi situación de subsistencia, ahora, por primera vez, me siento libre.
-De todos modos, he estado pensando en La Gira, si estás seguro de que quieres hacerlo, me parece bien.
-Sí, estoy seguro ¿lo estás tú?- asiento y contesto con un escueto sí.
Durante unos diez minutos paseo mientras le cuento lo bonito que es Finny y lo inteligente que parece a pesar de ser un bebé de unos meses de vida. También le hablo de Annie, le cuento que Gale parece estar saliendo con Johanna y que les he invitado a la boda. Peeta me habla de su día, un día bastante normal, salvo por los papeleos para que Josh Cub siga trabajando en la tienda, y me dice que se ha animado a ir a la biblioteca y que ahora también él tiene su propia lectura.
Cuando cuelgo me siento feliz, miro al horizonte y veo como las olas rompen contra la orilla. A lo lejos veo a un hombre con el cabello muy rubio, a su lado hay una mujer de pelo largo y oscuro y ambos cogen de la mano a un niño de melena dorada que da saltitos por la arena. Por un momento parece una ensoñación, parece que nos estoy viendo a Peeta, a mí y a nuestro hijo. La verdad es que estoy a gusto, aquí sola, abrazando mis hombros desnudos, pero también es cierto que cuando la brisa me roza brevemente la mejilla, imagino que es Peeta que me acaricia, y que al abrir los ojos me mirará, tan dulce como siempre.
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Nado en el mar mientras Annie se sumerge con Finny, Gale y Johanna juguetean sobre una toalla. Me resulta sumamente extraño verles juntos, me pregunto cómo fue, y lo cierto es que me parece que hacen buena pareja. En la playa, algunas personas se acercan a mí para agradecerme haber cumplido con sus requerimientos, yo no les doy explicaciones, me limito a asentir y seguir a lo mío. Llego a Annie y a Finnick Junior, al cual tomo en brazos. Me siento en la arena con el agua llegándome a la cintura, y me río con el bebé cada vez que una ola nos mueve.
Comemos sobre las toallas y lo pasamos realmente bien, aunque me sigue pareciendo que la mirada de Gale tiene algo del día en que le planteé fugarnos al bosque y le decepciono que quisiera llevar a Peeta, algo de las ocasiones en que nos besamos, algo que de alguna manera me agarra el corazón con una mano invisible y me inquieta, y lo más incómodo es que ese algo no parece pasar desapercibido para Johanna.
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Cuando me miro al espejo en casa de Annie me doy cuenta del efecto que ha tenido el sol en mi piel, estoy notablemente morena, incluso habiendo huido en cada ocasión que he podido a la sombra. Eso me hace recordar a mi padre, mi madre decía que si le daba mucho el sol no le iban a ver en la mina.
Antes de que caiga la tarde me despido del grupo, y vuelvo al tren. Nada más sentarme vuelvo a sentir una cierta angustia, y al ponerse en marcha vuelvo a escuchar las voces, pero me desembarazo de ello recordando el día que he pasado en la playa. Sin embargo, poco antes de que el tren pare, me parece sentir la mano de Prim cogiendo la mía, y su tacto desaparece cuando me encuentro con Peeta y Uno en la estación. El cachorro de lobo salta y brinca, tan contento de verme que me sorprende, Peeta tiene las manos en los bolsillos, me acerco a él y le abrazo; durante las múltiples galas y eventos que vivimos debidas a Los Juegos, yo solía llevar tacones, lo que hacía que no notara mi diferencia de estatura con Peeta. Él no es especialmente alto, pero está claro que yo soy algo más baja que la estatura media de cualquier chica del Distrito, y por eso, para besarle, tengo que elevarme un poco en la punta de los pies. Cuando me besa, lo hace de tal forma, que me sorprende el latigazo de deseo que me recorre efímeramente desde el vientre.
Durante el camino a casa Peeta adopta una expresión que ya conozco, es aquella que significa que tiene una sorpresa, y probablemente no sea más que haber preparado la cena. Me río en alto sin darme cuenta, cuando él sale corriendo y jugando con Uno. Cuando llego a casa había acertado, no es una gran cena, es algo sencillo. Ternera con puré de patatas y confitura de frambuesas, la confitura es tan buena que casi se me saltan las lágrimas. Recuerdo que recogí frambuesas del bosque hace una semana, y me pregunto si la habrá hecho él mismo. Por toda respuesta me enseña un libro de cocina.
-¿Esa es tu lectura?- río, y él me enseña otro libro, de aspecto roído, de historia del arte. Se encoge de hombros.
-Creo que no me gustan las novelas.
-Es una pena- contesto con los carrillos llenos.
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Tras cenar comemos helado, otra cosa que me enloquece junto con el chocolate, y cuando me meto en la ducha Peeta se cuela conmigo. Nos besamos bajo el agua caliente, el aroma a salitre se mezcla con el aroma natural de Peeta, y ambos olores desaparecen cuando cada uno reparte jabón en el cuerpo del otro.
