X.
La vida no es un juego de Nintendo,
pero mentiste otra vez.
Ahora te toca mirarla salir por la ventana.
Supongo que por eso la llaman ventana del dolor.
Abro los ojos repentinamente y me incorporo con lentitud.
Desviando mi mirada hacia la persona que estaba a mi lado, una especie de nostalgia repentina me invadió.
A mi lado estaba Stan, quien dormía tras la buena sesión de sexo que tuvimos hace unas horas. La mirada triste que tenía cuando lo hacíamos era la misma que le observo ahora mismo y la misma que tengo yo al recordarme a mí mismo que, en el sexo, los besos estaban ausentes.
Toco mis labios.
Mi mano tiembla, como si una enfermedad estuviera esparciéndose por todo el cuerpo. La cierro en un puño en lo que entrecierro los ojos por un instante.
Una mezcla de sentimientos sale a flote, una mezcla que se me está haciendo intolerable a medida que pasaban los días, las horas, los minutos y los segundos. Una mezcla que, repentinamente, me hace sentir a veces las ganas de llorar y otras veces las ganas de mandar todo a la mierda.
No sé lo que siento, lo confieso.
No lo sé y eso me desespera, porque lo único que sé es que todo esto se origina en mi hambre por besarle una vez más.
Paseo mi dedo suavemente a lo largo de su espalda hasta los pliegues de sus glúteos con sumo cuidado. De ahí paso a su mejilla suave, tersa, con un ligero rastro de lágrimas; por último, paseo mi dedo por sus labios, aquellos dulces labios que solamente probé una vez, ¡una sola vez!
O los labios o la polla…
- ¿Estás bien, Stomper? – me preguntó Jake Rhyse, un compañero de "trabajo".
Meneé un poco la cabeza y murmuró:
- ¿Eh?
- Cabrón, has estado muy serio en todo el día – me comentó Jake -. Cualquiera diría que estás pensando en alguien.
- Bueno, n-no exactamente…
¿Qué es lo que me sucede?
- ¿Ah, no? Yo creo que sí, Stomper… Y he de imaginarme en quién…
- No… No es lo que te imaginas.
- ¿Ah, no? ¿Acaso no estás pensando en la diosa de ébano?
- ¿En Noelia? Uhmmm… No, no pienso en ella… Digo, ella está caliente… Es decir, con ese culo y esas tetas, ¿quién no pensaría en ella?
Jake se echó a reír.
Yo estaba un poco avergonzado.
Por supuesto que hubiera mentido si dijera que pensaba en Noelia, pero no era así. No quería que Jake o alguien más pensara que yo me estaba volviendo un marica sentimental si les comentara que estaba pensando justamente en Stan, en su piel, en los labios que ansío besar por segunda vez...
Levanto la vista.
Stan estaba allá, metido en un callejón, forcejeando con ese idiota de Encore, quien trataba inútilmente y por todos los medios de besarlo mientras sostenía con fuerza sus delicadas muñecas.
- ¿Oye, que ese no es…? – quiso preguntarme Jake, pero yo le interrumpí bajándome del automóvil e ir corriendo hacia ellos.
Sorpresivamente jalé del cabello a Encore y le di un puñetazo en la cara.
- ¡Romper! – exclamó Stan.
- ¡Hijo de perra! – rugí - ¡¿Qué mierda le estabas haciendo a MI esclavo?!
Encore se levantó con trabajo y, pasándose la mano por la nariz, me dijo con descaro:
- Darle algo de…Amor.
Ya basta.
Me lancé encima de Encore y lo empecé a golpear salvajemente. Éste no se amilanaba, ya que de una sola patada me lanzaba lejos para luego caer sobre mí e intentar ahorcarme.
No obstante, el sonido de un arma lista para disparar lo detuvo enseguida.
Encore empezó a temblar cuando le dijo una voz grave e impertaiva:
- Suéltalo.
El idiota obedeció inmediatamente.
Nadie osaba desafiar las órdenes de Cal "El Hurón" Williams y vivía para contarlo, ni siquiera un chulo como Encore. Desafiar las órdenes del segundo al mando de Gibbons era sinónimo de muerte, palabra.
Encore, incorporándose rápidamente, le dijo con voz temblorosa:
- É-él c-comenzó p-pr-
- Ahórrate tus excusas, pendejo – le cortó El Hurón -. No quiero ni siquiera escucharlas. Eddy ya me dijo quién empezó con estas pendejadas… Y espero que no vuelvan a ocurrir, ¿me entendieron ustedes dos?
Yo me incorporé mientras asentía con la cabeza.
Encore, por su parte, decidió salir huyendo como el cobarde que era, dejándonos solos.
- ¿Estás bien, muchacho? – le preguntó a Stan.
- Sí, Hurón – respondió él -. Gracias.
- Bien… Stomper.
- ¿S-sí? – repliqué.
- Llévate a tu esclavo de aquí.
- Sí, Hurón.
Tomé a Stan y nos fuimos caminando hacia la casa.
Una vez dentro, Stan se volvió y murmuró:
- Gracias…
Estuvo a punto de retirarse, pero lo detuve tomándole del brazo… Y lo empujé hacia mí para besarlo y me separé de él inmediatamente.
Stan estaba sorprendido, pero yo lo estaba más.
¿Por qué habría de besar a una persona tan insignificante como él? ¿Por qué esa ansia repentina de probar sus labios?
No lo sé.
- Stan…
Él retrocedió y subió corriendo por las escaleras para encerrarse en su habitación. Me llevo las manos a la cabeza, presa del desconcierto y del pánico ante lo que había sucedido…
Aunque no sé exactamente qué fue lo que sucedió.