Me gusta especialmente enjabonarle el pelo, tanto o más que él enjabone el mío; me gusta su tacto suave, como mis dedos se deslizan sin dificultad entre sus cabellos y se genera mucha espuma; me gusta como él cierra los ojos y se relaja, emitiendo algún sonido de placer de tanto en cuando. Como de costumbre, su expresión y sus ruidos hacen que le desee enormemente. Nos aclaramos bajo el chorro de agua y nos envolvemos en nuestras toallas, aunque no permanecen demasiado tiempo en nuestros cuerpos, que se rozan y se acarician mientras se dirigen a la cama.
Nos arrojamos sobre el edredón, en una lluvia de besos, caricias y abrazos. Nos sumergimos en un juego nuevo, reciente, una lucha por dominar el cuerpo del otro, es un juego divertido y excitante en el que casi siempre gano.
Peeta acaba debajo de mí y yo bloqueo sus manos agarrándolas con fuerza, respira de forma entrecortada, mientras ríe.
-Te aprovechas porque eres escurridiza.
-No pongas excusas, tú eres más fuerte- se incorpora para besarme, pero yo le vuelvo a empujar contra el colchón.
De nuevo esa sensación conocida, cada vez más familiar, sin la cual no me es posible concebir mi vida cotidiana: nuestros cuerpos íntimamente comunicados, sus suspiros, lo míos, el placer, la felicidad, la paz y el sueño, profundo, libre de terrores, si hay suerte.
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Caesar Flickerman en el salón de mi casa hace que todo parezca parte de un plató muy realista. Llega un domingo por la mañana, dos días después de su llamada pidiéndonos permiso para venir a vernos.
En Los Juegos Caesar se mantenía impecable, no se sabía qué edad podía tener, y su cuerpo, ni gordo ni flaco, siempre estaba enfundado en trajes elegantes y estrambóticos.
Observo que se sigue maquillando, pero sin duda los tratamientos de rejuvenecimiento que utilizara ya no los usa, y eso hace que se le marquen algunas arrugas, sobre todo al sonreír. Eso, unido a un aspecto rechoncho, le hace aparentar la edad que tiene.
Sigue llevando el pelo exactamente igual peinado, y de un color morado brillante, a juego con sus labios, por lo que supongo que al menos conserva sus pelucas y pintalabios.
Peeta pone una bandeja de pastas sobre la mesa y yo sirvo el té, mientras Caesar, que no ha dudado un segundo en coger a Uno en brazos, le rasca con brío las orejas al cachorro.
-Es precioso- comenta –siempre me han gustado mucho los animales, aunque nunca tuve tiempo de tener mascota.
Peeta y yo nos sentamos en una silla cerca de él.
-Bueno chicos- suspira, dejando a Uno en el suelo nuevamente- ¿Cómo os trata la vida últimamente? – por un momento me siento tentada de buscar a Cinna entre el público inexistente y de forzar una sonrisa para las cámaras.
-A pesar de todo, mejor que nunca- dice Peeta, y me coge la mano- nos vamos a casar- Caesar alza las cejas.
-¡Vaya! ¡Pensaba que ya estabais casados!- me guiña un ojo. Peeta sonríe con la misma ironía que Caesar.
-¿Y tú? ¿Cómo estás?- pregunta Peeta animadamente.
-Bueno, las cosas en El Capitolio han cambiado, para empezar el nombre… siempre lo olvido- hace una mueca- han sido muchos años llamándolo Capitolio. Ahora subsisto, ya me veis- hace un gesto con la mano enmarcando su mentón- pero realmente, no vine aquí a contaros las calamidades de un nuevo pobre- musita, con su aire teatral- quería deciros que nunca me gustó mi trabajo, solo eso, y Peeta, créeme que me dolió mucho lo que te ocurrió, fueron las entrevistas más duras de mi vida- noto como Peeta me aprieta la mano con fuerza.
-Tranquilo, está olvidado- dice él, débilmente, pero Caesar le mira con los ojos irritados.
-Yo no puedo olvidarlo, no puedo olvidarte. Ni a ti ni a todos los demás- Peeta se remueve en su silla, como si en realidad prefiriera que Caesar no se disculpara, como si quisiera que hablara de cualquier cosa salvo de aquello, nunca le había visto así- Yo era un simple presentador de los deportes, me gustaba mi trabajo, es cierto, era un Show Man- sonríe, su mirada parece perderse en sus recuerdos- pero un día me llegó una oferta de trabajo del Capitolio, para las entrevistas de Los Juegos del hambre- se lleva una mano a la frente- me pregunté ¿por qué yo? Por qué no cualquier otro, pero lo cierto es, y no quiero ser arrogante, que yo era realmente bueno en mi trabajo. Entrevisté a todo tipo de deportistas famosos, y siempre supe arrancar lo mejor de ellos, sus pensamientos más personales. Quizá me excedí, en El Capitolio era mejor no llamar la atención, si destacabas demasiado, te atrapaban- vuelve a resoplar, y la mano que rascaba su frente se posa en su rodilla, mira a algún punto por encima de sus cejas- Todos los años, pensaba, al ver Los Juegos: "no me gustaría estar en el pellejo de ese tipo" ironías de la vida.
-Gracias por contarnos esto- dice Peeta.
-Gracias a vosotros, solo personas tan bondadosas como sois permitirían entrar en su hogar a alguien como yo- Caesar tiene un gesto realmente mustio, nos lanza una mirada de arrepentimiento y parece que la ha caído encima un puñado de ceniza.
Tomamos el té y las pastas hablando de otros temas, Caesar nos cuenta como es ahora el Nuevo Núcleo y a qué dedica su tiempo, al parecer, lleva tres meses sin recibir la paga que el gobierno de Paylor prometió para cada ciudadano sin fuente de ingresos y después de requisar los ahorros de "los ricos". No le aceptan en ningún plató televisivo, y se limita a tratar de trabajar en puestos que no necesitan cualificación. Dice que estuvo un tiempo sirviendo bocadillos, pero que resultaba tan reconocible e impopular que acabaron echándole.
-Qué hipocresía- gruñe Peeta- Antes te adoraban y ahora es como si tuvieras una enfermedad contagiosa.
-Ahora, simplemente, apesto- sonríe Caesar, abatido.
Terminamos el almuerzo, yo no he emitido ni palabra en todo el rato, mientras que Peeta y Caesar hablaban de forma fluida, inmersos en esa dinámica que había entre ellos en aquellas entrevistas. Ahora veo que realmente hay química entre los dos, o quizá es que Peeta sabe mantener una conversación con cualquiera.
A penas se acerca la hora de la comida cuando Caesar se dispone a salir por la puerta, Peeta le invita a comer en nombre de los dos, pero Caesar insiste en no seguir molestándonos. Para mi sorpresa, tras la puerta, antes de que podamos despedirlo, nos encontramos con el rostro de Haymitch encolerizado.
-¿Cómo te has atrevido?- sisea mirando a Caesar con agresividad.
-Eh, ya me marcho, no tenía previsto verte- Haymitch le impide iniciar la marcha colocando con fuerza la mano en su hombro, Peeta trata de mediar entre ambos pero Haymitch se lo sacude de encima de una forma brusca, y Peeta le mira con dureza.
-Eres un cobarde. Ahora vienes aquí a que el perdón de los chicos te deje dormir ¿eh?- empuja bruscamente a Caesar.
-Para, Haymitch- dice Peeta, con una voz salida de lo más profundo de su pecho.
-Calla, muchacho- pero Peeta no parece dispuesto a que le traten como a un niño, y empuja a Haymitch también; parece como si solo le hubiera dado un leve empujoncito, pero sin embargo le desplaza una zancada–No os equivoquéis con este hombre, mientras nuestros familiares y amigos morían en la lucha, él seguía de la mano del enemigo.
-Lo sé, y no estoy orgulloso de ello- se lamenta Caesar.
-¡No me pongas caras, a mí no!- grita, histérico- ¡Eres un gran actor, pero a mi no me engañas! ¡Si hubiera ganado El Capitolio, gustoso hubieras trabajado para Snow mil años más!
-Gustoso no, Haymitch- murmura Caesar, pero eso solo hace que Haymitch se irrite más.
-¡Vete a la mierda! ¡Márchate de aquí!- Haymitch vuelve a arremeter contra Caesar, Peeta le sujeta y yo le cojo la mano al ex presentador de Los Juegos del Hambre.
-Te acompaño a la estación- musito, miro a Peeta que asiente con la cabeza mientras retiene a Haymitch entre sus brazos.
Suerte que la Aldea está alejada del Distrito, porque si eso hubiera ocurrido en el pueblo, los vecinos hubieran salido y se hubiera armado un gran revuelo al ver a Caesar. De hecho, camino a la estación, la gente murmura.
En cuanto avanzo dos pasos suelto la mano de Caesar y veo de soslayo que se limpia con disimulo una lágrima del rostro.
-Soy un cobarde, lo sé, y también sé que todo lo que dice Haymitch es cierto. No puedo más que pedir perdón.
-Te creo- le digo, y caminamos en silencio hasta la estación.
-Gracias por todo- me dice a modo de despedida, me estrecha la mano, y desaparece.
Cuando vuelvo a casa, Haymitch sigue allí, Peeta discute con él. Al entrar, Uno me recibe con las pezuñas sobre mis rodillas, como si pidiera que le cogiera, así que lo hago. El animal no está acostumbrado a los gritos, porque Peeta y yo jamás nos gritamos, así que supongo que está asustado.
-¡Yo decido a quién perdonar y cómo!- exclama Peeta
-¡Haz lo que te venga en gana! Ábrele la puerta a todos los cobardes de El Capitolio, si quieres- saca un cigarro de su pitillera y lo enciende con presteza, detesto que fume dentro de mi casa, pero está tan alterado que se lo permito- Y tú- me dice mirándome fijamente- ¿vas a hacer La Gira o no?
-Sí- contesto brevemente- ¿y qué? ¿Por qué te importa tanto?
-Tienes un problema, Haymitch- masculla Peeta, dejándose caer en el sillón. Haymitch busca aquel cenicero que dejo en casa los días que pasó cuidándome, lo saco de un cajón y se lo doy- Para ti la guerra no ha terminado, solo porque estás enfadado con el mundo- Haymitch da una honda calada a su cigarro y lo sacude sobre el cenicero.
-¿Ahora tú también eres loquero?- le señala con el dedo- no intentes acertar lo que tengo en la cabeza, chico- gruñe- y pon alguna película, me ponéis enfermo.
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Decido que Haymitch nos acompañará en La Gira, y así se lo comunico a Plutarch, al cual no le gusta mucho la idea pero no tiene otro remedio que aceptar. Haymitch tampoco pensaba venir con nosotros, y aunque se resiste, ante mi amenaza de no hacer La Gira si no viene, accede. Es un trauma a superar por los tres, así que me parece que ir los tres es lo más correcto, lo que no esperaba para nada es que mi madre quisiera añadirse; teniendo en cuenta que nos falta un sustituto de Effie, mi madre me parece bien.
De nuevo me encuentro en Edificio de justicia, pero esta vez con Peeta, ambos estamos sentados el uno junto al otro en dos butacas, en el salón de reuniones donde me encontré con parte del equipo de gobierno de Paylor por primera vez. Como la vez anterior llegan personas como un goteo y yo saludo con más o menos entusiasmo, en esta ocasión el primero en llegar es Gale, a quién le acompañan dos chicos de su edad, uno de ellos es extremadamente delgado pero de aspecto fuerte, mandíbula dura y expresión ceñuda, el otro tiene un cuerpo esbelto el pelo rapado, muy rubio, y una cejas tan claras que parecen traslúcidas. Tras Gale llega Cressida, que para mi sorpresa está acompañada de Beete (el cual me estrecha con fuerza como saludo), y... me quedo sin aliento cuando veo el resto de la comitiva: Flavius, Venia y Octavia. Antes de que ellos logren alcanzarme me levanto, Peeta me pone las manos en los hombros cuando se incorpora conmigo.
-Tranquila cariño- musita, cerca de mi oído.
-Es insultante- gruño.
-Quizá solo vengan a saludar.
-Ahora lo comprobaremos- mascullo, veo que mis tres antiguos estilistas se han quedado clavados en el suelo, seguramente al ver que mi expresión es de pocos amigos. Dejo caer un suspiro, relajo mi gesto y me acerco a ellos- no quiero un solo comentario de mi aspecto- les digo de inmediato, dejo que me besen y me abracen, y es lo único que pueden hacer, ya que ante mi prohibición no tienen nada que decir.
Toman sus asientos y a continuación Plutarch hace toda una exposición de lo que pretende ser la Gira de la Verdadera Victoria, toda una parafernalia de exacerbación de la guerra, de los logros, de las mejoras posteriores, del programa de Paylor y de mi apoyo sincero al gobierno. Como cabía esperar mis desaliñados ex estilistas no estaban ahí por nada, se pretende que aparezca con aspecto saludable, vivaz y preciosa, y Peeta también. Plutarch se guarda los papeles que le han servido como guión de la exposición en una carpeta, entonces Peeta se levanta del sillón una décima de segundo antes que yo, para hacer lo mismo que yo pretendía. Tiende la mano hacia Plutarch, el semblante de Peeta es diferente, es serio y convincente, su gesto no deja de ser amable, pero ya no es el de un adolescente asustado, es el de un adulto, el de un adulto decidido.
-Lo estudiaremos- dice, esperando que Plutarch le ceda la carpeta.
-Peeta, no quiero menospreciar tu papel en todo esto- dice Paylor- pero la persona que debe decidir es El sinsajo. Entonces el sinsajo interviene.
-Él tiene toda la legitimidad para hacer lo que le plazca en mi nombre- Paylor alza las cejas desmesuradamente.
-¿Es que estáis casados?- le dirijo una desafiante mirada.
-Si te ayuda a comprenderlo, imagínate que así es- le digo tenazmente, y me observa de forma adusta. Aunque no duda que Paylor es una buena y gran persona, entiendo las similitudes que tiene con Coin. Le gusta tampoco depender de una joven obstinada como a su predecesora. El disgusto, desde luego, es mutuo. Peeta me sonríe de una forma muy afectuosa e íntima, es solo un segundo pero basta para hacerme estremecer en el sillón. Se sienta de nuevo y deja la carpeta reposando sobre sus piernas.
Gale explica los riesgos que existen en La Gira y que él se encargará de ser nuestro agente de seguridad especial, es decir, mi guardaespaldas. Los dos chicos que van con él formarán parte del equipo de protección, así como otros miembros con más experiencia que Gale que se encargaran de prever cualquier ataque. En su debido momento los conoceré a todos. El despliegue de seguridad me abruma, Gale trata de tranquilizarme, dice que no es tanto por los grupos terroristas, como por posibles fanáticos que pongan en riesgo mi seguridad; evidentemente lo único que consigue es alterarme más.
La Gira de la Victoria durará veintiséis días, aproximadamente, dos días de visita por Distrito, más dos en el Núcleo. Uno de cada dos de ellos estará dedicado a los eventos políticos, el otro a nuestro descanso, aquello me parece buena idea.
Entonces le llega el turno a Cressida, que se levanta para exponer, con total desconsideración, su planteamiento estético del acontecimiento. Guardo silencio durante toda su intervención, por el rabillo del ojo capto un par de miradas de Peeta. Quizá le resulta inquietante mi autocontrol. No es fácil permanecer impasible; lo que deseo mientras la escucho hablar de cómo quiere que aparezca ante las cámaras, de cómo se va a resaltar mi "aspecto adulto", mi "sensualidad frágil y al mismo tiempo luchadora", es levantarme y darle una bofetada.
-Katniss ya no es una chica por debajo de la mayoría de edad, ahora es una mujer, una mujer que se ha hecho a sí misma. Alguien que ha superado sus traumas y puede enseñar al pueblo el camino a seguir- los ojos de Cressida parecen emitir destellos de emoción- es casi como- dice extasiada- un líder espiritual- puedo ver como Haymitch disimula la risa con la mano tapando su boca- y para eso contamos con su fabuloso equipo, que la conoce a la perfección- cojo aire para contestar con la mayor calma posible, incluso cierro los ojos un instante, y cuando abro la boca para contestar escucho a Peeta.
-Me cuesta creer- comienza a decir, con un tono de voz nada elevado que sin embargo su voz se proyecta por toda la sala- realmente me cuesta mucho creer que hayas pensado realmente eso que dices, ¿qué tenéis en la cabeza?- pregunta a toda la sala. ¿Realmente creéis que es esto lo que más nos gustaría hacer?- Cressida intenta balbucear algo, Peeta eleva un tono en la voz, es extremadamente severo, toda amabilidad en él ha desaparecido. Aunque no se levanta de la silla, hace que los demás se sienta incómodos, y seguramente pequeños, en la suya- Estoy seguro de que no, estoy seguro de que no sois estúpidos- hace un silencio- pero desde luego sois crueles y sumamente egoístas. Todos los que aceptarían de buen grado que Katniss, y de alguna manera también yo, volviéramos a ser productos de marketing para vuestro gobierno, no tenéis dignidad ni ética.
-Katniss- dice Gale, con una leve nota de disculpa y desesperación en sus palabras- yo no estoy de acuerdo con ello, pero mi departamento es Defensa, no tengo ninguna potestad con…
-¿Dónde acaba tu potestad de opinar, Gale?- inquiere Peeta
-Esto ahora es mi trabajo- gruñe él, Peeta hace un gesto de asentimiento totalmente irónico, que ha debido de ser más ofensivo e insulta para Gale que cualquier palabra de reproche- entiendo, lo profesional y lo personal, son dos campos diferentes- le guiña un ojo- Para mí, que no estoy en la diatriba de Hawthorne, la cosa es clara: o nos mostramos como somos con vuestra ayuda y alguna directriz, o esto nos hará más mal que bien- antes si quiera de darme cuenta estoy asintiendo- aunque desde luego esta pretensión vuestra ha dejado claro que no merecéis nuestra confianza- a penas Peeta pone punto a su frase cuando continúo yo.
-Nada de estilismo, nada de grabar mil planos y reportajes. Algo sencillo, sin más- veo como Beetee me dirige su mano con el pulgar levantado y asiente.
-Lo cierto es que tus estilistas no tienen trabajo desde hace meses- comenta Paylor, intentando chantajearme emocionalmente.
-Al menos acepta no salir con la cara lavada a escena- gruñe Cressida, que dirige miradas ofendidas a Peeta.
-Acepto no salir con la cara lavada- declino- pero su trabajo no será peinarme, maquillarme y depilarme, será en enseñarme a mí misma cómo hacerlo- el trío de estilistas se mira con curiosidad, y finalmente asienten- Ahora, ¿puedo hablar de mis condiciones?- Cressida carraspea.
-Antes quería acabar de hacer mi propuesta, espero que no os resulte ofensiva- dice Cressida, Peeta inclina levemente la cabeza- había pensado en cerrar La Gira con la exposición de tus cuadros sobre Los Juegos- Peeta adopta un gesto ceñudo y dice secamente:
-No, de ninguna manera.
Mis condiciones son breves, Peeta y yo mandamos respecto a lo que se diga o lo que se haga y solo aceptamos una guía. Aceptamos apoyar el programa de Paylor después de que nos los haga llegar de forma detallada a nuestra casa y nosotros lo podamos revisar.
Cuando hacemos el camino de vuelta, los tres estamos en silencio, especialmente Haymitch, que se despide de Peeta una vez llegamos a la Aldea, estrechándole afectuosamente el hombro.
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Es curiosa la forma en que ha indignado a Peeta la propuesta de Cressida, le miro con atención mientras escucho su discurso indignado y me pregunto qué creía que pasaría, quizá Peeta es más ingenuo de lo que pensaba. Tras desahogarse deja caer un suspiro, yo le doy un beso en la frente y le pregunto si quiere que rellenemos las invitaciones de boda.
Hace poco mi madre nos trajo un regalo, es una radio, se escucha mucho mejor que la vieja radio que teníamos en La Veta. Hay pocas emisoras, nos gusta una que emite música realmente antigua. Es profunda, relajante e incluso misteriosa, algunas canciones hablan de cosas que ni siquiera estoy segura de comprender, otras son sencillamente alegres o románticas.
La tarea de escribir invitaciones de boda sería absolutamente mecánica si Peeta no realizara en cada una de ellas un pequeño dibujo, a saber, una flor, un pájaro, una mariposa… Miro sus pestañas, su expresión lejana, perteneciente a ese mundo que solo un artista puede conocer, me hipnotiza, y me recuerda a aquel invierno, no tan remoto como puede parecerme, en el que yo estaba maltrecha en mi habitación y le observaba dibujar las plantas medicinales en nuestro libro de familia.
-¿Qué?- me dice él, acosado por mi mirada. Me mira como me mirara en aquella ocasión, aunque sus ojos son más fríos, más maduros, más adultos y, de alguna manera, más gastados. Ambos somos muy jóvenes, pero el dolor nos ha dejado un poso en alma que nuestra mirada transmite con crudeza.
-Me gusta mirarte- sonríe un poco.
-¿Por qué?- yo también le sonrío, es estúpido que después de todo lo que ha pasado entre nosotros sienta cierto rubor- porque me gustas.
Cuando Peeta termina de dibujar la última invitación y yo de poner el nombre y dirección en el último sobre, terminamos cerrándolo, y nos damos cuenta de que en realidad, hay muy pocas invitaciones. Hemos invitado a todos los amigos y conocidos del Distrito y a sus familias y parejas, así como a las personas que conocí durante Los Juegos o en la guerra; también a la familia Cub, y a los abuelos de mi difunta amiga Magde, me ha costado encontrar su dirección ya que no viven en el Distrito 12. Me he atrevido a invitar Effie Trinket, Plutarch consiguió su dirección. Y hemos decidido organizar una comida popular en la plaza del Edificio de Justicia, esto ha sido idea de Peeta y ha puesto, literalmente, a Paylor en dicho compromiso, ya que Peeta solo tenía esa condición: que el día de nuestra boda el ayuntamiento del Distrito 12 organizara una comida para toda la población, algo que seguro todo el Distrito recibirá con los brazos abiertos, pues se cerraron las minas, y hay poco que hacer en este lugar para ganar dinero. Esto quiere decir que todavía se pasa hambre, ya no es un hambre que amenaza con matarte o llevar tu calidad de vida a un nivel inexistente, es el hambre de las personas que prueban bocado y se quedan con ganas de más.
Guardamos todas las invitaciones de boda en un cajón de la cómoda de nuestra habitación. Tras hacerlo nos dejamos caer en la cama, Peeta me acaricia el vientre y deposita allí algunos besos que me provocan escalofríos, aunque son escalofríos lejanos, ya que no siento deseo cuando estoy menstruando.
Supongo que después de hacer algo tan supuestamente romántico como rellenar nuestras invitaciones de boda, debería pensar en nuestra feliz vida de casados, pero en realidad tengo la cabeza en otra parte.
Ahora que he ganado peso, me alimento bien y mi nivel de estrés ha bajado considerablemente, padezco de este femenino síndrome de forma regular. Recuerdo la pesadilla que suponía hasta hace muy poco, y en particular en la adolescencia, el padecimiento del sangrado. Antes de la muerte de mi padre, cuando podíamos comer todos los días aunque no fuera nunca la cantidad adecuada de nutrientes, era bastante feliz, pero cuando murió mi padre y mi madre se sumió en aquella depresión pasé meses sin menstruación, para después, un buen día, acabar manchándome de sangre en la escuela. Estuve horas sentada en la silla, esperando a que todos salieran de clase, la profesora no me instó a moverme, como si supiera que algo me pasaba.
-Lo recuerdo- me dice Peeta, al cual, no sé cómo, he comenzado a relatarle mis avatares femeninos- no sabía qué podía pasarte, pero te recuerdo blanca como una pared sin moverte del asiento- está tumbado conmigo en la cama, su mano me cubre el vientre y el calor que emana de ella me calma la molestia.
-Ella- digo refiriéndome a Lumen Scott, la única maestra cuyo nombre no he olvidado- fue personalmente a por ropa al cajón de las donaciones. Me cogió en brazos después de despejar el pasillo, y me llevó al baño. Yo estaba muy mareada. Fue realmente bochornoso. Cuando salí del lavabo, vestida con aquella ropa, ella ya había limpiado todo. Me sentí tan avergonzada que me puse a temblar y a llorar- Peeta deposita un beso en mi sien- ella me abrazó y me llevó a casa de la mano, me dijo que mi mal momento pasaría, que encontraría la manera.
-Y la encontraste- cierro los ojos y me limito a sentir los labios de Peeta en mi oído y en mi pelo.
-Las personas como tú y la señorita Lumen sois como un camino de luz en el abismo- a penas pronuncio la última palabra la cara de Peeta me incomoda.
-Qué poético- nos quedamos en silencio durante unos largos segundos, la mano de Peeta acaricia mi tripa por encima de la ropa, cuando le miro veo ese gesto soñador y un poco travieso, el gesto de planear algo.
-¿Qué piensas?
-Nada- miente, con toda la expresión de mentir.
-Venga dímelo- insisto.
-Katniss, "no puedo decirte todo lo que se me pasa por la cabeza"- se burla, imitándome.
-Sí puedes- me tumbo de costado y juego a sonsacarle.
-Pero no quiero.
-Por favor, odio la incertidumbre.
-No- empiezo a besarle juguetonamente, y me siento como un gatito buscando la forma de engatusarle. Una de las cosas bellas de esta relación, es que me hace descubrir facetas de mí desconocidas, que hasta hace dos días me parecerían ridículas.
-No me vas a convencer- ríe él- ¿Y si quiero darte una sorpresa?-inquiere.
-Ya me imagino que es una sorpresa, pero no me gustan las sorpresas.
-Pues qué lástima.
Lo cierto es que no debía ser complicado de adivinar, pero aun así, me da la risa cuando Peeta, tras la cena, clava una rodilla en el suelo, me pide que me case con él, acepto sin dilación, y coloca un sencillo y bonito anillo en mi dedo.
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El calor del verano se fuga poco a poco. Peeta y yo nos bañamos en el lago junto con el pequeño peluche de lobo, que aunque ha crecido bastante todavía se deja coger en brazos encantado.
No he podido evitar cogerle cariño, así que cuando salgo del agua le llamo, le envuelvo en una toalla y lo estrecho en mis brazos. Este animal no es como Buttercup, es fiel, noble, agradecido y extremadamente cariñoso. Peeta nos tira fotos con un armatoste viejo que le ha comprado a una vecina que vende artículos de todo tipo, muchos probablemente recogidos de las basuras de todo el Distrito, en el jardín de su casa. Merendamos sobre el césped, jugamos con Uno, corriendo por todo el lugar, nos tiramos a la mullida hierba en una guerra de cosquillas y finalmente recuperamos el aliento mirando las bonitas nubes, hasta que Uno hace algo que no debería tomarnos por sorpresa.
Se escucha un lobo aullar a lo lejos y él alza la cabeza y emite un profundo aullido que parece imposible que salga de él. Peeta me para cuando intento callarle, evidentemente me inquieta, pero Peeta, como siempre, no se toma el bosque en serio.
-Espera- pide él. Uno aúlla una y otra vez, y antes de que podamos reaccionar sale disparado perdiéndose en la espesura.
-¡Uno!- grita Peeta asustado.
El sol empieza a caer en el horizonte, lo que quiere decir que nos queda poco tiempo de luz. Peeta se interna sin rumbo entre los árboles, tengo que pararle agresivamente para que me escuche.
-No podemos ir sin rumbo- enmarco mi boca entre las manos y trato de emitir un aullido, no es difícil, Gale y yo teníamos un juego temerario, imitábamos a los lobos, les excitábamos, y cuando nos habíamos aterrorizado el uno al otro con nuestros aullidos, escapábamos corriendo.
En respuesta a mi aullido llega otro, de un lobo adulto, y acto seguido un aullido profundo pero claramente menos experimentado. Está claro que Uno acude a la llamada del lobo mayor, lo que desconoce es que se adentra en un territorio donde muy probablemente no será aceptado.
Le buscamos repitiendo el mismo proceso. Siento una punzada de dolor cuando escuchamos un forcejeo cercano, seguido de gemidos y lloriqueos. El sol ha caído casi totalmente, pero todavía puedo ver en la incipiente penumbra. Me siento mal por Peeta, al fin y al cabo Uno se lo ha buscado, pero sentir la angustia de Peeta me resulta insoportable. Ambos vemos al lobo grande repartir dentelladas en el cuerpo de nuestro cachorro.
-¡Mátalo!- grita Peeta sin piedad, dirijo una certera flecha a la cabeza del lobo grande y acabo con su vida en el acto. Uno aun respira débilmente, tiene el vientre y el cuello ensangrentado. Las lágrimas surcan el rostro de Peeta y, sin duda, no es momento de decirle "ya te dije que este es territorio hostil".
Envolvemos a Uno con una toalla de las que hemos utilizado para el picnic. Peeta murmura "no te mueras" constantemente a Uno, que le dedica una mirada tan humana, que me deja sin aliento. Creía conocer a los animales, pero nunca había visto una cosa así. Alumbro con la linterna el camino hasta la salida del bosque, y después de lo que parecen mil años llegamos a casa.
Obviamente lo primero que hago es llamar a mi madre mientras Peeta se desespera y Uno le lame la mano con debilidad. Mi madre me indica los pasos a seguir, aunque yo ya los conozco hablo con ella porque me insufla seguridad. En todo momento Peeta, una vez más, me hace pensar en mi dulce Prim, y comprendo que él tiene esa bondad que destilaba mi hermana, esa pureza, esa inocencia y esa forma de amar a cualquier ser de la naturaleza. Lavo las heridas de Uno, que me mordisquea la mano con nerviosismo sin hacerme daño, cuando le aplico agua destilada Peeta le sujeta del cuello con cara de disgusto para que Uno, en su desesperación, no me muerda fuerte.
-Las heridas son superficiales- le informo con afecto- solo hay que coser.
Desinfecto una aguja y tomo hilo, quemo la apunta de la aguja y atravieso la piel, por suerte, Uno se desmaya antes de que pueda darle un infarto. Coso cada herida. Cuatro en el vientre, y una en el cuello. Le seco y le fabrico un collarín con un plástico, como puedo, para que cuando despierte no pueda alcanzarse y quitarse los puntos de sutura.
Peeta se siente culpable, me da tantas veces la razón en mis comentarios acerca de su ingenuidad en el bosque que resulta irritante. A altas horas de la mañana consigo que se calme entre abrazos y besos, le desvisto y, lentamente, hacemos el amor. De esta forma, tal como esperaba, solo hacen falta unas caricias en su cuello para que por fin se duerma.
Uno duerme junto a nuestra cama, en una manta, y como si él también velara por el sueño de su dueño, no hace ni un ruido, ni siquiera el más mínimo gimoteo. Yo le observo, ya que no puedo dormir, ir en silencio hasta el recipiente con agua que tiene en el pasillo, bebe con sigilo y vuelve cojeando a su manta. Solo emite un suspiro al acostarse.
Esa noche sueño con Prim y con Peeta. Ambos juegan con el lobezno, cuando me acerco a ellos observo que ambos dos son niños, de la edad de seis años. Pero Peeta tiene algo diferente, de alguna manera es él, porque me sonríe con su boca, y me mira con sus ojos, sin embargo, sus iris son grises y su piel no es tan pálida como debería. Él se levanta y me coge la mano, es entonces cuando dice:
-Mira qué gracioso, mamá.
Cuando me despierto, Peeta tiene el rostro hundido en mi cuello y su brazo cae pesadamente sobre mi costado. Me escapo de él y salgo de la habitación tras arroparle. Cuando bajo al huerto Uno va detrás de mí renqueando, hoy mi madre se lo llevará para hacerle una radiografía. Me siento en rellano de la puerta, mirando los diferentes canales de vegetales que tenemos en crecimiento. Uno también se sienta, sé que solo es una bestia, pero cualquiera diría que la decepción sufrida le ha dado otro gesto. Le acaricio con cariño y deposito un beso en su hocico, y dejo que bese mi mentón.
Es entonces cuando ocurre, alguien toma mi mano, miro al otro lado y veo a Prim, la Prim de siempre.
-Hola Katniss
-Oh Prim, ¿qué haces aquí? ¿Sigo soñando?- Prim se encoge de hombros.
-Estoy aquí por ti, porque tengo que decirte algo- el corazón me palpita con estrépito, tomo las manos de mi hermana entre las mías.
-Pero Prim, tú no puedes decirme nada, solo puedes volverme loca- musito en un hilo de voz.
-No te preocupes por mí, todo desapareció en un instante, no sufrí- estoy tan estupefacta que ni siquiera puedo llorar, más bien mi garganta y mis ojos se secan por momentos.
-Te ha fabricado mi cerebro, ¿verdad?- apoyo mi frente sobre la suya, ella me acaricia la mejilla.
-Ama lo que tienes, Katniss- me besa la frente- déjame marchar.
-No, siempre te veré en todas las cosas.
-Estaré en todas las cosas, si me dejas ir- sé que no está bien pero no quiero que Prim se vaya, no puedo evitar desear que aparezca en diferentes momentos; cuando estoy sola en casa, en el bosque, o cuando me levanto por las noches porque siento su presencia en aquel que era su cuarto.
Pierdo el tacto de Prim, su imagen se disipa, y escucho a Uno ladrar cada vez más claramente. Cuando vuelvo al mundo veo, horrorizada, que Peeta me mira de hito en hito.
-Katniss, ¿qué está ocurriendo?
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N/A: muchas gracias por continuar comentándome incluso en estas fechas que no hay tiempo para nada :-)
